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Al principio, la relación entre Bowser y Moonie era tensa, quizás demasiado. Ella estaba allí a regañadientes, como si fuera una obligación y no una elección (pese a que sí fue elección). Moonie había sido asignada como su asistente, y la misión de ayudar al Rey de los Koopas nunca había sido de su agrado. Bowser, por su parte, trataba de obtener lo que necesitaba de ella, pero su actitud altiva y su distancia emocional no ayudaban en lo más mínimo. Sin embargo, algo cambió cuando Bowser comenzó a desahogarse con ella.
A lo largo de largas charlas llenas de frustración y estrés, Moonie empezó a entender que, detrás de la fachada de villano, había alguien que también necesitaba apoyo. Poco a poco, la relación se fue transformando. El resentimiento se convirtió en una especie de complicidad. Lo que empezó como un vínculo de conveniencia se convirtió en una verdadera amistad, donde Moonie no solo fue su asistente, sino también su confidente más cercana.
Para celebrar el cumpleaños de Moonie, Bowser decidió organizar una fiesta en Moonlight, la ciudad que había sido construida a su medida, pero donde siempre se sentía algo distante. Pero esa noche era especial. Moonie, que siempre había sido reservada y desconfiada de las festividades, encontró en ese gesto una prueba de cuánto le importaba a Bowser. La fiesta fue sencilla, pero perfecta, con sus súbditos más cercanos y, por supuesto, sus adoradas ovejas de acompañantes. La decoración fue modesta, pero las luces de la ciudad brillaban con una intensidad inusitada esa noche, como si Moonie misma las hubiera encendido con su presencia.
La fiesta fue un despliegue de todo lo que Moonie amaba. Desde las melodías suaves que cantaban los coros de sus súbditos hasta los ritmos más animados que Bowser sabía que le hacían sonreír. La música se alineaba perfectamente con los gustos de Moonie, casi como si Bowser hubiera leído su mente, creando un ambiente donde la protagonista de la noche era ella, sin duda alguna. Los invitados reían, cantaban y celebraban alrededor de la mesa, mientras las luces danzaban sobre los rostros alegres.
Bowser había preparado la fiesta para que Moonie se sintiera especial, y lo logró de una manera que nadie más podría haber imaginado. Aquella noche, el Rey de los Koopas le entregó el protagonismo que siempre había merecido, rodeada de música y alegría.
Sin embargo, la fiesta no duró tanto como Bowser había planeado. En lugar de las horas de baile y risas interminables que había anticipado, Moonie se sintió cansada más rápido de lo esperado. Su energía, que parecía ilimitada en otros momentos, se agotó a los pocos minutos de comenzar. Moonie no era de las que disfrutaban de grandes celebraciones, por lo que Bowser, siempre atento a sus deseos, respetó su cansancio. La fiesta se redujo a unas pocas horas de diversión, pero lo suficiente para que Moonie se sintiera querida y valorada.
Bowser, aunque un poco decepcionado por la brevedad del evento, sabía que lo importante era que Moonie estuviera feliz, y en su interior, se sintió satisfecho de haber hecho algo por ella.
Tras el fin de la fiesta, Bowser acompañó a Moonie hasta sus aposentos dentro de su fortaleza voladora andante, charlando de algunas cosas que sucedieron en la fiesta mientras reían.
—Te digo, Moonie. Nunca había visto a un goomba beberse una botella entera y seguir caminando como si nada —reía Bowser—. Esos enanos están hechos de otra cosa.
Moonie sonrió levemente ante la anécdota de Bowser, su expresión más relajada que nunca.
—Lo cierto es que nunca pensé que vería a un Goomba haciendo algo tan... humano. —respondió Moonie, su voz cargada de una amabilidad que solo se mostraba en momentos como este.
Bowser se recostó en el borde de la silla frente a su mesa, mirando el brillo de las luces a través de la ventana mientras la fortaleza voladora avanzaba silenciosa en el cielo nocturno. Su mirada se suavizó, como si finalmente pudiera permitir que la tranquilidad de la noche lo envolviera.
—A veces, se sorprenden de lo que pueden hacer... pero, ¿sabes qué? Yo también me sorprendí hoy. —dijo Bowser, dirigiendo una mirada curiosa hacia Moonie.
Moonie levantó una ceja, intrigada.
—¿Y eso?
—Ver lo feliz que estabas. —respondió él, su voz llena de sinceridad—. Sabía que era lo que querías, pero no esperaba que esa... alegría fuera tan palpable.
Moonie, con una leve sonrisa, desvió la mirada hacia la ventana. Los recuerdos de la noche pasada empezaron a inundar su mente: la suavidad de la música, la risa de los súbditos, y, por encima de todo, la calidez que Bowser había logrado transmitir. Aunque nunca fue la tipo de persona que se dejaba llevar por las festividades, esa noche había sido diferente.
—No lo voy a negar. Me sentí bien. —admitió, sus palabras marcando una diferencia respecto a su habitual reticencia a los gestos afectuosos.
Bowser no dijo nada más durante unos segundos, simplemente la observó en silencio, un brillo en sus ojos que solo Moonie podría leer. Cuando volvió a hablar, su tono era más suave, casi reflexivo.
—Es lo menos que podía hacer... Siempre has estado allí, aún cuando nadie más lo estaba. No es algo que se olvide fácilmente. —su voz adquirió un matiz de gratitud genuina.
Moonie lo miró sorprendida por la sinceridad de sus palabras. Si bien estaba acostumbrada a la actitud reticente y a veces arrogante de Bowser, esa faceta más vulnerable de él la hacía verlo bajo una nueva luz. De alguna manera, eso la tocó más de lo que esperaba.
—Gracias, Bowser... —respondió en voz baja, sin saber exactamente qué decir, pero sabiendo que era suficiente.
El silencio se instaló entre ellos por unos momentos. Una paz inesperada. Bowser finalmente se levantó de su silla y se acercó a la ventana, mirando la vasta extensión del cielo estrellado.
—Ya casi llegamos... pero antes de que se acabe la noche, hay algo más para ti. —dijo Bowser, sin apartar la mirada de las estrellas.
Moonie, intrigada, lo miró con curiosidad.
—¿Qué más?
Bowser dio un paso hacia atrás, buscando algo entre los objetos sobre la mesa. Finalmente, sacó un pequeño paquete envuelto con cuidado, con un lazo dorado en la parte superior.
Moonie lo observó, sorprendida.
—Es... para mí? —preguntó, aún sin comprender completamente.
—Sí. —dijo Bowser mientras le extendía el paquete—. Un regalo... de parte de alguien que aprecia lo que haces por él, incluso si no siempre lo demuestro.
Moonie aceptó el paquete, desconcertada. Cuando lo desató, encontró dentro un delicado collar de plata, con un pequeño colgante en forma de luna creciente. La joya parecía sencilla, pero en su diseño había algo especial, algo que reflejaba la atención y el cuidado con el que Bowser había elegido ese regalo.
Moonie lo sostuvo entre sus dedos, observando cómo brillaba a la luz de las estrellas que se filtraban por la ventana.
—Recuerdo que una vez leías una revista de joyería mientras esperabas que llegase a mi habitación, y noté que te quedaste mirando ese collar —comentó Bowser, jugueteando nerviosos con sus garras—. Yo... bueno, no sé la verdad si es lo que querías de verdad, pero... aunque no lo creas, te conozco perfectamente y siempre te tengo en cuenta, así que...
Bowser no pudo terminar de hablar cuando Moonie se lanzó hacia él, rodeando su cuello con sus brazos y enterrando su rostro en su enorme y escamoso hombro.
La reacción de Moonie sorprendió a Bowser, quien permaneció rígido por un momento, sin saber exactamente qué hacer ante la muestra de afecto tan espontánea. Sin embargo, pronto dejó escapar un suspiro suave, como si esa cercanía le brindara una sensación de calma que no había sentido en mucho tiempo.
—Moonie... —murmuró él, casi en un suspiro.
Moonie permaneció allí, sin soltarlo, su respiración tranquila, como si finalmente pudiera relajarse después de todo lo que había vivido. Después de un largo momento, levantó la cabeza, pero esta vez sus ojos brillaban con algo que no había mostrado antes: una gratitud profunda.
—Gracias, Bowser. —dijo en voz baja, casi en un susurro, mientras se apartaba un poco para mirarlo con una sonrisa sincera en el rostro. El collar de luna creciente brillaba suavemente en su cuello, como un recordatorio de todo lo que había significado esa noche.
Bowser la observó en silencio por unos segundos, luego dio un pequeño asentimiento con la cabeza. Parecía satisfecho, aunque no mostraba muchas emociones abiertamente. A veces, la forma en que se conectaba con los demás era indirecta, pero, por una vez, parecía que había logrado hacer algo verdaderamente significativo para alguien más.
—Eres... difícil de entender a veces, Moonie. Pero sé que lo que haces es importante. No solo para mí, sino para todos los que te rodean. —dijo Bowser, su tono más cálido de lo que usualmente era.
Moonie sonrió de nuevo, mirando hacia las estrellas a través de la ventana. No estaba acostumbrada a escuchar palabras tan cuidadosas, y mucho menos de alguien como Bowser. Pero esa noche, algo había cambiado. La relación que una vez fue tensa y llena de resentimiento ahora se sentía más genuina, más humana.
La fortaleza voladora continuó su vuelo silencioso, y aunque la fiesta había terminado, la conexión entre ambos parecía más fuerte que nunca. Moonie, por primera vez, se dio cuenta de que no estaba sola, y Bowser, aunque siempre había sido un líder formidable, había encontrado en ella algo que nunca imaginó necesitar: una amistad sincera.
El cielo estrellado brillaba sobre ellos, como testigo de ese pequeño momento de comprensión y aprecio que nunca antes habían compartido. Y en ese preciso instante, ambos sabían que las cosas entre ellos nunca serían las mismas.
FIN
