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Ella

Summary:

Michelle Evans es el último vestigio de un experimento con niños que el gobierno estadounidense quiere olvidar. Con Jack Conway muerto en dudosas circunstancias y ella, siendo el último testigo con vida de sus atrocidades, termina aceptando que el gobierno que la trató como un objeto desde su uso de consciencia, también decida sobre como va a desaparecer. En aquella reflexión de su vida, no hay rencores ni cargos de consciencia, solo una incógnita muy grande: Un hombre. Uno de sonrisa cínica y desvergonzada que hace muchos años le ofreció huir juntos, a quien ella le debe un copa ¿Morirá sin pagar lo que le debe a ese hombre que siempre obtiene lo que quiere?

Notes:

Digamos que es como un San Valentín de una ship que amo y soy la única en el barco, jandjcgvsfafs.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Michelle Evans pasaba las páginas del informe con suavidad. Sus manos no mostraban un solo rastro de nerviosismo ni reflejaba la perturbación que algunas palabras del escrito le habían provocado. Su rostro era la perfecta máscara blanca y fría que durante años de entrenamiento había esculpido en ella. Ninguna emoción podía reflejarse ni en sus ojos que leían casi de forma automática cada una de las líneas y delineaban las fotografías anexadas con un clip en algunas páginas.

Cuando terminó de leerlo, reposó sus manos a ambos lados del expediente que en esa carpeta beige tenía escrito con letra roja CONFIDENCIAL. Durante unos últimos segundos sostuvo la última fotografía, esa especial donde veía el cadáver de quien en algún momento de su vida consideró un amigo, lo más cercano a ello ¿Familia? No sabía si era el título adecuado ¿Acaso dos seres miserables como ellos podrían haberse llamado de forma mutua “familia”? Esa respuesta era cruda y clara para ella: No era posible.

Esos breves segundos fue lo único de humanidad que se permitió mostrar frente a los dos hombres que estaban delante de ella, frente a esa mesa blanca en esa habitación que se usaba para interrogatorios legales y a veces no tan legales. Ella sabía que había gente detrás de ese cristal observándola, así como también más gente asegurando la puerta. No para evitar que alguien interrumpiera sino para que ella no saliera sin el permiso de esos hombres.

Jamás en su vida necesitó el permiso de ningún hombre, pero desde hace algunos años por errores que ella no debió cubrir se encontraba en una situación donde volvía a ser manejada. El punto más bajo podría considerarse este momento. Por ahora. Michelle se irguió en la incómoda silla y cruzó sus manos sobre el expediente —sobre la foto con ese cadáver— y esperó a que alguno de los hombres con traje negro pulcro y el pin de la bandera de EEUU, rompiera el silencio. Pero no ocurrió, supuso que era necio creer que un hombre tendría ese valor.

—Considero que esto es la versión oficial.

Los hombres parecieron sorprenderse al escuchar su voz, se miraron entre ellos antes de que alguno tuviera la iniciativa de hablar.

—Es el informe final del desafortunado accidente, agente Evans —dijo uno de ellos cuyo rostro rojizo estaba cubierto de arrugas y sus ojos mezquinos azules apenas aceptaban sostenerle la mirada—. Si tienes alguna pregunta que podamos responder, con gusto lo haremos.

Ella rompió sus manos cruzadas con suavidad, tomó la última foto y la acercó más hacia los dos hombres. No pudo evitar que sus labios se apretaran y rompieran su expresión de perfecta e inquietante calma.

—Según su informe y este expediente clasificado que me permiten leer, Jack Conway murió en una desafortunada misión de infiltración en territorio de la franja de Gaza —uno de sus largos dedos dio unos golpecitos contra la fotografía shockeante—. Casi fue decapitado por el impacto y la fuerza de los disparos de un arma de alto calibre, estoy segura de que el médico de la autopsia hizo su mejor esfuerzo para describir detalladamente todo el daño que le causó y que, aun así, Jack intentó vivir, pero su asesino tenía su decisión tomada.

—Los grupos subversivos contra Israel son fuertes.

Michelle casi pudo soltar una carcajada. Ella llevaba confinada durante cinco años, sin tocar campo ni por asomo, ni por casualidad y muy alejada de cualquier documento que tuviera clasificación de alta confidencialidad, pero no era estúpida como para pensar que un grupo subversivo hambriento que luchaba por la liberación de su moribunda nación podría hacerle algo a Jack. Por lo menos no con ese sadismo.

Palestina solo sería un cementerio si alguno de ellos hubiera asesinado al agente Jack Conway, el último niño soldado de Estado Unidos de América. Un experimento que les costó millones de dólares y que no habían podido replicar a esa escala, nunca. Un sabueso perfecto, una máquina de matar que enviaban en las misiones más nauseabundas donde cortar la garganta de un recién nacido era necesario para iniciar una guerra o una excusa para una invasión, no existió otro experimento donde algún pobre niño secuestrado de países destruidos y pobres podría lograr convertirse en eso. Ni siquiera con ella funcionó de la misma forma. Ella era lo que se llamaría la versión femenina, pero mucho menos manejable. O eso le gustaba pensar e ignorar que la razón de su existencia había estado orientada hacia otro fin.

Entonces, si había muerto el último gran perro que Estados Unidos tuvo, un secreto pasado de presidente a presidente desde Kennedy hasta Trump ¿Por qué no había caído fuego del cielo sobre Palestina? Como en Hiroshima, como en Nagasaki.

El Gobierno elimina aquello que no es útil, aquello que no es manejable, aquello que es viejo y ya no proporciona un beneficio.

O aquello que ya tiene un reemplazo.

Y a simple vista, por la forma y la situación donde se encontraba, era obvio que no era ella.

—Fue en la intervención n°151. El Mossad nos ayudó a rastrear a los perpetradores y a presentarlos ante la CIA y Seguridad Nacional—

—Fue él ¿verdad? —Michelle interrumpió al otro hombre, ese cuya sonrisa mientras hablaba se vio turbada y desapareció de su expresión dejando sus ojos grises muertos fijos en los suyos.

Hubo silencio. Michelle regresó la vista hacia la fotografía y no pudo evitar que sus cejas rojizas se contrajeran con suavidad, en un gesto casi imperceptible que nadie que no conociera su forma de ser podría reconocer como tristeza. No lo veía desde hace muchos años, había sido cortada cualquier información con él, y —con certeza—, Jack tampoco había intentado contactarla. La había tratado como un objeto que él también desechó como todos hicieron desde que nació. Había cierta rabia y enojo en ella ¿Cómo un objeto descartado se atrevía a descartar a otro? Y ahora estaba en ese lugar, ella observando una imagen de Jack Conway con la cabeza casi destruida y arrancada de su cuello por completo de forma sádica y cruel, había leído que le clavaron un cuchillo en la garganta, el forense teorizaba que fue la primera herida, limpia, perfecta y con el objetivo de solo causar dolor, pero no asesinar. Su muerte fue un juego divertido para su asesino y con ello —además de la presencia de esos hombres con su ruidoso silencio—, ella podía tener el rostro y el nombre del hombre que lo mató.

Tú hiciste que él ingresara a esto, tú lo metiste. Y ahora pagaste por ello.

Casi parecía una ironía, una grotesca obra teatral donde el final es uno que en el fondo de tu mente esperabas. Porque Michelle Evans tampoco había vuelto a ver a ese hombre desde esa vez —frente a una iglesia— él le propuso por segunda vez huir juntos, no lo había visto en cinco años, y aun así tenía grabada como si un hierro a fuego vivo le tatuara en la mente esos ojos negros profundos e hipnóticos. Los ojos de un asesino. Los ojos de un traidor. Los ojos de un manipulador inhumano.

Alzó la mirada hacia los hombres cuyo silencio se había prolongado demasiado. Si ellos estaban acá y no tenían escrito el nombre de ese hombre en el expediente, si no estaban interrogándola, si no había un cartel con un precio por su cabeza solo podía significar que él realmente había hecho un trabajo digno de la perfección de esa puñalada en la garganta con el que probablemente enmudeció a Jack. O que ellos sabían y estaban de acuerdo.

Lo más aterrador de esas dos posibilidades, era lo segundo porque significaba que ese hombre al que una vez ella conoció como un simple estafador ambicioso con sonrisa desvergonzada y una inteligencia peligrosa, había escalado demasiado durante esos cinco años ¿Hasta qué posición lo había hecho? ¿Cuántos cuerpos como el de Jack Conway había detrás de su paso en búsqueda de poder? Porque era ambicioso, era insaciable, era como un pozo sin fondo donde consumía todo. Ella se lo dijo a Jack, no era seguro traer a ese hombre a la agencia, no podía se podía confiar en un traidor. No en un hombre cuyos ojos negros parecían poder leerte la mente.

El silencio era tan pesado que Michelle cada segundo que pasaba estaba más segura de que estaba en lo cierto en sus suposiciones. Ellos sabían, el director de la CIA sabía, el FBI sabía, Seguridad Nacional sabía y también el presidente. Quizás había sido una orden deshacerse de Jack por su inestabilidad, no, ese hombre no seguía órdenes. Era más probable que había movido sus hilos y susurrado en los oídos correctos para hacer creer que era una idea de las esferas superiores cuando la realidad era que podía haber nacido todo de él. Manipular a la gente para hacerlos creer que las ideas, movimientos o acciones eran de ellos y no orquestadas por él era una de sus muchas cualidades. Lo había hecho con el mismo Jack Conway.

Él te pagó con la única moneda que conoce, Jack. Fuiste tan ingenuo, ojalá encuentres paz donde estés.

—Serás recluida.

Cuando por fin rompieron el silencio, las palabras que usaron fueron frías, sin esa falsa pantomima que al inicio parecían querer mostrarle. No hubo respuesta a su pregunta, no hubo confirmación verbal, pero no era necesario. Michelle había trabajado tanto en ese mundo que comprendía y sabía leer con claridad cada silencio, cada alboroto y cada fotografía de autopsia con un expediente clasificado.

—El Gobierno agradece tu servicio, agente Evans, y tu enorme contribución a la seguridad de este país —hablaba el primer hombre, el anciano cuyas arrugas se marcaban más y más con cada palabra falsa—. Se te brindará todos los honores correspondientes como oficial retirada y también las comodidades en tu reclusión.

—No podrás tener contacto con el exterior, pero no se te va a vulnerar ningún derecho que una persona como tú requiere —agregó el otro hombre ya sin ninguna mueca de sonrisa falsa—. No necesitas tener algún miedo o desconfianza, Evans. El Gobierno confió en ti durante años, confía ahora en nosotros.

Michelle se puso de pie de improviso y por las miradas nerviosas de los hombres junto al sudor de sus frentes, supo que detrás de esa puerta debía haber ya dos o tres soldados con armas en manos listos para ingresar apenas ella moviera un solo dedo.

No era necesario, no haría un drama por una situación que supo que solo tenía dos salidas desde el momento en que entró a esa sala. Cerró los ojos y asintió. La puerta de todas maneras se abrió con un ruido que resonó en la silenciosa sala y lo siguiente que sintió fue unas esposas en sus manos.

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No había sido ejecutada, no había sido llevada a una prisión, pero la situación no era tampoco libertad. Michelle estaba en una habitación donde sus derechos básicos de alimentación, salud y servicios estaban abastecidos. Pero solo ello, solo lo mínimo para mantenerla con vida. Aislada, alejada de cualquier comunicación, y viva.

Estaba sentada en la pequeña cama mientras sus ojos contaban las hojas de árboles que podía ver a través de las rejas de la única ventana de esa celda que no llamaban celda solo por tener más espacio que una común en algún reclusorio femenino. No tenía esposas en las manos ni cadenas en los pies, no vestía de naranja ni a rayas, pero eso no cambiaba que eso era una celda.

En algún momento había perdido la cantidad de días que llevaba en ese lugar o siquiera la esperanza de una muerte que la liberara de un destino donde parecía que no iban a matarla sino esperaban que ella lo hiciera o el mismo destino se encargara. No, por supuesto, EEUU no mataría a su último experimento.

Agachó la cabeza hacia su regazo donde sostenía un libro de poemas, su cabello rojizo sin trenzar y desaliñado cayó sobre su hombro como una cascada rojiza. Llevaba también días sin peinarse, sus fuerzas estaban en su cuerpo, no había sido herida ni golpeada ni torturada, pero había algo en la poca humanidad que le otorgaban que poco a poco mermaba no solo un físico, sino un estado mental donde pensó que no podría ser quebrada. Podría haber pasado un mes, un año, una semana, un lustro o solo una hora, pero siempre eran las mismas 4 paredes blancas, la misma cama sencilla, la habitación que si no fuera por su presencia nadie creería que alguien la había habitado alguna vez, la mesa con dos sillas sencillas, el ropero donde apenas había ropa, la puerta a un baño en el que ella estaba segura de que había cámaras —como en esa habitación—, y esa puerta metálica con una ventana enrejada desde la que se comunicaban con ella.

A veces alzaba también la vista y veía las cámaras que estaban en las cuatro esquinas de la habitación para no dejar un ángulo ciego. Veía esa luz roja que le recordaba que todo lo que hiciera era visto por un grupo de personas que podrían estar evaluando todos los días si podrían matarla o debían esperar un poco más a su suicidio. No quería morir, pero tampoco quería vivir de esa manera.

Pudo haber reído, eso no era siquiera vida. Quizás era un castigo por toda la sangre en sus manos, por todo lo que ella hizo a más personas y escondió detrás de un “son órdenes”. Intentó recordar sus rostros, sus nombres, contarlos, quería tener una cifra exacta para poder condenarse a vivir en esas cuatro paredes durante ese tiempo a modo de penitencia, pero su mente no lograba llegar a ellos. No servía de nada, ellos no volverían a la vida ni su dolor desaparecería, pero por lo menos podría llamarlo expiación.

También pensaba en Jack.

Jack ¿Por qué tenías que confiar en él? ¿Por qué también me abandonaste como Smith? No lloré por tu muerte, no puedo, pero tampoco me alegré. Yo era lo único que te quedaba y me repudiaste.

Y pensar en Jack lo llevaba a pensar en él. Preguntarse por qué no había movido también sus hilos para que un loco irrumpiera ese día en el interrogatorio y le volara la cabeza de un tiro, con su muerte se terminaba cualquier rastro del atroz experimento de los niños soldados. EEUU podría haberlo condecorado. Rio para sus adentros, no se imaginaba a ese hombre frente a Trump recibiendo alguna condecoración. No, ese hombre no era así.

Quizás había desaparecido porque, aunque maneje todo, jamás ha confiado en nadie más que en sí mismo. Quizás estaba en otro país haciendo más destrozos o jugando con las personas como piezas en su propia partida donde él era el jugador y todos eran simples peones que se regían a su voluntad y a su placer.

Su mente la llevaba a recordar siempre sus ojos, su sonrisa desvergonzada y a recordar esas últimas palabras que escuchó después de la segunda vez que le propuso huir juntos:

“Aún me debes una copiña, Evans”

Sus labios se curvaron levemente y se odió por eso. Ese hombre era el único que siempre logró que no controlara ese gesto suyo. Ella se podría considerar como la única persona viva que le debía algo a ese hombre y jamás se lo pagaría.

Supuso que era cierto privilegio del que nadie gozaba. Ni siquiera Jack.

Nunca tenía pesadillas con muertos porque en su larga lista, era ridículo imaginar que alguna muerte pudiera afectarle a estas alturas de su vida, pero en ocasiones Jack se presentaba frente a ella. Con su cráneo destrozado e irreconocible que le colgaba apenas del cuello y le decía que tenga cuidado de ese hombre.

No le pedía que lo vengara, no. Jack sabía que no tenía derecho de pedirle eso a una mujer que abandonó, a una hermana que rechazó. Siempre quiso creer que aún existía honor en él, a pesar de que el mundo donde vivieron no era para personas honorables y nadie les enseñó eso. Tal vez tampoco se lo pedía porque Michelle no lo cumpliría. No existía ese deseo de venganza en ella hacia ese otro hombre.

Cerró el libro y se recostó con él en la cama, en una posición donde parecía intentar consolarse a sí misma a pesar de que ni una sola lágrima salía de sus ojos. No pensaba darle ese show a las soldados que la vigilaban. Solo cerró los ojos y esperó al sueño y las pesadillas. Se acercaba la noche.

Oh, Jack, ojalá hubiera muerto como tú.

Cuando volvió a abrirlos, lo hizo de golpe, pero no movió un solo músculo, creyó haber escuchado un disparo, pero el silencio que la rodeaba seguía intacto. Como una fina, pero fuerte red tejida a su alrededor donde ella estaba presa como un pez.

Sus ojos verdes recorrieron la habitación con rapidez buscando alguna señal de que ese disparo fue real o una pesadilla o incluso un producto de su imaginación. Nada. Todo estaba igual. A pesar de la oscuridad, podía vislumbrar las cosas, las había memorizado al punto de que podría notar incluso si la silla era movida un milímetro. Después de comprobar todo allí, alzó la vista a las paredes.

Y fue el único momento donde Michelle se permitió una emoción después de muchos años, la sorpresa la hizo sentarse con rapidez y con ello el libro con el que se había acurrucado cayera al suelo con un golpe más ruidoso de lo que creyó posible por el silencio sepulcral de su soledad.

Las cámaras de seguridad no tenían esa lucecita roja.

Podía ver la luz de las luminarias que atravesaban la ventana alta enrejada de su puerta metálica. Había luz eléctrica, pero las cámaras estaban apagadas.

Por un momento se tentó a pararse y acercarse, pero otro sonido de disparo rompió el silencio como una copa de cristal cayendo de una mesa. Esta vez no lo había duda de que lo había escuchado.

Más disparos, algunos gritos ¿Qué tan fuertes eran esos gritos que sus paredes insonorizadas permitían que se colaran sus lamentos? A pesar de lo aterrador que eso era, no se movió. Posó sus manos entrelazadas en su regazo y mantuvo su vista hacia la puerta metálica.

Quizás por fin Estados Unidos había decidido que no podían seguir esperando que ella se colgara con las sábanas y con ello diera fin a este teatro. Apretó fuerte los labios y las manos. Había querido morir desde hace mucho, y aun así la idea de que iba a suceder en minutos o segundos, le provocó náuseas. Había humanidad en ella ¿Jack también se habría estremecido cuando ese hombre le clavó la primera puñalada y entendió que no saldría con vida de ese encuentro? ¿Habrá rogado por su vida? Esperaba que no, ella no lo haría. Existía cierta dignidad que Michelle quería para su vida donde se la habían arrebatado a sus tempranos diez años.

Sonidos más fuertes, más cercanos, cada vez más. Y más. Ella apretó más fuerte sus manos. Juntó las piernas y no pudo evitar agachar la mirada hacia su regazo, hacia esas manos que temblaban sabiendo que iba a morir. Siempre quiso ser libre, y era trágico que esa libertad fuera dada con una bala en la cabeza. Podría haber llorado, pero ella no tenía más lágrimas, todas se habían ido en su adolescencia, en sus primeras misiones que solo las niñas soldado pueden realizar.

Un disparo detrás de la puerta metálica y lo supo, estaba allí. Apretó aún más las manos y se obligó a alzar el rostro con esa dignidad que ya no tenía, con esa insolencia y esa soberbia que Jack había llamado inhumanidad cuando era todo lo contrario, era la máscara que Michelle había forjado para no volverse loca por todo lo que ella tuvo que pasar y vivir mientras Jack solo se autocompadecía por haber sostenido un arma y haber matado desde tan corta edad. Ojalá ella solo hubiera matado desde tan corta edad.

Pero ya terminaba, iba a terminar todo. Por fin.

La puerta metálica se abrió de una ligera explosión que destruyó los cerrojos o la clave o lo que sea que tuviera que la condenaba a esa ratonera. Michelle cubrió su rostro con su antebrazo, tenía que haber sido un metal muy grueso para evitar que ella saliera volando con ese impacto. Vio la puerta abrirse de una patada.

Entre el humo, los restos de la explosión y su visión borrosa vio la figura de un hombre entrar.

Completamente vestido de negro y manchas de sangre ajena que oscurecían más algunas zonas, con una AK colgando de uno de sus hombros mientras en el otro tenía munición colgando como si acabara de entrar a una zona de guerra y él fuera la estrella principal. Con sus botas oscuras con pasos fuertes, pisando los restos que volaron con la pequeña explosión, y con una sonrisa que comenzó a ampliarse cuando hicieron contacto visual. Descarada. Desvergonzada. Una sonrisa que parecía burlarse por saber un secreto que todos desconocían.

Freddy Trucazo con sus penetrantes y profundos ojos negros caminó hacia ella como un depredador camina hacia una presa desnuda, herida y lista para ser devorada.

No pensó que él sería, aunque tampoco le pudo sorprender. Freddy Trucazo era un hombre ambicioso. Si había matado al último niño soldado experimento clasificado del gobierno de John F. Kennedy ¿Qué le impedía hacer lo mismo con la única niña soldado que no se ahorcó ni murió desangrada por las violaciones? Era el tipo de hombre que buscaría pasar a la historia por hacer lo imposible.

Ninguno habló durante minutos que podrían haber sido horas. Michelle sosteniendo su mirada y él observándola con esos ojos que siempre habían sido imposibles de leer para ella. No lo había visto en más de cinco años, se había esfumado como un mal latente que sabes que está al acecho, pero no puedes ver. Cinco años sin verlo, pero su rostro atractivo seguía igual, solo una cicatriz en el labio podía dar fe de los años pasados.

—¿Oiste, neno? No toqué tu puerta al entrar, espero que no te moleste esta vez, jefa —rompió el silencio con su voz profunda, con ese acento intrigante y ese tono de voz que la inquietaba, parecía esconder una verdad, o una mentira, o una broma. O todo a la vez.

Michelle no pudo evitar contraer sus cejas rojizas y chasquear la lengua. Solo una vez lo había regañado por entrar a su despacho sin anunciarse. Hace más de cinco años de eso.

—¿Me guardas rencor por eso, Trucazo? —respondió con ese mismo tono de voz que usaba cuando ella era su superior en la agencia. Pronunciar su nombre parecía irreal. Sabía a sangre y a muerte.

Lo vio encogerse de hombros y hacer una mueca que concluyó que era un gesto burlesco.

—Tengo más razones para guardarte rencor ¿Me entiendes, jefa? —desvió su rostro hacia la habitación como haciendo un rápido reconocimiento aún con al AK descansando descuidadamente en su hombro —. Joder, neno. Lo logró, esto es muy interesante.

Ella buscó a lo que Freddy se refería y notó que estaba observando las cámaras que llevaban apagadas desde que Michelle había despertado. O quizás incluso desde antes.

—¿Hiciste eso? —preguntó sin poder evitarlo, ignorando su posición de presa.

Freddy negó.

—Conozco una persona, neno. Podría hacer caer un satélite en nuestras narices si quisiera —vio sus ojos negros brillar con algo que supo reconocer, su ambición inhumana—. A su padre no le va a gustar saber esto, será otro secretiño entre nosotros. Supongo.

No preguntó, siempre supo que había cosas que no debían preguntarse si no querías saber la respuesta. Volvió su vista hacia el frente y Freddy hizo lo mismo. Caminó hacia ella con paso firme, Michelle hizo acopio de todas sus fuerzas para no apretar sus manos con miedo. La presencia de ese hombre era poderosa, intimidante y ella en su posición sentía que la consumía. La envenenaba y la devoraba como la oscuridad devora a una moribunda llama de vela antes de que se consuma.

El hombre se arrodilló hacia un lado, Michelle sorprendida miró hacia él. Por un momento pensó que la apuñalaría como hizo con Jack o rompería su cuello con sus manos fuertes, pero notó que estaba recogiendo el libro que hace horas —o días— Michelle había estado leyendo y dejó caer cuando la conmoción comenzó. Lo vio ver el libro, la portada, las páginas en las que había caído. Revisarlo como si creyera que era una especia de arma escondida, como si creyera que podía tener micrófonos o cámaras.

—Has estado mucho tiempo aquí para leer estas mierdas—dijo, no era una pregunta. Lo afirmaba sin equivocación.

Ella no respondió.

—Nunca te vi con el cabello así, jefa —agregó esta vez posando su vista en ella. A esa distancia tan corta, Michelle podía sentir que Freddy era capaz de ver a través de ella con esos ojos tan inquietantes—, pero no me desagrada.

La mano libre del hombre se movió hacia uno de los mechones rojos que caían desordenadamente sobre sus hombros. Sueltos como un enjambre de rayos rojos que rompían la blancura de la vestimenta blanca que fue su uniforme desde que llegó a ese lugar. No peinó su cabello rojizo, no lo acomodó, siquiera lo acercó a él. Solo lo sostuvo entre sus dedos enguantados, observándolo en silencio como si solo él entendiera lo que estaba haciendo. Lo vio mover con suavidad las yemas de sus dedos que sostenían su mechón de cabello rojizo y creyó ver la sombra de una sonrisa diferente en rostro. Pero se desvaneció con la misma rapidez con la que él soltaba su cabello y lo dejaba caer libre junto al resto.

—¿Sabes por qué estoy aquí, Michelle Evans?

En su voz desapareció cualquier tono juguetón, burlesco e incluso su acento cantarín. Michelle solo asintió.

Entonces Freddy soltó el libro, lo dejó caer sin interés y se puso de pie. Michelle tuvo que alzar su rostro para poder mantener ese contacto visual que se negaba a romper a pesar de sentirse tan expuesta, tan analizada y tan inofensiva como una víctima frente a su verdugo. Verde y negro chocaron. Ella estaba segura de que él estaba reflejado en sus ojos, y haciendo acopio de ese orgullo que Jack siempre describió en ella, se forzó a cerrar los ojos para que ese hombre no fuera lo último que viera.

Se irguió con la postura más digna que podría haber mostrado en su ejecución, relajó su expresión y esperó porque el silencio fuera roto por un disparo que la hiciera caer muerta sobre su cama. No movió ni un músculo, solo esperó a que Trucazo terminara con el dramatismo que le ponía a cada una de sus acciones. Solo esperó. Y esperó. Y esperó.

Pero no hubo disparo, no hubo golpe, no hubo sangre ni tampoco hubo dolor. No hubo nada.

Michelle Evans abrió los ojos y lo que vio frente a ella fue a ese hombre con la sonrisa de autosuficiencia que estaba tatuada en su rostro atractivo. Freddy movió su brazo izquierdo y Michelle creyó que lo hizo a propósito para que sus ojos lo vieran al morir, pero no tomó el AK que descansaba en su otro hombro. Solo estiró su brazo hacia ella, con la palma hacia arriba como si esperara algo.

—Jamás pido las cosas más de una vez, neno. Eres probablemente la única persona en el mundo a la que le estoy ofreciendo lo mismo tres veces —lo vio bufar—. Debes sentirte muy especial ¿Oiste, pituca? Nadie en el mundo puede decir que ha tenido la suerte de que YO pida tres veces.

Ella vio la mano estirada y volvió a ver el rostro de Freddy Trucazo. En esos ojos negros oscuros como la noche más desesperanzadora, vio por primera vez algo que le hizo recordar a ese mecánico que hace tantos años se llevó su auto y le ofreció una chocolatina a cambio de pedirle su número.

—Además —agregó al mismo tiempo que uno de sus dedos se movía haciendo una señal de atraerla—, tú me debes algo, Evans.

Michelle apretó las manos que tenía sobre su regazo.

—Me debes una copiña, guapiña —Freddy dejó de sonreír, sus ojos brillaban como dos piedras preciosas en mitad de la oscuridad que consumía todo. Su presencia era tan poderosa que Michelle se sintió hipnotizada por un momento—. Y yo siempre obtengo lo que quiero.

Por un momento su mente la llevó a otros años. Se vio a sí misma en ese hangar en Los Santos donde un Freddy Trucazo cinco años más joven le sonreía coquetamente con la luz del atardecer reflejándose en sus lentes oscuros. También se vio a sí misma de nuevo frente a esa iglesia, con ese hombre al lado que, sin sonrisa coqueta, pero con ojos profundos tomaba la misma posición que hizo en el hangar. Y que ahora hacía.

“Huye conmigo. Vámonos juntos de esta mierda. Deja a Jack, deja a los altos mandos, deja todo esto y ven conmigo.”

Eran tres veces.

Esta era la propuesta final, no habría otra. Lo sabía, lo sentía.

Es un traidor, solo conoce la moneda de la traición. No hagas tratos con el diablo, no hagas tratos con hombres que no puedes controlar. No hagas tratos con un hombre que te puede manipular. No hagas tratos con un ser que ya no es humano.

Jack había cometido el error de hacer tratos con un traidor y había acabado muriendo de una forma terrible. Ella era más inteligente, era más hábil y era más capaz de poder leer una situación donde su vida iba a terminar tomara o no una propuesta de un hombre que no era confiable. Solo una tonta tomaría la mano de un traidor y lo consideraría salvación.

A pesar de ello, Michelle Evans no supo en qué momento su mano izquierda se movió sin que pudiera pensarlo. Fue un reflejo, un producto de esa hipnosis que parecía ejercer con su presencia abrumadora. Sus ojos con unas lágrimas que pensó que estaban secas desde su tierna juventud la enceguecieron y con fuerza cerró su mano sobre la de Freddy Trucazo, firmando con ello un trato, tomando por fin la única propuesta que ese hombre había hecho tres veces a la misma persona.

Apretó esa mano con fuerza y cerró los ojos por última vez. Lágrimas que jamás creyó existir corrieron por sus mejillas junto con el silencio sepulcral de esa habitación que aún podría convertirse en su tumba porque la mano que sostenía era la de un traidor. Aún esperaba el disparo en su cabeza, el puñal en sus entrañas o en su garganta. Apretó aún más fuerte la mano esperando eso, el dolor, la risa, la sangre y su propia desesperación condensándose en las lágrimas que volvían a brotar de sus ojos después de décadas.

Con sus dedos aferrándose a esa mano envenenada, cruel y traicionera, con esos que podrían ser sus últimos minutos de vida, Michelle entendió la cruda realidad: Quería vivir. Y estaba tan desesperada por vivir que no importaba aferrarse a un hombre que había matado a Jack y cuyos ojos parecían los ojos de la muerte.

¿Acaso este es mi final?

Pensó y un llanto quiso ahogarla, pero se mantuvo fuerte a que solo lágrimas cayeran mudas. La mano enguantada devolvió el agarre tan fuerte que Michelle le dio. Creyó que entonces pasaría, entonces la muerte llegaría y cortaría ese deseo de vivir que nacía en ella en sus últimos minutos de vida. Tan egoísta, tan cruel, tan irónica.

Pero no hubo dolor, Michelle solo sintió un tirón fuerte que la obligó a ponerse de pie y la jaló como quien atrae hacia sí un objeto que no se puede mover. Caminó con torpeza tratando de no perder el equilibrio y siguiendo ese ritmo tosco impuesto.

Fue cuando se detuvo que ella por fin abrió los ojos. Estaba afuera de la celda donde hace horas creyó que moriría.

Freddy Trucazo sonrió con más autosuficiencia, con esa venenosa sonrisa que ella reconocía desde lo más profundo de su ser. Porque donde el mundo la había descartado después de explotarla, donde Jack la había rechazado y desechado; por algún motivo que no lograba dilucidar ni explicar, ese traidor no. Y por primera vez desde que tuvo uso de razón, ella sintió algo que no era rabia, dolor, asco, vergüenza o miedo.

Sintió esperanza.

Michelle Evans por fin era libre a pesar de acabar de venderle su alma al diablo.

Notes:

No sabía si publicarlo porqueeee primero mato al pendejo de Jack Conway que lo mejor que haría sería morirse, pj todo arruinado, y porque siento que estaba un poco ooc mi Freddy, pero luego recuerdo que DE VERDAD le pidió huir juntos dos veces y que DE VERDAD le dijo que "Aún me debes una copiña" así que siento que tan ooc no está !!!!!