Work Text:
Yuta no se consideraba un experto en la cocina, pero hacía lo que podía con los ingredientes que encontraba. No lo disfrutaba, pero siempre preferiría un platillo casero antes que ordenar algo.
La cocina olía bien. El arroz se cocía a fuego lento en la olla, había picado las algas secas en cuadros del mismo tamaño y su relleno de atún y mayonesa se veía perfecto a la espera de acompañar los onigiris que prepararía esa noche.
No podía decir lo mismo de su pastel de red velvet.
Siguió al pie de la letra la receta: primero colocó la azúcar en la batidora hasta obtener aquella consistencia cremosa del vídeo, luego el aceite y por último los huevos; uno a uno, como decía la receta, hasta que estuvo bien mezclado.
Hecho la cantidad exacta de colorante rojo y para acentuar el sabor, la vainilla. No es hasta que la mezcla obtuvo el color rojo brillante que deseaba que cierne la harina sobre el bowl junto con el cacao, la pizca de sal y la cucharada de vinagre que recomendaba en el video.
No entiende por qué debe colocarlo, pero lo hace porque él no es experto en cocina.
El molde engrasado lo espera y rellena con la mezcla antes de introducirlo en el horno precalentado. Baja la temperatura a los grados que indica la persona del video y mientras se hornea, prepara el betún.
No le gusta presumir, pero puede decir con total orgullo que es perfecto, su textura es suave y firme, el color brillante le gusta y el sabor no tiene nada que envidiarle a un pastel comprado en una panadería.
Todo le había salido bien. Menos su preciado pastel.
Observa la masa sin forma que saca del horno, es plana, brillante y está cocida. Corta un pequeño trozo y lo prueba. No puede sentirse orgulloso de lo bien que sabe cuando su forma, o la falta de ella, le provoca náuseas.
Yuta solo tenía un trabajo: preparar una cena perfecta, deliciosa y acogedora para celebrar que su novio obtendría una plaza como maestro de arte en una escuela secundaria cercana a su residencia.
Él sabía lo mucho que Toge amaba enseñar y lo difícil, por no decir imposible, que era para una persona con su condición conseguir un empleo decente. Aunque seguía sin ser una certeza que Toge obtenga el trabajo, al final, estaba compitiendo junto a otros maestros que podían escuchar a la perfección a sus estudiantes y no poseían ninguna limitante a la hora de comunicarse.
Y Yuta no puede evitar decepcionarse por haber arruinado su pastel. Ahora no tendrá nada con que celebrar, o consolar en caso de que las cosas no salgan como él esperaba, a su pareja.
Tira los mechones de su cabello con fuerza, mientras deja salir un grito frustrado. Cuando su pataleta termina repite el video y se asegura de enumerar cada paso que ha realizado, sin encontrar el momento en que se ha equivocado. Así que hace lo que mejor puede hacer: culpa a su horno por no calentar lo suficiente la masa.
Está decidido a no dejarse derrotar. Es solo una mala racha, puede arreglarlo.
Saca algunas fresas de su refrigerador, y las corta en trozos pequeños. Enciende la estufa y cuando la olla está caliente y las coloca junto a una taza de azúcar para hacer una mermelada, esta vez se mantiene al pendiente de su preparación y se asegura de que no salga mal.
Cuando está listo lo deja a un lado, corta en trozos de tamaño decente el pastel y busca entre los gabinetes un bowl grande donde coloca algunos de los trozos que ha cortado de lo que debía ser su pastel de red velvet, encima coloca una capa de betún y luego una capa de la mermelada de fresa que ha preparado.
Sigue el mismo patrón hasta que se queda sin pastel. Decora la superficie con el resto del betún y la mermelada, también coloca algunas fresas enteras y algunos trozos de chocolate blanco para hacerlo ver más bonito.
Era un desastre, pero se siente orgulloso de haberlo solucionado.
Lo deja en la nevera para que se enfríe y limpia el desastre que es su cocina antes de revisar que el arroz esté cocido.
Preparar los onigiris es sencillo, lo ha hecho tantas veces junto a Toge que podría hacerlo en ese momento con los ojos cerrados; sin embargo, luego del espantoso intento de pastel decide mantenerse al pendiente de cada detalle.
Los triángulos le salen perfectos, coloca el suficiente relleno y envuelve el alga como tantas veces ha hecho antes. Deja caer algunas semillas de sésamo sobre estos para darle un poco de color y sabor.
Su siguiente tarea es preparar la mesa. Un mantel blanco, sencillo, cuyo borde está decorado con pequeñas flores de lavanda. Deja la bandeja de onigiris en una esquina, coloca los platos y palillos que usarán en sus lugares de siempre, por último, deja un jarrón con girasoles en el centro de la mesa para darle color.
Está listo, le queda hermoso y su fallido pastel no podría arruinar el momento.
Cuando está a punto de ir a alistarse, escucha el juego de llaves sonar en el pasillo y las bisagras de la puerta al abrirse. Corre a la entrada y recibe a Toge con un abrazo, está feliz de verlo y no puede esperar para observar emocionado su movimiento de manos mientras le cuenta cómo le fue en su entrevista.
Pero Toge no corresponde a su abrazo. No sonríe ni se ve emocionado.
Yuta empieza a preocuparse.
¿Es su culpa por arruinar el pastel? O ¿el pastel arruinado fue un mal presagio? Lo único que sabe es que lo tirará a la basura en cuanto logre animar a Toge.
Lo arrastra hasta el sofá, y lo obliga a sentarse, Yuta se arrodilla entre sus piernas, sostiene sus manos acariciando con la yema de sus dedos las palmas y prepara un discurso de apoyo en su cabeza.
Exhala el aire de sus pulmones y comienza a mover sus manos, se ha esforzado durante años por aprender el lenguaje de señas y aunque sabe que no es muy bueno en ello, es la mejor forma que tiene de mostrar su apoyo a Toge.
Le dice que él es demasiado para esa tonta escuela y que ellos han perdido la oportunidad de tener al mejor maestro de arte en su institución.
Toge no debería estar triste por no haber sido aceptado y a Yuta le duele ver aquella amatista empañada en lágrimas de tristeza.
Sus manos se enredan con torpeza, para él siempre es difícil convertir sus pensamientos en señas, pero no se detiene, continúa su labor porque lo único que le importa es Toge.
Imagina su risa, esa que pocas veces ha escuchado y es su única motivación para seguir hablándole en aquel idioma.
—Yuta. —Hasta que su corazón se detiene. Sus manos se quedan paralizadas en el aire y levanta la vista.
Toge lo observa con una sonrisa en sus labios y vuelve a decir su nombre: —Yuta.
Su corazón vuelve a latir, primero lento con dificultad, luego acelera el ritmo y lo único que sus oídos escuchan es el palpitar apresurado.
Es la primera vez que escucha la voz de Toge, sabe que a su novio no le gusta por miedo a molestar a alguien al no poder controlar el volumen de su voz. Pero Yuta ya la ama y desea escucharla por el resto de su vida.
No puede hablar, las palabras no salen. Tampoco se mueve porque su cuerpo no responde a las órdenes de su cerebro. Sólo lo observa, con su visión empañada y el corazón acelerado.
“Solo bromeaba” las manos de Toge se mueven frente a su rostro, es ágil y rápido y le cuesta seguirle el ritmo: “si me dieron el trabajo, no pensé que te pondrías tan mal.”
Le cuesta moverse, pero cuando lo hace envuelve el cuerpo de Toge en sus brazos. Está feliz, no por el trabajo obtenido, sino por haber escuchado la voz de su pareja. Reparte besos por su rostro hasta que se siente satisfecho y le pide volver a decirlo, Toge lo observa con su ceño fruncido, hasta que asiente y con una sonrisa vuelve a decirlo.
—¡Yuta!
Y su pecho se calienta de una forma que nunca antes había sentido.
