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Castorice no sabe qué esperar cuando Aglaea la llama para que venga de “urgencia” a su taller. Pero, sin duda, sea lo que sea que le espere allí, solo puede ser positivo. Especialmente en estos tiempos que corren ahora, con la era nova presente y la esperada y buscada paz instalada en Amphoreus. En una época en la cual todos pueden ser libres y hacer sus sueños realidad, todos los habitantes de Amphoreus, especialmente los herederos de crisos, sólo pueden sonreír y ser felices.
Desde Mydeimos que ha renunciado al trono oficialmente y ahora se ha instalado a vivir en Aedes Elysiae con Phainon, en busca de una vida pacífica en la que su máxima preocupación es qué cocinarle al Salvador; hasta Aglaea abriendo su preciada tienda de costura, donde vende ropa hermosa con todo tipo de precios, pero siempre con ropas de calidad insuperable.
Y, ella…
Castorice solo había soñado con poder tocar a los seres vivos del mundo sin que la muerte los reclamara. Y ese sueño ahora es una realidad.
Ella es feliz solo con eso, de verdad.
Ahora, puede jugar con los niños de Okhema, en vez de sentarse lejos y observar como otros jugaban con ellos a las casitas, a papás y mamás o a ser “el Salvador” del mundo. Anteriormente solo se quedaba ahí, lejos, con las manos en su regazo y una sonrisa tranquila, porque se conformaba con lo poco que la vida le daba. La felicidad de otros la hacía feliz. Y ahora, ella puede unirse a esa felicidad, correr detrás de los niños, sostenerlos entre sus brazos y dejarse vencer cuando sus espadas de juguete la golpean.
También puede abrazar a sus amigos. Ya no necesita imaginarse cómo se sentiría poder ponerle flores en el cabello a Hyacine, acariciarle las orejas a Cipher hasta que sus instintos la hicieran ronronear, o cepillarle el cabello a Aglaea tras un cálido baño. Tampoco necesita imaginar cómo sería ser sostenida por los fuertes brazos de Phainon, quién es cariñoso con todos, especialmente ahora que se siente libre de todo peso. Ni necesita soñar con un universo en el cual pueda sentarse al lado de Mydeimos, hombro con hombro, y hablar de libros sin parar por largas horas. Porque ahora puede hacerlo. Puede hacer coronas de flores para Hyacine, puede mimar a Cipher, puede peinar a Aglaea, abrazar a Phainon y estar al lado de Mydeimos.
Ese era su sueño y ahora es real.
Y, aunque en ocasiones, la joven doncella sueña con tener un poco más que eso, su característico conformismo la obliga a quedarse en su zona de confort. Pero hoy, Aglaea la ha llamado para algo, quizás un vestido nuevo, y ella solo puede acudir como una polilla a una llama. No es debido a que, alguna vez, la Tejedora de Oro fuera su líder. No es porque hayan sido amigas por muchos años. Es más que eso y ella lo sabe. Sentimientos que han nacido y perdurado en todos los distintos ciclos que ha vivido Amphoreus se acumulan en su pecho y hacen que su corazón lata con fuerza cuando esos ojos verdes la observan.
Unos ojos, recuerda, que ahora pueden ver la luz.
—Eres más hermosa de lo que imagine —había dicho la rubia cuando posó su mirada, ahora cálida, sobre Castorice.
Esas palabras, tan simples, significaron mucho para una romántica empedernida como ella.
Cuando llega al hermoso taller que abrió la Tejedora de Oro en esta época de paz, puede verlo tan frecuentado como de costumbre. Es uno de los lugares más populares de Okhema, donde todas las personas, hombres o mujeres, acuden a menudo para renovar sus armarios con las hermosas prendas de ropa que fabrica la rubia. En los escaparates, Castorice puede observar distintos trajes, para todos los géneros, con diferentes patrones y estilos diversos. No importa los colores que se usen, todos tienen una belleza única. No hay nadie en este mundo que pueda competir con el estilo de Aglaea.
Algunas personas que reconocen a Castorice la saludan. La gente ya no le tiene tanto miedo como en el pasado. Era conocida su maldición, el toque de la muerta; así que, aunque la mujer se había ganado el respeto de los ciudadanos por sus honorables hazañas y su buena cantidad de misiones exitosas, todavía había un rastro de pavor en sus rostros cuando Castorice estaba en el mismo espacio que ellos.
No es que la bella dama pudiera culparlos… Pero, aún así, dolía.
Con una sonrisa suave, Castorice devuelve los saludos y se adentra en la enorme tienda, contemplando con sus ojos los grupos de familias, amigos y parejas que pasean por los pasillos, observando la ropa.
Hay una regla no escrita en la nueva Okhema: Si entras en el taller de Aglaea, siempre te llevarás algo.
Vaya si es cierto…
Todos en la tienda ya tienen en sus manos alguna prenda de ropa que quieren pagar y llevarse a casa, sin excepción. Desde la madre que lleva tres vestidos para su pequeña niña, hasta el novio que sujeta dos trajes a juego, de pareja, mientras su amada observa zapatos. Incluso ella se ve tentada a distraerse unos minutos con los vestidos, pero sabe que la Tejedora de Oro la ha llamado, así que debe acudir a ella.
No es porque esté deseando verla y su corazón muera de amor cada vez que comparten espacio. Para nada.
Las personas que trabajan para Aglaea la saludan y, rápidamente, una bella mujer, sacerdotisa de Mnestia por su patrón de ropa, le indica el pasillo donde está escondida la dueña de este lugar. Conociéndola, probablemente la ahora titán del romance esté haciendo más y más ropa sin descanso, con una sonrisa en su rostro y una melodía lenta de fondo.
Y, en efecto, así es como la encuentra Castorice.
El sonido de sus tacones contra la madera saca a la rubia de sus pensamientos. Sus ojos verdes, profundos y místicos a pesar de su renovada visión, brillan con reconocimiento al ver a la mujer.
—Castorice —la saluda —. Qué placer más grande verte.
—Lo mismo digo, Lady Aglaea.
La rubia deja escapar una pequeña risa que, en días pasados, habría sorprendido a todos. La en aquel entonces semidiosa del romance, a causa de su nuevo estatus, había perdido lentamente la capacidad de sentir emociones. Aunque nunca se transformó en una mujer insensible, sin duda, su expresión facial no mostraba gran cosa, lo que la había convertido en una figura aislada y temida. Dentro de ese caparazón, todavía descansaba un corazón tierno, pero éste permanecía nublado por el peso de la yesca. Con la era nova, la rubia pudo recobrar sus emociones y el peso de sentirlas.
Eso, por supuesto, se refleja en el contraste que se crea al comparar la antigua Aglaea con la actual.
—Te dije que dejaras de ser tan respetuosa conmigo. —La elegante dama se pone de pie, dejando atrás la prenda, probablemente masculina, que estaba creando. A juzgar por el patrón de colores y el símbolo que descansa, debe ser un regalo para Phainon —. Me alegra que hayas venido.
—Lo lamento, viejas costumbres. —Y no es mentira. A pesar de la vergüenza que le provoca intentar ser más cercana a una persona que admira tanto, Castorice desea profundamente poder ser más que una amiga —. ¿Cómo te encuentras, Aglaea?
—Mm, son días de paz. Estoy mejor que en todas mis vidas.
Ambas mujeres ríen.
Ha pasado el tiempo suficiente para que puedan bromear sobre las recurrencias eternas y la tragedia que las caracterizaba, aunque siempre tienen cuidado de no hacerlo delante de Phainon. Nadie sabe cómo podría tomarlo, siendo quién peor lo ha pasado, aunque él mismo, en ocasiones, intenta tomar ese asunto con algo de humor. Su vida campesina con su ahora esposo, Mydeimos, debe haberlo ayudado, así como las visitas mensuales a Hyacine.
—Es un placer oírlo —responde la titánide de la muerte —. Amphoreus es más hermoso que nunca, ¿no te parece?
—Sin duda alguna. —La rubia se acerca a Castorice y le ofrece su mano con un gesto elegante —. Déjame llevarte a otro lugar. Hay algo que quiero mostrarte. Es el motivo por el cual te pedí que vinieras a verme.
Para otras personas, sujetar la mano de alguien, aunque sea por unos pocos segundos, es un gesto casual. Pero para una mujer que durante siglos, en todas las recurrencias eternas, estuvo condenada al aislamiento, la sola idea de poder rozar la mano de alguien, en especial de la mujer que es dueña de su corazón, es un momento especial. Ni siquiera es la primera vez que se dan la mano, y no será la última, pero para Castorice, cada ocasión la hace más y más feliz.
Le recuerda que, ahora, todos son libres.
Cuando sus dedos finos rozan la mano de la Tejedora de Oro, la otra mujer atrapa su mano y, con una risa ligera, empieza a caminar, guiándola por otro estrecho pasillo. Las paredes están decoradas con pinturas y cuadros de fotos. Todas las pinturas son de Mnestia, pero las fotografías son de los diferentes Herederos de Crisos, posando para la cámara tras los eventos catastróficos y la llegada de la nueva era de paz.
Cipher abrazando a Aglaea y Castorice, las tres mujeres sonriendo felices, especialmente porque, tras el sacrificio silencioso de la gata ladrona, ahora es capaz de vivir en Okhema y pasar tiempo con Aglaea. Phainon tomando en brazos a un asustado Mydeimos, quién se encontró totalmente desprevenido por la repentina muestra de fuerza de su marido; aunque el sonrojo en sus mejillas delata lo mucho que le gustó; al lado, Tribios está riéndose de los dos hombres. Hyacine sosteniendo a Ica, posando con un serio Anaxagoras y Dan Heng al otro lado, cruzado de brazos. Caelus y Marzo posando graciosamente para la fotografía, con Cyrene en el centro, haciendo un corazón con sus manos. Y, finalmente, la pareja de Cerydra y Hysilens, tranquilas, serenas, con sonrisas suaves.
Qué hermosos días cuando todos pueden reunirse y disfrutar de esta vida.
—¿Te gustan?
La repentina pregunta de la rubia la saca de sus pensamientos.
—Sí. —Castorice vuelve a posar sus ojos sobre la fotografía en la que ella posa, con Aglaea y Cipher —. Recuerdo ese día. Tenía miedo de hacerme aquella foto, especialmente porque Cipher insistía en querer abrazarme.
—Ella sabía que ya no había problema con tu maldición.
—Aun así, estaba aterrada… —Castorice sonríe —. Pero me alegro mucho de que ella presionara. Solo necesitaba ser un poco más valiente. Y la recompensa por ello fue esta hermosa foto.
La mano de Aglaea presiona un poco más sus dedos. Eso la hace recordar que, de hecho, siguen tomadas de la mano. Y no parece que la Tejedora de Oro tenga planes de soltarla en un futuro cercano.
—Podemos hacernos tantas fotografías como lo desees, Castorice. —Aglaea le hace saber —. Si me lo pides, sabes que no me negaré.
—Mm, tampoco desearía abusar de las confianzas… —ella murmura, repentinamente tímida.
—Tú nunca podrás hacer algo que me incomode —le asegura la rubia —. Además, ¿por qué rechazaría hacerme una fotografía con una hermosa dama como tú?
—¡Lady Aglaea!
Las mejillas de la titánide de la muerte enrojecen al instante, en contraste con la suave risa de la rubia.
—Vamos, queda poco.
Aglaea vuelve a arrastrarla por el pasillo hasta que entran a otra habitación, un poco más pequeña que la anterior, con un espejo enorme del tamaño de una persona adulta y varios vestidos acabados que, por distintas razones, aún no han sido puestos a la venta. Cuando suelta su mano, Castorice la siente cálida por el contacto previo. Le habría gustado pasar más tiempo así, unidas, pero no tiene tiempo para desarrollar ese pensamiento cuando la elegante mujer saca un precioso vestido y se lo pone delante.
—Este es un regalo para ti, Castorice.
—¿Para mí? —Sus mejillas toman un color dorado —. Oh, muchas gracias.
—No es un traje pensado para el uso común y diario, sino para ocasiones especiales. Hacía mucho tiempo que deseaba hacerte algo de ese estilo, pero con el Viaje Buscallamas en marcha, Okhema no se podía permitir ocasiones especiales ni fiestas. Ahora, sin embargo, vendrán muchos festivales y celebraciones. Sin contar las reuniones que tendremos entre nosotros, los herederos.
—Es muy bonito. —Un largo vestido de gala, de color púrpura, con mariposas y flores, y algo de brillante. Recatado, pero extremadamente precioso. La Tejedora de Oro se ha superado a sí misma con esta creación suya —. Ahora mismo voy a probármelo.
El pequeño probador que hay en la habitación guarda su intimidad. La cortina, de un fino color dorado, tiene un patrón floreado hermoso. Dentro, Castorice se quita su vestido habitual, dejándolo colgado con sumo cuidado, y lentamente, se pone el largo vestido púrpura. Es recatado y nada escotado; un vestido de princesa, perfecto para festivales tranquilos, nocturnos, con una temática alegre. Es lo que Castorice soñaría con ponerse en un festival de Mnestia, de Kephale u Oronix o una cena elegante entre todos los Herederos de Crisos.
Es perfecto.
Cuando sale, aún queda la cremallera trasera por ser abrochada. Los ojos verdes profundos de Aglaea brillan cuando la ve vestida, admirando la belleza de la tímida mujer.
—Deja que te lo ajuste —dice mientras empieza a caminar hacia ella.
—Por favor…
Delante del espejo, la titánide de la muerte puede ver con detalle como la elegante mujer se posa detrás de ella, mirándola a los ojos a través del reflejo. Su sonrisa, sutil pero presente, y esa mirada tan penetrante provocan un vuelco en su corazón. Especialmente cuando siente los dedos de la rubia rozar su espalda desnuda con un cuidado que no puede ser casual.
Lentamente, la Tejedora de Oro sube la cremallera, pero uno de sus dedos siempre roza la columna de Castorice. Su mirada verdosa no retira su atención, admirando las camufladas expresiones de la otra. El color ya casi permanente en sus mejillas, producto de la timidez y una sensación plácida que Castorice no sabe distinguir. Su mirada nublada, por el amor, la felicidad y ese ligero placer que le produce un contacto tan simple como ese.
Cuando el corto trayecto de la cremallera llega a su fin, la mano de la titánide del romance se posa encima, sobre la piel que queda desnuda, y sonríe.
—¿Cómo te ves?
—Es hermoso… —murmura Castorice —. Es como un sueño.
—Pero este sueño es real. —Aglaea posa sus manos sobre los hombros de la mujer, masajeándola, haciéndola sentir su presencia —. Esto es real. Y este vestido es hermoso porque lo llevas tú.
—Lady Aglaea…
—Solo Aglaea. —Ella ríe —. Mírate bien, Castorice.
Ella lo hace. No puede quitar ojo de la imagen que le devuelve el espejo. Una imagen de ensueño, excepto que, como le hace saber Aglaea, es la realidad. La mirada de la Tejedora de Oro está llena de algo que ha visto muchas veces en el pasado, en otras personas. Una amante del romance no podría pasar desapercibida una señal como ésta. Pero no es lo más importante. Es el orgullo en sus ojos. El cuidado en la forma de tocarla. La devoción que transmite la imagen en el espejo.
Los ojos de Castorice se llenan de lágrimas.
—Aglaea…
—¿Puedes verlo? —La rubia pasa sus manos hacia delante, abrazándola con ternura —. ¿Lo que siento por ti? ¿Lo que de verdad te mereces en esta vida y en todas las siguientes?
—¿Lo dices de verdad? Aglaea… —Castorice alza sus manos temblorosas hasta posarlas sobre los brazos de la rubia, apretando con delicadeza las manos que la sujetan —. Yo… Estoy muy feliz…
—Eres la belleza personificada, dentro y fuera. Tu amable corazón merece ser cuidado por todas las criaturas de este planeta. En el pasado, estos sentimientos podían ser ignorados, pero ahora que mi corazón vuelve a sentir plenamente, no puedo ignorarlo más. Quiero ser la persona que te haga reír. Quiero ser quién te vea por las mañanas y envejezca contigo.
Una lágrima cae, pero Castorice la ignora. En cambio, con ojos llorosos, se da media vuelta y abraza con fuerza a la mujer que ha amado en todos los ciclos. Estos sentimientos que ha ocultado por tanto tiempo son correspondidos. Si esto es un sueño, no quiere despertar. Pero es real. La manera en la cual Aglaea le devuelve el abrazo, y ese beso dulce en su mejilla, es muy real.
Castorice se ha conformado toda su vida con lo poco que ha podido obtener. Pero, quizás, ahora, es el momento de aprender que ella, especialmente ella, se merece más. Y Aglaea, la elegante y paciente Aglaea, está dispuesta a mostrárselo día a día, en esta vida y en las que vendrán.
