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El auditorio está repleto. El ruido de voces a su alrededor era ensordecedor. Los flashes destellaban cada tanto y Satoru sentía que estaba en el lugar perfecto, el lugar donde siempre quiso estar. El público lo esperaba. Diversos rostros que pronto olvidaría y sonrisas que guardaría en un cajón al llegar a casa.
Cuando su agente da la señal, sale al podio. Los aplausos cortan las voces y Satoru los escucha a través de sus auriculares, es un sonido precioso que siempre está complacido de escuchar.
Dibuja la sonrisa radiante que todos en esa habitación esperan ver en él. Ocupa su lugar asignado y comienza la función con su guitarra colgada de un brazo y el micrófono en frente.
Las palabras salen con naturalidad. Los chistes son parte esencial de su personaje. Sonríe y responde las preguntas que lee en los carteles. Hace lo que debe hacer para mantener a sus fans felices, porque su felicidad es la felicidad de Satoru.
Siempre está libre para sus fans, no necesita nada más que el amor que estos le profesan. Su inspiración siempre surgirá del amor que siente por ellos. Su motivación para levantarse cada día y seguir escribiendo, componiendo y tocando canciones frente al mundo, eran las personas que le aplaudían y coreaban su música.
Cuando termina la función, es cuando inicia el verdadero espectáculo. Cuando debe pararse frente a la cámara, abrazar y saludar. Debe hacerlos sentir el amor que él no siente, porque ellos son la razón de que se encuentre en la cima y por quienes sigue en pie.
Sin sus fans, Gojo Satoru no sería nadie.
Los flashes lo aturden, pero no deja que se filtre. Siempre sonriente, siempre complaciente, siempre perfecto.
Es una rutina a la que se ha acostumbrado. Pararse sobre el escenario con su guitarra, tocar cada canción que ha escrito y que sus fans desean escuchar, hablar con ellos, tomarse fotos, hacerlos felices.
Satoru es feliz con ellos. También lo es sin ellos. No le molesta sentarse en la parte trasera del coche y leer artículos de internet donde los críticos alaban o critican su música para rebajar la euforia de la noche. No le molesta recorrer el pasillo oscuro y vacío, luego de despachar a su chofer y llegar a su apartamento.
Abre la puerta de su apartamento. La misma decoración beige y verde lo recibe, aquella que debe mostrarse perfecta para mantener aquella imagen de artista indie que sus fans esperan de él y que nunca ha pensado en cambiar.
El silencio es roto cuando las pisadas desordenadas golpean la madera. Espera hasta sentir el peso en su espalda, acompañado de los rasguños y mordiscos de su fiel compañero, el único que tiene.
—¡Magnamon! —Una sonrisa genuina se dibuja en su rostro por primera vez en el día. Su perro lo saluda con el mismo ánimo de siempre, Satoru se toma su tiempo para acariciarlo y mimarlo. Luego retira sus zapatos y camina descalzo por el departamento.
—¿Me extrañaste? —Comienza a hablarle mientras el can lo persigue por el departamento. —Lo sé, yo también te extrañe. —Cada palabra era respondida con un ladrido.
—Sabes, debería llevarte conmigo a trabajar algún día. —Levanta sus brazos para alcanzar la parte superior de la alacena, donde guarda las croquetas. —Estoy seguro de que ellos te amarán tanto como yo lo hago.
Sirve la comida en el plato de su mascota. De inmediato Magnamon se lanzó sobre este dejando caer algunos trazos al suelo por su descuido. —¡Hey! Me tocará limpiar eso después. —Lo regaña antes de servir el agua en el tazón de al lado.
Si es sincero no le molesta limpiar el desastre. Puede usarlo como una excusa para quedarse despierto hasta las cuatro de la mañana, aunque no es como si lo necesitará.
Se sienta en el suelo, sus manos se deslizan en el pelaje de su mascota dando caricias mientras su fiel compañero continúa comiendo su comida, ignorante de la necesidad de afecto de su amo.
No lo juzga. Satoru sabe que si él fuera un perro al que le tocará quedarse encerrado todo el día en un departamento, lo primero que haría al ver a su dueño sería comer. Luego pensaría en las necesidades del humano. Al menos es lo que le gusta repetirse.
Cuando está satisfecho, se levanta. Enciende la radio y deja que la melodía lo guíe por la cocina. Baila alrededor de la mesa con el tazón de azúcar en sus manos. Ríe de un chiste tonto que pronuncia el presentador y espera a que el olor del café invada la cocina.
El café sabe igual que siempre: amargo sin importar cuánta azúcar utilice.
Su teléfono vibra sobre la mesa. Satoru deja a un lado su plato y corre a leer la notificación. Se decepciona al ver un mensaje de su manager felicitándolo por la función, luego una serie de publicaciones de sus fans contando la maravillosa noche que habían pasado juntos llegan a su chat.
Satoru apaga el teléfono. Su cena pierde el sabor.
Luego de una semana ocupada y cargada de funciones, Satoru consigue un día libre. Pasea a Magnamon en la mañana, el parque está lleno de familias compartiendo, niños que corren entre los columpios y juegan entre ellos, parejas armando picnics en el césped brillante.
Satoru los observa, se dice a sí mismo que busca en ellos la inspiración para su próximo disco, tal vez podría hablar del amor de aquella madre que se levanta de su banco y corre hasta su hijo cuando lo ve caer del columpio. O del padre que ayuda a su hijo a dar sus primeras vueltas en bicicleta. Incluso, podría cantar como los adolescentes junto al lago comparten un beso tímido con sus mejillas ardiendo.
Se aparta cuando el dolor en su corazón es demasiado para soportarlo.
De camino a su casa las palabras flotan en su cabeza, y se emociona con la idea de ponerse a escribir en cuanto llegue. Pero contrario a sus deseos, las horas pasan y su hoja sigue en blanco, la tinta se seca en su bolígrafo esperando.
Mira por la ventana, los tonos anaranjados del cielo lo llaman, invitándolo a salir de aquella habitación vacía y buscar la inspiración que había dejado escapar en el parque.
Y Satoru lo obedece.
Elige la primera cafetería frente al parque que ve. Se sienta en las mesas de la terraza y le dicta su orden a la mesera.
Las voces a su alrededor le regresan la inspiración. Escucha la conversación entre dos chicas sobre el dilema amoroso que viven y en pocos minutos la tinta pinta su lienzo en blanco, ya no hay dudas, no hay espacios vacíos, solo palabras que pronto acompañarán una melodía y saldrían al mundo.
Su café llega más tarde, y otra taza lo acompaña cuando la primera se vacía.
—¿Está ocupado? —Levanta la mirada y el rostro que encuentra siente que lo ha visto en otro lugar, aunque no puede recordar donde.
—Si. —Responde ya que no quiere compañía, no cuando su inspiración está en su picó más alto.
Pese a su respuesta la persona lo ignora y ocupa la silla vacía. —Hace un día muy lindo como para sentarse en el interior. —A Satoru no le importa.
—Podrías sentarte debajo del árbol si tanto quieres disfrutar del día lindo.
Le regala una sonrisa amable, de esas que ha practicado las veces suficiente para que salga natural. El chico sonríe y sus colmillos se asoman por la comisura de sus labios.
—Ya entiendo porque estás solo. —Es lo único que dice. —Sukuna. —Extiende su mano y Satoru corresponde el saludo de forma automática, como tantas veces ha practicado. —Ryomen Sukuna.
¡Sabía que lo conocía! Satoru no seguía los deportes, no era algo que se esperaría de un artista como él. Pero no había forma de no conocer al jugador de béisbol que encabezaba todas las portadas de revistas que su asesor de imagen leía cuando lo esperaba en el camerino.
—Y tú estás aquí perturbando mi paz. —Satoru evita presentarse. —¿Eso en que te convierte?
La sonrisa de Sukuna se ensancha, ignorando por completo el desaire que Satoru acaba de hacerle. —Bueno, en el mundo existen las personas solas y las que llenan la soledad. Supongo que soy lo segundo.
—Por supuesto, encajas en tu descripción.
La mesera regresó con su tercera taza de café, Sukuna ordena la primera.
—¿Y tú cómo te describirías?
La pregunta lo descoloca. ¿Qué tipo de persona es Satoru? ¿Cuál es su papel en el mundo? No, lo que debería preguntarse es ¿cómo ve el mundo? Satoru ha pasado toda su vida escribiendo historias, dándole ritmo y cantándole al mundo, observando a su alrededor e imaginando vidas que desearía vivir, sentimientos que le gustaría sentir.
Todo sin poder experimentarlo en carne propia.
Para Satoru el mundo se dividía entre las personas que sentían y vivían y las que ponían en palabras ese sentimiento.
—En el mundo existían dos tipos de personas: las que viven una historia de amor, llena de felicidad, momentos de complicidad, cariño mutuo, confianza y todas esas cursilerias que generan interacciones en redes sociales. —La respuesta se escapa de sus labios antes de que su cerebro procese lo que dice. No puede callarse, por primera vez se siente libre para expresar sus verdaderos sentimientos. —Y las que están condenadas a escribir sobre ellas.
—Me imagino que estás en el último grupo. —Sukuna no le deja terminar cuando ya tiene algo que decir.
¡Ouch!
Eso le ofende. No lo negara, pero nunca le admitirá a un desconocido que está condenado a no recibir amor de nadie. Tampoco necesita arrastrarse tanto.
—Por supuesto que no. —Miente. —Ya viví mi historia de amor.
—¿Así? No se nota para nada.
Cuando la mesera le entrega su taza de café a Sukuna, Satoru se siente en confianza de pedir una cuarta taza.
—¿Tú cómo puedes decir que se nota y que no en alguien a quien ni conoces?
—¿Quién dijo que no te conozco? —Por segunda vez en el día, Sukuna lo deja sin palabras. Satoru observa a su alrededor, las personas continúan conversando, tomando café, compartiendo postres y sonrisas sin fijarse en él. Incluso es capaz de reconocer su rostro en la sudadera de alguna chica sentada en una mesa del interior, pero ninguno de ellos es consciente de él. —No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo.
Solo Sukuna parece notarlo.
—Supongo que debo invitarte una taza de café en compensación.
—Las boletas de tu función del martes están agotadas. —Sukuna apoya sus codos en la mesa, formando un muro donde recuesta su cabeza y lo llama a acercarse como si deseara compartir algún secreto. —Seguro podrías esforzarte mejor. Mira que soy muy ruidoso y aquí hay muchos fanáticos del gran Gojo Satoru.
Esa tarde termina con una canción sobre dos enamorados que observan el mundo de diferente color y convierten su romance en un cielo arcoiris.
Y el sábado en la noche, mientras observa el auditorio antes de comenzar su función, su sonrisa se ensancha al reconocer el cabello rojo de Sukuna entre la multitud.
