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El baúl rojo

Summary:

Cuando Herneval estaba en las últimas le hizo prometer a Frankelda que cuidaría del nuevo heredero y del Topus Terretntus, ¿Qué hubiera pasado si Augusto no lograba crear un cuerpo para Herneval?
Frankelda le escribe cartas narrándole su vida después de ello, estas son algunas de estas.

Este Fanfic diverge completamente de Teoría de la creación del cuerpo del susto: Manual, guía práctica, anexo de ejercicios y hoja de resultados. Es un AU de este por así decirlo.

Notes:

Amo esta deformidad, pero he de admitir que si está muy triste, lee bajo tu propio riesgo.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

He perdido la cuenta de cuántas cartas te he escrito. Cada vez que abro el cajón y sacó un folio nuevo, pienso que esta será la última carta. Pero siempre vuelvo aquí, vuelvo a ti. 

Hace unos días mientras los reyes tocaban una pesadilla nueva, sin previo aviso, así como lo son las malas y las buenas noticias, la Arparaña resplandeció de oro y bañó toda la sala. Yo estuve ahí, yo vi cuando los reyes siguieron tocando y un huevo se hilo desde la Arparaña casi al frente de mi. 

La esperanza siempre vuelve al Topus Terrentus, y la esperanza volvió ese día. 

Traté de alegrarme, te juro que sí. Todo el reino estalló en una alegría que no se podía contener, muchos me vieron llorar nos vieron llorar. Tus padres también lloraban. Desde el fondo de mi alma quiero creer que lloraban de alegría, pero creo que la razón de sus lágrimas era la misma que la mía.

Tu ya no volverás, ¿cierto?

Ese pequeño huevo, ese pequeño e inocente huevo es la sentencia definitiva de tu partida. Ya no tiene caso esperarte, ya no tiene caso dormir al lado de mi libro de sustos en espera de que vuelvas una milagrosa mañana. Nunca volveré a verte, y duele; duele porque yo todavía tenía esperanza.

Cumpliré mi promesa, amor mío. Cuidaré de este heredero como pude haber cuidado de nuestro hijo, cuidaré de él o ella con la misma dedicación que tu hubieras puesto. Porque sé, que aunque es tu reemplazo, lo hubieras amado. Alguien como tu no puede odiar de verdad.

Te amo.

Frankelda.

Hoy fue un día agotador, el príncipe Avrio es una alcancía de energía. Creo que ya te lo había mencionado antes. 

A pesar de que yo misma sugerí que tus padres habían recobrado vitalidad en los últimos años, la verdad es que no creo que sea suficiente para criar a un polluelo. 

La tía Frankelda debe intervenir, supongo.

Recuerdo vagamente cómo tratar con niños. Hace más de un siglo que no lo hago. Hoy corrí detrás de él por todo el pasillo tratando de que comiera todo su almuerzo. Mitélitas y Aracne me ayudaron a bajarlo de las estatuas que adornan el jardín, es sorprendente como un solo niño puede hacer que tres adultos pierdan la cabeza en cuestión de minutos.

Su aleteo es torpe, su risa escandalosa y definitivamente es la pelusa blanca más linda que he visto en la vida. No quiero decirlo así, se siente incorrecto, pero mientras todo el mundo dice que tiene los ojos de tu padre, yo pienso que tiene tus ojos.

Ese brillo travieso que te caracterizaba está ahí, con él. 

No debería verlo de esa manera, es dañino, para mi y para él. Pero hay cosas que no puedo evitar. 

A veces cuando me acuesto y veo el que fue tu cuerpo por casi todo el tiempo que te conocí, pienso en lo mucho que me hubiera gustado criar un niño a tu lado, aun si no es este niño, pienso en lo maravilloso que hubiera sido tenerte regañandolo o mimándolo según sea el caso. Tenerte preocupado por sus fiebres, tenerte escandalizado por mis métodos muy humanos de educación. Tenerte, tenerte, tenerte.

Deseo tenerte, amor mío.

Poder decir tu nombre como una caricia sin sentir que todos me miran con desdén por mencionarte. Ahora que hay un nuevo príncipe nadie quiere recordarte. Te llaman príncipe idiota y prefieren borrarte de su historia. 

Pero yo no puedo. Ni tus padres, ni Mitélitas, ni Aracne, ni nadie que te haya conocido en realidad puede olvidarte. ¿Cómo hacerlo si eras mi todo?

Creo que ya me desvié mucho del tema, yo solo quería hablarte de las travesuras del príncipe el día de hoy. No sé ni porque sigo escribiendo esto, mi alma está sangrando con cada palabra.

Me detendré. No volveré a escribirte.

Soy de lo peor, mi amor. 

Hoy regañé a Avrio porque subió a la colina de la miseria solo y sus pequeñas e inexpertas alas todavía no pueden contra los fuertes vientos del lugar. Salió disparado y apenas pudimos atraparlo con ayuda de un Tisauro. Le grité, estaba desesperada por si algo le pasaba. Verlo llorar me destrozó en mil pedazos. 

A pesar de disculparme y haberlo abrazado, el pequeño siguió llorando y pidiéndome perdón. Él no debería disculparse así, yo soy la adulta que debió vigilarlo y estar ahí con él, es solo un niño, y ni siquiera es mi hijo como para regañarlo así. 

Tus padres no me culparon y también lo reprendieron en menor medida, pero no se veía tan afectado como cuando yo lo regañé. 

Me siento terrible, necesito compensárselo. Y entre más pienso que podría hacer mi mente vuelve a ti, ¿qué haría Herneval? ¿qué le diría? Siempre fuiste más asertivo en estas cosas y yo… yo solo soy yo, tu escritora gruñona. No sirvo para ser guardiana de un niño. No de este niño que me recuerda a ti. Que me obsesiona.

Temo que esta inevitable comparación termine lastimándolo, haciéndolo sentirse a la sombra de alguien que ya no está. Que se sienta no amado.

Amo a nuestro príncipe de los sustos, lo amo de una manera muy diferente a la que te amé a ti, pero temo entregarme a ese amor y eventualmente olvidarte. Dejar de sentirte en mi alma.

El príncipe Avrio necesita una mejor guardiana, tal vez un tecothia mejor preparado. Mitélitas ha sido un gran apoyo, y Aracne parece haberse vuelto su pareja de juegos. Pienso en dejarle la responsabilidad a ellos, pero no se siente totalmente justo. Ellos no te hicieron esa promesa.

Estúpida promesa. 

Odio odiar lo último que nos prometimos. Nuestro último pacto.

Confiaré en el futuro como tú confiabas en él y seguiré cuidando del príncipe hasta que ya no me necesite. 

Por ahora buscaré algo con lo cual sobornarlo para que me perdone.

Deseame suerte.

Te ama, 

Frankelda.

Herneval

Herneval

Herneval

Herneval

Herneval

Herneval

Hoy entrevisté a un grupo de jóvenes tecothia que aspiran ser parte de la guardia real, y ninguno conocía tu nombre. Mitélitas y yo nos miramos claramente ofendidos, pero ellos rogaron porque no los culparamos; en el nido Tecothia han querido borrar tu nombre. 

Tus papás ya tomaron cartas en el asunto, y esperamos que no se vuelva una preocupación más. 

Avrio te conoce, pero creo que no eres su máxima prioridad en este momento. Se ha esforzado mucho en sus clases de vuelo y siempre llega rendido a la hora de la cena. 

A veces lo llevo cargando hasta sus aposentos donde lo arropo, le doy un beso y le dejó descansar.

Me sabe mal. Tu madre, su madre, debería ser la que haga eso, pero por alguna razón los reyes me dejan ser. 

He escuchado como los sirvientes incluso creen que el príncipe es mi hijo y no tu hermano; pero no hay manera de que eso suceda. No sin ti tocando la Arparaña a mi lado. Sería un pequeño espectro si solo fuera mi hijo. 

Y no lo es. Es un tecothia blanco como Veritena con alas prominentes como Ficturo. Un auténtico heredero al trono.

Nada que ver conmigo. 

Lamentablemente.

Como humana nunca me pareció atractiva la idea de tener un hijo. Siempre creí que mi vientre era una maldición y mi sexo una condena que me alejaba de mis pasiones. Ahora no puedo con la sensación de vacío de no haber podido concebir a tu hijo.

Aunque aquí, en el Topus Terrentus, no sé si eso hubiera sido siquiera posible.

Hablando de los humanos, he soñado constantemente. Augusto se siente culpable de no haber podido darte un cuerpo a tiempo y nos piensa. 

Le he mandado pesadillas informándole que estamos bien, incluso le presenté al príncipe, pero el enamorado es aferrado hasta los dientes. Creo que no nos olvidará hasta el día que muera.

¿Recuerdas cuando los sueños eran nuestra esperanza de que tuvieras un cuerpo?

No. No lo recuerdas. Los muertos no recuerdan.

Te ama, 

Frankelda.

Hoy capturaron a la señora Sirena. Después del asalto al castillo y el fallido intento de Augusto por darte un cuerpo, ella escapó. Se escondió en las profundidades, pero los prisioneros que tomamos ese día y no se suicidaron, decidieron abandonarla y mostrarnos su escondite. Fueron largos años de búsqueda.

No tuvo a donde correr. Su ejecución fue la única condena aceptable ante tantos muertos.

Abracé muy fuerte a Avrio para que no viera, para que no presenciara como la paz iniciaba con sangre. 

Ahora todas las piezas caen en su lugar y Avrio podrá heredar un reino en paz.

Creí que verla morir me haría sentir más feliz, pero ver la cara de horror en el rostro del jóven príncipe disolvió mis deseos de venganza. No deseo verlo así de nuevo. 

Haré pesadillas que mantengan su reino saludable. Que lo hagan reinar sin preocuparse del miedo. Cuidaré de su reino con todo mi ser. Por él, por ti. 

Te ama, 

Frankelda.

Hoy Avrio me preguntó si me quedaré toda la vida a su lado. Por supuesto respondí que sí. Y por primera vez en su vida, no sentí que fuera una respuesta impulsada por nuestra promesa, genuinamente sentí deseos de estar a su lado, de protegerlo.

Creo que por fin he llegado a amar a este niño más allá de ti.

Creí que sería un pensamiento deprimente, pero creo que es liberador. Mi alma está volviendo a abrirse.

Tal vez y solo tal vez, por fin pueda olvidarte, Herneval.

Avrio preguntó por ti. Mientras estudiábamos me preguntó sobre cómo eras, tiene curiosidad por su hermano mayor y yo traté de responderle lo mejor que pude. Hace años que no pienso diariamente en ti y se me hizo un poco complicado responder, pero parece que Avrio logró descoser mis heridas.

Mientras le hablaba de ti recordé tu rostro, no como libro, sino, el real, en el que hace mucho no pensaba. Me acordé cuando bailamos en el panteón por primera vez; recordé cuando visitamos el pueblo, cuándo vimos los fuegos artificiales. Lamentablemente me puse a llorar como una tonta y Avrio, siendo el jovencito educado que es, me dejó llorar y ya no me preguntó nada. Dudo que lo vuelva a hacer en un futuro próximo.

Por eso vine corriendo a escribirte esta carta, porque mi corazón está sangrando y no encuentro cómo detener la hemorragia. Creí que ya te había olvidado, que ya eras parte de mi pasado, pero sigues tan presente como en la primera carta.

TE ODIO HERNEVAL, TE ODIO POR ADUEÑARTE DE MI VIDA DE ESTA MANERA, TE DETESTO POR DEJARME ATRÁS, DEJARME SOLA. SIN TI.

PÚDRETE.

Siendo mi actitud en la otra carta. Cuando iba a quemarla junto a todas las anteriores me di cuenta que era una locura y les tire un florero con agua para apagarlas. 

Logré salvar la mayoría. Estaba a punto de deshacerme de mi corazón, y por ende, el corazón de mis historias. No puedo hacerle eso a Avrio, no al Topus Terrentus, y sobre todo, no a ti.

Ya estoy más tranquila y creo que debo aprender a controlar más mis arranques de ira, como tu siempre me insististe. Por ahora voy a recoger todo mi teatrito y volver con el príncipe. A esta hora debería haber terminado sus clases de espada.

Perdona a tu loca esposa.

Te ama,

Frankelda.

Aracne me dijo que la mejor manera de sobrellevar los desazones de la vida era con humor. Me lo dijo mientras estábamos en el baile de mayoría de edad de Avrio. Para ella era otra más de sus anécdotas endulzadas con el humor que la caracteriza, pero creo que ella no se ha dado cuenta del poder que ha conferido a mi.

Así que supongo que soy tu viuda, pongámosle nombre a las cosas, y… bueno, no sé cómo hacer un chiste de ese hecho. Debo comenzar a verle el lado bueno a las cosas y quisiera empezar por esto…

Soy tu viuda negra porque era morena y soy la pesadillera y los pesadilleros fueron arañas por mucho tiempo?

¡Maldita sea no se me ocurre nada con la palabra viuda! Esto es más deprimente que solo escribirte cartas normales. Mejor olvida todo lo anterior. Los métodos de Aracne no son para mi, no sé que trato de lograr con esta tontería, olvida esta carta y dejémoslo así.

Avrio siente la presión de ser tu. Hoy lo escuché hablando a escondidas con tu retrato. 

El polluelo está confundido porque no sabe exactamente qué significa ser tú. 

Es gracioso que lo llame polluelo, si hasta hace algunos meses celebramos su mayoría de edad.

Volviendo al tema, nuestro príncipe siente que debe llenar tus zapatos para ser merecedor de amor. 

Gracioso de nuevo, porque tu no usabas zapatos. ¿Ves? ya puedo hacer bromas de las situaciones no graciosas.

Avrio creció escuchando ideas muy divididas sobre ti: que si eras malo, que si eras bueno, que si eras mediocre o si eras muy capaz. Es natural que esté confundido. Ahora lo que siento es mucha, mucha culpa. Temo que haya descubierto que solía verte en él. 

Aunque actualmente ya no es así, me da miedo que descubra que estuve jugando a la casita a cuestas de él, imaginándome que criaba a un hijo tuyo. 

Sueno a desquiciada, pero es la terrible verdad. Por muchos años lo cuidé como si cuidara a un hijo nuestro; me tomé demasiadas libertades que una súbdita no debería haberse tomado. 

Soy una tonta.

Miro hacia atrás y realmente lo eclipsé todo para mi. Y todo ese amor no fue suficiente. Avrio se siente no amado, no visto. 

Tengo que hacer algo, tengo que hacerle saber que lo adoro por quién es y no por ser un reemplazo tuy NO NO NO NO Avrio no es tu reemplazo. Él es nuestro amable príncipe, nuestra esperanza. Lo amo porque es el polluelo más lindo del mundo, porque es un susto maravilloso que merece ser amado independientemente de si es un príncipe o no.

Avrio tiene que saber que es especial por quién es y no por quién todos creen que debería ser. Lo amo, lo amo, lo amo, lo amo.

Es mi Avrio, mi niño.

Soy patética, otra vez hablo de él como si fuera mi hijo. No lleva mi sangre, yo no lo engendré, yo no toqué su melodía. No soy más que la entrometida que ha estado inmiscuyéndose en su vida todo este tiempo. Una patética pesadillera que no supera a su amor del pasado.

Herneval, escogiste a una persona terrible para cuidar del príncipe, estoy muy rota. No sé qué hacer conmigo misma, no encuentro mis piezas. Muchas te las llevaste tú.

Príncipe avaricioso.

Debo hablar con Mitélitas, con Tetlyon o quién sea. Debo buscar la forma de que Avrio se sienta amado. 

Que se ame a sí mismo.

La que está en problemas, 

Frankelda.

Hoy Avrio me propuso matrimonio. 

No sé qué pensar. Llevo mirando la hoja en blanco desde hace horas y solo hasta el momento en que el castillo quedó en completo silencio y en penumbra, las palabras han querido salir de mi mente.

Por supuesto que lo rechacé. Me miró como si le hubiera dado la más fúnebre de las noticias y se fue con dignidad. A pesar de que lo he visto llorar incontables veces, se aguantó las ganas y salió volando.

Ese niño, que ya no es para nada un niño, ha sido como un hijo para mi todo este tiempo. No puedo creer que le hice llegar un mensaje equivocado. Lo amo, si, pero no de esa manera.

No encuentro las palabras para expresar mi confusión. De ahora en adelante, me temo que el castillo sea cuna en chismes y de un aura pesada que destruya el equilibrio que hemos logrado cimentar con tanto esfuerzo.

Como una adulta más adulta que él, y sobre todo, como pesadillera, debo encontrar una manera de mantener a salvo al Topus Terrentus. Que este lío de faldas no nos afecte más de lo que debería. 

Suena infantil, pero creo que la solución más adecuada será la misma que te grité hace cientos de años.

Me largo de aquí.

Te ama, 

Frankelda.

Creo que irme no fue una mala idea. 

Con el permiso de los reyes, me he mudado a una modesta casa en la Costa del silencio, la misma playa que visitamos hace muchas lunas. El olor a mar me sigue trayendo malos recuerdos, pero sentir el arena rosa bajo mis pies me envuelve en un cálido abrazo que me hace recordarte. 

Este lugar me llena de nostalgia y de recuerdos. A veces me siento con mi viejo libro de historias a ver el horizonte. Me entrego un ratito a la locura y pienso que eres tú. Por suerte, mi hogar está ubicado en una zona alejada de los ojos curiosos, así que nadie me escucha divagar o fingir que hablo contigo. Ese ejercicio ha vuelto un poco obsoleto el escribirte cartas; aunque al final, soy escritora, escribir siempre estará en mi sangre, no se puede evitar.

Por más placentero que sea fingir que estás a mi lado, me temo que, al caer el ocaso, debo volver a la realidad siempre . Vuelvo a mi solitario hogar, cocino algo para mi, como sola y escribo. Escribo hasta quedarme dormida. 

Cuando lo pongo así, es deprimente, pero no paso todo el tiempo en casa. Junto a Aracne he logrado reunir jóvenes talentosos, tanto aradithios como de otras razas. Poco a poco hemos logrado revivir el oficio del pesadillero. Estoy feliz. 

Pronto el Topus Terrentus no me necesitará más, la humana que se volvió susto será parte de una historia lejana al igual que tú, y por fin, aunque sea en historias antiguas, volveremos a estar juntos.

Por ahora, seguiré cuidando de nuestro príncipe desde las sombras y velando por el futuro tal y como me pediste. Soy una viuda muy complaciente, merezco un premio.

Espero que me premies cuando nos reunamos de nuevo, Herneval. 

Te ama, 

Frankelda.

Hoy vino Avrio de sorpresa a mi casa, y para mi más profunda alegría no vino solo: un elegante tecothia de plumas cálicas venía con él. Al parecer ahora los tecothias son pequeños, o tal vez así le gustan a tu familia, porque apenas y era más alto que yo. Eso sí, se veía fuerte el muchacho. 

Por supuesto que los invité a pasar y me pidieron mi bendición para su boda. 

Al pregunta por qué yo, Avrio no tardó en responderme “Tu siempre fuiste como una segunda madre para mi, es natural que te lo pida” 

En ese momento usé toda la fuerza de voluntad en mi ser para no ponerme a llorar. El que Avrio me dijera eso a la cara me puso muy sentimental. Les hornee galletas y les pedí que me contaran toda su historia.

Nada que ver con la nuestra, bueno, dudo que alguna vez exista una como la nuestra. Pero se veían tan felices contándola que no pude evitar regocijarme de gozo por mi niño y desearles lo mejor del mundo. 

Ahora que se han ido y la casa vuelve a estar sola miro a la playa y no dejo de pensar que ya no me necesita. Aquel príncipe que me pediste cuidar, ya no necesita de mí. Ha encontrado a alguien más que lo proteja y vele por él. Me hace feliz, pero ahora me siento desolada.

Pronto llegará el día en que el Topus Terrentus tampoco me necesite. Quiero creer que he educado buenos alumnos que no dejen morir el arte del pesadillero como Procustes. Buenos escritores que valoren el trabajo en equipo y que sepan mantener nuestro plano.

Los dedos me homiguean, creo que pasaré la noche en vela escribiendo.

Te extraño, Herneval. Quiero verte.

Te ama,

Frankelda.

Hoy mientras Avrio y su esposo tocaban la Arparaña un huevo ha aparecido. Esta vez, yo no estaba ahí. Un alumno mío me lo ha informado por una carta y he ido volando hacia allá para verlo. 

Verlo fue el milagro más hermoso de la existencia. El Topus Terrentus está a punto de sufrir un gran cambio, pero eso da igual, ese huevo era hijo de mi Avrio, mi niño me dejaba en claro que ya no era un polluelo y estoy tan aliviada. El futuro existe y está en ese huevo.

En estos últimos siglos he estado escribiendo historias a parte de las que envío para tocar cada luna nueva y tengo un baúl repleto de ellas. Pienso que, en caso de crisis, podrían ser un plan de respaldo, claro, en caso de que no se vuelvan demasiado obsoletas. El plano de la realidad cambia mucho en muy poco tiempo, espero que el mi miedo siga siendo, bueno, tenebroso para cuando estas historias lleguen a tocarse.

He cuidado y velado del futuro tal y cómo te prometí, amor mío. He trabajo por siglos con tal de hacer este mundo mejor y, aunque cometí innumerables errores, creo que lo he hecho bien. 

¿Por fin puedo ir a tu lado, mi amor? ¿me he ganado mi lugar junto a ti? ¡Oh, príncipe adorado! ¡Mi primer príncipe de los sustos! ¿me recibirás allá dónde estés?, ¿has esperado por mi como yo lo he hecho por ti? 

Por mucho que traté de olvidarte, de dejarte de amar, por mucho que me esforcé, me temo que mi alma se mezcló con la tuya de tal manera que no existe una sin la otra. Me maldijiste, Herneval, tu amor me ha tenido cautiva por más de 500 años. Y aunque llegué a pensar que era mi terrible yugo, al final de esta eternidad, me he dado cuenta que es la más bella maldición. 

Que este amor que me trajo a este plano y que eventualmente terminó destruyéndonos es nuestra esencia. Los amantes trágicos que se encuentran momentáneamente y luego se alejan para nunca pertenecerse completamente. 

Herneval, eres mi infancia, mi escritura, mi furia, mi decepción, mi coraje, mi valentía, mi tristeza y sobre todo, mi amante. Porque sé que nadie nunca pudo amarme como tú lo hiciste.

No estoy triste, dejé la tristeza hace mucho. Tampoco desesperada, solo soy libre, libre de correr a tus brazos como la primera vez que hablamos de verdad en el panteón. 

No puedo esperar por volver a verte.

Frankelda dejó la pluma y guardó con cuidado casi religioso la carta en un sobre rojo, idéntico al de todas las anteriores. Soltó el pelo que siempre estaba recogido en un elaborado moño y dejó que sus rizos bailaran en el aire. Se levantó y guardó en un baúl rojo aquella última carta junto con todas las demás que narraban una vida. 500 años plasmados en letra y tinta. 500 años que, si algún curioso quería leerlas todas, tendría que dedicar una vida entera a leer, tal como ella dedicó su vida a escribir.

La pesadillera se quitó los zapatos y las medias, así como el vestido y todos sus accesorios. Se quedó en ropa interior y saboreó la sensación de la arena rosa por última vez en sus dedos. Miró el amanecer y se sintió satisfecha mientras recibía el último abrazo del sol y el viento le revolvía la cabellera regalándole un último adiós.

Caminó hacia el mar con paso suave, sin prisas y dejó que la niebla le besara los pies con suavidad como si la estuviera esperando desde hace siglos. Siguió caminando hasta quedar completamente cubierta por las manos y desapareció.

La pesadillera no entregó sus pesadillas esa luna nueva y el nuevo Rey fue preocupado a buscarla. 

Al no encontrar rastro de ella revisó su casa y en el estudio encontró dos baúles: uno rojo y otro blanco. 

El blanco estaba lleno de historias perfectamente ordenadas, algo raro en Frankelda.

Cuando el Rey abrió el baúl rojo de este salieron volando cientos y miles de sobres rojizos que cubrieron toda la habitación como nieve. Eran demasiados, probablemente la pesadillera los obligó a entrar en ese pequeño baúl por quién sabe cuántos años.

Avrio tomó uno al azar y al leerlo supo que había pasado con aquella madre que lo crio con tanto amor desde que nació.

Primero se sintió alarmado, pero después una enorme calma lo embargó. Supo de inmediato que no tenía caso buscarla, que había ido al lugar al que siempre había querido ir con ansiedad desde hace años. 

Trató de meter todas las cartas en su lugar pero le fue imposible, pensó en que volvería después para hacerlo con ayuda. 

El Rey de los sustos tomó la pluma que estaba abandonada en el escritorio y la posó sobre el tintero, ya nadie la iba a usar. 

Dejó el estudio y fue a la cocina dónde una vez confrontó a Frankelda por haber abandonado el castillo de repente. Se rió, tenía que admitir que fue muy estúpido de su parte pedirle matrimonio, no se debía ser muy listo para sentarse un ratito a analizar sus sentimientos y saber que su amor infantil no tenía nada que ver con un matrimonio. 

Viajó a la sala dónde le pidió su bendición. Salió y miró la arena dónde se ilusionaba con la idea de algún día llevar a su propio hijo o hija a jugar ahí.

Fue inevitable llorar, pero estaba feliz por ella. Ella estaba donde debía estar.

Francisca no tiene amigos. Muy creepy para eso, la niña iba a entregarse por completo a la soledad y la vida amarga que esta trae consigo cuando un niño se muda al lado. Un pelirrojo con cara de menso que de inmediato se le pegó como chicle. 

Herneval se llama, por supuesto que ese nombre es una clara invitación al bullying y el pequeño siempre odio tenerlo, pero, por alguna razón que él mismo desconocía sentía que ese nombre era necesario. Es hasta que se muda y conoce a Francisca que sabe porque debía llamarse así.

Ella ama su nombre y ni siquiera sabe el porqué. 

Herneval a sus 8 años ya planea su boda y el nombre de sus hijos, Francisca cree que está loco por eso, pero lo deja ser. 

Dos niños humanos de la misma edad que están destinados a crecer juntos, como la historia cliché más vieja del mundo, pero ¿qué más da? esperaron mucho por eso.

Notes:

Corto lo sé, pero me senté de chingadazo a escribirlo. Parezco rata envenenada a las 3am publicando muajajaja, pero tenía que salir de mi cabeza o me iba a volver loca.