Work Text:
Farfadox,
He intentado escribir esto innumerables veces, más de las que estoy dispuesto a admitir. Siempre me detenía antes de terminar, siempre encontraba una excusa para dejarlo para otro día, como si posponerlo pudiera detener el tiempo.
Me quedé atrapado en el recuerdo del niño que buscaba refugio en mi sombra, mientras tú ya estabas aprendiendo a caminar bajo el sol pleno. Es ley de vida, supongo, aunque a veces la vida se siente como un río que corre demasiado rápido hacia la desembocadura. Un tiempo donde todo era más simple, donde mi mayor miedo era que el zorzal dejara de cantar y no supiera explicarte por qué. Hoy, mi miedo es que, olvides que siempre habrá un lugar en esta ensenada donde podés descansar el escudo.
No sé en qué momento exacto empezaste a convertirte en alguien que ya no necesitaba que sus pasos fueran guiados al pasar por una multitud, aunque quizás jamás sucedió de esa manera.
Tal vez fue mucho antes de que yo pudiera aceptarlo.
Tal vez fue el día en el que dejaste de mirar al piso cuando caminabas.
Tal vez fue el día en que aquellas manos dejaron de temblar al sostener la espada.
Recuerdo tu respiración temblorosa, pero con unos ojos que no conocían el miedo, solo la resistencia. No te acogí ese día porque fueras el más fuerte; sino porque entendí que nadie más iba a hacerlo. Vi que el mundo ya te había dado la espalda y, aun así, vos seguías de pie, desafiando al olvido con tu sola presencia.
Te ofrecí lo poco, y lo aceptaste con esa cautela del que sabe que las cosas suelen ser fugaces. Pero te quedaste. Confiaste. Con el tiempo, nuestro silencio dejó de ser vacío para volverse compañía. No hacían falta palabras; bastaba el eco de tus pasos en la casa para recordarme que yo tampoco estaba solo en este mundo.
Hubo momentos en los que quise decirte muchas cosas, pero nunca supe cómo, ya sabés que nunca fui bueno para los discursos. Nunca supe cómo explicarte que cambiaste algo en mi que creí perdido, o que capaz jamás había existido. Que me diste una razón para quedarme un poco más. Que, sin darme cuenta, te convertiste en lo más cercano que tuve a una familia.
Te vi crecer. Vi cómo el mundo, que antes te pasaba por encima, empezó a tenerte respeto, a temerte. Dejaste de ser ese invisible que nadie miraba. Y aunque me costara la vida decirlo en voz alta, cada vez que te veía caminar más firme, alejándote de ese nene que encontré aquel día... Sentía un orgullo que me inflaba el pecho y una tristeza de esas que te hacen lamentar.
Sabia que algún día no me necesitarías; yo mismo te enseñe a no depender de nadie.
Hay noches en las que despierto y por un instante olvido. Por un instante creo que todavía queda tiempo. Que todavía puedo escucharte alegrarte por pequeñeces, que todavía puedo decirte las cosas que nunca te dije.
Pero el silencio siempre vuelve, y me recuerda que no puedo quedarme.
Aprendiste todo lo que pude enseñarte. No solo a luchar, si no a resistir. A existir cuando incluso el dolor no tiene nombre. A mantenerte firme cuando el mundo volvía a empujarte al mismo lugar donde te encontré.
Hay cosas que uno no dice, no porque no sean ciertas, si no porque decirlas las vuelve reales. Tangibles. Y yo no estaba listo para aceptar que el tiempo se estaba terminando.
Se el hombre que sos ahora, y se que vas a seguir. Si algo tenés que llevarte de mí, que no sea solo cómo usar la fuerza. La verdadera victoria no es saber luchar, sino saber permanecer. El mundo está lleno de gente que se rinde cuando la mano viene dura, o que se borran cuando las luces se apagan. No seas de esos. No te dejes caer de esa manera.
La lealtad no es un papel firmado ni una promesa gritada al viento; es el simple acto de quedarse al lado del otro cuando no queda nada que ganar. Es no irse. Así como vos te quedaste conmigo cuando yo no tenía mucho para darte, hacé lo mismo cuando sepas que algo vale la pena.
Si algún día el viento sopla de nuevo en contra y sentís que la ensenada queda lejos, cerrá los ojos. Buscá ese hogar que construimos juntos. Ahí vas a encontrar la fuerza que tenías cuando no tenías nada, y la que tenés ahora; sos el dueño de tu propio destino
Aunque aquello no significa que el camino deje de costar. Veo tú rostro y sé que esa seguridad que mostrás por fuera no siempre llega a hacerte capaz de creerlo. Te cargaste una mochila que no te pedí que llevaras, y te callás las dudas como si fueran una debilidad.
Niño, haz las paces con la vida, aquel ceño fruncido te hará pesar más que ayudar; los caminos frustran, las decisiones y acciones agotan y hacen que perdamos la cabeza. No te dejes por aquello, siempre que sigas respirando habrá opciones. Algunas serán más difíciles de encontrar que otras; algunas te harán asfixiar a pesar del oxígeno pudiendo pasar. Debes poder pensar acorde a los caminos; si mirás al sol no podrás ver ninguna sombra. Es parte de la mente, cuando luchas por detener la nostalgia que te tiene sin dejarte caminar.
Y la verdad, te pido perdón. Lamento mucho que hayas tenido que cruzarte en mi camino de esa forma. A veces me quedo pensando qué habrá pasado para que terminaras ahí, y me culpo por no haber tenido el coraje de preguntarte antes: ¿Quién fue? ¿Quién te mató esa sonrisita de ilusión que tendrías de chico? Siempre quise saberlo, aunque no quise hurgar en la herida. Cómo fue que llegaste a mis manos, cómo hiciste para salir de esa oscuridad en la que te habían dejado, aunque sé que aún sigues allí.
Vos creés que yo no me doy cuenta, que me engañás con esa cara de duro, pero te delatan los ojos caídos. Sé que hay días en los que quisieras que todo este ruido se detenga de una vez. Sé que te vas a dormir pensando, en el fondo; los días en que vas a la cama deseando no despertar más.
Es un frío que te cala los huesos estar contigo mismo y tú palabra. Nadie te dice qué hacer, pero nadie te sostiene cuando el peso de los días te dobla la espalda.
No te juzgo, porque sé que has luchado para sobrevivir.
Vi la vida en tus nudillos y su odio en tus hoyuelos. No creas que vivir a la defensiva es tu único consuelo, ni que cerrar la puerta te va a quitar el miedo de tocar el suelo.
Ese vacío no es tu destino.
No dejes que las manos de los que te dañaron se queden marcadas en tu recuerdo, ni que sus voces y el miedo que te hicieron sentir conviertan tu mente en una cárcel. Si lograste sobrevivir a todo eso, no tiene sentido que ahora te maltrates vos también.
Debes seguir, animarte a conocer gente nueva. No todos son una amenaza; no todos pretenden atacar de vuelta. Hay humanidad que aún puedes conseguir, sabes bien cuando alejarte, para poder recibir la correcta compañía. No te limites a vivir entre paredes mudas. Si hay paredes y rincones, no es para que lo llene el polvo, sino para que te encargues de dar la bienvenida. Animarte a recibir a alguien no es perder tu libertad, es poder darte un respiro. Ayudalos, por aquellos que no lograron seguir. Por aquellos que quisieran haber sentido una calidez de un hogar y de la compañía de un buen hombre.
Sé cuánto los extrañás, te vi rezando tantas lunas, buscando algún consuelo en medio de tus fortunas. Aún sabiendo que al cielo quizás no los dejen entrar dejá que su recuerdo sea el fuego que te ayude a aguantar. Dejá que sean el cobijo que te enseñe y te de la fuerza para al débil levantar.
Sé que aún tienes peso en tu conciencia por este camino que debemos tomar. Creyendo las mentiras de ser capaz de elegir, estando obligado a seguir. Jamás ha sido tu culpa. Se que puedes planear el día de hoy, llenarlo de ruido y aferrarte a aquellos gustos que son capaces de hacerte olvidar. Pero cuando el sol cae vuelves a temer sobre tus propios pensamientos. Del pesar que cargas día a día al temer fracasar. Se que has tenido miedo, se que temes perder el rumbo, encontrarte sin salida. Perderte en el vacío de la soledad.
Sé que el miedo al abandono no te deja respirar.
Y juraste lograr mantenerme acá.
Se que tuviste la esperanza de que fuera así, te seré sincero; comencé a creerlo yo también.
Por ello no puedo parar de pensar que pude dar más batalla, que pude resistir mucho más. Pedí tiempo a mi destino, imploré poder mantenerme en pie, pero al verte me doy cuenta que no hay nada más que deba hacer. Te dejo todo lo que he sabido, y aún así sos vos quien me deja sorprendido, quien le ha enseñado a este viejo tras años de existir la vida que me perdí. Gracias por permitirme conocerla por primera y última vez.
Seguí adelante, no dejes que las lágrimas te nublen. Conozco aún tu sensibilidad, pues sos un buen joven, pero debes seguir. No permitas que el llanto recubra las llanuras de tu historia. Y espero algún día, cuando seas grande, entiendas mis consejos.
Te deje la casa que construimos hoy, es tuya. Todo lo mío te pertenece, eres quien lo merece. Mi cuerpo en cambio no resiste más, y mi mente no podía contener tener que decirte esto en tu rostro. Necesito lo guardes, lo comprendas y sepas que fui cobarde, no como tú, quien incluso viendome deteriorar no te apartaste ni un segundo. Has aprendido bien, niño.
Al estar leyendo esta carta, espero que lo sepas; tu viejo está descansando en paz.
— Una última vez, Maestro.
