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Páginas sueltas | Anderperry.

Summary:

Todd Anderson nunca aprendió a guardar las cosas importantes en un solo lugar.

Algunas quedaron en cuadernos viejos, otras en bancos de madera frente a un lago, y unas más regresan años después, en forma de alumnos que hacen preguntas demasiado parecidas a las suyas.

Entre fragmentos del pasado y un presente que insiste en seguir adelante, Todd intenta entender qué significa recordar a Neil Perry sin romperse en el intento.

Porque hay historias que no se cuentan de principio a fin.
Solo sobreviven como páginas sueltas.

Notes:

Este fic es una reinterpretación de Todd Anderson como el Sr. Anderson de "The perks of being a wallflower". No es una adaptación literal, sino una clase de headcanon emocional y narrativo.

La historia se cuenta en fragmentos, saltos temporales y recuerdos. El ritmo es intencionalmente lento y melancólico.

Gracias por leer con cuidado. <3

Chapter 1: Prologo.

Chapter Text

Hay personas que entran a tu vida como si siempre hubieran estado ahí.
No hacen ruido.
No anuncian su llegada.
Simplemente se sientan a tu lado y, de pronto, el mundo ya no pesa igual.

Todd aprendió eso muy joven, aunque en ese entonces no sabía ponerlo en palabras.

Al principio, las palabras eran un problema. Se le atoraba en la garganta, se le escondían detrás de los dientes, se le caían de las manos antes de llegar a la página. Pensaba demasiado. Sentía demasiado. Y el silencio, ese, se le daba demasiado bien.

Es curioso cómo el silencio puede ser un refugio y una cárcel al mismo tiempo.

Las primeras cosas que escribió no estaban destinadas a nadie. Eran frases incompletas, pensamientos sueltos, ideas que no se atrevían a convertirse en algo más grande. No tenían títulos. No tenían intención. Solo existían porque no sabía qué más hacer con todo lo que llevaba dentro.

Las hojas se acumulaban sin orden. Algunas dobladas. Otras rotas. Otras olvidadas en libros que nunca terminaba.

No recordaba exactamente cuándo empezó a escribir de verdad. Solo recordaba la sensación: alguien mirándolo como si lo que tuviera que decir importara. Como si su voz no fuera un error. Como si el temblor no invalidara el mensaje.

Hay momentos pequeños que cambian una vida entera y uno no se da cuenta hasta años después.

Todd no era valiente.
No todavía.
Pero alguien le enseñó que no hacía falta serlo todo el tiempo.

En ciertos recuerdos, el pasado aparece suave, casi dorado. No porque fuera perfecto, sino porque la memoria tiene la costumbre de quedarse con lo que duele bonito. Risas breves. Miradas largas. Palabras dichas a medias. Palabras que nunca se dijeron.

Las cosas importantes casi nunca llegan con grandes discursos.

Llegan en forma de compañía.

El tiempo pasó —como siempre pasa— sin pedir permiso. Todd creció. Cambió de cuadernos. Cambió de letra. Cambió de forma. Pero no dejó de escribir. Nunca lo hizo. Incluso cuando no sabía para quién. Incluso cuando escribir era lo único que quedaba.

Años después, descubriría que las palabras no siempre salvan a quien las inspira, pero a veces sostienen a quien las hereda.

Convertirse en adulto no significó olvidar. Significó aprender a cargar con cuidado. A vivir con la ausencia sin permitir que lo consumiera todo. A transformar el recuerdo en algo útil. Algo amable. Algo que pudiera ofrecer a otros sin explicar demasiado.

Porque algunas historias no se cuentan.
Se transmiten.

Ahora, Todd cree profundamente en los libros que llegan en el momento justo. En las voces tímidas. En los chicos que creen que no tienen nada importante que decir. Cree en ellos porque alguna vez fue uno.

Y porque alguien creyó primero.

A veces, cuando hojea viejos cuadernos, encuentra frases que no recuerda haber escrito. No intenta ordenarlas. No intenta cerrarlas. Entendió hace mucho que no todo necesita un final claro.

Algunas cosas solo necesitan existir.

Como las páginas sueltas.
Como las palabras que no se dijeron.
Como las personas que, aunque ya no estén, siguen enseñándote a hablar.