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Draco Malfoy había tenido un mal año en Hogwarts, y Potter era, sin duda, la causa principal de todos sus problemas. Aun así, había quedado en Slytherin, como todo un Malfoy, y eso le hacía sentir orgulloso. El curso pasó rápidamente y, cuando llegó el verano, regresó a la Mansión Malfoy.
Desde pequeño, Draco sufría pesadillas. Monstruos aterradores que jamás había visto poblaban sus sueños, y era su madre quien, con dulzura, lo consolaba cada vez que despertaba sobresaltado.
Aquel verano, poco después de llegar a casa, Draco decidió pasear por el jardín. Juraría que no había hecho nada malo, pero entonces algo enorme apareció entre los árboles. Una criatura con alas de murciélago y colmillos afilados como dagas se abalanzó hacia él. Draco, aterrorizado, corrió tan rápido como pudo. En su huida, se topó con su padre.
—¿Cómo lograron atravesar las barreras? —murmuró Lucius Malfoy, dirigiendo una mirada urgente a su esposa. Nadie supo cómo, pero lograron deshacerse de aquella criatura.
Lo que vino después fue algo que Draco jamás había presenciado: sus padres peleando. Narcissa, que siempre había obedecido sin cuestionar, ahora le gritaba a Lucius con furia.
—¡Dobby! Prepara la maleta de Draco —ordenó su madre.
Se acercó a él, se agachó hasta quedar a su altura y le habló con suavidad:
—Draco, ya eres un niño grande. No preguntes nada, cariño. Solo haz todo lo que te diga, ¿de acuerdo? —Él asintió, confundido.
Salieron apresurados de la mansión rumbo al Ministerio de Magia. Draco quería preguntar qué era aquella criatura, por qué sus padres discutían y por qué huían de su propio hogar… pero recordó la promesa de no decir nada.
—Necesito un traslador hacia Estados Unidos. Es una emergencia —dijo Lucius con urgencia.
A Draco le hubiera gustado preguntar por qué irían tan lejos, pero se mordió la lengua. Pronto tomó el traslador junto a sus padres y, tras una sensación de tirón, aparecieron en el Ministerio de Magia estadounidense, que era muy distinto al de Londres.
Antes de separarse, su padre se arrodilló frente a él.
—Draco, no olvides que eres mi hijo y mi heredero. Eres todo para mí, sin importar lo que otros digan —lo abrazó. No era que Lucius nunca lo hubiera hecho antes, pero desde que Draco había cumplido diez años, aquel tipo de gestos habían desaparecido.
Nada tenía sentido.
Lucius se quedó en el ministerio y Narcissa lo llevó a un lugar desconocido. Se detuvo, lo abrazó con fuerza y le habló con ternura:
—Cariño, eres muy especial. Todo lo que te conté sobre la mitología griega es verdad. Te amo más de lo que imaginas. Este lugar te mantendrá a salvo. Quédate aquí hasta que el verano termine y volvamos por ti —le pidió, acariciándole el rostro.
Luego, le extendió la mano.
—Necesito que me des tu varita. Aquí no deben saber que eres un mago—Draco obedeció, aunque no entendía por qué.
"¿Por qué me dejan aquí?" pensó con el corazón encogido, viendo a su madre alejarse.
Alzó la vista hacia la entrada. Sobre el arco de piedra, unas letras en griego antiguo que, sin saber cómo, comprendió: Campamento Mestizo. Le desagradó el nombre de inmediato. “Mestizo” era un insulto en su mundo.
Nada más entrar, una chica lo esperaba.
—¿Cómo entraste aquí?—preguntó con cautela.
—Caminando—respondió Draco con tono seco.
—Entonces eres un mestizo. Perfecto, yo seré tu guía—anunció con una sonrisa.
—No soy un mestizo, soy un sangre pura—gruñó, ofendido.
—Claro, chico nuevo. Bienvenido al Campamento Mestizo, un hogar para los hijos de los dioses —respondió ella mientras echaban a andar.
—¿Hijos de dioses?—repitió Draco, cada vez más confundido.
—¿No te contaron nada? Bueno, todos aquí somos hijos de dioses y mortales, lo que nos convierte en semidioses —explicó con paciencia.
—¿Semidioses? —susurró Draco.
—Me pregunto quién será tu progenitor divino… ¿será tu madre o tu padre?—comentó ella, pensativa.
Entonces Draco recordó las palabras de su padre antes de irse: “No importa lo que digan, eres mi hijo”. Sin saber por qué, la palabra “padre” resonó en su mente.
—Padre, mi padre divino—musitó, aún aturdido.
—Bueno, eso es una pista. Bienvenido al Campamento Mestizo —le dijo la chica con una sonrisa amable.
"¿Un semidiós? Yo… ¿yo soy un semidiós?" La idea le pareció absurda. Siempre había tenido una vida perfecta: una madre cariñosa, un padre severo pero protector, lujos, todo lo que cualquiera desearía. Pero ahora, todo era mentira. Su padre no era quien decía ser y su madre lo había engañado.
La cabeza de Draco daba vueltas. No lograba procesar todo y, de pronto, la oscuridad lo envolvió. Se desmayó.
Draco despertó por la luz que se filtraba a través de una ventana. Estaba en lo que parecía una especie de enfermería. A su lado, sentada en una silla, se encontraba la misma chica que lo había recibido en la entrada.
—Despertaste. Eso es bueno—comentó con naturalidad, como si desmayarse en un sitio desconocido fuera lo más normal del mundo.
—¿Dónde estoy? —preguntó Draco, todavía desorientado.
—En la enfermería del campamento mestizo. Parece que todo fue demasiado para ti —respondió ella, levantándose—Pero ya estás mejor. Vamos, debes presentarte con el director.
Draco necesitaba respuestas. Un adulto. Alguien con autoridad a quien poder quejarse y exigir que lo llevaran de regreso con sus padres. Así que sin decir nada más, la siguió.
—Por cierto —dijo la chica mientras caminaban— no me presenté antes. Soy Adhara, hija de Afrodita, y seré tu guía mientras estés aquí.
—¿Afrodita? ¿La diosa del amor?—preguntó Draco, atónito.
—Esa misma —respondió con una sonrisa—Qué bien que al menos sepas de los dioses.
Avanzaron entre senderos rodeados de árboles y cabañas de diferentes tamaños y estilos.
—Se me olvidó preguntarte, ¿cómo te llamas? —inquirió Adhara.
—Draco Malfoy —respondió él, con todo el orgullo que pudo reunir.
—Bien, Draco. Te explicaré rápido. Esa —señaló una gran construcción al pasar—es la Cabaña Uno, de Zeus. La Cabaña Dos es de Hera y la Tres de Poseidón. Esas tres suelen estar vacías. Luego sigue la Cabaña Cuatro, de Deméter; la Cinco, de Ares… consejo: no te acerques mucho a los de esa cabaña, pueden ser algo… bruscos. Después está la Cabaña Seis, de Atenea; la Siete es de Apolo y la Ocho, de Artemisa, aunque esa solo se usa cuando las cazadoras vienen de visita. Siguiendo está la Nueve, de Hefesto, luego la Diez, de mi madre, Afrodita, y finalmente la Once, de Hermes. En esa se quedan sus hijos y también todos los semidioses que aún no han sido reclamados por su progenitor divino.
Adhara hizo una pausa para señalar a un chico rubio, de cabello algo desordenado y con una cicatriz notoria cerca del ojo.
—¡Luke! —lo llamó, agitando la mano—Ven, quiero presentarte al nuevo campista.
Luke se acercó con paso relajado.
—Draco, él es Luke, líder de la Cabaña Once. Por favor, hazle caso y no lo abrumes —le dijo a Luke con una sonrisa divertida antes de despedirse— Nos vemos mañana, Draco. Bienvenido.
Sin fuerzas para responder, Draco se limitó a asentir. Luke le indicó que lo siguiera hasta la cabaña. Al entrar, Draco se encontró con un espacio amplio y abarrotado de jóvenes, todos demasiado ocupados en sus asuntos como para prestarle atención.
—Hay muchos campistas, así que por ahora dormirás allá —señaló Luke un rincón del suelo—Te conseguiré un saco de dormir.
Draco, indignado, quería protestar. Él era un Malfoy. No dormía en el suelo. Pero estaba tan agotado que apenas si tuvo fuerzas para tomar el saco, buscar un rincón donde no pareciera tan indigno y dejarse caer.
Mientras cerraba los ojos, deseó que todo aquello fuera solo un mal sueño y que, al despertar, estuviera otra vez en su habitación de la mansión Malfoy, rodeado de terciopelo, con su ropa elegante y los elfos domésticos atendiéndolo como siempre.
Pero en su interior, sabía que eso no iba a pasar.
