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El teléfono de Jane vibró sobre la mesa de la cocina, un zumbido metálico que pareció perforar el silencio sepulcral de su apartamento. Lo miró con una mezcla de cansancio y desdén.
Eran casi las once de la noche; la luz de la bombilla del techo parpadeaba, proyectando sombras alargadas sobre las facturas vencidas que se apilaban junto a su plato vacío.
Llevaba horas perdida en un bucle infinito de recetas digitales. Arroz con coco, pasta al dente, sopas minestrone que sus manos podían ejecutar por puro instinto, incluso dormidas.
Eran platos reconfortantes, pero inútiles; eran platos que saciaban el hambre, pero que no pagaban el alquiler ni la deuda que crecía como una mancha de humedad en la pared del pasillo.
Suspiró, sintiendo el peso de la jornada en los hombros, y deslizó el dedo por la pantalla agrietada.
—¿Nat? —Su voz sonó más ronca de lo que esperaba.
—Jane, por favor, dime que estás sentada. O mejor aún, dime que tienes una copa de vino a mano.
Jane se dejó caer en la silla de madera desvencijada, que emitió un quejido de protesta.
—Estoy en una silla, Nat. ¿Qué pasa ahora?
—No puedo tomar el trabajo, Jane. Se acabó. Estoy fuera.
Jane frunció el ceño, masajeándose el puente de la nariz. El cansancio le impedía conectar los puntos con rapidez.
—¿Qué trabajo? Hablas de tantas cosas...
—¡El de chef privada! —exclamó Nat, y Jane pudo imaginarla gesticulando frenéticamente—. El que te mencioné ayer, el de la celebridad. El billete de lotería con patas, Jane.
Jane se incorporó de golpe, la fatiga evaporándose bajo una descarga de adrenalina fría.
—¿La mansión en las colinas? ¿La paga que dijiste que parecía un error de imprenta?
—Ese mismo.
—¿Estás loca? —Jane bajó la voz, como si las paredes pudieran robarle la oportunidad—. Dijiste que era el contrato de tu vida. Que con eso podrías abrir tu propio local en seis meses.
—Lo era. Pero me ha surgido algo... un viaje. Con el chico que me ofreció el trabajo. No puedo estar en dos lugares a la vez, Jane. Ya sé que no debo perder una oportunidad así por un chico, pero siento que es el amor de mi vida y si no me arriesgo... En fin, le dije que tú podías reemplazarme.
El mundo pareció inclinarse unos grados.
—¿Qué has hecho qué?
—Dije que eras excelente. Que eras la única persona en esta ciudad a la que le confiaría mi propia lengua. Dije que estabas disponible.
—No estoy disponible, Nat.
—Sí lo estás. Jane, lo necesitas.
Esa frase dolió porque era una verdad cruel. Jane miró su cocina: un hornillo de dos fuegos y una encimera de formica astillada. Apoyó el codo en la mesa, sintiendo el frío de la realidad.
—No sé si quiero trabajar para alguien así —murmuró Jane—. He visto los videos, Nat. No parecen montajes de TikTok.
La imagen de Alin Schuett inundó su mente. Alin no era solo una modelo o una influencer; era un fenómeno meteorológico de destrucción estética.
En el último video viral, se la veía arrojando un plato de ensalada contra un asistente porque la rúcula "tenía un tono de verde ofensivo". El sonido de la porcelana estallando contra el suelo de mármol todavía resonaba en los oídos de Jane.
—Son exagerados, pura edición para ganar clics —insistió Nat, aunque su voz titubeó un segundo—. El marketing del siglo XXI es ser una villana, Jane. Es parte del personaje.
—Ella grita, Nat. Humilla a la gente frente a millones de personas.
—A veces. Solo cuando pierde la cabeza. Pero piensa en el dinero.
Jane escuchó el número. No era solo un sueldo; era un rescate. Era la libertad de no volver a contar monedas para comprar una caja de huevos. Era el fin de la ansiedad que le oprimía el pecho cada vez que veía un sobre debajo de la puerta.
—¿Cuándo empiezo? —preguntó Jane, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—Mañana. A primera hora.
El taxi serpenteó por las colinas, dejando atrás el smog y el ruido de la ciudad para adentrarse en un mundo de arbustos perfectamente podados y asfalto sin un solo bache.
Jane apretaba su rollo de cuchillos contra el pecho como si fuera un escudo. Eran lo único que poseía que todavía conservaba su dignidad: acero alemán, afilado hasta el punto de la obsesión.
Cuando el vehículo se detuvo frente a la reja blanca, Jane sintió que estaba entrando en una prisión de primer nivel.
Todo brillaba demasiado. El sol se reflejaba en los ventanales de la mansión con una agresividad que la obligó a entornar los ojos.
Pagó al taxista y bajó. La puerta principal se abrió antes de que pudiera siquiera acercarse al timbre. Una mujer de rostro gélido y traje oscuro la esperaba.
—¿Jane? —La voz de la mujer era uniforme, profesional hasta la crueldad.
—Sí. Buenos días.
—Soy Ploy, la jefa de personal. Sígueme. No tenemos tiempo para cortesías innecesarias.
El interior de la casa era un mausoleo a la modernidad. Suelos de resina blanca, techos infinitos y un silencio que pesaba más que el ruido de la calle.
No había fotos familiares, ni motas de polvo, ni rastro de vida humana. Era una galería de arte donde el aire parecía filtrado tres veces.
—Llegaste puntual —dijo Ploy sin mirar atrás—. Alin llegará en una hora después de su sesión de pilates. Tienes acceso completo a la cocina, pero no salgas de las áreas de servicio a menos que se te solicite. Ya tienes el menú de preferencias en tu dispositivo.
Ploy se detuvo ante una puerta doble de madera de roble oscuro. Al abrirse, reveló una cocina que habría hecho llorar a cualquier chef de Michelin. Estaciones de mármol Carrara, fuegos de inducción de última generación y una despensa que parecía un catálogo de ingredientes exóticos de todo el mundo.
—¿Alguna pregunta? —Ploy la observó con una intensidad inquietante.
—¿Cuántas personas comen aquí? —preguntó Jane, su voz perdiéndose en la inmensidad del espacio.
—Solo ella. Siempre.
—¿Y es... es muy estricta con el punto de la sal?
Ploy dio un paso hacia ella, bajando el tono.
—Un consejo, Jane: no tomes nada personal. Lo que verás aquí fuera es una actuación, pero lo que pasa aquí dentro... es un campo de batalla. Es una advertencia, no un consejo.
Cuando Ploy se marchó, Jane se quedó sola con el zumbido de los refrigeradores industriales. El silencio era denso. Sacó sus cuchillos y los alineó sobre el mármol con precisión quirúrgica. Ver el metal brillante la tranquilizó un poco.
Abrió la nevera. Había productos que solo había visto en libros de alta cocina: trufas blancas frescas, wagyu de grado A5, verduras miniatura que parecían joyas.
—Tranquila —se susurró a sí misma, sintiendo el frío del acero en sus dedos—. Solo es comida. El fuego es el mismo aquí que en tu casa.
Eligió algo sencillo pero técnico: un rodaballo a la meunière con un toque de cítricos yodados. Necesitaba demostrar técnica sin parecer pretenciosa. El sonido del cuchillo golpeando la tabla —tac, tac, tac— se convirtió en un metrónomo que reguló su pulso.
Peló los chalotes con una concentración casi religiosa. El aroma de la mantequilla noisette empezó a llenar la estancia, un olor cálido y avellanado que contrastaba con la frialdad del mármol.
Justo cuando estaba ajustando la acidez de la salsa con unas gotas de limón, un estruendo rompió la paz. La puerta principal se cerró con una fuerza que hizo vibrar las copas de cristal de la alacena.
—¡Ploy! ¡Dime que no se han olvidado de mi hidratación otra vez o juro que alguien se queda sin trabajo hoy! —La voz de Alin Schuett era un látigo.
Jane se quedó inmóvil, con la cuchara de degustación a medio camino de la boca. Tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Se limpió las manos frenéticamente en el delantal blanco impecable y emplató con manos temblorosas.
El pescado descansaba sobre la salsa como una isla de perfección en un mar de incertidumbre.
Jane caminó hacia el comedor, sosteniendo el plato como si llevara una bomba activa. El comedor era una sala circular con una mesa de cristal que parecía flotar.
Alin estaba allí. No llevaba la ropa de diseñador de sus fotos, sino un conjunto deportivo de seda que probablemente costaba más que el taxi de Jane. Miraba su teléfono con una expresión de aburrimiento letal. No levantó la vista cuando Jane entró.
—Buenas noches. La cena está lista —dijo Jane, intentando que su voz no flaqueara.
—Más te vale —respondió Alin, su tono gélido y cortante.
Jane dejó el plato con una suavidad milimétrica. Alin dejó el teléfono a un lado y, por primera vez, miró el plato. Sus ojos, increíblemente claros y rodeados de unas pestañas infinitas, analizaron cada detalle de la presentación.
Pinchó un trozo de pescado. Lo llevó a su boca despacio. El silencio que siguió fue eterno; Jane podía escuchar el tic-tac de un reloj invisible y el latido de su propia sangre en las sienes.
Alin masticó con calma, cerrando los ojos un breve instante. Luego, dejó el tenedor sobre la mesa con un tintineo seco.
—Aceptable —dijo finalmente. No hubo sonrisa, ni agradecimiento. Pero tampoco hubo un grito, ni un plato volando por los aires.
—Gracias —alcanzó a decir Jane.
—Puedes irte. Limpia todo antes de salir. No quiero oler a pescado por la mañana.
Jane asintió y se retiró hacia la cocina, caminando hacia atrás como si estuviera frente a la realeza o un depredador hambriento. Al cruzar el umbral, se detuvo un segundo y miró por la rendija de la puerta.
Alin no había vuelto a su teléfono. Estaba sentada allí, mirando fijamente el plato, con una expresión que no era de ira, sino de una soledad tan profunda que Jane sintió un escalofrío. Alin pinchó otro trozo de pescado, pero esta vez lo hizo con una lentitud casi melancólica.
Jane regresó a su estación de trabajo. El pánico inicial había sido reemplazado por una inquietud distinta. Había sobrevivido la primera comida, pero sabía que aquello no era el final. Era solo el aperitivo de una danza muy peligrosa entre la ambición y el miedo.
