Chapter Text
La taberna "El Ancla Rota" era un hervidero de pecado y desesperación. El aire, espeso por el humo de pipas baratas y el olor a sudor rancio, vibraba con un bullicio ensordecedor. Las risas estridentes de las mujeres de la noche se mezclaban con el chocar de jarras de peltre y los gritos de marineros que apostaban hasta su última moneda.
En una mesa rincón, un grupo de lobos de mar con rostros curtidos por el escorbuto se relamían los labios mientras contaban monedas imaginarias. El encargo era sencillo, pero la paga era una fortuna: escoltar al hijo del Conde Shroud hasta las tierras del Norte para un matrimonio por conveniencia.
── Dicen que el muchacho es un engendro del demonio ── escupió el contramaestre, soltando una carcajada que mostró sus dientes podridos. ── Se encierra en su camarote a oscuras, hablando solo y evitando la luz del sol como si fuera ceniza. ¡Un noble que le teme al cielo! ¡Dicen que su cabello tiene el color de las llamas fatuas de un cementerio! ──
── ¡Es un bicho raro! ── gritó una de las mozas desde la barra, burlona.── Dicen que prefiere la compañía de sus libros de alquimia que la de una mujer. ¡Pobre de la novia que tenga que cargar con ese muerto viviente! ──
Las risas estallaron, crueles y ruidosas. Pero el capitán, un hombre de ojos gélidos, golpeó la mesa con su daga, clavándola en la madera.
──Me importa un bledo si el heredero de los Shroud es un loco o un nigromante ──sentenció──. Su padre paga en oro puro por sacarlo de la vista. Zarpamos pasado mañana.──
De pronto, el silencio cayó sobre la taberna como un sudario. Fue un cambio brusco, una presión en el pecho que hizo que el bullicio se apagara de golpe. Fuera, el viento de la costa traía un lamento inusual y las olas golpeaban los muelles con una violencia rítmica, casi hipnótica. Un anciano ciego que tocaba el laúd en la esquina dejó de tocar.
── ¿Pasado mañana? ── susurró una voz temblorosa desde el fondo. ── Capitán... eso es la víspera de la Noche de San Juan.──
El pánico se filtró por las grietas de la confianza. La leyenda de la Dama del Mar emergió de las profundidades de la memoria colectiva.
── ¡No vayas con ella, marinero! ── advirtió un pescador, con el rostro pálido.── Esa noche es suya. Algunos dicen que es una criatura de belleza celestial, con piel de nácar que brilla bajo la luna, capaz de enamorar a los peces y a los reyes... -
── ¡Mentira! ── rugió el cantinero, limpiando un vaso con un trapo mugriento.── Es un monstruo horrendo, una bestia de tentáculos de tinta y ojos de abismo que te arrastra al fondo para devorar tu corazón. No hay mujer ahí, solo hambre y escamas negras. ──
La discusión estalló de nuevo, pero esta vez con miedo. "Su canto es el mal, no caigas en su juego", murmuraban los más viejos, recordando los versos de la canción que prohibía navegar en esa fecha sagrada. Se peleaban por si era una sirena hermosa o un engendro asqueroso, pero ninguno podía dar fe, pues nadie regresaba para contarlo.
El capitán, cegado por el brillo del oro y la ambición de joyas que le permitirían retirarse, escupió al suelo y se puso en pie.
── ¡Bah! Cuentos de viejas para asustar a los niños. Mañana cargamos el equipaje del joven Shroud. Si la Dama del Mar quiere guerra, que venga por nosotros. ──
Esa noche, el grupo de marineros rió por última vez, brindando por una riqueza que nunca llegarían a gastar. Ignoraban que, mar adentro, donde el agua se vuelve negra como la obsidiana, una sombra elegante y letal ya empezaba a entonar su primera nota, esperando el festín que el destino le enviaría en la Noche de San Juan.
─ • ─
El puerto no era más que un borrón de tonos cenizos bajo una llovizna persistente que calaba hasta los huesos. El aire olía a alquitrán húmedo y a la envidia podrida de quienes veían en el apellido Shroud una corona de espinas. Para Idia, cada paso sobre la pasarela de madera del "Leviatán de Hierro" se sentía como una marcha hacia el patíbulo, aquel barco no era un medio de transporte, sino una jaula de madera flotante.
Desde su infancia, Idia había sido el "engendro" de la casa Shroud. Mientras otros nobles se lucían en cacerías y bailes, él se escondía en la biblioteca familiar, sumergido en antiguos tratados de mecánica y astrolabios, con su extraño cabello de un azul pálido que parecía vibrar con una luz propia y antinatural. Para su padre, Idia era un error biológico, una mancha en todo un linaje.
El Conde, se erguía en el muelle como una estatua de mármol frío. Su mirada no buscaba despedirse del hijo, sino confirmar que la vergüenza finalmente se alejaba de su vista.
── ¡Basta de estupideces! ── había rugido el Conde frente a los marineros y nobles que observaban la carga del equipaje.── ¡No me hables de lunas de San Juan ni de cantos marinos! Te vas a Piroxeno, te casarás con el heredero Schoenheit y, por una vez en tu miserable vida, serás de utilidad para este apellido. ──
Idia había intentado protestar, su voz rompiéndose en un tartamudeo nervioso:
── P-pero padre... los mapas antiguos... las corrientes en esta fecha... la D-dama... -
El Conde le propinó un bofetón que resonó en todo el muelle, silenciándolo.
── No eres más que un cobarde que busca excusas para seguir escondido. ¡Sube al barco! ¡Y no vuelvas hasta que seas un hombre casado!. ──
Idia sintió el impacto del bofetón no solo en la mejilla, que ardió como si le hubieran aplicado un hierro candente, sino en el alma. El golpe le hizo girar la cara hacia el muelle, donde los curiosos cuchicheaban. Pudo ver a los lejos la ventana de la alcoba de su madre; las cortinas pesadas estaban cerradas, ocultando el dolor de la única mujer que lo amaba, ahora prisionera de un embarazo que le robaba el aliento. Idia quiso gritar, quiso decir que el mar estaba inquieto, que las corrientes hablaban de un hambre antigua que se despertaba en San Juan... pero solo salió un suspiro roto.
── ¡Mírame cuando te hablo, sombra de hombre! ── el rugido del Conde cortó el viento forzando a ser oído importando de menos los temblores que atormentaban el cuerpo de su primogénito. ── Confío en enviarte a las Tierras de Piroxeno para que los Schoenheit moldeen con su luz la arcilla defectuosa que eres. Si intentas huir, si deshonras este pacto con tus delirios y tus miedos de infante, no habrá rincón en el océano donde mi desprecio no te alcance. ──
Y así sin un abrazo, sin mirar atrás hacia la habitación donde su madre se marchitaba en un embarazo agónico, Idia fue empujado a bordo. Los marineros lo miraban de reojo, haciendo el signo de la cruz o escupiendo al suelo cuando pasaba. Para ellos, llevar al "Ermitaño de los Shroud" ya era un mal augurio, incluso antes de saber la fecha.
─ • ─
Los primeros días fueron un tormento de náuseas y soledad. Idia se encerraba en su camarote, un rincón oscuro donde el único sonido era el crujir del casco. Se había convertido en un espectro dentro del barco, se refugiaba en el rincón más oscuro de su camarote, un espacio angosto donde el moho dibujaba mapas extraños en las paredes.
Allí, se abrazaba a sus rodillas, con su cabello azul un fuego fatuo que no daba calor iluminando débilmente sus dedos temblorosos. Los marineros pasaban junto a su puerta haciendo ruidos de asco lo llamaban "el feto de muerto", el "niño de cristal", convencidos de que su presencia atraería la mala fortuna.
Pero al llegar la víspera de San Juan, el mundo cambió.
Idia subió a cubierta porque el silencio se volvió insoportable. No era un silencio común; era una ausencia total de vida. Al salir, se encontró con la Calma Chicha en toda su aterradora gloria.
El océano se había transformado en una plancha de obsidiana líquida, tan liso que las estrellas se reflejaban en él con una nitidez que mareaba, como si el barco estuviera flotando en el vacío del espacio y no sobre el agua.
El viento murió por completo. Las velas, que antes crujían con orgullo, colgaban lánguidas, como la piel muerta de un gigante, el calor era húmedo, pegajoso, un sudor frío que se adhería a la ropa de seda de Idia. Los marineros estaban inmóviles en sus puestos, con las manos aferradas a los cabos, los ojos desencajados mirando hacia el horizonte donde el cielo púrpura se fundía con el agua negra.
── Ni un soplo... ni un maldito soplo ── susurró el capitán, cuya bravuconería se había evaporado, dejando ver a un hombre aterrado por la superstición.
Idia caminó hacia la amurada, a diferencia de los demás, que sentían un miedo animal, él sentía una atracción magnética, su mente, tan acostumbrada al rechazo y a la oscuridad, encontraba una extraña rima poética en ese vacío.
Se asomó sobre el borde, observando las profundidades. Allí abajo, donde la luz no llegaba, algo se movía. No era un pez, no era una corriente. Era una elegancia líquida, un destello de plata oscura y violeta que danzaba bajo la quilla, acariciando la madera del barco como un amante que afila sus uñas.
De pronto, un sonido vibró desde el casco, subiendo por las plantas de sus pies hasta su pecho. Una nota... Una sola nota musical, tan pura que parecía hecha de cristal fundido. Idia cerró los ojos y, por primera vez en su vida, no se sintió solo. El mar le estaba cantando a él, el bicho raro, el heredero de las sombras.
La Dama del Mar no venía a buscarlos por el oro... venía por algo mucho más valioso.
La melodía no era aire, era líquido. Se filtraba por los poros de Idia, llenando el vacío que siempre había llevado en el pecho. Las palabras eran extrañas, sílabas que parecían burbujas rompiéndose en una lengua olvidada, pero el sentimiento era cristalino.
Por primera vez, alguien o algo parecía entender el peso de su aislamiento. La voz le decía que no tenía que esconderse más, que el abismo también tenía un hogar para los "bichos raros". Idia se abandonó a esa calidez, cerrando los ojos mientras el barco, impulsado por una fuerza invisible en medio de la calma chicha, cortaba el agua con una velocidad sobrenatural.
Pero la paz duró poco.
Un chapoteo pesado a su derecha lo sacó de la ensoñación. Luego otro. Y otro más.
Idia abrió los ojos y el horror le heló la sangre. Sus compañeros, hombres rudos que solo hablaban de tormentas y ron, tenían los ojos vidriosos y una sonrisa de absoluta beatitud. Estaban saltando por la borda como si caminaran hacia los brazos de una madre o un amante.
── ¡No! ¡Esperen! ── gritó Idia, pero su voz era un hilo comparada con la potencia del canto.
Corrió por la cubierta, sus piernas delgadas temblando por el esfuerzo. Intentó sujetar al contramaestre por la chaqueta, pero el hombre lo apartó con una fuerza ciega, buscando el agua con una desesperación suicida. Idia tropezaba con las cuerdas, su corazón martilleaba contra sus costillas con un pánico asfixiante. El contraste era insoportable: la voz seguía sonando hermosa y consoladora, mientras a su alrededor solo había muerte y el sonido de cuerpos golpeando el océano.
En un último acto de desesperación, Idia corrió hacia el timón. El Capitán ya tenía un pie sobre la barandilla.
── ¡Capitán, por favor! ¡No hay nada allí! ── suplicó Idia, agarrándolo del brazo con todas sus fuerzas, pero él era solo un muchacho débil y agotado por el terror. El Capitán ni siquiera lo miró; sus ojos reflejaban un sol que no existía, y con un suspiro de alivio, se dejó caer al vacío.
Idia se desplomó en la cubierta, sin aliento, las manos raspadas y el alma rota. En ese instante, el mundo estalló en un estruendo de madera astillada. El barco se estrelló contra colmillos de roca negra que surgían del mar como lanzas.
Mientras el navío se partía en dos y el agua helada lo reclamaba, Idia levantó la vista. Entre la bruma y los restos del naufragio, una figura colosal se alzaba. Sombras oscuras y extremidades largas, viscosas, que se movían con una elegancia aterradora. Pero lo que quedó grabado en su mente antes de que la oscuridad lo reclamara no fue el miedo a la muerte, sino un par de ojos azul violeta.
Eran dos estrellas ardientes, hermosas y letales, observándolo desde el centro del caos. Idia sintió un último escalofrío: el dueño de la voz lo había encontrado.
