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Language:
Español
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Published:
2026-02-24
Words:
1,410
Chapters:
1/1
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86

El último beso del sol

Summary:

Antes de dividir mares y levantar imperios, Ramsés y Moisés deberán decidir si el sacrificio será un reino o su propio corazón.

Work Text:

El sol del desierto comenzaba su descenso hacia el horizonte, tiñendo las dunas de un dorado intenso que rivalizaba con los ornamentos del faraón. Ramsés había cabalgado durante días, siguiendo rumores de caravanas y susurros de beduinos sobre un hombre que hablaba con iluminación divina . Y el corazón del soberano sabía la verdad incluso antes que su sagaz mente tomase un momento para reflexionar: Moisés, el desconocido que hablaba con omnisciencia no podía ser otro que Moisés.

 

Y, en efecto, el regente lo encontró en un oasis perdido entre las inmensidades de la arena; arrodillado junto a un pozo de agua cristalina. Los años habían endurecido su figura, bronceado su piel y otorgado profundidad a su mirada; pero Ramsés lo habría distinguido en cualquier parte del mundo. Después de todo, él era su hermano, su igual; la mitad de su alma que había huido de Egipto.

 

— Sabía que vendrías, Ramsés — El varón murmuró sin siquiera volverse porque no había necesidad de ello, ya que el otro estaba grabado en su corazón 

 

El nombrado desmontó lentamente dejando caer las riendas y suspiró ante la visión de tal paraje en dónde sus ropajes reales resultaban absurdos.

 

— ¿ Por qué huiste?—La pregunta provino de los labios del faraón de forma agraviada y él se detuvo un momento antes de acortar distancia con aquel con el cual creció en los jardines ahora desolados del palacio— ¿ Por qué me abandonaste? — Ramsés se quitó su manto para quedar igual de expuesto que su interlocutor, el cual se incorporó a fin de verlo a los ojos como en antaño. Ramsés fue incapaz de sostenerle la mirada, pues los ojos de Moisés ya no tenían el brillo de la despreocupación sino un peso más grande que el del propio faraón.

 

— Tú sabes por qué— Moisés alzó el rostro, desafiante.— Los dioses, mi dios me mostró quién soy realmente— Moisés dio un paso hacia atrás pero Ramsés lo atrajo hacia él con brusquedad.

 

— ¡ Eres mi hermano! — El hombre exclamó con urgencia, su rostro a milímetros del ajeno— ¡ Eres un príncipe de Egipto! Todo lo demás son cuentos de zarzas ardientes— El varón declaró con la voz rota y la mandíbula tensa.

 

Pronto, las manos de Ramsés se alzaron a fin de acunar el rostro de Moisés, pero éste retrocedió.

 

— No, Ramsés, yo soy hebreo; hijo de esclavos. Y estoy aquí para liberar a mi pueblo.

 

La confesión cayó entre ellos como una piedra en agua quieta.Moises aspiró profundo y Ramsés sintió que «algo» se desgarraba en su pecho; una herida que ningún médico podría sanar.

 

— Entonces, ¿todo fue una mentira? — El heredero de un gran legado alzó su voz con estrépito— ¿ Nuestra infancia?, ¿ nuestros sueños? Nosotros…

 

Él no pudo terminar la frase porque los recuerdos eran demasiado íntimos; demasiado sagrados para pronunciarlos en voz alta. Esas noches de juventud cuando juntos exploraron los misterios del cuerpo y del alma; creyendo que los dioses los habían hecho para ser uno en todas las formas posibles.

 

Moisés cerró los ojos y por un momento su máscara de solemnidad se resquebrajó.

 

— Eso nunca fue mentira, Ramsés— El hombre declaró mirando hacia la arena infinita— Y quizá por eso Dios me guío aquí, lejos de ti.

 

 

Sin previo aviso y guiado por instinto, Ramsés se abalanzó sobre su acompañante y sus labios se encontraron en un beso desesperado y hambriento al cual Moisés sólo fue capaz de resistir unos segundos antes de rendirse y sus manos se enredaron en el cuerpo ajeno mientras sus bocas se devoraban con años de añoranza acumulada.

 

La mente de Moisés gritó una pregunta: “¿ Por qué el Altísimo permitía que su corazón ardiera por quien era su enemigo?” ¿Por qué Él permitía que floreciera la semilla del pecado en el mismo jardín donde debían florecer sus mandamientos?

 

Pero el cuerpo del exiliado en algún momento dejó de escuchar a su mente y sus manos trazaron los contornos familiares del torso de Ramsés; recordando cada músculo y cada cicatriz obtenida en los entrenamientos compartidos. El desierto había borrado muchos recuerdos e ideas de Moisés, pero no el mapa de aquel cuerpo que él alguna vez conoció mejor que el suyo.

 

En un momento, Ramsés se separó apenas lo suficiente para hablar con la respiración entrecortada

 

—Esto nunca sucedió—. Él murmuró en contra de los labios de Moisés— Soy el faraón.

 

— Y yo un traidor.—Moises completo pero no se apartó del contacto que él sabía estaba próximo a terminar.

 

— Un hereje, un rebelde—Los ojos de Ramsés brillaron con una mezcla de dolor y deseo—. Y aún así no puedo dejar de necesitarte a mi lado— Él expresó mientras sus manos vagaron por los brazos desnudos de Moisés y luego por el pecho que ahora llevaba las marcas del trabajo duro y la vida austera. Cada toque era una confesión; cada caricia una pequeña muerte de la razón.

 

Ramsés podía sentir cómo su cuerpo traicionaba cada principio real. El hijo de Ra y el señor de las dos tierras estaba a merced de aquel que iba a destruir todo lo que los antepasados de Ramsés construyeron

 

El faraón fue incapaz de detenerse y simplemente dejó atrás su papel de divinidad encarnada para permitir que sus labios trazaran senderos de fuego por el cuello de Moisés, saboreando la sal y arena que ahora eran parte de aquel que creció entre lino y turquesas

 

— Vuelve conmigo— El hombre exigió al oído ajeno— Olvidemos esta locura y seamos tú y yo otra vez, como debe ser.

 

Moisés se estremeció al escucharlo. No sólo por las caricias ininterrumpidas sino por la tentación en aquella propuesta porque él a veces añoraba su existencia de antaño; a su madre de crianza y sobre todo al hombre en sus brazos, pero él no podía fallarle a su pueblo y atrincherarse en el palacio donde creció.

 

— No puedo…— Moisés afirmó más para sí mismo que para el hombre al cual se aferraba como si Ramsés fuese el último trozo de tierra firme en un mar embravecido—No debo, mi pueblo…

 

— ¡Tu sacrificio será en vano! — Ramsés gruñó y lo besó otra vez con más fuerza como si pudiera devorar sus convicciones junto a sus labios.

 

El sol continuó su descenso y las sombras se alargaron sobre las dunas mientras los dos hombres se abrazaron en aquel oasis perdido. Dos hermanos que ya no eran familia; sino dos almas destinadas a destruirse mutuamente pero incapaces de soltarse.

 

Algunos amores son maldiciones y algunas maldiciones son lo único que nos mantiene vivos en el desierto de nuestros destinos.

 

La noche caería pronto y con ella se sellaría su destino, pero en ese momento sólo existían ellos dos y la carga de un amor que los dioses — todos los dioses— parecían haber prohibido desde el principio de los tiempos.

 

La primera estrella apareció sobre el desierto cuando sus corazones terminaron de colmarse mutuamente. No hubo promesas o palabras; únicamente el sonido áspero de la respiración compartida y el peso insoportable de lo que no podía ser.

 

Ramsés apoyó su frente contra la de Moisés como cuando eran niños y el mundo todavía cabía en sus manos.

 

— Es tu última oportunidad— El faraón comenzó a enunciar con la voz ya despojada de orgullo. — No soy Isis para reunir tus pedazos tras tu autodestrucción— Él dijo mientras apartaba la mirada de Moisés porque en los ojos del profeta sólo había aflicción infinita.

 

— Lo entiendo. Después de todo, nosotros nunca fuimos dioses, Ramsés, sólo fingimos que el mundo nos pertenecía.

 

El viento del desierto se levantó como un presagio. Ramsés se levantó desnudo y vulnerable para poco después retroceder; cada movimiento era una renuncia, cada metro de distancia era una trompeta de guerra.

 

Minutos después, Moisés observó cómo el hombre que amaba volvía a montar su caballo con la dignidad intacta y el corazón hecho ruinas. 

Y cuando el faraón se alejó, él no miró atrás porque si lo hacía, se quedaría.

 

El oasis quedó en silencio. Moisés cerró los ojos y dejó que el dolor lo atravesara como una espada invisible. 

Amar a Ramsés no era su pecado; era su debilidad. Y la libertad de su pueblo exigía sacrificios que ningún dios podía explicar del todo.

Esa noche, el desierto guardó su secreto.

Al amanecer, el mundo conocería su enfrentamiento.Pero el desierto —y las estrellas— recordarían que antes de ser enemigos; antes de ser profeta y faraón, fueron dos hombres que se amaron con la intensidad suficiente para incendiar imperios.