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Las siete verdades de un mentiroso

Summary:

La mentira rompe la confianza y trae turbación.

¿Qué tranquilidad puede tener un mentiroso, si cada día debe sostener el peso de su propia mentira? ¿Puede existir paz donde habita el engaño y el temor constante a la verdad?

Sakuya había leído una vez en un libro: «Y la verdad los hará libres».

Siempre creyó que aquella frase no era más que una exageración.

Ahora ya no estaba tan de ello seguro.

¿Cómo puede ser bueno algo que te hace perder lo que más quieres?

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La mentira rompe la confianza y trae turbación.

¿Qué tranquilidad puede tener un mentiroso, si cada día debe sostener el peso de su propia mentira?

¿Puede existir paz donde habita el engaño y el temor constante a la verdad?

Sakuya había leído una vez en un libro: «Y la verdad los hará libres».

Siempre creyó que aquella frase no era más que una exageración.

Ahora ya no estaba tan de ello seguro.

¿Cómo puede ser bueno algo que te hace perder lo que más quieres?

 


 

La primera vez que Sakuya mintió era apenas un niño: un niño inocente al que obligaron a mentir.

—¿Solo debo decir eso? —preguntó el pequeño Sakuya, con lágrimas aún temblando en sus delgadas pestañas.

No había pasado ni una hora desde que había perdido a su hermana. Desde que la vio cayendo—tirándose—del balcón del séptimo piso del edificio en donde vivían, ahora, tres personas.

 —Sí —respondió su padre con sequedad, clavando las manos en sus hombros. Su rostro estaba tan cerca que Sakuya podía ver cómo la ambición deformaba cada rasgo, anticipando el dinero del seguro que ya sentía suyo—. Y si sigues llorando como ahora, mejor. Eso le dará credibilidad a tu testimonio.

«Credibilidad a tu testimonio», repitió en su mente infantil, todavía en formación.

¿Cómo algo puede ser creíble y falso a la vez? Él no lo entendía.

¿Cómo podía algo ser creíble y falso al mismo tiempo? No lo entendía.

—Ya se está reuniendo la gente —anunció su madre desde el balcón. Miraba hacia abajo, hacia el cuerpo de su hija, como quien observa un espectáculo ajeno. Como si aquello fuera solo otro paso dentro de un plan macabro. Y lo era.

—Recuerda, hijo. Si no dices exactamente lo que te enseñé, el sacrificio de tu hermana habrá sido en vano. ¿Entiendes?

—Sí… entiendo —gimoteó, incapaz de contener el llanto.

Sakuya relató todo tal como le indicaron. La policía de investigación tomaba notas y lo consolaban con paciencia cuando las palabras se le ahogaban en un mar de lágrimas que no necesitaba fingir.

Sus padres estaban a su lado, observándolo con una preocupación que no parecía fingida. El padre rodeaba a su esposa con el brazo, mientras ella gritaba de vez en cuando:

—¡No, mi hija! ¡¿Por qué ella?! ¡¿Era tan joven?!

Después de entrevistarlos los policías hicieron lo mismo con los vecinos. Aparentemente nadie había visto nada. Pero todos sabían. Todos callaban. En otras palabras:

Todos mintieron.

En ese momento, a una edad aún tierna, Sakuya aprendió dos cosas: que mentir no es solo decir algo falso, sino también callar la verdad; y que la gente miente para evitar conflictos o situaciones que consideran molestas.

…Y también comprendió algo más: lo que le ocurrió a su hermana, eventualmente, le ocurriría a él.

Lo que ignoraba era cuándo.

La incertidumbre lo carcomía.

Para su alivio, la espera fue corta. Solo seis años después.

Seis años viviendo con miedo. Seis años aferrándose a una esperanza frágil. Seis años intentando creer en la promesa que su hermana aceptó antes de saltar. En la promesa que sus padres le hicieron cuando ella aún respiraba:

—No le haremos nada a Sakuya si saltas. Él estará a salvo—dijeron, dándole un medio abrazo a la chica, sin empujarla, esperando que ella hiciera todo el trabajo.

Sakuya lo había visto y escuchado escondido detrás de la bisagra rota.

Y, tirado en el concreto, mareado por la pérdida de sangre y el golpe directo en su cráneo—quizás en el mismo punto donde murió su hermana—, después de saltar del balcón, aprendió una tercera lección:

Prometer algo que no se va a cumplir también es mentira.

 


 

—¿Recuerdas la primera vez que nos conocimos? —preguntó Mahiru mientras caminaban juntos de regreso a casa después de otra jornada escolar insoportablemente tediosa.

Eran los días en que Sakuya aún se preguntaba por qué demonios se había inscrito en algo tan aburrido.

—Sí —respondió.

No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad. Él recordaba cuando se conocieron, sí. Era el mismo momento al que Mahiru se refería, no.

Le molesto, pero rápidamente reprimió cualquier sentimiento incomodo que lo invadio.

—¿Quién iba a decir que solo por compartir el mismo pasatiempo íbamos a terminar siendo los mejores amigos?

«Mejores amigos, ¿eh?».

Era la primera vez que decía eso. No sonaba mal, pero algo dentro de él se tensó y no pudo evitar sonrojarse ante la confesión.

—Ryusei y Koyuki siempre están juntos, tienen más cosas en común. Y yo paso más tiempo contigo —continuó Mahiru con naturalidad—. Si lo piensas de forma simple, ellos deben ser mejores amigos… y tú debes ser el mío.

Sakuya suspiró.

—Así que esa es tu lógica.

—¿No pensabas lo mismo? —preguntó, mirándolo de reojo.

Sakuya sonrió.

Nunca había pensado en “niveles” de amistad. Ni en ser el mejor amigo de nadie. Solo sabía que quería estar cerca de ese chico que un día se le acercó sin prejuicios ni segundas intenciones.

Aun así, aquel título lo hacía sentirse… más cerca.

—Entonces es oficial —dijo, deteniéndose para golpearle el brazo con suavidad—. Somos mejores amigos.

Mahiru también se detuvo, girándose hacia él con una sonrisa amplia, luminosa.

—Sí. Mejores amigos.

Chocaron las palmas, sellando el pacto.

Y, por primera vez pensó que una mentira lo podía hacer feliz.

 


 

—Entonces, Mahiru…—le dijo mientras el otro estaba atado por los hilos invisibles de Otorogi, con una expresión de horror, miedo, decepción, pero mayor aún, de alguien que no reconoce a la persona que tiene enfrente

—¿Hasta qué punto son mentira nuestros recuerdos? —continuo.

Mahiru no alcanzó a reaccionar cuando alguien golpeó el brazo que Sakuya había levantado para herirlo.

El Servamp de la Pereza se había interpuesto.

Belkia descendió sobre él, hundiendo sus espadas en su espalda. La carne inmortal, y aún así vulnerable, se desgarró. Quizá rompió costillas. Quizá perforó un pulmón. Si tenía suerte hirio algo vital.

—¡Kuro! —grito su Eve, con desesperación.

Eso hizo que Sakuya se volteara hacía él.

«¿Tanto se preocupa por alguien que acaba de conocer?», se preguntó.

Claro que sí, así es Mahiru. Tan trasparente, tan honesto… tan opuesto a él. Quizás eso fue lo que le atrajo del chico en primera instancia.

El caos lo rodeaba, pero lo único que sentía era que todo se le escapaba de las manos.

Ya no aguantaba más.

—¿Por qué lo hiciste? —soltó, intentando no derrumbarse mientras exigía una explicación al chico que había dicho ser su mejor amigo y que aún yacía en el suelo, atado—. Si no hubieras recogido a esa bestia… y no hubieras mentido diciendo que era un gato normal…

Se interrumpió.

Ya no distinguía qué era verdad y qué no. Su mente estaba hecha un lío; era un laberinto de recuerdos deformados, de estructuras mentales derrumbándose. Que se esforzaban por sostenerlo, física y psicológicamente.

—Entonces mañana aún seria tu amigo—logro concluir.

El castaño se removió entre las cuerdas, ya no miraba al Servamp. Lo miraba a él.

—¡Yo no quería involucrar a mis amigos en este asunto de los vampiros! —gritó, reflejando el dolor de sus palabras en sus ojos.

—¡CALLATE! —se escuchó rugiendo—¡No me lo contaste porque no confías en mí! Si me ves como amigo entonces, ¿por qué me mentiste? ¿o estás diciendo que mentiste por mí?

La cuarta lección: la mentira rompe la confianza.

No solo Mahiru había sido afectado por ello; él mismo estaba sufriendo el dolor de la traición.

—¿Así es como se siente cuando alguien te miente? —susurró, apenas sosteniéndose en la pared de concreto del callejón desolado en el que se encontraban, ajeno a todo. Nada importaba más ahora que su dolor, el sabor de su propio veneno—. ¿Como si te cortaran de pies a cabeza?

Podía sentir los ojos de Belkia sobre él, que aún mantenía neutralizado al Servamp de la Pereza. Pero Sakuya solo quería desahogarse con Mahiru.

—Se siente como si te cortaran en pedazos y ya no puedes volver a como estabas—. Sus ojos seguían fijos en su amigo mientras luchaba por mantenerse en pie—. Si te mienten una vez, la relación que tienes se rompe porque dudas de todo… porque me mentiste, ¡ya nada será como antes!

Soltó un grito de dolor, frustración, ira y lo que sea que sintiera por Mahiru o él mismo… ¿odio?

—¡¿POR QUÉ LO HICISTE?! —preguntó nuevamente en un rugido lleno de emociones mezcladas sin forma. Esperando una respuesta. Una respuesta que ingenuamente, Sakuya esperaba que reparara algo que la mentira había deteriorado.

 


 

—¡Misono! —exclamó, sorprendido Mahiru.

La segunda barrera había aparecido junto al Servamp de la Lujuria. Belkia yacía derrotado a unos metros.

Pero eso no fue lo que más le molestó.

—¿Desde cuándo te acercaste a Shirota… y por qué? —preguntó el adolescente con una firmeza implacable que contrastaba con su figura pequeña y aparentemente frágil.

Lo observó con frialdad.

«¿Quién era él y por qué defendía a Mahiru tan ferozmente?».

—¿Qué pasa? —respondió con una sonrisa ladeada—. Suenas como una esposa despechada que descubre a su marido con otra.

Intentaba desviar la pregunta, pero el veneno en su voz traicionaba su irritación.

—¿Qué tan importante eres para Mahiru? No tienes ningún vínculo real con él… ¿o sí?

El chico de pelo oscuro frunció el ceño, pero no movió ningún musculo.

—Podría decirse que él solo estaba matando el tiempo contigo. Nada más que eso. —continuo—. Conociste a Mahiru hace apenas dos semanas, ¿por qué te preocupa tanto?

Eso bastó.

Misono dio un paso al frente.

—Shirota dijo que soy su amigo—respondió con convicción.

Soltó una risa breve.

—¿Amigo? —repitió, con burla—. Es la mentira más usada del mundo. ¿De verdad te creíste algo tan cliché? Eres solo un niño mimado sentado en su jardín privado, leyendo libros, sin tener la menor idea de cómo funciona la realidad.

La mordacidad, la intención de hacer daño estaba ahí. Vio el instante exacto en que las palabras hicieron efecto. El leve temblor en los hombros. La tensión en la mandíbula

Una pequeña victoria.

Sin embargo, su adversario no se retiró.

—No tiene sentido seguir discutiendo —ordenó a su Servamp que atacara—. Qué lástima llegar a esto… sobre todo después de que Shirota te llamara su mejor amigo.

Esas palabras de verdad lo destrozaron, le recordaron nuevamente lo que su mentira le había arrebatado.

Aun así, intento concentrarse en la situación actual. No tenía oportunidad en un enfrentamiento directo. Era una subclase.

Decidió usar su mejor arma: la mentira.

—Si nuestra amistad hubiera durado un poco más… —forzó una sonrisa suave, casi nostálgica—. Habría sido agradable. De verdad esperaba el festival escolar.

Ambos chicos lo miraron. Escuchando atentamente. Justo como él quería que lo hicieran.

—Misono Alicein… ¿alguna vez te has detenido a pensar en lo que tu amigo desea?

—¡Misono, no lo escuches! —gritó Lujuria desde el fondo, aún junto al cuerpo inconsciente de Belkia.

Sakuya no apartó la mirada.

—Si Mahiru aún me ve como un amigo… eso significa que nosotros hubiéramos sido amigos, ¿cierto? Si todo esto… hubiera sido diferente… ¿Piensas que él desearía que nos matemos?

Misono no parpadeó, pero en sus ojos apareció la duda.

Transparente. Honesto. No como él.

«Por eso te eligió», pensó con una punzada amarga. «Porque eres igual que él.»

Ingenuos.

Sintió el celo retorcerse en su interior.

Misono desmaterializó su Lead.

—¡No lo liberes! —volvió a gritar Lujuria, avanzando apresurado.

Demasiado tarde.

En el instante en que quedó libre, Sakuya se lanzó hacia él y le cortó el cuello.

La sangre brotó a borbotones, manchando su ropa y el concreto.

Misono permaneció en pie unos segundos, como si su cuerpo aún no comprendiera lo ocurrido, antes de tambalearse. Su Servamp lo sostuvo antes de que cayera por completo.

—Entonces… —murmuró Sakuya, mirando el cuerpo ensangrentado—. ¿Cuánto de lo que dije fue mentira?

—¡Sakuya! —gritó Mahiru, colérico—. ¡¿Por qué estás haciendo esto?! ¡Entonces lo que acabas de decir también era mentira!

No respondió.

Quinta lección: fingir bondad para manipular es una forma de encubrir el odio.

—No soy quien creías —escupió.

—Te equivocas, yo…

Pero Mahiru ya no lo miraba.

—¡¿Está bien Lily?! ¡¿Misono está bien?!

La sexta: Una persona transparente genera confianza. En tanto, el mentiroso pierde credibilidad, incluso si luego dice la verdad.

 


 

Mahiru abrió los ojos.

Las luces se habían apagado, la luz natural entraba por las ventanas abiertas del salón de clases.

El aire olía a primavera.

—¿Te dormiste otra vez estudiando? —preguntó una voz familiar.

Sakuya estaba sentado en el escritorio frente a él, girando un lápiz entre los dedos con fingido desinterés.

—Tenemos que ir a la ceremonia —añadió dejando el lápiz en su escritorio—. Hoy es nuestro ultimo día como estudiantes de secundaria.

Mahiru se incorporó con pereza.

—Cierto… la graduación.

Graduación. La graduación de Mahiru y Sakuya.

Él miro dentro de la mochila de su amigo, no había gato negro. No habia vampiro.

Llevo su pulgar instintivamente a su boca y lo paso por uno de sus colmillos, colmillos humanos, no puntiagudos. Lo retiro, la piel de su pulgar seguía intacto, si hubiera hecho eso “antes “habría salido sangrando.

No había vampiros.

No había contratos.

No había batallas.

No existía ningún Kuro.

Ningún Tsubaki.

Ni Eves molestos rondando.

Solo una preparatoria normal.

Personas normales con vidas normales.

—¿Sabes? —dijo Mahiru mientras buscaba su corbata—. Me alegra que hayamos terminado juntos.

Sakuya sintió algo estremecerse en su interior.

—Sí —respondió, y esta vez no era mentira—. Yo también.

Caminaron hacia la escuela bajo un cielo despejado. Ryusei y Koyuki los estaban esperando. El mundo era pequeño. Simple. Perfectamente reducido para conveniencia de una sola persona.

En la ceremonia, cuando lanzaron los birretes al aire, Mahiru rió.

—Oye, Sakuya.

—¿Hm?

—Vamos a la misma universidad, ¿cierto?

Su corazón dio un vuelco. No lo dejo ver.

—Claro. Ya envié mis papeles. No pensabas dejarme atrás, ¿verdad?

Mahiru sonrió.

—Jamás.

Jamás.

Qué palabra tan peligrosa.

Pero aquí no lo era.

Porque aquí no existían variables inesperadas que la contradigan.

No existían terceros que la destruyan.

No existían interferencias que la desmientan.

Solo verdades.

La universidad fue igual.

Clases compartidas.

Almuerzos juntos.

Trabajos planificados.

Regreso a casa acompañados.

Una vida que avanzaba en línea recta.

Sin tragedias, traiciones ni vidas dobles.

O eso parecía.

Porque algunas noches, cuando Mahiru se quedaba dormido sobre los apuntes de Koyuki, Sakuya lo observaba en silencio.

Demasiado silencio.

Había algo que su mente no podía eliminar.

Un hueco.

Mahiru a veces se detenía a mitad de una frase o sentía como su personalidad estaba fuera de carácter.

Como si no fuera él, por loco que suene teniendo en cuenta el trasfondo.

Como si faltara una pieza, y eso no era culpa de su amigo, sino de él.

—¿Te pasa algo? —preguntaba Sakuya con suavidad.

—No… es solo que siento como si… —Mahiru fruncía el ceño—. Como si antes hubiera sido diferente.

Sakuya sonreía.

—Te estás estresando demasiado. Es común, la universidad no es fácil.

Y Mahiru le creía.

—¿Necesitas ayuda con eso? —apuntó a los diagramas que Koyuki había escrito con sumo cuidado.

Él asintió.

No le dio más vueltas. Siempre le creía.

Porque en este mundo, Sakuya nunca lo había traicionado. No había necesidad, nunca había sido convertido en una subclase.

Y por eso mismo nunca lo había conocido…

Una tarde, al salir del campus, los cerezos estaban en flor. Algunos pétalos se desprendían con la brisa, volando entre su cabellos y nariz. Seguro el chico Alicein hubiera estornudado; Mahiru se lo había confesado.

«Te caerá bien Misono, es un poco orgulloso y altanero, pero tiene un gran corazón. Solo tienes que aprenderlo a conocer mejor… ¿quieres conocerlo? », le dijo una tarde cuando regresaban a casa.

«¡Por supuesto!», mintió con entusiasmo fingido y una sonrisa enmascarando su descontento.

Ahora, Mahiru caminaba un paso adelante, como aquel día cuando sellaron su amistad con un choque de palmas.

—Oye —dijo de pronto—. Sakuya.

—¿Sí?

Mahiru se giró.

El viento movía suavemente su cabello.

—Me alegra que seas mi mejor amigo.

Silencio.

El mundo entero parecía esperar como seguir.

Sakuya lo miró.

Y por primera vez desde que creó esa realidad…

Sintió miedo.

Porque esa frase…

Era exactamente igual.

Idéntica.

A la del pasado que borró.

Y comprendió algo terrible:

Puedes eliminar personas. Puedes reescribir eventos. Puedes moldear recuerdos. Pero no puedes fabricar libertad real.

Mahiru seguía siendo transparente.

Seguía siendo honesto.

Seguía siendo alguien que elegía basado en su simpleza.

Y una elección solo tiene valor cuando existen alternativas.

En un mundo donde solo hay una opción…

No hay amistad.

No hay amor.

No hay verdad.

Solo una jaula hermosa vista solo en el mundo real.

Sakuya extendió la mano.

Por un instante pensó en romperlo todo.

En devolver a Kuro.

A Tsubaki.

En devolverle a Mahiru su mundo caído y pecaminoso.

Pero su mano tembló.

Porque si lo hacía…

Podría volver a perderlo.

Sonrió.

Una sonrisa perfecta.

—Yo también, Mahiru.

 


 

Sakuya estaba en el suelo, con el labio partido y el sabor metálico de la sangre extendiéndose por su lengua. Mahiru lo había golpeado.

Y luego se había ido.

Se llevó al gato negro. A la bestia que recogió semanas atrás.

La misma que lo arruinó todo.

Toda la mentira que había planeado y diseñado con paciencia, a veces con engaños, sugestiones y falsedades.

Todo lo que había creado —sus amigos, su escuela, sus recuerdos compartidos— se había desmoronado por culpa de ese vampiro aparecido y perezoso… y de ese niño rico, ingenuo y obstinadamente honesto.

Pero está bien, se dijo.

«Ya no puedo envejecer…Solo quería pasar estos tres años de preparatoria tan feliz como pudiera contigo…y después desaparecer otra vez».

Una historia feliz que ya no sucederá.

Y, aun así, no importaba.

Podría empezar de nuevo. Siempre podía hacerlo. Encontraría a alguien más. Cuatro, cinco amigos. Recrearía lo que tuvo con Mahiru, Ryusei y Koyuki. Algo incluso mejor. Otra escuela, más grande o más pequeña, dependiendo de lo que quisiera en ese momento.

Lo más importante ahora era devolverle la mano a Tsubaki, la única persona que le importa de verdad.

No quería ser como Mahiru Shirota. Un ingenuo transparente que confía en cualquiera que le sonríe. Que llama “amigo” a cualquiera sin preguntarse si lo merece.

No quería perderse en esa inocencia vacía que no distingue entre quien vale la pena… y quien solo aparenta hacerlo.

Mahiru es problemático. Estará mejor sin él.

El mundo siguió girando.

Real. Y al mismo tiempo falso.

Construido en silencio sobre la mentira más peligrosa de todas: “Si eliminas todo lo que te hiere, finalmente serás libre.”

Entonces comprendió la última lección.

La fantasía también es una mentira. El autoengaño es la más cobarde de todas las formas de escapismo. Porque mentirse a uno mismo para no enfrentar la realidad no libera.

Simplemente Esclaviza.

Notes:

«Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres». — Juan 8:32

Sí, usé un versículo bíblico para este fic. Si Tanaka sensei se inspiró en la Biblia, ¿por qué yo no? Hay muchísimo que explorar ahí, y este no será el único trabajo que escriba con esa inspiración.

Estoy reescribiendo y modificando algunos de mis one-shots de mi recopilación de fliclets, drabbles y one-shots. Si quieren leer la versión original, allí está.