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La vida está llena de Diosidencias.
De esas que no parecen casualidad.
A veces también está llena de regalos.
De esos regalos que caen justo cuando más duele.
Y sí, Aldo estaba a punto de recibir uno.
Tal vez el más cruel que la vida podía darle en ese momento.
Porque el regalo era volverlo a ver.
Volver a ver al amor de su vida.
A ese amor que perdió hace exactamente tres años.
Tres años suena mucho, pero tal vez solo es el tiempo suficiente para aprender a respirar sin alguien más, no el suficiente para olvidarlo.
Porque hay amores que no se superan.
Simplemente se esconden en algún rincón del pecho.
Y Aldo lo sabía.
Lo sentía ahí.
Lo aprendió desde aquel día en el que entendió lo que era perder al amor de tu vida. Y lo peor era perderlo no por falta de amor, sino por cosas que pudieron evitarse.
Sueños.
Presiones.
Trabajo.
Desde hacía días un rumor rondaba como una sombra.
Las especulaciones decían que Aarón —su bonito, aunque ya no fuera suyo— iba a estar ahí esa noche. En ese evento. En esa alfombra.
Y Aldo no estaba preparado para descubrir qué iba a sentir si lo miraba de nuevo.
Por eso estaba ahí.
Frente al espejo del hotel.
Traía un traje negro impecable, el cabello perfectamente peinado. Era la imagen exacta de alguien que parecía tenerlo todo bajo control.
Hasta que bajó la mirada.
Sus manos estaban temblando.
Sintió ese nudo en el pecho.
No sabía si estaba listo para lo que la vida estaba a punto de ponerle enfrente.
Su mente lo traicionó y viajó sola hacia el recuerdo donde todo terminó.
El trabajo los había consumido.
Habían alcanzado logros enormes, esos sueños que alguna vez se contaron en noches pacíficas.
Pero descuidaron lo único que importaba cuando las luces se apagaban.
Cuando el set ya no estaba.
Cuando solo quedaban ellos.
Y lo más doloroso era eso...
¿Cómo es posible que de pronto tengas todo, pero no tengas a quien te acompañe?
Aldo parpadeó frente al espejo, volviendo al presente con un golpe de tristeza y un poco el rabia.
Hasta que apareció en su memoria la última foto.
Esa que tenía escondida, archivada en su celular, como si guardarla doliera menos que borrarla.
La última foto de ellos dos juntos.
Una alfombra roja.
Los premios más importantes de sus carreras.
Aarón nominado a mejor actor.
Aldo a mejor productor.
La misma película. El mismo éxito.
Ahí estaban los dos, vestidos de negro, con trajes perfectos a la medida.
Besándose frente a todos.
Sonriendo como si nada pudiera separarlos.
La pareja ideal.
Pero lamentablemente les pesó más lo profesional, los acorraló qué no supieron ni cuando pasó.
Aldo estaba sumido en esos recuerdos, aferrado a un rumor que llevaba días persiguiéndolo.
Tal vez, solo tal vez, en esa alfombra podría encontrarlo.
No sabía si era bueno o malo.
Solo sabía que estaba temblando.
Que su corazón latía más rápido.
Que entre más pensaba, más se abría la herida que tal vez nunca cerró.
***
La camioneta avanzó un tramo largo.
Y de pronto, Aldo ya estaba ahí parado frente al lugar.
Lo primero que sintió fue un temblor en la garganta.
Nadie lo notaba.
Por fuera se veía firme, impecable.
Pero por dentro ese nudo no se iba.
Entonces lo envolvió algo bonito.
Los gritos de sus fans.
Para él, eso siempre era un apapacho al corazón.
Ese cariño tan puro comenzó a deshacerle el nudo poquito a poquito, como si por un momento el mundo se volviera más suave.
Aldo recordó aquellos tiempos donde pensó que no tenía el apoyo de nadie.
Donde creyó que su nombre no significaba nada.
Donde se sintió solo incluso rodeado de gente.
Y ahora estaban ahí.
Gritándole.
Queriéndolo.
Apreciando su trabajo.
Eso era de los regalos más bonitos que podía darte la vida.
Avanzó, sonrió, saludó.
Por un momento solo existían ellos y él.
Las manos extendidas.
Los celulares temblando de emoción.
Los "te amo" gritados con el alma.
Sus ojos se cristalizaron un poco.
Sentir ese amor lo hacía vibrar de una forma hermosa.
Se tomó fotos, firmó cosas, platicó poquito.
Por unos segundos se sintió en paz.
Esa paz que solo le daban sus fans.
Esa paz que le hacía olvidar, por un instante, todo lo que venía.
Pero entonces los flashes lo atacaron.
Las cámaras.
La realidad.
Aldo casi había olvidado que todo iba a ser grabado, capturado, analizado.
Y lo peor: Los reporteros.
Esas voces que se metían más de lo que debían en tu vida.
Suspiró, se despidió con una sonrisa ensayada y avanzó un poco más.
Hasta que volteó hacia atrás para despedirse una última vez.
Y la vio.
Una fan sostenía una foto suya para que se la firmará.
Pero en la otra mano tenía una foto de Aarón.
De su bonito.
El corazón le volvió a latir con fuerza.
La foto estaba firmada.
Era una confirmación.
Un aviso.
Él ya estaba dentro.
Aldo se tambaleó apenas, nada notorio, nada que alguien pudiera captar.
Pero por dentro era un terremoto.
Lo sabía, ya lo había confirmado.
Y justo entonces las cámaras lo atraparon.
*
Las voces se acercaron.
Las preguntas comenzaron.
—Hola, ¿qué tal? —dijo un reportero, acercándole el micrófono con una sonrisa profesional—. Me da muchísimo gusto volverte a ver aquí, en este país que, al final, también es tu casa. ¿Qué se siente volver a tu tierra después de tanto tiempo en el extranjero?
Aldo parpadeó, sorprendido.
Había llegado preparado para lo peor. Para que mencionaran a Aarón, para que sacaran alguna polémica, para que lo pusieran contra la pared desde el primer segundo... pero no.
Por ahora, al menos, estaban hablando de su carrera.
Suspiró, acomodándose apenas el saco antes de responder.
—Me da muchísimo gusto volver a mis tierras —dijo con sinceridad—. Ver a mi familia, sentir el calor de México... y bueno, los tacos también, no te voy a mentir, los extrañaba.
El reportero soltó una risa breve, y Aldo continuó.
—La verdad, agradezco demasiado que hayan seguido mi carrera allá afuera, que estén al pendiente de todo lo que hago. Es una emoción enorme volver aquí, a la tierra que me vio crecer, donde me convertí en lo que soy. Es... es una sensación muy fuerte en el pecho darte cuenta de que triunfaste, de que hiciste las cosas bien.
Hizo una pausa, mirando alrededor, escuchando los gritos de los fans a lo lejos.
—Y volver a ver a la gente que quiero, sentir el cariño de los fans... ese calor no lo comparas con nada. De verdad, muchas gracias. Estoy muy feliz de estar aquí otra vez.
El reportero asintió, satisfecho, pero no tardó en lanzar la siguiente pregunta.
—Y cuéntame, ¿qué viene para ti después de haber sido nominado por segunda vez? Porque ha sido un cambio enorme... tú pasaste de estar detrás del set, produciendo, dirigiendo, a volver a ponerte frente a las cámaras como actor. ¿Qué se siente regresar a eso?
Aldo se relajó un poco.
Eran preguntas buenas. Preguntas que le interesaban. Preguntas que podía contestar sin sentir que le arrancaban algo del pecho.
—Es algo maravilloso —admitió—. Volverte a poner en la piel de ciertos papeles... es como recordar una parte de ti. Este proyecto que pronto va a salir, la película que voy a venir a promocionar aquí también... Fue difícil.
Su voz bajó apenas.
—El personaje es alguien muy diferente a mí. Está roto. Es un papel que incluso duele, ¿sabes? A veces sientes que no se te despega de la piel.
Respiró hondo.
—Me he sentido muy bien dirigiendo, produciendo... pero quería algo diferente. Me encantan los retos. Me gusta actuar. Y creo que no voy a salir de esto en mucho tiempo, tal vez ni en los próximos cinco años.
Sonrió, genuino.
—Me gusta ser ahora el que interpreta, el que se mete en el papel.
Por un instante, Aldo se permitió disfrutarlo.
Preguntas sobre su carrera. Sobre su futuro. Sobre lo que había construido.
No quería oír nada del pasado.
Pero la vida rara vez escucha lo que uno quiere.
Lo supo en el momento en que escuchó otra voz.
Una reportera.
—Cuéntanos algo... ¿Vienes con alguien? ¿Con una pareja? ¿Es cierto lo que dicen, que te captaron con cierto actor en Estados Unidos de una manera un poco... comprometedora?
El estómago de Aldo se apretó.
Ahí estaba.
Lo inevitable.
Aldo soltó una risa seca, controlada.
—¿Desde cuándo invitar a cenar a un amigo es algo comprometedor? —respondió, firme—. Porque si es así... entonces todos estaríamos siendo captados de manera comprometedora con los demás, ¿no?
Pero él ya lo presentía.
Esto apenas era el inicio.
Entonces llegó.
Un reportero de esos que saben exactamente dónde meter el dedo.
—Aldo... hace como media hora entrevistamos a Aarón Mercury.
El aire se le atoró.
El corazón le dio un golpe brutal.
—Tu ex novio. Con el que duraste años. La pareja del año, decían muchos. Ganaron premios juntos, hicieron proyectos juntos... no se nos olvida esa última alfombra donde se les vio tan felices. Incluso se decía que estaban a nada de comprometerse.
Aldo sintió que la garganta se le cerraba.
—Es un hecho que te lo vas a topar esta noche —continuó el reportero, disfrutando cada palabra—. Lo entrevistamos hace unos minutos y le preguntamos por ti. Dijo que le daría gusto verte.
Aldo apenas escuchaba.
Le daría gusto.
—Cuéntanos... ¿ya se han visto? ¿Tienen comunicación? ¿Qué vas a sentir cuando lo tengas enfrente otra vez?
Aldo quería gritar.
Quería decirles que se callaran.
Pero lo único que lo atravesó no fue la pregunta...
Fue imaginar a Aarón sonriendo al decir que le daría gusto volverlo a ver
Eso fue lo que lo desarmó.
Tragó saliva y contestó, con una calma que no sentía.
—No... la verdad es que no nos hemos vuelto a ver.
Hizo una pausa.
—Pero sí... supongo que volver a ver a alguien que te hizo feliz en su tiempo siempre es algo fuerte. Además... antes que todo, fuimos grandes amigos.
El reportero sonrió, satisfecho.
—Bueno, Aldo, nos da mucho gusto tenerte aquí en México. Te deseamos todo el éxito del mundo... y estaremos esperando con ansias la foto del reencuentro.
Aldo sonrió por compromiso, se despidió rápido y avanzó.
Por dentro estaba hirviendo.
Sudando.
Temblando.
No sabía qué hacer.
**
Marcó el teléfono de Abelito casi sin pensar.
Una cosa era creer que Aarón estaría ahí.
Otra cosa era saberlo.
El teléfono sonó tres veces
—¿Qué onda, compadre? —contestó Abel al fin—. ¿Ya estás aquí? ¿Dónde estás?
—Sí, ya estoy aquí —soltó Aldo, aflojándose la corbata—. Ya me bombardearon de preguntas, al chile. Estoy bien caliente. Ocupo una cerveza, un tequila... lo que sea.
—No me digas eso, cabrón. ¿Dónde mero estás?
—Saliendo de lo de los reporteros... la neta no me lo quiero encontrar.
Abel guardó silencio un segundo.
—Yo sé que no te lo quieres encontrar, compadre... pero está bien difícil que no pase.
Aldo apretó los ojos.
—Verga, wey... me quiero ir.
—No, no te vayas —dijo Abel rápido—. No te vayas, en serio. Son cosas que tenías que pasar. Ya sabías que había un rumor aquí... estabas advertido.
Aldo soltó un suspiro amargo, como si el aire no le alcanzara, y apretó el teléfono con más fuerza.
—¿Ya lo viste? —preguntó, aunque la respuesta le daba miedo.
Del otro lado, Abelito tardó un segundo.
—Sí... la verdad es que sí.
Aldo tragó saliva.
—¿Ya te saludó?
—Sí, carnal... ¿qué te puedo decir?
El silencio que siguió pesó más que cualquier palabra. Aldo sintió que el pecho se le hundía.
Entonces Aldo murmuró, casi como si hablara para sí mismo:
—Sigue estando precioso, ¿verdad?
Aldo cerró los ojos.
—Sigue brillando... ¿cierto?
Abel soltó una risa baja, sin humor.
—Sí. Igualito. Es un muñeco, wey. Tú lo sabes.
Aldo sintió un nudo en la garganta, uno que no lo dejaba respirar bien.
—Sí... sí lo sé.
Su voz salió rota.
—No estoy preparado.
Abel suspiró al otro lado.
—Yo lo sé, carnal... pero ya lo sabíamos. Desde que pisaste esta alfombra sabías que esto podía pasar.
Aldo apretó la mandíbula, temblando.
—¿Y qué podemos hacer? —preguntó, como si hubiera alguna salida.
Abel guardó silencio un segundo, antes de responder con la verdad más simple:
—Nada, compadre... nada más seguir caminando.
***
Pasó una hora. Tal vez dos.
Y, sin darse cuenta, Aldo se había relajado un poco.
No porque el miedo se hubiera ido sino porque el ambiente, las risas, las copas suaves, el ruido constante de la gente, le habían dado un respiro.
No estaba tomando nada fuerte, no quería perder el control, solo quería... adormecer un poquito la tormenta que llevaba dentro.
Estaba con Abelito, con la esposa de Abelito, con amigos alrededor. Saludaba a personas con las que compartió camerinos, proyectos, entrevistas, recuerdos. Gente que alguna vez fue parte de su vida cuando todo era distinto.
Sonreía. Abrazaba. Fingía normalidad.
Pero había algo.
Todos lo miraban con una expresión rara. Esa mirada que no se sabe descifrar. Como si supieran algo que él no. Como si pensaran: pronto lo vas a ver... está aquí.
Aldo no sabía si era su paranoia, si era su culpa, o si de verdad todos sentían lo mismo.
Algunos se acercaban, discretos.
—¿Ya lo viste?
Y él respondía lo más tranquilo posible:
—No... todavía no he tenido la oportunidad.
Como si fuera cualquier cosa.
Como si no le estuviera temblando el alma.
Abelito era el único que sabía todo. El único que conocía el tamaño real de ese miedo.
Poco a poco Aldo empezó a soltarse. A reír un poco más. A respirar con menos peso. Incluso se permitió pensar que tal vez... tal vez no pasaría.
Que quizá el rumor era solo eso.
Hasta que su corazón cambió el ritmo.
Fue extraño.
Como si el cuerpo lo supiera antes que la mente.
Un latido más fuerte. Luego otro.
Como si algo dentro de él reconociera una presencia que jamás había olvidado.
Aldo levantó la mirada.
Y el tiempo... se volvió lento.
Lo vio.
A lo lejos, entre trajes, flashes, risas ajenas.
Lo vio.
Y volvió a sentir bonito.
Ese bonito peligroso. Ese bonito que no se supone que exista después de tres años.
Soltó un suspiro que ni siquiera sabía que estaba guardando.
Lo distinguió sin esfuerzo.
Porque siempre había sido así.
Y en cuanto lo vio, el recuerdo lo golpeó.
Como un flashback tibio, cruel, perfecto.
Una noche en la cama, los dos acostados, una película sonando de fondo, Aarón jugando con sus dedos, riéndose bajito.
—Oye, amor... —había dicho Aarón, curioso— ¿cómo me distingues?
Aldo había volteado, confundido.
—¿Cómo te distingo?
—Sí. Siempre. En los eventos, en las fiestas... a veces llegamos separados, hay un millón de personas, y tú... tú siempre me encuentras rápido. ¿Cómo le haces? ¿Tienes un superpoder o qué?
Aarón se había reído, esa risa que parecía casa.
Aldo también.
—Mi superpoder es amarte.
—Ay, cursi —Aarón le dio un manotazo suave.
—Lo soy, pero solo por ti.
—Cliché.
Aldo se acercó más, serio de pronto, como si dijera la verdad más grande del mundo.
—Es que brillas, Aarón.
Aarón parpadeó.
—¿Qué?
—Brillas. Tienes una luz preciosa... no sé si tú la ves, pero yo sí. Puedo ponerte entre setecientas personas y aun así vas a destacar. Siempre vas a ser fácil de encontrar para mí.
Aarón se quedó quieto un segundo.
Después lo abrazó fuerte, como si esas palabras le hubieran dolido bonito.
Le besó la boca.
—Te amo.
Y esa noche se habían dormido así, tranquilos, completos, seguros.
Porque para Aldo, Aarón siempre había sido eso.
Luz.
El recuerdo lo soltó de golpe.
Y ahí estaba de nuevo.
En el presente.
Brillando.
Destacando.
Tan lejos... y tan cerca.
Aldo sonrió con nostalgia, con esa tristeza dulce que solo aparece cuando amas algo que ya no es tuyo.
Y antes de que alguien notara el temblor en sus ojos
prefirió darse la vuelta.
***
Lo que Aldo no sabía
era que Aarón lo había visto también.
Aarón se quedó quieto apenas un segundo, como si el cuerpo se le hubiera adelantado a la mente.
Soltó un suspiro lento, casi tembloroso.
Porque por un instante... creyó que Aldo venía hacia él.
Y sintió bonito.
Ese bonito que no se supone que exista después de tanto tiempo.
Lo reconoció de inmediato.
Reconoció esa espalda.
Esa forma de caminar, esa manera en la que parecía cargar el mundo sin decir nada.
Lo reconocía porque la había recorrido muchas veces, porque la había abrazado en noches largas, porque la había tenido tan cerca que alguna vez creyó que nunca la perdería.
Aldo seguía siendo Aldo.
Y eso dolía.
Lo que Aldo tampoco sabía era que Aarón casi no venía.
Cuando la invitación llegó, su primera respuesta fue un no.
No quería volver.
No quería pisar un lugar donde los recuerdos estaban en cada esquina.
Pero entonces habló con amigos que había dejado en México, contactos de la industria, gente que todavía lo recordaba.
Y Aarón, con el peso que ahora tenía su nombre en el extranjero, consiguió algo.
Una lista privada de invitados.
No era fácil, no era común, pero él sabía negociar. Incluso aceptó una entrevista, una revista, algo que ya no le interesaba demasiado
solo por esa lista.
Solo por una posibilidad.
Y ahí estaba.
El nombre.
Aldo De Nigris
Su exnovio.
La persona que tal vez... nunca había logrado olvidar del todo.
En cuanto lo vio escrito, algo dentro de él decidió por él.
Porque ya no era curiosidad.
Era necesidad.
Quería verlo.
Quería volver a ver esos ojos azules que lo habían perseguido incluso en sueños.
Quería comprobar si todavía dolía igual.
Y dolía.
Cuando finalmente lo tuvo enfrente —aunque fuera desde lejos— sintió una tristeza suave, inevitable.
Lo vio girarse.
Lo vio irse.
Y aun así no pudo negar que se sintió bonito.
Bonito de recordarlo.
Bonito de saber que era real.
Bonito de saber que no había sido un invento de su memoria.
Aarón tragó saliva.
Recordó lo felices que habían sido, en ese tiempo donde el mundo era más simple, donde el amor parecía suficiente.
Y quizá Aldo no lo sabía...
pero él también había guardado esa herida.
Solo que la escondía mejor.
Pero eso no iba a quedar así.
No para ninguno de los dos.
Porque la vida, cuando se aferra a algo...
te lo da completo.
Cueste lo que cueste.
Pase lo que pase.
Y ellos estaban a punto de encontrarse.
De una manera tal vez cliché...
pero necesaria.
Porque así son los regalos de la vida.
Llegan cuando menos los esperas.
Y en veces...
también son los más crueles.
Había pasado tal vez media hora.
El ambiente estaba relajado, la música sonaba suave, la gente seguía brindando, riendo, viviendo el momento.
Pero entre todo eso había dos almas inquietas, dos almas que necesitaban verse aunque no lo admitieran.
Se querían, todavía, en silencio. Extrañaban esos tiempos viejos en los que eran felices ellos, y nada más ellos.
La vida a veces te pone en situaciones ridículas, pero también necesarias.
Ahí estaba Aldo, con una copa en la mano, después de brindar por la vida. Caminaba despacio, tarareando algo entre dientes, mirando hacia abajo porque intentaba grabar una nota de voz a su hermana.
Hasta que de pronto sintió un golpe fuerte en el hombro.
Se desestabilizó un poco, estuvo a nada de reclamar o de pedir perdón, ni siquiera sabía qué iba a salir primero de su boca. Pero antes de hablar, lo sintió.
Ese perfume.
Como si fuera suyo.
Reconoció ese aroma al instante y en ese segundo supo quién estaba frente a él. Ese olor lo arrastró directo a un recuerdo tan bonito que le apretó el pecho.
Aaron se estaba preparando para un evento, una marca. Aldo no tenía trabajo ese día, era su descanso, así que estaba ahí, en su cuarto, detrás de él, abrazándolo por la cintura.
Aarón se miraba en el espejo mientras Aldo lo apretaba un poquito más y murmuraba:
—Amor, no vayas... quédate conmigo, ¿sí?
Con esos ojos de cachorro que siempre usaba.
Aarón soltó una risa bajita.
—Aldo, por favor, no me pongas esos ojos, precioso.
—Oye, no me digas Aldo —protestó él, haciéndose el ofendido.
—Ya sé que funcionan en ti, gatito bello.
Aarón rio.
—Sí, pero esta vez no, amor.
Aldo insistió, pegándose más.
—Ándale, chiquito... quédate conmigo. Podemos besarnos toda la noche. No sé, hacer el amor hasta el amanecer, ¿qué te parece?
Aarón lo volteó a ver, le tomó la cara con una sonrisa ladina.
—Mmm... tentador, eh. Pero no puedo, amor, lo sabes.
Aldo hizo un puchero, medio en broma, porque le encantaba molestarlo. Los berrinches se le habían pegado y a Aarón le daba risa.
Aldo lo agarró de la cintura y caminó hacia atrás con él hasta dejarlo caer sobre la cama. Aaron entendió y se sentó a horcajadas sobre él, sonriéndole porque le encantaba que Aldo fuera así.
—Mmm... —susurró Aldo— ¿qué te parece si te convenzo a besos?
Aarón negó con la cabeza, sonriendo.
—Me encantaría, pero no puedo quedarme. Aunque... si me das un besito...
Lo dijo con esos ojos brillando bonito.
Aldo no podía decirle que no.
Lo agarró de la cara, lo miró un segundo y lo besó lento, primero en los labios, después en la mandíbula, besitos pequeños, suaves. Luego en las mejillas.
Aarón sonreía como tonto, con un calor en el pecho, dejándose mimar. Estaba sonrojado, con esos ojos café brillándole precioso.
Aldo se quedó viéndolo hipnotizado.
—Espérame tantito...
Se estiró lo más que pudo para alcanzar su celular.
Aarón soltó una carcajada, todavía encima de él.
—¿Qué haces?
—Espérame, amor... necesito presumir esto.
Aaron parpadeó.
—¿Presumir qué?
Y de la nada sintió el teléfono frente a su cara. Aldo le tomó una foto.
La foto era preciosa. Aarón se veía hermoso, con esos ojos grandes brillantes, las pestañas largas, los labios rojos por los besos y las mejillas teñidas de rojo.
Aldo se quedó viendo la imagen un segundo antes de subirla a sus historias. Su relación ya era pública, así que escribió sin pensarlo demasiado:
"Lo veo y digo... verga, qué bonito es mi novio. Qué ojos tan preciosos tiene. Estoy enamorado."
Lo etiquetó.
Aarón miró curioso mientras Aldo escribía, hasta que le pasó el celular. Aaron leyó, se sonrojó todavía más y lo besó.
Para Aldo, los ojos de Aaron eran los más hermosos del planeta. Se sentía bendecido por tener al ser más bonito a su lado. Estaba completamente enamorado.
Estaban enamorados.
Y ese recuerdo parecía compartido, porque Aarón también lo sintió. Porque Aldo alguna vez le había dicho que ese perfume era su favorito, que nunca se lo quitara, que siempre que lo oliera lo iba a llevar a él.
Y así fue.
No supieron si pasaron cinco o diez minutos sin decirse una palabra. Solo se quedaron mirándose, recordando lo felices que habían sido.
Hasta que ambos soltaron un suspiro al mismo tiempo.
Porque la vida ya los había puesto frente a frente.
¿Y ahora... qué más podía pasar?
***
Oficial, ninguno de los dos se había olvidado. Ambos habían ido ahí sabiendo, en el fondo, que el otro estaría presente. ¿Para qué se hacían? Si se necesitaban. No era bonito vivir solo de recuerdos, ni de anécdotas que dolían más de lo que consolaban.
Así que ahí estaban, frente a frente, con la mente llena de todo lo que alguna vez fueron.
Hasta que Aldo habló.
—H-hola... —dijo, nervioso, con la voz temblándole.
Aarón sonrió apenas, como si ese simple saludo le removiera el alma.
—Hola... ¿cómo estás?
—Bien... bien —respondió Aldo, intentando sonar firme, pero el susurro lo delató—. Mucho mejor.
Aarón lo escuchó. Y también bajó la voz.
—También yo...
Aldo sintió un golpe en el pecho. Pensó en cuánto lo había extrañado. Malditamente. Lo extrañaba como se extraña algo que te sostuvo cuando todo se caía. Porque su inestabilidad después de terminar era la prueba más clara: le hacía falta.
Le hacía falta ese hombre de ojos preciosos que le enseñó lo que era el amor verdadero.
Verga... lo extrañaba tanto.
Y sin decir nada, sin pedir permiso, le agarró la mano.
La electricidad recorrió a ambos.
Aarón se sorprendió un segundo, pero no se apartó. Al contrario, fortaleció el agarre, como si su cuerpo hubiera decidido antes que su mente.
A Aldo no le importó que hubiera gente alrededor, ni que alguien pudiera estar mirando. No le importó que ese momento pudiera quedar capturado en algún flash. Simplemente lo jaló, lo llevó a un lugar más privado.
Una terraza.
La vida los había puesto así, con lo que tanto habían evitado justo enfrente.
¿Qué más podía pasar?
¿Qué más le podía pedir a la vida, si ya era oficial que se habían extrañado como un infierno?
Aarón lo soñaba a veces. Aldo también. Se la pasaban recordándose, aunque fingieran que no.
Se hacían tanta falta.
Ahí estaban, uno frente al otro, en silencio, afuera del ruido.
Hasta que Aaron tomó la iniciativa.
Lo abrazó.
Lo abrazó como se abraza a la persona que más amas después de demasiado tiempo.
Aldo recibió ese abrazo con ganas, como si por fin pudiera respirar. Suspiró, y a ambos se les escaparon las lágrimas. Esas lágrimas reprimidas que no habían tenido espacio hasta ahora.
Aaron escondió la cara en el cuello de Aldo.
Aldo levantó una mano y le acarició el cabello, suave, despacio, como antes.
Se sentían tan a gusto... tan en casa.
Todavía se amaban. Lo sabían.
Porque ese abrazo era demasiado correspondido para ser solo nostalgia.
Lo supieron cuando Aaron soltó un pequeño sonido, casi un ronroneo, al sentir las caricias.
Y Aldo, casi inaudible, susurró:
—Te extrañé, gatito... te extrañé.
Aaron lo escuchó. Siempre lo escuchaba.
Y respondió, con la voz rota:
—Yo también, amor.
Ahí estaban. Dos almas necesitadas encontrándose por fin. Abrazados, llorando entre felicidad, tristeza y nostalgia.
Se tenían.
Y aunque sabían que no sería fácil, que había muchas cosas por pasar.
Por mientras, estaban ahí.
Aprovechando el momento.
Y ahí estaban.
Dos personas que seguían abrazadas, sintiendo el viento fresco en la piel, como si el mundo afuera no existiera.
Con lágrimas en los ojos, con demasiadas palabras atoradas en la garganta, temblando de emoción después de tanto tiempo... porque por fin estaban otra vez en los brazos del otro.
Ellos lo sabían.
Sabían que las cosas no podían arreglarse así de fácil.
Sabían que la vida no funcionaba de esa manera.
Había demasiado que hablar, demasiado que poner sobre la mesa, demasiadas heridas que todavía dolían.
Y aun así... ese abrazo era un inicio.
También sabían que, cuando se separaran, iban a quedar otra vez como espectadores.
Esperando.
Hasta que la vida decidiera volver a cruzarlos.
Porque en ese momento, con tanta emoción encima, no podían decir todo lo que querían decir. No podían pensar con claridad.
Pero iban a sellar una promesa a su modo.
Sin pedir permiso, Aldo tomó el rostro de Aaron con cuidado, le limpió las lágrimas con los dedos.
Le dio un pequeño beso en la frente, le sonrió apenas... y le susurró un "perdón" que pesaba más que cualquier discurso.
Y entonces lo besó.
Lo besó como si la vida dependiera de ello.
Lento, seguro, con el corazón en las manos.
Era una promesa silenciosa.
La promesa de esperar.
Dejar que las cosas se acomoden a favor de los dos.
De confiar en que la vida les volvería a regalar otro momento.
Hasta volver a estar juntos, como en los viejos tiempos.
Cuando se querían.
Cuando eran felices.
Y no lo sabían.
FIN
