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Cartas de Amor | Spiderbear

Summary:

Es otro nuevo aniversario de novios de Roier y Spreen. El oso decide planear un mapa que recorre las cosas más importantes que considera de su vida junto al castaño.

Notes:

Día tres de la SpiderbearWeek San Valentin que organizó @/gabslvsproier en Twitter

Espero les guste <3

https://x.com/gabslvsproier/status/2016977279503552845?s=20

Work Text:

La alarma sonó como de costumbre, aunque hoy no era necesario levantarse temprano, Spreen y Roier disfrutaban tener un momento abrazados entre las sábanas antes de arrancar el día. Esta mañana no era la excepción, todo lo contrario, hoy más que nunca, Roier estaba emocionado con despertar junto a su novio, llenarlo de besos y desearle el más feliz aniversario. Sin embargo, al detener el fastidioso reloj y darse la vuelta sobre la cama, esta se encontraba vacía. La araña frotó sus ojos en un intento de despertarse y observar con más atención. Efectivamente, Spreen no estaba en el cuarto. De todos los días que podía levantarse antes, decidió hacerlo en su momento especial.

 

De un salto se levantó y caminó a paso firme por el pasillo, bajó las escaleras preguntando por su, ahora no tan amado, novio. Iba a quejarse con él por no estar en la cama al despertar cuando se dio cuenta que tampoco se encontraba en la sala, ni en la oficina, tampoco en el comedor. Al entrar a la cocina notó en la mesada un jarrón pequeño con una amapola, algo confundido se acercó y notó un papel pegado en este:



"Perdón por no estar con vos al despertar, me llamaron del laburo y tuve que ir. No sé cuanto tiempo me lleve, te lo voy a compensar, pero te dejé listo el desayuno. Feliz Aniversario, te amo."

 

En la esquina de la nota se encontraba un dibujo de una araña junto a la cara de un osito. Podía notar la precisión de la tinta, no había sido fácil realizar tal obra de arte.

 

Roier suspiró. No era lo que se esperaba en su día especial, pero tampoco podía culpar a Spreen, su trabajo demandaba mucho. Si bien ambos tenían responsabilidades que consumían bastante sus horarios, el oso se llevaba la carga más pesada al ser él el dueño de su empresa.

 

—Vaya suerte la mía.

 

Entre lamentos se sirvió un vaso de jugo y buscó con la mirada dicho plato. Un par de medialunas con jamón y queso. Si antes estaba molesto, lo de ahora no tenía nombre. Dijo que le dejó preparado el desayuno, se esperaba algo más como unos waffles o huevos revueltos. Respiró hondo, un detalle es un detalle y tenía que irse rápido.

 

Al tomar el plato notó que debajo de este había otra nota.

 

"Sé que no es mucho, pero lo que importa es que es el mismo desayuno que tuvimos después de pasar la primera noche viviendo juntos."

 

Que fácil era sacarle una sonrisa y hacer que se olvidara de su mal humor. Recordó aquel día al empezar a comer.


Luego de recibir las llaves de la casa y verla vacía, solo con cajas señalizadas distribuidas por el piso, subieron al cuarto aún sin decorar, solo estaba el colchón en el suelo porque Spreen quiso mandar a personalizar una cama para ellos dos que no llegaría hasta al día siguiente.

 

Solo ellos dos, acostados en el piso, exhaustos por la mudanza, se abrazaron debajo de las sábanas. Spreen no paraba de dejarle pequeños besos por su cuello y compartiendo risitas, demostrando lo feliz que estaba de al fin compartir un hogar junto a Roier. Pasaron la mayor parte de la noche discutiendo los planes de decoración, los colores de las paredes, nuevos muebles y cortinas.

 

Al despertar, el cansancio no había desaparecido, por lo que el oso decidió ir a la panadería que quedaba a la vuelta de su nueva casa y comprar algo de allí mientras Roier buscaba los vasos y platos entre todas las cajas. Cuando llegó, sacó de su bolsa un galón de jugo de naranja y un paquete que al abrirlo contenía dos pares de medialunas con jamón y queso entre medio, como si fuera un sándwich.

—¿Y eso?— Roier no había visto unos así, pero el olor a mantequilla y queso derretido caliente le hacía agua la boca.

 

—Lo mejor que vas a probar en tu vida— Respondió su novio con emoción. En eso se acercó a darle un pequeño abrazo, pero Roier lo detuvo.

 

—¿En serio? Mira que es difícil ganarle a estos.— Spreen lo miró confundido por un instante hasta que la araña le dio un beso corto en los labios, sacándole una sonrisa que Roier imitó al instante.

 

—Sos un boludo. Dale, sentate que saben mejor cuando están recién hechos.

 

Al acomodarse, Roier tomó entre sus manos aquel nuevo aperitivo y lo llevó a su boca. Era suave, el queso se estiraba de manera uniforme y caía entre los extremos, el pan era dulce y contrastaba muy bien con lo salado del relleno. Tenía razón, era una de las mejores cosas que probó en su vida, eso o porque el hambre que tenía después de levantar tantos paquetes le ganó a su paladar.


Al darle un mordisco a la medialuna, el recuerdo se hizo más vívido. Quizás no era el mejor bocado de la historia, pero los recuerdos que cargaba consigo aquel sabor lo hacían especial.

 

Mientras seguía con su desayuno volvió a echarle un vistazo a la nota. La letra de Spreen suele ser algo torcida, difícil de leer. En esta ocasión era más legible, redonda, conservaba la cursiva ejecutiva pero se veía claramente que se tomó el tiempo de escribir para que cada palabra se entienda. Roier miró más de cerca y a contra luz vio que del otro lado había otro mensaje.

 

"El clima está agradable hoy, ponete algo cómodo, salí a dar una vuelta, te va a hacer bien."

 

Frunció el ceño algo curioso. Más que nada por el guiño dibujado al lado de la sugerencia. La flor, el desayuno, el recordatorio de aquel día de mudanza, no eran más que detalles que al parecer lo guiaban en una especie de búsqueda del tesoro. Sabía que su novio no podía simplemente irse sin tener nada preparado. Esto no podía hacerlo más feliz.

 

Subió corriendo las escaleras hasta su habitación, al abrir su closet encontró una percha con un conjunto de ropa envuelto en una funda. Una camisa roja con detalles de telaraña en negro, unos pantalones negros y una chaqueta fina del mismo color. Todo con su respectivo mensaje.

 

"Porque sé que te gusta Spiderman (¿Quién lo diría?)"

 

El tono sarcástico de la nota le hizo reír. Su gusto por el superhéroe se notaba en cada ocasión que se presentaba. Por supuesto, siendo un híbrido de araña, la idea de un salvador con tus mismas características sonaba increíble.

 

Antes de cambiarse al nuevo atuendo, fue hacia el baño a darse una ducha. Todo estaba en su lugar, pero en la mesa junto al lavamanos se encontraba una caja envuelta en papel de regalo rojo con un pequeño moño azul. Y una nota.

 

"Huele a las mismas flores que te dí en nuestra primera cita"

 

Luego de leer, tomó el pequeño regalo y se apresuró a abrirlo. Destapó el perfume y efectivamente, el olor a amapolas y tulipanes no tardó en llenar sus sentidos. Recuerda muy bien lo nerviosos que ambos estaban cuando por fin tuvieron su primera cita.


Venían siendo amigos desde hace unos años. El amor se fue construyendo de apoco, con ladrillos de confianza y mezcla de paciencia y tranquilidad. Pero dar ese siguiente pasó se sentía como si nunca se hubieran conocido, una faceta suya que necesitaban explorar desde cero.

 

Cuando aquel Roier de 19 años abrió su puerta, el Spreen de 20 los esperaba con un ramo de flores en una mano y una hoja de papel en la otra. La mirada del oso se intercalaba entre los ojos del arácnido y el guion que tenía preparado.

 

—Umm… Te traje amapolas porque sé que te gustan m-mucho.— No podía evitar que sus manos temblaran. —Y-y tulipanes naranjas porque representan la energía positiva. Algo que siempre irradias… Y es contagiosa.

 

Roier mantenía su mirada sobre el chico frente a él con esplendor. Tomó el ramo y las olió con cuidado, como si con tan solo siquiera mirarlas podrían deshacerse. Spreen podía jurar que aquella sonrisa que logró sacarle a la araña fue la más brillante que había visto.

 

—Son muy bonitas. Gracias.

 

Se había apresurado a colocarlas en un jarrón con agua antes de salir. No sabía que tan dedicado a los detalles podía llegar a ser Spreen y ese día había sido solo un vistazo a lo que era capaz de hacer.


Una vez limpio, perfumado y cambiado. Roier decidió hacerle caso a su novio y daría una vuelta para disfrutar del lindo día que tanto le aclamó. Quizás podía pasar por alguna cafetería a tomarse algo antes del almuerzo, al final de cuentas, había comido bastante temprano y el hambre de media mañana ya se estaba asomando.

 

Al acercarse a la puerta de salida, se topó con un cartel, la letras eran más llamativas y coloreadas.


"¡Esperá! Antes de que decidas a donde ir, deberías pasar por un café o algo así. Pd: Decile a la barista que vas de mi parte."

 

Debajo de la sugerencia se encontraba escrita una dirección no tan lejos de donde vivían.



—¿A dónde me estarás llevando ahora?— Preguntó en voz alta. Pero a este punto no eran quejas, si no mucha intriga. Tomó su celular para buscar la ubicación, aprovechando también para saber de alguna señal de Spreen. Cero mensajes. Uno en su lugar ya estría preocupado, pero el oso solía apartar su celular para centrarse en el trabajo. Roier solo le dejó un mensaje: "Feliz aniversario, nos vemos más tarde, te amo <3". Tomó sus llaves y cartera y emprendió su viaje a pie.

 

En 20 minutos llegó una cafetería. No una cualquiera. Al ver su nombre y la luz cálida supo que era aquella donde tuvieron su segunda cita. Al darse cuenta, volvió a sonreír. Entró y se acercó a la barra, una chica sonriente se encargó en atenderlo. Roier se presentó y le dijo que venía de parte de Spreen, la barista cambió su semblante de atención al público a uno mucho más entusiasmado y genuino.

 

—¡En un momento te daremos tu pedido!

 

Spreen había dejado encargado y pagado un pedido en nombre de Roier, "por supuesto, ¿cómo no lo vi venir?" pensó mientras esperaba.

 

Le fue entregado un té de matcha junto a una pequeña bolsa de papel que contenía una cookie clásica con chips de chocolate del tamaño de su mano. Fue ahí donde recordó que en aquél lugar, en esa cita, probó por primera vez dicha bebida.


El híbrido de araña tenía ganas de probar algo nuevo que no fuera café y entre las opciones divisó el vaso verde con un nombre algo inusual.

 

—Pedilo, lo probamos los dos.



Sin dudar, ya que el oso era quién pagaba, pidió el té matcha junto a una galleta grande, por si acaso la bebida no les gustaba. Spreen dio el primer sorbo, su cara arrugada por el sabor fuerte no le había dado una buena primera impresión a su novio.

—Nah, boludo. ¡Sabe a pasto!

 

—No te creo, a ver, presta— Roier prosiguió a acercar el vaso a su rostro primero para oler y luego tomar un trago. Uno generoso.

 

Sus ojos se iluminaron, su paladar cosquilleaba de alegría. De verdad le había encantado. Siguió tomando con gusto ante la mirada extrañada de Spreen. Sus gustos podían llegar a ser muy diferentes la mayoría del tiempo, pero eso era lo que más les gustaba de ellos. Poder ver el otro lado de las cosas y descubrir nuevos mundos, juntos.


Sentado en una mesa junto a las ventanas del local, viendo a la gente pasar, familias con niños, adolescentes riendo entre ellos, una pareja caminando compartiendo un cono de helado. Eran pequeños momentos que quizás pasaban desapercibidos en el presente, pero terminaban convirtiéndose en lindos recuerdos, como aquel primer té matcha que probó. No era la acción en si lo que resaltaba, si no la seguridad de experimentar algo nuevo junto a la persona que más amaba.

 

Roier metió su mano dentro de la bolsa para empezara comer la galleta, al deslizarla notó un papel dentro. Ya no había extrañeza por la nota, en realidad ya le parecía raro que no haya visto una hasta ese momento.



"Creo que al terminar esto vas a necesitar caminar un poco. Lo dulce te cae pesado.-…" Eso era verdad. "… Una caminata por el parque no te vendría mal."

 

Y sabía exactamente a cual se refería. Al terminar de comer, saludó a la barista y le agradeció por haberse animado a participar de lo que sea que su pareja estaba haciendo.

 

Caminó un par de cuadras hasta llegar a un parque lleno de árboles, un pequeño bosque en medio de las calles llenas de autos. Pasó entre la gente que se encontraba descansando en el césped sobre una manta o en los bancos de madera. Fue entonces que no muy lejos divisó a una persona, Jaiden estaba sentada en un banco bajo un árbol que daba la sombra perfecta. Notó que el asiento estaba brillante, lo habían barnizado hace poco, parecía nuevo, como cuando lo habían inaugurado. Paró de caminar por un segundo porque un recuerdo importante pasó su mente. Conocía aquel rincón muy bien, por eso decidió ir allí. Fue en aquel banco donde él y Spreen se dieron su primer beso.


Ya habían tenido varias salidas, se dijeron "te amo" unas pares de veces y hasta caminaban de la mano, sin embargo aún faltaba ese último paso, lo que en las películas mostraban como el acto de amor más puro. Pero a ninguno de los dos les sera fácil tomar iniciativa. Apenas y fue Spreen el que, luego de practicar millones de veces frente al espejo, pudo pedirle la primera cita a Roier en ese entonces.

 

Y ahí estaban, era de noche, un cielo estrellado junto algunas farolas del parque los iluminaba al par de tórtolos sentados en el banco de madera. Pasaron toda la tarde allí, solo charlando, riendo. Los últimos rayos del sol se escondieron dando el aviso que pronto debían volver a sus casas, pero ninguno de los dos quería irse, trataron de estirar la conversación tanto como pudieron con preguntas cada vez más inusuales pero que daban lugar a debates que los ayudaba a seguir conociéndose.

 

Fue luego de un ataque de risa por un chiste malo que contó Spreen donde Roier se perdió en su mirada. Sus ojos púrpuras algo achinados por la gran sonrisa que mostraba sus colmillos, dejó al arácnido sin aliento. Había mojado sus labios inconscientemente, su propio cuerpo parecía estar actuando por su cuenta al levantar su mano para sostener el rostro de su novio para que este le prestara atención.

 

—¿Qué haces?— Preguntó el oso, un leve sonrojo se asomaba por sus mejillas. Roier lo acarició lentamente con su pulgar.

 

—Quisiera darte un beso.— Respondió mirando sus labios.

 

El sonrojo ahora aparecía más intenso en ambos chicos. Roier no sabía como pudo decir eso, pero ya lo había hecho, solo esperaba que Spreen le diera permiso de poder acercarse.

 

Por su parte, el oso quedó mudo. Tenia que decir algo, Roier lo miraba paciente pero sabía que su ansiedad por tenerlo cerca estaba siendo cada vez más grande. Las palabras no salían, sentía que si emitía algún sonido iba a despertar del mejor sueño de su vida, así que inclinó levemente su cabeza profundizando el contacto con la mano del contrario, dejando fluir sus sentimientos, asintió despacio y cerró los ojos. Poco después pudo sentir como sus labios se rozaban, sus respiraciones se mezclaban pero aún no se unían. Decidió volver a mirarlo, Roier también lo hacía, no fue necesario preguntar nada.

 

—No puedo creer que en serio este pasando, lo siento.

 

Ambos rieron en voz baja, sin separarse. Spreen tragó saliva aún nervioso, pero sabía que su novio solo necesitaba una ayuda extra.

 

—Creo que hasta acá puedo encargarme yo.

 

Acto seguido, Spreen tomó la nuca del castaño como soporte y lo empujó despacio hacia él, acabando con el agonizante espacio entre los dos.

 

El beso no duró mucho, pero al dar el primer paso ya no había miedo. De uno pasaron a ser dos, de dos a tres, y fue entonces donde se unieron por última vez moviendo sus labios suavemente, probando el sabor del otro. Una sensación que jamás olvidarían y a la que estaban seguros, se volverían adictos a sentir.


Roier se acercó a su amiga, de un salto la abrazó y saludó como si no se hubieran visto el día anterior en su trabajo.

 

—¿Qué haces aquí?— Rápidamente mostró una sonrisa torcida al darse cuenta que era una pregunta algo tonta. —Bueno, ¿que más vendrías a hacer a un parque más que a pasar el rato no?—

 

—Actually, I was waiting for you.

 

El híbrido de araña frunció el ceño al ver como Jaiden sacó un papel doblado de su bolsillo del pantalón, era más grande que las anteriores. Se la entregó y al estirarlo reconoció la letra.

 

—¿En serio? ¿Te metió a ti en esto?

 

—He said something about you sharing the time with other people that you love while he's busy.

 

—Ajá…

 

Roier sabía que Jaiden no era muy buena mintiendo o quizás la conocía lo suficiente para darse cuenta cuando lo hace. Al verla sonreír algo nerviosa, decidió darle un voto de confianza, pretender que no había visto como jugueteaba con sus dedos con los cordones de su sudadera y ponerse a leer la nueva nota en su manos.

"Siempre que puedo paso por acá. Recordar nuestro primer beso me pone nervioso como aquella vez, como si estuviera pasando por primera vez. Creo que nunca te dije lo mucho que me gusta besarte. Sentirte cerca de esa manera me hace sentir en casa, seguro. Tus labios siempre están suaves, no sé como haces, pero siempre me provoca querer besarte una vez más. Jamás voy a querer besar otros labios que no sean los tuyos."

 

Las mejillas de Roier enrojecieron a medida que avanzaba su lectura. Esto non pasó desapercibido por la chica que soltó una risa fuerte.

 

—I think, it's more like a theory, that this Spreen guy has a crush on you.— Su tono sarcástico solo la hizo reír más. La araña también se contagió del buen humor o quizás eran los nervios que le provocó la carta.

 

—Es tierno cuando quiere.

 

Cuando se conocieron, Spreen no era de aquellos que mostraban sus sentimientos de la manera convencional. Era muy tímido y hasta en ocasiones agresivo si le insistían en sonreír. Cuando Roier se dio cuenta de eso, después de haber tenido unos cuantos confrontamientos, se adaptó al oso. Recibió con amabilidad cualquier gesto pequeño porque sabía que para su amigo era un gran paso a superar y lo devolvía de la misma manera. A medida que pasaron los meses, notaba como Spreen se iba soltando. Un empujón amistoso, miradas que duraban más de lo necesario, pequeños roces de manos y regalos que ocultaba como un favor que le debía a Roier. De a poco se acabaron las excusas y se volvieron acciones activas de amor. Aún así, seguía siendo muy torpe con las palabras, para él eran mejor escribirlas.

 

—Looks like you are the reason he changed so much.

 

—Nah, siempre fue así, solo que ahora no tiene tanto miedo de que los demás se enteren.

 

Con gentileza, volvió a doblar la carta y la guardó en el bolsillo de su chaqueta. La conservará para algún momento donde necesite el recordatorio.

 

—Así que…— Roier volteó a ver a Jaiden, llamando su atención.—¿Me dirás qué sigue ahora o debo buscar en todo el parque? O quizás esta es la última parada y ya no se le ocurrió que más inventar.— Movió sus manos a los lados fingiendo desinterés. Jaiden rió.

 

—Oh! He told me that after this you should go home, but I want to do something with you before that.— Se levantó de su asiento y le extendió la mano a Roier. Este la tomó poniéndose de pie y empezaron a caminar fuera del parque.

 

Jaiden guió a Roier a un mercado para comprar ingredientes para el almuerzo.

 

—Pero en casa hay muchas cosas.

 

—I just need some snacks and drinks. Strong drinks.— Respondió con una sonrisa cómplice.

 

—Jaiden, son las dos de la tarde, es bien temprano para eso.— Roier no esperaba emborracharse hoy, menos a esas horas, quería estar en todos sus sentidos para cuando llegara Spreen a la casa y al fin pasar tiempo con él sin quedarse dormido en plena película. Si es que su novio llegaba a tiempo para ver una.

 

—I didn't say it's for now! Just in case.

 

—¿En caso de qué exactamente?— Levantó una ceja y acercó su cara exageradamente hacia su amiga, esta vez no pasó por alto su actitud misteriosa.

 

—Oh come on Roier, don't think to much about it, let's just go! I'm paying for this.— Evadió su pregunta mientras apartaba la mirada y colocaba las cosas en el carrito de compras. Acto seguido se dirigió a la caja mientras Roier solo se reía y la seguía desde atrás. No iba a presionarla, pero tampoco iba a dejar de molestarla por eso.

 

Terminaron de hacer las compras y dieron marcha hacia la casa de Roier. Una vez dentro, al entrar al comedor, vieron como estaba decorada con guirnaldas, el mismo florero de la mañana contenía más amapolas y estaba en el centro de la mesa junto a unos platos, cubiertos y vasos.

 

Roier se acercó con asombro, esto solo podía significar que Spreen ya había llegado a casa y Jaiden solo lo estaba distrayendo para que preparase todo esto. Sin embargo, al ver la infaltable nota y leerla, su sonrisa se borró un poco, pero pronto volvió a resurgir.

 

"¿Te dije que es probable que llegue tarde? Creo que no. Perdón. Pero esta es otra de las sorpresas! No tiene porqué ser un día solitario, tenés amigos con los que podés pasar el rato y ellos están felices de volver a verte."

 

El arácnido alzó la vista. Desde la puerta que conectaba el comedor con la cocina se asomaron Aldo y Mariana, de brazos abiertos, gritando a todo volumen. Los tres se juntaros en un abrazo y saltaron cual pogo en concierto de rock.

 

Los tres amigos habían pasado mucho tiempo separados debido a sus trabajos y estudios. Fueron dos años de solo video-llamadas y partidas de Fornite en la madrugada. Roier los había extrañado mucho y hasta había pensado varias veces en planear un viaje de visita. Jamás pensó que estarían allí ese día.

 

—Pero, ¿cómo es qué-? ¿Cuándo llegaron?— Preguntó la araña al separarse de sus amigos.

 

—Pues hoy en la mañana.— Respondió Aldo.

 

—Spreen nos comentó su idea de que estemos aquí para ti en este día especial. Somos tu regalo de aniversario.— Agregó Mariana en un tono burlón al comentar eso último, lo que provocó una risa grupal.

 

Roier volteó a ver a Jaiden y entre miradas se dijeron todo. Ella sabía de la llegada del duo, Spreen le había pedido que distraiga a Roier lo suficiente para que ellos preparen un almuerzo especial. El oso había pagado los pasajes y estadía a sus amigos para que puedan compartir unos días aprovechando el descanso de estudio de Mariana y que Aldo pudo tomarse vacaciones.

 

—Hay que dar una vuelta por la plaza, quiero ver si puedo comprar unas conservas que no consigo por allá.

 

Estaban en pleno almuerzo cuando Aldo propuso la idea. Más allá de aquel deseo, quería aprovechar el día para salir con los chicos. Recuperar el tiempo perdido.

 

—Me parece bien, tu nos muestras los nuevos lugares ¿no Ro?— Mariana estaba igual de entusiasmado.

 

—¡Claro! Con Jaiden pasamos junto a un almacén ahorita, podemos ver si hay lo que busca Aldo.

 

—Oh Yeah! There's also a jewelry store next to it. I saw a pair of earings I wanna buy.— Agregó la chica.

 

Con un objetivo en mente, los cuatro luego de comer y ordenar (por petición del dueño de la casa) volvieron a salir.

 

Entre los puestos de ropa, decoraciones pequeñas para el hogar y joyerías artesanales, el grupo caminaba como si el lugar les perteneciera, con una pizca de emoción y soltura que solo ellos sabían transmitir. De vez en cuando veían un objeto y a Aldo se le ocurría un chiste, Roier le seguía el juego, Mariana de vez en cuando los regañaba si llegaba a ser grosero y Jaiden fingía no reírse también solo para no seguir molestando al más alto.

 

—Hey mien, ¿y como te recibió Spreen hoy? Nos había contado algo sobre los regalos.— Mariana se encontraba ojeando marcos de fotos decorados a mano, Roier estaba a su lado solo acompañándolo.

 

—Pues tuvo que salir temprano, antes de que yo despertara. Pero me dejó un desayuno, me regalo esta camisa y un perfume, además de dejarme flores y traerlos a ustedes.

 

—La verdad que si se esmeró este año ¿no? ¿Tú que le preparaste?

 

La pregunta llegó como una llama que lo quemó al instante. Un hecho que pasó por alto durante todo el día. Roier no tenía pensado en regalarle algo físico a Spreen, planeaba pasar todo el día juntos, que él le cocinara al oso, él dándole abrazos, besos, hacerle olvidar un rato del estrés de la vida. Ahora que ve todo lo que el oso planeó para él se sentía algo estúpido, ¿Cómo no pensó en comprarle aunque sea un regalo?

 

—Voy a asumir por tu expresión que no le compraste nada.— Roier solo asintió.—¡Mien! ¿Cómo que no? ¡Es su aniversario!

 

—Bueno es que- ¡NO SÉ! SE ME OLVIDÓ!— Entre el cansancio por el trabajo la noche anterior, el enojo por la mañana y todo el recorrido con detalles que le preparó su novio, no se le pasó por la cabeza algún objeto para regalarle.

 

Spreen había hecho mucho por él. No solo hoy, desde siempre. Cada palabra bonita, cada pétalo de cada flor que le regaló, todas las veces que estuvo para él en sus momentos más difíciles. Todos esos detalles nacían del amor profundo que el oso sentía por Roier. Por su parte, también le demostraba a Spreen lo que sentía por él pero con palabras. Suele decirle "te amo" diez veces al día, le pone apodos cursis, le dedica canciones y le recita poemas improvisados.

 

Luego de varios años juntos, pasando por momentos dulces, amargos, vergonzosos pero reales, quizás un regalo más tangible era lo que uno se esperaría. Quizás deba darle un objeto que demostrara todo ese amor que siente, uno que cargara consigo la promesa de seguir amándolo tan fuerte como el primer día. Quizás…

 

—Después de todo lo que hizo hoy, de todo lo que me dijo… Puedo ver que de verdad me ama y no planea irse…— Roier mantenía su mirada perdida, uniendo piezas en su mente. Mariana estaba atento. —Y si no planea irse… Creo que sé cual es el regalo perfecto.

 

La cara de su amigo reflejaba intriga y en el fondo algo de inseguridad. No creía que de verdad Roier vaya a-

 

—Le voy a pedir que se case conmigo.

 

—¿¡Eh!?

 

Ante la reacción del más alto, Jaiden y Aldo se acercaron al par para ver que ocurría. Roier volvió a contarles su idea y ahora eran tres personas pálidas por la sorpresa.

 

—Do you really think is a good idea? Marriage is very serious Roier.

 

—Jaiden tiene razón. ¿No quieres comprarle no sé, un peluche o algo así?

 

Roier frunció el ceño, pero eso no lo detuvo de ejecutar el mejor plan de su vida. Ya estaba decidido, iba a comprarle el anillo de compromiso más hermoso que encuentre, preguntarle si quería casarse con él y esperar el sí. Sabía que aceptaría, no había forma de que no ocurriera.

 

—Créanme. Saldrá todo bien. ¡Luego nos reuniremos en la noche a brindar!

 

Sus tres amigos se miraron entre sí, no muy seguros de como tomarse este pequeño, gran, desvío de planes. Pero sabían que Roier no cambiaría de opinión, su cara llena de determinación era la prueba de ello. No lo habían visto tan confiado desde que tomó la decisión de declararse a Spreen. Por su lado, la araña sonreía de oreja a oreja, la idea de ver su mano y la de su novio adornadas con un anillo no salía de su cabeza.

 

En eso, su celular vibró. Al ver en la pantalla el nombre de Spreen, se apresuró en abrir el mensaje: "Yo también te amo <3". Si en el fondo esperaba una señal para hacerlo, esto era más que suficiente.

 

Fueron los cuatro a la joyería donde anteriormente Jaiden compró sus aros. En la sección de anillos habían demasiados modelos, dorados, plateados, con diamantes, rubíes, esmeraldas, pero hubo uno que captó su atención. Un anillo cuya circunferencia era rodeada de una capa azul y bordes plateados, tenía pequeñas piezas de zafiros que brillaban más que el sol. Era simplemente perfecto.

 

Al asesorarse con el empleado de la tienda, eligió una pequeña caja de terciopelo negro y terminó la compra. Agradecía a la vida tener un trabajo que le permitiera endeudarse por una pieza tan especial.

 

—Ok. El plan es simple. Voy a buscarlo al trabajo, lo invitaré a cenar y al terminar el postre se lo preguntaré. Sé que no le gusta los eventos grandes así que solo le mostraré la caja con el anillo— Roier movía la caja dentro del bolsillo de su pantalón, se aseguraba que siga ahí, que no alucinó lo que acababa de hacer.

 

—That's sounds great. Spreen style.— Respondió su amiga aún tratando de mantener oculta sus dudas.

 

Era inútil, la araña se había dado cuenta en como sus amigos se habían callado luego de vocalizar la idea de la propuesta. En cada pregunta que hacía, ellos respondían cortante y desviaban la mirada. Ya no podía hacerse el tonto.

 

—¿No me van a decir que es lo que verdaderamente piensan de esto?— Silencio.—Está bien. Si ustedes creen que es una mala idea pues… Deberían darme las razones porque hasta ahora todo salió muy bien. A menos que… Sepan algo que yo no…

 

Roier los miraba atento, entre ellos cruzaron palabras silenciosas, hasta que Mariana no aguantó más.

 

—Lo que pasa Roier es que, Spreen-

 

—Él está planeando una cena súper romántica en la azotea de su trabajo por lo que no puedes hacer tu plan sin arruinarle el de él— Aldo interrumpió al más alto golpeándolo el el brazo.

 

Roier miró fijamente a Jaiden, esperando una confirmación si lo que decían era verdad. Ella asintió, bajó la cabeza algo apenada.

 

—We didn't want to ruin his surprise. He told us not to say anything…

 

Hubo otro silencio. Pero Roier lo rompió tras suspirar, completamente aliviado. Rió.

 

—Uf, pensé que me iban a decir que Spreen no quería casarse, que iba a hacer el ridículo… Está bien chicos. Puedo decírselo después.

 

—Yeah! Of course. He'll say yes for sure— Agregó la chica para aliviar la tensión.

 

—Por supuesto mien, ¡ya quiero verlo! Seguro hasta llora.— Siguió Mariana juntando sus manos emocionado al imaginar la escena

 

—No lo verás Mariana porque es una cena privada, ¿recuerdas?— Dijo Aldo entre dientes y el ceño fruncido.

 

Roier ya había sacado una vez más la caja de su bolsillo para admirar el anillo. Sonrió por última vez antes de seguir a sus amigos en su siguiente parada. Volvieron a la casa llegada las siete de la tarde. Todo lo que habían comprado lo dejaron tirado en el sillón de la sala, incluido sus cuerpos cansados.

 

El dueño del lugar decidió darse otra ducha y prepararse para la cena no tan sorpresa que Spreen estaba preparando para los dos en aquel elegante edificio. Llegado el momento de elegir ropa, se quedó sin ideas. Nada lo convencía, nada quedaba bien para la ocasión. Sus quejas atrajeron al trío al cuarto, lograron ver a un Roier tirado boca arriba con un outfit mal combinado, sobre la cama con montañas de telas mal dobladas o directamente desordenadas.

 

—Do you… Need help?

 

—¿¡No parece!?— Respondió un exasperado Roier. Logró hacer reír a sus amigos, lo que le molestó un poco más.

 

Sin intercambiar muchas palabras entre todos volvieron a ordenar el cuarto. Una vez terminada la tarea, Jaiden salió de la habitación y volvió con una bolsa blanca decorada con un moño rojo, se la extendió a Roier para que la tome.

 

—This is another gift from Spreen. He didn't come out with other note so he just told me to give it to you.

 

Roier vació el contenido de la bolsa sobre la cama. Era otro conjunto de ropa, unos pantalones sastreros negros junto a una camisa parecida a la de esa mañana, pero blanca y con los detalles de telaraña en dorado. Miró las prendas asombrado, de verdad era un outfit muy bonito.

 

Luego de regañar a sus amigos por hacerle perder el tiempo revolviendo su closet cuando ya tenían un atuendo preparado, los echó de la habitación para cambiarse. Se perfumó, tomó nuevamente el anillo y se dirigió a la sala.

 

—Estoy listo.

 

Los cuatro subieron al carro de Roier, Jaiden manejando, la araña como copiloto. Durante el camino lo llenaron de halagos, de porras y le desearon mucha suerte. Hoy iba a ser su último día como el mejor novio del mundo y pasaría a ser el mejor esposo.

 

Entró nervioso a la recepción, los trabajadores del último turno los saludaron alegres, algunos palmeando su espalda con ánimo, otras susurrando lo suertudo que era. Entró al ascensor, solo. Los nervios empezaron a recorrerle por todo el cuerpo, se veía constantemente al espejo a su costado, arreglando una y mil veces su cabello. Quería que esa cena salga perfecta.

 

Spreen se encontraba en su oficina en la última planta del edificio. Arreglaba las mangas de su camisa negra con una precisión casi quirúrgica, repasando sus planes para esa noche. Ordenó los papeles de su escritorio y desconectó el teléfono fijo, no quería recibir más llamadas de negocios, debía encargarse de algo mucho más importante.

 

Estaba a punto de guardar su celular cuando le llegó un mensaje de la recepcionista "ya subió", justo como le pidió que lo hiciera. De repente su corazón quería saltar de su pecho, las manos le sudaban y una sonrisa se instaló en su cara. Si sus amigos siguieron sus instrucciones, Roier debería estar entrando justo… Ahora.

 

Roier abrió la puerta como si fuera su casa. Podía hacerlo con toda seguridad porque así siempre funcionó, Spreen siempre lo trató como el segundo jefe del lugar a pesar de no tener nada a su nombre, siempre teniendo en cuenta su punto de vista en cada decisión que debía tomar. Porque de eso se trataba, de compartir con él todo lo que tenía y lo que podía llegar a obtener.

 

Ver a su novio frente a él siempre fue todo un espectáculo, pero ahora, luego de tres años de noviazgo, otros tres de amistad previa, con un atuendo de ensueño que le quedaba como si hubiera sido el propio destino quien lo confeccionó, sentía que flotaba, jamás se cansaría de admirarlo. Por su lado, Roier pensaba igual. Siempre le gustó ver a Spreen con traje, solo lo usaba para el trabajo por lo que intentaba despertarse primero que el oso para verlo prepararse antes de irse, lo llenaba de halagos en cada ocasión que podía, lo que provocaba que sus orejas se movieran nerviosas, pero alegres.

 

No tardaron en acercarse rápidamente y unirse en un fuerte abrazo. Spreen lo alzó hasta despegar sus pies del suelo y giró con Roier en brazos, haciendo que ambos rían. Apenas se separaron para poder juntar sus labios en un beso, de primeras lento, pero no tardó en convertirse en uno apasionado, hambriento. No se habían visto en todo el día y ya se extrañaban como amantes en época de guerra. Roier tomó a Spreen del cuello, inclinó más su cabeza para profundizar el beso mientras sentía como su novio lo tomaba más fuerte de su cintura, pegando más sus cuerpos. Estar entre sus brazos era como estar en casa, protegidos, en confianza, como una manta y chocolate caliente durante el invierno.

 

Se separaron una vez necesitaron respirar, sin dejar de mirarse a los ojos, se sonrieron.

 

—Feliz aniversario.— Dijeron al mismo tiempo. Les resultó gracioso coincidir en sus palabras.

 

—No te creas que se me pasó la molestia por despertar solo hoy— Roier decidió reclamarle sobre su ausencia en la mañana, paseando una de sus manos por el cabello de la nuca de Spreen y la otra jugueteando con el cuello de su camisa.—Me dejaste con ganas de saludarte primero.

 

Spreen ante el gesto no pudo evitar sonrojarse un poco. Jamás creía acostumbrarse a tener a Roier así de cerca.

 

—¿Y como puedo compensarlo?— Preguntó acariciando la zona donde descansaba sus manos, pudo sentir el cuerpo de Roier estremecerse bajo su tacto. Podían jugar a estar ofendidos todo lo que quisieran porque sabían que a la más mínima caricia se derretían ante el otro.

 

—Mhm… Voy a dejar que me sorprendas. Cómo estuviste haciendo todo el día.

 

—Espero que tengas hambre entonces.— Se separó para poder tomar de la mano a Roier y empezar a caminar hacia una puerta que daba a unas escaleras hacia arriba.

 

—Sabes que siempre es así.

 

La azotea se encontraba decorada con la entrada presentando un camino de flores cuyo final alzaba una mesa decorada con mantel, velas altas, dos platos, dos copas y una botella de champaña. Por detrás se enaltecía un arco decorado con amapolas, girnaldas como cortinas y globos.

 

Spreen había pasado las últimas dos horas decorando él solo todo el lugar. Solo había recibido ayuda para traer los muebles y una asesoría por parte de uno de sus trabajadores en el área de decoración de interiores y exteriores. Quería que sus regalos y detalles sean hechos mayormente por él, todo lo que podía realizar solo, lo había hecho solo. Roier se merecía mucho más que una simple reservación en un restaurante lleno de gente. Merecía su propio momento, su propio espacio y qué mejor espacio que aquel donde finalmente ambos tuvieron el valor de confesar lo mucho que se amaban.


Roier había pasado la noche en vela pensando en Spreen, en él mismo, en los dos. Pensando en todo lo que sentía por él. Ya era un hecho, estaba perdidamente enamorado y en el fondo estaba convencido que el oso también, pero la única forma de saberlo con certeza, sin la menor duda, era preguntarle directamente, pedirle encontrarse, mirarlo de frente y confesarle su amor. Si, era más fácil decirlo que hacerlo, sin embargo el coraje se apoderó de su cuerpo cuando en aquella madrugada, cerca de las cinco de la mañana, su teléfono empezó a vibrar. Tomo el artefacto para ver de quien se trataba. Era una llamada de Spreen. Rápidamente atendió, algo preocupado debido a la hora que lo buscaba, ¿le habrá pasado algo?

 

—No pensé que ibas a atender— Escuchó la araña antes que cualquier saludo o disculpa por molestarlo (que no lo hacía en realidad) a altas horas de la noche.

 

—¿Entonces por qué llamas pendejo?— Si bien le asustó que llamase, la falta de sueño hacía que su lado más cascarrabias tomara control, más si del otro lado sonaba tranquilo.—¿Qué pasó? Son las cinco de la mañana Spreen, despierto en tres horas más…— Escuchó como el oso aclaraba su garganta.

 

—Es que… Estoy en la terraza de la empresa y… Pensé que te gustaría acompañarme un rato.

 

—¿Qué haces allá a esta hora?

 

—A veces no puedo dormir, prefiero salir antes que pudrirme en la cama… ¿Te copás?

 

Roier se frotó los ojos y sostuvo sus dedos sobre le puente de su nariz un momento mientras procesaba lo que pasaba. De alguna manera, pensar en Spreen toda la noche hizo que lo llame en plena madrugada preguntando si podían verse. O bien, el oso tenía poderes místicos o el universo le estaba dando la señal de su vida para poder aclarar sus dudas. Estaba por contestar cuando su amigo volvió a hablar.

 

—O dejá. Seguro te desperté y tenes razón, tenes que hacer cosas en unas horas no… No quería molestarte— Su voz reflejaba nerviosismo, algo de vergüenza.

 

—¡No! De hecho, todavía no me fui a dormir. Puedo… Puedo correr mis horarios un poco más. Llego allá en veinte minutos.

 

No dejó que Spreen le contestara que ya había colgado y se levantó a cambiarse. Su familia podía esperarlo o empezar su reunión sin él. Estaba ante la oportunidad de su vida y no iba a desaprovecharla. Además, quería saber porqué exactamente su amigo se encontraba en el trabajo de su familia en lugar de en su cuarto durmiendo. No pudo teorizar mucho, su voz se escuchaba como la de siempre, un poco más ronca y cansada en consecuencia de no usarla en toda la noche, pero más allá de ello, no pareciera que había un problema grave.

 

Como le había confirmado, Roier llegó veinte minutos después de acabar la llamada. Luego de dejarlo pasar al gran edificio y subir al techo, se apoyaron sobre la barandilla que ayudaba a no tropezar y caer.

 

—Entonces? Que te estaba manteniendo despierto para venir aquí?— El híbrido de araña se encontraba de espaldas a la gran vista de la ciudad. Vio como las orejas de Spreen se movieron por un instante, se tensó.

 

—Mi cabeza no dejaba de pensar…— Mantenía su vista en el horizonte, sus ojos se ocultaban detrás de sus lentes oscuros, pero Roier lograba encontrarlos en su perfil, tan brillantes como siempre. —¿En tu casa saben que vos estás acá?— Ahora cruzaron miradas, fue entonces que se dieron cuenta de lo cerca que estaban. Rápidamente se voltearon, algo sonrojados y tomaron distancia, la suficiente para poder seguirse hablando.

 

—Les dejé un aviso por si me haces tardar demasiado. Si me pasa algo, serás el primer y único sospechoso.— La broma ayudó a aliviar la tensión. —Sigues sin responder mi pregunta, ¿qué te tiene tan alterado?— Su preocupación era genuina, pero también estaba ansioso por dirigir la charla hacia donde tenía pensado.

 

—Nosotros.

 

No esperaba eso.

 

—¿Nosotros? ¿Por qué?

 

—No sé… No es nada malo. Pero… Me siento diferente a como lo hago con otras personas. Siento esa necesidad de siempre estar con vos, de contarte todo, de saber que estás bien, de que-

 

—Tu también me gustas Spreen.

 

Si antes se habían avergonzado por estar tan cerca. aquellas palabras los había envuelto en un manto cálido y el color carmín invadió sus caras. Quedaron unos momentos en silencio, mirándose, sin saber muy bien que decir. Al escuchar lo que Spreen sentía sobre él lo empujó a simplemente decirlo. Sabía al cien por ciento que lo que sentía el oso era amor y ya no aguantaba quedarse callado. Pero ahora que lo sabe, y están ahí, sin decir nada, ya no quedaba euforia, había miedo.

 

Spreen no estaba muy seguro de que era lo que Roier provocaba en él. Sabía que no quería dejar de hablarle, todo lo contrario, sentía que sin él, no había forma de que su vida tenga esa magia que últimamente irradiaba. Con tan solo poder contarle sobre su día era suficiente, pero juntarse, hablar, compartir momentos felices y vulnerables lo llenaba de una felicidad inexplicable. Ahora que Roier le respondió con un "yo también te amo" las piezas en su cabeza comenzaron a encajar. Amor, una palabra muy poderosa, pero al ver a Roier con el cabello al viento, el amanecer detrás de él con tonos anaranjados y algo rosados, era la palabra correcta. Se quitó los lentes para admirarlo mejor y finalmente pudo decirle algo.

 

—Te paso a buscar el domingo a tu casa. Salgamos a tomar un helado o algo.

 

Notó como Roier relajaba su postura, sonrió. Juró que siempre intentaría provocar aquella reacción en él.

 

—¿Es una cita?

 

—Si vos querés…

 

La araña volvió a acercarse, tomó la mano de Spreen suavemente, la llevó a su rostro y dejó un beso sobre ella.

 

—Si quiero.


La comida había sido espectacular, Roier se rió al ver como Mariana, Aldo y Jaiden en realidad no se fueron y terminaron siendo sus camareros y música personal durante la velada. Una vez traído el postre, los dejaron solos, recordando aquel día donde todo comenzó para ellos.

 

—Te arriesgaste mucho cuando dijiste que te gustaba.— Afirmó Spreen tomando el último sorbo de su bebida. Roier seguía jugueteando con la cuchara con lo que sobró de su copa de fresas con crema.

 

—Tenía planeado decírtelo de todas formas. Te me adelantaste.

 

Ambos soltaron una pequeña risa, hasta en su momento más dulce competían sanamente por tonterías.

 

—Ni siquiera sabía que me gustabas, pensé que si vos pensabas que era así entonces… Era eso. Vos siempre fuiste mi guía con lo sentimental.

 

—Nunca pensaste que me pude haber equivocado?

 

Spreen se inclinó un poco para tomar la mano libre de Roier y acariciarla delicadamente.

 

—Estoy acá, después de hacerte recorrer varios lugares especiales y de regalarte una cena romántica bajo las estrellas… Siempre confié en vos.

 

Fue así como ambos presenciaron en sus miradas las propias estrellas reflejadas en sus ojos. No había forma de separar a estos dos, su amor no hacía nada más que crecer y fortalecerse con cada día que pasaba. Sus mañanas despertando juntos eran más llevaderas, sus noches abrazados más relajantes, aquellos días donde solo compartían el espacio junto al silencio del ambiente eran cómodos, no se sentía la presión de llenar ningún vacío.

 

—Confío tanto en vos que pondría mi vida en tus manos. No puedo decir que te amo desde el primer día que te vi porque este amor lo fuiste construyendo vos a través de los días, la paciencia que tuviste conmigo al ver que no me expresaba igual que vos, como te las ingeniás para decirme cosas lindas, los regalos escondidos en mi mochila con los que te hacías el boludo cuando se notaba que eran tuyos porque a nadie más le había contado sobre lo mucho que me gustaba una serie… Me enamoré de vos porque me demostraste un amor que yo nunca experimenté.— Su agarre empezó a temblar un poco, Roier podía notar como empezó a mirar hacia otros lados, pero aún mantenía su sonrisa.

 

Quiso interrumpirle, solo para decirle que él entendía perfectamente lo que sentía, que lo amaba con la misma intensidad como el primer día. Sin embargo, Spreen no paraba de balbucear, intentando seguir expresando sus sentimientos más profundos.

 

—Yo… Umm, A mi me gustaría… Ugh- Lo que quiero decir es que-. — Suspiró pesado. La araña rió de ternura y apretó su mano para hacerle saber que podía esperarlo, como siempre lo haría.

 

—Te escucho, no hay apuro.

 

—En realidad…— Spreen soltó su mano y buscó algo en el bolsillo de su pantalón. Un papel.—Lo tengo escrito acá. Quise aprenderlo de memoria pero… Los nervios. Tomá— Le entregó un papel algo arrugado, muy distinto a como se muestra frente a otras personas con su caligrafía empresarial y porte serio.

 

Roier tomó la carta y leyó en voz alta:

 

—"Me enamoré de vos porque me demostraste un amor que nunca experimenté. Yo no sabía lo que verdaderamente significaban aquellas cuatro letras hasta que llegaste con tu energía positiva y la esparciste en mi alma como pintura amarilla en un canvas en blanco. O en mi caso, uno con un rosa viejo que demostraba mi vergüenza oculta entre tantos muros. Me gustaría que aquella energía tuya esté presente mi vida por el resto que quede de ella y por eso quería preguntarte algo importante. Roier…"

 

El arácnido había leído el discurso como cualquier carta de amor que Spreen le había hecho, sin embargo, su expresión cambió a una sorprendida, casi incrédula cuando el mensaje terminó con una pregunta que él estaba esperando hacerle.

 

—"… ¿Te casarías conmigo?"

 

Al levantar su mirada, vio a Spreen frente suyo, apoyado sobre una rodilla mientras que con una mano sostenía una pequeña caja con un anillo en su interior. Un anillo delgado plateado con un el rubí en forma de estrella más brillante que había visto. Su sonrisa no podía crecer más, sus ojos empezaron a humedecerse y de apoco, una risa empezó a salir de sus labios. De verdad no podía creer lo que estaba pasando.

 

Por su lado, la expresión de Spreen había cambiado a una algo preocupada. No sabía si era algo que debía pasar, si la risa era por nervios o felicidad pura.

 

—Aunque me encanta verte sonreír… Me gustaría escuchar tu respuesta…

 

Roier respiró un momento. Cuando pudo moverse sin tambalearse, se arrodilló para quedar a la misma altura que su novio. Su mano temblorosa se dirigió a su pantalón y dejó a la vista su propia caja. La abrió mostrando aquel anillo azul que cautivó su atención. Y ahora también la de Spreen.

 

—Supongo que este regalo que te tenía preparado es mejor respuesta que un simple si, ¿verdad?

 

Ahora el incrédulo era el oso. Todo el día planeado para ese momento, nervioso de que algo saliera mal incluso al saber que Roier lo amaba demasiado, el miedo a que diga que no estaba presente en lo profundo de su mente. Por lo que al verse ambos colocándose los anillos al mismo tiempo fue un alivio enorme, como si hubiera estado cargando con diez kilos de inseguridad sobre su espalda.

 

Apenas terminaron el pequeño ritual, no tardaron en tomarse ambos del rostro y unirse en un beso lleno de emoción, amor, lágrimas de felicidad. Roier continuó dejando besos cortos por toda la cara de Spreen, tal como quería hacer desde esa mañana.

 

Su momento especial siguió con la promesa de amarse hasta que la muerte los separe.