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infragante

Summary:

Ellos aman la sangre y la carne, la ciudad ama el chisme y estar sintonizados al programa.

Work Text:

El día que el cuerpo desapareció, la lluvia caía con una elegancia casi teatral sobre los vitrales de la funeraria Roium & Co.

Rosie estaba de pie junto a uno de los ataúdes cerrados, revisando un registro con su caligrafía impecable cuando escuchó el sonido inconfundible de un bastón golpeando el suelo de mármol.

Tac.
Tac.
Tac.

No levantó la vista.

—Está cerrado —dijo con suavidad—. A menos que venga a traer flores...

—Oh, querida, traigo ambos —respondió una voz alegre.

Alastor se detuvo frente a ella, impecable como siempre. El mismo traje oscuro, la misma sonrisa afilada, los mismos ojos que parecían saber demasiado, casi como un demonio, eso mismo es lo que le agradaba de ese sujeto.

—Señor Haworth. Creí que la radio lo mantenía demasiado ocupado como para visitar viejas amistades.

—Ex fiscal, locutor actual —corrigió él con una sonrisa ligera—. Y jamás estoy demasiado ocupado para usted.

Ella cerró el libro con suavidad.

—Entonces supongo que no viene por nostalgia.

—Un cuerpo ha desaparecido —dijo él, casi cantándolo.

Rosie inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Desaparecido? Qué palabra tan peculiar...

—Salió de aquí... y no llegó a su destino final.

—Las rutas pueden ser confusas.

Alastor dio un paso más cerca.

Cuando Alastor Haworth renunció a la fiscalía, la ciudad respiró con alivio.

No porque fuera corrupto, era demasiado eficiente, a tal punt que ningún fiscal del lugar podia darse el lujo de hacer tratos bajo la mesa ya que Alastor los delataría con pruebas irrefutables.

Los casos bajo su cargo rara vez quedaban inconclusos. Y cuando lo hacían, era porque él así lo decidía.

Meses después, su voz comenzó a sonar cada noche en la radio local.

Nadie pensó que aquello fuera un descenso.

Para Alastor, solo era un cambio de escenario.

Pero había una persona que conocía todas sus versiones.

Rosie Hide, era su nombre de soltera, Rosie Roium su nombre de casada.

Actualmente viuda (tal vez demasiado joven para serlo), dueña de la funeraria más antigua del distrito.

Se conocieron años atrás, cuando él aún llevaba traje gris y portafolio, y ella aún compartía apellido con su esposo Franklin. Él necesitaba acceso rápido a informes postmortem; ella necesitaba que ciertos expedientes no se retrasaran innecesariamente.

Fue una relación profesional.

Hasta que dejó de serlo... Tal vez fue algo de sentimientos ilógicos, pero ambos supieron guardar distancia para no afectar la vida del otro.

—Llegas sin avisar y es inadecuado acusar cuando lo haces —dijo cruzandose de brazos.

—La sorpresa mantiene la vida interesante —respondió él.

Rosie levantó la vista.

—No suelo recibir visitas en días lluviosos, además, como dije... Esta cerrado.

—Justamente por eso vine.

—Ha desaparecido un cuerpo —dijo él, recalcando ese tema.

Ella no parpadeó.

—¿Va a arrestarme, señor? —preguntó ella con una sonrisa que no era exactamente inocente.

Él inclinó el rostro apenas y la observó de arriba abajo con calma.

—Solo si corre.

Roie respiro con calma y se acercó lo suficiente como para que el aire entre ellos se volviera denso.

Ella sabía exactamente qué hacía él con ciertos "encargos".
Él sabía perfectamente a quién vendía ella ciertos cuerpos que nadie reclamaba.

Una red discreta.

—Sabes que si yo caigo... no lo haré sola.

—Jamás lo permitiría.

—No es una amenaza.

—Lo sé.

Alastor sonrió más ampliamente.

—Mi querida Rosie, si usted cae... yo la sostengo.

Sus miradas se cruzaron con un entendimiento, que solo dos genios, o que solo dos mentes macabras podían entender.

—Eres mi cliente más exigente —dijo ella con suavidad.

—Prefiero el término "habitual".

—Habitual y selectivo.

Él inclinó la cabeza.

—La calidad siempre ha sido importante para mí.

Ella sonrió apenas.

—Y tú siempre has sabido exactamente cuándo mirar hacia otro lado.

—No miro hacia otro lado —corrigió él—. Simplemente observo desde el ángulo correcto.

Porque el cuerpo no era el problema. Si el cuerpo había desaparecido... era porque ambos lo habían permitido.

El problema era que alguien los había visto salir juntos de un almacén del distrito portuario, pasada la medianoche.

Y la ciudad adoraba un escándalo.


Rosie comenzó a notar que, cada vez que salía de un edificio con Alastor, alguien estaba mirando.

Un periodista con demasiado tiempo libre.

—Están empezando a hablar —dijo ella una noche en el despacho privado de la funeraria.

Alastor removía el azúcar en su café.

—Siempre hablan.

En menos de una semana, los susurros se habían convertido en titulares insinuantes.

"Ex fiscal y viuda respetable sorprendidos en circunstancias indecorosas."
"¿Romance oculto o algo más?"

Rosie sostenía el periódico con dedos perfectamente enguantados.

—Esto es desastroso.

Alastor, sentado frente a ella en su oficina privada, soltó una carcajada suave.

—Es magnífico.

—Mi reputación está en juego.

—La reputación es una moneda, querida. Se gasta o se invierte. Nosotros la estamos capitalizando.

Ella lo miró con leve fastidio.

—No todos disfrutamos del caos social como usted.

—Debería intentarlo más seguido. Querida acaso ¿Temes al escándalo?

—Temo perder el respeto.

—El respeto es relativo.

Ella lo miró con ligera irritación.

Pero la verdad era que el escándalo los beneficiaba. Nadie sospechaba nada más profundo. La gente prefería imaginar romance clandestino antes que cualquier otra cosa.

Y así, comenzaron a verse con más frecuencia.

A salir juntos, a dejarse ver.

Porque si iban a estar bajo sospecha... mejor dirigir la narrativa y no morir en ella.

El punto de quiebre llegó cuando fueron vistos saliendo de un edificio municipal a la una de la madrugada.

Nada ilegal.

Al día siguiente, el nombre de Rosie comenzó a circular en susurros.

Que si la viuda se había vuelto imprudente.

Que si el ex fiscal tenía "intereses" en ciertas mujeres que ya habian ciertas "experiencias" de vida. Ya que siempre rechazaba a las jovencitas.

—Deberíamos mantener distancia —dijo ella una tarde.

—¿Por qué?

—Porque si me asocian demasiado contigo...

—¿Te conviertes en qué?

—En sospechosa.

Alastor la observó con interés genuino.

—Ya lo eres.

Ella exhaló con frustración.

—Esto no es divertido.

—Aún no.

—Piensan que somos amantes

Alastor mantuvo silencio y vio expentante a Rosie sin saber que responder. Esa palabra lo habia tomado desprevenido.

—Eso es... inesperado. Que hablen, querida —dijo finalmente—. El escándalo es una forma deliciosa de publicidad.

Ella quiso molestarse.

Pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa se formara en sus labios.

—Eres insoportable.

—Eficaz. Miralo de este lado... Me dan más publicidad de la que ya tengo, me centran más en el foco público... ¿Sabes lo morboso que es narrar los chismes sobre mi mismo?

El tono en que decia aquello era algo divertido.

El caos social comenzó a unirlos más que cualquier acuerdo.

Se encontraban más seguido.

Compartían estrategias.

Reían de los rumores absurdos.

—Dicen que tenemos una relación secreta —comentó ella una noche.

—La tenemos.

—No en ese sentido.

—Los detalles son irrelevantes.

Ella lo miró fijamente.

—¿Y si un día nos sorprenden de verdad?

Él sonrió.

—Entonces tendremos que idear el mejor golpe de nuestras vidas.

Rosie sonrio... Conociendo a Alastor, ya debía de tener algo en mente.


La gala benéfica del alcalde era un espectáculo de luces doradas, copas tintineantes y sonrisas hipócritas.

El salón del hotel Imperial brillaba bajo candelabros excesivos. La orquesta tocaba un jazz suave que parecía diseñado para ocultar conversaciones incómodas.

Rosie apareció en la escalinata principal, lucía un vestido carmesí que abrazaba su figura con elegancia, cayendo con una abertura sutil que insinuaba más de lo que mostraba. Su cabello estaba recogido en un estilo clásico, pero algunos mechones escapaban deliberadamente.

Alastor la esperaba abajo, impecable en negro absoluto. Chaleco ajustado, guantes blancos, esta vez sin su bastón. Su sonrisa era la única cosa más brillante que los candelabros.

—Llegas tarde —murmuró él cuando ella descendió.

—Llegar justo cuando todos están mirando no es tarde —respondió Rosie con suavidad—. Según tú, es diversión .

Él ofreció su brazo.

—Nos observan —murmuró ella.

—Permítales disfrutar del espectáculo.

Caminaron juntos hacia el salón principal. Varias cabezas se inclinaron. Algunos cuchicheos crecieron.

—Ahí están.
—¿Son pareja?
—Dicen que los vieron salir del puerto la semana pasada...

Rosie mantuvo la sonrisa fija.

—Ya empezaron.

—Es encantador, ¿no cree? —respondió Alastor con tono ligero—. La imaginación humana es más eficiente que cualquier periodista.

Un camarero pasó con champaña. Alastor tomó dos copas y le entregó una.

—Por la reputación —dijo él.

—Por la supervivencia —corrigió ella, chocando suavemente el cristal.

La noche avanzó con saludos calculados y conversaciones vacías.

Hasta que apareció él.

Un empresario con demasiado brillo en el reloj y demasiada seguridad en la sonrisa. Delgado, traje azul petróleo, cabello peinado con exceso de fijador.

—Señora Roium, es un placer... —saludó inclinando apenas la cabeza—. O mejor dicho, Hide... Es un placer verla fuera de... su entorno habitual.

—¿Mi entorno habitual? —preguntó ella con una dulzura peligrosa.

—Ya sabe... ambientes externos... Me entere que sale más de la funeraria.

Alastor ladeó la cabeza, divertido.

—Curiosa forma de describir el respeto.

El empresario ignoró el comentario y dio un paso más cerca de Rosie.

—He oído que está... disponible.

Rosie sonrió.

—¿Disponible para qué exactamente?

—Para compañía —respondió él con una sonrisa que pretendía ser seductora.

Alastor bebió un sorbo de champaña.

—Los dejo conversar. Confío en que la dama sabrá manejar la situación.

Rosie deslizó su brazo alrededor del del empresario.

—Venga conmigo. Aquí hay demasiados oídos y ojos que podrían vernos.

Alastor los observó alejarse sin perder la sonrisa.

Pero sus ojos se volvieron afilados.

El pasillo lateral era más oscuro.

—No imaginé que aceptaría tan rápido —dijo el empresario.

—Oh, me encantan las sorpresas —respondió Rosie.

Llegaron al callejón trasero del hotel, donde la iluminación apenas daba por faroles eléctricos que parpadeaban.

El hombre se acercó más.

—Siempre he admirado a una mujer independiente.

—¿Independiente? —murmuró ella.

Él apoyó una mano en su cintura.

—Tan... segura de sí misma.

Rosie permitió el contacto unos segundos.

Solo unos segundos.

Luego sus dedos se deslizaron por la solapa del traje del hombre, acomodándola.

—Y usted es tan... confiado.

El empresario sonrió, sin notar cómo su tono cambiaba.

Rosie dejo que el pensara que tenia el control.

Beso su cuello y descendio sus besos un poco.

Hasta que la mano de él, bajo demasiado y allí fue cuando... Rosie puso un cuchilllo en su cuello, pasandoo por su mejilla.

Mostraba una sonrisa tetrica en el rostro mientras parecia "retenerlo",  aunque... no retenia al hombre, solo le era divertido prolongar su vida.

Eso es lo que hace un depredador... Jugar con su presa.

Minutos después, el hombre intento escapar del calejón, sin embargo, tenia un ligero corte en la mejilla, la camisa medio abierta y su saco azul petroleo ya se habia caido y manchado de leves gotas de sangre.

Y al final del callejón, apoyado en un farol sin luz, estaba Alastor.

—¿Se marcha tan pronto? —preguntó con tono amable.

El empresario giró la cabeza entre ambos.

—Yo... creo que cometí un error.

—Oh, sin duda —dijo Rosie suavemente.

El hombre intentó rodear a Alastor.

—No sea descortés —añadió Alastor—. La dama aún no termina su conversación.

El hombre retrocedio chocando su espalda con Rosie que lo esperaba y... Estando arrinconado, se dio cuenta que ya no habia salida.

Un ligero grito fue lo que resno yy luego bajas risas entre sangre.

Ambos sonrientes ya que tenian nuevo material.

—Hoy invito la cena yo, querido

La voz de Rosie fue demasiado dulce, comparado con la acción que acababan de cometer.

—Me parece bien, chère en rouge

Cuando ambos salieron del callejón, estaban demasiado cerca.

Rosie tenía un hombro del vestido ligeramente caído.
El cabello de Alastor estaba revuelto, su saco desabotonado como si estuviera a punto de quitárselo.

—Debo admitir —murmuró ella— que su sincronización es impecable.

—Trabajo en equipo, querida.

Detrás de ellos, en la sombra, yacía la verdadera razón de su salida.

Invisible desde el ángulo de la calle.

Perfectamente oculto...

Entonces apareció el oficial, un joven policía dobló la esquina con una linterna en mano.

Se detuvo en seco.

Los vio.

Ella con el vestido desacomodado. Él con el cabello revuelto y el saco medio abierto.

El oficial enrojeció hasta las orejas.

—E-esto no es lugar para... eso.

Alastor arqueó una ceja.

Rosie reaccionó en un instante.

Tomó el rostro de Alastor entre sus manos y lo besó.

No fue delicado. Fue teatral y tal vez demasiado exagerado.

Convincente e intencional.

Alastor respondió sujetándola por la cintura, girándola apenas contra la pared como si el mundo hubiera dejado de existir.

Hizo el ademan de quitarse el saco y su chaleto y primeros botones de su camisa abiertos (por la pelea anterior con el empresario).

El oficial carraspeó.

—Señores, esto es vía pública.

Rosie se separó apenas, respirando cerca del rostro de Alastor.

—Oh, oficial... no querrá arruinar una noche benéfica, ¿verdad?

Alastor acomodó su saco lentamente.

—Fue un impulso desafortunado.

El oficial evitó mirar detrás de ellos.

No vio los colores correctos, ni el charco de sangre detrás de esos dos manipuladores.

—Compórtense —dijo, incómodo—. Y váyanse a casa.

—Sí, oficial —respondió Rosie sin separarse del todo.

Cuando el oficial desapareció en la esquina, Rosie y Alastor permanecieron quietos unos segundos más.

Demasiado cerca y con la tensión en alto.

Sintiendo la respiración del otro... Luego se separaron lentamente.

Se miraron de esa manera complice que solo ellos dos sabian interpretar.

Y estallaron en carcajadas.

—Oh, eso fue exquisito —dijo Alastor.

—Casi me cree yo misma la escena —respondió Rosie.

—Su actuación fue impecable.

—La suya también. Ese gesto con el saco... dramático y sugestivo.

—Siempre comprometido con la narrativa.

Rosie se inclinó levemente hacia atrás, observando la sombra tras ellos.

—La cacería fue productiva.

—Eficiente —corrigió él—. Y discreta.

—Nuestros compradores apreciarán la frescura.

Él sonrió.

—Siempre lo hacen.

Rosie acomodó su vestido con calma, subiendo el hombro caído.

—¿Qué desea para la cena, querido? Tengo un par de ideas.

Alastor inclinó ligeramente la cabeza.

—Sorpréndame.

Ella lo miró con brillo cómplice.

—Siempre lo hago.

Y caminaron juntos hacia la noche, como si nada hubiera ocurrido.

Lo que realmente los unía era el delito.

La complicidad.

La forma en que se movían como piezas de un mismo juego.

Lo que los unía era la carne y sangre de otras personas.

Rosie comenzó a preocuparse menos por el qué dirán.

Porque cada vez que el escándalo crecía, Alastor parecía más divertido.

—Que hablen, querida —le dijo una noche mientras compartían una copa en la funeraria cerrada—. El escándalo es una forma deliciosa de publicidad.

Ella apoyó el mentón en la mano.

—¿Y si algún día nos sorprenden de verdad?

Él sonrió.

—Entonces, mi querida Rosie... nos aseguraremos de que sigan viendo exactamente lo que queremos que vean.

Ella sostuvo su mirada.

"Escándalo en gala benéfica."
"Ex fiscal y viuda sorprendidos en acto indecoroso."
"Infragante."

Rosie dejó el periódico sobre su escritorio con frustración.

—Esto es desastroso.

Alastor estaba sentado frente a ella, perfectamente tranquilo.

—Es brillante.

—Mi nombre está en cada columna de chismes.

—Y el mío también.

—Sabes... Creo que estoy empezando a entender porque te fascina tanto e escandalo.

Él se inclinó hacia adelante.

—Rosie, querida... nadie sospecha nada real. Creen que somos imprudentes, apasionados, escandalosos. Prefieren esa historia.

Ella suspiró.

—La reputación importa...

—La reputación es una máscara. Nosotros decidimos cuál usar.

Se levantó, caminando hacia la ventana de la funeraria.

—Además... —añadió con tono ligero— ahora nadie cuestionará por qué salimos juntos a horas indecorosas.

Rosie lo miró.

Y lentamente, sonrió.

—Somos unos dementes querido.

—Somos una obra maestra malinterpretada.

Ella apoyó el mentón en la mano.

—¿Y si algún día nos sorprenden de verdad?

Alastor inclinó la cabeza, divertido.

—Entonces recrearemos otra escena.

—¿Más convincente?

—Siempre puedo mejorar mi actuación.

Rosie rió suavemente.

—Qué hombre tan peligroso.

—Qué mujer tan encantadora.

Y mientras los titulares hablaban de besos en callejones y moral cuestionable...

Nadie pensaba en la cacería.

Nadie hablaba del comercio discreto que sostenía acuerdos oscuros.

Nadie sospechaba de los desaparecidos cuando haabia un escandalo entre figuras públicas de la comunidad.

Había sido la perfección con la que ocultaron todo lo demás.

Rosie tomó su copa.

—Que hablen.

Alastor sonrió.

—Que hablen, querida. El escándalo es una forma deliciosa de publicidad.

—Que buen eslogán querido, ya paece que la radio se oxido si sigues repitiendo eso a toda hora.

Él la miro de manera afilada y luego sonrio y extendio su mano para tomar la de Rosie.

Nadie imaginaba que la verdadera historia estaba mucho más cerca.

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