Chapter Text
La cita grupal con Momo, Vamola y Takakura no había salido para nada como Aira había planeado.
Ese día había hecho un esfuerzo especial para arreglarse. Seleccionó su atuendo de manera estratégica: una falda corta color crema con un suéter azul marino que se ajustaba perfectamente a su cintura —pero sin verse vulgar—, un par de botas altas de tacón que le llegaban a unos cuantos centímetros por encima de la rodilla para estilizar su figura, y por último, una chaqueta blanca estilo borreguillo a juego, que le daba ese toque inocente que siempre lograba acaparar las miradas a su alrededor.
Todas excepto una.
Takakura apenas se había percatado de su presencia cuando la vio esa tarde porque—como siempre—él estaba demasiado pendiente de Momo: pendiente de sus gestos, su tono de voz, de sus palabras y silencios. Y, últimamente, se había vuelto aún peor.
Toda esa coquetería entre Momo y Takakura se estaba saliendo de control.
La manera en que la buscaba con la mirada antes de que Momo llegara a cualquier lugar, con esas ansias, ese anhelo, de verla de nuevo. O cómo ambos se sonrojaban como unos tontos cuando se lanzaban esas miradas esquivas, esas que ellos creían que nadie más notaba. O esos “chistes privados” que se negaban a compartir con el resto del grupo, como si fueran un secreto de Estado al que únicamente ellos dos tenían acceso.
Sí. Definitivamente, esto se estaba saliendo de control.
Pero la gota que derramó el vaso, la cereza del pastel, fue ese juego absurdo de las miradas —el motivo por el cual Vamola había sugerido la cita grupal en primer lugar— en el que, al parecer, Takakura había ganado y por eso ¡había invitado a Momo a salir!
Ellos dos. Juntos. En una cita.
Absurdo. ¡Un verdadero absurdo!
Aunque por más ilógico que fuera, no podía evitarlo. Takakura simplemente era demasiado adorable para que se mantuviera molesta con él por mucho tiempo.
Aún así, lo mínimo que esperaba era que le hubiera hecho algún comentario. Al menos un cumplido discreto. Algo, lo que fuera. Algo que reconociera el esfuerzo que había puesto en lucir todavía más espectacular que lo usual para esa cita grupal.
No era que Aira necesitara que Takakura validara su belleza. No, nada de eso. Ella no necesitaba que le confirmaran lo que ya sabía. Que nadie más en toda la escuela—No, en todo Japón—era tan hermosa como ella. Aunque… Sí le hubiera gustado que él se hubiera tomado el tiempo de decirle algo lindo, pero no. No le dijo nada.
El único que lo hizo fue Enjoji.
Realmente no le dijo nada diferente a lo que ya estaba acostumbrada. Fue un simple pero efusivo “¡qué linda te ves, Aira-chan!” cuando la vio llegar al parque de diversiones. Un elogio típico de Jin Enjoji. Nada especial. Sobre todo porque él siempre era así con todas las chicas que se encontraba.
Aunque, ahora que lo pensaba… Enjoji había estado inusualmente callado desde el día de la cita.
Desde el día que Jiji se enteró del “juego de miradas” y que el perdedor—en este caso, Momo—debía tener una cita con el ganador, él no había parado de insistirle a Takakura que le explicara las “reglas del juego”.
Fue irritantemente insistente, pero Takakura—siempre tan paciente y gentil—simplemente le respondió que había sido “una tontería”, que “no era nada”.
Cuando llegó el “gran día” y, por fin, estaban listos para iniciar la cita, Jiji siguió preguntando hasta hacer que a Aira se le agotara la paciencia. Sin embargo, antes de que ella pudiera decirle que se callara, algo sucedió.
Aira no supo qué fue exactamente, pero notó cómo el rostro de Enjoji se volvió más serio. Sus ojos cafés saltaban de Momo a Takakura, desconcertados, una y otra vez. Como si hubiera algún misterio que estuviera intentando resolver. La última pieza de un rompecabezas que no sabía donde encajar.
Y después de eso… ya no volvió a insistir más. Ya no hizo bailes ni chistes ridículos por el resto del día. Simplemente se quedó pensativo. Observándolos de vez en cuando en silencio. Confundido.
Al terminar la cita, Aira y Jiji regresaron juntos a sus respectivas casas, más por costumbre que por otra cosa. A pesar de que Jiji podía ser verdaderamente ruidoso y molesto, fue extraño verlo tan callado. Continuaron caminando en silencio y, de vez en cuando, ella lo miraba de reojo, extrañada de que Jiji no dijera nada en todo el rato. Finalmente, llegaron a la intersección de siempre y se despidieron así sin más. Sin comentarios tontos ni bromas de por medio.
Un par de días después, cuando el grupo se reunió a la hora del descanso para comer, Jiji siguió pensando en silencio. Ni siquiera probó las bolitas de takoyaki que Vamola había preparado para “celebrar el éxito de la cita grupal”. Simplemente se limitó a tocar la comida con la punta de sus palillos, rodándolas de manera distraída sobre su plato.
—No deberías de jugar con tu comida, Enjoji —soltó Aira, sin apartar la vista de su revista de belleza.
—Ah sí… lo siento —respondió Jiji con torpeza.
Sus amigos fueron levantándose de a uno por uno, hasta dejarlos a ellos dos solos en la mesa. Los alumnos del grupo C tenían un examen de japonés clásico inmediatamente después del descanso y Momo había sido arrastrada a la fuerza por sus amigas—Miko y Muko—, exigiendo cada detalle de su cita con Okarun.
Ni Jiji ni Aira se sentían particularmente platicadores en ese momento. Había una tranquilidad inusual entre ellos, interrumpida ocasionalmente por el sonido de la fricción del papel cada vez que Aira daba vuelta a la página y el murmullo de los demás alumnos que terminaban su almuerzo en la cafetería.
De pronto, un resoplido largo y exageradamente teatral cortó el silencio. Venía del otro lado de la mesa, donde Jiji “estaba sentado”: el torso casi tumbado sobre la madera, sus brazos largos casi rozando el borde, sus manos aún sosteniendo los palillos como si flotaran.
—No lo entiendo —soltó Jiji, dejando los palillos sobre la mesa con un golpe seco.— ¿Qué tiene Okarun que no tenga yo?
La pregunta tomó a Aira por sorpresa, tanto que hasta dejó de leer su revista por un segundo. Levantó la mirada y se giró hacia él: Jiji tenía los brazos cruzados sobre su pecho y el ceño ligeramente fruncido. Su vista fija, pero perdida en las bolitas de takoyaki frente a él, como si la respuesta a su rompecabezas mental estuviera justo ahí… y aún así no pudiera verla.
—¿Disculpa?
—¿Qué tiene Okarun que no tengo yo? —repitió Jiji, un poco más fuerte, girándose para mirarla. Había un tono de confusión genuina en su voz que casi ocultaba por completo su indignación. Como si hubiera algo mucho más profundo detrás de esa pregunta que mera curiosidad.
Aira parpadeó un par de veces, extrañada de que Jiji hubiera hecho una pregunta tan repentina.
¿Acaso es algún tipo de broma?, pensó ella.
Lo estudió con detenimiento antes de siquiera considerar responderle: su rostro ligeramente tenso, sin rastro de su típica sonrisa traviesa. Sus ojos cafés ahora estaban fijos en ella, expectantes, como si verdaderamente esperara una respuesta.
La chica tragó saliva. Conocía bien el lado juguetón de Jiji, pero ¿Esto? Era raro. Había algo en esta nueva faceta seria de él que no sabía bien cómo manejar.
Además, ¿qué se suponía que le dijera? ¿Que Takakura era el caballero perfecto y él no? ¿Que los payasos mujeriegos como él no eran precisamente lo que las mujeres buscaban en una relación seria? No le iba a mentir solo para hacerlo sentir mejor.
Sin embargo, verlo en su estado actual tampoco la invitaba a ser demasiado honesta con él. Eso, y necesitaba aparentar que aún estaba “molesta” con Takakura por ignorarla durante la cita. Al menos, unos días más para hacerlo más convincente.
—¿Por qué quieres saber, Enjoji? —respondió Aira, curiosa. Intentó aligerar un poco el ambiente entre ellos, una pequeña sonrisa traviesa asomándose en sus labios— ¿Tu club de fans no es lo suficientemente grande? —continuó, midiendo la cantidad exacta de sarcasmo en sus palabras, en un intento por ganar algo de tiempo.
—¿Qué? Yo no tengo un “club de fans” —dijo Jiji, gesticulando con las manos, ligeramente indignado.
Justo en ese momento, como si el universo quisiera comprobar el punto de Aira, tres chicas pasaron al lado de su mesa, murmurando entre sí, envueltas en risitas nerviosas. Al verlo, las tres lo saludaron al unísono:
—Hola, Jiji —dijeron entre risas al pasar de largo. Incluso una de ellas se acomodó el cabello, nerviosa y ligeramente ruborizada.
—Hola —saludó Jiji, con coz ronca y una sonrisa coqueta, aunque esta se le borró de la cara al encontrarse con la mirada de Aira: suficiente y burlona, con la cabeza ladeada y aquella expresión de “¿Perdón, qué decías?”.
—¡E-eso no cuenta! ¡Estaba siendo amable! —balbuceó Jiji con torpeza, alzando las manos a manera de defensa.
—Ajá… sí, claro. Cómo digas, Enjoji… —dijo Aira, restándole importancia a sus excusas, mientras hojeaba su revista para encontrar la página que estaba leyendo anteriormente.
—¡Además, no respondiste mi pregunta. ¡Estás haciendo trampa! —dijo Jiji, cruzándose de brazos.
—No sé de qué estás hablando —negó Aira con indiferencia sin desviar su atención del papel frente a ella.— ¡Y tú tampoco respondiste la mía! No me has dicho por qué quieres saber.
—Es porque… —Jiji se detuvo a media oración, como si no supiera cómo seguir sin revelar demasiado. Aira notó cómo desvió la mirada; había algo en la forma en que rascaba su cabeza, que lo hacía lucir vulnerable, casi tierno— Tengo curiosidad, eso es todo.
Aira soltó un leve resoplido y levantó una ceja inquisitiva hacia el pelirrojo. ¿Por qué tanta insistencia? Si él quisiera, podría salir con cualquier chica del instituto, pensó. Además, realmente no importaba la respuesta que ella le diera porque… Enjoji y Takakura no podían ser más diferentes.
Jiji era alto, atlético, y carismático, con facciones que encajaban armoniosamente con su rostro. No por nada se había vuelto tan popular a los pocos meses de haber llegado al instituto. El hecho de que se comportara como un idiota mujeriego la mayor parte del tiempo, no le quitaba lo atractivo. Esa era la verdad. Aunque Aira jamás lo admitiría en voz alta. Eso solo lo volvería todavía más insoportable de lo que ya era.
Y por otro lado, estaba Takakura. No era el típico chico popular al que ella estaba acostumbrada. De hecho, él tenía una cara y estatura bastante promedio, aunque ese no era su verdadero atractivo. Takakura era algo introvertido, sí, pero era un hombre serio, respetuoso y amable. Sus cumplidos podían ser algo tímidos, pero eran sinceros.
Takakura… Takakura es tan diferente a todos los demás y se ve tan lindo cuando está nervioso, pensó Aira. Sintió un pequeño rubor subir por sus mejillas al recordar lo adorable que se veía cuando acomodaba sus gafas. Su mente no tardó mucho en divagar, creando escenarios ficticios en su cabeza: Ellos dos solos, en una cita romántica, compartiendo un chocolate caliente en un día de invierno, riendo despreocupadamente. El muérdago colgando sobre ellos desde un farol, él inclinándose hacia ella para…
—Entonces… ¿Vas a decirme?
La voz de Jiji reventó la pequeña burbuja de fantasía que ella misma había creado trayéndola de golpe a la realidad.
Las mejillas de Aira se encendieron de inmediato, demasiado consciente de que se había dejado llevar de esa manera frente a él. Quizás no hubiera sentido tanta vergüenza si Jiji no estuviera la estuviera mirando como si realmente esperara una respuesta.
Intentó disimular su pánico y evitó mirarlo a toda costa. Si Jiji continuaba observándola de esa forma, definitivamente iba a darse cuenta de que había olvidado por completo de lo que estaban hablando.
Entonces recordó que su revista todavía estaba sobre la mesa, ofreciéndole un refugio improvisado que le permitiera recuperar la compostura. Tal vez si fingía que estaba leyendo, Jiji entendería que no tenía caso seguir con la conversación.
—Solo olvídalo, Enjoji —dijo Aira después de soltar un carraspeo que salió más débil de lo que esperaba, escondiéndose detrás de su revista.
—Aira-chan… ¿Por qué no quieres decirme?
—Te estoy haciendo un favor, ¿sí? Así que no insistas más. Sólo olvídalo —soltó ella, firme, quedándose con la última palabra.
O eso creyó.
No pasaron ni cinco segundos cuando Jiji comenzó a tamborilear los dedos desde su lugar, creando pequeñas vibraciones molestas por toda la mesa. Él siempre hacía eso cuando todavía tenía cosas que decir pero necesitaba tiempo para ordenar sus ideas.
Por otro lado, Aira había aprendido hace tiempo que lo mejor que podía hacer cuando él se ponía así era ignorarlo por completo. Fácil. Así que se concentró en la sección de maquillaje de su revista e hizo todo lo posible por no prestarle atención.
Era la quinta vez que leía el título de la sección cuando, de repente, Jiji se levantó de su asiento.
Por un microsegundo, Aira tuvo la falsa esperanza de que su truco había funcionado y Jiji por fin se había dado por vencido. Creyó que se había levantado para ir al baño o a dar una vuelta antes de clases—como solía hacerlo a veces— y que después regresarían juntos a sus respectivos salones en paz y armonía…
Pero no. Obviamente no fue así.
Al contrario, Enjoji consideró que no había sido lo suficientemente molesto desde su lado de la mesa y decidió acercarse más a ella, dejándose caer a su lado con un golpe seco para seguir fastidiándola.
Jiji no planeaba dejar el tema hasta obtener una respuesta que lo convenciera.
—Aira-chan~… —canturreó Jiji, mientras empujaba suavemente su hombro con la punta del dedo índice—. ¿Por qué no quieres decirme? ¿No te caigo bien?
—Enjoji… —llamó Aira, entre dientes, más como una amenaza que cualquier otra cosa. Le lanzó una mirada mordaz que hizo que él se detuviera por un instante, pero en cuanto desvió los ojos hacia su revista, Jiji continuó con su incesante picoteo.
—¿Son los lentes? No, espera… ¿Es mi cabello, verdad? Siempre discriminan a los pelirrojos…
—¡Solo olvídalo!
—¡Pero… Necesito saber! ¡Y yo sé que tú sabes! —insistió Jiji una vez más, con las manos entrelazadas en forma de súplica.— ¡Porfa, dime!
La chica sacudió su revista de manera enérgica, el sonido del papel resonando a su alrededor. Intentó —nuevamente— enfocarse en su lectura, esperando que Jiji entendiera la indirecta.
Pero no lo hizo.
Jiji volvió a empujarla con el dedo y, aunque seguía siendo un toque suave, el hecho de que lo hacía tan rápido y de forma tan insistente, provocó que Aira pasara la página con más fuerza de la necesaria; la esquina del papel casi rompiéndose como consecuencia.
—Aira-chan…
Aira soltó un gruñido impaciente, pero no respondió. Tampoco quitó la vista de su revista. Intentó contar hasta diez —no, hasta cien—para no perder la cordura, pero Jiji no pudo esperar ni 5 segundos para volver a insistir, inclinándose ligeramente hacia ella hasta casi susurrarle al oído.
—Entonces… —dijo él, haciendo una pausa con inocencia exagerada, como si no supiera que Aira estaba al límite de su paciencia.— ¿Qué tiene Okarun que no tengo yo?
Aira cerró su revista de golpe y exhaló profundo antes de encararlo. Muy bien. Si tanto quería saber lo que pensaba, se lo diría con gusto.
—Muchas cosas. —respondió ella, cortante.
—¿Cómo qué?
Una parte de ella no quería dejar más en evidencia su amor por Takakura, pero viendo que no había más remedio, Aira comenzó a enumerar las cualidades que Jiji tanto le había pedido.
—Takakura es amable, respetuoso, serio, y formal. Es todo un caballero —respondió Aira, su voz dulcificándose con cada cumplido que le hacía a su enamorado, solo para cambiar drásticamente a un tono seco e inexpresivo cuando se dirigió a Jiji, enfatizando sus palabras.— Él sí entiende lo que es el espacio personal y no es molesto como tú.
—Yo también soy un caballero —añadió Jiji, indignado, ignorando la mayor parte de su respuesta.— Puedo ser serio y formal.
La carcajada sin filtros de Aira resonó por toda la cafetería, atrayendo un par de miradas curiosas hacia su dirección. Aunque, ambos estaban tan concentrados en su pequeña discusión que ninguno de los dos pareció notarlo.
—¿De qué te ríes? ¿Qué es tan gracioso? —preguntó Jiji, echándose un poco hacia atrás en su asiento, completamente desconcertado.
—Dijiste una broma, ¿no? Así que me reí —respondió Aira gesticulando con los hombros con fingida inocencia.
—Vamos, Aira… ¿Tan mal piensas de mí? Puedo ser serio si me lo propongo…
—¿Serio? ¿Tú? Enjoji, eres muchas cosas, pero serio… Serio no es una de ellas.
—Okay, sí, pero… ¡Yo también puedo ser un gran partido! Soy guapo, tengo un gran sentido del humor. Algunos hasta dicen que soy un genio… —enumeró Jiji contando con los dedos.
—También coqueteas con cualquier chica que se te atraviesa, no sabes estar quieto y nunca te tomas las cosas en serio… ¿quieres que siga? Tengo una lista por si quieres escucharla —interrumpió ella, sarcástica.
—¿Por qué eres tan cruel, Aira-chan~? —soltó Jiji, dramático, colocando una mano sobre el pecho como si las palabras de Aira le hubieran atravesado el corazón.
—No te lo tomes a mal, Enjoji, pero tú no eres lo que alguien llamaría “material para novio” como Takakura. Tú… a lo mucho serías el amigo gracioso de la pareja de los novios. Es todo.
No necesitó agregar nada más. Aira simplemente dejó que sus palabras cayeran entre ellos como una muralla, poniéndole un fin definitivo a su conversación.
Jiji abrió la boca para replicar. Quería decirle que estaba equivocada. Quería demostrarle que él, Jin Enjoji, también podía ser “material para novio” como Okarun, pero las palabras nunca llegaron. Solo sintió cómo una sensación incómoda se asentó en el fondo de su estómago mientras la voz de Aira resonaba en su mente como un disco rayado.
“Material para novio.”
Ni siquiera estaba seguro de lo que esa frase significaba, ni si realmente podía demostrarle lo contrario.
Tal vez Jiji tenía fama de mujeriego entre los alumnos del Instituto Kami, pero la realidad era que nunca había tenido novia. De hecho, hasta hace unos días apenas había experimentado lo que era una cita como tal y ni siquiera había sido en pareja. Esa “cita” había sido todo menos romántica.
Al final, solo se quedó callado. Frunció los labios en un puchero que no intentó disimular y dejó caer su barbilla sobre la mesa con un bufido exagerado, delatando su derrota emocional.
Aira la miró de reojo y no pudo evitar sentir una cosquillita de culpa al verlo así, pero tampoco quiso decir nada más. Si no hubiera sido tan insistente, nada de esto hubiera sucedido, pensó. A pesar de haberle puesto fin a su discusión, no tenía ganas de empeorar las cosas con un “te lo dije”.
El silencio volvió a instalarse entre ellos; la incomodidad apenas amortiguada por el murmullo de los estudiantes a su alrededor. La cafetería pronto comenzó a vaciarse, indicando que el timbre sonaría pronto y daría por terminado el descanso.
Aira comenzó a guardar sus cosas en la mochila—entre ellas su revista y el contenedor de Takoyaki de Vamola—y sacó un espejito para retocar su maquillaje antes de regresar a clases.
Mientras tanto, Jij seguía en su misma posición desinflada, todavía pensando si existía alguna manera de reavivar la conversación para defender—según él—el buen nombre de Jin Enjoji.
Fue entonces, justo cuando Aira terminó de reaplicar su maquillaje, que algo hizo clic en su mente: una idea brillante que sin duda la haría cambiar de opinión.
El rostro se le iluminó por completo. Se movió tan rápido que sus narices casi rozaron entre sí, quedándose apenas a unos centímetros del de Aira.
—Deberíamos tener una cita romántica. —dijo Jiji, con la confianza de quien cree tener la idea del siglo y no tiene ni una gota de vergüenza.
Aira apenas tuvo tiempo de retroceder. Sus ojos estaban abiertos como platos, incrédulos de que Jiji acabara de soltar una estupidez de tal magnitud. Literalmente, le acababa de decir que no servía para las relaciones amorosas y ¿le sale con esto?
—¿Pero qué estupidez acabas de decir, Enjoji? —soltó Aira, indignada. Un rubor traicionero subió por su cuello al darse cuenta que Jiji todavía estaba demasiado cerca, por lo que intentó crear un poco más de distancia entre ellos, retrocediendo ligeramente en su asiento.
—Te apuesto lo que quieras a que podría hacerte cambiar de opinión con una cita romántica. —repitió Jiji su voz una octava más grave y una sonrisa confiada asomándose en sus labios.
—¡¿Cómo puedes decirme algo así?! ¡Ni siquiera eres mi tipo! —exclamó Aira, entre sorprendida y ofendida. Desvió la mirada inmediatamente y se repitió a sí misma que el ardor en sus mejillas era más por el atrevimiento de su propuesta que por otra cosa.
—¡Exacto! Serías el experimento perfecto —respondió Jiji, seguro y entusiasmado, inclinándose un poco más hacia ella hasta quedar a su altura, pero sin invadir por completo su espacio.
—Vaya, qué romántico… —dijo Aira, sarcástica, rodando los ojos.
La chica se levantó de la mesa sin prestarle más atención. Ya había sido demasiado tolerante con él por un día.
Tomó sus cosas con un movimiento elegante y lo dejó ahí parado con sus alucinaciones. Sin embargo, tan pronto ella comenzó a alejarse, Jiji recogió su mochila de un tirón y la siguió.
—¡Vamos, Aira, sería divertido! Tú y yo, solos, en una cita romántica. Paso por ti, comemos, reímos y después tú me das tu veredicto de si soy material para novio o no. —dijo Jiji, con un aire de practicidad lógica.— Además… ¿Quién mejor que tú para decirme en lo que tengo que mejorar?
Aira continuó caminando. No iba a darle el privilegio de responder ante una idea tan absurda como esa. Aunque, obviamente, eso no evitó que Jiji intentara convencerla.
—Piénsalo… ¡Sería la mejor cita en la historia de las citas! Iríamos a un lugar con buena comida, obvio. ¡Oh, ya sé! Podríamos ir a patinar o al Láser Tag —continuó mientras caminaba de reversa, sus manos gesticulando animosamente a pesar de que Aira no dejaba de lanzarle dagas.— Yo me encargaría de todo. ¡No tendrías que preocuparte por nada! Claro, a menos que quedes perdidamente enamorada de mí. Es un posible riesgo ocupacional.
Aira se detuvo en seco. Definitivamente lo estaba mirando como si se hubiera escapado de un manicomio, aunque él no parecía notarlo en lo más mínimo. Tuvo que usar todo lo que quedaba de su autocontrol para no golpearlo y quitarle esa sonrisa de idiota que tanto la sacaba de quicio.
¿En serio no se daba cuenta de todas las tonterías que acababa de decirle? No sabía qué era peor: que él quisiera tener “una cita romántica” con ella o la forma tan descarada de su propuesta. Parecía más un vendedor de infomercial—esos que venden productos milagrosos de dudosa procedencia en la televisión—que un chico normal invitándola a salir.
Aunque realmente no importaba porque no iba a caer en su juego. Jiji ya había llegado demasiado lejos y ella no estaba impresionada en lo absoluto. Es más, ni siquiera estaba interesada.
—Para eso necesitarías que primero aceptara salir contigo y te aseguro que eso no pasará ni en un millón de años.— dijo Aira con la barbilla en alto, antes de subir las escaleras.
Jiji subió primero que ella —a zancadas, como era su costumbre— y se detuvo en el penúltimo escalón, cruzándose de brazos como si llevara la delantera en un juego que solo él estaba jugando. Aira no entendía cuál era su prisa si de todas formas siempre terminaba esperándola.
—¿Qué? ¿No crees que pueda convencerte de salir conmigo? —preguntó Jiji, curioso y con esa sonrisa exasperante, recargando su peso contra la pared.
Aira no respondió de inmediato. Solo se limitó a mirarlo con desdén mientras subía las escaleras sin apresurarse. No iba a arruinar su uniforme por un tonto desesperado.
—Enjoji, yo sé que no puedes convencerme. —respondió ella con suficiencia.
—¿Ah sí? ¿Por qué estás tan segura? ¿Has visto los encantos de Jin Enjoji en acción? Soy irresistible. —dijo Jiji, confiado, con la voz un poco más ronca. Tal vez si lo hubiera dicho sin mover las cejas de una manera tan ridícula lo hubiera tomado más en serio.
Aira esperó hasta quedar a su altura para responder. Se detuvo frente a él y subió un escalón extra para dejarle claro que era ella quien llevaba la delantera.
En ese instante, Jiji observó un brillo distinto en los ojos de Aira: esa chispa entre divertida y arrogante que ardía cuando ella sabía que tenía la ventaja.
La chica se acercó un poco más hacia él para que escuchara bien lo que iba a decirle. Jiji retrocedió inconscientemente, su espalda chocando ligeramente contra la pared.
—Porque tengo algo que se llama estándares —añadió Aira, segura mientras una sonrisa altiva curvaba sus labios antes de reanudar su paso.
Al girarse, Jiji sintió la punta de su cabello rosado rozar contra su mejilla, como un látigo sutil que usaba cuando entraba en modo “diva inalcanzable”.
Parpadeó un par de veces y sonrió. Había algo en la altanería de Aira Shiratori—ese ego que no cabía en el pasillo del instituto—que le parecía demasiado entretenido.
Encantador, incluso. Difícil de ignorar.
Antes de que llegaran al salón 2-D, Jiji se adelantó y se plantí con los brazos abiertos frente a la puerta, bloqueando el acceso como un gigante guardián.
—Enjoji, ¿Qué crees que estás haciendo? Déjame pasar. —dijo Aira, cruzándose de brazos, visiblemente irritada.
—Una cita. Es lo único que pido.
Aira soltó un suspiro entre cansado e impaciente y se limitó a rodar los ojos. Era oficial: Enjoji ya había sobrepasado los límites de su paciencia y solo empeoró cuando escuchó los murmullos confundidos de algunos de sus compañeros.
Probablemente se estaban preguntando por qué demonios Jiji estaba bloqueando la puerta cuando ese ni siquiera era su salón. Genial, ahora corría el riesgo de que la dejara en ridículo frente a su grupo. Si no hacía algo rápido, iba a terminar atrapada en rumores escolares otra vez.
Entonces se le ocurrió algo.
Era una movida un poco riesgosa, pero Aira decidió aprovechar la oportunidad. Si todo salía como planeaba, podría entrar a su salón sin problema y además le daría una lección a Jiji. Un pequeño recordatorio de que él no era el único que podía ser encantador.
Cuando Jiji la vio acercarse a él de forma tan decidida, el aire se atoró en su garganta. Su cuerpo quedó petrificado al sentir los dedos de Aira rozar la punta de su barbilla, lenta y provocadora, antes de ponerse de puntitas y jalarlo de su camiseta hasta que su oreja quedara a unos centímetros de sus labios. Estaba tan cerca, que el aroma de su perfume—fresco y dulce—nubló peligrosamente todos sus sentidos.
—No lo creo, Enjoji… —susurró Aira, su aliento cálido rozando contra la piel de su oreja.
Se apartó lo suficiente para mirarlo: sus ojos cafés estaban abiertos de par en par como si su cerebro hubiera dejado de funcionar. Lo escuchó tragar saliva y Aira no pudo evitar que una sonrisa, discreta y triunfal, se asomara por la comisura de sus labios.
Esa era la señal.
Aprovechó la confusión en sus ojos —evidencia clara del cortocircuito que le había ocasionado— y se deslizó por la puerta con facilidad. Cuando Jiji volvió a reaccionar, Aira ya estaba tranquilamente sentada en su pupitre.
—Okay… eso no fue justo —murmuró Jiji para sí, el corazón latiendo a mil por hora.
Antes de girarse para buscarla, se limpió la nariz con el dorso de la mano con un gesto disimulado. Definitivamente iba a tener que tomarse unos minutos antes de entrar a clases; su corazón aún estaba demasiado acelerado.
—Señor Enjoji, ¿Usted qué hace aquí? Este no es su salón —interrumpió una voz detrás de él.
—Este… yo… —balbuceó Jiji, su mente todavía tratando de recuperarse.
El profesor lo observó con detenimiento, esperando a que el alumno mínimo le diera una excusa decente. Jiji seguía parado al pie de la puerta, como si una barrera invisible le impidiera pasar mientras que los últimos alumnos entraban sin ninguna dificultad.
—Sr. Yoshida, Enjoji me pidió unos apuntes, pero ya se iba. ¿Verdad, Enjoji? —respondió Aira, con un tono cortés y casi angelical.
Jiji miró a su amiga y luego al profesor —quien todavía esperaba una respuesta—, e intentó disimular su confusión. Jamás se habría imaginado que Aira fuera capaz de fingir ese nivel de inocencia con tanta naturalidad después de que casi le provoca un sangrado de nariz.
—Sí, señor. Lo siento, señor. —se disculpó Jiji, torpe y con una reverencia apresurada.
Antes de dirigirse al salón 2-B, Jiji buscó a Aira con la mirada. La vio sentada en su asiento con una gran sonrisa de satisfacción en el rostro, mientras le dedicaba un ademán de despedida, coqueto y juguetón, que le restregaba elegantemente su victoria en la cara.
Jiji negó divertido con la cabeza al verla mostrar tal grado de altanería, intentando reprimir la sonrisa que amenazaba con escapar por las comisuras… pero fue en vano. La curva en sus labios se hizo presente.
La miró una vez más antes de irse y gesticuló con la boca las palabras “Material para novio” mientras se apuntaba disimuladamente a sí mismo con el dedo. Eso hizo que Aira rodara los ojos y mordiera su labio inferior para no reírse. Al parecer no era el único intentando disimular lo mucho que se estaba divirtiendo.
Finalmente, Jiji regresó a su salón y el timbre sonó justo cuando se dejó caer sobre su asiento. El cuchicheo animado de sus compañeros fue disminuyendo cuando el profesor se puso de pie.
—Muy bien, jóvenes, vamos a iniciar —anunció el profesor con un carraspeo mientras comenzaba a anotar una ecuación en la pizarra.
Jiji abrió su libreta e intentó tomar apuntes de las diferentes ecuaciones que el profesor de física explicaba al frente, pero tan pronto tomó su lápiz, dejó de prestar atención. Lo último que escuchó fue algo sobre la ley de atracción gravitacional de Newton.
¿A esto se refería Okarun con lo del juego de las miradas?, pensó él mientras golpeteaba la goma de su lápiz rítmicamente contra su libreta.
Era un pensamiento curioso pero si Jiji ganaba este reto improvisado, Aira tendría que salir en una cita con él y, por alguna razón… la idea no le parecía tan descabellada. De hecho, hasta le parecía que podía ser un experimento bastante entretenido.
Después de todo, Aira era una chica muuuy linda y, aunque eran amigos, su relación tenía la suficiente distancia para que no fuera algo incómodo o “riesgoso”.
Eran la típica pareja de amigos atractivos que no sentían nada romántico entre ellos. Eran los sujetos perfectos. Si podía convencerla de que él podía ser considerado material para novio, tal vez…
—Psst… Jiji —la voz de Momo interrumpió sus pensamientos, curiosa. — ¿De qué te ríes?
Jiji se giró para mirarla. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba sonriendo, aunque notó que su pecho se sentía inusualmente ligero.
—Ah, no es nada —susurró él, sin darle más importancia.
Momo se encogió de hombros y no insistió más.
Mientras tanto, al frente del salón, el profesor continuaba con su explicación, escribiendo fórmulas que Jiji no entendía ni pretendía entender. Su mente estaba a kilómetros de Kamigoe, demasiado ocupada pensando en la estrategia perfecta para hacer que Aira aceptara tener una cita con él.
Tenía que convencerla, pensó.
¿Acaso no era Jiji el “Casanova” del Instituto Kami? Definitivamente, tenía una reputación que mantener. Además, no podía dejarla que se saliera con la suya.
Recordó cómo Aira se había acercado a él en las escaleras, demasiado segura de sí misma, y luego otra vez cuando estaban frente a su salón. El aroma de su perfume todavía estaba presente en sus sentidos y su sonrisa… Esa sonrisa, ladina y triunfal, que le dio después de dejarlo parado como un tonto frente a toda su clase…
No pudo evitarlo, Jiji simplemente volvió a sonreír. Todavía le costaba creer que Aira Shiratori hubiera jugado tan sucio.
Se hundió un poco más en su escritorio. Ya ni siquiera escuchaba la voz del profesor; sus palabras sonaban casi amortiguadas, como si fuera un pez extraterrestre hablándole debajo del agua en un dialecto completamente incomprensible.
Convencería a Aira de tener una cita con él. Tenía que convencerla.
Ahora más que nunca, tenía que desatar todos los encantos de Jin Enjoji y utilizar cada truco del “Manual de Ligue” que tenía a su disposición.
Era la única forma.
¿Quién hubiera imaginado que Jiji había estado preparándose para este momento toda su vida?
