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—Interpreten que los diálogos en cursiva son en italiano.
Espera que el semáforo peatonal cambie a verde para cruzar hacia el restaurante donde ha quedado con Will, dando pasos largos y seguros para llegar lo más rápido posible.
Y es que lleva diez minutos de retraso, comportamiento completamente entrañable en él dada su puntualidad, y, que seguramente, tendría de mal humor a Will.
Ocho meses han pasado desde que le había ofrecido escaparse juntos a algún lugar del mundo con sus perros, terminando por ahora en Florencia, Italia, la ciudad de origen de su madre.
Mencionar la opción de llevar a sus perros no hizo más que Will terminara cediendo a sus conflictivos sentimientos, iniciando la transformación de su relación a algo más íntimo, sentimental. No sabe si puede catalogarlos como pareja, pero sí como compañeros. Los toques que solía darle a Will en el pasado no hicieron más que aumentar durante el último tiempo, siendo recibidos de manera pasiva por el exagente; Will nunca iniciaba el contacto entre ellos. A pesar de su incremento, no pasaban de ser caricias leves como tocar sus hombros más tiempo del debido, atrapar alguna de sus manos al caminar por las calles de la ciudad, enredar sus dedos en los rizos que estaban ganando extensión, y tomar su rostro por debajo de sus orejas para depositarle besos estáticos en sus labios, ya que, a pesar de haber vivido una experiencia totalmente desenfrenada aquella noche en su cocina, Will había creado una distancia física entre ellos abismal, tomando sus toques sin resistencia, pero mostrándola una vez aumentaban hacia algo más afectuoso.
No es algo que le termine de afectar. Sabe que debe estar pasando por alguna crisis existencial respecto a su sexualidad, por lo que, solo le basta con entregar las caricias suficientes para preservar la compañía de Will.
Ya que, independiente de sus crisis, el hambre de contacto físico sigue mostrándose en él.
La campanilla en la puerta del restaurante anuncia su llegada, percibiendo el aroma cálido de los granos de café junto con la esponjosa sensación al hornear postres. Una mujer lo recibe en la recepción, quitándose las gafas en el momento en que le sonríe. Le pregunta en italiano si tiene alguna reserva y a nombre de quién, recitando el nombre ficticio adoptado por Will.
—¿Le gustaría convertirse en miembro exclusivo? Necesitaríamos su nombre y número de contacto.
Exhala por la nariz al alcanzarle el aroma picante del coqueteo, admirando el provecho que la mujer puede sacarle a su trabajo para intentar conseguir su número telefónico.
—Gracias, pero tendré que rechazarla. Con permiso.
Se adentra al lugar iluminado por tonalidades cálidas gracias a la lámparas que cuelgan del techo como también de los pequeños rayos de sol otoñales filtrados por las ventanas, examinando cada puesto para encontrar a su compañero. Ignora las miradas ajenas junto con los murmullos, divisando al fondo aquella existencia que le corta la respiración, relamiendo sus labios para esconder la sonrisa que quiere asomarse. Desliza sus pies siguiendo la línea de la barra, tensando todo su cuerpo al sentir como una mano se posa en uno de sus hombros deteniendo todo movimiento. Se encuentra con una mujer elegante, quien viste un vestido largo con un corte en una de sus piernas, dejando a la vista la suavidad morena de su muslo. Su perfume reluce con notas de jazmín y un ligero toque chispeante cítrico, viéndola parpadear con lentitud.
—Vaya, la gracia divina de Dios en persona. Creo que lo que estabas buscando lo tienes frente a ti, querido.
—Me halaga, pero Dios no es tan misericordioso. Me están esperando.
Sonríe y toma su mano con delicadeza para alejarla de su cuerpo, notando como mira en dirección a Will. Sus labios se aprietan formando una línea recta, dando un paso atrás. Retoma su andar con la mirada fija en la existencia más fascinante del lugar, notando una taza de café vacía acompañando a una recién servida en su mesa. Se detiene frente a él esperando por su mirada, inhalando de manera profunda una vez la obtiene.
El azul oceánico resplandece con más profundidad, percibiendo la tormenta que se desata al mirarse. La postura de Will denota serenidad y un control absoluto de sus emociones, pero sus ojos lo delatan.
Está molesto.
No. Furioso sería más correcto.
Y celoso.
Inhala con fuerza al notar la esencia picante que recuerda haber sentido en el pasado cuando Will se lo encontraba con Alana, controlando la sonrisa de regocijo al ser el causante de aquellas turbulentas emociones.
Le fascina ser testigo del impacto que tiene sobre Will.
—Quince minutos tarde —su voz sale con reproche, levantando las cejas—. Me imagino que las mujeres que se interpusieron en tu camino son la causa de tu retraso.
Tiembla al recibir su enojo, y algo similar a una tensión excitante baja a sus caderas.
Will es fascinante.
—De hecho fue el tráfico hacia acá —indica moviendo la silla para tomar asiento frente a él—. Tuve que estacionar el auto unas cuadras más abajo y llegar a pie. ¿Ya ordenaste?
—Acabo de perder el apetito.
—No puedes llenarte solo con café, Will.
—Debiste llegar a la hora.
Ya no puede reprimir más su sonrisa.
Es una criatura sumamente grosera y violenta.
—Te divierte, ¿no es así?
—¿Qué cosa?
—Ser el centro de atención —gruñe—. Especialmente de las mujeres.
—Will… —suspira y sostiene su mirada—. No hay necesidad de que sientas celos. Mi existencia resuena solo contigo.
El océano tormentoso en sus ojos logra ser calmado apenas, tomando de su café y desviando su mirada hacia el hombro en donde la mujer del vestido largo lo había tocado. La posesividad brilla esta vez, surgiendo la necesidad de reafirmar sus palabras pero decide reprimirlas.
La taza hace un ruido estruendoso al tocarse con el plato de porcelana, imitando sus movimientos al levantarse de su asiento. Will se acerca y posiciona su mano en aquel hombro tocado por la extraña mujer, levantando su vista ante la pequeña diferencia de estatura. Su respiración se estanca cuando reduce sus distancias aún más, sintiendo el aliento cálido y adornado por el café recién ingerido. Pestañea con lentitud y se pierde en el movimiento que realizan sus labios al separarse.
—¿Quién dice que estoy celoso?
Susurra y sonríe, apretando su agarre para luego separarse por completo, dejándolo estático en su lugar. Le toma solo tres segundos recomponerse, exhalando y girándose en su dirección, notando que las miradas ajenas ya no van hacia él, sino a aquel hombre iracundo que paga sus bebidas consumidas, para luego salir del restaurante.
.
Desde que se percató de los celos de Will por su relación con Alana había definido el objetivo de indagar más en ellos en el futuro, siendo ahora el momento.
O eso había pensado.
Durante el viaje de regreso a casa un silencio tenso los envolvió por completo. No es como si fuera la primera vez que vivieran algo así, pero es distinto. Hay algo diferente en Will. Se remueve un poco incómodo al no lograr descifrar la diferencia ya que Will no lo ha vuelto a mirar a los ojos desde su acercamiento en el restaurante, saliendo de sus pensamientos al sentir como la manada sale disparada una vez abre la puerta de la casa, saludando a ambos hombres. Acaricia cada lomo hasta que se adentra al lugar que se ha convertido en su hogar en los últimos meses. Cuelga su abrigo en el perchero mientras Will hace lo mismo.
—¿Qué quieres para almorzar?
Pregunta, recibiendo un portazo como respuesta. La acción aturde sus sentidos, mirando la madera barnizada de la puerta mientras el silencio vuelve a acompañarlo. Divisa por la ventana lateral como Will llama a sus perros y se encamina por el sendero que da hacia el bosque donde suele pasearlos, comprendiendo sus acciones. Necesita tiempo. Suspira, y se dispone a cocinar de todas formas.
Porque sabe que cuando vuelva del paseo tendrá hambre.
Los paseos con los perros suelen durar máximo dos horas, pero el actual se extiende el doble, surgiendo una ligera intranquilidad al notar como se oscurece en el exterior y Will aún no aparece. Aleja los pensamientos que trazan un posible abandono preparando un postre como comida extra en caso de que a su compañero no se le apetezca lo que había realizado como almuerzo.
Saca el dulce del horno al mismo tiempo que la puerta de la entrada es abierta. Los perros llegan a su alrededor ante el aroma cálido de la masa horneada, ladrando por recibir de sus caricias mientras Will aparece por la entrada de la cocina. Su corazón retumba con fuerza una vez sus miradas se encuentran, aliviando la sensación incómoda que había estado surgiendo en los últimos minutos.
El océano tormentoso de sus orbes se ve más calmado, limpiando sus manos con un paño de cocina para acercarse a él.
—Will.
Murmura y se deja llevar por la ansiedad de su cuerpo, extendiendo una de sus manos para tomar su rostro y confirmar que ha vuelto a su lado, pero su toque no se concreta al notar como frunce el ceño y se aleja.
—¿Qué haces? —exclama y pone distancia con uno de sus brazos—. No te atrevas a tocarme.
La tormenta resurge con fuerza junto con la intranquilidad en su pecho.
Ya no le parece divertido indagar en los celos de Will.
No es primera vez que experimenta su rechazo, pero esta vez duele un poco más. Un poco bastante. Y más aun cuando en los últimos meses Will había estado recibiendo sus caricias sin resistencia, mostrándola en estos momentos.
Cierra su mano y la deja caer a su costado, resurgiendo aquella vieja máscara estoica que solía usar en su pasado.
—¿Almorzaste?
—Sí —asiente mientras acaricia el lomo de Winston—. Me daré un baño y dormiré. Usaré la habitación de invitados.
Otro rechazo, y este logra hacer sangrar su corazón.
Su estómago se cierra y es ahora él quien pierde el apetito, viéndolo irse otra vez de su lado.
Sus ojos escuecen.
Lo sigue escaleras arriba, recibiendo otro portazo al encerrarse en el baño.
—Will —golpea y escucha como corre el agua de la ducha.
—No quiero hablar, Hannibal.
—Will.
—No, Hannibal. Mañana hablamos.
Todo intento de entablar alguna conversación se ve terminado por sus palabras, mirando la miserable puerta que los separa.
Si quisiera podría derribarla. Pero no lo hace ya que decide respetar su decisión.
Se aleja y baja hasta la cocina, mirando la masa horneada esperando a ser terminada.
Y, como el hombre imperturbable que es, o era, termina de preparar el postre que quizá nadie comerá, añadiendo el chocolate junto con frutos rojos como frambuesa y arándano.
Porque prefiere terminarlo a que dejar un platillo a medias.
Intenta no seguir los movimientos en el segundo piso, tomando asiento en el sofá de la sala de estar con una copa de vino tinto en sus manos. Su corazón late contra su adolorido pecho, calmándose con el alcohol de la bebida y las últimas palabras de Will.
Mañana podrían arreglarse, o separarse.
Siempre era así cada vez que Will se molestaba. Hiriente con sus palabras y acciones gélidas, no dudando ni un segundo en establecer aquella muralla entre ellos. Se cierra. A diferencia de otras molestias, cuando se trata de él, Will se cierra y no es comunicativo. Sabe que es su mecanismo de defensa, la estrategia que suele utilizar su cerebro para resguardar su seguridad, pero duele. Porque no solo le basta con vivir cada día a su lado sin saber qué son exactamente, con la incertidumbre que no hace más que crecer a medida que su convivencia continúa, sino que debe experimentar aquella especie de ley de hielo de su parte cada vez que se fastidia con él. Y le molesta, le molesta como sus acciones repercuten en su bienestar, alterando sus emociones y haciéndole pensar lo peor.
Porque a pesar de que Will aún se ha mantenido a su lado y recibe sus caricias con pasividad, nadie le asegura que se quede para siempre a su lado.
Will es volátil, impredecible y curioso. Fácilmente podría abandonarlo para ver su reacción por mera curiosidad.
Igual que él.
Toma otro trago.
Definitivamente ya no le estaba gustando el Will celoso.
Sus sentidos siguen los movimientos del hombre en el segundo piso, escuchando la puerta de la habitación de invitados ser abierta y cerrada. Sonríe mientras sus ojos lagrimean con facilidad ante el alcohol en su cuerpo, llegándole el peso de la realidad que tendrá que afrontar.
Dormir solo.
Volver a dormir solo después de hacerlo acompañado durante cinco meses consecutivos.
El dolor en su pecho se siente desgarrador, como si la distancia entre ellos hubiera arrancado una parte de él.
Se siente incompleto.
No sabe exactamente cuantas copas de vino toma, pero sí que logra acabar la botella completa alrededor de una hora. Pasea sus manos por su rostro y se levanta.
No hay mucho que pueda hacer más que esperar a que llegue el mañana.
Se dirige a la habitación principal, aquella donde solía dormir con Will, cambiándose a pijama de invierno ya que cada vez que duerme solo su cuerpo tiende a bajar de temperatura. Se percata que ningún perro está ahí, sintiéndose orgulloso por la fidelidad mostrada hacia su amo. Las sábanas que antes eran cálidas se sienten frías, recorriéndole un escalofrío por toda su columna. Se recuesta en el lado derecho, aquel que le corresponde a Will, enterrando su rostro en su almohada para encontrar algo de alivio en el aroma residual en ella.
Lo encuentra, y puede sentir que a pesar de la baja temperatura que lo rodea, puede conciliar el sueño.
El aroma de Will es ligeramente achocolatado, con notas dulces de manzana roja. Similar a un café con leche por la mañana, con un pequeño toque de avellanas ahumadas. Le gusta. Es reconfortante. Cada vez que puede olerlo se relaja, envolviéndolo en una sensación de ensueño. Como ahora.
Se sobresalta al sentir como la puerta de la habitación se abre, girando y entreabriendo sus ojos somnolientos solo para divisar una figura oscura difusa.
—¿Will?
La figura se recuesta a su lado, y el aroma tostado se intensifica.
Efectivamente es Will.
El hombre tiembla y extiende una de sus manos solo para agarrarlo de su camisón de dormir. La somnolencia se disipa ante la sensación de alerta que emerge de su cerebro, pestañando para aclarar su visión nocturna.
Toda preocupación, molestia o incertidumbre desaparecen, enfocando su total atención en el hombre que ha vuelto a su lado.
—No podía dormir —murmura bajo. No necesita mirar sus ojos para saber que está avergonzado.
Su tono y olor corporal lo delatan.
Deja soltar el aire retenido, tomando la mano en su camisón.
—¿Quieres un abrazo?
Su cabeza asiente simplemente, pasando uno de sus brazos por su cintura mientras el otro se desliza por debajo de su cuello, atrapándolo contra su cuerpo. Will no tarda en enterrar su rostro en su cuello, escuchándolo inhalar profundo.
¿Encontraría la calma en su aroma personal, como él lo siente con el suyo?
Puede notar como la temperatura de su cuerpo comienza a ascender, sonriendo ante la sensación acogedora que envuelve su acongojado corazón.
Como si tenerse en los brazos del otro fuera lo correcto en sus vidas.
—Disculpa… —susurra y se toma unos segundos para continuar—, no debí irme así nada más.
—Sólo duerme, Will.
—Pero—
—Duerme —le interrumpe llevando una de sus manos a su nuca para acariciar los rizos, perdiéndose en la suavidad de ellos—. Mañana hablamos.
Repite las últimas palabras que le había dicho hace un rato, suspirando al sentir como se apega más a su cuerpo. Su respiración cálida le hace cosquillas en su cuello, devolviendo su mano a su cintura para apretarlo más contra él.
La respiración ajena no tarda en apaciguarse y marcar un ritmo más profundo, afirmando su mentón en la coronilla de la cabeza de Will.
Sonríe, porque sea lo que sea que se esté desarrollando entre ellos durante estos ocho meses, sabe que una vez probado el sabor de dormir acompañados, Will ya no puede dormir solo.
Igual que él.
Respira con profundidad, teniendo como último pensamiento antes de caer dormido que no pondrá celoso a Will otra vez en el futuro.
