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Los sentimientos no son mediados ni programados; al final, terminamos inhalando amor donde nunca esperamos hacerlo. Esa es la magia de todo: amar a alguien tan inesperadamente.
Las noches comenzaban a volverse tan largas, y el frío azotaba la ciudad de Seúl anunciando que el invierno llegaría cuando menos lo esperara. Su fama, al igual que el frío, escalaba niveles que su yo joven nunca pensó que alcanzaría. Y aunque desde que inició en este mundo deseó ese reconocimiento, en ese instante parecía ya no quererlo.
Taehyung no recuerda cuándo los días comenzaron a ser más fríos, cuándo el sueño se volvió el mayor escape de su rutina diaria. No recuerda cuándo empezó a distanciarse de esa familia que no buscó, pero que tampoco estaba dispuesto a soltar, y que poco a poco lo miraba con más preocupación. Ha comenzado a olvidar pequeñas cosas de su rutina, como cepillarse los dientes o peinarse el cabello antes de dormir. No recuerda, pero tampoco intenta rebobinar. Es como si su cabeza empezará a aceptar el hecho de que estar triste es la nueva normalidad.
Y a él comenzó a parecerle correcto.
Fue una noche de diciembre cuando el mundo volvió a girar para él. Se encontraba en el taller de composición, donde el gran teclado era la musa del lugar, adornado por guitarras eléctricas y notas sueltas pegadas en el pizarrón de futuras canciones.
Ese día decidió cambiar su rutina, no por las miradas ajenas ni los comentarios de su propio staff, sino por lo agobiado que se sentía en su hogar y, en parte, porque quería escribir algo para sus fans. Nunca había sido tan bueno en el teclado como Yoongi o Seokjin, pero tampoco era malo; sabía reconocer melodías y seguir partituras sencillas. Se sabía defender.
Entonces dejó que la música fluyera y lo envolviera como siempre lo hacía. Dejó que su alma se desahogara en las letras que empezaban a formarse. Dejó que la música le dijera qué hacer, porque él tampoco tenía idea de cómo hacerlo.
No recuerda cuándo su corazón empezó a doler, pero dolía. Y por alguna razón, hería a las personas que más amaba.
Taehyung no tenía idea de por qué la música ya no lo ayudaba, por qué no le daba las respuestas que tanto necesitaba. Se sentía tan perdido, tan solo, que aunque llorar en ese lugar nunca estuvo en sus planes, surgió de repente.
Tampoco recuerda el ruido de la puerta abriéndose ni esa voz tan familiar colándose por sus oídos, tan melodiosa como preocupada al mismo tiempo, llamándolo con cautela y cuidado:
—¿Tae, todo bien?
Taehyung tampoco recuerda cómo las cosas entre Jungkook y él empezaron a marchitarse. Solían ser inseparables si hacía memoria; burlarse de sus hyungs y hacer juegos pesados lo era todo hace algunos inviernos. Pero ahora, ya no se sentía identificado con eso.
De hecho, mentía. Sí recordaba cómo todo se había vuelto incómodo.
Fue en una noche como esa: fría, pero cálida por la presencia del menor. Recuerda que las bromas sobre su “amistad” entre los miembros fueron más frecuentes conforme la popularidad de su ship aumentaba. A él no le importaba mucho; tenía la confianza suficiente con Jungkook para bromear y actuar como pareja frente a las cámaras. Al fin y al cabo, solo él sabía lo que sentía, y los demás debían salir de su imaginación.
No era un buen lugar para estar ahí.
Pero también recuerda esa noche fría después de uno de sus conciertos en Tokio. Jungkook entró a su cuarto de hotel tras recibir un mensaje suyo pidiéndole compañía; el insomnio se estaba apoderando de su noche, y sabía que su mejor amigo estaba despierto. Jungkook había decidido llevar unas cervezas para celebrar lo bien que les había ido, y Taehyung, aunque no le gustaba beber, decidió acompañarlo.
—Yoongi-hyung me contó un secreto.
—¿Un secreto?
—Sí, pero no debes contárselo a nadie.
—Jungkookie, estás ebrio. No deberías contar secretos de tus mayores.
Jungkook rió mientras tomaba un trago de su último six pack, de cortesía en el mini refri de la habitación del mayor.—Hyungie, déjame hablar.
—No.
—¡Hyung está saliendo con un chico! ¿Puedes creerlo?
Taehyung rodó los ojos al mismo tiempo que le quitaba la bebida.
—Creí que ya habíamos superado el hecho de que hay personas con preferencias diferentes, Kook. No eres un niñ—
—¡Yah, hyung! No estoy juzgando a Yoongi-hyung, no me importan las citas de los demás, pero… no sé, es gracioso.
Taehyung lo miró serio por un momento. Sabía que Jungkook no era prejuicioso; simplemente hablaba sin filtro cuando bebía. Había visto a Jimin meter chicas en su habitación más de una vez, o a Hoseok terminar con su novia por teléfono. Y aunque esas escenas siempre traían burlas entre ellos, a Taehyung poco le importaba. En este medio uno aprende a empatizar con demasiadas personas y a ver situaciones que la sociedad aún no acepta, pero… poco le importaba.
—Siempre pensé… si algún día hubiera un rumor de citas gay, sería el nuestro. Pero ahora la empresa está loca por ocultarlo y… me da gracia.
Taehyung se atraganto con su propia bebida. —¿Jungkook, te das cuenta de lo que dices?
—Lo sé, lo sé, pero el otro día encontré una teoría en Twitter sobre nosotros y pensé… ¡Nuestro Army está bajo los miembros equivocados!
—Sabes que si algo te incomoda con respecto al fanservice, debes decirme.
—¡No, escucha! Hay veces que… sabes, los chicos de mi edad salen con chicas y tienen citas, y estar en este medio es complicado. Pero a veces pienso que… nuestro Army está enviando señales equivocadas sobre nosotros.
Taehyung no supo qué responder. El alcohol olía demasiado cerca, y Jungkook lo miraba como si buscara confirmar algo que ni él sabía nombrar. El comentario se quedó flotando en el aire, torpe y sincero a la vez. Taehyung parpadeó, sin entender de inmediato si debía reír o preguntarle qué quería decir.
Jungkook seguía jugando con una nueva lata, sin mirarlo.
Oh.
No fue un pensamiento articulado, fue apenas un reflejo. Una chispa que lo hizo enderezarse, como si el cuerpo entendiera algo antes que él. No había malicia en la voz del menor, pero había algo… algo que Taehyung no supo nombrar.
No era fanservice. No era broma. Era ese punto invisible donde la costumbre se empieza a sentir demasiado real.
El silencio se coló entre los dos. Jungkook sonrió, torcido, con esa mezcla de inocencia y desafío que solo el alcohol podía permitirle.
—Estás borracho, Kook —murmuró, sin moverse.
—Quizá —rió bajo, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero borracho o no… te miro igual.
Esa noche no pasó nada.
Pero desde entonces, nada volvió a ser igual.
—No es momento, Jungkook.
Taehyung cerró el teclado de golpe y comenzó a juntar sus notas sobre la canción que tanto le estaba costando escribir. Notó que Jungkook se acercaba, pero estaba demasiado cansado para pedirle que se fuera.
—Si no es ahora, ¿cuándo, Taehyung?
Se atrevió a mirarlo por primera vez en la noche. Sus ojos, rojos y cansados, contrastaba con los del menor, llenos de preocupación. Jungkook vestía un conjunto casual: una polera gris y unos vaqueros negros. Supo al instante que acababa de llegar del gimnasio.
Taehyung apartó la mirada. —Jungkook...
—Estamos preocupados por ti. ¿Puedes hablar conmigo?
Jungkook era la última persona que quería ver ese día, pero como el destino últimamente se divertía llevándole la contraria, el menor se sentó a su lado, junto al teclado.
Taehyung respiró hondo. No quería mirarlo otra vez. No quería ver ese rostro que conocía demasiado bien para fingir que no le importaba.
—No tengo nada que decirte —murmuró.
—Eso no es cierto. —Jungkook habló tan bajo que casi fue un suspiro.
El silencio se volvió incómodo. Podía oír el zumbido de las luces, el roce de las hojas cuando Jungkook las apartó del teclado.
—Te estamos perdiendo, hyung.
Taehyung cerró los ojos. No porque quisiera evitar su mirada, sino porque sabía que si la sostenía un segundo más, se quebraría.
—No estoy perdido, Jungkook. Solo estoy… cansado.
—¿Cansado de qué?
—De todo.
Jungkook lo miró, intentando entender, intentando pensar algo rápido que pudiera consolarlo. ¿En qué momento todo se había vuelto tan complicado?
Solo suspiró y apoyó la mano en el muslo del mayor.
Taehyung no pudo evitar sentir un escalofrío.
Después de esa noche, como un pacto silencioso, ambos no volvieron a tocar el tema.
Los días seguían pasando, al igual que las noches y su popularidad internacional. DNA se había vuelto un fenómeno, y hasta el mercado estadounidense quería conocerlos. El grupo estaba en el lugar que siempre habían soñado y todos sentían que ese nuevo año, el 2018, iba a ser perfecto.
Creían.
La fama también tenía un lado malo. La presión comenzó a ser mayor, las entrevistas más controladas. Incluso había un guion de cómo debían hablar y expresarse correctamente frente a las cámaras. Todos empezaron a ser conscientes de ello, y el miedo de hacer o decir algo equivocado inevitablemente se hizo presente.
Ese año Namjoon decidió cambiar su nombre artístico a RealMe en lugar de RapMonster, y comenzaron a utilizar su voz y su audiencia para llegar más lejos. La trilogía Love Yourself los hizo sentirse conectados con sus fans internacionales y también consigo mismos.
Aceptarse, amarse para poder llegar a amar. Era hermoso.
Quizás, después de todo, no era tan malo ser famoso.
La fama también los había vuelto juiciosos. Había demasiada envidia en ese medio, y confiar en alguien o tener citas casuales dejó de ser una opción. Tampoco es que a Taehyung le hubiera afectado no tener citas por un tiempo; sabía que era por el bien de la banda, por su reputación como ídolo, y entendía que al final todo iba a valer la pena.
Los había hecho más cercanos a los siete, pero seguía en la flor de la juventud y su interior le rogaba atención. Así que las salidas con sus miembros menores y las charlas nocturnas aumentaron.
—Entonces vi una pancarta que decía “Te amo, Park Jimin”, y te juro que si no fuéramos tan internacionales y nuestras interacciones no se reprodujeran en Twitter miles de veces, la habría mirado por más tiempo. Realmente era bonita…
Jungkook se burló del rubio lanzándole la fritura que estaba comiendo.
—Estás demente, hyung.
—¡Alguien tiene que decirle a este mocoso que aprenda a respetar a sus hyungs!—respondió Jimin, acercándose a Jungkook y empujándolo con los pies.
—Si me pones tus pies en bandeja de plata, sabes que saldrás perdiendo, Jimin-ah…
—Ni te atrevas.
Jungkook agarró ambas piernas del mayor y comenzó a hacerle cosquillas, haciendo que inconscientemente Jimin riera escandalosamente mientras lo empujaba para librarse y botaba sus frituras de paso.
—¡Yah! Ustedes dos, compórtense.
Jimin seguía riéndose ahora en el piso, y Jungkook sonreía como ganador de esa batalla, recogiendo sus papas y comiéndoselas.
—Ah, Taehyungie está celoso porque Jungkookie me está prestando atención solo a mí.
Taehyung se paralizó por un momento. Las bromas entre los miembros sobre Jungkook y él habían aumentado, incluso llamando al menor por su apellido. Lo tomaba como una broma todas las veces, pero cuando veía a Jungkook encogerse, no podía interpretar esa reacción como incomodidad o… tal vez, ¿Agrado?
Taehyung negó con la cabeza.
—Lo grabaré y lo subiré a Twitter para que nuestro Army vea que se comportan como mocosos.
—No harás eso,—siguió Jimin—. No te conviene.
Jungkook tosió, intentando zafarse de la situación, mientras pateaba a Jimin aún en el suelo juguetonamente.
—Jimin-ah, la falta de mujeres te hace alucinar cosas. Me voy a mi habitación.
—No, Jungkook-ah, mi diversión.
—Adiós.
Taehyung miró a Jungkook irse, y aunque en su interior algo muy profundo le decía que no quería que se fuera, lo asoció a que realmente le gustaba la compañía de su mejor amigo. Quizás más tarde tendría tiempo para hablar con él.
—Taehyung, cuéntame, ¿has visto a una mujer, XX, fémina, en secreto?
Y ahí empezaba de nuevo.
Tal y como lo había predicho, Jungkook le mandó un mensaje más tarde:
“Hyung, ven a mi cuarto, hay que jugar Overwatch.”
Y sin pensarlo, Taehyung fue.
La habitación de Jungkook parecía la de un coleccionista de figuras de acción de Marvel y uno que otro álbum de IU en el estante. También era bastante pequeña en comparación con las otras habitaciones.Tenía el privilegio de dormir solo, aunque en un espacio reducido, lo que para los demás era un privilegio por ser el menor.
—Hyung, no pensé que vendrías tan pronto, aún ni me he desmaquillado.
—Literalmente tu habitación está a unos pasos de la mía con Namjoon-hyung, Jungkookie.
Jungkook rió mientras jalaba una silla para que Tae se sintiera cómodo.
—Así que… ¿Overwatch o es una excusa para pasar tiempo con tu hyung?
—Puede ser ambas —respondió Jungkook, aún con la sonrisa en su rostro.
Taehyung no dudó en mostrarle la suya también. Los tiempos habían cambiado, al igual que su condición económica; por eso el nuevo dormitorio era un regalo del cielo después de noches en aquel antiguo condominio donde vivían todos apretados.
La noche comenzó a hacerse de las suyas cuando el reloj marcó las tres y el sueño empezaba a apoderarse de ambos. Ya hartos de jugar —y de que Jungkook siguiera ganando sus partidas uno contra uno—, decidieron tirarse en la cama y hablar sobre cómo algunas cosas en la vida estaban cambiando.
—Literalmente fui a una tienda de conveniencia bien cubierto y una de nuestras Armys me reconoció y me dio un descuento. ¡No sabía cómo decirle que no, Jungkookie!
—Hyung, debes entender que eres muy atractivo.
—¿Huh?
Jungkook corrigió sus palabras de inmediato, apenas salieron de su boca. —O sea, que de los dos eres el más guapo, ¿sabes? Y obviamente las chicas están locas… por ti… vi en Twitter…
Taehyung se burló de su dificultad para hablar. Jungkook siempre le había parecido tierno cuando elogiaba a algunos de sus miembros. A veces no sabía qué decir y se quedaba callado, o a veces hablaba tanto que se volvía tímido. Era algo lindo en él que apreciaba.
—Tú también eres bonito, Kook. Y… deberías dejar de entrar a Twitter.
—¡Ese es el problema!
Taehyung frunció las cejas. —¿Qué problema?
—A veces creo que mi rostro no combina con mi cuerpo. Soy un chico musculoso con cara de chica.
—¡Yah! No digas tonterías.
—¡Es cierto!
—No.
—Sí.
—No.
—¡Sí!
Taehyung bufó, acomodándose más en la cama. —Como digas.
—Hyung.
Taehyung lo miró.—¿Qué ocurre?
Jungkook no respondió enseguida. Solo lo miró, como si buscara algo en su cara, algo que no había tenido tiempo de nombrar.
La habitación estaba en penumbra; el único ruido era el ventilador del computador todavía encendido.
—Nada… —dijo al fin, pero la voz le tembló.
Taehyung sonrió apenas, intentando cerrar un tema que no empezó. —Deberías dormir, Kook.
—No tengo sueño.
—Entonces apaga la luz.
Jungkook se giró y lo hizo, dejándolos en una oscuridad azulada por la pantalla del monitor. Taehyung sintió el colchón hundirse cuando el menor volvió a tumbarse a su lado.
—Taehyung.
—¿Qué?
—Gracias por venir.
Taehyung lo escuchó moverse, y antes de pensarlo demasiado, sintió el roce de su brazo. No fue intencional, o al menos eso quiso creer.
El aire se volvió lento. Y aunque los silencios con Jungkook nunca habían sido del tipo incómodos, este nuevo parecía solo existir cuando solo uno de los dos empezó a cuestionarse si ya habían cruzado algo.
—Kook… —susurró, apenas un hilo de voz.
—¿Hm?
No respondió. Solo lo miró, los ojos adaptándose a la oscuridad, notando cada línea del rostro que conocía desde hacía años. Y ahí estuvo: ese oh otra vez.
No hubo movimiento evidente. Solo un acercamiento involuntario, del cual nadie admite después.
—Taehyung… —la voz del menor se quebró un poco—. No lo pienses.
No lo pensó.
Entonces el celular de Jungkook vibró entre las sábanas interrumpiendo el momento.
—¿Quién es? —preguntó Taehyung, con la voz entre curiosa y fastidiada por el brillo.
Jungkook miró la pantalla y sonrió, pero no respondió.
—Ah, así que es una chica. —Taehyung arqueó una ceja, divertido—. ¿Tu contacto femenino al fin?
Jungkook soltó una risa seca. —Jimin-hyung y su obsesión con mi vida amorosa.
—Bueno, no le falta razón. Ya era hora de que alguien te hablara que no use micrófono.
—Y tú hablando como si tuvieras a alguien esperándote.
Taehyung frunció la nariz. —Touché.
Por un momento, ambos rieron. De esas risas que alivian, que desarman todo lo anterior. Pero la risa se fue apagando, y en su lugar quedó algo más denso.
Jungkook aún tenía el celular en la mano, pero ya no lo miraba. Lo dejó a un lado, muy cerca de Taehyung.
—No sé por qué Jimin dice eso —murmuró Jungkook—. No siento que me falte nada.
Taehyung lo miró, sorprendido por el tono, pero sin atreverse a hablar.
—¿Y tú, hyung? —preguntó el menor, sin apartar la vista—. ¿Te falta algo?
No supo qué responder. Solo bajó la mirada, sintiendo el aire espeso, el espacio demasiado pequeño, los segundos demasiado largos.
Jungkook sonrió apenas. —Pensé que dirías que sí.
—Pensé que no lo preguntabas en serio.
Jungkook suspiró, cansado, aún a su lado. —Me enteré de que Yoongi-hyung terminó su relación cuando estábamos en Los Ángeles.
—Tú, mocoso, interrumpiendo la vida de nuestros hyungs.
—Es decir, creo que está bien, ¿no? La fama crece, los rumores de nosotros saliendo hasta con el viento aparecen… creo que estuvo bien terminarla.
Taehyung lo miró serio. —No creo en eso. Sea como sea, es una relación, un compromiso, Kook. Debió dolerle. No hagas esos comentarios frente a él.
—No me entiendes. No estoy en contra de las citas ni de terminar una relación por el peso de la fama, pero con Hyung es diferente. Iba a ser juzgado, y no quiero eso.
Taehyung entendió de inmediato lo que trataba de decir el menor. No era cuestión de dejar de salir por la banda; era reputación. Y en una sociedad como la suya, que te vieran de la mano con otro hombre… siendo hombre, era señalada y juzgada.
Taehyung nunca había sido homofóbico. Si bien había hecho comentarios que podrían decirse “ignorantes” en su época de puberto, ya no se reconocía en ese chico. Además, Love Yourselft lo había ayudado a reflexionar y a ser la persona comprensiva que era ahora.
También era cierto que nunca le había gustado un chico. De hecho, tampoco se había enamorado correctamente desde que inició en esta industria. El amor era complicado antes, y mucho más ahora: no había tiempo ni chicas en quienes confiar sin ser atacado después. Recordaba que, cuando aún estaba en el instituto, le habían llegado cartas de declaraciones y había aceptado por decir que sí, pero nada había avanzado más allá de unas semanas de conversaciones y algunos encuentros casuales.
Por eso tenía tanta frustración, pero trataba de ignorarla lo más que podía con el canto, el baile, las presentaciones, los en vivos, los conciertos, con todo, para no pensar en ello.
Y bueno, creía que Jungkook también.
Jungkook, a sus ojos, era bonito. Si existiera una palabra que pudiera usar para él, sería esa. Muy pocas veces habían hablado de su vida privada; no era incómodo, pero se sentía raro saber lo que Jungkook hacía fuera. Supuso que era algo como ver a tu hermano menor salir. Simplemente no quería saber sobre ello.
Comenzó a recordar la conversación. No podía creer cómo el menor pensaba que no era igual de atractivo que él. Entonces lo miró de nuevo. Jungkook tenía esos ojos que parecían dos ópalos en lugar de iris, una nariz que se arrugaba cuando sonreía y unos labios rojos que guardaban su sonrisa de conejito clásica.
También era verdad que ese rostro no combinaba muy bien con su físico actual, pero para Taehyung era perfecto: hombros anchos, cintura pequeña y brazos grandes por el aumento de masa muscular que estaba teniendo.
Jungkook era un tonto por pensar así.
Taehyung pensó en decirle algo, cualquier cosa para romper ese silencio. Pero las palabras se le quedaron atoradas. Había algo diferente esa noche, algo que no sabía si quería entender.
Lo miró otra vez y sintió esa mezcla rara de cariño y miedo, la misma que le aparecía cada vez que Jungkook lo tocaba sin querer o le sonreía demasiado cerca.
Quizás estaba cansado. Quizás era eso. Pero por un segundo, se permitió imaginar qué pasaría si no se movía, si dejaba que el momento siguiera su curso.
Y entonces escuchó su voz.
—Hyung, ¿qué tanto me miras?
Taehyung no supo si fueron sus noches de castidad voluntaria las que lo hicieron acercarse al menor, o si fue la forma en la que Jungkook lo miró, o tal vez los miembros fastidiando… no lo supo, pero se acercó.
Jungkook tampoco se quedó atrás. Se encogió y suspiró lentamente. Todo se sentía tan raro y nuevo a la vez. Se sentía embriagado y muy cansado, pero no dudó en acortar lo poco que quedaba entre ellos.
—Taehyung, prométeme que nada va a cambiar entre nosotros.
Taehyung no respondió, era una promesa que ahora mismo no quería jurar, pero lo besó como si fuera su primera vez: torpe, con los dientes chocando, pero con la lujuria guardada en los adentros. Jungkook respondió atrayéndolo más, sus manos subiendo hasta su abdomen.
Se sentía extasiado, loco por ese toque que nunca había probado antes y que ahora no quería soltar. Cambiaron de posición sin verse aún. Jungkook terminó sentado sobre los muslos del mayor, sujetando su cabello con esmero, mientras Taehyung trataba de seguir su ritmo. Nervioso.
Por un momento, ese toque era más que suficiente para calmarlo. Y entonces abrió los ojos.
Y Jungkook lo miraba de la misma forma.
Oh.
Nunca había sido alguien miedoso, pero por primera vez tembló y sintió terror. Jungkook pareció notarlo y se separaron de inmediato.
—I-iré a mi habitación. Buenas noches, Jungkook.
Esa noche del 2018, lo que menos pudo fue dormir.
Taehyung retiró la mano del menor apenas sintió que se estaba quedando por mucho tiempo sobre su pierna.
Quiso decir: “—¿Por qué mierda me estas tocando?” Pero las palabras no salieron de su boca y solo atino ponerse de pie antes de que Jungkook hiciera un movimiento voluntario para retenerlo. Y es Jungkook era así, su forma de querer no era hablando, era físicamente demostrando que algo realmente le importaba y aunque antes había sido algo que los había unido, ya no existía en el presente.
—¿A donde vas?
—A mi casa.
—A encerrarte de nuevo y fingir que estás bien mientras todos aquí estamos preocupados por tu actitud.
Taehyung volteo ofendido. —¿Y a ti que mierda te importa si me encierro en mi casa?
Jungkook avanzó algunos pasos para encontrarlo. —Estás siendo egoísta con el grupo.
—¡He dado mi vida, mi juventud por el grupo! Quiero estar solo. ¿Qué pasa me vas a retener?
Jungkook se había vuelto más fuerte con el tiempo pero eso no lo hacía verse menos intimidante. A ojos de Taehyung seguía siendo el niño que había conocido hace 10 años atrás. Sabía sus puntos débiles, sabía que lo hacía llorar, sabía que si seguía así Jungkook no lo iba a dejar ir si no le decía que estaba pasando.
¿Pero qué pasa cuando ni él mismo sabe que está ocurriendo?
Se sentia imbecil a veces.
Jungkook lo miró como si no lo reconociera.
—¿Por qué siempre tienes que hacerlo tan difícil? —preguntó, la voz temblando entre enojo y tristeza.
Taehyung respiró hondo, conteniéndose.—Porque no sé hacerlo fácil, Jungkook.
—No eres el único cansado, hyung. Todos lo estamos.
—No lo entiendes. —La voz de Taehyung se quebró apenas. Bajó la mirada, apretando los puños—. Yo no estoy cansado del trabajo. Estoy cansado de sentirme vacío después de todo esto.
Jungkook dio otro paso hacia él.
—Entonces dime qué necesitas.
—Nada. —respondió rápido, casi como si tuviera miedo de escucharse—. No necesito nada de ti.
El silencio fue brutal.
Jungkook asintió despacio, sin apartar la vista. —Eso no es verdad —murmuró—. Si fuera así, no estarías temblando.
Taehyung quiso decir algo, pero se dio cuenta de que sí lo estaba haciendo. Temblaba. De rabia, de miedo, de agotamiento. De todo.
—Vete, Jungkook. —dijo finalmente, casi sin voz.
Jungkook no se movió. Solo lo miró, igual que aquella noche, como si esperara que lo detuviera.
Pero no lo hizo.
No lo era, ¿no?
Jungkook, el menor de su familia, siempre había sido consentido en todo. Incluso ahora, en ese nuevo apartamento, tenía el lujo de ser el único con habitación propia, lo cual le daba la privacidad que tanto anhelaba después de años de esfuerzo.
“—El trabajo en equipo hace que las cosas se logren”, decía su líder cada vez que en una presentación les iba fenomenal. Y eso ocurría con tanta frecuencia que Jungkook empezaba a temer a la buena racha que estaban teniendo.
Todo había cambiado desde que la fama internacional golpeó al grupo como un freno de emergencia. No solo el reconocimiento llegó de golpe, sino que su tiempo comenzó a valer oro. Jungkook sabía que sus veinte años no se comparaban con los de nadie más: no vivía una vida universitaria, no salía a fiestas como una persona normal de su edad. Desde los quince, los flashes habían invadido su vida y se habían vuelto parte de ella, como algo que siempre había estado ahí.
Podía amanecer en otro continente de noche y aún así en su país seguir siendo de día; corría hacia el amanecer aunque la luna todavía estuviera presente. En muchas ocasiones estaba en modo avión mientras sus amigos tomaban el metro para movilizarse.
Había ganado la lotería con su talento, ¿pero estaba viviendo bien?
A veces sentía como si existiera en un espacio-tiempo distinto al del resto. Y a veces sentía que no tenía tiempo.
“Reddit buscar: me besé con mi mejor amigo, ¿eso te hace gay o algo así?, ayuda jajaj lol.”
Mierda.
Jungkook recordaba vagamente a la novia que tuvo en la secundaria. Le gustaba, se gustaban, se hicieron novios, pero terminaron porque no se veían. Era patético que su primera relación real se basará en mensajes como:
“Hola, ¿cómo te fue en tu día?”
“Bien, iré a la cama porque ensayé mucho hoy.”
“Descansa entonces.”
De hecho, creía que nunca se había enamorado de verdad.
Jungkook era fiel creyente del amor por la historia de sus padres: ella buscando hasta obtenerlo, y él sin poder evitar caer ante las garras del destino. Era lindo pensar que allá afuera existía alguien hecho para ti, aunque aún no lo conocieras. Quizá era lindo creer que, a pesar de todo, no estabas solo, que tenías un alma gemela.
Era un romántico que pocas veces mostraba su lado sentimental porque era algo que “un hombre no hace”, pero no podía evitarlo. Estaba en su sangre, estaba en él.
—¿Te gusta esta letra?
—¿Ah, hyung, me estás hablando?
—Estás muy distraído hoy, ¿no? Porque me pediste venir y ni siquiera estás aquí.
—Estoy aquí.
—Sí —respondió Namjoon—, pero no aquí.—Señaló su sien.
Los días pasaban como las hojas cayendo en otoño, y ese día en especial le había pedido temprano a Namjoon que lo acompañara al estudio de grabación para revisar unas letras y grabar la guía vocal que serviría a los demás miembros cuando llegaran a hacer su parte.
Por algún motivo, las bromas entre Taehyung y él sobre una supuesta relación entre los miembros habían parado, y creía saber que el mayor tenía la culpa. No lo malinterpreten: a él nunca le molestó el fanservice. Se había acostumbrado tanto que actuaba con naturalidad cuando le pedían comportarse tierno o pasar más tiempo en cámara con Jimin-hyung. Eran amigos y, más que eso, familia. Había crecido con esa normalidad desde los quince.
Solo que ahora no sabía si esa delgada línea entre lo que era ficción le estaba pasando factura a lo que era la realidad. La maldita realidad.
—¿Hyung?
—Sí, Jungkook-ah.
—¿Alguna vez sentiste que no eras tú mismo? —preguntó sin levantar la mirada del cuaderno.
Namjoon lo observó un segundo antes de contestar. —Todo el tiempo.
—No, o sea… —Jungkook buscó las palabras, frustrado—. No como inseguridad, sino como si fueras dos personas distintas: la que todos esperan y la que solo tú conoces.
Namjoon sonrió apenas, apoyando el bolígrafo sobre la mesa.
—Claro. Uno para el escenario y otro cuando las luces se apagan.
Jungkook asintió. —¿Y si el que eres cuando las luces se apagan te da miedo?
Namjoon lo miró en silencio unos segundos, luego respondió tranquilo. —Entonces ese es el verdadero.
El menor lo miró, confundido.
—El que te da miedo —continuó Namjoon—. Porque no puedes controlarlo. Lo otro, el que sonríe, baila, responde entrevistas… ese es el personaje que aprendiste a dominar. Pero el miedo… eso es real.
Jungkook se quedó callado. Sintió un nudo en el pecho, como si su cuerpo entendiera algo antes que su mente.
—A veces —añadió Namjoon, con esa calma suya de siempre— uno no tiene que entenderse del todo. Solo aprender a no huir.
Jungkook bajó la mirada.
Y por primera vez en mucho tiempo, no buscó una excusa.
A quién le importaba realmente quién era si él mismo aún no lo entendía del todo. Si el tiempo jugaba en su contra. Era joven, no tenía que hallar respuestas que solo agobiaban su mente; solo tenía que sentir. Y, afortunadamente, las sentía. Estaban ahí, sin ser explícitas, pero estaban, y eso valía.
Quizás era un mocoso que aún no sabía nada, pero estaba seguro de algo: su corazón y todo lo que negaba ser bajo la fachada de lo que un hombre “debería” ser, latía y latía desenfrenadamente como el joven inmaduro que era. Porque era cierto: cuando caías ante las garras del sentir, era violento, pero no podías evitar caer, cada vez más y más.
—Quiero que nuestra música refleje eso: que somos humanos al igual que ídolos, que podemos vivir esa dualidad sin perder la esencia de lo que somos. Que podemos amar, Kook, pero antes de elegir amar a alguien debemos elegirnos a nosotros mismos.
Aceptarse. Debemos aceptar amarnos, aun sabiendo que no podemos cambiar quiénes somos. Eso es el amor propio.
—Suena… hermoso, hyung.
Namjoon era un escéptico que no creía realmente en nada en especial, pero veía en su pequeño algo que quizá el propio Jungkook no notaba del todo. Se acomodó los lentes y volvió la vista a las letras frente a él, como si nada trascendental acabara de pasar.
Jungkook, en cambio, se quedó quieto.
Sintió que algo dentro de él se aflojaba, como una cuerda que había estado demasiado tensa durante demasiado tiempo.
No era una respuesta, pero era un inicio.
—Hyung…
Namjoon levantó una ceja. —¿Hm?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por recordarme que está permitido sentir siendo Jeon Jungkook el idol y Jeon Jungkook la persona.
Namjoon lo miró de reojo y asintió.—Entonces no lo reprimas, Jungkook-ah.
El menor soltó una risa corta, nerviosa. —Suena más fácil de lo que es.
—Nada que valga la pena es fácil.
Namjoon volvió a su libreta y Jungkook entendió que la conversación había terminado. Terminó de grabar algunos acordes y salió del estudio con la cabeza llena de ruido y las manos inquietas.
No tenía un destino en mente, pero sus pies lo llevaron, inevitablemente, hacia la habitación compartida de su mejor amigo.
Hacia él.
Golpeó la puerta con los nudillos, una vez, dos.
—Pasa —respondió una voz ronca al otro lado.
Taehyung estaba sentado en su cama, con una almohada entre las piernas. La habitación olía a chocolate caliente y a desvelo.
—¿No se suponía que estabas con Namjoon? —preguntó sin levantar la vista.
—Ya terminé.
—¿Y viniste aquí por qué?
—No lo sé —admitió Jungkook, cerrando la puerta detrás de él—. Supongo que… necesitaba verte.
Taehyung levantó la mirada.
Por un momento, ninguno habló. El silencio pesaba igual que las palabras no dichas.
—Pensé que ibas a evitarme —dijo al fin.
—Lo intenté —respondió Jungkook, medio sonriendo.
Taehyung soltó una risa seca y le hizo un gesto para que se sentara a su lado. Jungkook obedeció.
—¿Sabes? No tenemos idea de lo que estamos haciendo.
—Lo sé.
—Y aún así estás aquí.
—Y tú tampoco me echaste.
Taehyung bajó la vista. —No sé si puedo. Incluso les dije a los hyungs que dejaran de molestarme contigo.
—Eso es horrible.
Taehyung lo miró confundido. —¿Por qué?
—Ahora me molestarán con Jimin-hyung.
El mayor no pudo aguantar la risa que comenzó a forjarse entre sus cuerdas vocales y solo la soltó empujando a Jungkook de paso.
—A veces creo que eres un mocoso idiota.
—¡Yah, Taehyungie! Tenía que aligerar el ambiente.
—Sí, bueno, lo lograste —dijo, intentando sonar serio, pero todavía riéndose.
Hubo una pausa.
Jungkook lo miró, sin perder la sonrisa. —¿Ya estás bien?
—No lo sé —respondió Tae, encogiéndose de hombros—. Pero al menos ya no quiero lanzarte por la ventana.
—Eso es progreso.
Ambos se rieron otra vez, pero esta vez fue más suave.
Jungkook se estiró, apoyando la espalda contra la cabecera de la cama de su amigo. —Somos un desastre, ¿no?
—Como siempre.
—¿Y está mal?
—Depende del día —Taehyung giró la cabeza para mirarlo—. Hoy… no tanto.
Jungkook sonrió.—Perfecto, entonces hoy sobrevivimos.
—Por ahora —contestó Tae, levantándose para buscar algo de beber en su mesita de noche—. Mañana probablemente quiera matarte otra vez.
—Qué romántico.
Taehyung rió, negando con la cabeza. —Cállate.
—Jungkook, fuera no me hagas decirte cosas que realmente no siento ni quiero decir.
—Entonces dimelas, si es la manera en que pueda saber qué ocurre, dimelas. No me importa si hieren o no. Te conozco tanto que puedo diferenciar si lo dices porque estás herido o no.
—No entiendes..
—Entonces déjame entender.
Taehyung quiso huir en ese momento, volver a sus sábanas frías y embriagarse en su rutina diaria en donde el sol no estaba presente.
Quizá estaba deprimido pero cómo saberlo si realmente no tenía una razón para estarlo, su vida iba bien, su familia estaba sana, ahora tenía la libertad creativa en algunos proyectos que antes no tenía y el próximo año su aniversario como grupo número 7 se acercaba. Entonces, ¿Porque estaba triste sí lo tenía todo?
Es ese momento en donde te das cuenta que has vivido en automático durante meses sin saber porque pero solo aceptas el hecho que estas saturado y embotellado mentalmente que ni siquiera quieren pensar desde qué momento dejaste de ser tu a convertirte en esa masa azúl y gris.
Solo quería ser feliz, volver a sonreír pero había perdido el camino de como hacerlo.
Incluso hablar con Jungkook, que había sido su pilar en el pasado, se sentía tan pesado.
Estaba agotado. Que incluso decirlo en voz alta era un trabajo.
Jungkook lo observó sin decir nada. Había aprendido a reconocer cuándo insistir y cuándo detenerse, pero esta vez no supo cuál era cuál.
—Hyung… —empezó, pero la palabra se perdió en el aire.
Taehyung apenas giró la cabeza. —No me odies por esto.
—No podría. —respondió Jungkook, aunque no sonaba seguro.
El silencio volvió a caer, espeso.
Taehyung se pasó una mano por la cara, sin mirar nada en particular. —Solo… Necesito que todo se calle un rato.
—¿Ese ruido eres tú? —preguntó Jungkook, casi en un susurro.
Tae no contestó.
Solo se encogió de hombros, como si incluso eso pesara demasiado.
Jungkook pesaba demasiado.
A Taehyung nunca le había gustado ser la cuchara grande, de hecho no le gustaba tomar un partido cuando se trataba de dormir con alguien; él era más de dejarse llevar, quería todo su espacio personal y de vez en cuando decidía abrazar a otra persona si dormía con alguien.
Supongo que algunas cosas cambian cuando se trata de Jungkook.
A él le gustaba ser la cucharita pequeña, grande y todas las acurrucadas posibles y Taehyung estaba tratando de acostumbrarse. Quizá podía darle el lujo de abrazarlo de vez en cuando, aguantando el calor y el peso del menor.
Era cierto que algunas cosas cambiaban, por eso no podía prometerle a Jungkook que después de ese suceso volverían a ser los mismos. Él, siendo el mayor entre ambos, debía poner un límite a ciertas situaciones que comenzaban a surgir: dormir juntos a veces. Ducharse juntos a veces… y a veces permitirse mirarse por más de dos minutos el rostro sin hacer absolutamente nada.
Porque “eso” no se volvería a repetir, ¿entendido?
Entonces estaba esta situación en la que un día despiertas al lado de la persona que conoces desde hace más de diez años y te sientes diferente al respecto; como si algo hubiera cambiado, pero aún no logras identificar qué… y tampoco quieres detenerlo. Estás constantemente en conflicto contigo mismo.
¿Cómo podría saberlo? Si un día simplemente se despertó sintiendo algo más.
Estaba completamente confundido. A veces creía que todo estaba en su cabeza y debía dejar esa noche atrás, y a veces se preguntaba si Jungkook seguía siendo su mejor amigo.
—Estás muy callado hoy, hijo.
Taehyung salió bruscamente de sus pensamientos, lanzando igual de rápido el cigarrillo que tenía entre los labios, pero no pudo evitar que su padre lo viera y rodara los ojos de inmediato.
—Te hará mal a la voz.
—Lo sé.
Su padre se sentó a su lado, mirando las estrellas de esa noche. Era cálida, una noche templada de marzo; la primavera se anunciaba después del frío invierno, como un cambio. Un cambio que Taehyung no terminaba de comprender del todo.
—Sabes, a veces me arrepiento de no haber pasado más tiempo a tu lado cuando eras pequeño.
Taehyung lo miró confundido. —Qué cosas dices, papá, estabas ahí.
—Sí… pero no ahí. Siempre creí que fue una buena decisión dejarte con tus abuelos cuando eras niño. El trabajo en ese entonces era demasiado complicado, y tu mamá y yo pensamos que era lo correcto. Pero ahora… —el viejo señor Kim miró al cielo por primera vez esa noche, intentando descifrar las palabras enredadas en su mente—. Pero ahora te veo pensativo y no sé cómo consolarte. Como lo hubiera hecho tu abuela.
El fallecimiento de su abuela había marcado tanto a su familia como a él. Incluso en ese momento, a veces se sentía distinto, imaginando un futuro que ya no existía con una persona que ya no estaba.
Fue uno de los tantos cambios que atravesó su familia. El siguiente fue mudarse a la capital, donde su hijo mayor residía. Porque aunque aquella pérdida los había dejado rotos, también los había hecho comprender que estar en familia era lo más importante.
—No digas eso, pá. Tu sola presencia me consuela.
El señor Kim rió, poniendo uno de sus brazos sobre los hombros de su hijo. —Eres tan encantador… ya entiendo por qué todos por aquí te aman.
Taehyung apoyó su cabeza en el hombro del mayor.
A veces ni él mismo entendía el amor que estaba recibiendo. Era nuevo, sí, pero era lindo. Gente de todo el mundo, cartas en distintos idiomas, personas sanadas, voces resonando. Era hermoso.
Pensaba que nunca se cansaría del trabajo que tenía, porque era un regalo: lo hacía ser él. Y aunque había cosas que aún no comprendía de sí mismo del todo, estaba aprendiendo a amarse.
—Sabes, hijo, nunca he sido muy bueno hablando como tu madre, pero eres mi orgullo. Y te amo.
—Pá…
—Espera. Sé que tu grupo está creciendo y sé que serás más grande de lo que ahora imaginas. El cielo no es el límite, pero… solo recuerda que evolucionar también forma parte de crecer.
Taehyung lo escuchó, pero no respondió enseguida. Se quedó mirando las luces lejanas de la ciudad, sintiendo ese zumbido constante que ya confundía con silencio.
—A veces no sé si estoy creciendo, pá —dijo al fin, con la voz baja—. Siento que solo me estoy transformando en alguien que no reconozco.
—¿Y eso es malo? —preguntó el señor Kim, sin apartar la vista del cielo.
—No lo sé. Supongo que no debería serlo.
Su padre sonrió apenas. —Cuando era joven, creía que crecer era elegir quién quería ser. Ahora pienso que crecer es aceptar a quien uno termina siendo.
Taehyung se quedó callado, con esa frase dándole vueltas en la cabeza.
Pensó en los estadios llenos, en los gritos, en Jungkook riéndose en la oscuridad de un hotel cualquiera. En los silencios entre ambos, en cómo ya no podía distinguir si eso era amistad o algo más, o solo el reflejo de cuánto había cambiado todo.
—Pá, ¿tú alguna vez tuviste miedo de ser feliz?
Su padre lo miró, sorprendido. —¿Miedo?
—Sí. Como si la felicidad fuera algo que solo dura un momento y después… desaparece.
El señor Kim suspiró.—Claro que sí. Pero la gracia está en no dejar de buscarla, aunque se escape.
Taehyung asintió, aunque no estaba seguro de entender.
Esa noche, cuando volvió al dormitorio, Jungkook ya dormía.
Lo observó un momento desde la puerta: la respiración tranquila, el cuerpo encogido bajo las sábanas.
Pensó en todo lo que había cambiado desde que lo conoció. En todo lo que había cambiado él.
Y, por primera vez, después de evitar lo inevitable, se acostó a su lado, besando su mejilla y susurrando un buenas noches.
Jungkook sonrió entre sueños y todo parecía correcto.
Desde ese momento —si es que las cosas no habían cambiado ya—, se volvió una realidad aceptar que estaba cayendo en un hoyo llamado Jeon Jungkook.
Los cambios eran buenos, después de todo.
Abril llegó viento en popa, al igual que su relación con el menor.
No le habían puesto un nombre. No tenían que hacerlo.
Solo eran ellos dos, explorando y disfrutando el uno al otro.
El hecho de que los miembros dejarán de molestarlos también ayudó. Los dejaban ser, sin preguntarse realmente qué pasaba entre ellos. Porque al final, su situación era suya y de nadie más.
Y bueno, lo que se ve tampoco se pregunta.
Realmente estaban en una buena racha, pero antes de tocar el cielo, tienes que volver a sentir el césped, y los problemas empezaron.
Y no fue culpa de ellos inicialmente, aunque estaban envueltos. Era algo del grupo en sí, que los metía a todos en conjunto, como una bolsa de papas.
“—Era demasiado.”
Taehyung recordaba la voz de Seokjin después de los descansos: demasiada presión, demasiada información falsa.
Cuidar su perfil, su aspecto, lo que hacían, su peso, su postura. Había ojos en todas partes, y no podían evitarlos.
Si buscaba más en su memoria, aparecía la imagen de Hoseok llorando por un esguince que no le permitía bailar bien, y la preocupación general por cómo iban a reaccionar los fanáticos.
No había consuelo, aunque sus álbumes siempre hablaban de eso.
¿Dónde estaba el amor propio que tanto BTS profesaba?
A todos les afectó distinto, los hirió distinto.
En esas épocas oscuras, su única salvación era Jungkook, a su lado después de una larga sesión de baile, acariciándole la espalda desnuda y susurrándole que estaba a salvo.
Pero a veces esas palabras de afirmación no eran suficientes.
La ansiedad de hacer algo mal lo carcomía por dentro, y para no asustar a los demás, lloraba en la ducha en silencio.
Jungkook podía sentirlo, pero no podía hacer nada si Taehyung no le comunicaba lo que sentía.
Entonces, después de varias discusiones entre los siete, una propuesta dolorosa llegó a sus mentes: Separarse.
El Festa de ese año fue realmente triste y agotador.
Junio dejó de ser un mes brillante, lleno de arcoíris y flores, para parecerse más al otoño, cuando no sabes si ese es el día en el que el sol saldrá o no.
Yoongi también lo notó, así que les envió un mensaje diciendo, al final, que los amaba. Parecía suficiente.
¿Lo era? No estaba seguro.
Bang Si-hyuk los llamó ese día caluroso de fines de julio para hablar del “problemita”.
Era un tipo sin filtros, que había creado la fórmula perfecta para el grupo perfecto. BTS era su obra maestra, su más preciada creación, y odiaba las fallas.
Para él, era una falla de marketing que dos de los miembros más jóvenes tuvieran más relevancia que todo el grupo en conjunto.
Les dijo que, aunque no le importaba lo que hicieran fuera de cámaras, como jefe y productor, BTS debía presentarse como siete, no como dos.
Debían pensar bien sus acciones y dejar de ser egoístas, porque el grupo estaba primero que todo.
Era al final de todo, no una persona, un producto de consumo.
Entonces llegó la censura. Más fanservice, más bromance programado, más actuación forzada.
Y Taehyung creyó que ya no podía soportarlo más.
Septiembre llegó, y con él un nuevo cambio de estación.
Cambio que Taehyung no estaba dispuesto a aceptar, pero entendía que era por el bien de todos. Ignorando por primera vez su propio bienestar. Sacrificandose por lo demás, algo que no sólo haría una vez.
Esa noche, después de besarlo como un idiota enamorado y entregarse por completo —como carne, como alma—, le dijo que no podía más.
En contra de sus deseos, lo soltó.
Y aunque eran actores profesionales cuando les ponían una cámara encima y podían fingir ser los mejores amigos que siempre habían sido, a fines de 2018, V —el ídolo de ídolos— se quebró en el escenario cuando Seokjin mencionó que habían pensado separarse ese mismo año.
No podía más.
A Jungkook le dolió tanto verlo tan solo, tan lastimado, tan roto, que le importó una mierda si ese momento iba a estar en tendencia mundial después, hablando de ellos dos y no de los siete. Su jefe se podría ir a la mierda un momentito.
Lo abrazó frente a toda la fanaticada, que lloraba con ellos.
Eran humanos.
Y aunque ya no estaban juntos, sus deseos seguían intactos.
Esa noche, después de anunciarle al mundo que estaban agotados, se entregaron a lo único que aún les daba consuelo: el amor.
Esa noche ya no fueron Jungkook y Taehyung.
Solo dos personas rotas intentando llenar vacíos donde ya no quedaba nada.
Y lejos de pensar que eso los estaba destruyendo —que era una relación puramente carnal entre dos que ya lo habían compartido todo—, no les importó en lo absoluto. Y noches como esta siguiendo repitiendose.
Hasta que, simplemente, dejaron de hacerlo.
Porque si nada los unía, nada podía separarlos.
Taehyung y Jungkook ya no eran los mismos.
Habían cambiado.
Todos lo notaban, pero nadie decía nada.
Jungkook comenzó a pasar más tiempo con su grupo de la 97 line, y Taehyung, en paralelo, con su círculo de amigos Wooga. Eran tiempos distintos ahora.
Era cierto que, después de toda tormenta, llega un arcoíris.
Y así llegó el 2019.
Aunque había pocas palabras entre ellos dos, no dejaban que el pasado los afectara. Intentaban, la mayoría del tiempo, actuar como si nada pasara entre ellos… aunque pasaba.
A veces eran miradas.
A veces, toques sutiles.
Declaraciones indirectas en canciones.
Y citas que no eran citas en el gimnasio, con la excusa de ejercitarse, cuando lo que menos hacían era eso.
Les gustaba la compañía del otro, aunque cuando regresaban a la realidad no podían evitar preguntarse cómo habían llegado a ese punto.
Ya no era amor, era costumbre porque la ruptura no sólo se había llevado a esa persona, también había acabado con esa amistad de más de 10 años.
Kim Taehyung se sintió solo por primera vez después de la tormenta, en pleno arcoíris, cuando se percató que su mejor amigo se había ido.
No había “te amo”.
No había besos.
Muy pocos abrazos y casi nunca una conversación decente.
Estaban perdidos, pero cuando se encendían las luces, estaban bien.
Taehyung pensó que podía vivir con eso.
Pensó que si a Jungkook le había tomado poco tiempo superar lo suyo —tatuándose y saliendo con una tatuadora—, él también podía hacerlo.
Empezó a salir, a embriagarse en fiestas a las que Jimin lo acompañaba, y a veces invitaba chicas a su departamento.
Parecía que todos los problemas se habían solucionado después de perderse a sí mismo. Ahora tenía el dinero suficiente para comprarse un hogar, y con eso, supuestamente, ser feliz. Pero era lo único que no estaba haciendo.
Era ese momento en el que su fama había alcanzado el cielo, pero no podía disfrutarlo.
Porque un día, de repente, sintió que solo estaba existiendo, no viviendo.
Se sentó en su cama con Yeontan a su lado y no supo en qué momento su vida empezó a irse en picada.
Volvió, como un flashback, a aquella habitación donde quizá estaba el origen de toda su mierda interna. Intentando comprender. Pero si él mismo no podía, ¿cómo iba a poder entenderla la persona que alguna vez tuvo todas las respuestas a sus dudas?
Para él, Jeon Jungkook era solo otro idiota que se había cruzado en su camino.
Y puede que ahora su visión de él estuviera distorsionada por el dolor, pero su sola presencia le hacía querer huir y esconderse.
Taehyung había llegado a la conclusión de que, si les ponían una cámara enfrente, entre Jungkook y él podían resolver los problemas.
Podían “amistarse”, aceptar que el pasado era pasado y que ya no debía afectar su presente.
Pero también sabía que no sería honesto del todo.
Esa aguja lo apuñalaría por las noches, y el dolor volvería.
No era como si frente a las cámaras fuera distinto, ¿no? Jugaba con Jungkook, bromeaba con los hyungs.
Parecía todo normal.
Pero no lo estaba.
Nada lo estaba.
—¿Ese ruido eres tú? —preguntó Jungkook, casi en un susurro.
Y Tae se encogió, porque ni él mismo sabía si seguía siendo él después de todo.
El taller olía a cables calientes y madera vieja. La luz del panel sobre el teclado titilaba con cada respiración de Taehyung, como si también se cansara de sostener el momento.
Jungkook seguía ahí, quieto, con los brazos cruzados y la mirada fija en él. No hablaban, y aún así el aire estaba saturado de todo lo que no decían.
Taehyung avanzó hacia donde estaba el teclado nuevamente, alzando la tapa y deslizó los dedos por las teclas sin presionar ninguna.
—No sé qué más quieres que diga —murmuró, con la voz gastada.
Jungkook se acercó un poco, apenas lo suficiente para que el reflejo de su sombra se mezclara con la suya en la pared.
—No quiero que digas nada —contestó, suave—. Solo que dejes de parecer que vas a romperte cada vez que respiro.
El mayor soltó una risa seca, amarga. —¿Y qué pasa si ni yo mismo sé que estoy roto?
Jungkook se detuvo. No había respuesta para eso.
El silencio volvió, pesado como el humo invisible que a veces quedaba flotando después de un cigarrillo.
Taehyung alzó la vista. Sus ojos estaban vacíos, pero dentro de ese vacío, Jungkook aún encontraba rastros del hombre que algún momento había conocido.
—Antes escribía porque me hacía sentir vivo —dijo al fin—. Ahora lo hago solo para no sentirme muerto.
La confesión salió sin intención de dramatismo. Era la verdad más honesta que había dicho en meses.
Jungkook apretó los labios. Se acercó un poco más, lo suficiente para que Taehyung pudiera oler el suavizante dulce de su ropa. —No tienes que ser fuerte todo el tiempo, hyung.
—¿Y si no sé ser otra cosa?
Jungkook bajó la mirada, sus manos temblando apenas. —Entonces déjame ayudarte a recordar.
La frase quedó suspendida entre los dos. No era una promesa, ni un consuelo, ni una súplica. Era solo eso: un intento torpe de quedarse.
Taehyung lo miró largo rato, sin decir nada.
Podía escuchar el leve clic del reloj del estudio, los ruidos del pasillo, incluso su propio pulso en los oídos.Todo le resultaba más real que sus pensamientos.
Finalmente, se levantó de donde estaba y se alejó de la musa del lugar, el teclado, que parecía atenta a una declaración de una conexión que aún dolía recordar.
—No puedes ayudarme con algo que ni yo entiendo, Kook.
Jungkook lo siguió con la mirada mientras él recogía sus cosas. No insistió.
Solo se quedó ahí, quieto, observando cómo Taehyung volvía a ponerse la chaqueta, cómo se ponía la gorra como si eso bastara para ocultarse del mundo.
—Hyung… —susurró, justo cuando Taehyung abría la puerta.
Taehyung se giró apenas. —¿Qué?
—Cuando todo esté muy ruidoso, búscame. Aunque no digas nada.
Taehyung lo observó unos segundos que se sintieron eternos. Quiso correr a abrazarlo y llorar en su pecho. Tal vez besarlo y decirle que para él tiempo no había avanzado, que seguía estancado en esa habitación, que seguía sin saber a qué rumbo iba su vida y que la única decisión segura que alguna vez tomó fue, elegirlo. Pero asintió, sin palabra alguna, y salió del taller.
Jungkook se quedó solo, mirando el teclado cerrado.
Por un instante, pensó en encenderlo, pero prefirió el silencio.
El mismo que quedaba cuando alguien se iba, pero todavía seguía ahí.
Y era casi como evitar no poder sentir dolor por alguien que aún seguía amando pero creía que ya no lo amaba más. De esa forma se sentía Jungkook.
Llegó 2020 y, con el encierro global, Taehyung decidió buscar ayuda. No supo si fue por las palabras conmovedoras de su Army que encontraba de vez en cuando en Weverse, si fue por la preocupación latente de sus miembros o del propio Jungkook, que a veces llegaba a su casa sin avisar, trayendo comida, quedándose a hacerle compañía sin decir nada, pero diciendo todo a la vez.
Jungkook había vuelto a ser ese amigo que alguna vez tuvo y, aunque dolía aceptarlo a veces, era mejor así.
Charlar con el psicólogo al principio nunca fue fácil, por el miedo a que su información personal saliera a la luz. Pero luego de varias sesiones, y conociéndose mejor, pudo entender que era una persona honesta y que podía abrirse con él.
Para ese entonces, Jungkook había dejado de visitarlo, y Taehyung había tomado la decisión de ser feliz otra vez.
Y de terminar aquella canción inconclusa que alguna vez escribió en ese taller solitario, en su momento más bajo.
Blue & Grey fue agregada a su próximo álbum, junto con Dynamite, el sencillo que les regaló tanta felicidad como lágrimas de emoción.
Si alguna vez tuvo la duda de si el cielo era el límite, entendió que no lo era. El reconocimiento podía alcanzar niveles que desconocía, y aunque en su momento fue aterrador, ahora no le daba miedo. Ahora podía enfrentarlo.
Entonces llegó esta chica, y luego otra, y otro… y esta vez, sin intentar llenar vacíos, comenzó a conocer personas nuevamente.
Y olvidó que alguna vez su corazón le perteneció a un tal Jeon Jungkook.
Por su parte, el antes mencionado también comenzó a volver a vivir. El tiempo pasaba tan rápido, pero Jungkook sentía que ya no le afectaba; que había conseguido su momento, pero sobre todo, su tiempo.
—Te veo tan bien que es una lástima decirte que pronto te daré el alta —dijo el psicólogo con una sonrisa.
Taehyung le devolvió el gesto mientras lo veía cerrar su libreta de apuntes. —Mira el lado bueno —respondió—, podrás venir a un concierto sin sentirte culpable.
El hombre rio, devolviéndole una mirada cómplice. —Solo hay algo que falta cerrar aquí. ¿Cómo van las cosas con Jungkook?
—Pues… nos estamos acercando más por los conciertos que vendrán en el 2022. Ha comenzado a lanzarme miradas cómplices de nuevo y yo las he respondido. Se siente bien, en el pecho, saber que él sigue ahí.
—¿Puedes especificar eso?
Taehyung dudó, pero terminó sonriendo. —Jungkook siempre ha sido la persona más importante en mi vida después de mi familia. Me hizo conocer y entender cosas que ni yo entendía en ese momento. Es casi imposible no tenerle un cariño especial y… también es imposible resistirme a sus encantos.
—Tae.
Taehyung levantó la vista al oír su nombre.
—¿Alguna vez has pensado en reintentarlo?
El psicólogo lo observaba tranquilo, sin forzarlo, con esa mirada que no exige nada pero igual te hace pensar.
—¿Reintentarlo? —repitió él, como si la palabra le supiera rara.
—Sí. No porque tengas que hacerlo. Solo porque a veces el miedo a repetir una historia nos impide ver si esa historia todavía tiene algo que decir.
Taehyung bajó la mirada, jugando con el borde de su manga. —Creo que ya lo superé.
—Tal vez. O tal vez no se trataba de superarlo, sino de entenderlo.
El silencio se extendió, acompañado del sonido lejano de un auto y el tic tac del reloj.
—No lo sé, doctor. Si algo aprendí de todo eso es que a veces uno ama mal, sin querer.
—Y también que a veces uno ama bien, pero en el momento equivocado —dijo él, sonriendo apenas.
Taehyung lo miró, confundido. —¿Y eso qué significa?
—Que quizá no era el momento de ser algo, pero eso no borra lo que fueron.
Taehyung asintió despacio, pensativo. No sabía si le hablaba de Jungkook o de la vida, y quizá daba igual.
—¿Y si ya no es él? —preguntó, casi en voz baja.
El psicólogo dejó la libreta sobre el escritorio. —Entonces será otra persona. Pero si sí lo es… sería una pena dejar pasar algo que aún te mueve y no te resistes solo por miedo a que vuelva a doler.
Taehyung no respondió. Se quedó mirando el suelo, mordiéndose el labio.
El doctor sonrió, sin decir más.
—A veces, las personas que más nos desordenan son las que nos muestran quiénes somos realmente cuando todo se derrumba.
Y Taehyung no supo si le hablaba como profesional o como alguien que entendía demasiado bien lo que decía.
Salió del consultorio con la cabeza llena de ruido y el corazón más liviano.
Y después de mucho tiempo, empezó a seguirle el juego a Jungkook.
Los conciertos fueron un éxito y, aunque todavía resonaba en su cabeza la idea del viejo psicólogo sobre “intentar ver cómo van las cosas con Jungkook”, decidió ignorarla.
Su servicio militar estaba a la vuelta de la esquina, y no sabía si aquello iba a poner las cosas más densas entre el menor y él. Si ya era complicado afuera, imaginaba lo que sería dentro. Así que, por su propio bien y por ahorro de paz emocional, decidió dejar pasar esa idea.
Pero era cierto: cuando se ponía a reflexionar en lo más profundo, la duda seguía ahí.
¿Y si estaba desperdiciando tiempo?
¿Y si realmente estaba huyendo del destino inevitable de elegir nuevamente al amor?
No podía evitar sentirse ansioso. No podía evitar pensar de más.
Y aunque ya no le importaba el qué dirán —porque a ese punto de fama había llegado, ese en el que podía salir con una polera que dijera “tu perro no es mi perro, y dejen de vincularme con conexiones fallidas”—, aún quedaba algo de miedo.
Miedo al destino.
Miedo a darse cuenta de que todos los caminos, por más vueltas que dieran, lo llevaban siempre al mismo punto: Jungkook.
¿Estaba evitando el inevitable destino o salvándose a sí mismo de la ruptura más dolorosa de su vida?
Aún no lo sabía.
Jungkook, por su parte, al salir de su servicio militar, reconectó con la música que siempre lo había salvado de sus lugares más oscuros.
Taehyung se había vuelto un recuerdo; no uno que doliera, sino uno que temía tocar demasiado. Sin una señal clara del mayor, decidió continuar su vida y enfocarse en lo que creía importante.
Porque familia no siempre era sangre ni apellidos compartidos con extraños que apenas veías en Chuseok; familia eran esos amigos que no te soltaban cuando pensabas que no podías seguir.
Una de esas tardes, hablando con Mingyu, la nostalgia le golpeó más fuerte de lo esperado.
Entre risas y recuerdos, pensó en Taehyung, en lo mucho que lo extrañaba. Extrañaba su voz tranquila en medio del caos, sus comentarios absurdos, su manera de hacer que todo parezca un poco más llevadero.
Y una epifanía lo envolvió derrepente: Taehyung había cambiado algo en él.
Para siempre.
El chat seguía vacío, la conversación más reciente databa de hacía meses. Jungkook abrió la ventana y escribió algo sin pensarlo demasiado.
Lo borró.
Lo volvió a escribir.
Lo borró otra vez.
Al final, dejó una sola línea.
Simple, como si fuera cualquier cosa, pero no lo era.
“¿Te acuerdas del río Han?”
Miró la pantalla un rato más. Dudó.
Luego apretó “enviar”.
Del otro lado, Taehyung estaba viendo el programa de variedades que estaba en cualquier canal de televisión, no estaba prestando atención realmente, solo quería oir sonido en su sala. Cuando derrepente el vibrador en su cel lo despertó.
Miró el nombre, el mensaje, y sonrió sin pensarlo.
“Sí. ¿Cuándo?”
El aire de Seúl soplaba tibio esa noche, como si la primavera se estuviera despidiendo.
Y por primera vez en años, ambos sintieron lo mismo:
Que, tal vez, todavía estaban a tiempo. Que tenían tiempo.
El río Han siempre había sido su lugar seguro en el mundo. Ahora corría por ahí, con el viento en el rostro y algunos fanáticos que le susurraban bajito que eran Army, cuidando de no incomodar.
Pero ese día no era como los otros.
Jungkook y Taehyung, dos desconocidos que sabían la risa y los secretos del otro, se reían viendo el ocaso caer sobre el agua, sintiendo que los años no habían pasado.
—¿Puedes creer que ahora soy más grande que tú?
—Tonterías. Para mí siempre serás el más pequeño.
—Cierra la boca, Jeon Jungkook. Nunca aprendes a respetar a tus mayores.
El cielo se fue oscureciendo, y una manta de estrellas cubrió el firmamento. Jungkook, por un momento, creyó que estaban celebrando con ellos. Nunca las había visto tan brillantes y bonitas como esa noche.
Entonces, el momento inevitable llegó.
—Sabes —empezó Taehyung, con voz tranquila—, siento que pueden pasar los años, cambiar todo… menos tú y yo. Suena cursi, lo sé, pero realmente aprecio que me hayas invitado esta noche, Jungkookie.
Jungkook suspiró, mirando primero al cielo y luego a él.
—Es que nosotros no pasamos de moda, hyung.
—Ya vas a empezar con tus referencias que no entiendo.
Jungkook rió fuerte, llamando la atención de algunos enamorados que paseaban por ahí. Taehyung, muerto de vergüenza, se cubrió el rostro.
—¡Todavía eres un mocoso que no se sabe comportar! ¡Crece ya!
—¡Hyung! He crecido. Incluso mi estatura aumentó en el servicio militar… y mi voz ahora está más gruesa. —Lo miró a los ojos, serio, por primera vez en la noche—. Creo que todo lo hice para volver a estar aquí. Contigo.
—Me sé la letra de nuestra canción, Jungkook.
—¡Arruinas el momento!
Taehyung rió, y esta vez no apartó la mirada.
La brisa movía el cabello de ambos, y el reflejo del agua les pintaba la piel de azul.
Jungkook se quedó en silencio, observándolo, como si temiera romper algo solo con respirar.
El mundo siguió corriendo a su alrededor.
Ellos no.
[EXCLUSIVA] Kim Taehyung, V de BTS y Jeon Jungkook de BTS fueron fotografiados en una salida fuera de sus agendas en el río Han, lo que… podría significar nada.
Fin,
(con coma).
