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No llevaba ni diez minutos bajo las sábanas cuando un sonido profundamente sospechoso atravesó el silencio del salón. No era el crujido habitual de una casa que envejece con dignidad, sino un whoooomph teatral, como si algo hubiera decidido anunciar su presencia con música de fondo invisible. Cualquier persona sensata habría rodado hacia el otro lado de la cama y fingido no haber oído nada. Ella, sin embargo, abrió los ojos y miró directamente hacia la chimenea. Lo que vio no tenía nada de “sensato”. Allí se arremolinaba una luz dorada que giraba con elegante calma, mientras pequeñas chispas danzaban en el aire como si interpretaran una coreografía perfectamente ensayada.
Se incorporó lentamente, todavía medio adormilada, y dirigió la mirada hacia aquel portal imposible. Durante unos segundos se produjo un tenso intercambio silencioso entre una persona somnolienta y un fenómeno mágico descaradamente teatral. El remolino brillaba con insistencia; ella parpadeaba con incredulidad. Finalmente, la curiosidad, esa traidora de tantas buenas noches de sueño, ganó la batalla. Caminó hasta el salón en calcetines, se plantó frente a la chimenea y, con la expresión de quien sopesa una decisión cuestionable, dio un paso adelante. En un abrir y cerrar de ojos desapareció… para reaparecer casi de inmediato en el Vestíbulo de Hogwarts.
Las antorchas flotantes iluminaban el aire con un brillo cálido, las escaleras se movían con su habitual despreocupación y, a lo lejos, un retrato murmuró indignado algo sobre visitantes mal vestidos, una observación particularmente injusta, dado que la joven iba en pijama y no había recibido previo aviso para cambiarse. Antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, unas enormes puertas de roble se abrieron solas y la condujeron directamente al Gran Comedor.
Las cuatro mesas estaban llenas de estudiantes que se inclinaban, cuchicheaban y señalaban con la fascinación propia de quien presencia algo extraordinario y ligeramente inesperado. El techo encantado mostraba un cielo estrellado impecable, salpicado de nubes plateadas que se deslizaban con perezosa elegancia, como si también estuviera al tanto de la ocasión. En el centro del salón, posado sobre su taburete habitual, reposaba el Sombrero Seleccionador, más erguido de lo normal, con una arruga especialmente satisfecha en su ala. Un profesor, cuyo rostro mezclaba profesionalidad con evidente diversión, le indicó que tomara asiento. Ella obedeció, preguntándose vagamente si aquello era un sueño, una broma elaborada o la consecuencia inevitable de haberse metido en un portal brillante sin hacer preguntas.
El Sombrero cayó sobre su cabeza, cubriéndole casi los ojos.
—Mmm… —rezongó la voz áspera en su mente—. Una edad interesante.
Las mesas contuvieron la respiración con un dramatismo casi exagerado.
—Tenemos aquí a alguien curiosa, observadora y con una notable habilidad para encontrarse en situaciones improbables —continuó el Sombrero—. No exactamente una Gryffindor temeraria, ni una Slytherin con ambiciones de conquistar el mundo…
Desde la mesa de Slytherin se oyó un murmullo de ligera indignación.
—Hay pensamiento en Ravenclaw —añadió—, lealtad en Hufflepuff… y cierta terquedad silenciosa que, en circunstancias adecuadas, podría ser sorprendentemente valiente.
Ella, con el ala del Sombrero ladeada sobre los ojos, no supo si asentir, sonreír o quedarse muy quieta hasta que todo terminara. El Sombrero hizo una pausa larguísima —claramente encantado con su propio suspenso— y finalmente exclamó:
—¡SELECCIONADA PARA… TODAS!
El Gran Comedor estalló en aplausos. Desde la mesa de Gryffindor brotaron fuegos artificiales en miniatura que chisporrotearon en el aire con entusiasmo innecesario. En Hufflepuff apareció de inmediato una montaña de postres, tartas, bizcochos y chocolates envueltos en papel dorado, como si hubieran estado preparados con antelación (lo cual, muy probablemente, así era). Ravenclaw desplegó un gran estandarte flotante con una ecuación misteriosa que nadie entendió del todo, pero que parecía impresionantemente inteligente. Slytherin, por su parte, hizo aparecer una serpiente de confeti verde y plateado que rodeó el salón con elegante teatralidad antes de desvanecerse en un destello brillante.
Frente a ella surgió, flotando majestuosamente, un enorme pastel coronado por 21 velas brillantes, cada una chispeando como un pequeño hechizo festivo. El Sombrero se inclinó ligeramente y añadió con solemnidad exagerada:
—En ocasiones especiales, Hogwarts concede honores poco comunes. Hoy, las cuatro casas han decidido reconocerte por igual.
Un murmullo aprobatorio recorrió el salón.
Antes de que pudiera preguntar qué significaba exactamente aquello, y si implicaba tareas extra o reuniones incómodas, sintió un tirón brusco, como si el mundo la reclamara de vuelta. Y de pronto estaba otra vez en su salón: la chimenea completamente normal, sin rastro de portal, antorchas ni estudiantes, solo la luz suave del amanecer filtrándose por la ventana.
Al bajar la vista encontró a sus pies un pequeño rastro de confeti dorado brillando tenuemente sobre el suelo. Lo observó un momento y luego miró la chimenea, como si esperara que el portal se abriera de nuevo. No lo hizo. Sonrió, recogió un trocito de confeti entre los dedos y se encogió de hombros con tranquila diversión. Si cumplir años incluía viajes involuntarios a Hogwarts, sombreros parlantes y pasteles flotantes, aquel día prometía ser bastante más memorable de lo que había imaginado al acostarse. Y con esa certeza, y algunos destellos todavía pegados al pijama, comenzó oficialmente su jornada.
A lo largo del día, aunque no volvió a cruzar ningún portal, tuvo la extraña sensación de que cada casa la acompañaba con su propio estilo inconfundible. En un instante que nadie más presenció, una ráfaga rojiza chisporroteó en el aire sobre su cabeza: un guiño travieso de Gryffindor que dibujó fugazmente la silueta de un león entre chispas juguetonas.
Poco después, un aroma dulce flotó inexplicablemente por el salón y apareció sobre la mesa una pequeña bandeja repleta de pastelitos y chocolates envueltos en oro. Nadie dudó de que aquello era obra de Hufflepuff: generosa, cálida y convencida de que toda buena experiencia merece ser acompañada de algo delicioso. La bandeja tembló levemente, como esperando agradecimiento, y luego se desvaneció con discreción impecable.
Más tarde, una corriente de aire hizo girar las páginas de un libro cercano, y sobre ellas se proyectó una fórmula complejísima que flotó unos instantes antes de desaparecer. La ecuación, incomprensible para cualquiera fuera de Ravenclaw, parecía susurrar sin sonido: “La verdadera magia está en observar, preguntarse y maravillarse.”
Finalmente, desde la chimenea brotó un destello verde plateado que se transformó en una serpiente de confeti elegantemente coreografiada. Rodeó el salón con movimiento calculado y se desvaneció con una reverencia casi imperceptible. Slytherin no hacía regalos al azar: aquel gesto sugería que incluso el caos podía manejarse con estilo y astucia.
Así, sin volver a pisar Hogwarts, la joven pasó su día con la sensación de que cuatro casas mágicas la observaban desde lejos con aprobación y complicidad. Al caer la noche, cuando todo quedó en silencio, se detuvo un instante frente a la chimenea y recordó el remolino dorado, el Gran Comedor y el Sombrero Seleccionador presumiendo de su decisión. Y aunque nadie más pudiera confirmarlo, estaba segura de que en algún rincón del castillo cuatro mesas brindaban discretamente por ella: Gryffindor con estrépito, Hufflepuff repartiendo otra ronda de postres, Ravenclaw debatiendo el significado profundo de su visita y Slytherin asentando con elegante satisfacción.
Alzó la vista hacia el cielo estrellado reflejado en la ventana y, con una leve risa, murmuró para sí misma, y quizá también para Hogwarts, antes de dormir:
“Que este sea siempre un feliz cumpleaños mágico.”
