Actions

Work Header

Just Me and You and the Moon

Summary:

Kinn y Porsche van a comer a una tienda de Jok y conocen a la pareja de ancianos que lleva el lugar.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

El bote cortaba a través de un agua tan cristalina que podían ver los peces abriéndose paso debajo de ellos. Porsche se inclinó en el borde, dejando que sus dedos dibujaran un rastro en el mar de Andamán, mientras, a su lado, Kinn permanecía completamente rígido, con una mano agarrada al banquito de madera como si fuera a desaparecer.

—Se supone que deberías estar relajándote —dijo Porsche sin voltear, los dedos aún arrastrándose en el agua.

—Estoy relajado —dijo Kinn.

—Estás estrangulando el banco.

Kinn abrió la boca para protestar, pero luego la cerró. Estaba, en efecto, sosteniendo el asiento como si quisiera estrangularlo. Hizo que sus dedos se relajaran.

El barquero, un hombre mayor en sus sesentas, lo miró desde el retrovisor y sonrió divertido.

Llevaban casi tres días en Krabi. Tres días sin teléfonos, sin guardaespaldas, sin una familia rival a la cual seguirle los pasos.

Porsche prácticamente lo había arrastrado hasta el avión, y ahora, mientras la mirada de Kinn se perdía fascinada en los acantilados que comenzaban a elevarse frente al mar, Porsche pudo ver, por fin, cómo la tensión abandonaba lentamente los hombros de su novio.

—¿Ves? Valió la pena —dijo con una sonrisa triunfante, deslizándose más cerca.

Kinn se permitió una sonrisa pequeña.

—Repítemelo cuando no estemos en un palillo de dientes flotante a punto de morir.

Porsche solo negó con la cabeza y rió, siempre sorprendido por lo delicado que era su novio en ciertos aspectos.

Más tarde, ya en tierra, cuando buscaban dónde comer, el cielo rompió a llover de repente.

Ambos corrieron de la mano pasando tiendas de recuerdos, de ropa y de masajes, hasta que Porsche vio una pequeña tienda con un cartel que solo decía: Jok.

Irrumpieron en la tienda completamente mojados mientras reían. Por dentro también era pequeña, con quizás seis mesas y una pared llena de fotografías. Inmediatamente el aire los envolvió en un aroma suave de ajo y jengibre, y de arroz cocinándose a fuego lento.

—Bienvenidos —dijo un hombre mayor desde detrás del mostrador. Tenía una mirada serena y usaba lentes de montura metálica. —Siéntense, siéntense —dijo señalando las mesas al verlos empapados—. Ya les traigo unas toallas.

Un hombre de más o menos su edad salió de la parte trasera de la tienda cargando una olla. Era más delgado, con el cabello largo y canoso recogido a su espalda.

—Trin, deja que yo las busque —dijo, dejando la olla para desaparecer de nuevo y volver con dos toallas limpias.

Kinn y Porsche se secaron lo mejor que pudieron mientras se sentaban en una mesa al lado de la ventana. La lluvia aún golpeaba fuerte contra el vidrio, pero ya dentro se sentían más calientes.

Pidieron dos tazones de Jok con huevo, y mientras esperaban su comida, la mirada de Porsche recorrió las paredes.

Había una foto en blanco y negro que mostraba a un joven con un traje elegante de los años 60, estaba parado frente a lo que parecía ser una universidad y sostenía un libro que decía 'Principios de Economía'. Sonreía con la confianza de alguien que sabe exactamente hacia dónde va.

—Ese es Trin —dijo el hombre de pelo plateado mientras les servía dos vasos de té helado—. Antes de que me conociera y le arruinara todos los planes —dijo con una sonrisa cómplice.

Detrás del mostrador, Trin lo reprendió:

—Tanwa, no les digas esas cosas.

—Es la verdad —dijo sentándose en la mesa de al lado, parecía feliz de hablar mientras su compañero cocinaba. Y Porsche, que también amaba conversar, lo miró esperando a que explicara más—. Trin era un economista prometedor. Seguro llegaba a asesorar al gobierno, o hasta a ganar un Premio Nobel.

—¿Y qué pasó? —preguntó Porsche mientras daba un sorbo de su bebida.

Los ojos de Tanwa se entrecerraron como si estuviera recordando.

—Conoció a un hippie. Muy guapo. Pero un poco excéntrico—dijo, señalando otra de las fotos en las paredes, donde se veía a un Tanwa más joven junto a una banda, con el pelo aún más largo y una guitarra en la mano—. Mi padre decía que nunca llegaría a nada. Y tenía razón, pero no en el sentido que él creía.

Porsche sonrió, y a su lado, los labios de Kinn se movieron un poco.

Trin se acercó con las gachas ya listas, dos cuencos humeantes que venían cubiertos con ajo crujiente, cebollín y un huevo poché perfecto. Parecía un plato sencillo, pero la primera cucharada hizo que Porsche cerrara los ojos. Sabía a hogar. Sabía a algo que prepararía una abuela al visitarla.

—Está delicioso —dijo Kinn, y viniendo de él, eso era un gran halago.

Trin asintió en agradecimiento, pero sus ojos estaban fijos en Tanwa, que había regresado detrás del mostrador a pulir unas cucharas que ya se veían limpias. Orbitaban alrededor el uno del otro como planetas de un mismo sistema solar, como si llevaran décadas de práctica.

Porsche le dio un codazo por debajo de la mesa a Kinn.

—¿Qué? —preguntó Kinn con la boca llena, y Porsche casi sonrió al verlo: parecía un hámster guardando comida. Negó con la cabeza y continuó:

—Míralos.

Kinn miró a los dos hombres y luego a Porsche, confundido.

—Ok, ya los vi.

—No, me refiero a que... —de repente bajó la voz, haciéndole un gesto para que se acercara— ¿No crees que se parecen a...? O sea, Trin se parece a mí si usara lentes, y Tanwa se parece a ti, si fueras aún más viejo y tuvieras mejor cabello.

Kinn ignoró el último comentario y los miró detenidamente esta vez. Y entonces hizo algo que Porsche le veía hacer muy poco: parpadeó con genuina sorpresa.

—Eso es...—

—¿Es lindo? ¿Da miedo? Aún no me decido.

Kinn agitó la cabeza.

—No nos vemos... —pero se detuvo.

En ese momento, Tanwa se giró de perfil y, con el cabello plateado y una sonrisa relajada, se pareció demasiado a una versión más vieja y amable de sí mismo. Y Trin, frunciendo el ceño mientras se ajustaba los lentes para leer algo, tenía esa misma expresión de concentración que Porsche solo mostraba en casos especiales: cuando estaba completamente concentrado en las reuniones, cuando negociaba con otros clanes, o cuando intentaba —con todas sus fuerzas— entender a Kinn.

—Ok —Kinn admitió finalmente—. Sí, es un poco raro.

Porsche sonrió.

—¿Ves? En cincuenta años seremos como ellos. Con nuestra tienda de Jok en Krabi.

—No vamos a montar una tienda de Jok.

—¿Por qué no? Ya pones esa cara —dijo imitando la expresión seria y calculadora que Kinn ponía en las reuniones—. Esa es tu cara de ‘estoy evaluando esta oportunidad de negocio’.

Kinn intentó mantener su dignidad, pero aún así se le escapó una sonrisa.

—¿No se supone que me parezco a Tanwa? Come tus gachas —dijo señalando el plato.

Estaban ya terminando de comer, cuando Trin se acercó con una tetera, llenándoles las tazas sin preguntar. Era el tipo de servicio discreto que emanaba de un cariño genuino, no de la obligación.

—Y ustedes dos —dijo Trin acomodándose en la silla que Tanwa había ocupado antes—. ¿Cuánto tiempo tienen?

Kinn y Porsche intercambiaron una mirada. La pregunta podía significar muchas cosas en su mundo: cuánto tiempo tenían en la organización, cuánto tiempo tenían en la ciudad, cuánto tiempo tenían sin dormir. Pero algo en la gentileza de Trin dejó clara la respuesta.

—Casi tres años —dijo Porsche, sentía la suficiente confianza para no mentir—. Se sienten como si fueran muchos más, en realidad.

Trin asintió.

—Nosotros cumplimos 53 años el mes pasado. — Porsche no pudo ocultar su sorpresa. Cincuenta y tres años. Era mucho más tiempo del que los padres de Porsche habían estado vivos. Más tiempo del que el negocio de la familia de Kinn existía en su forma actual. Era casi una vida entera.

—¿Cómo lo lograron? —preguntó Porsche antes de poder detenerse—. Quiero decir... —Hizo un gesto vago hacia la tienda, a las fotografías, a lo casi imposible de su historia. Le costaba decirlo, pero Porsche no conocía a muchas parejas como ellos de su edad.

Trin sonrió.

—¿Quieres la respuesta como economista o la real?

—Ambas —pidió Kinn, también interesado en la historia.

Trin se recostó.

—La respuesta como economista: nos adaptamos. Encontramos un nicho que nos funcionaba. Gestionamos el riesgo. —Miró a Tanwa, que ahora tarareaba suavemente mientras organizaba unos frascos de especias—. La respuesta real: simplemente nunca dejamos de elegirnos el uno al otro. A pesar de todo.

En ese momento Tanwa se acercó, como si fuera arrastrado por un hilo invisible, y se sentó en el brazo del sillón donde estaba Trin, con una intimidad que hablaba de décadas.

—No seas modesto, Trin. La respuesta como economista es también la real: nos adaptamos. Cuando nos conocimos en el 68, ser como nosotros no era algo de lo que se hablara. No era ilegal, exactamente, pero...

—Pero no se trata solo de la ley —continuó Trin—. La sociedad tiene sus propias reglas. En los sesenta, incluso yo había vuelto de París con la idea de construir una nueva Tailandia. Moderna. Avanzada. Y eso significaba tener ciertas ideas sobre el hombre y la mujer, sobre la familia. —Trin negó con la cabeza—. Y un economista y un hippie... la gente empieza a hablar. Así que llegó un momento en el que ya no encajábamos en la ciudad. En casi ninguna parte.

—Así que creamos nuestro propio lugar —siguió Tanwa—. Esta tienda. No era nada al principio, pero era nuestra.

Porsche se sorprendió cuando sintió la mano de Kinn buscando la suya debajo de la mesa. Porsche lo dejó tomarla.

Tanwa lo notó, porque por supuesto que lo hizo.

Sus ojos siguieron el movimiento y luego subieron a encontrarse con los suyos, en ellos había algo —reconocimiento quizás, o un recuerdo.

—Tienen mucha suerte —dijo simplemente—. El mundo ha cambiado mucho.

—No ha cambiado tanto —respondió Kinn suavemente—. En el mundo en el que trabajo... —Se detuvo.

Trin asintió.

—Trabajar con otros es difícil cuando empiezan a hablar, cuando buscan un punto débil —comentó, como si supiera exactamente a qué se dedicaba Kinn—. Pero están aquí. Juntos. De vacaciones. A su edad no podíamos viajar juntos sin... —hizo un gesto con la mano—. Sin preguntas. Explicaciones. Hoteles que solo nos daban una llave, esperando que fingiéramos que uno de nosotros solo estaba de visita.

—No teníamos a nadie como nosotros como modelo a seguir —dijo Tanwa—. Que nos demostrara que era posible. Pero ustedes... —Miró a Trin, luego a Kinn y Porsche—. Quizás ustedes sí.

Porsche sintió un nudo en la garganta. A su lado, Kinn permanecía inmóvil.

—No somos... —empezó Kinn, pero se detuvo. Luego se aclaró la garganta—. No somos precisamente modelos a seguir. Nuestra profesión es... complicada.

Trin rió suavemente.

—Fui economista. Asesoré y trabajé en proyectos que no eran exactamente limpios. Lo sé todo sobre profesiones complejas con zonas morales grises. —Se inclinó hacia delante—. El trabajo que haces no define quién eres. Eres quien eliges ser cuando terminas el trabajo.

Tanwa se inclinó y le apretó el hombro a Trin.

—Siempre es así. Muy sabio, tanto que molesta.

—Aprendí del mejor.

—No aprendiste nada de mí. Soy una pésima influencia.

Porsche soltó una risa, y la tensión se rompió por completo. Sintió la mano de Kinn apretarse alrededor de la suya una vez.

Afuera, la lluvia cesó tan abruptamente como había empezado. La luz del sol se abrió paso entre las nubes y la calle mojada se convirtió en un río dorado.

Kinn sacó su billetera, pero Trin la rechazó con un gesto.

—No paguen. Considéralo un regalo.

—No podemos... —empezó Kinn.

—Sí pueden aceptarlo —la voz de Trin era suave pero firme—. Considérenlo un regalo de una generación a otra.—

Tanwa los acompañó hasta la puerta. Al salir, Porsche sintió una mano en su brazo y se giró.

—Se parecen mucho a nosotros de jóvenes —dijo Tanwa en voz baja—. ¿Se dieron cuenta?

Porsche observó a Kinn mientras se despedía de Trin. Lo hizo con una calidez que rara vez mostraba ante desconocidos.

—Sí, nos dimos cuenta—dijo riendo.

Tanwa sonrió.

—Perfecto. Entonces recuerden esto: cincuenta años pasan rápido. No los malgasten en cosas que no valen la pena. —Lo dijo con ligereza, pero Porsche percibió el peso de algo más en sus palabras.

—No lo haremos —aseguró Porsche sonriendo.

Caminaron hacia el hotel en silencio. El aire olía a tierra mojada y las palmeras dejaban caer gruesas gotas de agua sobre el camino.

A mitad de la calle, Porsche se detuvo.

—¿Qué pasa? —preguntó Kinn.

Porsche se limitó a mirarlo: la forma en que la luz del atardecer iluminaba sus rasgos, el familiar surco entre sus cejas pobladas que indicaba que estaba pensando en algo. La mano que colgaba a su lado lo suficientemente cerca como para alcanzarla.

—Quiero recordar esto —dijo Porsche—. Todo este día. La conversación en la tienda.

Kinn lo observó en silencio. Luego, sin prisa, extendió la mano y tomó la de Porsche. Sin comprobar si alguien los miraba.

—Lo haremos —dijo.

Se quedaron allí un momento, tomados de la mano, mientras el mundo seguía su curso a su alrededor. Una moto pasó zumbando. En una esquina, un gato se acicalaba, —y Porsche pensó en acercarse a acariciarlo luego—. Desde alguna ventana abierta, llegaba débilmente el sonido de alguien tocando la guitarra.

Porsche pensó en los dos hombres que habían conocido, cincuenta y tres años después del comienzo de su propia historia. Pensó en todas las mañanas que habían despertado juntos, todas las noches que habían cerrado la tienda, todas las tormentas que habían soportado.

Y entonces pensó en todas las mañanas que quería despertar junto a Kinn. Todas las noches que quería discutir sobre qué cenar y quedarse dormido viendo los k-dramas de Khun. Todas las tormentas que se avecinaban.

—Vamos —dijo suavemente, tirando de Kinn hacia adelante—. Vamos a buscar dónde comer. Me muero de hambre.

—Te acabas de comer un tazón entero de Jok.

—Eso fue hace horas.

Kinn negó con la cabeza, pero sonrió. La sonrisa real, con los hoyuelos que aparecían por arriba de sus pómulos. La que solo mostraba cuando estaban solos.

Porsche apretó su mano una, dos, tres veces. Y siguieron caminando.

Notes:

Después del último fic de TT viejitos recordé a la pareja de señoras que tenía una tienda de jok en Krabi y que se casaron después de 20 años. Su historia fue tan adorable, que la tomé prestada para TT 🤗
Econtré el link: https://x.com/glonair/status/1882325255374725342