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La nieve crujía bajo mis botas aquella tarde de invierno cuando el viento helado soplaba sin clemencia en aquel inmenso bosque, cualquier persona con sentido común retrocedería y buscaría el camino a casa junto al fuego de la chimenea, pero la necesidad de comer es más fuerte que las agujas de frío que chocan contra mi rostro y que atraviesan las pieles de mi abrigo. Me aferro con mayor fuerza al rifle, mientras sigo caminando hasta la cima de la montaña buscando alguna liebre que no fuera espantada por la tormenta; la falta de oxígeno y el frío lastiman mis pulmones y me dificulta escuchar cualquier sonido del entorno más allá de soplo del viento, mi corazón desbocado y mi respiración agitada, mis piernas están cansadas y duelen como el infierno tras pasar casi todo el día caminando en el bosque y no encontrar ni un solo animal, nadie se imaginó que esta tormenta de nieve monstruosa cayera justo hoy en Hokkaido, en verano, de manera tan repentina y ahora también corro el riesgo de perderme entre tanta nieve; la sensación de mi estómago rugiendo por el hambre hace que quiera llorar, verás no han sido buenos días para cazar y hoy que tenía la esperanza de encontrar al menos una liebre cae la tormenta, no hay más tiempo que perder así que me cubro la nariz y boca con mi bufanda nuevamente y continúo caminando.
A pesar de ser aproximadamente las 3 o 4 de la tarde el cielo oscurece con rapidez alertandome de acabar la expedición lo más pronto posible si no quiero acabar muerta por una hipotermia antes de encontrar el camino de regreso a casa, con un suspiro de resignación finalmente me convenzo de que un estofado de verduras no suena nada mal como cena, Iwao oji-san entenderá que el clima simplemente no cooperaba, además estoy segura de que Ume-san ya le habrá obsequiado algo de comer en su visita al pueblo al pie de la montaña.
"No tiene sentido seguir buscando un milagro, hoy no habrá carne en la cena.", dije al viento mientras descubro mi boca para beber un poco de agua y acomodar mi rifle al hombro.
Mi concentración es interrumpida cuando lo escucho, el sonido de una rama al romperse, de algo partiendo una rama. Una pequeña sensación de esperanza crece en mi pecho al pensar que aún podría llevar algo a casa, descuelgo el rifle cuidadosamente intentando no hacer más ruido del necesario y no asustar a mi presa. Entonces ese sonido me estremece, no es el viento, no es ningún animal... es una persona y está riendo. Esa risa logró helarme la sangre, no sé quién es esta persona ni que intensiones tendrá al estar en medio de una tormenta de nieve de esta magnitud, mi instinto grita que me aleje lo más rápido que me permita mis piernas y desde aquel día mi instinto nunca ha fallado. Mi rifle está cargado y en posición, el ruido de mi corazón igual al de un tambor estremece mi pecho y puedo sentir los vellos de mi nuca erizados como el lomo de un gato.
Entonces, lo veo.
Un hombre alto, con cabello rubio como el sol de la mañana, la piel del color de la nieve y unos ojos de arcoíris con algo escrito en ellos, me provocaban un escalofrío que no se lo atribuyo a la nieve, solo podía ver un carnaval de diversión vacía impresa en su mirada. Una sonrisa amplia, antinatural, que parecía estirarse hasta sus orejas, revelando unos colmillos afilados.
Sabía quién era, o mejor dicho lo que era. Un demonio.
Pero... esos ojos, yo recuerdo esos ojos. ¿Dónde los vio antes?
"¡Ah, ahí estás! ¡Mi pequeña Yae! Te he buscado por mucho, mucho tiempo", dijo ese demonio, con una voz melosa y escalofriante. Sus palabras eran un escalofrío que no era producto del clima de la montaña. "Tu aroma... tan dulce y tu sonrisa, tan pura y hermosa; no tienes idea de cuanto te extrañé."
Retrocedí un paso mientras apretaba el agarre sobre mi rifle, sus palabras confirmaron mi idea, ya nos conocíamos, pero ¿Cuándo? ¿Dónde?
"No te muevas", dije intentando que mi voz se mantuviera firme a pesar de la inquietud que sentía y apuntaba mi rifle en su dirección "Un paso más y te vuelo los sesos. Dime ¿Quién eres y por qué hablas cómo si me conocieras?"
Por primera vez desde que apareció, su sonrisa desapareció y una mueca de tristeza tomó lugar en su rostro...
¿Por qué siento que mi corazón va a salir de mi pecho? Mis manos sudan y respirar se me complica aún más; Por algún motivo, esa expresión me aterra más que su sonrisa.
"Eres tan cruel Yae-chan", dijo el demonio, mientras una lágrima caía de sus ojos arcoiris, "¿Ya me olvidaste? a pesar de los hermosos momentos que compartimos, me rompe el corazón"
"..."
Este tipo está enfermo
"Puedo jurar que nunca, en mi vida, te he visto", le dije, mientras la ira empezaba a crecer en mí.
Recuerdo una de las lecciones más importantes que me impartió mi padre " Nunca dejes que el depredador vea tu miedo". Pero el miedo ya estaba ahí, un nudo frío en mi estómago, lo único que me queda es acabar rápido con esto e irme a casa.
"Oh, pero sí pasó", dijo él, nuevamente sonriendo mientras acortaba nuestra distancia lentamente "nunca podría olvidarte, mi dulce Yae; aquella tarde en el pueblo, tu sonrisa me cautivó"
Lo vi abrazarse a sí mismo, mientras parecía retorcerse de placer; lo único que sentí... Asco. Me repugnaba verlo, ser testigo de ese placer enfermizo del que era yo el objeto.
"Aléjate", logré murmurar, mi voz temblaba a pesar de intentar lo contrario. Levante mi rifle, el cañón temblaba ligeramente.
Su única reacción ante mi amenaza fue reírse, su risa parecía genuina, señal de cuanto le divertía verme asustada y saber que él era la causa.
"¿Qué ves cuando me apuntas con esa arma? ¿Maldad? ¡No! Yo veo la verdadera crueldad de este mundo, Yae-chan, esa que te obligó a cargar el dolor de tu padre. Te vi cuando ese otro Cazador de Agua se llevó el cuerpo de tu padre. Te vi cuando esa vida miserable te llevó al borde del abismo. ¡Y te vi a ti, Yae-chan, lista para rendirte! ¡Qué final tan dramático te habías preparado! Pero la verdad es que tú me perteneces. Tú Eres mía desde el primer día.
¿Recuerdas? Hace mucho, en el pueblo. Te acercaste a mí, esa mirada tuya tan concentrada... tan seria, como una linda y frágil muñequita. Y luego, sonreíste. Una sonrisa tan ingenua y amable, tan llena de inocencia inútil...
Me acuerdo de otras. Había una que me rogaba por piedad con los ojos y una mariposa que al igual que tú tenía una sonrisa amable y siempre podía ofrecer palabras amables... aunque nunca pude saber su nombre. Ambas tenían ese mismo brillo absurdo, esa misma fe en que la vida vale algo. Pero el mundo las rompió, como te rompió a ti. ¡Y yo tuve que liberarlas de ese sufrimiento!"
¿Él estuvo ahí? ¿De qué estás hablando? ¿Cuál pue... Oh, ya lo pude recordar, aquel día y aquel hombre extraño... con esos dos abanicos dorados?
"...Pero, ¿por qué esforzarse tanto? Este mundo es feo. ¿No sería mejor simplemente... terminar con el sufrimiento antes de que la crueldad te rompa? Yo puedo darte la salvación."
Aquellas palabras, en ese momento solo pensé que era un tipo cualquiera, con la realidad totalmente alterada. Pero...
"¿Cómo sabes lo que le pasó a mi padre?", dije sin realmente querer una respuesta a mi pregunta "¿Acaso, tú fuiste quien..."
Sus ojos parecieron iluminarse, viendo como seguía los engranajes de la historia de la cual sin saberlo fui la protagonista.
"¡Oh! ¡Por fin lo comprendes, querida!", dijo aplaudiendo con su falsa felicidad
"Después de conocerte supe que debía buscarte y te busqué. Por supuesto que lo hice. Después de que me regalaste esa sonrisa tan dulce y bella en el pueblo, supe que debía salvarte de inmediato. Te rastreé hasta tu cabaña y encontré a tu padre... Matazō, creo lo llamaron los otros hombres. Un hombre aburrido, pero con esa misma disciplina de piedra que tú portas. Le pregunté dónde estabas, le dije que venía a llevarte a la felicidad eterna, pero él... se negó. ¡Qué ¡necesidad!", dijo, mirándome con tristeza y su tono de voz indicaba que parecía sentir pena por mi padre; En ese momento, sentí que el aire abandonaba mis pulmones y mis manos empezaban a temblar, ya no quería escuchar. No quiero. NO. QUIERO. "Tu padre fue un obstáculo. Un guardián inútil que se interponía entre ti y la salvación que te venía a ofecer. Y como yo no podía permitir que él te condenara a vivir una vida de miseria, tuve que apartarlo de tu camino."
"Así que sí. Fui yo quien se convirtió en tu padre en demonio, Yae-chan. "
No pensaba escuchar otra de sus miserables palabras, cargé el rifle y disparé.
¡BANG!
¡BANG!
El estruendo de los disparos sacudió la quietud de la montaña, compitiendo con el silbido del viento. El cuerpo de aquel hombre —ese monstruo— se desplomó hacia atrás, manchando la nieve blanca con un carmín espeso y oscuro. Mis manos ardían por el retroceso y el frío, pero no bajé el rifle. Mis ojos, fijos en el cuerpo inerte, buscaban desesperadamente una señal de que la pesadilla había terminado.
Lo maté. Maté al asesino de mi padre.
Pero la sensación de victoria no llegó. En su lugar, un vacío gélido se instaló en mi pecho. Sentía que mis piernas perdían la fuerza para mantenerme de pie, no podía moverme, aunque algo dentro de mí ―llámalo instinto, llámalo sentido común― me pedía a gritos que huyera de ese lugar.
Recordé los fragmentos de otra vida, cómo la muerte me alcanzó sin previo aviso con el sonido de un disparo. Y recordé que lastimosamente, en este mundo, nada es tan sencillo y que en esta vida los monstruos no mueren tan fácilmente.
—Vaya... eso dolió un poco —dijo una voz melosa, rompiendo el silencio de la montaña.
Mi sangre se congeló.
El cuerpo en la nieve comenzó a moverse. No con dificultad, sino con una gracia insultante. Él se incorporó, sacudiendo la nieve de su ropa como si solo se hubiera tropezado. Los agujeros en su pecho se cerraron frente a mis ojos, expulsando las balas de plomo que cayeron al suelo sin causar mayor perturbación en el ambiente.
—¿Ves a lo que me refiero, Yae-chan? —me dijo, limpiándose la sangre que manchaba sus manos y heridas—. Las armas de los hombres no sirven de nada contra mí. Le advertí lo mismo a tu padre pero no me escuchó, harías bien en no seguir su ejemplo, querida.
—Cállate... —murmuré, cargando una nueva bala con dedos torpes.
—Él lloró, ¿sabes? —continuó él, ignorando mi amenaza—."No toques a mi hija", me decía. Fue tan aburrido verlo transformarse, luchando contra su propia hambre hasta el final. Pero al final, el destino es inevitable. Tú estabas destinada a estar sola, para que yo pudiera ser quien te acompañe.
—¡DIJE QUE TE CÁLLES! —grité, disparando de nuevo.
Esta vez, él no se dejó golpear. En un parpadeo, desapareció de mi vista. El aire a mi alrededor se volvió tan frío que mis pestañas se cubrieron de escarcha instantáneamente. Sentí la presión suave de su mano en mi hombro, un gesto que de cualquier otro podría ser afectuoso, pero de él... simplemente me aterraba.
—Es irónico —susurró Douma en mi oído, su aliento era un vapor gélido que me quemaba la piel—. Usas ese rifle para intentar detenerme, tal como intentaste con tu propio padre. Pero al fin y al cabo Yae-chan parece que no has aprendido de tus errores.
Dejé caer el rifle y saqué el cuchillo de caza que mi padre me había dado. No iba a morir rogando. No iba a morir por culpa de esta vasija vacía. Si iba a desaparecer otra vez, me llevaría un trozo de este demonio conmigo.
—Yo no soy tuya —dije, dándome la vuelta con un tajo desesperado—. Y no necesito tu salvación.
Él soltó una carcajada, abriendo sus abanicos dorados. La verdadera batalla, y mi verdadera prueba de supervivencia, acababa de empezar.
Él no se movió, simplemente desapareció. Fue un borrón de color dorado y rojo que rompió la distancia en un parpadeo. Antes de que pudiera reaccionar, sentí el impacto de su cuerpo contra el mío, derribándome con una fuerza que me sacó el aire. Sus dedos, fríos como el mármol, se hundieron en mis hombros, clavándome contra la nieve. No hubo elegancia en su siguiente movimiento, solo el hambre de un depredador que alcanzó a su presa: sentí sus dientes atravesar las pieles que me cubrían y rasgar la carne de mi hombro, un dolor agudo y punzante que me hizo ver estrellas.
El pánico me devolvió la fuerza. Con un grito ahogado, hundí mi cuchillo de caza con toda la fuerza que tenía en su costado. El metal penetró su carne con un sonido húmedo, pero él ni siquiera parpadeó. Al retirar la hoja con desesperación y volver a clavar una y otra vez, una fuente de sangre oscura y caliente brotó de la herida, salpicando mi rostro y empapando mi cuerpo antes de que se alejara igual de rápido como me alcanzó.
Ese monstruo movió sus abanicos con una elegancia letal. El aire se llenó de cristales de hielo fino que cortaron mi piel como miles de cuchillas de afeitar. El primer corte se sintió como un hierro al rojo vivo surcando mi piel. Los abanicos dorados desgarraban el aire, dejando tras de sí una estela de cristales de hielo que se incrustaban en las heridas abiertas.
Sentí el tajo en mi costado como una explosión. El dolor era un grito sordo que viajaba desde mis nervios hasta el cerebro, una señal de auxilio que mi cuerpo no sabía cómo procesar. Intenté respirar, pero el aire congelado quemaba mis pulmones, y cada movimiento hacía que los bordes de mis heridas se frotaran entre sí, enviando oleadas de una agonía eléctrica y punzante. Caí de rodillas ante el dolor insoportable, que me obligaba a encogerme, a querer desaparecer dentro de mi propia piel para escapar de la carnicería. Sentía su sangre y la mía mezclarse y deslizarse por mi cuerpo mientras empapaba mi ropa hasta finalmente ver la nieve teñida de rojo bajo mi cuerpo y el aroma ferroso de mi propia sangre llegó a mi nariz.
Pero entonces, algo cambió.
Llegó un punto en el que el dolor fue tan vasto que mi mente simplemente... se soltó. Como si un cable se hubiera quebrado bajo demasiada tensión. En mi aturdimiento, creí escuchar un siseo familiar, un arrullo distorsionado que vibraba en mis huesos...
Era cálido.
Intenté levantar nuevamente el cuchillo tendido en la nieve, con la sangre del demonio aún en la hoja, pero mis dedos no respondían, pero mis dedos no respondían; estaban entumecidos, no por el frío de la montaña, sino por el terror primitivo que me dictaba que este era, otra vez, el final. Una lágrima, caliente y traicionera, resbaló por mi mejilla antes de congelarse a mitad de camino. Luego otra. Empecé a sollozar sin control y las lágrimas caían a raudales por mis mejillas.
Tenía miedo. No quería morir, no hoy, no de esta manera.
—Oh, ¿Estás llorando, Yae-chan? —él se inclinó hacia mí, su rostro hermoso y vacío a escasos centímetros del mío—qué expresión tan hermosa tienes ahora —dijo, el desesperado impulso de cortarle la garganta, borrar esa asquerosa sonrisa de su rostro acechaba en mi mente—. Déjame liberarte de ese dolor, Yae-chan. Te prometo que, dentro de mí, no sentirás más frío.
—No... otra vez no —mi voz salió como un gemido roto, un sonido que no pertenecía a la valiente matagi que mi padre entrenó, sino a la niña asustada que se desangró en un pasillo oscuro ajena a su propia voluntad.
El pánico me cerró la garganta. Ver sus ojos arcoíris era como mirar directamente al abismo que me arrebató todo. Sentí que el aire me faltaba, mis pulmones ardían y cada sollozo era una puñalada de escarcha en mi pecho. El miedo me hizo pequeña, me hizo sentir de nuevo como una "mercancía", un objeto a merced de un monstruo.
Enterré mis dedos en la nieve, apretando los dientes para no gritar, pero el llanto era incontrolable. En ese momento, rodeada por la blancura infinita de Hokkaido y la presencia letal del demonio, me sentí más sola que en el vacío de la muerte que me acechaba nuevamente.
—Por favor... —susurré, sin saber a quién le rogaba.
Fue entonces cuando la oscuridad en mi interior, comenzó a agitarse en respuesta a mi terror.
Él levantó su abanico dorado para dar el golpe de gracia, apuntando directamente a mi cuello. Pero el golpe nunca llegó.
Un rugido ensordecedor, que no parecía provenir de ninguna garganta humana o animal, sacudió la montaña. El demonio fue lanzado hacia atrás con una fuerza bruta, estrellándose contra un pino milenario que se partió en dos.
—¿Qué...? —él se puso en pie, su rostro por primera vez mostrando una confusión genuina. No había visto nada. Al menos nada que sus ojos pudiesen percibir
Frente a mí, el aire comenzó a distorsionarse. Así, con los ojos nublados por la sangre y las lágrimas, lo ví.
—¿Dragón... Arcoíris? —susurré con voz rota.
Era la misma criatura majestuosa y escamosa que solía invocar Suguru Geto. Sus escamas brillaban con un matiz perlado bajo la tormenta de nieve. El espíritu maldito rugió de nuevo, barriendo el bosque con su cola, destruyendo todo a su paso. Sin embargo, el demonio no veía al atacante.
—¡Qué curioso! No hay olor, no hay vibración en el aire... ¡Esto es realmente fascinante! —exclamó, abriendo sus abanicos para defenderse de la nada—. ¡No sé quién seas, pero esa chica es mía!
Mientras el Dragón Arcoíris mantenía a raya al demonio, una presencia más pequeña y grotesca surgió del suelo cubierto de escarcha. Una criatura larga, grisácea y con múltiples patas, con una cara que parecía una máscara de pesadilla: la maldición de Toji Fushiguro.
Sentí una mezcla de terror y asco al verla; era la criatura que cargaba las armas del hombre que me mató. Pero la maldición no atacó ―aunque dudaba seriamente de que pudiera siquiera intentarlo―. Emitió un chirrido suave, casi protector, y abrió su enorme boca.
Antes de que pudiera gritar, el gusano me tragó. El interior era oscuro, cálido y extrañamente silencioso, un vacío que me aislaba del mundo exterior.
Me pregunto sí fue así como se llevaron mi cuerpo en ese pasado que creí dejar atrás.
***
La maldición se tragó a la niña por completo y comenzó a reptar a una velocidad increíble bajo la nieve, desapareciendo de la zona de combate.
Douma, en medio del caos, lanzó una ráfaga de hielo picado hacia donde creía que estaba su presa.
—¡Espera, Yae-chan! ¡Aún no hemos terminado! —gritó, pero sus ataques solo golpeaban el aire y las rocas.
El Dragón Arcoíris lanzó un último ataque devastador antes de desvanecerse en la niebla. Douma quedó solo en el claro destruido, con la ropa rasgada y el rostro regenerándose lentamente. Miró a su alrededor, buscando un rastro, un olor, una huella. Nada.
—Vaya... —murmuró, cerrando sus abanicos mientras su sonrisa volvía a aparecer, más peligrosa que nunca—. Esto sí que no me lo esperaba. Parece que mi pequeña muñeca tiene secretos que ni ella misma entiende.
