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Chocolate untable
Eli x Honoka
Honoka fue la primera en entrar a la habitación, Eli la imitó y cerró la puerta una vez que estuvieron dentro.
Honoka, que parecía estar desmoronándose por los nervios, caminó hacia la cama y se sentó. Estaba rígida como una tabla y Eli no sabía por qué.
—Etto... —Eli dudaba como empezar o qué decir. Era la primera vez que Honoka iba a su departamento en calidad de pareja—. ¿Quieres... quieres un jugo o algo?
Honoka estuvo a punto de decir que no, pero recordó el motivo por el cuál fue a verla y, por una vez, decidió pensar con calma antes que dejarse llevar por el impulso. De esa forma, no tomaría una decisión a la ligera que pudiese complicar la misión que se había propuesto cumplir.
—Sí... quiero un jugo —Honoka titubeó—. ¿Tienes de durazno?
—Creo que sí —respondió Eli, haciendo memoria—. Y creo que también hay de naranja...
—De naranja será —esbozó una suave sonrisa—. Estaré esperando aquí, Eli-chan.
La rusa asintió.
—Vuelvo en unos minutos —anunció, para después abrir la puerta y salir al pasillo.
Cuando Honoka vio que la puerta se cerraba y los pasos de su novia se alejaban pasillo abajo, se palmeó las mejillas para motivarse.
—Vamos, Honoka —se dijo, adoptando una seria expresión—. Viniste aquí a entregar un regalo a tu novia —inhaló y exhaló profundamente—. ¡No lo arruines!
Con eso dicho, acomodó el bolso encima de su regazo, lo abrió, sacó el tarro que estaba dentro y lo miró por unos segundos, Un leve sonrojo abrazó sus mejillas al pensar en lo que haría; pero ya estaba ahí, ya no había vuelta atrás. Además, se moría de ganas por intentarlo y sabía que, de acobardarse y no hacerlo, era probable que se arrepintiera por el resto de su vida.
Tenía que hacerlo y ese era el momento, el lugar, el ambiente y el día preciso.
—Incluso estamos solas —musitó, quitándose la blusa—. Lo bueno es que, al final, suelo aprovechar muy bien las oportunidades.
Cuando Eli estuvo de regreso, llevaba en sus manos una bandeja con dos vasos encima, cada uno repleto de jugo de naranja. Se las arregló para abrir la puerta con una mano manteniendo la bandeja en equilibrio con la otra.
Al entrar y cerrar la puerta tras ella, Eli alzó la mirada y lo que vio la dejó petrificada.
Recostada encima de la cama, esbozando una sonrisa insinuante, se encontraba Honoka, quien solo llevaba encima un diminuto bikini color mostaza de dos piezas. Entre sus manos sujetaba un tarro de vidrio en forma de cilindro con tapa negra de plástico en el que, siendo sinceros, Eli apenas reparó ya que estaba más ocupada mirando y detallando con extrema fijeza la piel desnuda de su novia.
—Eli-chan... —comenzó Honoka, roja hasta las orejas debido a la mirada colmada de emociones que su rubia le dedicaba—. No... no me mires así...
—Me pides demasiado —respondió Eli, en automático. Sus manos comenzaron a temblar, haciendo que los vasos se tambalearan encima de la bandeja y su contenido oscilara, amenazando con derramarse en cualquier momento.
Honoka iba a decir algo más, pero entonces notó como un fino y constante hilo de sangre comenzó a deslizarse desde las fosas nasales de su novia, mojando sus labios, hasta llegar al mentón, desde donde empezó a gotear, manchando la blusa azul celeste que portaba.
Eli ni siquiera se inmutó cuando la mancha de sangre en su pecho empezó a crecer, no hacía falta. Honoka se encargó de reaccionar por ella.
—¡Wah, Eli-chan! ¡Tu nariz está sangrando! —Honoka hizo el intento de levantarse, pero la voz de Eli la detuvo.
—¡Espera, yo me encargo! —Puso la bandeja encima de una mesita que estaba cerca de la puerta y, tomando un pañuelo azulado del mismo lugar, se limpió la nariz rápidamente.
El pañuelo quedó empapado de sangre, inservible desde la perspectiva de Honoka. Sin embargo, eso no pareció molestar a Eli, que puso el pañuelo encima de la mesa nuevamente y, sin inmutarse, se quitó la blusa manchada y la dobló para después colocarla sobre un estante cercano.
La mirada azulada de Honoka empezó a temblar cuando vio que Eli, sin dudarlo, había quedado en ropa interior de la cintura para arriba, mostrando un sujetador blanco que, a su parecer, le quedaba genial.
«Hermosa», pensó Honoka, sin ser consciente de que tenía la boca abierta.
Eli volvió al lugar donde estaba y sonrió ante la expresión de Honoka; ya se hacía una idea de lo que estaba pasando, pero sería mejor confirmarlo con su novia. Después de todo, ¿no era "suponer" uno de los peores errores que alguien podía cometer en estos tiempos?
—Entonces... —Eli ladeó la cabeza—. ¿Qué ocurre, Honoka?
—Ah, ¿eh? —Honoka salió de su ensimismamiento, cerró la boca y dejó ver una tímida risita—. Etto... bueno, Eli-chan, sabes que hoy es San Valentín, ¿no?
Eli asintió.
—Y... que hoy se dan regalos a los amigos, familiares, personas importantes y... a las parejas, ¿cierto?
—Sí, es cierto —el corazón de Eli comenzó a latir con fuerza.
Honoka hizo girar el tarro entre sus manos y suspiró.
—Como novia, quería darte un regalo especial hoy, catorce de febrero, y también quería agradecerte por haberme ayudado tanto con mis estudios de las últimas semanas —hizo una pausa, pensando en cómo continuar—. Esos noventa puntos que saqué en casi todos los exámenes te los debo a tí y... me gustaría recompensarte por eso y por tu paciencia —Honoka tomó aire—. Así que, aprovechando que hoy es San Valentín, quise hacer las dos cosas: darte mi chocolate de pareja y también agradecerte por haberme ayudado tanto.
—Honoka, de verdad, no es necesario que tú...
—¡Si lo es! —replicó Honoka, sacando del bolso, que estaba al pie de la cama, una espátula de plástico que, desde la perspectiva de Eli, parecía más una especie de brocha—. ¡Yo siento que es necesario agradecerte, Eli-chan!
Eli pudo ver esa determinación tan característica de ella bailando en sus pupilas azuladas y comprendió que Honoka no cedería; llevaría a cabo lo que sea que tenía pensado hacer sin derecho a réplica. No tenía caso insistir cuando ya su novia había tomado una decisión, eso era algo que Eli había aprendido de ella con el tiempo.
—Así que, Eli-chan —prosiguió Honoka—, sabiendo que el chocolate es una de las cosas que más te gustan en el mundo...
—Aparte de Honoka —aclaró Eli, lanzándole un guiño.
Honoka dio un respingo y enrojeció ante la información, pero estaba decidida a continuar; así que procuró no perder el hilo de lo que decía.
—Aparte de mí, claro —Honoka colocó la pequeña espátula encima de su regazo y procedió a girar la tapa del frasco—. Decidí que tu regalo debía ser algo como esto.
Tras abrirlo, un intenso olor a chocolate con leche inundó la habitación; provocando que los sentidos de Eli se agudizaran y sus pupilas se dilataran.
Honoka observó esos cambios y supo que iba por buen camino.
—Ven, Eli-chan —pidió Honoka, tomando la brocha y metiéndola en el tarro. Luego, la extrajo y procuró que el chocolate sustraído, espeso y cremoso, no cayera de las celdas a base de silicona—. Acércate, por favor.
Hipnotizada por la escena —porque no todos los días podía ver a su hermosa novia en un sexy bikini, mirándola de esa forma seductora que tanto la excitaba mientras sacaba chocolate de un tarro usando una brocha de plástico—, Eli obedeció y empezó a caminar hacia ella, salvando la distancia que las separaba con lentitud; como si temiera llegar hasta la cama y darse cuenta de que la chica frente a ella no era más que una fantasía, una ilusión de su tórrida imaginación.
—Eso es... —musitó Honoka, sin dejar de mirar con cierta coquetería como su novia se acercaba a ella más y más, con la mirada apagada y tragando seco—. Eli-chan, te ves muy linda incluso cuando tienes ganas de saltarme encima —bromeó y, con un ligero temblor en su mano, el cual evidenciaba que, pese a su actitud, estaba igual o hasta más nerviosa que Eli, dejó el tarro en la mesita de noche que estaba junto a la cama.
Acto seguido, Honoka deslizó la brocha por encima de la pálida piel de su antebrazo, dejando un rastro de castaño encima del mismo. Extendió la crema hacia arriba y hacia abajo, cubriendo toda esa zona, hasta que la brocha quedó limpia.
Para cuando terminó la operación, Eli ya se encontraba frente a ella, mirándola con expectación, deseo y antojo; quería besar a su novia, quería comerla y también quería hacer otras cosas; tenía todos esos deseos batallando en su interior.
Con inusitado cuidado, Honoka puso la brocha encima del tarro de manera que no se cayera. Luego, centró su atención en la rubia que, de pie ante ella, usaba todo el autocontrol que tenía en su ser para no saltarle encima.
—¿Podrías... arrodillarte?!—preguntó Honoka, con el corazón galopando en su pecho.
Se acercaba la parte más esperada, ambas lo sabían y, tal vez, fue por eso que Eli, sin rechistar, obedeció una vez más y se arrodilló ante ella.
—Muy bien, qué buena chica es mi Eli-chan —Honoka le acarició el cabello—. Bien, bien, aquí vamos.
Extendió su brazo, cubierto con la dulce y espesa pasta de chocolate, hacia Eli, que siguió todos sus movimientos con una mirada expectante. No quería perderse nada de lo que su novia estaba haciendo.
—Cómelo —ordenó Honoka, cuyo nerviosismo fue reemplazado por una intensa emoción, era la excitación que le provocaba el hecho de ser ella quién diera las órdenes—. Lámelo todo y no dejes nada, Eli-chan.
Una vez más, y sin decir nada al respecto, Eli obedeció y, acomodándose un mechón de cabello detrás de una de sus orejas, cerró los ojos, acercó su lengua y la pasó por encima del chocolate, llevándose un poco del mismo.
Su reacción fue inmediata.
Abrió mucho los ojos y dejó escapar un «¡Mmm!» desde lo profundo de su garganta. No sabía si era por el momento, por la calidad o porque imaginaba que la piel de su novia le daría el toque; pero, para Eli, ese chocolate sabía a gloria. Presa de la excitación y un repentino frenesí, tomó el brazo de su novia y empezó a lamer y chupar el chocolate untado sobre la blanda y tibia piel, con frenética avidez.
Honoka no se equivocaba, a Eli le encantaba el chocolate y, bajo tales circunstancias, su adicción por el mismo se había hecho más intensa; percibía la golosina más dulce y más fuerte de lo que recordaba.
Después de un rato, Eli terminó su labor.
Dejó el brazo de Honoka limpio y húmedo, mientras que su cara había quedado con restos de chocolate en zonas como la boca, la barbilla y la punta de la nariz.
—Te ves graciosa, Eli-chan —rió Honoka, mientras sacaba un pañuelo naranja de su bolso—. Te limpiaré.
Con cuidado, Honoka retiró las manchas de chocolate del rostro de su novia, que solo la miró con una sonrisa boba plasmada en el rostro. A Eli le habría gustado relamerse lo que le quedaba de chocolate en la cara, pero la chica decidió ayudarla y ella no era quien para negarse.
—Bien, entonces… —Honoka dejó el pañuelo en el bolso y se miró el brazo, que había quedado limpio y ya no estaba húmedo, pues, la saliva de Eli ya se había secado—. Eli-chan, este no es todo el regalo, mejor dicho, el regalo completo no es este.
—Ah, ¿no?
—No.
Honoka tomó el tarro, junto con la paleta de celdas blandas, y se las entregó a Eli, quien las tomó y la miró con una mezcla de ansiedad y expectativa.
—Yo sé… que ya debes tener una idea de qué va todo esto —sonrió de esa forma seductora que servía para encender a la rubia—. Así que, ¿qué esperas? —Honoka se inclinó hacia ella y, con aire confidencial, le susurró—: Puedes ponerme chocolate en donde sea, siempre y cuando limpies esa parte con tu lengua después.
Los zafiros de Eli chispearon a causa del deseo; pensaba en todas las cosas que podrían hacerse con ese chocolate.
—¿Dónde sea, Honoka?
—Sip.
—¿En cualquier parte de tu cuerpo?
—En cualquier parte —Honoka le dedicó un guiño coqueto—. El límite lo pones tú y, por supuesto, debes aprovechar lo que queda ahí —señaló el recipiente, en cuya etiqueta se especificaba que el contenido neto era de doscientos gramos y, aunque la amante del pan había sacado un poco de chocolate al principio, se veía casi lleno—. Por mi parte, no haré nada. No me quejaré y estaré de acuerdo con lo que quieras hacer, Eli-chan.
Eli la miró, incrédula, y luego clavó su mirada en el tarro que tenía en la mano. A su mente llegaron un montón de posibilidades. Tragó seco de solo pensar que podía hacer lo que quisiera con el cuerpo de su novia.
«Lo que sea».
—Recuéstate —ordenó Eli, repentinamente seria—. Vamos a empezar.
«Se sintió muy bien ser quien diera las órdenes», pensó Honoka. «Debería intentarlo de nuevo en algún otro momento».
Ante la manera tan intensa en la que Eli la miraba, Honoka sonrió con algo de temor y obedeció, pues sabía que, cuando su novia entraba en ese modo, las cosas podían calentarse rápidamente. Ahora se intercambiaban los papeles.
Era casi cien por ciento seguro que acabaría gritando debido al placer que, muy probablemente, recibiría por parte de Eli en unos pocos minutos. Había ocasiones en las que incluso debía rogarle a su novia para que parara de estimularle su zona de placer, pues Honoka quedaba tan agotada que sentía que podría desmayarse en cualquier momento.
Eli se acercó a la cama y Honoka bajó la mirada al bien formado busto de la rubia, aún cubierto por el ceñido sujetador blanco. Estaba hermosa y se preguntó como era que ella y Eli habían terminado en una relación. Recordaba que, en el instituto, solían intercambiar miradas y siempre estaban pendientes la una de la otra. Pero, ¿no era eso lo que hacían todas en su grupo de idols? ¿Preocuparse las unas por las otras?
Y, sin embargo, pasaron muchas cosas: Umi y Kotori empezaron una relación, Hanayo y Rin hicieron pública la suya poco antes de la graduación de sus tres senpais; Maki y Nico eran tan descaradas que ni siquiera se esforzaron en ocultar que prácticamente vivían juntas y Honoka y Eli empezaron a salir poco después de que la rubia se graduara del instituto.
Ahora, en su segundo San Valentín juntas, amparadas por esa habitación del departamento donde residía su rusa favorita, Honoka estaba siendo cubierta con pintura corporal de chocolate en la zona del pecho, donde ya no tenía la parte superior del bikini porque Eli, muy amablemente, se lo arrancó sin molestarse en desatarlo primero.
Mientras distribuía, de manera cuidadosa y uniforme, el suave chocolate encima de los lindos pechos de su novia, Eli mantenía una expresión seria y concentrada que a Honoka le parecía adorable. Con cada brochazo, sentía un ligero cosquilleo y la tensión en su interior incrementaba cada vez.
Expectante, Honoka observó como Eli, tras hacer un ruido con la garganta, miraba con satisfacción lo que acababa de hacer. En sus zafiros podía verse cristalizado cierto anhelo.
Iba a decir algo, cuando Eli, en un rápido movimiento, le pasó la brocha por la boca, embadurnando sus labios con chocolate.
—¿Eh? —Honoka se relamió, llevándose un poco de su labio inferior—. Eli-chan, ¿qué…?
Sin dejarla terminar, Eli se inclinó hacia ella y la besó con voracidad, sorprendiéndola. Debió saber que intentaría algo como eso.
Honoka iba a corresponder, pero su novia se alejó un poco de ella.
—Mantén la boca cerrada —ordenó Eli, descolocando a su novia, pero decidió hacerlo igual.
Sin reparo, Eli se acercó de nuevo y lamió sus labios y la comisura de la boca, llevándose la cremosa mezcla. Honoka solo se quedó quieta, sorprendida y excitada en partes iguales.
Después de eso, Eli atrapó su labio inferior y lo chupó con insistencia. Repitió el proceso con el superior, hasta que ya no quedó nada.
—Horosho —canturreó Eli, con su rostro a centímetros del de Honoka, que lucía avergonzada y aturdida.
Realmente, Eli sí que se había tomado en serio lo que ella le dijo de no tener reparos en poner y comer chocolate de donde quisiera.
—Pero, todo el chocolate es mío, Honoka —dijo Eli, de repente—. Y tú comiste un poco justo ahora.
Honoka arqueó una ceja, expectante.
—Lo quiero todo —siguió Eli, frunciendo el ceño—. Saca tu lengua, recuperaré todo lo que pueda.
Con timidez, Honoka deslizó el rosado músculo hacia afuera y Eli, sin miramientos, se la chupó. Efectivamente, había algo de chocolate encima de la misma.
—¡Mmmm! —Honoka no encontraba qué hacer, pues la boca de su novia sorbiendo su lengua le transmitía una sensación tan… curiosa, más no desagradable. Incluso podía sentir los dientes de Eli en torno a la misma.
Finalmente, Eli se la dejó libre y Honoka, al retraerla, la sintió algo entumecida.
—Bien, sigamos —Eli se incorporó y miró el resto del cuerpo de su novia, quien ahora tenía el rostro humeante, pues, todavía procesaba lo que acababa de ocurrir—. Ahora tengo que comer este de aquí —dijo, señalando los pechos de Honoka.
Acarició su abdomen, plano y pálido, sacándole un respingo a la antigua líder. Luego, fijó la mirada en los pechos que, redondos y cubiertos de chocolate, la invitaban a degustarlos. Esbozó una media sonrisa y, se acomodó, una vez más, el mechón de cabello rubio detrás de una de sus orejas para que no le estorbara. Miró el rostro de Honoka, quién, nerviosa y expectante, esperaba ahí, acostada e inquieta.
Finalmente, Eli se inclinó hacia el pecho izquierdo y, sin dejar de mirarla, dijo:
—Gracias por la comida.
Abrió la boca, atrapó el pezón y empezó a chuparlo y lamerlo con frenesí.
Honoka casi se tapa la boca para no dejar salir algún sonido, pero recordó que estaban solas y que no hacía falta contenerse. Así que, con toda la intención de complacer a su novia —pues sabía que a Eli encantaba escucharla—, empezó a suspirar sin aguantarse.
Y, mientras lo hacía, con Eli concentrada en darle atención a sus pechos, Honoka pensó que eso no sería lo último, pues, aún quedaba chocolate en el tarro y, por lo que había podido ver en las maliciosas expresiones que su novia había mostrado, todavía le quedaba mucho por hacer.
La función apenas estaba comenzando.
Fin
