Chapter Text
El castillo de Gokkan, tan solemne como solo él podía serlo, permanecía cerrado y hermético. Todos los prisioneros estaban en el interior; ninguno trabajaba en las minas. Un silencio absoluto lo envolvía todo. Nadie entraba ni salía por las grandes puertas, y el único ruido que se percibía era un leve zumbido mecánico de los Shugods que aguardaban en el exterior. Cinco insectos metálicos permanecían inmóviles, mientras que un Shugod alado situado en la torre más alta del castillo parecía montar guardia.
En el interior, en una habitación al fondo de un pasillo, se oía un rumor contenido. No eran voces ni el trasiego de objetos. Eran más bien los sonidos de una persona respirando de manera pausada, pero con un deje de nerviosismo, mientras se colocaba frente al espejo, alisando la tela de sus ropajes.
Botas negras, altas y lustradas, quedaban parcialmente cubiertas por pantalones de tela de un negro igualmente profundo. El torso lo vestía una camisa que mantenía el mismo tono oscuro, pero sobre ella lucía un chaleco morado oscuro con elegantes patrones que simulaban la silueta de una mariposa. Encima, llevaba un saco abierto de un tono similar, aunque ligeramente más claro, ajustado sutilmente a la cintura. Por detrás, la prenda se alargaba hasta los tobillos, dando la sensación de una capa o un vestido, y creando un conjunto elegante, sobrio e interesante.
Las manos, de uñas cortas pero pintadas del mismo morado del saco, buscaban en una caja que guardaba unas pocas joyas. Lo primero que rescató fue un arete, que colocó en el lóbulo superior de su oreja izquierda. Luego, sacó un par de pendientes colgantes de tamaño mediano, con el emblema del reino, una mariposa de trazos angulosos, los cuales fueron colocados con cuidado. Por último, quedaba la joya más importante: un brazalete plateado con incrustaciones de gemas púrpuras que rodeaba su muñeca y el dorso de su mano derecha. En el centro, el mismo emblema lucía más grande y orgulloso.
Finalmente, dirigió su atención a otra caja que estaba a su lado. Al abrirla, vio cosméticos con señales de poco uso; salvo algunas excepciones, la mayoría eran de tonos sobrios.
Ella se miró al espejo, observando su rostro, su cabello oscuro y corto, con el flequillo ocultando la mitad derecha.
Con lentitud, apartó los mechones, dejando al descubierto sus ojos heterocromáticos: el izquierdo, de un morado profundo; el derecho, de un tono casi plateado, frío y penetrante.
Sus pálidas manos tomaron el rímel y se lo aplicaron con cuidado en ambas pestañas, sintiendo cómo su mirada ganaba intensidad.
Suspiró.
Entonces, se oyó un golpe en la puerta.
— ¡Rita! Soy Hymeno. ¿Estás lista?
La juez de Gokkan se sobresaltó ligeramente ante el ruido repentino que irrumpió en el silencio. Guardó el cosmético que tenía en las manos junto con los demás.
— Pasa. — respondió Rita, con su habitual voz neutra, mientras volvía a acomodarse el cabello.
Cuando la puerta se abrió, la reina de Ishabāna entró, luciendo un vestido elegante de tonos dorados y amarillos, amplio y pomposo, confeccionado con las telas más suaves que podían encontrarse. Sobre sus hombros, un pequeño abrigo blanco cubría sus brazos y cuello, ideal para el frío invierno. Dos trenzas rodeaban su frente, uniéndose en la nuca para convertirse en una pequeña cola alta que se mezclaba con el resto de su cabello castaño, sin ocultar la diadema de flores que llevaba, con el emblema de su reino incrustado en joyería. Hymeno, al ver a la juez, sonrió con evidente emoción.
— ¡Rita, estás genial! — exclamó, sin poder evitar aplaudir.
La juez, al escuchar el halago, no pudo evitar mirarse de pies a cabeza, pasando las manos sobre la tela para alisarla.
— Gracias. — respondió, manteniendo la monotonía de su voz, o al menos intentándolo, pues un leve temblor nervioso se le escapó.
Hymeno, al notarlo, soltó una risa suave.
— ¿Estás ansiosa?
Pero la juez se irguió de inmediato al oír la insinuación.
— ¡N-no! Solo… es un trámite simple. Nada que no haya hecho yo por mi cuenta.
Esa reacción hizo que la reina sonriera, ligeramente divertida.
— Sí, pero tú normalmente sueles estar detrás del escritorio, no delante.
El comentario hizo que Rita desviara la mirada, cruzándose de brazos, evidenciando aún más sus nervios. Hymeno no pudo contener una risa leve antes de acercarse a su amiga.
— Dime la verdad. ¿Qué te tiene tan preocupada?
La voz de la monarca no obtuvo respuesta durante varios segundos. Los ojos heterocromáticos vagaban sin rumbo, como si dudara en confesar.
Finalmente, suspiró, antes de observarse.
— ¿…Crees… que a él le guste?
La pregunta, tan genuina y vulnerable, hizo que Hymeno abriera los ojos con sorpresa. En verdad no esperaba que Rita pudiera sentir inseguridad respecto a su apariencia física. Pero ahí estaba, examinando su ropa, su postura, sus uñas, como si no estuviera segura.
— Yo… soy un caso distinto, en comparación con sus anteriores intentos de conquista.
La mirada de la reina se suavizó.
— ¿Y no has pensado que eso es precisamente lo que lo hace más valioso?
La frente de la juez se alzó con genuina sorpresa, mientras su rostro reflejaba confusión.
— ¿Valioso? — murmuró.
Hymeno, con suavidad, se dirigió al sofá que había en el dormitorio, acomodándose el vestido mientras se sentaba.
— Piénsalo de esta forma. — su sonrisa iluminaba levemente el frío lugar — La atracción física es algo inmediato. Tus ojos se sienten atraídos por lo que consideras bello, pero si tu personalidad no es igual de hermosa, la atracción física puede desvanecerse.
Rita se cruzó de brazos mientras observaba a su amiga, con una ceja levantada.
— ¿Estás diciendo que tu personalidad no es lo suficientemente bella?
La mano enguantada de Hymeno se posó sobre su pecho en un gesto indignado.
— ¡Él no supo apreciar mi bella personalidad, que no es lo mismo! —respondió en un tono levemente ofendido—. Además, a mí nunca me gustó, y a él tampoco le gustaba realmente. Solo veía a alguien con belleza física. Lo cual es natural, si me preguntas.
Y dicho esto, la reina sacudió levemente su cabello con la mano en un gesto vanidoso. Rita seguía observándola con cierta incredulidad, antes de negar con la cabeza y suspirar.
— ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? — preguntó la juez, sin terminar de comprender adónde quería llegar su amiga.
Entonces Hymeno se levantó de nuevo, acercándose y manteniendo su sonrisa.
— Rita, sabes que siempre he creído que es un idiota en muchos aspectos, pero, aunque pase la vida insultándote y llamándote bruja o amargada, los otros reyes… nos hemos dado cuenta de cómo te mira cuando no estás, o de cómo habla de ti cuando no escuchas.
Las mejillas pálidas de la juez se tiñeron de un leve rubor, adquiriendo un tono rosado frío, mientras sus ojos volvían a posarse en Hymeno.
— Además, — prosiguió — si él no quisiera esto, no estaría abajo esperándote.
La reina se inclinó ligeramente, como si fuera a contar un secreto.
— Créeme. Siempre se cree el mejor y muy seguro de sí mismo, pero antes de subir, el pobrecito estaba inquieto. Nunca lo había visto así.
Sus manos comenzaron a arreglar los últimos detalles de la vestimenta ajena, alisando la camisa y el saco.
— Aunque antes no te mirara con esos ojos, porque estaba más preocupado de insultarte que de llevarse bien contigo, ahora… ahora que las cosas han avanzado, ahora que te conoce y entiende tu personalidad…
Hymeno le dedicó una sonrisa suave.
— Bueno… sé cómo brillan los ojos de un hombre enamorado.
El comentario intensificó el rubor en las mejillas de Rita, pero al mismo tiempo, una sonrisa muy sutil escapó de sus labios, señal inequívoca de que, al menos por ahora, estaba más tranquila.
— Vamos Rita, — dijo Hymeno, también más relajada — todos te esperan.
Dicho esto, comenzó a caminar hacia la puerta, emocionándose también un poco por lo que estaba a punto de presenciar.
— ¡Además, traje un ramo de flores! En Ishabāna los usamos en estos eventos.
— ¿Qué? ¡Pero si no necesito flores! — replicó Rita, mientras salía de la habitación.
— ¡Vamos, Rita! ¡Quedarán bonitas!
La juez se detuvo unos segundos, antes de soltar un suspiro profundo y resignado, cerrando la puerta tras de sí.
