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La iluminación blanca de Chaldea me mantiene concentrada en el conteo de las cajas de chocolate. Ritsuka había pedido este favor. Cientos de Servants y pocas manos para preparar una docena de bombones para cada uno, sin contar las medidas de seguridad cuando ella va a entregarlos a uno que otro Berserker.
No me van a pagar lo suficiente para esto.
El gato colocolo a mi lado refregó en mi pierna derecha su cabeza en un intento de llamar mi atención.
—Ahora no, Ngen —dije mientras le acaricio la cabeza.
Al reincorporarme sentí que me tapaban los ojos tocando mis lentes.
—¡Adivina quien es!
Una japonesa que no tiene sentido del espacio personal. Mis cejas se fruncieron mientras me giraba para así mirar a la colorina y limpié sus huellas del vidrio con mi pañuelo.
—Ya conté la mayoría de las cajas, suerte con los Berserkers.
Ritsuka me dio esa sonrisa ladeada que significaba problemas. La chica de moño no planeaba dejarme en paz hasta satisfacer su energía del caos. Y por supuesto, los dulces no eran el tema principal.
—Sólo quería saber si preparaste algo para tu Servant, ¿recuerdas cuando Mash me preparó una sorpresa?
—¿Dónde hizo diecisiete intentos y veintisiete expediciones para tener los materiales? Sí, me sé la historia de memoria.1
—¿Hiciste entonces algo para Su Majestad?
Creo que emití un quejido, porque la otra Master me miró confundida, ¿tan mal era no saber como iba a reaccionar ese tonto dorado con el ego tan grande como el Costanera2? Gilgamesh era impredecible, siempre lo fue, y muy caprichoso también. Si no le gustaba, lo hará saber y no me dejará tranquila en todo el tiempo que estemos unidos por el contrato de Master y Servant.
Al menos me daría crédito por hacerlos de forma artesanal, ¿verdad?
O quizás en vez de chocolate hubiese sido mejor un cojín para el cuello ya que siempre está leyendo reportes medio encorvado al no tener su trono, saltándose las comidas y tener un horario de sueño peor que el mío.
Me despedí de Ritsuka cuando ya todo estaba listo. Fui caminando rápido por los pasillos de Chaldea hasta mi habitación para buscar la caja decorada con detalles dorados, quizá Gilgamesh ni siquiera los note a menos que hoy esté bastante quisquilloso y de buen humor. Pero antes de ir a la odisea me daré una ducha, esperando que el aludido no entre sin permiso.
Odio la idea de que alguien pensó que tener duchas transparentes en una habitación era algo bueno.
Con las energías renovadas salí al pasillo; lo bueno de casi ir terminando el día de trabajo era que podíamos usar ropa más casual, así que pude usar un conjunto que realmente me gusta por comodidad en vez del uniforme de siempre.
Al girar la esquina lo vi.
Cabello rubio adornado por su turbante, una camiseta azul lo bastante corto como para decir que no usaba camisa en primer lugar y sus pantalones rojos que mostraban más de lo necesario. En definitiva, nadie en Uruk le ha dicho lo evidente: es un exhibicionista, peor, ¡lo sabe y le da igual! El rey estaba leyendo un reporte, era fácil saberlo porque frunció el ceño y siempre lo hace cuando nota algo fuera de regla.
Miré la caja de regalo y respiré hondo para darme el valor de acercarme. Cuando me di cuenta que quizá molestarlo era una mala idea, yo ya había interrumpido su lectura y me miraba con esos ojos rojos reptilianos.
—¿Qué? —dijo con esa indiferencia suya, entonces miró mis manos— ¿un regalo para mí?
Asentí y extendiendo los brazos hacía él. No debería ponerme nerviosa, no tenía motivos, sólo era Gilgamesh; sin embargo, verlo levantarse de su asiento para recibir lo que le estaba dando resultó ser intimidante. Giró la caja en sus manos, como si estuviese inspeccionando si era algo que pudiera ser digno de tenerlo en frente y de su tiempo.
Para nada esto me tiene de los nervios, pero no me agrada su silencio. ¿Y si no le gusta? ¡Sabía que debí comprar ese cojín para el cuello como plan B!
Me sobresalté cuando volvió a hablar.
—Oye, ¿estas cajas son la razón de que los Mestizos estén eufóricos?
—Es víspera de San Valentin —dije apuntando los bombones— Es lo mejor que pude hacer.
No. No debí decir eso.
Un gruñido salió de él.
—¡Tonta! ¿Qué crees que voy a hacer con esto?
¡No le gustó! Horas de conseguir el cacao, tostarlo y molerlo a la basura. Ni siendo artesanales los salvó de la critica destructiva de Gil. Bueno, si no los quiere, ¡puede simplemente devolverlos! ¡Además, baja la voz, llamaremos la atención!
—Pero si están hechos a mano...
—No seas estúpida —interrumpió—. no estoy hablando de calidad. ¿Crees que estaré satisfecho sólo con esto? —me alzó la caja sin soltarlo—. ¡¿Planeabas que nuestro banquete durara sólo unos minutos?!
Espera, ¿qué? Su problema no eran los chocolates, sino que fueran pocos. ¿Crees que soy la fabrica de Willy Wonka o qué? Espera, eso no, porque dirá que soy una Oompa-Loompa y… ¡No soy enana! No sé en qué momento mis pies dejaron de tocar el piso, pero él ya me había levantado desde la cintura y estaba caminando en dirección a la sala de simulación.
—No me queda otra opción, yo, el rey de Uruk, ¡te va a enseñar cómo es un verdadero regalo de San Valentín!
—¿¡Qué!? Gilgamesh, ¡bájame en este instante!
—¡Nuestro banquete durará hasta que estemos satisfechos, Mestiza!
—¡Gilgamesh!
Y así fui arrastrada a un paseo por los canales de Uruk...
