Work Text:
Las calles de Buenos Aires le producían una sensación de nostalgia que calaba hasta lo más profundo de sus huesos. Jamás había estado en esas calles en particular, porque Vicente López no era precisamente su hogar, pero todo lo que era referido a Argentina le acelera el corazón.
Extrañaba sus orígenes. Y si esta era su única manera de regresar, la iba a tomar.
Aunque bueno, algo le decía que su repentina presencia no iba a ser bien recibida.
Respiró profundamente antes de bajarse del remis que lo había llevado. Encontró el recinto con extrema facilidad. Después de todo, aparecía en Google Maps con una simple búsqueda. Además de que ellos mismos habían filtrado el piso durante un stream…
A veces le costaba creer la supuesta inteligencia del trío que residía allí.
El guardia en la puerta lo dejó pasar sin hacer ni una sola pregunta. Es más, lo saludó con una sonrisa y dijo que le sorprendía verlo por allí tan temprano.
Se quedó perplejo, porque ya era la una de la tarde.
Ignoró el comentario y siguió su camino, llegando al ascensor sin levantar sospechas. Apretó el número adecuado y, al llegar, divisó la puerta sin dificultades. Se colocó frente al sensor de reconocimiento facial tras quitarse su piluso de jean y sonrió complacido al escuchar cómo la puerta se destrababa y le dejaba ingresar al domicilio.
Sabía que lo normal sería tocar timbre, pero le gustaban las sorpresas. Además que le causaba un poco de gracia imaginarse la cara de Lautaro cuando lo viera en persona después de más de cinco años.
Miró el lugar una vez estaba dentro. Estaba hecho un asco y había un olor horrible a ropa húmeda que le hacía picar la nariz. Su expresión de disgusto fue casi instantánea pero hizo un esfuerzo para disimular, se suponía que era Lautaro, que estaba acostumbrado a ese hedor.
Se animó a dar un par de pasos más adentro, alejándose de la puerta de entrada. Cuando llegó al living, notó que la puerta del armario estaba abierta.
—Ah, eras vos Mosca —soltó Santiago al verlo de pie—. ¿De dónde sacaste ese piluso?
Tan sólo se encogió de hombros y sonrió.
Y Santiago sonrió también —¿Te lo regalo Juli? Banco, está lindo. Andá a ver si el emo está con vida, porfa. No me responde los mensajes, el trolo.
Están en la misma casa, hijo de puta pensó por dentro, pero decidió hacerle caso.
Manuel Merlo… De sólo pensarlo se le hacía agua la boca. Sus pies se movieron por el pasillo que había visto en los streams, casi como si viviera allí, ansiando verlo lo antes posible.
Pero al parecer, aún no iba a poder.
Cuando estuvo a punto de llegar a la última puerta, escuchó que otra era abierta, seguido de un jadeo.
Giró sobre su eje, encontrando a Lautaro viéndolo como quien ve a un fantasma —Qué- ¿Es un sueño lúcido?
Sonrió. Lautaro seguía siendo Lautaro, aunque ya no fueran unos adolescentes.
—No, boludo. Soy yo, Licha.
Lautaro se acercó casi sin salir de su estado de shock. Lisandro lo abrazó y lo levantó por los aires, haciéndolo reír.
—¡Nooo! ¡¿Qué haces acá?! Qué flash, no puedo creerlo.
—Te quería dar una sorpresa. Qué lindo verte, Lauchita. Te extrañé muchísimo.
—Yo también, gordo. Hace como cinco años que no-
La puerta de la habitación de Manuel se abrió de golpe, cortando la charla.
El par de hermanos lo miró, divertidos con su expresión de confusión.
—¿Estoy viendo doble o-?
—¿Te acordas de Licha? ¿Mi gemelo?
Manuel lo miró fijamente, despertando del todo —Lautaro, ¿cómo que tenés un hermano gemelo? ¿Me estás cargando?
—¿Nunca le dijiste?
Lautaro resopló —Ni bien nos conocimos, el pelotudo no se acuerda. Vení, vamos a preparar unos mates. ¡Dios, me tenés que contar un montón de cosas! ¿Por dónde estuviste? Ví un par de fotos, pero nunca contestas los mensajes, sos peor que yo hijo de puta.
Al regresar caminando por el pasillo, Santiago se quedó en shock al ver al dúo de hermanos. Recién cuando Manuel apareció y le confirmó que era el gemelo de Lautaro, salió de su burbuja de estupor.
Las preguntas llovieron con algunos mates y un budín de por medio. Santiago y Manuel eran los más interesados en este nuevo personaje que había aparecido en sus vidas, mientras que Lautaro estaba fascinado escuchando las aventuras de su hermano.
—Pará, desde el principio. Vos no estabas en Madrid, cuando fuimos no te vimos —dijo Manuel.
—No, no —respondió Lisandro—. Me fui de casa a lo de una tía que tenemos en Italia cuando tenía diecisiete más o menos, de ahí que no lo ví más a Lauti. A mi me gusta mucho la cocina y conseguí una beca allá para estudiar. Terminé la carrera hace poco y, nada, ya tengo mi vida allá. No pensé en volver a Madrid o a Argentina. Ahora porque estoy de visita, pero ya tengo mi propio departamento y todo en la Roma.
—Miralo nomás a Licha. Quién te ha visto y quién te ve. Felicidades —sonrió Lautaro sinceramente, siendo segundeado por sus amigos.
—¿Por qué no te quedas acá? —sugirió Manuel— Digo, en vez de en un hotel…
Lisandro sonrió de lado —¿Me estás invitando, Merlo? Yo encantado, gracias.
Manuel sonrió, un poquito intrigado por el tono que estaba usando aquel sujeto con él. Pero lo que más le llamó la atención es la para nada sutil patada que Lautaro le dió a su hermano por debajo de la mesa.
—Si, ¿no? —preguntó a sus compañeros, recibiendo una afirmativa— Las camas son grandes, no hay problema.
Lisandro sonrió mientras tomaba un sorbo de mate —Si lo pones así, no hay forma de que te diga que no…
—Bueno —carraspeó Lautaro—. ¿Te quedas todo el día? Porque estaría buenísimo para el stream de hoy. No sé si querés.
Lisandro asintió —Si, ¿por qué no? Los veo de vez en cuando, me copa. Estoy, a cambio de una cosita.
Lautaro alzó suavemente sus cejas, sorprendido —Si, obvio, ¿qué cosa?
—Por favor ventilen este lugar. El olor a humedad me va a matar si no abren una ventana en cinco minutos.
El trío se rió pero Manuel fue el que activó y abrió algunas de las ventanas del recinto. Pasados los minutos, Lisandro se ofreció a preparar unos tallarines caseros para sus nuevos conocidos y su hermano, y claramente ninguno le dijo que no. Apenas una hora después, estaban disfrutando de un almuerzo que tenía sabor a comida casera después de semanas a delivery y comida rápida.
—Así que… ¿estás de novio, pichón? —preguntó mientras se servía más gaseosa— Ví el vídeo en el concierto de Bad Bunny con una rubia.
Lautaro sonrió tímidamente —Si, Juliana. Tenemos apenas dos meses, pero bien. Te la puedo presentar algún día.
—Encantado —sonrió.
Barrió su mirada entre Santiago y Manuel, simplemente de curioso, y le llamó la atención la cara de ojete que tenía el segundo en cuestión.
Ahí había gato encerrado, y estaba dispuesto a revelarlo.
(...)
El stream había comenzado hace aproximadamente media hora, donde Lisandro se presentó frente a los viewers y contó un poco sobre su vida y cómo era Italia. El público lo recibió encantado, a pesar de que los hermanos no eran tan similares en personalidad.
—Bueno Licha, te comento —dijo Santiago en un momento, mientras le pasaba el vaso que habían improvisado en aquel momento con vodka y gaseosa de limón—. Acá se habla de cualquier pelotudez; de minas, de chupi, de anécdotas, de lo que se te ocurra.
Lisandro dió un trago y sonrió, ya un poco entonado —Medio complicada la primera.
Manuel alzó una ceja —¿No podés hablar de minas? ¿Estás de novio?
Y Lisandro negó, pasando el vaso ahora a su hermano —No… Al contrario que Lauti, yo soy muy, muy puto —admitió sin más, haciendo ahogar a su hermano por lo sorpresivo que fue—. Así que chicos, ya saben —dijo esta vez viendo hacia la cámara—. Ando soltero, soy cocinero, sé italiano…
Hubo un silencio de unos segundos hasta que Manuel fue el primero en hablar.
—¿Si tuvieras que elegir entre nosotros dos-?
Lisandro rió suavemente —Mi opinión es mía y me la guardo para mí —respondió risueño. Los tres se rieron, pero no pasó desapercibido por nadie que Lisandro le guiñó el ojo al morocho de tatuajes—. Además, al pedo. Son los dos pakis, ¿no?
—Eso vendría a ser… —empezó Santiago, un poco perdido.
—Hetero —aclaró.
—Yo si. El muchacho Manuel… Dejame dudarlo.
Licha sonrió fascinado y lo miró directo a los ojos —¿En serio?
Manuel se encogió de hombros, sintiéndose nervioso por primera vez en mucho tiempo —Yo no me cierro a nada.
—Dormiste Moski, encima tu propio hermano —dijo Santiago divertido.
Lautaro resopló —Qué pelotudo que sos.
Una sensación extraña se alojó en el estómago de Manuel, por lo que decidió seguir con el directo y lo que habían planeado; un juego para ver qué tanto se conocían los hermanos.
Las horas pasaron sin más, riendo a carcajadas por las ocurrencias del dúo y las intervenciones de Santiago y Manuel. Acordaron hacer un stream de cocina al estilo MasterChef dentro de unos días e incluso se propuso que regrese la sección Tinder pero con Lisandro, buscándole un novio. Aunque este se negó casi al instante.
El stream finalizó tras tres horas y media de contenido. Los muchachos se dispersaron, casi de forma automática. Lautaro partió a su habitación, Santiago se tiró frente al sillón a ver el canal de deportes y Manuel fue el único que se quedó en el setup, leyendo Twitter de arriba a abajo, actualizando y viendo cómo les había ido en general.
—Licha —lo llamó su hermano.
—¿Hm?
—Me tengo que ir. ¿Vos te quedas acá con los chicos?
Manuel lo miró con cara de culo, pero Lautaro ni se inmutó.
—Si, obvio. ¿A dónde vas?
—A lo de Juli. Otro día nos organizamos mejor con ella y te la presento. Nos vemos.
El departamento quedó en un silencio total que sólo se rompió cuando se escuchó a lo lejos el ascensor llegando a su piso.
—Es un pelotudo —soltó Manuel, frustrado.
Santiago resopló —Hace siempre lo mismo hermano, no sé qué te sorprende.
—¡Boludo! —exclamó, poniéndose de pie— Vino a verlo el hermano después de casi cinco años sin verse y se fue. ¡Se fue a Pilar a ver a una boluda que conoce hace un par de meses! Yo posta Licha si fuera vos, le arranco la cabeza del cuerpo.
Lisandro rodó los ojos, aún en la silla con rueditas, moviéndose sutilmente —Mi hermano siempre fue igual de despistado, hace estas cosas sin darse cuenta si van a caer bien o mal. No me importa, tranqui.
—Igual… —masculló Manuel.
—Eu. Escuché que te gusta mirar películas —soltó, buscando cambiar de tema—. ¿Estás para una? No sé Santi…
—Paso —dijo rápidamente.
Manuel aflojó su cara de culo —Bueno… Pasa que la tele se la agarró este vago.
—¿No hay otra?
—Si, tengo una en mi pieza.
—Dale, vamos. Voy al baño primero.
Ni bien Lisandro desapareció por el pasillo, Manuel miró a su amigo. Estaba con la cabeza apoyada sobre el respaldo, viéndolo fijamente. Le hizo una simple seña y se acercó.
—Aprovechá —dijo en un tono bajo.
Manuel se quedó procesando unos segundos —¿Qué decís, boludo?
—Es puto, lo dijo en el stream. Es el calco de Moski, dale. ¿Me vas a decir que vas a desaprovecharlo? Además que te viene haciendo ojitos desde que llegó más o menos.
Los ojos de Manuel se abrieron ampliamente al comprender lo que decía su amigo —Estás en pedo. Lauti se llega a enterar-
—Yo no pienso decir nada porque justito me estoy por ir a lo de una chica —respondió sonriente—. Y creo que ninguno de ustedes dos va a ser tan boludo para dejar que Moski se entere.
El sonido de la cadena siendo tirada hizo que se enderece en su lugar.
—Gordo…
Santiago suspiró —Vos ya sabes lo que pienso. Moski está en otra. En algún momento va a darse cuenta él solo de la cagada que está haciendo, pero mientras tanto… Vos hace la tuya, aprovecha que este en una semanita se va a la mierda.
Escucharon las pisadas en el pasillo y Santiago se puso de pie.
—Licha, yo en diez me voy. Por si quieren usar el sillón acá.
—Ah, si, mejor —dijo con una sonrisita—. A mi me van las pelis de terror. Sé que a Lauti no. Podemos aprovechar.
Manuel sonrió con nerviosismo y giró hacia la cocina —Voy a hacer unos pochoclos.
—¿Medio homofóbico si supongo que como sos puto sabes de ropa?
Lisandro rió —Si. Sé de ropa, pero no porque sea puto. Dale, te ayudo.
—Geniooo —exclamó Santiago, indicándole la dirección de su armario.
Manuel sonrió ante la conversación de su amigo con el rubio, pero aún así no podía dejar de darle vueltas a lo que había dicho Santiago.
Si, era una oportunidad de oro. Lo más cercano a estar con Lautaro sin arruinar su vínculo, o lo que quedaba de él. Pero aún así le parecía demasiado. Si Lautaro se llegaba a enterar, iba a quedar expuesto en su totalidad. Si bien estuvo con hombres hace poco y su amigo era consciente de aquello, este era su hermano gemelo. Era ante todo extraño y morboso.
—¿Estás fabricando el maíz o cómo es?
Pegó un saltito en su lugar al sentir la voz ronca de Lisandro detrás suyo. La piel se le erizó y giró, alejándose un poquito.
—Ay, me asustaste —sonrió—. Perdón, me quedé pensando en una cosita y me re colgué. Ahí lo hago.
Licha sonrió y se sentó en una de las butacas, viendo al tatuado tomar una bolsa de Popcorn y meterla directamente en el microondas.
—Santi ya se fue —comentó—. Me dijo que no sabía si volvía esta noche. Tenemos la casa para los dos solos.
Manuel tragó saliva con nerviosismo —Bueno, si. Podemos ver una peli y, no sé, tengo un par de juegos en la play.
Lisandro se quedó viendo a su acompañante. Estaba visiblemente nervioso, aunque todo el mundo dijera que era buen mentiroso. Movía uno de sus pies, sin despegarle la vista al microondas y se rascaba los brazos con frenesí, un gesto que había visto incontable cantidad de veces en los streams.
Pero además de eso, no paraba de ver lo hermoso que era. El cabello negro y los ojos verdes hacían un contraste bellísimo con su pálida piel. Los tatuajes y los piercings le daban un aspecto de chico malo que le calentaba en exceso, combinado con su estilo para vestir y lo estético que era, lo tenía en sus rodillas cuando quisiera.
El silencio que se formó tan sólo se rompió cuando el microondas indicó que ya había terminado su trabajo. Manuel se encargó de poner los pochoclos en un bowl y Lisandro lo ayudó a preparar un buen vaso con gaseosa, hielo y apenas un poco de alcohol, para que pudieran disfrutar la película.
Al llevar las cosas al living, Manuel se dejó caer un poco apartado y Lisandro soltó una risita.
—No muerdo, eh. A menos que me lo pidas, Merlo.
Manuel sonrió un poco nervioso y se acercó, casi rozando sus piernas. Tomó el control y se deslizó por el inicio de Netflix hasta encontrar una que les llamaba la atención a ambos.
Fue Manuel quien se paró a apagar las luces y Licha quien le dio play a la película. Ambos estaban intentando concentrarse en lo que ocurría en ella, pero cada quien tenía su cabeza en otro lado.
Apenas habían pasado diez minutos cuando Licha dejó caer su cabeza sobre el hombro de Manuel, esperando una reacción, pero podía sentir la rigidez en todo su cuerpo. Se le escapó un resoplido antes de volver a enderezarse.
—Tenes una muy mala fama, Merlo.
Manuel lo miró de reojo, sintiendo que el corazón se le detenía al verlo en posición, gateando hacia él. Cayó sobre sus propios codos y tan sólo se limitó a mirarlo.
—¿Qué-? ¿Por qué decís eso?
Lisandro soltó otra risita —Tenes fama de gatero, de que te llevas a cualquiera a la cama en dos minutos. Pero me desilusionaste. Eso, o es un chamuyo que tiras para los dos lados.
Las manos de Manuel se aferraron al sillón, esperando aliviar un poco la tensión que tenía en su cuerpo, pero era inútil.
—Me gustan los hombres, estuve con un par, pero-
Lisandro rodó los ojos —Manu, no me gustan las mentiras. Y ya ví cómo lo miras a mi hermano, llamalo un sexto sentido si querés. Pero a mi no me podés mentir con eso.
—Si, me encanta. Me muero porque deje a la novia y me de bola a mí —admitió, intuyendo que su secreto estaba a salvo—. Pero no entiendo qué tiene que ver…
—Que… —hizo un breve silencio mientras deslizaba una de sus manos por el abdomen de Manuel, siguiendo el movimiento de su mano con la mirada, hasta que se detuvo en su mejilla— Podemos fingir demencia, al menos por unas horitas —susurró, generando un ambiente de intimidad tan sólo con su voz ronca. Sus ojos marrones lo veían con lujuria, con un deseo encantador—. Vos me encantas desde que te vi en esa sesión de fotos góticas que hiciste hace un tiempo y me moría por conocerte. Además, me veo igualito, ¿no?
La puta madre.
Era el calco de Lautaro, literalmente. El mismo estilo de peinado, la misma ropa old-money, incluso el mismo perfume. ¿Podría seguirlo? ¿Podría aprovechar este momento sin arrepentirse, sin sentirse culpable?
Lisandro notó su indecisión y terminó de gatear hasta sentarse encima de sus muslos, llegando a rozar ambas entrepiernas. Sentir la dureza del chico de ojos verdes, le produjo un escalofrío que lo recorrió por completo.
Por su lado, Manuel sentía que la cabeza le estaba jugando una mala pasada. Que veía al chico encima suyo, y no podía evitar imaginar que era Lautaro, aunque este jamás se le haya insinuado de semejante forma.
¿Por qué no? ¿Por qué no podía aprovechar y disfrutar de todo esto?
Tragó saliva con pesadez. La mano de Lisandro se deslizó por su pelo, erizándole la piel. Un jadeo de derrota salió por sus labios y tan sólo asintió. ¿A quién iba a engañar? Se moría de ganas por saber cómo era besar a Lautaro, conocer su cuerpo, escucharlo de todas las formas posibles, cruzar límites que ni siquiera había imaginado anteriormente.
Y si esto era lo más cercano a aquello, lo tomaría.
Alzó sus manos, dispuesto a tomarlo por la cintura, cuando la puerta principal se abrió de golpe. Lisandro encima suyo soltó una risa sarcástica, como si aquello fuera predecible, y se quedó en su posición. Incluso, apretó un poco más sus muslos.
—Lo sabía —soltó el recién llegado, agitado, encendiendo las luces del recinto.
Al escuchar la voz de Lautaro, Manuel se hundió aún más en el sillón, esperando que éste pudiera tragarlo y desaparecer de escena.
—¿Y? —se encogió de hombros, sin quitarse de su lugar— Si vos no lo querés, dejámelo a mí —sonrió divertido.
—Pará, boludo —murmuró Manuel, sintiendo que se iba a morir de la vergüenza. Intentó quitar a Lisandro de encima suyo pero éste lo seguía apretando.
—No Manu, ¿por qué? Si vos y yo estamos solteros, ¿cuál hay? Lauti se había ido con la novia.
Y Lautaro respiró pesadamente —Tomate el palo, Licha. Al final sos el mismo forro de siempre. Mirá que yo te defendí, pero seguís igual. Estás haciendo lo mismo que le hiciste a la tía-
—Me parece que estás comparando peras con manzanas —interrumpió Lisandro. Terminó por ponerse de pie, dejando que Manuel pueda sentarse en el sillón—. ¿Qué haces acá?
—Le mandé a Santi qué onda, qué estaban haciendo. Se le escapó que los dejó a los dos sólos y era obvio que ibas a hacer esto. Porque siempre haces lo mismo.
Licha rió —Pero si vos estás de novio, Lauti. No sé qué estás comparando.
Lautaro apretó los labios con bronca. Manuel lo miraba. No entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando, y no sabía si meterse o no. Porque podía ver a su amigo conflictuado, sin saber qué decir o qué hacer, pero tampoco quería exponerse demasiado.
—No pasó nada —murmuró Manuel, queriendo aliviar la tensión. Sintió la mirada de los dos hermanos encima suyo y por primera vez en mucho tiempo, se cohibió—. Digo- Estábamos charlando, no- —suspiró, poniéndose de pie—. Hasta mañana —murmuró rápidamente antes de caminar a paso rápido hasta su habitación y cerrar con seguro.
Bueno, había paniqueado.
Excelente.
Las siguientes dos horas se la pasó encerrado, girando en círculos sobre sus propias ideas, puteando a Santiago por mensajes de texto e intentando escuchar algo de la conversación de los hermanos.
No logró escuchar absolutamente nada y, para colmo, en cierto momento tan sólo quedó un silencio abrupto en el departamento.
Esperó varios minutos, pensando que tal vez estaban hablando en voz baja, pero quitó el seguro y entreabrió la puerta. Silencio puro.
¿Qué hago? La re puta que me parió.
Volvió a tirarse en la cama y pensó que ese sería problema de su yo del futuro. Al menos, con Santiago podría llegar a armar algo y excusarse. No debería ser tan difícil.
—¿Vos querés que yo te cague a trompadas? Mirá que no me olvidé todo lo de boxeo.
Santiago se rió del otro lado de la línea —No gordo, perdón. Pero surgió así de la nada. Dale, no puede ser tan difícil.
Manuel lloriqueó, pensando en cuánto daño se haría si abría la ventana y saltaba así sin más —Estoy encerrado desde anoche acá, boludo. No me podes dejar sólo con los dos. Me voy a morir de la vergüenza.
—¿Vos? Sos lo más caradura que conozco. Dale, preguntale a Moski qué onda, en qué quedaron. Vos sos el mitómano acá amigo, yo sé que algo se te va a ocurrir.
—Pero-
—¡Ya nos pasaron a buscar! Te traigo un souvenir, te quieroooo.
La llamada se cortó abruptamente. Santiago le avisó, como quien no quiere la cosa, que la familia se iba en crucero a pleno Caribe y que le consiguieron un lugarcito a último momento, que regresaba unos días antes de la mudanza.
O sea, que él había quedado en ese departamento con los dos hermanos y sin saber cuál era el panorama.
Respiró profundamente y decidió encarar la situación. Después de todo, tendría que hacerlo tarde o temprano. Abrió la puerta con un poco de miedo y salió al pasillo. Se asomó por la puerta de la habitación de Lautaro pero para su sorpresa no había nadie. Empezó a preocuparse, pensando que tal vez la situación se había ido de las manos, pero a los pocos segundos los encontró a ambos, durmiendo en el sillón del living.
Le llamó la atención cómo ambos estaban en la misma posición fetal, ocupando cada uno un extremo del sillón. Sus cabezas estaban juntas, como si se hubieran quedado charlando hasta tarde, y notó que ambos tenían un par de moretones en el rostro. Claramente, de una pelea física.
Le costaba imaginar a cualquiera de los dos teniendo ese tipo de encuentro, pero podía reconocer esas marcas fácilmente tras su experiencia con el boxeo.
Respiró profundamente y decidió salir a correr un poco. Cuando regresara, seguro que tendría mucho de qué hablar.
Se colocó sus zapatillas deportivas, tomó sus auriculares y así sin más abandonó el recinto.
Pensó en la situación en frío. Concretamente, no había pasado nada con Lisandro. Cuando Lautaro abrió la puerta, estaban en una posición sugerente, si. Pero ni siquiera lo estaba abrazando o algo por el estilo, estaba libre de pecado. Aunque bueno, no podía contar con Licha. No sabía qué tanto buscaría cubrirlo o si siquiera le interesaba hacerlo.
Lo único que lo incomodaba muchísimo, es que Lautaro supiera de sus verdaderos sentimientos por esta estupidez. Siempre se imaginó abriendo su corazón en una charla emotiva, donde ambos estuvieran con la certeza de que era mútuo. Si Lautaro terminaba sabiendo cuánto lo ama porque estuvo a punto de coger con su gemelo, se iba a morir de la vergüenza y de la angustia.
Además de todo, Lautaro estaba de novio. Claramente no quería nada con él. Era arruinar su vínculo y generar una incomodidad sin motivo ni razón. Quería putear a Lisandro y echarle toda la culpa, pero sabía que no correspondía. Había sido él y su calentura. Nada más.
Se tiró del pelo con bronca. Cuando creía que iba a empezar a superar las cosas, y admitir que había perdido frente a Juliana, ahora le salía esto.
—La que me re parió —puteó en voz alta, notando que su recorrido había terminado.
Eran apenas las dos de la tarde. Santiago no estaba y no le quedaba de otra que enfrentar la realidad.
Subió por ascensor, deseando que por algún motivo se detuviera y no tuviera que pasar por este momento de mierda, pero éste funcionaba a la perfección.
Caminó con pesadez por el pasillo hasta que entró al departamento, cabizbajo. Lo primero que lo impactó fue un olor a comida exquisito. Alzó la mirada, descubriendo el sillón vacío y a ambos hermanos cocinando uno a la par del otro.
—Buen día —saludó, incrédulo.
El dúo lo saludó como si no hubiera pasado absolutamente nada y siguieron con lo suyo. Manuel se quedó unos segundos parado al lado de la puerta, como si no pudiera caer del todo.
—Me voy a bañar —avisó.
—¿Te acompaño? —dijo uno de ellos. Creía que era Lisandro, porque seguía con la misma ropa que ayer.
El otro le dio un codazo a su hermano y lo miró de reojo antes de regresar a cortar fruta.
Bueno, parece que está todo bien pensó por dentro antes de partir rumbo al baño. Se duchó, logrando relajar su cuerpo tensionado y quitar el sudor que recorría su piel.
Salió con una toalla en su cintura. Al entrar en su habitación, buscó rápidamente un conjunto cómodo para estar en su hogar y volvió a reunirse con el dúo de hermanos, con una toalla sobre sus hombros por su pelo húmedo.
Los encontró en la mesa del comedor con varias fuentes de fruta, tostadas, café y un par de cosas de panadería que desconocía.
—¿Todo en orden? —preguntó como quien no quiere la cosa, tomando lugar en la mesa en frente de ambos.
Lautaro resopló suavemente, pasándole una taza de café —Si, perfecto. Ayer no pasó nada, punto. Ahora comé.
Lisandro rió detrás de su taza, dio un sorbo y volvió a dejarla en la mesa —Es un desayuno típico de Italia. Capuccino -sin falta-, frutas, tostadas con nutella y bollería.
Manuel salió de su estupor viendo las facturas —Ah, no sabía qué era esto.
—Eso es maritozzo, relleno con crema batida —pronunció en un perfecto italiano—. Obvio tuve que ir a comprarlo, lleva como dos horas hacerlo, pero otro día puedo prepararlo si quieren.
—Uh, qué pinta. Gracias Licha.
Lo manoteó y lo probó, deleitándose con el dulzor.
—Qué rico, está buenísimo.
—Vos est- ¡Hm! —comenzó a decir Lisandro, siendo interrumpido por su hermano que le metió un pedazo de manzana en la boca a la fuerza.
—Pará, alzado de mierda. Ni comer en paz se puede.
Manuel rió suavemente, aunque un poco incómodo. No quería imaginar de qué tanto habían hablado los hermanos, pero como Lautaro había dicho que “no había pasado nada”, entonces tal vez debía hacerles caso. Después de todo, pasarían la próxima semana los tres sólos.
—Ah, casi se me olvida. Hablé con Santi.
—Te iba a decir, raro que no esté a esta hora —respondió Lautaro mientras manoteaba una de las tostadas.
—Si… Me acaba de avisar que lo llamó la familia y de la nada se está yendo a un crucero con todo pago al medio del Caribe. Parece que vino a la madrugada a llevarse ropa y, nada, vuelve antes de la mudanza. Pero es terrible, nos dejó re clavados.
—Ah, miralo al tipo —sonrió divertido—. ‘Ta bien, que lo disfrute.
—Vos también te fuiste de viaje y no se murió nadie —dijo Lisandro sonriente.
—No es lo mismo, che. Dale, comé víbora.
El desayuno transcurrió un poco más tranquilo y empezaron a idear qué podrían hacer esa noche en el stream. El próximo día tendrían invitados y ya al siguiente era sábado, por lo que no era obligación prender.
Al finalizar, Manuel estuvo a punto de levantarse cuando Lisandro se le adelantó y se colocó detrás de él. Con un cariño que hace mucho tiempo no sentía, empezó a frotar la toalla sobre su cuero cabelludo, secándolo a la perfección. Se permitió cerrar los ojos, perdiéndose ver cómo Lautaro doblaba un tenedor y amenazaba a su hermano con lanzárselo por la cabeza.
Pero detalles.
Se les ocurrió salir a comprar un par de atuendos exactamente iguales y que la gente tuviera que reconocer quién era Lautaro y quién era Lisandro, además del stream de cocina y lo que solían hacer todo el tiempo, que era hablar estupideces.
La tarde se les pasó de compras para lo que planeaban, siendo acompañados por Balza en su auto.
—Es increíble la cantidad de chicas que los siguen. Son re amorosas encima —comentó Lisandro cuando ya estaban regresando. Eran ya las ocho de la noche y no faltaba casi nada para el stream—. Me siguieron un montón por Twitter y un grupo me escribió para decirme que me compraron un regalo.
—¿Si? —sonrió Manuel.
—Se enteraron hace dos días de mi existencia, es una locura. Encima tienen nombre de secta, Moskiteras —leyó en voz alta.
Lautaro sonrió —Ya son habitué —dijo sonriente—. Aceptalo, son re buenitas. También te digo, no sé de dónde sacan tanta guita…
La llegada al departamento fue inminente y una vez libres de responsabilidad, los tres se tiraron en el sillón. Lisandro les preguntó qué les gustaría cocinar, a pesar de que habían comprado de todo un poco, y terminaron decidiendo que lo mejor para el stream era hacer pastas caseras; era lo más entretenido que se les ocurrió.
Los minutos pasaban, pusieron un partido de fútbol para distraerse mientras llegaba la hora de prender, pero Manuel no dejaba de preguntarse:
¿Qué mierda hacía Lautaro aún ahí con ellos? ¿Por qué no se había ido con Juliana hoy?
Todos los días iba a verla, aparecía siempre a la hora del stream ya cenado y con los minutos justos para enterarse de qué harían esa noche. ¿Entonces? ¿Por qué no se había ido aún? ¿Es porque le había agarrado culpa de abandonar a su hermano? No, si a Lautaro le chupaba un huevo quedar bien o mal con la gente.
Suspiró muy despacio, dejando caer su cabeza sobre el respaldo del sillón. Le chupaba un huevo un Independiente - Banfield, pero al parecer a los hermanos hinchas del rojo los tenía lo suficientemente entretenidos.
—No, ¿cómo vas a errar ese pase? Hijo de puta —insultó Lisandro por lo bajo.
—Es horrible, no sé qué mierda hace jugando de titular.
—No hay nada mejor, por eso —respondió Licha, acomodándose en su lugar.
De repente, Manuel empezó a sentir una mano en su pelo, acariciando su cuero cabelludo con las yemas de sus dedos y apenas tuvo que hacer un relojeo a la derecha para saber que era el hermano de Lautaro. Le sonreía de forma pícara, como hizo durante la noche anterior, y no pudo evitar que se le erize la piel. Lo miraba directo a los ojos, con esa lujuria que le nublaba las ideas. De repente, sus labios se movieron sin que un mísero sonido saliera. Pero aún así había logrado entender el movimiento, le había dicho “lindo” claramente.
Intentó reprimir una sonrisita, pero este chico le resultaba de lo más entretenido. Lo único que lo sacó de su burbuja fue la voz de Lautaro.
—Manuuu —soltó, en una queja.
—¿Qué pasa bebé? —preguntó, girando su cuello hacia el otro lado.
Lautaro lo miró desde abajo, batiendo sus pestañas. Sus ojos pasaban por su rostro, analizando cada rasgo, cada poro. Estaba ahí, apenas a unos centímetros y no le salían las palabras.
Desvió su mirada y se encogió de hombros —No, nada. Estoy cansado.
Acto seguido, apoyó su cabeza sobre el hombro de Manuel, acurrucándose contra éste.
El corazón de Manuel se hinchó, porque hace muchísimo tiempo que Lautaro no se acercaba de esa forma a él. ¿Qué le había agarrado tan de la nada? Con lo arisco que es este chico, hasta chocar los cinco era un hito. ¿Esto? ¿Podría sacarle una foto y enmarcarlo de por vida?
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el gol de Independiente que hizo poner de pie a ambos hermanos, lo que le llamó la atención porque ambos tuvieron los mismos gestos al mismo tiempo, como si fueran el reflejo de un espejo.
Al regresar al sillón, tuvo la intención de abrazarlos, pero se quedó helado. Casi como si se hubieran puesto de acuerdo, los dos se dejaron caer en el sillón en su extensión y dejaron caer su cabeza sobre su muslo, uno de cada lado. Veía los cabellos rubios, unos un poco más dorados que los otros al pasar más horas fuera de casa, y sentía un cosquilleo extraño en el estómago.
Reaccionó y tomó su celular para sacar una fotografía. Pensó y pensó, y terminó pasándosela a Santiago, quien por suerte estaba en línea en ese momento.
“Qué mierda hago me explicaaasss”
“Estos dos me van a volver loco”
“Jajajajaja qué sé yo hermano”
“Pela la chota y hagan un trío”
“Jodaaa, en el sillón no”
“Qué asco”
“SANTIAGO”
“Deja”
“Ojalá se te hunda el crucero”
Volvió a bloquear su celular, ahora con un sonrojo que no se le estaba bajando, rogando para que su mente no imagine cosas indebidas en semejante situación inoportuna.
Miró hacia la pantalla, el segundo tiempo apenas llevaba unos diez minutos.
La puta que me parió.
El segundo stream con Lisandro fue un éxito. Al parecer la dupla Licha-Laucha era entretenida de ver. Más aún cuando ambos se complotaron para volver loco a Manuel y lo hacían marear sobre cuál era cuál. El apartado de cocina también gustó mucho, porque la diferencia entre los hermanos Moschini respecto a lo culinario era gigantesca. Se entendía, porque uno se había dedicado justamente a aquello, pero igualmente causaba gracia.
Mientras Manuel y Lautaro estaban juntando algunas de las cosas de cocina, Lisandro se puso a leer el chat. En un momento soltó una risita.
—¿Qué pasó? —preguntó Manuel.
—Uno pone “Qué típico, un trolo que cocina”.
—Qué gente de mierda, no les des pelota —respondió rápidamente—. Baneen, mods. Laburen, loco.
—Na, está bien. Supongo que sí es típico. Que me diga trolo no es un insulto, es lo que soy —dijo sonriente, encogiéndose de hombros.
—¿Siempre fue o-? No respondas si no querés.
Licha miró a Lautaro por unos segundos pero este le indicó que diga lo que quiera.
—Fue cuando era adolescente que me gustaba mucho la música pop y las novelas que miraba mamá. Medio que ahí empecé a dudar, pero todavía no me había gustado nadie hasta ahí. Y de la nada me enamoré de mi mejor amigo. Él era re hetero y nunca pasó nada pero de ahí, nada, intenté estar con una mujer para sacarme las dudas y ahora Mechi es mi mejor amiga —sonrió—. Supongo que siempre estuvo ahí, en algún punto había que enfrentar la realidad. No hay nada peor que reprimirse.
—Concha de la lora.
Manuel giró a ver a Lautaro, que se había cortado la yema de un dedo con el filo de un cuchillo. Se lo llevó a la boca y se fue de escena.
—¿Estás bien, gordito?
—Se, voy al baño, tranqui.
Lisandro revoleó la mirada pero decidió aprovechar el momento a solas.
—La verdad… Muy buen aprendiz —sonrió mientras se acercaba—. Me sorprendiste para bien.
Manuel sonrió —¿Tan poca fe me tenías?
—Y… Sabiendo que viven a delivery por acá, si. Igual le agarraron la mano fácil. Mañana podemos hacer un buen risotto, si te animas.
—Tengo que aprovechar que tengo un chef en casa —respondió, poniéndose un repasador en el hombro.
Lisandro sonrió. Sabía que estaban en vivo, pero no le importaba. Se apoyó en la mesada de lado, mirando los labios de Manuel por unos segundos —No tengo problema en darte un par de clases privadas. Por vos…
A Manuel se le escapó una risita nerviosa. Se lo estaba chamuyando en vivo, el muy caradura.
Se mordió un labio y lo empujó suavemente —Dale, mañana me enseñas. Y a cocinar también.
—Buenooo. Estamos en vivo, la puta que lo parió —soltó Lautaro entrando en escena. Para sorpresa de ambos, se colocó justo en el medio y siguió juntando lo que habían usado previamente, ignorando las cargadas del chat y los mensajes que no paraban de llegar a su celular.
Últimamente, venía fingiendo demencia con demasiadas cosas en su vida. Se sentía como una olla a presión a punto de explotar, pero hacía todo lo posible por mantenerse en pie.
A la hora ya habían terminado el stream, tras cenar unos buenos ravioles caseros con crema de verdeo. Manuel levantó los platos para lavar y Lisandro le alcanzó un par de vasos que quedaron allí.
Desde el sillón, Lautaro los miraba sonreír y sabía que se estaban chamuyando. Resopló, queriendo que el mueble lo trague para abajo y desaparecer sin más. ¿Qué mierda estaba haciendo? ¿Por qué tenía que pasar todo esto ahora?
Cerró los ojos, cansado.
Desde la charla que tuvo con Lisandro de aquella vez que Manuel los dejó solos que no podía sentirse en paz.
“¿A quién querés engañar, Lauchita?” había dicho con la voz suave “Mamá y papá van a ser los mismos siempre. No tenés que hacer algo que no querés para hacerlos felices. Si los dos hijos le salieron trolos, no es problema tuyo. Y con todo esto sólo te haces mal a vos, gordo.”
Se abrazó al almohadón. No quería darle la razón, porque era derrumbar todo lo que tanto se había esforzado por formar en estos últimos meses. Ya había tenido una crisis, y resultó en él escapando a Dubai para explorar su sexualidad y sacarse las ganas. En su regreso había conocido a Juliana, que parecía ser todo lo que necesitaba para volver a su normalidad. A la normalidad que había vivido por más de dieciocho años, a la que sus padres tanto le habían inculcado. A la que se había visto forzado cuando Lisandro resultó no sólo ser gay, sino que a su vez se estaba comiendo al novio de una tía lejana de ellos.
Se aferró a Juliana, pasando casi todos los días y cada hora posible con ella, tanto que estaba empezando a creer la novela que había armado. ¿Pero cómo podía mantenerla, si cada vez que veía a Manuel con alguien más el estómago se le retorcía de los celos? ¿Cómo?
Y para colmo, con su gemelo. Que verlos, era como si fuera verse a sí mismo. Como en los videos que tanto le salían en su inicio de Twitter donde se quedaba viendo a Manuel con un rostro de enamoramiento que le costaba creer que fuera él.
Pero había cosas que no se podían ocultar, por mucho que lo quisiera.
Se levantó de su lugar y miró al dúo fijamente. En cierto punto, hizo contacto visual con su hermano y éste lo entendió todo. Ambos desaparecieron por el pasillo y apenas ambos estuvieron dentro de la habitación de Lautaro, su hermano lo abrazó con cariño.
—Sos un hijo de puta —sollozó sobre su hombro.
Lisandro cerró la puerta con su pie y le acarició el pelo —Ay, Lauchita… De alguna forma tenías que reaccionar.
Lautaro se despegó para verlo —No te hagas, si estás chocho con todo esto. Un poco más te lo morfas en dos panes.
Y Lisandro rió genuinamente mientras le limpiaba un par de lágrimas rabiosas —Es hermoso, no te voy a mentir. Me sorprende que vos no hayas hecho nada, pensé que sí cuando dejaste todo para venir acá con él.
—Siempre hubo algo —dijo con sinceridad—. Me asusté —admitió—, me escapé a Dubai, medio que me pintó lo espiritual y, nada, justo conocí a Juli que parecía lo que necesitaba en el momento. Ella me quiere, a pesar de todas las cagadas que me mando y lo especial que soy.
—Lau… Lo que siempre necesitaste y te complementaba tan bien estuvo siempre al lado tuyo, ¿sos joda? ¿A qué le tenés tanto miedo? ¿A mamá y papá?
Lautaro tan sólo asintió. Tan rápido que incluso se sorprendió a sí mismo.
—¿Qué te van a decir? Ya tenemos veintitrés años, Lau. No somos los pendejos de dieciséis que querían moldear. Es lo que les tocó, o nos quieren como somos o bueno, que se consigan un perro si tanto quieren criar, qué sé yo.
Lautaro rió genuinamente —Qué pelotudo que sos.
—Es la verdad. No tengas más miedo, Lauchita. Vos también mereces ser feliz. No te das cuenta, pero tenés una mochila encima de tus hombros que el día que te la quites vas a ser muy, muy feliz —insistió con la voz dulce, acariciando sus brazos.
—¿Si?
—Si, gordo, obvio. Escucha, arranca por algo fácil. Yo ya lo sé, y no se murió nadie. ¿Por qué no intentas decirle a alguien más? Entiendo que con Manu justo no, por su vínculo y blah, blah, blah. Decile a Bauleti.
—¿Así de la nada?
—¡Si, Lauti! ¿Qué tanta preparación tenés que tener? ¿Querés armar globos y magdalenas con la bandera arcoiris? ¿Un pasacalles que diga “Tenías razón, soy puto”? No gordo, lo llamas, le decís, esperas que te diga alguna boludez y fue.
Lautaro soltó una risa genuina y agarró su celular. No era tan tarde, y muy probablemente su amigo estuviera despierto, a pesar de estar en el otro extremo del continente.
Llamó directamente, cosa que hacía rara vez. El celular sonó un par de veces hasta que contestó.
—¿Quién se murió? ¿Qué pasó? ¿Estás en Argentina?
—¿Qué decís, pelotudo?
—Gordo, la última vez que me llamaste estabas en un avión directo a Dubai. Tengo traumas de abandono, dejame.
Lautaro sonrió —No, eso está bien. Nada más quería decirte una cosa.
—¿No están en stream, no? Más te vale que no sea una joda.
—No pelotudo, escuchame. Estoy acá con Licha, y nada. Hay una banda de cosas que me vengo replanteando estos días.
—Te corto la cabeza. Te vas de nuevo-
—¡No, pajero! Dejame terminar, la puta que te parió.
—Bueno che, perdón.
—Nada, que- eh —empezó, sintiendo que no le salían las palabras—. Bueno, yo te lo digo y fue. Lo mío con Juli, nada, fue para hacerme el pelotudo. No sé, para tratar de tapar las cosas. Pero me gustan los tipos —soltó con un nudo en la garganta.
—¿Eso era, gordo? Ya lo sabía.
—¿Qué decís? —dijo atónito.
—Y si, boludo. Perdón pero tenes mucha pinta de puto. Onda, yo te quiero pero después de ver a tu hermano medio que lo terminé de aceptar. Que cuando salgas del closet ibas a ser más puto que él.
—Vos vivís en un closet, la puta que te parió.
Santiago soltó una carcajada del otro lado de la línea —Te amo gordo. Tipo amigo eh, a mi me encantan las tetas. Un buen brrr y soy el tipo más feliz del mundo. Vos sos un loco.
Lautaro sonrió —Capaz…
—¿Le contaste a Manu?
—Mmm no. Bueno, ese es otro temita…
—Ahh. Mirá vos, che. Ojo de loca no se equivoca —respondió sonriente—. Está bien, está bien. Mejor, me muero por ver todo en vivo y en directo. Tranqui, gordo. Yo no voy a decir nada. Piola que lo hayas dicho. No sé qué mierda más decir, es la primera vez que un amigo me dice que es puto. Pero todo joya.
—Gracias amigo —sonrió genuinamente. A su lado, Lisandro le acariciaba un hombro—. Era eso nada más, disfrutá del viaje. Cuidate.
—¿Qué me agradeces, loco? Dale, nos vemos. Y decile a la pobre chica, no la ghostees. Nos vemos ácaro.
La llamada se cortó y Lautaro, de verdad, se sentía un poquito mejor.
Esa noche cada uno durmió en su habitación y Lisandro en la de Santiago. A pesar de que Manuel se seguía cuestionando qué hacía Lautaro ahí, en vez de ir a ver a su novia, estaba contento. Le encantaba tenerlo ahí, sabiendo qué hacía y con quién estaba.
Habían pasado aproximadamente tres días. Ya era lunes y Lisandro se iría el próximo día. Estaban comiendo una pizza casera, cuando Lautaro soltó una bomba.
—Me separé.
Manuel se ahogó con un pedazo de rúcula y Lisandro le alcanzó un vaso de agua antes de irse a la cocina.
—¡¿Eh?! ¿En serio me decís?
—Mmh. Nada, nos peleamos y terminamos —siguió—. Igual me gustaría haber terminado bien, pero ya está. Está enojada conmigo.
—Bueno, ahora en confianza, me caía para el orto —soltó Manuel.
Lautaro sonrió inconscientemente —¿Por qué? Si era re buena.
—¡Con vos! A ver, pasé de verte todos los días a que llegaras a último minuto, a veces con terrible sueño encima. No sé, siento que te quería cambiar mucho. A mi me gusta- digo, extrañaba al Lauti de siempre.
El corazón de Lautaro se emocionó dentro de su pecho —Siempre soy yo. Tal vez, ahora un poquito más.
—Igual yo quiero todas tus versiones, no te confundas. Pero nada, extrañaba estar con vos y hacer cosas juntos. De repente estabas todo el tiempo con ella y capaz lo que antes hacías conmigo, lo hacías con ella de la nada.
—No te pongas celoso, emo. Ya estoy acá de nuevo.
Manuel sonrió ampliamente y lo despeinó —Me encanta.
Lisandro sonrió viendo la escena desde lejos. Le gustaba ver a su hermano sincerarse consigo mismo; se veía radiante y lleno de alegría.
Tan sólo hacía falta un último detalle para que todo estuviera en su lugar, pero eso ya no dependía de él.
—Te voy a extrañar un montón. Posta, intentemos vernos al menos una vez al año. La próxima voy yo.
Lisandro sonrió, rompiendo el abrazo con su hermano —Obvio. Los espero allá en mi humilde departamento. Tengo una amiga para presentarle a Santiago, sé que le va a gustar.
Lautaro sonrió —¿Qué mina no le gusta a Santiago?
Manuel también se acercó a saludar, siendo abrazado con firmeza por el gemelo.
—Vos, mandale para adelante. Yo sé lo que te digo —dijo Lisandro con una sonrisita.
Y Manuel soltó una risita nerviosa —Callate.
Lautaro alzó una ceja, confuso, pero decidió dejarlo pasar. Su hermano se fue en el traslado que habían solicitado, rumbo al aeropuerto.
Cuando regresaron al departamento, los invadió el silencio y la realidad.
Estaban ellos dos sólos, en la totalidad del lugar.
Y de repente, se sentía pesado.
—Eh- bueno. ¿Vamos a-?
—Manu —soltó de golpe.
—¿Qué pasa, gordo? Me asustas cuando hablas así.
—Hay una cosita que nunca te dije. Y me da cosa que te enteres ahora, pero bueno. Digamos que mi hermano me ayudó con todo esto. Y estoy un poco cansado de guardarme cosas.
Manuel lo agarró de la mano y lo llevó al sillón, para que estuvieran más cómodos —Obvio, decime.
—Ya le conté a Baulo, y a Balza.
—Ah, ¿y yo? ¿Qué soy? ¿El vecino de abajo? ¿Un tiktoker cualquiera? —soltó con un poco de ofensa, aunque intentaba sonar gracioso.
—No, tarado. Pero- qué sé yo. No sé, me costó encontrar el momento.
—Tranqui, contame. Mientras no sea algo ilegal… No porque Balza ya me hubiera dicho.
Lautaro rió, aún nervioso —Mirá, no quiero hacerla larga. Cuando con Licha éramos chicos que teníamos tipo quince, él dijo que era gay pero mis viejos no le dieron pelota, porque pensaban que estaba boludeando y qué sé yo. Hasta que bueno, un día se agarró al novio de una tía nuestra. De hecho, siempre tenía la manía de agarrarse a tipos casados o de novio.
—A la mierda.
—Si, bueno. De ahí que mis viejos se enojaron con él, muchísimo. Porque los rumores allá en Santa Fe volaban. Le habían puesto un apodo horrible que no puedo ni repetir en voz alta, y estaban pensando en mandarlo a lo de un abuelo nuestro en medio del Chaco que era un hijo de puta. Al final, otra tía que es un amor se enteró de todo y le compró el pasaje a Italia. Ahí él pudo estudiar lo que quería y, nada, no sabes lo feliz que estaba. Con mis viejos la pasó para el orto, y cuando él se fue estaban enojadísimos. Y bueno, se la agarraron con el boludo que quedó en Argentina.
—¿Por qué nunca me contaste nada, bebé?
—Porque ya habían pasado varios años. Ellos sólo querían dos cosas de mi: que estudiara una carrera “como corresponde” y que no fuera puto. Pero-
Manuel empezó a sospechar por dónde iba la charla y se enderezó en su lugar.
—Yo estudié, saqué el título, pero después no lo ejercí, me hice streamer. Ahí me agarró mucho pánico, y capaz fue una de las razones por las que vine acá tan rápido como pude, y terminé haciendo lo mismo que mi hermano. Pero bueno, a pesar de que no estaban tan contentos con lo que hacía, veían que me iba bien así que no se podían quejar mucho. El tema es que, nada, después vino todo lo de Dubai. Hay muchas razones por las que me fui, pero hay una que nunca les conté.
Miró a Manuel, porque hasta el momento tan sólo había estado viendo sus manos y jugando con sus uñas de lo nervioso que estaba. Se llevó la alegre sorpresa de que estaba viéndolo con tranquilidad, sonriendo con amor.
—Empecé a dudar… de mí. De lo que me gusta, de si realmente me gustaban las mujeres o no. Había alguien que me hacía dudar todo el tiempo. Intenté estar con chicas que conocía en el boliche pero siempre me salía todo mal. Pensé que yo era horrible y ya está, pero era más que eso. No me excitaba, no me gustaba. Entre todo esto, y que ya no estaba cómodo con el streaming, pensé que tenía que irme y ejercer mi título donde pudiera. Al final terminé dando una vuelta entera porque allá en Madrid mi mamá me convenció que todo iba a solucionarse cuando me pusiera de novio, y yo como un boludo le creí. Apenas llegué acá a Argentina conocí a Juliana y pensé que ya estaba, que era como un ángel caído del cielo, que iba a ser la solución a todos mis mambos. Pero no. Y Licha me ayudó a dejarlo salir, a aceptar que- nada. Que soy gay, que me gustan los hombres. Y que ya no puedo mentirme más, es lo que hay. Aunque no les guste a mis viejos.
—Ay, gordito… Qué feo que hayas pasado por eso vos sólo. Me hubiera gustado saberlo y estar para vos.
Las manos de Manuel, cariñosas y amables, acariciaron su pelo y le producía una sensación de hogar que le aceleraba el corazón. Sonrió, encantado.
—Si… No sé. Nunca lo había hablado con nadie, sólo con Licha y por llamada. Hasta ahora, y él tiene razón. Tengo veintitrés años, si a mis viejos les gusta lo que soy o no, no es mi problema.
—Obvio, bebé —respondió Manuel convencido—. Tu felicidad siempre va primero. Y lo que quieras hacer de ahora en adelante, yo estoy para vos. Si querés hacer un streaming hablando de eso, estoy. Si querés subir una foto y que quede ahí, estoy. No sé, si no querés decir nada pero dejar de hablar de minas, también. Lo que sea, quiero que cuentes conmigo. Quiero estar para vos.
—Gracias, Manu. Me siento mucho mejor ahora que ya no es un secreto.
Manuel sonrió y lo abrazó con fuerza, despeinándolo todo —Ayyyy, te quiero Moskiiiii.
—¡Para, pelotudo! ¡Me vas a desnucar!
Manuel bajó un poco sus manos y empezó a hacerle cosquillas, y Lautaro lo imitó.
Manuel estaba extremadamente feliz. Tal vez, no había mejor panorama para empezar a mover sus fichas. Y Lautaro también se sentía mucho más relajado frente a la reacción tan agradable de quien consideraba su persona más importante a día de hoy.
Se terminaron soltando cuando casi se caen al piso y Lautaro se levantó, avisando que iría a bañarse.
—Lauti —lo llamó Manuel, con la duda en la voz.
—¿Hm? —preguntó cuando ya se encontraba en el pasillo, girando sobre sus pies.
—Vos- O sea-
—¿Qué pasa?
—Dijiste que alguien te hizo dudar antes de irte. ¿Quién fue?
Lautaro lo miró fijamente, pasando la mirada por todo su rostro, sin saber qué decir sin exponerse demasiado. Pero al final, se sentía tan bien que no le interesaba hablar incluso un poquito de más.
—Dios, Manuel. A veces preguntas cada pelotudez.
—¿Eh? —soltó, confuso.
—¿No te parece obvio, a este punto de la historia, después de todo lo que pasó?
Manuel se quedó procesando la información, como si le costara creer lo que le estaba diciendo quien tenía enfrente.
—¿En serio me decís?
Lautaro rodó los ojos y negó con la cabeza —Me voy a bañar, gordo. Estoy re chivado.
Manuel volvió a la realidad al ver que su amigo rubio no estaba en el pasillo y escuchó el ruido de la ducha a lo lejos.
Caminó a paso rápido, sintiendo que el corazón se le estaba por salir del pecho. Abrió la puerta del baño, encontrando a Lautaro tan sólo con su ropa interior puesta. Éste se cubrió con una toalla frente la presencia tan repentina de Manuel.
—¿Qué haces, bolu-?
Manuel se acercó a él con la mirada oscurecida, desesperado. Pasó sus manos por sus dos cachetes y sin pensarlo demasiado, lo acercó en un beso apretado. Lautaro tardó un par de segundos en reaccionar, porque no lo podía creer tan fácilmente, pero terminó abrazándolo por la cintura, acercándolo a su cuerpo. La toalla cayó al piso y el beso se había vuelto demandante. Los labios de Manuel marcaban la intensidad, apretando y mordiendo a su gusto, haciendo que Lautaro se derrita bajo su tacto.
Las manos de Manuel, desesperadas, se movieron al pelo y cuello de Lautaro, volviendo ese beso aún más furioso. Su compañero tan sólo se dejaba llevar, atontado con lo bien que se sentía, como si sus cuerpos hubieran sido hechos a medida el uno para el otro.
De repente, un empujón un poco fuerte de Manuel hizo chocar sus gemelos contra el borde de la bañera detrás suyo y no pudo evitar trastabillar y caer. Manuel intentó atraparlo pero tan sólo terminó cayendo a un lado de él, golpeando su cabeza contra la canilla de acero inoxidable.
—¡La puta madre! —exclamó, llevándose ambas manos a la cabeza cerca de la frente.
Lautaro estalló en carcajadas, aunque intentaba ver si Manuel se encontraba bien o no. Éste, un poco adolorido, no pudo evitar acompañarlo con las risas y terminó abrazándolo mientras la lluvia los mojaba y empapaba su ropa.
Este, sin lugar a dudas, debía ser el día más feliz de su vida. Aunque le quedara un chichón de recuerdo, lo iba a recordar para siempre.
—Los odio. Posta, si tanto me odian, díganlo.
Manuel suspiró ante el planteo de su amigo color anaranjado y cerró otra caja después de acomodarse la venda en su cabeza.
—¿Qué problema tenés ahora?
—A ver. Yo me fumo toda, toda —hizo énfasis— la novela desde que se conocen prácticamente, sabiendo la tensión que tuvieron todo el tiempo. Ochenta veces quedé como un pelotudo adelante de las cámaras cuando ustedes amagaban a comerse la boca y no hacían nada como los cagones que fueron toda la vida. Me tuve que aguantar verte a vos —soltó, hablando directamente a Manuel— llorar casi todas las noches que el otro pajero se iba con la rubia de mierda esa y a vos —dijo, cambiando de destinatario—, tuve que escuchar cómo me decías que no se te paraba con ninguna mujer y los cuatrocientos planteos sobre que éste traiga una mina diferente todos los findes. ¡¿Para qué?! ¡¿Para que lo más emocionante de la novela pase UNA semana que me voy?! ¿No me puedo ir UNA semana? Yo no lo puedo creer.
Manuel intentaba no reírse, porque gracias al golpe, le tuvieron que hacer un punto y le dolía una barbaridad. Pero Lautaro no se limitó y se cagó de risa en la cara de su otro amigo.
—Y encima de todo, te ghosteó la amiga de Licha. Posta, qué semana de mierda.
—Ojalá fuera eso nada más. Me broncee todo menos los ojos y parezco un mapache, se me perdió la valija en el aeropuerto y encima todo este quilombo de la mudanza. Me tendría que haber quedado allá en Punta Cana con una buena dominicana. Porque encima me estoy mudando con dos tipos que recién se ponen de novios, voy a ser el perro de los recién casados, me quiero morir.
—Ayyyy, venga para acá. Qué perrito más lindo —jodió Manuel, acercándose para rascarle la cabeza.
—¡Salí, puto de mierda! Anda a rascarle la cabeza de la pija a tu macho. Dejame ser miserable en paz.
Obviamente, ninguno de los dos lo habían dejado en paz desde que volvieron. Porque a pesar de todo y los chistes, entendían el verdadero miedo de su amigo de ser dejado de lado ahora que eran una pareja.
Tal vez, tomarían la habitación más lejos de la casa. Sólo por las dudas.
