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It hurts to be something. It's worse to be nothing With you

Summary:

Un poco de lewis y franco, después de los rumores y noticias de la vida amorosa de lewis.

Work Text:

Franco temprano llegó, antes que casi todos, porque no había dormido bien y porque prefería tener tiempo para prepararse. Colgó su bolso en el hueco asignado, saludó a algunos mecánicos y después se concentró en sus cosas. No quería mirar hacia el otro lado.

Pero el cuerpo siempre traiciona.

Cuando escuchó su voz, su cabeza se giró sola. Lewis entró en la caja con energía. Saludaba a uno, reía con otro, preguntaba por las familias. Y Franco lo vio y, por un segundo, se le olvidó todo. Se le olvidaron las fotos, los rumores, el nudo en el estómago que llevaba semanas cargando. Solo lo vio a él.

Lewis levantó la mirada y se encontró con sus ojos. Franco sintió ese cosquilleo caliente en el pecho, ese que había aprendido a reconocer en el pasado, desde la primera vez que lo vio, desde cada charla. Lewis sonrio, amplio, genuino, y le hizo un gesto con la cabeza. Y Franco, sin poder evitarlo, le devolvió la sonrisa. Una sonrisa de verdad, de esas que le salen solas, que le tensan los cachetes y le hacen pestañear más lento. 

Lewis se acercó un par de pasos, como si fuera a seguir la conversación, pero en ese momento alguien lo llamó desde el otro lado. Un ingeniero, un papel, una urgencia cualquiera. Lewis levantó la mano en un gesto de "después siguiendo" y se fue.

Franco se quedó quieto, con la sonrisa aún colgando en la cara, viéndolo alejarse. Y entonces, como un baldazo de agua fría, le llegó el recuerdo. Las fotos. Kim. Los rumores. Apoyó las manos en la mesa y respiró hondo. Como si pudiera borrar la sonrisa, como si pudiera borrar lo que sintió en ese momento. Porque no quería sentir eso. No quería ser el que espera, el que mira, el que guarda la ilusión en un rincón del pecho como un secreto tonto.

Pero tampoco quería que Lewis se sintiera incómodo. Porque Lewis no le debía nada. Nunca le prometió nada. Lo de ellos, si es que existía un "ellos", siempre había sido tácito, intangible, hecho de momentos y miradas y mensajes cortos. Lewis era libre. Libre de salir con quien quisiera. Libre de ser feliz con quien quisiera. Franco no tenía derecho a sentirse mal.

Aunque se sintiera mal.

Aunque le doliera imaginarlos juntos. Aunque cada vez que veía una foto nueva le daban ganas de apagar el teléfono y no mirar nada por una semana.

Pero Lewis era importante para él. Demasiado importante. Desde que llegó a la F1, con todo el vértigo y la presión, Lewis había sido No un mentor formal, no un amigo íntimo, pero sí alguien que siempre estaba ahí. Una palabra de aliento después de una mala clasificación. Un mensaje aleatorio preguntando cómo estaba. Ese viaje en avión donde se rieron de cosas tontas hasta que se terminó el tiempo.

Franco lo apreciaba. Lo apreciaba un montón. Y por eso mismo no podía, no debía, ponerlo en una posición incómoda. No podía mirarlo con ojos tristes al que ya eligió a otra persona. No podía hacerle sentir culpable por vivir su vida.

Así que decidió, que iba a tomar distancia. Solo un pasito atrás. Menos iniciativa. Menos buscar su mirada. Menos estar donde él estuviera.

Fácil, ¿no?

Para nada fácil.

Porque cuando Lewis se acercaba, cuando le ponía una mano en el hombro para preguntarle algo, cuando se sentaba a su lado en las reuniones de pilotos a Franco se le olvidaba todo otra vez. Se le olvidaba que tenía que ser distante y que tenía que protegerse.

Y sonreía.

Sonreía como un tonto, con el corazón saltándole en el pecho, disfrutando cada segundo de atención robada. Porque a pesar de todo, a pesar de las fotos y los rumores y la tristeza que le pesaba en los huesos, Lewis Hamilton seguía siendo Lewis Hamilton. Y cuando Lewis lo miró, Franco sintió la persona más importante del mundo.

Después, cuando la conversación terminó y Lewis se iba, venía el bajón. Ese vacío incómodo donde se repetía a sí mismo "no pasa nada, es solo amable, es solo buena onda". Donde se recordaba que había una mujer ocupando un lugar que él nunca tuvo, que probablemente nunca tendría.

Pero en el momento, cuando Lewis estaba ahí, Franco no podía evitar ser feliz. Así de sencillo. Así de complicado.

Franco se tomó la primera foto de la temporada. Esas fotos grupales que después usan para las promos, para las redes, para los carteles gigantes que cuelgan en los circuitos. Franco ya había estado en algún el año pasado, pero como reemplazo, siempre llegando tarde, siempre en el margen. Esta era distinta. Era su primera temporada completa. Su primera foto oficial como piloto titular.

Llegó temprano a la hospitalidad donde estaban juntándose. Ya había varios ahí, agrupados en conversaciones sueltas. Saludó a algunos. No estaba nervioso, pero sí consciente.

De repente, se escuchó un revuelo en la entrada. No hacía falta mirar para saber quién era. Siempre pasaba lo mismo cuando Lewis llegaba a algún lado. La energía cambiaba, la gente se movía, las sonrisas se volvían más brillantes.

Franco se giró sin querer, como siempre. Y lo vio.

Lewis entraba saludando a todos, como si conociera a cada persona en la habitación. Un abrazo acá, una palmada allá, una broma con los más cercanos. Iba avanzando entre el grupo, y Franco sintió la mezcla rara de siempre: el impulso de acercarse y las ganas de esconderse al mismo tiempo. Porque quería que lo saludara, pero también quería evitar el nudo que venía después.

Pero Lewis iba en dirección hacia donde él estaba. Saludó a Checo, que estaba cerca, intercambió unas palabras con él, y luego sus ojos recorrieron el grupo hasta encontrarlo.

—¡Franco! —la voz de Lewis cortó el ruido de fondo.

Y ahí estaba, caminando hacia él con una sonrisa, esa que parecía reservada solo para la gente que realmente le importaba. Franco sintió que el piso se volvía un poco más sólido y un poco más inestable al mismo tiempo.

Lewis llegó a su lado y, sin dudar, le extendió la mano. El calor de esa mano se sintió en todo su brazo. Franco levantó la mirada y se encontró con sus ojos, los que tantas veces había buscado sin querer queriendo.

—Felicitaciones por tu primera temporada completa —dijo Lewis, y su voz era suave, sincera—. Primera vez que te veo acá, en la foto con todos. Es genial.

Franco sintió que el pecho se le expandía. Que una ola de calor le subía por la nuca. Que las palabras se le atoraban en la garganta porque no sabía cómo responder a algo que significaba tanto dicho por alguien que significaba tanto.

—Gracias, Lewis —atinó a decir, y su voz le salió más chiquita de lo que quería, más sincera de lo que planeaba—. Sí, es... es raro, pero lindo. Estar acá, digo.

—Te merecés estar —Lewis presionó un poco más la mano, como enfatizando—. El año pasado ya mostraste de qué estás hecho. Pero esto es diferente, ¿no? Sentir que es tuyo.

Franco ascendió, sin confiar mucho en su voz. Porque Lewis lo entendía. Lewis sabía lo que era llegar, lo que era ganarse un lugar, lo que era pasar de suplente a titular. Y que lo dijera él, con esa naturalidad, con esa calidez, era como recibir un abrazo que no sabía que necesitaba.

—Gracias —repitió, y esta vez logró que sonara más firme.

Lewis sonando más amplio todavía, como si la voz de Franco le hubiera llegado a algún lado adentro.

 

Mónaco 2026

La cena fue idea de Charles. Una reunión en un restaurante privado en Mónaco, después de la carrera, para celebrar no se sabía bien qué. Franco llegó un poco tarde, de los últimos, porque había estado dando vueltas por el puerto, mirando los barcos, pensando en boludeces. Cuando entró, el lugar ya estaba lleno de caras conocidas: pilotos, algunos jefes de equipo, novias, amigos.

Y Lewis.

Lewis estaba sentado en una de las mesas largas, en el medio, conversando animadamente con George y Oscar. Franco lo vio y sintió el cosquilleo de siempre. Pero también sintio algo más: la distancia. Esa que él mismo había construido durante meses, que ahora le pesaba porque, después de tantas carreras, tantos saludos formales, tantas conversaciones cortadas, estar en el mismo lugar que Lewis se sentía como estar en una habitación con un fantasma. El fantasma de lo que podría haber sido.

Se sentó en el otro extremo de la mesa, entre Pierre y checo. Saludó, pidió algo para tomar, se sumergió en conversaciones triviales. Pero sus ojos, viajaban sin permiso hacia el otro lado. Lewis reía, gesticulaba, movía las manos. Pasaron las horas. La comida, el vino, las risas. En un momento, Franco se levantó para ir al baño. Al volver, el lugar se había reconfigurado: la gente se había movido, algunos se habían ido, otros se habían agrupado en rincones. Y en el camino de regreso a su silla, Franco se topó con Lewis.

Literalmente. Casi chocan.

—Uy, perdón —dijo Franco, levantando las manos.

—No pasa nada —respondió Lewis, y había algo en su tono, en esa palabra, que era como una llave que abría una puerta que Franco había querido mantener cerrada.

Se quedaron mirándose un segundo. Dos. El ruido del restaurante volvió a ser un murmullo lejano.

—¿Molesto? —preguntó Franco, señalando la silla vacía a su lado.

Lewis levantó la vista y, por un segundo, pareció sorprendido. Pero luego excitante, esa sonrisa amplia que Franco conoció bien.

—Para nada. Sentate.

Franco se sentó. Hubo un silencio corto, de esos que pueden ser incómodos pero que por alguna razón no lo fueron.

—¿Cansado? —preguntó Lewis, apoyando el teléfono boca abajo sobre la mesa.

—Un poco. Fue una jornada larga. Pero bien.

—Te vi en la carrera. Muy buena salida.

Franco sintió un calorcito en el pecho. Lewis había visto su carrera. Lewis había notado algo de lo que él había hecho.

—Gracias —dijo, y tratado de que no se le notara lo mucho que significaba—. La verdad es que el auto respondió bien. Pude mantener el ritmo.

—No es solo el auto —Lewis lo miró directo—. Hay pilotos que tienen auto y no saben qué hacer con él. Vos sí.

Franco no supo qué decir. Se encogió de hombros, tomó un trago de su vaso.

—¿Vos cómo estás? —preguntó, para cambiar el foco—. ¿Contenido con el resultado?

Lewis hizo un gesto con la mano, como quitándole importancia.

—Podría haber sido mejor. Pero bueno, así es esto. A veces toca, a veces no.

Y entonces, sin que Franco lo planeara, la conversación empezó a fluir. Hablaron de la carrera, sí, pero después se desvió a otras cosas. Lewis contó que había estado escuchando mucha música argentina últimamente, que un amigo le había pasado unas canciones y no podía parar.

—No entiendo lo que dicen —rio—, pero el ritmo me atrapa.

Franco se rio también.

—Tenés que escuchar bien, tiene cosas muy lindas las letras. Después de te paso unas cuantas.

—¿Me vas a hacer de profesor de español?

—Si te portás bien.

Lewis arqueó una ceja, divertido. Y Franco sintió que algo se aflojaba en su pecho. Algo que llevaba meses tenso.

Hablaron de viajes. De lugares que querían conocer. Lewis dijo que le gustaría volver a Argentina. Franco escuchó y siguió hablando. Después de un momento de silencio, Lewis se arrepintió y le dijo:

—Vamos a mi casa 

Franco se sobresaltó pero después asintió. No podía hablar. No confiaba en su voz.

Salieron del lugar, se despidieron rápido de los que quedaban en la cena, con excusas vagas que nadie cuestionó. El taxi los llevó por las calles serpenteantes de Mónaco, y en el asiento de atrás, Lewis le sostuvo la mano. Todo el camino. Como si tuviera miedo de que Franco desapareciera.

El piso de Lewis era amplio, moderno, con ventanas enormes que daban al mar. Franco lo había imaginado mil veces, pero estar ahí era distinto. Todo era distinto.

¿Quieres algo? ¿Agua? —preguntó Lewis, sacándose las llaves.

Franco negó con la cabeza. Estaba parado en medio del living, mirando las luces del puerto, tratando de procesar que estaba ahí. Que había pasado. Que después de meses de tristeza y de guardar su corazón, de sonrisas falsas, de noches mirando el techo, estaba en la casa de Lewis Hamilton.

Sintió los brazos de Lewis rodeándolo por detrás. El mentón apoyado en su hombro.

—¿Estás bien? —susurró Lewis cerca de su oído.

—Estoy mejor que bien —dijo, y esta vez la sonrisa le salió sin filtro, enorme, genuina.

Lewis también se sonorizó. Esa sonrisa amplia que Franco tenia el privilegio de conocer.

Lo besó por primera vez. Y después otra. Y después, entre besos, caricias y ropas que iban cayendo al piso, llegaron al dormitorio.

Lewis se acercó lentamente, como quien se acercó a un animal herido. Pero Franco no estaba herido; Estaba nerviosa, que era diferente.

— ¿Estás seguro? —preguntó Lewis, sentándose a su lado, dejando espacio, sin invadir.

Franco lo miró, y en sus ojos bailaban mil cosas: deseo, miedo, admiración, incredulidad de que esto estuviera pasando realmente.

—Llevo años seguro —respondió, y su voz tembló apenas—. Solo que... nunca había hecho esto. No con.... —se interrumpió, riendo nervioso— un hombre.

Lewis irritante, una sonrisa suave que rara vez se muestra en público.

— Esto no es diferente a cualquier otra cosa que hayas hecho. Como dos personas que se gustan.

Franco asintiendo, pero la tensión en sus hombros era evidente. Lewis esperaba. No iba a apresurarlo. Finalmente, Franco habló otra vez.

—Quiero que... —tragó saliva—. Quiero que lleves el ritmo. Que me enseñes. Que me digas qué hacer.

Lewis sintió que el corazón se le desbocaba. No por la petición en sí, sino por la confianza que implicaba. 

—¿Seguro?

—Seguro —respondió Franco, y esta vez su voz no tembló—. Con vos, sí.

Lewis levantó una mano y acarició su piel con suavidad infinita. Franco cerró los ojos un momento, inclinándose hacia el contacto como una flor buscando el sol.

—Entonces vamos despacio —murmuró Lewis—. Muy despacio. Y en cualquier momento que quieras parar, paramos. ¿Esta bien?

—Está bien.

Lo que siguió fue una exploración lenta. Lewis desabrochó la camisa de Franco botón por botón, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. El pecho, el estómago, los hombros. Franco temblaba bajo sus labios, pero no de frío.

—¿Te gusta? —preguntó Lewis entre beso y beso.

—Sí —susurró Franco, la voz entrecortada—. Sí, mucho.

Lewis sonoro contra su piel y continuó. Cuando la camisa cayó al suelo, sus manos recorrieron la espalda de Franco, sintiendo los músculos tensos por los nervios y el deseo.

—Recuéstate—indicó Lewis suavemente.

Franco obedeció, recostándose sobre las almohadas, mirando hacia arriba. Lewis se colocó sobre él, pero sin apoyar todo su peso, sosteniéndose sobre sus antebrazos, creando un espacio íntimo entre sus cuerpos.

—Hermoso —murmuró Lewis, casi para sí mismo.

Franco irritante, una sonrisa tímida que iluminó todo su rostro.

—No digas eso.

—Lo eres. Y no voy a discutir.

Se besaron entonces. Un beso lento, profundo, que hablaba de todo lo que no se habían atrevido a decirse durante meses. Los labios de Lewis, experimentados, guiaban a los de Franco, que aprendía rápido, como en la pista.

Las manos de Lewis comenzaron un recorrido paciente por el cuerpo de Franco. Sus costillas, la curva de su cintura, la piel suave de la parte interna de sus muslos. Cada caricia iba acompañada de una pregunta silenciosa, y cada pequeño suspiro de Franco era una respuesta afirmativa.

—¿Puedo? —preguntó Lewis cuando sus dedos alcanzaron el borde de su ropa interior.

Franco afirma.

Lewis retiró la última prenda con la misma lentitud, besando cada nuevo espacio que quedaba al descubierto. Y cuando finalmente ambos estuvieron desnudos, cuando no quedó nada entre ellos, Lewis se tomó un momento solo para mirarlo.

Y entonces Lewis comenzó a prepararlo. Con paciencia infinita, con dedos que exploraban con la misma precisión con la que trazaba curvas en un circuito. Franco cerraba los ojos, dejándose llevar.

—Bien? —preguntaba Lewis cada cierto tiempo.

—Bien —respondía Franco.

Cuando finalmente Lewis se colocó sobre él, cuando sintió la punta presionando suavemente, Franco contuvo el aliento.

—Voy a entrar ahora —avisó Lewis—. Muy despacio.

Franco ascendió, y cuando Lewis comenzó a entrar Inhaló, exhaló cuando se detenía a esperar. Fue un proceso lento. Lewis no buscaba su propio placer; buscaba que Franco se sintiera seguro y cuidado. Cuando finalmente estuvo dentro por completo, ambos se quedaron inmóviles un momento. Franco sentía cada latido de Lewis dentro de él, cada respiración, cada movimiento.

¿Es incómodo? —preguntó Lewis.

—Un poco —admitió Franco—. Pero esta bien.

Lewis sonoro y besó su frente.

Y entonces comenzó a moverse. Con lentitud, embestidas cortas y profundas que buscaban más el contacto que el ritmo. Sus manos acariciaron el rostro de Franco, su pecho, sus caderas. Sus labios no dejaban de besarlo: la frente, los párpados, la nariz, la boca.

Franco,se aferraba a sus hombros, las uñas marcando apenas la piel, los ojos fijos en los de Lewis como si temiera que desapareciera si dejaba de mirarlo.

—¿Te gusta? —Volvió a preguntar Lewis.

—Sí —respondió Franco, y esta vez su voz era un gemido—

—Quiero... —Franco tragó saliva, buscando las palabras—. Quiero más.

Lewis obedeció, aumentando ligeramente el ritmo, profundizando sus embestidas. Y Franco gimió, un sonido que Lewis grabó en su memoria para siempre.

El ritmo se mantuvo pausado pero constante. Lewis no buscaba llegar a ninguna parte; Buscaba que Franco disfrutara cada segundo, cada sensación, cada momento de esta primera vez. Y cuando sintió que Franco se acercaba, cuando notó su respiración agitada y sus músculos tensándose, deslizó una mano entre sus cuerpos y lo tomó. Franco apretó los ojos, mordió su labio, y se derramó entre ellos con un gemido que era pura rendición. Lewis lo siguió casi inmediatamente, sintiendo cómo el cuerpo de Franco se contraía a su alrededor, arrastrándolo al abismo con él.

El argentino sintió todo el peso del mayor repentinamente sobre él como si se hubiera desplomado, Franco rompió a reír. Una risa incrédula.

—¿Qué? —preguntó Lewis, riendo también sin saber por qué.

—Es que... —Franco apoyó la frente en su pecho—. Es que no me lo creo.

Lewis lo abrazó más fuerte.

Pero Franco necesitaba algo más.

Había sido tierno, paciente, casi reverente con Lewis. Dejó que el siete veces campeón marcara el ritmo, que lo guiara, que le mostrara con caricias todo lo que las palabras no podían expresar. Y lo había disfrutado, claro que sí. Pero en algún momento, mientras sentía el peso de Lewis sobre él, mientras sus labios recorrían su cuello, una chispa diferente se subió en su pecho.

Todavía le molestaba. Todavía recordaba las fotos, las noticias, las noches preguntándose qué había pasado. Todavía recordaba la tristeza aplastante.

Y ahora Lewis estaba ahí.

—Franco —murmuró Lewis contra su piel—, ¿estás bien?

Franco no respondió con palabras. En lugar de eso, con un movimiento rápido y firme que tomó a Lewis por sorpresa, lo hizo girar. De repente, era Franco quien estaba arriba, Franco quien sostenía las muñecas de Lewis contra la almohada, Franco quien lo miraba desde arriba con una intensidad que encendió algo nuevo en la habitación.

—¿Qué...? —comenzó Lewis, los ojos abiertos por la sorpresa.

—Silencio —ordenó Franco, la voz baja pero firme.

El corazón de Lewis dio un vuelo. No de miedo. De algo mucho más peligroso: excitación pura.

Franco inclinó la cabeza, observando las reacciones del mayor. El silencio cayó entre ellos, cargados de electricidad. Lewis podía sentir cada punto de contacto: las manos de Franco sujetándolo, sus caderas presionando contra las suyas, su aliento cálido y controlado.

—Ahora vas a escucharme —continuó Franco, inclinándose para que sus labios casi rozaran el oído de Lewis—. Vas a sentir lo que yo sentí. Esa mezcla de querer algo con toda el alma y saber que no podes tenerlo. Lewis contuvo el aliento. Su cuerpo respondía de maneras que no podía controlar, y Franco lo notó. 

—¿Te gusta? —susurró Franco con malicia —. ¿Te gusta que te tengan así? 

—Franco... —la voz de Lewis salió entrecortada.

—Franco, ¿qué? —lo interrumpió, soltando una muñeca para deslizar su mano por el torso de Lewis de manera deliberadamente lenta— Que queres.

—Quiero... —Lewis tragó saliva, los ojos medio cerrados—. Quiero que sigas.

El efecto en Franco fue inmediato. Soltó la otra muñeca y, con ambas manos libres, giró a Lewis sobre el estómago. El siete veces campeón quedó boca abajo, la mejilla contra la almohada, el cuerpo desnudo expuesto bajo la mirada del argentino.

—De rodillas —ordenó Franco.

Lewis obedeció sin dudar. Y en ese movimiento, algo cambió en la habitación. Eran solo dos hombres, dos cuerpos, dos almas que por fin se encontraban en igualdad de condiciones.

Franco se colocó detrás de él, una mano en su cadera, la otra en su nuca, presionando suavemente para que Lewis mantuviera la cabeza baja.

—Sabes lo que es esto? —preguntó Franco, su voz como un susurro contra la oreja de Lewis.

—¿Qué? —logró articular Lewis.

—Venganza —respondió Franco, y se deslizó dentro de él.

Lewis ahogó un grito contra la almohada. No era dolor, no exactamente. Era una sensación abrumadora, completa, que llenaba cada rincón de su cuerpo. Franco se movía lento al principio, castigador, midiendo cada reacción.

—Así me sentí yo —dijo Franco mientras mantenía el ritmo, implacable—. Cuando vi las fotos. Cuando leí los titulares. Cuando me di cuenta de que habías preferido esconderte.

—Lo siento —gimió Lewis, las palabras ahogadas—Perdón.

Franco aceleró el ritmo y Lewis perdió toda capacidad de pensar. Solo podía sentir: las manos de Franco marcando su piel, su cuerpo moviéndose dentro del suyo, su voz susurrando cosas en español que Lewis no entendía pero que lo excitaban aún más. 

Lewis quiso responder. Pero las palabras no salían, solo sonidos, solo gemidos, solo el nombre de Franco una y otra vez contra la almohada. Franco lo sintió acercarse al límite y, en un acto de control se detuvo.

—No —dijo simplemente.

Lewis gimió de frustración.

—Por favor...

—Por favor, ¿qué? —Franco se inclinó sobre su espalda, su pecho contra la piel sudorosa de Lewis.

—Por favor, Franco... —la voz de Lewis era casi un ruego—. Por favor, no pares.

Eso era todo lo que Franco necesitaba oír. Y entonces Franco se movió otra vez, y esta vez no se detuvo. Llevó a Lewis al borde una y otra vez, jugando con él, disfrutando de cada sonido que arrancaba de su garganta, de cada temblor de su cuerpo, de cada vez que Lewis apretaba las sábanas con los puños.

Cuando finalmente llegaron. Lewis gritó su nombre, sin importarle quién pudiera oírlo, sin importarle nada más que el hombre que lo sostenía, que lo llenaba, 

Después, cuando ambos descansaban sobre las sabanas, Lewis atrajo a franco hacia sí. 

— ¿Venganza cumplida? —murmuró Lewis, una sonrisa cansada en los labios.

Franco río, el sonido vibrando en su pecho.

—Por ahora.

—¿Por ahora?

-Mmm. Tengo un invierno entero de tristeza que recuperar. Vas a estar pagando esto mucho tiempo.

Lewis levantó la cabeza para mirarlo, y sus ojos brillaban con algo nuevo. Algo que solo Franco había conseguido despertar.

—Entonces tendré que dedicarme a eso —dijo Lewis—. A pagar mi deuda. Con vos.

—No soy fácil de complacer.

—Ya me he dado cuenta —rió Lewis, apoyando otra vez la cabeza en su hombro—. Pero voy a intentarlo. Por mucho tiempo, si me deja.

El silencio que siguió fue cálido y cómodo. Solo dos corazones que laten al unísono por primera vez sin reservas y sin miedo.