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Debut de San Valentín

Summary:

Lionel lleva enamorado de Pablo desde que se conocieron en la sub-20. A pesar de tener contacto por llamadas, la distancia y el tiempo ocasiona que su relación de amistad se enfríe y se alejen. Cuando Pablo llega a España para jugar con el Valencia, Lionel hace todo lo posible para estar en su debut en el día de los enamorados.

Ambientado en 2001.

Notes:

Antes que nada no tengo mucha experiencia en esto y es mi primera vez escribiendo algo 100% Scaimar. Tampoco soy argentina, así que sepan disculpar el uso de los modismos, me costó mucho trabajo. Si algo está mal, una disculpita pero quise aportar algo para la scaimar week y como vi que el debut de Pablo en el Valencia fue un 14 de febrero se me ocurrió esto. Espero que les guste.
Esta ambientado en el 2001 y Malasia 97.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Una sonrisa se dibujó en su rostro automáticamente al tomar el diario de esa mañana.

En una de las páginas del diario Marca aparecía una fotografía de Pablo Aimar luciendo un suéter blanco con franjas horizontales verdes y de algún otro color que no distinguía. La verdad es que a eso no le prestó mucha atención; lo que sí captó toda su mirada fue que Pablo tenía el pelo corto pero aún así era un poco más largo que la última vez que lo vio en persona, al terminar el Mundial de Malasia. Sus rulos no eran tan largos como alguna vez los había llevado, y eso hacía que se viera más maduro e igual de hermoso que siempre. Estaba rodeado por policías —dos de ellos sujetándolo de cada brazo— y una risita burlona se le escapó al pensar que parecía que lo llevaban preso. Rió aún más al leer cómo se referían a él como "payaso", sabiendo lo mucho que el cordobés odiaba ese apodo. Pablo había llegado como el nuevo fichaje estrella del Valencia en ese mercado de invierno y, desde que comenzó el rumor de su llegada a tierras españolas, él esperaba con ansias el momento en que les tocara enfrentarse en La Liga.

Habían pasado ya un par de años desde la última vez que tuvo algún tipo de contacto con... ¿su amigo? Ni siquiera estaba seguro de poder llamarlo así, ellos no eran amigos, aunque hubo un tiempo en que lo fueron.

Recordaba la primera vez que vio al cordobés en los entrenamientos en el predio de la AFA. Nunca un chico había atraído su atención como lo hizo el más bajito. Había seguido embobado sus movimientos fluidos con la pelota que parecía que esta estuviera pegada a sus pies. Se robó todas sus miradas la forma en que parecía que se deslizaba y flotaba con elegancia sobre el césped y la magia que desplegaba con cada toque y gambeta.

Aunque, a decir verdad, más que todo eso, lo que realmente lo había cautivado era la belleza del de River. Siempre había gustado de chicas; a sus escasos 19 años ya contaba con un largo historial de novias. Sin embargo, al convivir la mayor parte del tiempo con chicos por el fútbol, alguna vez había llegado a pensar que uno que otro compañero era atractivo... pero jamás le había puesto el adjetivo de "lindo" o "hermoso" a nadie hasta que conoció a Pablo.

El jugador de River era bajito, y eso le causaba ternura. Sus rulos castaños caían con natural gracia por su nuca y enmarcaban perfectamente sus suaves facciones y, coronando ese bello rostro había un lunar en la mejilla izquierda que le pareció un detalle único y precioso, parecía como si alguien hubiera dibujado con precisión ese perfecto punto redondo sobre su piel clara.

Durante la concentración del Mundial de Malasia había logrado formar una excelente relación con todos sus compañeros, y eso incluía a Pablo. Era inquieto y le encantaba mantener el ambiente vivo en el vestuario. Aunque su personalidad enérgica contrastaba con la tímida e introvertida del riocuartense, habían congeniado tan bien que pasaban horas hablando de cualquier tema hasta altas horas de la madrugada en algún rincón del hotel, escondidos del director técnico que solía rondar los pasillos por las noches para asegurarse de que todos sus jugadores estuvieran durmiendo.

El sueño de dieciocho jovencitos de ser campeones del mundo se había hecho realidad. Le habían ganado a Uruguay, uno de sus clásicos rivales, con un marcador de 2-1. Como era de esperarse en un lugar lleno de chicos de 18 a 20 años que acababan de ganar un Mundial, todo terminó en un descontrol total.

El lobby del hotel era un caos. Había música a todo volumen y gritos de los jugadores por todos lados. A pesar de que Pekerman era muy cuidadoso de que no hubiera alcohol durante las concentraciones, en esa ocasión especial había permitido algunas cervezas y botellas. Lionel no acostumbraba a beber, pero no se era campeón del mundo todos los días y, al igual que todos, se había pasado un poco de copas. Sobrio ya era inquieto y eufórico; pero borracho, lo era al triple.

—¡Somos campeones del mundo! ¡Y les cagamos la final a los uruguayos! —coreaba colgado del hombro de Walter Samuel, quien estaba igual o incluso más borracho que él—. ¡Campeones, boludos!

—¡Sos un genio, gringo! Ese pase que te mandaste, mamita.

Sonrió ante lo dicho por Walter. Le había costado afianzarse con la titularidad y no fue hasta después de su gol contra Brasil en cuartos de final que Pekerman le dio la confianza para iniciar en el once titular en la semifinal y final, dando el pase para que Diego Quintana marcara el gol del desempate, el gol de la victoria.

Ya no podía negarse que Pablo le gustaba. De hecho le gustaba mucho. Sus ojos habían estado buscando desde hace rato al de rulos por cada rincón del lobby. En la cancha se habían abrazado un par de veces en medio de la euforia tras levantar la copa, pero ahora tenía la necesidad de hablar con él y recordarle que habían logrado lo que se prometieron en una de esas pláticas de madrugada. Sin embargo, Riquelme no se había despegado del de rulos ni en el estadio ni en el trayecto al hotel. Al ver a Román hablando solo con Placente, deshizo el abrazo con Walter y se animó a ir a buscarlo.

—¿Dónde está Aimar? —preguntó a Román a gritos por encima de la música. El moreno solo levantó los hombros como señal de que no lo sabía.

Caminó por uno de los pasillos y, al doblar una esquina, se encontró con quien tanto buscaba. Pablo estaba recargado contra la pared, mirando concentrado la medalla que colgaba de su cuello, girándola cada tanto para verla por todos lados, como si aún no creyera que lo hubieran logrado. Un calorcito que nunca había sentido antes se instaló en su pecho cuando Pablo dejó de mirar la medalla y volteó hacia él al notar su presencia. Sus ojos estaban brillosos y le dedicó una sonrisa chiquita. Bajo la tenue luz del pasillo le pareció que estaba aún más lindo.

—¿Qué hacés acá solo, che? —su voz salió ronca de tanto gritar—. La fiesta es por allá, vení. ¡Somos campeones del mundo!

—Quería escapar del ruido... de la música, más bien —sus ojos se achinaron acompañando una sonrisa—. También estoy bastante en pedo, me da vueltas la cabeza. No estoy acostumbrado.

—¿Querés que te acompañe a tu pieza?

—No, ya en un rato se me pasa. Quiero celebrar también. ¡Somos campeones del mundo!

Su repentino cambio le sacó una carcajada. Se recargó también en la pared a su lado, sus hombros casi tocándose. Suspiró hondo. Por un momento cruzó por su mente contarle lo que sentía, pero de inmediato la idea se fue lejos. Tenía miedo de cómo podía reaccionar el cordobés.

—Te dije que esta era nuestra. Cumplimos nuestra primera promesa. La siguiente es llegar a Europa y después ganar la otra copa, la real, juntos.

—Esta también es real, bobo.

—Sabés lo que quiero decir.

—¿Qué te parece en el Mundial del 2002? Ni en pedo nos convocan para ir a Francia el año que viene.

—O si ese no se da, será el siguiente o el que sigue. Pero de lo que sí estoy seguro, Pablito, es que la tercera la vamos a llevar juntos a casa.

—Sos demasiado fantasioso.

Sintió una chispa de electricidad recorrer todo su cuerpo al notar cómo el hombro de Pablo tocó el suyo, dándole un pequeño empujón. Se acomodó para quedar frente a él y colocó ambas manos sobre sus hombros. Vio a Pablo tragar saliva y su corazón latió fuerte ante la mirada que le dedicó: había un brillo diferente, podía notar algo más o al menos eso creyó. Respiró hondo y, haciendo caso a sus impulsos y a lo que creyó notar en la mirada del cordobés, sin pensarlo dos veces, se inclinó y lo besó.

La sorpresa del de rulos fue evidente, se dio cuenta al sentir su cuerpo rígido. Fue un beso corto y torpe. Cuando se separó, sintió un tirón en el corazón al verlo con los ojos muy abiertos, procesando lo sucedido. Pareció que iba a decir algo, pero no lo hizo; en cambio, bajó la cabeza mirando el piso.

—Perdón... soy un pelotudo, Pablo. Perdóname.

Se obligó a pedir disculpas aunque no estuviera arrepentido. Como sea que haya pasado había podido sentir los labios del riocuartense y eran más suaves y dulces de lo que se había imaginado. Más valía pedir perdón que pedir permiso.

—Leo, vos... vos sos...

—No lo sé, no sé qué me pasó —se apresuró a responder, lleno de vergüenza.

A lo lejos alguien gritó su nombre, pero ninguno de los dos se movió.

—Vamos, y hacé de cuenta que esto no pasó.

Quiso huir. Había incomodado a quien en ese tiempo había considerado un buen amigo y ahora, por su culpa, esa amistad iba a terminar así como había terminado el mundial. De todos los posibles escenarios, el que menos esperaba fue que Pablo lo tomara del brazo y lo acercara para iniciar otro beso, uno de verdad. Esta vez pudo saborear cada rincón de su boca. El beso se profundizó; tomándolo de la cintura lo apoyó contra la pared con cuidado. Su otra mano viajó a su mejilla, acariciando con adoración ese lunar con el que había soñado alguna que otra noche. Su piel estaba caliente, además era demasiado suave, y eso le encantó. Pero más le encantó sentir los delicados dedos de Aimar subir por su espalda, acariciando desesperado hasta llegar a su nuca para abrazarlo con ambos brazos. Pablo suspiró en su boca y un sonido bajito, parecido a un gemido, escapó de sus labios rosados, haciéndolo estremecer entero.

Cuando se separaron, apoyó su frente contra la suya y sonrió con cariño al verlo jadear, con las mejillas coloradas. Se dio cuenta de que se había equivocado creyendo que Pablo no podía ser más hermoso. Esa imagen que tenía frente a sus ojos se convertiría de ahora en adelante en su favorita, y ansiaba que se repitiera muchas veces más.

Para desgracia de Lionel, eso no volvió a suceder.

Al día siguiente, durante el desayuno, Pablo no mencionó nada sobre ese momento. Incluso dijo frente a los demás que, del pedo que llevaba, ni siquiera recordaba cómo había llegado a su pieza. Él prefirió no decir nada tampoco. Para Pablo solo había sido un momento de calentura provocado por el alcohol y tan pronto como la sustancia salió de su sistema, también se había ido ese instante que compartieron juntos.

Cuando llegaron a Argentina, cada uno siguió su rumbo. Pablo volvió a River y a él le llegó una buena oferta de fichaje en un club español. A finales de año ya estaba arribando a La Coruña para ser presentado e incorporarse a los entrenamientos. El plan era debutar la primera semana de enero.

Su debut soñado se frustró, convirtiéndose en uno de los más cortos de la historia. Había iniciado como titular y estaba feliz por ello, pero en el minuto 3 el arquero fue expulsado tras cometer una falta, obligando al técnico a sacrificar a un jugador de campo para ingresar al arquero suplente. Scaloni había sido el elegido. Estaba molesto, quería demostrar de qué estaba hecho y para colmo, su familia había viajado para verlo debutar y se encontraban alentando desde la tribuna por lo que se quedó apoyando desde el banco, fingiendo una sonrisa cuando lo único que quería era largarse a llorar. No era justo.

Al volver al piso donde llevaba algunos días viviendo, una llamada de Pablo lo tomó por sorpresa. No hablaban desde que terminó el Mundial, hacía más de seis meses. Le pareció extraño, pero tan pronto como escuchó su voz se sintió un poco más feliz, olvidándose del mal partido.

—Espero que nos veamos pronto. No me olvidé que prometimos jugar los dos en Europa y vos ya lo lograste.

Hablaron una hora entera. Se pusieron al día con sus carreras. A Pablo le estaba yendo bárbaro en River pues se estaba consolidando como una de las jóvenes promesas argentinas más importantes. Aunque el cordobés no le haya dicho que la razón por la que pidió su número a Walter y lo llamó fue por el desastre de su debut, Lionel se dio cuenta de que había visto el partido y quería mostrarle su apoyo por lo que agradeció ese detalle. Quería conservar esa amistad aunque eso implicara hacer a un lado sus sentimientos. Pablo valía la pena.

Las llamadas continuaron. Pablo lo llamó un primero de febrero para felicitarlo por su primer gol en Europa. Él lo llamó la semana siguiente sin motivo, solo para hablar. Le encantaba pasar horas conversando de cualquier cosa; lo hacía sentir nuevamente como en esas noches en Malasia.

—Ya sé que jugaste hoy y perdieron, pero no te pongas triste, che. Hoy es San Valentín.

Notó un cambio en el tono de voz del de rulos al decir lo último. Le pareció que estaba nervioso y su lado jodón quiso provocarlo.

—¿Me llamaste porque perdimos o porque es San Valentín?

—Por ambas —sonrió.

—¿Entonces viste el partido? Fue una verga, che. Solo éramos ocho jugadores en el equipo.

Esa semana había pasado algo inaudito: el partido anterior hubo cinco lesionados, cinco convocados a sus selecciones y uno suspendido. El Deportivo se había quedado con ocho jugadores y tuvieron que recurrir a la filial para completar un equipo porque la federación española se negó a la petición del club de re programar el partido.

—No lo pude ver porque en ningún lado lo transmitieron, pero busqué las noticias. Igual no les fue tan mal, nomás un gol les pudieron hacer.

Escucharlo le provocó mariposas en la panza. Le hacía ilusión que, a pesar de la distancia y la dificultad de tener acceso a sus ligas, Pablo buscara la manera de estar al tanto de sus partidos, igual que él lo hacía con los suyos. Eso le hizo creer que tal vez el sentimiento era mutuo y decidió indagar.

—Tenés razón. Además, fue nuestra primera derrota en la liga, ya nos recuperaremos. Pero dijiste que también me llamaste por San Valentín. Feliz día.

Escuchó esa pequeña risita que tanto adoraba.

—Feliz San Valentín, Leo —hizo una pausa, dubitativo—. Vos... ¿tenés algún plan para hoy? Digo... alguna juntada con amigos o con alguna mina.

—Los del club quieren salir a un boliche, algo así escuché pero no se. ¿Vos?

—Román me pidió salir a cenar.

—Ah.

No supo qué más decir. Tal vez se había equivocado todo este tiempo y Pablo al igual que el sentía atracción por otros chicos. Durante el Mundial había notado la estrecha relación con Román, pero hasta ese momento había creído que solo eran amigos muy cercanos pero nadie pasa un 14 de febrero con un amigo, solos, en una cita. Se reprendió por haberlo tomado así. Si había otro tipo de relación, bien por ellos, aunque le dolió imaginarlo. Pensó que aunque Pablo estuviera soltero tampoco ganaba nada, él estaba a miles de kilómetros y por más que hubiera una oportunidad de un sentimiento mutuo eso no podía ser.

—Tengo que dejarte, por acá ya es tarde y creo que al final sí voy a salir con los pibes del club.

—Entiendo. Que te diviertas. De nuevo, feliz San Valentín.

—Igualmente, Pablito. Chau.

Cortó y, en lugar de quedarse sufriendo por un amor imposible en pleno 14 de febrero, decidió salir a pasear por ahí. Había decidido que debía parar con esas llamadas antes de que la bola de nieve creciera tanto que después le fuera imposible frenarla.

Por supuesto que eso era lo que tenía que hacer.

Pero una semana después volvió a llamarlo cuando al buscar los resultados del torneo de clausura vio que Pablo había marcado su primer gol oficial con River. Sí, era un pelotudo, pero deseaba y necesitaba felicitarlo. Volvió a esa dinámica aunque días antes hubiera jurado que no lo haría, pero es que hablar con Pablo lo hacía feliz. Adoraba escucharlo cuando se largaba a hablar de fútbol. Siempre creyó que el cordobés era centrado e inteligente, y eso se notaba en su visión del juego y de la vida y él podía pasar horas escuchándolo y jamás se cansaría.

Pasaron los meses y las llamadas se volvieron menos frecuentes. Las últimas tres veces había sido él quien llamaba, y eso lo inquietó. Tal vez Pablo ya se había aburrido. Al fin y al cabo, ni siquiera eran los mejores amigos; solo eran compañeros de profesión que de vez en cuando se ponían al día. No tenía nada que reprocharle.

Ese tiempo en España lo ayudó a desenvolverse en un ambiente muy diferente al que estaba acostumbrado, Europa era más liberal y fuera de La Coruña podía pasar casi desapercibido. Ahí confirmó lo que técnicamente ya sabía: los chicos le gustaban tanto como las chicas. Salió con algunos, los besó, se los llevó a la cama, pero ninguno le hizo sentir ni una pizca de lo que sintió al besar a Pablo en aquel pasillo solitario de un hotel en Malasia. A veces, al recordarlo, llegó a pensar que quizá había estado tan borracho que todo fue producto de su imaginación.

Los meses siguieron pasando y ese enamoramiento por Pablo había disminuido en intensidad gracias a la distancia y falta de contacto. Volvió a Pujato para pasar las fiestas de fin de año en casa de sus padres y, antes de regresar a España, se reunió con Walter. Entre todos los temas que hablaron hubo uno que le rompió el corazón por primera vez en la vida y le hizo darse cuenta que una vez más se había equivocado y que la intensidad de su enamoramiento por Pablo no había disminuido un carajo. Walter le contó sobre los rumores que rodeaban a su compañero de equipo, Román, con el delantero de River. Era un secreto a voces que algo pasaba entre ellos y que no tenía nada que ver con la rivalidad de sus clubes, al contrario, algunos sospechaban que los dos jugadores se encontraban en una relación más que amistosa.

Ese mismo año Pablo lo llamó el 14 de febrero, completamente borracho.

—Leo... yo... la puta madre —escuchó un suspiro largo—. Solo llamaba para desearte un feliz San Valentín.

—Gracias, Pablo. Te deseo lo mismo. Chau, me tengo que ir.

Y esa fue la última vez que tuvieron contacto.

Verlo en el diario le removió todos los sentimientos del pasado, sentimientos que nunca se fueron pero de los que ya se había resignado. Seguía al tanto de su carrera y muchas veces se preguntó si Pablo hacía lo mismo con la suya. El año anterior, durante los festejos por haber ganado La Liga, regresaron sus ganas de llamarlo. Estaba pasado de copas y el alcohol casi lo envalentona de nuevo, pero esa vez su autocontrol fue más fuerte.

Antes de salir al entrenamiento su teléfono sonó. Se le hizo extraño, los únicos que lo llamaban eran sus familiares y seguramente aún dormían por la diferencia horaria.

—¿Hola?

—Leo, soy Pablo.

No podía creerlo. Eventualmente se iban a encontrar, pero no esperaba que el cordobés lo llamara inmediatamente al llegar al país. A lo
mejor estaba exagerando pero con esas tres palabras que pronunció juró que en dos años su voz había cambiado. Lo había escuchado dando alguna entrevista en ese tiempo pero su voz se escuchaba diferente a través de la bocina que en la televisión. Decidió desviar su atencion a eso y así calmar los nervios propios de la llamada, nuevamente el chico que le gustaba desde hace casi cuatro años lo había buscado y no pudo evitar emocionarse.

—Pablooo, cuánto tiempo, boludo. ¡Bienvenido a España!

No reprimió su alegría, estaba feliz y quería que Pablo lo notara y se sintiera acompañado en su llegada a un país que no conocía, quiso transmitirle la hospitalidad que él hubiera querido tener cuando llegó hace tres años.

—Gracias. Ya sé que hace mucho no hablamos y no quiero que pienses que lo hago solo porque necesito que...

Lo interrumpió al notar que le avergonzaba contactarlo de la nada después de tanto tiempo.

—Tranqui, no digas pavadas. Al contrario, me alegra que estés acá. Cumplimos la promesa, Pablito.

El cordobés rió, más relajado, y comenzó a contarle cómo había sido el proceso de su transferencia, el vuelo y su recibimiento en el aeropuerto.

—Parecía que te llevaban preso boludo —rió con ganas aun con el diario en la mano viendo la fotografía—. ¿Ya sabés cuándo es tu debut?

—Parece que será hasta el partido de Champions. Tengo que esperar los resultados de los exámenes médicos y hoy lo conocí al DT, quiere que también me acople al equipo.

—Por ahí nos toca cruzarnos en Champions, que en liga recién jugamos hace dos semanas contra el Valencia y no nos volvemos a ver hasta mitad de año más o menos.

—Qué lástima, falta un montón.

—Ya sé que soy irresistible y querés verme, pero tenés que esperar —dijo arrogante, provocándole una carcajada al hermoso hombre del otro lado de la línea.

—No cambiás más vos. Igual hace mucho no nos vemos y no conozco casi a nadie acá... qué sé yo, podríamos vernos un día de estos.

—Me encantaría ir al partido de tu debut.

—Y a mí me encantaría que estuvieras ahí.

Lionel se tomó muy en serio lo de ir al debut del cordobés, no solo porque estaba completamente enamorado, sino porque amaba el fútbol y ver a Pablo jugar siempre era un disfrute. Como había dicho Pablo, en las próximas dos jornadas de liga no lo habían considerado, por lo que era casi seguro que debutaría en la siguiente fecha de Champions, que por casualidad caía el 14 de febrero. Comenzó a crear escenarios en su cabeza creyendo que tal vez la fecha no era coincidencia, sino una señal para dejar de ser tan cagón y confesarle sus sentimientos.

Esos días retomaron las llamadas como si nunca hubiera habido una brecha de tiempo desde la última vez que habían tenido esa dinámica. Pero cuando se trataba de Pablo, todo fluía de manera tan natural que cualquier cosa que hubiera pasado en el medio dejaba de importar. Decidido, se puso a idear un plan para no faltar esa fecha... pero no la iba a tener fácil. Justo ese día él también tenía partido de Champions League contra el Galatasaray, en Turquía.

Estar tan enamorado no le dejaba ver con claridad que se trataba de un plan casi imposible. Debía ocurrir un milagro para jugar su partido que estaba programado a las 13:45, al terminar tomar un vuelo de Estambul a Valencia y llegar a las 20:45 al otro encuentro. Cuando llamó a la agencia para comprar el pasaje fue que tomó conciencia de lo descabellado que era. La buena noticia era que había un vuelo directo, la mala era que salía a las 16:00 y duraba cuatro horas. O sea que estar en el aeropuerto antes de esa hora era totalmente imposible que ni siquiera teletransportándose llegaría en horario al finalizar el partido.

Aun así, era terco y buscó una solución. Tal vez si no jugaba el partido completo podía escaparse y tomar un taxi al aeropuerto y llegar al filo de tiempo para poder abordar el avión, aunque eso tuviera consecuencias con el club que en ese momento no quería ni imaginar. A pesar de que se trataba de una muy mala idea quiso intentarlo, si no llegaba para ver el partido desde el inicio al menos podía verse con Pablo antes de que finalizara el día. Convenció a su entrenador de que tenía una molestia y no estaba para jugar los 90 minutos.

 

El día del partido llegó y como había acordado con el DT, salió al minuto 55'. Miró su reloj, marcaba las 14:55. Corrió al vestuario, se cambió los botines por zapatillas, se puso un jogging y su campera sobre la camiseta sudada. Si se apuraba, llegaba al aeropuerto media hora antes del vuelo. Llevaba solo una mochila por lo que no perdería tiempo para documentar —uno de sus compañeros le llevaría el resto del equipaje—, así que podía pasar directo a los filtros de seguridad.

Parecía que la suerte estaba de su lado o tal vez era una jugada del destino, de Dios o no sabía a quien agradecer que todo estaba saliendo mejor de lo que esperaba. Cuando salió del estadio el taxi ya lo estaba esperando y al no encontrarse tráfico llego al aeropuerto unos minutos antes de lo que normalmente se tardaría. También influyó que soborno al taxista para que aumentara la velocidad en la autopista. Corrió por todo el aeropuerto, pasó el filtro de seguridad y alcanzó a llegar a su puerta de embarque antes de que cerraran el abordaje y unos minutos después de las 16:00 su vuelo estaba despegando.

Al aterrizar se dio cuenta de un detalle que había olvidado: Estambul tenía una hora más de diferencia horaria. Respiró aliviado. Tenía casi dos horas para llegar al estadio. Le dio tiempo para comer algo rápido y comprar en el Duty Free una linda caja de chocolates color rojo en forma de corazón que había por todas partes por la fecha. No sabía si le gustarían o si Pablo se los tiraría a la cabeza por darle un regalo de ese tipo, cursi y "muy puto" para su gusto.

Cuando salió del aeropuerto ya había oscurecido, hacía frío y llovía fuerte. Se colocó la capucha y buscó un taxi. Afortunadamente el estadio de Mestalla estaba cerca, pero la lluvia y el tráfico generado por el partido hicieron el recorrido más lento. Aun así, iba con buen tiempo.

No podía creer la locura que estaba haciendo, apenas unas horas antes estaba en otro país jugando un partido importante de Champions — era la primera clasificación del Deportivo en la competición— y ahora había escapado de la concentración para encontrarse con el chico que le quitaba el sueño desde hacía años.

Tenía buena vista, había conseguido entradas cerca de la cancha y un pase de prensa gracias a sus contactos. El partido comenzó con Pablo de titular, portando el número 22 a pesar de que se había anunciado que usaría el dorsal 35 y desde que tocó la pelota la primera vez ya había maravillado a la afición valenciana. El Manchester United tenía grandes jugadores en el equipo pero eso no impidió que Pablo se luciera. Jugó todo el partido dejándole un excelente sabor de boca a los aficionados aunque no se pudo dar el gol para ninguno de los equipos.

Al finalizar, cuando ya el estadio se estaba vaciando, haciendo uso del pase de prensa camino a los vestuarios. Conocía perfectamente el camino pues más de una vez había jugado en Mestalla. Decidió esperar, ya había pasado un buen rato y la mayoría de los jugadores habían salido. Se encontró con Roberto Ayala y estuvieron unos minutos hablando.

—Pablo tarda en salir siempre en los entrenamientos, deberías buscarlo adentro. Parece que ya no hay nadie más.

Se despidió y le hizo caso. En silencio entró al vestuario temiendo que alguien más que no sea Pablo lo viera ahí adentro. Apretó con nerviosismo la correa de su mochila mirando todo, estaba desordenado, como cualquier vestuario después de jugar un partido. Había prendas sudadas por todos lados que dentro de poco los utileros se llevarían para su lavado. Se acercó al lugar de Pablo y tomo su camiseta que se encontraba tirada en el piso. Se sobresaltó al escuchar un ruido proveniente de las duchas.

—¿Leo?

Volteo al escuchar la confundida voz del cordobés. Se veía hermoso, durante el partido no había logrado verlo a detalle pero ahora que lo tenía a unos pasos de distancia pudo ver que sus rulos habían crecido increíblemente en dos semanas, se encontraban mojados y peinados prolijamente hacia atrás y ya se había vestido con el conjunto deportivo del club.

 

—¿Pero vos estás loco? No lo puedo creer, te acabo de ver jugar hace unas horas. ¡Estabas en Turquía! ¿Cómo...?— dijo completamente asombrado pero con una sonrisa que enseñaba sus dientes.

 

—Te dije que vendría a tu debut.

Pablo dio un paso hacia adelante, todavía incrédulo, y entonces sus miradas se encontraron. Lionel sintió que el corazón le iba a estallar.

—¿Me la puedo quedar?

Levantó la camiseta, acercándose también sonriendo como hace mucho no lo hacía.

—Solo si me la cambias por la que usaste en tu debut con el Depor.

—Estas de suerte que aún la tenga.

—Entonces es un trato...

El silencio que siguió fue pesado. Pablo bajó la vista un segundo, luego volvió a mirarlo. Sus ojos brillaban de la misma forma que aquella noche en Malasia.

—¿Me vas a decir cómo hiciste para poder venir? Porque déjame decirte que estás completamente loco—. Murmuró con su voz temblando.

—Tal vez si lo estoy, pero no podía perderme esto—. Además te lo prometí.

—Ah si, ¿Y por qué?

Trago saliva nervioso, todo el coraje que había juntado para confesarse se había esfumado con unas simples palabras. Sumado a eso no podía descifrar la expresión de Pablo, tenía una sonrisa entre traviesa y un toque de malicia.

—Por... porque somos amigos Pablito, porque va a ser...

—No Leo. ¿Y sabes que creo? Que los dos somos unos cagones de mierda que estuvieron todo este tiempo callando lo que sentimos.

Lionel se quedó quieto, su corazón latiendo con fuerza en el pecho procesando lo que acababa de escuchar. ¿Pablo sentía lo mismo? ¿Todo este tiempo al igual que él lo había sentido? No, eso no podía ser, o si...

—Pablo... ¿Qué decís?

Murmuró en voz baja, temiendo que todo fuera un sueño y que si hablaba más fuerte se desvaneciera.

Pablo suspiró hondo mientras pasaba una de sus manos por sus rulos húmedos, como si estuviera juntando coraje para lo que se venía. Se acercó aún más a Lionel dedicándole una mirada llena de vulnerabilidad que jamás había visto.

—Decime la verdad ¿Por qué hiciste toda esta locura para venir? No fue solo porque somos amigos ¿no? Decime Leo, porque yo ya no puedo seguir fingiendo que no pasó nada esa noche en Malasia. Yo no me he podido olvidar de ese beso.

Sintió un nudo en la garganta. Apretó con fuerza la camiseta de Pablo que aún sostenía en medio de la tormenta de emociones que estaba viviendo, esa revelación de Pablo lo había golpeado como una ola.

—Todo este tiempo pensé que no lo recordabas, incluso llegué a pensar que lo había imaginado... ¿Por qué nunca lo dijiste? — preguntó en un hilo de voz.

Pablo lo miró fijo, sus mejillas estaban más rojas que nunca.

—Vos tampoco lo mencionaste. Yo... quise preguntarte al otro día que había significado para vos ese beso, pero me cagué en las patas. Estaba confundido, asustado. Pensé que solo había sido una boludez del momento, tenía miedo que si hablaba lo arruinaría todo. Y yo, siempre fui el tímido, el que no hablaba mucho. Invente esa excusa del pedo para no enfrentar lo que sentía y no quedar como pelotudo cuando vos tampoco me dijiste nada. Cuando te fuiste creí que había perdido toda oportunidad y por eso también después comencé con las llamadas, no aguantaba no oír tu voz. Te seguí en todos tus partidos y festejé tus goles como si hubieran sido míos. Algunas veces pensé en hablarte sobre lo que sentía pero tenía miedo de que vos solo me vieras como un amigo y me rechazaras, al tiempo me di por vencido, me resigne y quise olvidarte y por eso comencé con Román. El estaba cerca y aún sabiendo que no sentía lo mismo por él fue paciente, pero nunca pude enamorarme de él porque mi corazón ya te pertenecía. Cada San Valentín que pasé solo o fingiendo con alguien más, pensaba solamente en vos. Y cuando llegué a España lo único que quería era verte y decirte que nunca dejé de sentir esto, vos sos el único que me hace querer arriesgarlo todo.

Lionel sintió las lágrimas ya queriendo desbordarse de sus ojos, quiso evitar dejarlas caer pero una pequeña gotita traicionera se deslizó por su mejilla. Sintió un alivio ante la confesión de Pablo y extendió su mano para tocar su brazo, sintiendo el calor de su piel bajo la tela. Era completamente real, todo era real y no un perfecto sueño como tantos otros.

—Decime algo Leo, si vos solo me ves como un amigo, decime y olvidamos todo esto.

—¿A vos te parece que hice esta locura porque te veo solo como un amigo? —admitió con su voz temblando— También me cagué y preferí no decir nada. Dios, somos unos pelotudos. Pablo desde que te vi en la AFA, todo cambió. Eras... sos... no se boludo, sos lo más hermoso que vi en mi vida, desde ahí no pude sacarte más de mi cabeza, me volviste completamente loco. A mí también me pasó lo mismo, tenía miedo que me rechazaras, me dolió irme y no haber podido hablar de esto. Me hacía la cabeza creyendo que hacía mal en sentir todo esto por un buen amigo. Pensé que nunca iba a tener una chance y cuando oí los rumores con Román... me rompió y quise cortar con toda comunicación con vos porque me hacía mal. Pero no podía dejar de quererte, sos el único que me hace sentir así.

—No sabes cuánto me alivia oír eso— su voz se quebró un poco— todos estos años al pedo loco.

Pablo sonrió, con esa sonrisa chiquita y traviesa que siempre lo había desarmado y acortó el último paso que los separaba, levantó su mano y la apoyó contra su mejilla, limpiando sus lágrimas.

—¿Vas a besarme o lo tengo que hacer nuevamente yo?

—¿Qué decís? Si yo te bese primero esa vez.

—Pero arrugaste y tuve que salvarla yo.

—Veni para acá

Lionel lo tomó por la nuca y estampó sus labios con los contrarios en un beso dulce pero desesperado, queriendo demostrar en el acto lo mucho que lo había deseado todos estos años. Sus manos encontraron la cintura de Pablo, atrayéndolo más cerca mientras los dedos del cordobés se enredaban en su pelo aún húmedo por la lluvia. Pronto el beso se volvió más apasionado, y Lionel comenzó a apretarlo más contra su cuerpo, recorriendo también con su lengua la boca del cordobés y con sus manos su espalda baja. Cuando se separaron, en lugar de alejarse, el santafesino trasladó sus labios al cuello del hombre entre sus brazos; lamió y mordió suavemente la tierna piel y el contrario dejó escapar un suspiro. Luego abandonó la sensible zona para apoyar sus frentes completamente agitados.

—Feliz San Valentín, Leo.

—Feliz San Valentín, mi amor.— dijo con una sonrisa que le dolía de tan grande y Pablo sonrió bajito.— Te traje chocolates, pero deben estar hechos bosta.

—No te tenía así de romántico Scaloni.

—Aún hay muchas cosas que no sabes de mi Aimar.— dijo bajando su mano a uno de sus glúteos dando una palmadita.

—Quiero conocerlas todas. Pero ahora es mejor irnos, quédate conmigo.

—No pensaba alejarme, ya no Pablo. Además aún tenemos una promesa por cumplir.

Le guiño un ojo y tomó su mano, saliendo del vestuario. Aún llovía sobre Mestalla pero el frío por primera vez no le importó a ese par de corazones enamorados. Habían perdido algunos años pero ahora tenían todo el tiempo del mundo para recuperarlos. Y quién sabe, tal vez cumplir esa última promesa que les quedaba pendiente y que se hicieron una noche en un lugar de Malasia.

Notes:

Lo iba a subir el 14 pero pasaron cositas y la idea inicial era solo Lionel declarándose en el debut de Pablo, pero mientras investigaba encontré algunas cosas interesantes en la carrera de Scaloni que quise agregar, perdón si se sintió como relleno. Y si llegaste hasta acá, gracias por leer.