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Trin no había vuelto a Tailandia con intención de enamorarse. Ese capítulo de su vida, creía, estaba temporalmente cerrado.
Después de París y de Claire, se había impuesto seguir el camino profesional que se le había trazado, sin desviarse. Ya conocía las consecuencias de hacerlo.
Pero el beso había ocurrido. Y con él, la presencia constante de Tanwa.
Su vida, antes ordenada —un equilibrio perfecto que le había costado restaurar—, se veía ahora llena de él: se le aparecía en el hotel, en los pasillos de la universidad, en el estacionamiento, bajo el agua de la ducha… y con mayor insistencia, en la noche, en el instante exacto antes de dormir.
Aquel momento —la cercanía de Tanwa, el roce de sus labios— se repetía en su cabeza con una insistencia que le hacía considerar, seriamente, un diagnóstico médico.
Así que consultaba textos, tomaba notas en su cuaderno y buscaba explicaciones racionales.
¿Habría sido la marihuana? No, no, no. Si recordaba perfectamente cada segundo: la cercanía de Tanwa, la temperatura, el aroma a jasmín, el pánico… la ausencia total de ganas de separarse.
Quizás podría atribuírselo a la soledad. Sí, eso debía ser. Trin se había aislado demasiado y, seguramente, la mezcla con la marihuana lo había llevado a ese problema. No era atracción. Solo shock. Una fijación temporal.
Por eso, cuando se sorprendió a sí mismo manejando hasta la tienda de Tanwa, casi quiso golpearse. Pero incluso ese reproche mental tenía un temblor distinto, uno que lo asustaba.
Trin no se enamoraría. No estaba en sus planes. No de Tanwa. No de nadie.
Pero cada vez que cerraba los ojos, el beso volvía. Y con él, la certeza incómoda de que algo dentro de él estaba cambiando. Y que no había forma de detenerlo.
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Aún así, Trin siempre encontraba una excusa profesionalmente aceptable para acercarse.
El proyecto de la planta eléctrica necesitaba urgentemente un cambio en la estrategia de comunicación. Los estudiantes no entendían los beneficios. Así que era necesario ir a Echoes of Euphoria para hablar con el Director General de Relaciones Públicas.
Y si en el proceso se encontraba a Tanwa, era solo una consecuencia lateral de un trámite meramente profesional.
Eso se decía.
Hasta que, por supuesto, Tanwa lo interceptó.
—Solo nos mojaremos, no moriremos —dijo, y antes de que Trin pudiera negarse, lo arrastró al patio bajo la lluvia.
Trin lo vio girar, empapado, sonriendo como si el agua fría fuera el mejor regalo del mundo. Y sintió de nuevo la atracción inevitable instalándose en su pecho.
Tanwa desafiaba todo lo que Trin daba por estable y seguro.
Pero cuando se encontró bajo la lluvia, con el agua corriéndole por el cuello y Tanwa riéndose a su lado, algo cedió dentro de él. Por un instante, mientras se aflojaba la corbata, pensó —con una mezcla de inquietud y alivio— que quizás así se sentía abandonar el control. Dejar que las cosas sucedieran.
Y lo más absurdo de todo: mirando el cielo gris y lluvioso de Bangkok, a Trin le pareció, por primera vez desde su regreso, que se veía un poquito más azul. Y rió junto a Tanwa.
Después, cuando la lluvia pasó y conversaron mojados en las sillas del patio, Trin no pudo dejar de preguntarse si Tanwa veía en él algo que los demás no.
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Era posible que, en el fondo, Trin envidiara a Tanwa, y que eso fuera lo que lo atraía con tanta fuerza hacia él.
Envidiaba la ligereza con la que parecía moverse por el mundo, la sensación de no deberle nada a nadie, su individualismo radical.
El desapego absoluto de Tanwa hacia lo que pasaba a su alrededor era tan fascinante como irritante.
Se atrevió a decirlo en voz alta, en medio del caos mental que suponían sus propias decisiones. Después de que en el auto Tanwa le diera un simple «No necesitas decidir o saberlo todo», y Trin se sintiera, a la vez, cautivado e impotente ante una frase tan sencilla.
— Nunca debes haberte preocupado por nada en tu vida— dijo.
Tanwa solo sonrió, con esa calma que lo exasperaba.
Por eso Trin no esperaba que Tanwa bajara la guardia. No esperaba ver, por primera vez, que debajo de esa fachada despreocupada había alguien igual de complicado que él.
Cuando Tanwa finalmente lo dejó acercarse, cuando Trin entendió que había algo en él que también sabía lo que era perder a alguien, fue él quien cerró la distancia. Y lo besó.
Fue entonces cuando las mariposas que llevaba semanas alimentando con dudas y excusas se liberaron en su estómago. Y sus dedos, sin permiso, se hundieron en el cabello suave.
Nada de esto era perfecto. No entraba en ningún plan, en ningún esquema que Trin hubiera imaginado para sí mismo.
Pero Tanwa estaba ahí, besándolo de vuelta, y por primera vez desde París, Trin sintió que podía saltarse esa línea que él mismo se había trazado. Solo por un momento. Solo por ese beso.
Así que quizás, después de todo, a Trin le gustaba un poco Tanwa. O quizás solo le gustaba esta versión de sí mismo que aparecía cuando Tanwa estaba cerca: una versión que, por una vez, no necesitaba tener todas las respuestas.
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Tanwa lo confundía de todas las maneras posibles. Tanto que Trin había hecho una lista mental, acostado a su lado, mientras intentaba ignorarlo y convencerse de que alejarse era lo correcto:
Primero, y lo más obvio: Tanwa era un hombre. Trin nunca se había sentido atraído por otro hombre, y esa novedad por sí sola removía cosas que prefería no remover.
Segundo: su manera de estar cerca sin estarlo del todo. Tanwa parecía no querer dejarlo en paz y se acercaba de una forma que parecía genuina, pero luego se resguardaba en una distancia emocional que le resultaba frustrante. Justo cuando Trin creía que por fin había algo real, se le escurría entre los dedos.
Y tercero, y quizás lo más desconcertante: porque le atraía incluso con esa camisa estúpida, demasiado pequeña y corta, que a Trin le parecía ridícula y, al mismo tiempo, lo excitaba.
No había lógica cuando se trataba de Tanwa. Y eso lo aterraba.
Así que se acostó a su lado, fingiendo indiferencia. Trataba de convencerse de que no estaba molesto porque quisiera estar cerca de él, sino que todo era culpa de ese juego impredecible al que Tanwa lo sometía.
No. El problema no era que, por primera vez, Trin no hubiera previsto todos los escenarios.
Su mente, entrenada para preveer situaciones, para calcular probabilidades, había elegido ignorar los riesgos. Y ahora sentía el peso de esa negligencia. Odiaba cuánto ya le importaba Tanwa, y odiaba las consecuencias que intuía.
La culpa era suya, por supuesto. Por sentirse atraído hacia alguien que no ofrecía certezas, ni planes, que ni siquiera parecía saber qué día era.
Si Tanwa no iba a tomárselo en serio, él tampoco. Era una decisión defensiva. Un intento de recuperar algo de control.
Pero cuando Tanwa se agitó ligeramente y emitió un quejido, asustado por el ruido de Daeng Toi, la determinación de Trin se resquebrajó.
Y Trin, el economista serio, encontró que ese sonido era lo más adorable que había escuchado en su vida. Y no pudo evitar querer escucharlo de nuevo.
Tampoco pudo evitar extender la mano y acariciarle suavemente el cabello, con una ternura que ni él sabía que tenía. Solo para que Tanwa se calmara y pudiera dormir en paz.
Y cuando sintió que Tanwa se relajaba, que cerraba los ojos como si en ese espacio Trin fuera un lugar seguro contra Daeng Toi, algo se movió dentro de su pecho.
No era esperanza, se dijo. No podía ser. Solo era darse cuenta, con claridad y miedo, de lo vulnerable que se había vuelto cuando se trataba de Tanwa.
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Trin estaba en la oficina de su tío, intentando concentrarse. Pero, como siempre, los pensamientos sobre Tanwa aparecían una y otra vez.
Ya no lo asustaban. Se había acostumbrado a que lo acompañaran en la madrugada, cuando el silencio era absoluto. Y en esos momentos, solo porque su mente funcionaba proyectando escenarios futuros, se imaginaba una vida junto a él.
Sin hijos. Tal vez en París, o en algún lugar de la costa. Lejos de la gente, de los comentarios.
Se los imaginó viejos, sentados frente al mar.
Y fue justo esa imagen, tan clara, tan posible, lo que le hizo pensar que tal vez lo mejor era alejarse ahora. Mientras todavía pudiera. Alejarse de todo lo que arriesgaba al estar con un hombre, de esa vida despreocupada que Tanwa representaba. Antes de cruzar a un punto de no retorno.
Pero si era lo mejor, si lo sensato era alejarse... ¿por qué su mente no podía dejarlo ir?
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Trin creyó, en retrospectiva, que quizás se había enamorado muchas veces durante ese fin de semana.
Pero hubo un momento en el que lo supo: cuando Tanwa, ya dormido, apoyó la cabeza en su regazo. Le había pedido que lo dejara trabajar, y ahí seguía, con el plan de desarrollo a medio hacer —cortesía de Tanwa—. Pero sus dedos, por su cuenta, se enredaron en su cabello. Y fue en la intimidad de esa tarde, acariciándole el pelo con una mano mientras con la otra seguía escribiendo y Tanwa descansaba plácidamente sobre él, cuando Trin se dio cuenta, con una ccalma inesperada, de que nunca, en toda su vida ordenada, se había sentido tan completo.
En ese instante, la pregunta que había estado evitando durante semanas se volvió certeza.
Habría muchas imágenes que guardaría: Tanwa en la puerta de su tienda, despidiéndolo con esa sonrisa amplia, señalándose la mejilla para pedir un beso. Y él, besando el mensaje del origami desde el auto, sabiendo que Tanwa podía verlo todo en su cara: que Trin lo miraba como si estuviera enamorado.
No era la primera vez que alguien lo amaba. Pero sí la primera vez que su cabeza, sin dudarlo, respondía de inmediato: yo también.
Así que eso era. Trin estaba enamorado. De un hombre.
Su yo de hace un año no lo habría entendido.
Y aún así, mientras el auto avanzaba y Tanwa se hacía pequeño en el retrovisor, algo se acomodó dentro de él. Algo tranquilo. Casi obvio.
Tanwa parecía hecho a la medida de sus espacios vacíos.
Eran opuestos en casi todo, pero no se anulaban: se complementaban.
Y en esa certeza silenciosa, mientras la distancia crecía en la carretera, Trin comprendió que Tanwa no sería un amor pasajero. Era como la pieza que siempre había faltado y que, sin saberlo, había estado buscando.
