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El jardín

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Los calidos brazos de su caballero era lo único que necesitaba para volver los pies a la tierra.

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Sus ojos habían enfermado por completo, el día que más temía había llegado. Le daba pena y en su pecho cargaba una angustia enorme. No iba a ser capaz de apreciar las cosas que más amaba en este mundo.

  Era consciente de su enfermedad desde que era niño, pero jamás le preocupó. Hasta que llegaron sus dieciocho, y con ellos se desató la peor de las torturas. Su destino estaba dictado desde que yacía en el vientre de su madre, por lo tanto, apenas se enteró de su condición, decidió aprovechar su visión al máximo.

 Desde los diez años que quería verlo todo, sentir, aprender. Se convirtió en uno de los príncipes prodigios en el arte en su reino. Pinto, combinó y jugó con cada color que conocía. Junto cada flor, combinó sus aromas y distintas formas es bellos ramos para su madre y habitantes del pueblo. 

 Se dice que, por los ojos es por donde primero se come, por eso a Killer le fascinaba tanto la repostería, probar distintos dulces y postres muy coloridos que con el solo verlos se sentía en un increíble éxtasis. 

 Su cuarto era ordenado, limpio. Le encantaba tener cada cosa en su lugar, además, siempre pensaba en la posibilidad de su enfermedad despertando, por lo que si mantenía un orden y lo memorizaba, el día que ya no viera sería mucho más fácil estar en su cuarto. 

 

 Para su cumpleaños número quince pidió un jardín enorme lleno de flores. Pidió que tenga de todos los tipos y colores, que haya un jardín de invierno también, que le dolería mucho verlas morir. No quería ninguna marchita, no quería que ninguna muriera, porque las flores al morir se les va el color.  Así fue que además del arte, se dedicó a la botánica. Se pasaba horas y horas en aquel jardín, rodeado de plantas e insectos. Era su espacio, su lugar seguro. En donde sabía que nada más importaba.  

 

 Pero no todo era color de rosas, a pesar de los bellos regalos y una gran fiesta de cumpleaños. Los quince años representaban mucho más que un año que se agregaba a su vida, significaba la muestra de su lobo al mundo. Es decir, se definía a qué subgénero pertenecía. Y para su desgracia, no fue muy del agrado de su padre enterarse que su hijo era un omega

 Ya la simple idea del pronto despierte de su enfermedad era algo que le molestaba, el hecho de que fuese omega fue la gota que colmó el vaso. A raíz de esa decepción, su padre comenzó a ignorarlo. 

 Al año siguiente, la única persona que no cumplía las órdenes de su padre, su madre, falleció. Ahora estaba solo con su jardín, sus libros y sus pinturas. De a poco, sentía la presión en el pecho y como se le estaba quitando su color, su vida. Se estaba convirtiendo de a poco en una ausencia de color. 

 

Ya tenía dieciséis años. Un día, su padre se volvió a acercar a él, pero no venía solo. Junto a su padre había un hombre joven, parecía ser un poco más alto que él. Su armadura estaba algo desgastada y con detalles negros en ellas. Sobre su cabeza un humo espeso, ondeaba de forma serena. Su mirada era inexpresiva, algo sería, pero no era de desprecio como la que cargaba el Rey. 

 

— Solo cumplo los deseos de tu madre. Ella mandó a entrenar a este joven para que te cuide. Tu enfermedad avanza, yo no me haré cargo de ti cuando culmine. – Palabras frías, sin una mueca de lástima o tristeza. Para el Rey, él solo era una decepción andante. Un heredero con fallas.

 

 Su padre se había ido. Killer seguía en el Jardín, con sus flores. El caballero asignado se había quedado detrás suyo, donde el Rey lo había dejado antes de irse. Le estaba fallando a la buena educación de su madre al no saludarlo, pero estaba molesto y triste. Se sentía un inútil, alguien que ya no servía ni siquiera para diferenciar los colores que tanto amaba. Porque era verdad, su enfermedad avanzaba, y estaba notando como de a poco perdía aquello que tanto apreciaba y que dedicó todo su tiempo. Las flores ya no las veía tan brillantes como antes. 

 La noche había llegado, el caballero seguía detrás de él, como un perro. Incluso lo acompañó en la cena. Debía admitir que le incomodaba tal invasión a su espacio, acostumbrado a estar solo, esto era un agobio para él. Aun así, se mantenía sereno, el pobre muchacho no tenía la culpa de sus desgracias ni de los deseos de su difunta madre. 

 

— Puedes descansar. – Habló después de tanto tiempo. El caballero sólo asintió y se retiró de aquel gran comedor. Un suspiro de alivió salió de su boca. Estaba cansado, su cabeza le dolía un poco, sin más se levantó de la mesa y fue hasta su habitación. 

 En las penumbras de su cuarto, en su soledad. Quería gritar. Quería gritar porque estaba cansado. Quería gritar por ser todo un fallo, una desgracia. Quería gritar y patalear como un niño pequeño al cual le han arrebatado su juguete favorito. Quería gritar porque extrañaba a su mamá. Quería gritar porque estaba cansado. Que gritar porque quería descansar. 

 

Su cuerpo era un mar ahora mismo, un mar que atravesaba una de las tormentas más fuertes. Las sábanas le molestaban, el cuello del pijama sentía que lo ahorcaba. Necesitaba respirar, necesitaba aire. Se levantó rápidamente de su cama, su vista estaba completamente nublada, la cabeza le latía y sentía que no respiraba bien. Tirando todo a su paso, estaba nervioso. Sentía que el camino era eterno pero solo estaba a unos pasos. Cuando al fin pudo llegar, empujó con todas sus fuerzas los grandes ventanales, debido al impulso y a lo mal que se sentía, su cuerpo se debilitó provocando que su peso se vaya casi por la ventana. Y sin pensarlo, solo se dejó llevar. Que si su destino era este, lo aceptaría sin dudar, con sus ojos cerrados esperaba aquella brisa que lo aliviaría segundos antes del gran impacto. 

 Sin embargo, lo único que sintió luego de cerrar su ojos fue una presión, que no era la que estaba sintiendo hasta hace un rato, sino una extrañamente reconfortante. Eran unos brazos que lo tomaban fuertemente por la cintura, pero que no llegaba a lastimarlo. 

 

— Príncipe, por favor no lo hagas. Le prometí a su madre que lo cuidaría. No cometa una locura. – Y esa voz desconocida lo hizo abrir los ojos nuevamente. Era grave pero no áspera o amarga, era suave y cálida. Giró su cabeza levemente, era el caballero. De un momento a otro, esos brazos a su alrededor calmaron su respiración y su pecho ya no dolía. Sentía un calor tan dulce, que lo abrigaba y lo volvía a su serenidad. 

Aun en los brazos del contrario, se dio vuelta levemente para quedar cara a cara. Se tomó el atrevimiento de tocar el rostro del contrario, que tapaba con aquella máscara, solo mostrando levemente unos ojos color marfil divino, más brillante que la misma luna y estrellas. 

 

— Dime tu nombre caballero. 

 

— Farfadox, mi príncipe. – El cuarto se comenzó a inundar de perfume de jazmín y chocolate blanco. El  lobo de Killer estaba tan calmado que pensó que era muy buena idea perfumar su cuarto con el caballero dentro. 

 

— Gracias, Farfadox. – 

 

Desde entonces, hasta hoy, a sus dieciocho años de edad, el caballero jamás se separó de su lado. Ahora ya no podía ver nada, la enfermedad había sellado su sentencia. Era primavera, Killer estaba sentado en aquel jardín que tanto amaba y cuidaba. Se había prometido seguirlo cuidando a pesar de no poder ver las bellezas de sus flores nuevamente. Farfadox prometió cuidarlo también. 

 

— Farfa, dime. ¿Cómo está el jazmín? Siento su aroma desde aquí. 

 

— El jazmín está  tan hermoso como usted, mi príncipe. 

 

Fue asi, como con esas muestras de cariño en sus palabras, ese caballero, un gran alfa prodigio, que le inundaba sus fosas con aquel aroma de ciruela y chocolate negro, le habia robado su corazón. Borrando toda preocupación de no poder seguir viviendo al no poder seguir viendo el mundo que tanto amaba. Le mostró que valía la pena seguir, mucho más si él seguía  a su lado. Con esos ojos marfil, que no eran suyos pero que le pertencian en alma y corazón, podía seguir viendo el mundo.