Actions

Work Header

Sangre de mi sangre, Carne de mi carne

Summary:

En una Nueva Orleans bañada por la lluvia y el hollín, Alastor Magne carga con el peso de cinco vidas sobre sus hombros. Mientras trabaja hasta el agotamiento en el matadero para mantener a flote lo que queda de su familia, su hermana Charlie lucha por mantener la esperanza en un hogar roto por el alcohol y la desesperación de su madre, Lilith.

Entre desayunos de pan duro, turnos brutales de trabajo y una "estática" creciente que amenaza la cordura de Alastor, los hermanos Magne intentan sobrevivir a la Gran Depresión personal de sus vidas. Es una historia de sacrificios extremos, la pérdida de la inocencia y la promesa feroz de construir un lugar donde todos los días puedan ser domingo.

Chapter 1: El eco de la lluvia

Chapter Text

El sonido de Nueva Orleans en noviembre no era jazz. No en este lado de la ciudad, al menos, y definitivamente no a esta hora. El sonido era un gorgoteo constante, húmedo y enfermo; el de las canaletas atragantándose con hojas podridas y el de las botas de los estibadores golpeando el barro como martillos contra carne cruda.

Alastor se detuvo bajo el alero de una tienda cerrada para encender un cigarrillo que no tenía. Buscó en sus bolsillos por inercia, sus dedos largos y pálidos rozando la tela raída del forro, antes de recordar que había dejado el vicio hacía tres semanas. El tabaco costaba cinco centavos. Cinco centavos eran dos barras de pan de ayer o un litro de leche aguada.

Suspiró, y el aire salió de su boca como una voluta de humo blanco, fantasmal.

Tenía dieciocho años, pero su reflejo en el escaparate sucio de la tienda le devolvía la imagen de alguien mucho mayor. Sus ojos, oscuros y hundidos, esa tenían cualidad vidriosa de quien no ha dormido más de cuatro horas seguidas en meses. Llevaba el abrigo de su padre, una prenda de lana gris que le quedaba grande en los hombros y que olía permanentemente a naftalina ya lluvia vieja. Ajustó el cuello, sintiendo cómo la humedad se filtraba hasta los huesos, una estática fría que le recorría la columna vertebral.

El zumbido en su cabeza se puso suave. Bzzzt. Como una radio mal sintonizada en una frecuencia muerta.

Alastor cerró los ojos un segundo, obligando a su mente a callarse. No podía permitirse el lujo de la estática ahora. No antes de llegar a casa. El turno en la carnicería había sido brutal; El señor Paimon había despedido a dos ayudantes esa mañana, lo que significaba que Alastor había tenido que cargar el doble de reses por la misma paga miserable. Sus brazos temblaban bajo el peso invisible del agotamiento, y tenía una mancha de sangre seca, oscura y oxidada, bajo la uña del dedo índice que el jabón de lejía no había logrado sacar.

Se obligó a caminar.

La casa de los Magne se alzaba al final de la calle Royal, una estructura victoriana que parecía estar manteniendo la respiración para no derrumbarse. La pintura, alguna vez blanca, ahora era del color de un moretón antiguo, descascarándose en tiras largas que se agitaban con el viento. Las rejas estaban torcidas, como dientes en una boca rota.

Alastor subió los escalones del porche, impidiendo el tercero, que crujía lo suficiente como para despertar a los muertos, o peor, a su madre.

Giró la llave en la cerradura con la precisión de un ladrón de cajas fuertes. El clic del mecanismo fue el único saludo.

El vestíbulo estaba en penumbra. El olor de la casa lo toque de inmediato: una mezcla de humedad ascendente, madera vieja y ese aroma dulzón y empalagoso del jerez barato que impregnaba las alfombras. No había luz eléctrica encendida; la electricidad era un lujo que racionaban con una disciplina militar.

—¿Alastor?

La voz surgió de la cocina, al fondo del pasillo. No era un grito, sino una pregunta lanzada al aire con la esperanza cautelosa de quien teme recibir una mala respuesta.

Alastor se quitó el abrigo, sacudiendo las gotas de agua sobre el felpudo.

—Soy yo —respondió. Su voz sonó ronca, raspada por el frío.

Caminó hacia la cocina. La luz cálida y temblorosa de una lámpara de aceite bañaba la estancia pequeña. Charlie estaba allí, de espaldas a él, inclinada sobre la estufa de hierro.

La escena era tan dolorosamente doméstica que Alastor sintió una punzada en el estómago. Charlie llevaba un vestido de algodón gris que le quedaba corto en las muñecas, y su cabello rubio, normalmente una cascada brillante, estaba recogido en un moño desordenado, con mechones escapándose por la nuca debido al vapor de la olla.

Ella se giró al oír sus pasos. Tenía las mejillas sonrosadas por el calor de la cocina y una mancha de harina en la frente. Sus ojos, grandes y oscuros, escanearon el rostro de Alastor en un segundo, buscando señales de peligro, de malas noticias, de despidos.

—Llegas tarde —dijo ella, exhalando el aire que parecía haber estado conteniendo. No era un reproche; era un chequeo de realidad.

—Paimon me hizo limpiar la cámara —mintió Alastor con fluidez. No le dijo que se había quedado veinte minutos extra rogando por un adelanto que no le dieron, ni que había caminado de vuelta en lugar de tomar el tranvía para ahorrar esos centavos—. ¿Cómo están?

Charlie se limpió las manos en el delantal.

—Razzle tiene tos. Vaggie le leyó hasta que se durmió, pero está inquieto. Dazzle está bien, solo… irritable. —Hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior—. Y mamá no ha bajado.

Alastor asintió, su rostro volviéndose una máscara inexpresiva. La ausencia de Lilith era una presencia en sí misma, un agujero negro en el piso de arriba que absorbía la energía de la casa.

—Mejor —dijo él, cortante. Se acercó a la mesa y dejó sobre ella un pequeño paquete envuelto en papel de periódico manchado de grasa.

Charlie lo miró con curiosidad.

—¿Qué es?

—Recortes. Huesos, un poco de grasa. Lo que sobró del día. —Alastor se dejó caer en una de las sillas de madera, sintiendo cómo sus rodillas protestaban—. Servirá para el caldo de mañana.

Charlie desenvolvió el paquete con reverencia, como si contuviera joyas y no despojos de animal. Sus manos se movían con eficiencia, separando lo útil de lo desperdiciable. Alastor la observó. No había nada poético en ello, solo la cruda mecánica de la supervivencia. Eran dos engranajes girando en sincronía para que la máquina no se detuviera.

—Siéntate, Al. Te serviré.

—No tengo hambre —dijo él automáticamente. Era su mentira favorita. La decía con tanta naturalidad que a veces él mismo se la creía, a pesar de que su estómago se contraía dolorosamente contra su columna.

Charlie se detuvo. Se giró hacia él, con el cucharón en la mano, y le dirigió una mirada que no admitía discusiones. Era un año menor que él, pero en momentos como ese, parecía tener la autoridad de una matriarca de cuarenta años.

—Comerás —dijo ella suavemente, pero con firmeza—. Hay suficiente. Le puse más agua y las papas que trajo Vaggie de la huerta del señor Husk.

Sirvió un plato de sopa humeante y lo puso frente a él. Era un líquido pálido con trozos de papa flotando como icebergs solitarios, pero para Alastor, en ese momento, olía a gloria.

Charlie se sentó frente a él con su propio plato, mucho más vacío que el de él. Empezaron a comer en silencio. El único sonido era el tintineo de las cucharas contra la loza desportillada y el viento golpeando las contraventanas.

No necesitaban hablar. Habían desarrollado un lenguaje de silencios y miradas a lo largo de los años. Alastor sabía que Charlie estaba preocupada por las botas de Razzle, que ya le apretaban, solo por la forma en que ella miraba hacia el pasillo. Charlie sabía que a Alastor le dolía la espalda y que el zumbido en su cabeza estaba alto, por la forma en que él apretaba la mandíbula al tragar.

—La maestra de Vaggie envió una nota hoy —dijo Charlie de repente, rompiendo el silencio.

Alastor levantó la vista, alerta.

—¿Qué pasa? ¿Hizo algo?

—No, no es eso. Dice que es brillante. Que debería pensar en prepararse para una beca. —Charlie sonrió tristemente, removiendo su sopa—. Una beca, Al. Como si tuviéramos dinero para los libros o el uniforme nuevo que necesitaría.

Alastor sintió una oleada de amargura. Vaggie era lista, afilada como un cuchillo, con un ojo para los detalles que asustaba. Merecía salir de allí. Todos ellos lo merecían.

—Lo conseguiremos —dijo Alastor. Su voz sonó extraña, metálica—. Si trabaja duro, conseguiremos lo que necesite. Haré horas extra en el muelle los domingos.

—No puedes trabajar siete días a la semana —susurró Charlie, mirándose las manos—. Te vas a matar. Y si tú te caes… —Ella no terminó la frase. No hacía falta.

Si tú te caes, nosotros caemos contigo. Esa era la verdad no dicha que colgaba sobre ellos como una espada.

De repente, un ruido sordo provino del piso de arriba. Un golpe seco, como algo pesado cayendo al suelo, seguido de un gemido arrastrado.

Ambos se congelaron. Las cucharas se detuvieron a medio camino. La atmósfera en la cocina cambió instantáneamente; la poca calidez que habían logrado crear se evaporó, reemplazada por una tensión eléctrica.

Alastor vio cómo los hombros de Charlie se tensaban, cómo su postura se encogía, haciéndose pequeña. El instinto de protección se encendió en él, furioso y caliente, desplazando el cansancio.

—Quédate aquí —ordenó Alastor en voz baja. Se puso de pie lentamente, como si cualquier movimiento brusco pudiera detonar una bomba.

—Al, no vayas… déjala —susurró Charlie, sus ojos grandes llenos de una resignación dolorosa—. Si está así, solo te gritará. O llorará. No sé qué es peor.

—Se cayó. Podría haberse lastimado —dijo él, no porque le importara su bienestar emocional, sino porque una pierna rota significaba médicos, y los médicos costaban dinero que no tenían—. Vigila la sopa. Que los gemelos no bajen.

Salió de la cocina y se adentró en la oscuridad del pasillo. La escalera se alzaba ante él, una boca oscura que conducía al vientre de la bestia. Subió los escalones uno a uno, el sonido de sus botas amortiguado por la alfombra raída que olía a polvo y años de descuido.

El zumbido en su cabeza aumentó de volumen. Bzzzt. Estática. Ruido blanco. Era su mente tratando de distanciarse de la realidad, un mecanismo que había perfeccionado desde los doce años. Si oía estática, no oía los insultos. Si oía estática, no sentía el dolor.

Llegó a la puerta del dormitorio principal. Estaba entreabierta. Una luz amarilla y enfermiza se filtraba por la rendija, cortando la penumbra del pasillo. Alastor empujó la puerta con la punta de los dedos, sintiendo la madera fría contra su piel.

El olor a ginebra barata y encierro lo golpeó como una bofetada física.

Lilith estaba en el suelo, enredada en las sábanas que había arrastrado con ella al caer de la cama. La habitación era un caos de ropa sucia, frascos de cosméticos volcados y esa botella vacía que rodaba lentamente hasta detenerse contra el zócalo.

Ella alzó la cabeza al verlo. Su cabello oscuro, una maraña de castaño profundo, idéntico al de Alastor, cayendo sobre su rostro pálido y demacrado. Tenía los mismos ángulos afilados que su hijo, la misma estructura ósea que alguna vez debió ser aristocrática y ahora solo parecía cadavérica.

—Lucifer… —murmuró ella, entornando los ojos vidriosos, incapaz de enfocar—. ¿Volviste?

Alastor se quedó en el umbral, rígido como un poste. La mención del nombre de su padre fue un pinchazo agudo en su pecho, pero su rostro no mostró nada. Era una máscara de porcelana agrietada.

—No soy él —dijo Alastor. Su voz era plana, carente de cualquier inflexión humana—. Levántate, Madre.

Lilith parpadeó, la ilusión rompiéndose bajo la frialdad del tono de su hijo. Soltó una risa que terminó en una tos seca y dolorosa. Se apoyó en los codos, intentando incorporarse, pero sus brazos temblaban demasiado.

—Ah, claro… eres tú —dijo con desprecio, arrastrando las palabras—. El carnicero. Mi pequeño y serio carnicero. Siempre tan… decepcionante.

—¿Te has roto algo? —preguntó él, ignorando el insulto. Sus ojos recorrieron su cuerpo buscando sangre o huesos fuera de lugar con la eficiencia clínica de quien evalúa una res.

—Solo mi orgullo, querido. Y quizás mi corazón, si es que todavía tengo uno. —Lilith hizo un gesto teatral con la mano y luego dejó caer la cabeza hacia atrás, mirando el techo manchado de humedad—. Necesito… necesito algo para el dolor, Alastor. Me duele la cabeza. Me duele todo.

—No hay dinero para eso —cortó él.

—¡Mientes! —gritó ella de repente, con una energía furiosa que surgió de la nada. Se impulsó hacia adelante, gateando torpemente hacia él—. ¡Sé que te pagaron hoy! ¡Sé que escondes dinero! ¡Eres igual que él, egoísta y cruel! ¡Me dejas aquí pudriéndome mientras ustedes…!

Se detuvo para tomar aire, jadeando.

Alastor sintió cómo la estática en su cabeza se convertía en un chirrido agudo. Sus manos se cerraron en puños a sus costados, los nudillos blancos. Podía ver su propio reflejo en la miseria de ella: el mismo cabello, los mismos ojos oscuros. Era como mirar su propio futuro si alguna vez se permitía rendirse.

Dio un paso hacia ella, no para ayudarla, sino para imponer su presencia. A sus dieciocho años, ya era alto, y la sombra que proyectaba cubrió a su madre por completo.

—El dinero es para la comida —dijo, pronunciando cada sílaba con una claridad aterradora—. No hay ni un centavo para tu veneno. Ni uno.

Lilith lo miró, y por un segundo, el miedo cruzó sus ojos inyectados en sangre. Vio algo en la cara de su hijo que la hizo retroceder. Se dejó caer de nuevo sobre la alfombra, sollozando, haciéndose una bola pequeña y patética.

—Soy tu madre… —gimoteó—. Deberías cuidarme.

—Te estoy manteniendo viva —respondió Alastor con frialdad—. Eso es más de lo que tú haces por nosotros.

Se agachó, la tomó por los brazos con un agarre firme pero impersonal, y la levantó del suelo. Ella pesaba muy poco, como un pájaro hueco. La depositó sobre la cama deshecha y le echó la sábana por encima, cubriéndola como si se cubre un mueble viejo que ya no sirve.

—Duerme —ordenó.

Lilith murmuró algo ininteligible y se giró hacia la pared, abrazándose a sí misma.

Alastor salió de la habitación y cerró la puerta. Se quedó en el pasillo oscuro, con la mano aún en el pomo, temblando. La adrenalina se estaba convirtiendo en náusea. Sentia la piel sucia, contaminada por el contacto.

Respira , se dijo a sí mismo. La estática. Sintonízala.

Bajó las escaleras rápido, huyendo del olor a desesperación, huyendo de la imagen de su propia sangre degradada de esa manera.

Cuando entró en la cocina, Charlie ya no estaba sentado. Estaba de pie junto al fregadero de piedra, fregando su plato con una intensidad innecesaria. Sus hombros estaban rígidos. Había escuchado los gritos. En esa casa, el silencio no existía.

Alastor se acercó. Tomó un paño de cocina del gancho y se colocó a su lado.

No hablaron de inmediato. El sonido del agua y el roce de la tela eran los únicos ruidos. Charlie le pasó un plato mojado sin mirarlo. Sus dedos se rozaron brevemente, un contacto accidental, frío y húmedo.

—¿Se durmió? —preguntó ella finalmente, su voz apenas un hilo.

—Sí —dijo Alastor. Secó el plato con movimientos circulares, metódicos—. Estará tranquila hasta mañana por la tarde.

Charlie dejó caer las manos dentro del agua jabonosa y bajó la cabeza.

—A veces… —empezó, y se detuvo, como si tuviera miedo de decir las palabras en voz alta—. A veces desearía que no se despertara. Y luego me siento como un monstruo por pensarlo.

Alastor dejó el plato sobre la mesa y se giró hacia ella. La vio tan frágil bajo la luz de la lámpara, con el peso del mundo doblando su espalda.

—No eres un monstruo, Charlie —dijo con firmeza. Quería poner una mano en su hombro, reconfortarla como haría un hermano mayor normal, pero sus manos aún se sentían sucias por haber tocado a Lilith. Las mantuvieron pegadas a sus costados—. Eres el único que mantiene esta casa en pie. Si tú eres un monstruo, entonces no queda esperanza para ninguno de nosotros.

Ella se giró y lo miró. Sus ojos oscuros estaban llenos de lágrimas contenidas.

—¿Cuánto tiempo más, Al? —preguntó—. ¿Cuánto tiempo más podemos seguir así antes de que nos rompamos?

Alastor miró por la ventana, hacia la lluvia negra que ahogaba Nueva Orleans. No tenía una respuesta. No sabía cuánto aguantaría el dique antes de alquilar. Pero sabía que no podía decírselo a ella.

—Un día a la vez —dijo, repitiendo su mantra—. Solo tenemos que sobrevivir un día a la vez.

Charlie asintiendo, secándose una lágrima furtiva con la manga del vestido.

—Un día a la vez —repitió ella, como si fuera una oración.

Volvieron al trabajo, hombro con hombro, dos niños jugando a ser adultos en una casa que se caía a pedazos, unidos por la sangre y el secreto compartido de su miseria, sin saber que el destino ya estaba afilando las tijeras para cortar el hilo del que colgaban.