Actions

Work Header

Aceptá mis besos - Mernoski

Summary:

El primer beso de Lautaro no fue el problema.
El problema fue todo lo que despertó después.
Porque a veces el miedo a perder a alguien pesa más que el deseo de tenerlo.

Work Text:

Los Mernosketti se encontraban en stream. Era un viernes, el día más entretenido y movido según ellos. Comenzaba el fin de semana y los viernes a la noche eran ideales. A veces hacían previa, se juntaban con varios invitados, amigos o simplemente se quedaban hablando.

Esta vez resultaba un viernes de charla, de anécdotas e interactuar con el chat. Bauletti y Manuel se encontraban compartiendo un poco de escabio, Moski por su parte estaba a mate. Aunque en una que otra pasada, le pegaba un buen sorbo al vaso que sus compañeros le alcanzaban.

Luego de un rato, Manuel se levanta de su asiento en dirección a la cocina con la intención de agarrar una botella de Coca-Cola y algo de hielo. A lo que Santiago toma el control.

- Bueno, bueno. Vamos a ver qué dice el chat - leía con atención, soltando un 'ajam' ocasional - Baulo aléjate que nos das miedo, el Bayo está para pegarse un tiro. Bueno, copados los pibes.

Los tres reían tentados, hasta Manuel que aún los podía escuchar desde la cocina.

- Dale, tarado. Fíjate bien - gritó Mernuel, ya casi terminando de preparar el hielo.

- Acá... ¡Apa! Escuchen lo que pregunta Thomi - exclamó, con la intención de que sus amigos le prestasen atención - Thomi dice: "Chicos, necesito un consejo. Hay alguien que me gusta y me gustaría encarar, pero nunca di mi primer beso".

- Que temita, eh - dijo Mernuel mientras regresaba al setup.
- ¿Nos viene a pedir consejos? ¿A nosotros? - dijo Moski con un tono burlón y haciendo montoncito con la mano.
- Yo me acuerdo de que mi primer beso fue en una matinée. Creo que era una de las compañeras o amigas de mi hermana.
- Terrible, desde chiquito andaba gateando el Emo. Es de no creer.
- ¿Y el tuyo, Baulo? ¿Hace cuantos meses fue?
- Bue, bue. Tampoco la boludez. Mi primer beso... Iba a decir que fue en Bariloche, pero estaría mintiendo de una manera increíble.
- ¿No habías contado que fue en una joda? La mina fue con vos al secundario, creo.
- Sabes que si ¡Como se acuerda la Moska! Si. Era una compañera con la que después de terminar el secundario nos encontramos en una joda. Esa noche estaba que me salía humo, vapor, todo junto.
- ¿De cuántos años estamos hablando? Unos lindos veintidós, me parece.
- Nah, boludo. Tenía dieciocho o diecinueve, por ahí. - Santiago hace una pausa mirando a su costado - ¿Y vos, Moskito? ¿Cómo fue tu primer beso?

Los ojos de Manuel se posicionaron sobre Moski, expectantes a la acotación de este. Aunque lo niegue rotundamente, estos temas lo ponían nervioso. Pensar que aquel rubio tan tierno tenga experiencia en este tipo de cosas lo carcomían. No porque pensara que fuera incapaz de algo así, para nada. Sabía perfectamente como era su amigo y de lo que era capaz de hacer. Solamente que, en el fondo, muy en el fondo, deseaba que aquellas anécdotas fueran con él. También suyas.

No soportaba pensar que alguien más pudiera quedarse grabado en la cabeza de Lautaro. No quería aceptar que alguien más pudiera conocer a Lautaro tanto como él lo hacía, conocer aquellas partes a las cuales Manuel no podía acceder. Su boca, su cuerpo, su piel...

- Mi primer beso... Creo que fue cuando yo tenía siete años, estaba en primaria.
- ¡Buena! ¿Estaba linda tu compañerita? No te creo que a esa edad ya encarabas.
- No, no. Pasa que yo no encaré.
- Atrevida la nena ¿Era de tu curso?

Una sonrisa nerviosa escapó de la boca de Lautaro, sus cachetes se estaban poniendo colorados. Algo escondía y ellos se dieron cuenta.

- ¿Y? ¿Quién era? ¿Fue la Seño?
- No, boludo. O sea... - hizo una pausa tapándose la cara con las manos antes de seguir hablando, Manuel se rascaba el brazo - Mi primer beso me lo dió un chico.
- ¿Cómo? - exclamó seco, y bastante fuerte, Manuel.

Santiago ante la confesión de su amigo empezó a saltar frenético sobre su asiento, haciendo un poco de espectáculo. Moski estaba rojo y con los ojos achinados gracias a la vergüenza y la divertida reacción de su amigo. No sé podía decir lo mismo de Mernuel, que más que sorprendido, estaba petrificado.

- Insólito lo de Lautaro Trolazo Moschini.
- Pero ¿Cómo fue? ¿Te gustó? - Manuel no le veía la gracia.
- El nene era compañero mío. Me acuerdo que éramos del mismo grupo de amigos. Un día en el recreo, él me agarra y me lleva a una parte del patio. Creo que estábamos jugando, hasta que me dio un abrazo y después un pico.
- Entonces ¿Te gustó? ¿Te gustaba?
- Para, Emo. No me acuerdo de todo. Era chico yo.

¿Cómo iba a acordarse de todo eso? ¿Tan importante le parecía? Le costaba entender la insistencia de su amigo. A veces Manuel podía ser un poco celoso. Un poco.

- Bueno, dejamos al pibe re colgado ¿Qué consejo le das, Moskito?
- ¿Yo? Eh... Si esa persona te gusta y realmente querés algo, avanza. No importa si es tu primer beso o no, yo valoraría más que la persona que me gusta se anime a darme un beso.
- Bien, acaro. Me das ánimos para esta noche.
- ¿Esta noche?
- ¿No les dije? Después de cortar el stream me voy, tengo un compromiso...
- Apa, Baulo ¿Vas a tomar un poquito de inspiración hoy?
- Obvio. Voy a seguir los consejos de la Moska. Voy a avanzar... y me voy a chapar a un flaco.

Risas, el ambiente ya se estaba aliviando.

- Se equivoca la Baya - una mini pausa se hizo presente, dándole a Bauletti la oportunidad de tomar un respiro - Che, Moski. Hablando posta...

O tal vez no.

- ¿Vos, hoy en día, estarías con algún pibe?
- Andamos chusmas hoy, eh.
- Dale, mogul. Responde.
- ¿Estar en qué sentido?
- De novio, digo. Besos, garche. Algo formal.

Tragó en seco. Los ojos verdes de Manuel estaban sobre él. Al fin habló - Yo... Si.
- ¿Entonces por qué cada vez que yo lo intentaba, me rechazabas los besos?

La mirada del tatuado estaba oscura y sus manos tensas. Realmente no se pudo contener, quería saber la razón. Después de tantos intentos, tantas vueltas. Después de que él regresara de Dubai, después de detenerse en sus tanteos, después de respetar su espacio ¿Viene a decir que estaría con un hombre?

- Para, boludo. En todo Buenos Aires repartiste besos y me venís a reclamar a mí.
- En serio te pregunto, Lautaro.
- Que se yo, Manuel. Es distinto. Capaz para vos es una boludez, un beso y nada más. Para mí no.
- Medio injusto, me parece.

¿Injusto? ¿Para quién realmente? Ninguno sabía, pero para reclamarse entre ellos son mandados a hacer.

- Increíble lo puto que son, se vuelan de la nada. Siempre quedo de mal tercio. Háganme el favor de no contagiarme.

Aquel comentario de Santiago los sacó de ese eje de rigidez, provocando humor y reacciones en el chat. No por nada lo llamaban "El Capitán".
Pero, aunque se distraigan y duerman aquella tensión, el peso de aquella mochila crecía más y más. Tal vez su cordura y control se estaban debilitando ante lo que el corazón les pedía.

El stream transcurrió con tranquilidad. Se distrajeron con las charlas en discord, boludeando un poco con la pelota de futbol y por último jugando un juego de terror. El tema anterior no fue tocado, de hecho, lo evadieron completamente. Lo único que no podían evitar eran aquellos toqueteos "accidentales", agarrarse de las manos, miradas cómplices, hilaridad compartida. Eran inevitables, ellos dos eran inevitables.

Podía ocurrir lo que sea, peleas, diferencias, distancia y la clara tensión; pero su conexión seguía intacta, como un hilo invisible imposible de romper. Había algo entre ellos que desafiaba el orgullo, el silencio y el paso del tiempo, una fuerza que siempre encontraba la manera de traerlos de vuelta. No importaba cuánto se alejaran o cuánto intentaran fingir indiferencia: había una parte del uno que siempre pertenecía al otro. Era un vínculo difícil de explicar, tan único y suyo, que parecía existir por encima de cualquier etiqueta. Eran amigos, mejores amigos, y, aun así, en lo profundo, se amaban; un amor callado que los hacía sentirse como si fueran una sola alma aprendiendo a habitar dos cuerpos distintos.

El directo había llegado a su fin. Por suerte, tanto el trío de chicos como los espectadores disfrutaron del encuentro. No hubo cortes, el internet estuvo funcionando extrañamente bien y Balza no tuvo que retarlos.

Moski fue el primero que decidió irse. Se levantó lento mientras estiraba los brazos por encima de su cabeza, demostrando su cansancio. Saludó a ambos de sus compañeros estrechándoles la mano. Primero Santiago.

- Decime algo, Moska.
- ¿Qué querés que te diga?
- Palabras de aliento, algo. Te lo suplico. - agarró la mano del rubio más fuerte, atrayéndolo hacia él.
- Salí, pelotudo. - dijo soltándose del agarre del contrario de un arrebato - Come bien.

Por último, le echó una mirada pícara, reforzando aquel mensaje "subliminal". Ahora seguía Manuel. Acercó su mano al morocho, sintiendo el tacto de su mano al instante. El morocho apretó un poco más fuerte. Le encantaba sentir las manos pequeñas de Lautaro. Le encantaba envolverlas y enmarcar aquella diferencia de tamaños.

- Chau, Lauti.
- Buenas noches, Manu. - se soltó rápidamente, dirigiéndose a su habitación.

Mernuel solo se quedó viendo como este se iba y encerraba en su cueva. Su mano quemaba.

- Bueno, me las piro. - Bauletti se levantó, agarró su celular, llaves y se echó el perfume más cercano que tenía.
- ¿Te vas en Uber?
- No, me están esperando abajo. Me voy con los chicos ¿Vos te vas a quedar acá?
- Si, voy a quedarme un rato en el escritorio. Voy a acomodar algunas cosas. - se rascó la nariz - Avisa cualquier cosa, Santi. Disfruta.

Bauletti notó ese gesto, esa actitud que últimamente su amigo estaba haciendo seguido. Mentir, ocultar, evitar. Santiago podía ser lento para algunas cosas, pero era experto en captar las mentiras de Mitonuel. Por eso, antes de cruzar la puerta e irse, se acercó al de ojos verdes que aún estaba sentado en una de las sillas. Se puso contra esta, quedando tras la espalda del morocho. Posó sus manos en los hombros de este, percatándolo de su presencia.

- Escuchame. Yo no voy a volver, me quedo a dormir en la casa del anfitrión. Cualquier cosa que tengas que hacer, hablar... Vos mándale. No duermas.

Tiró la bomba y se fue. Manuel no dijo nada. Pasó unos minutos en frente de la computadora fingiendo estar ocupado, hasta que se dignó a apagar las luces de su hogar e irse a su cuarto.

Eran las tres de la mañana.

Moski no podía dormir. Tenía calor, mucho calor. La helada que desprendía el aire acondicionado no era suficiente. Su cuerpo no encontraba la comodidad y su cabeza no dejaba de maquinar en Manuel ¿Realmente se había enojado? ¿Por qué?

"Capaz para vos es una boludez, un beso y nada más. Para mí no."

Quería desaparecer ahí mismo. Detestaba ponerse a la defensiva cuando esas cosas ocurrían. El calor penetraba más fuerte en su cuerpo cada vez que aquellas palabras se rebobinaban en su mente. Sentía que la ropa le pesaba cada vez más. Se sacó la remera, quedando únicamente vestido con una bermuda. Buscaba el confort en su cama, en sus almohadas, en sus sábanas. Nada. No aguantaba más, el sueño no se hacía presente, aumentando más su estrés y nerviosismo.

Listo, ya fue.

Se levantó de la cama tal como estaba. Escapó de su ahora pozo de desesperación, dirigiéndose a la cocina a prepararse unos mates. Era eso o bajarse una de las botellas de whisky que estaban sobre la gran mesada; pero si se trataba de apaciguar el remolino de caos que se encontraba dentro suyo, lo más sano sería aquella infusión amarga. Tomar alcohol a esas horas y en el estado en el que se encontraba... Podía jugarle muy en contra.

Trató de no hacer ruido, no quería interrumpir a nadie. Una vez preparado el mate y listo el termo, se alejó de ese espacio y se quedó en el extenso cuarto de estar. Las persianas estaban subidas y las grandes ventanas mostraban aquel cielo estrellado. El rubio se quedó hipnotizado, desprendían tanta luz que iluminaban la casa entera. Se puso en frente del cristal para observar mejor aquel manto nocturno.

Comenzó a cebar. Primer mate, no pienses. Segundo mate, por favor no pienses. Tercer mate, imposible. Su memoria estaba actuando como verdugo y sus miedos eran el arma.

¿Si le hubiese aceptado un beso en estos años, las cosas serían iguales? Mejor no saberlo.

Él realmente no quería arriesgarse a perderlo. Sabía que un beso, por más que para Manuel no significase nada, para él era abrirle la puerta a aquel sentimiento enorme que venía atorando en su corazón. Era dejarlo pasar, era darle permiso a hacerlo sentir vulnerable y fuera de control. Con un beso, hasta con el piquito más pequeño, era capaz de perderse. Extraviarse en sus profundidades, en Mernuel, malograr la hermosa amistad que tenían. Porque el vínculo que tenían era irremplazable.

No entendía por qué Manuel antes demostraba tanta urgencia por solo uno de sus besos. Tal vez por vistas, clips... ¿Quién sabe? Luego en un fin de semana se cogía una fila de minas lindas. No se podía esperar nada serio y formal viniendo de parte de él.

A veces Lautaro cedía un poco ante la tentación, encendía el fuego para un hambre que se extinguía antes de la primera mordida. Seducía al vapor con falsas promesas de entrega.

Una presión fuerte le crecía en el pecho, Lautaro sentía que su corazón se hundía contra su espalda. Estaba nervioso, esto ya había pasado una vez. Pasó antes de irse a Dubai, en su intento de deshacerse de todo lo que le venía acarreando, en su intento de despejarse y poder olvidarse de lo enamorado que estaba. Lo enamorado que estaba de Manuel Gaspar Merlo.

Cada sorbo que le daba al mate anestesiaba aquellas palabras nunca dichas, pero ese clavo en su corazón se atoraba cada vez más.

Mientras tanto, Manuel estaba incómodo en su propia cama. Sentía su cuerpo estorbarle, sus pensamientos pesarle y su ansiedad desarmarlo. Estaba mal, muy mal. Lautaro lo tenía mal. Cerraba los ojos muy fuerte, tratando de llevar su mente a otra parte. No podía. Se maldecía a si mismo ¿Por qué tenía que ser tan complicado? ¿Por qué, de todas las personas en el mundo, tenía que sentirse así por él? ¿Por qué tenía que sentir eso por la persona que más terror le daba perder? Habían tantos riesgos, tantas cosas que podrían salir mal. Sabía que no debía cagarla.

Probó de todo. Tomar distancia, salir de joda todos los fines de semana y ni hablar de las mujeres. Una tras otra, tras otra. Parecía un desfile. Rogaba poder encontrar la solución a lo que le estaba pasando, suplicaba que por fin todo se resolviera, pero era en vano. Nada ni nadie. Ninguna mina podía reemplazar lo que era Lautaro para él. Por más que intentase cambiar lo que le pasaba con su amigo, no podía. Nadie era como él. Nadie lo hacía sentir como él.

Al final del día, de sus intentos de escapar de lo que las paredes de su corazón trataban de decirle, siempre terminaba el día pensando en Moski. Era frustrante.

La había pasado tan mal cuando Moski se fue, esos meses vivió como era estar en el infierno ¿Que haría si el rubio se iba de su lado otra vez? ¿Y si de nuevo era por su culpa? No podía. No quería sufrir.

Iba a quedarse solo, sin su otra mitad. Iba a quedarse con el corazón en las manos y con un vacío enorme en el pecho. Sentía su corazón estrujarse y sus costillas se hacían espinas dentro suyo.

Manuel había escuchado a Lautaro salir de su habitación. Dedujo que tal vez había ido a la cocina, solían agarrarle esos bajones a mitad de la noche. De hecho, habían pasado ya varios minutos y aún no regresaba a su habitación como de costumbre.

¿Y si...?

No. Se iba a quedar acostado y cuando se levante todo se habría olvidado. Como pasaba siempre. Bueno, como hacían siempre.

Suspiró ¿Valía la pena permanecer así? La puta madre.

Levantó la vista y estiró la mano hacía su mesita de luz, agarrando su celular. Iba a revisar la hora, pero se percató que tenía un mensaje no leído. Era un mensaje de Bauletti de hace ya dos horas. Seguramente se lo envió un rato después de irse. Lo abrió y leyó.

"Como sé que sos medio pelotudo, te lo digo por acá también. No te duermas. No seas cagón. Chau."

Un bufido en forma de sonrisa salió de su boca. Baulo tenía razón. Tenía que hacer algo. Inspirado, dejó el celular nuevamente sobre la mesita de luz mientras se levantaba de la cama. El cuerpo respondía solo, como si sus articulaciones fueran imanes atrayéndolo a lo que tanto estuvo evitando. Estaba siendo impulsado por eso que calló por mucho tiempo.

Ya en frente de la puerta podía sentir como el pudor y peso de sus temores lo agarraban de las muñecas, tirando de él para no cometer un desastre del cual podría arrepentirse. Puso su mano sobre el picaporte, siendo consciente que después de tanta travesía, estaba por dar fin a sus represiones.

Dudó ¿Era correcto abrir aquella puerta? ¿O solo debería irse a dormir derrotado? No sería la primera vez, pero si la última. Hoy se terminaba esa etapa tan cagona de Manuel. Hoy iba a dejar de amagar, iba a dejar de tantear. Amilanarse ya no era una opción, estaba decidido en que sus acciones y palabras iban a corresponder a las entidades que sentía en su interior. Iba a dejar de tratar a sus sentimientos como lastre para dejarlos salir. Él ya no iba a abrir la puerta solo por un beso, él iba a abrir esa puerta por Lautaro, por su Lautaro. Por ellos.

Al cruzar y trazar distancia de su habitación, pudo observar que el pasillo estaba oscuro, al igual que toda la casa. Aquella zona estaba vacía, lo que quería decir que Moski no se encontraba por ahí. Sus pies instintivamente se movieron en dirección hacia la cocina. Recorrió el pasillo silencioso.

Necesitaba encontrarlo. Tal vez salió de su pieza para poder entrar en el corazón de Lautaro.

Al chocar con la separación del pasillo y el living, se detuvo. Se escondió un poco contra el marco de la puerta. Enfocó un poco la vista hacia las grandes ventanas de aquel espacio. Ahí estaba Lautaro, en frente de esos cristales, bañado en la luz de la luna. Su pecho descubierto, sus hombros marcados por algunas pecas. Una imagen sacada de un cuadro. El contraste hacía que su diminuta cintura se notara más y su cabello rubio estaba completamente despeinado. Merlo estaba sin aliento. Quería quedarse ahí. Viendo el espectáculo que tenía en frente.

Luego de unos dos minutos, o un poco más, empezó a arrimarse hacía él.

Moski estaba completamente sumergido en sus pensamientos. Ya se había rendido ante la idea de irse a dormir, no podía. Estaba tan ensimismado en sus adentros, que no escuchó los pasos que se acercaban a él.

- Lautaro ¿Qué haces despierto?

Este se dio vuelta de un salto, cuidando que el mate y termo no se le caigan.

- Boludo, me asustaste - suspiró aliviado, recuperando el aire - No me podía dormir... Estaba incómodo ¿Y vos?
- También. Quería dormirme, pero no podía.
- No te desperté ¿no?
- No, no. Estoy así desde que cortamos stream.
- Ah...

Estaba con las mejillas acaloradas ¿Será que aquel morocho estaba igual que él? ¿Estaba pensando en lo mismo? Se cebó un mate, desviando la conversación.

- Te preocupas mucho, Merno.
- ¿Por qué lo decís?
- Por todo. Estás a mil siempre, capaz por eso no podés dormir.
- Necesito estar a mil, hay cosas de las que... Escapo, más o menos.
- ¿Escapar? ¿Con alguna mina? - resopló con forma de sonrisa. Eso sería algo típico de Mernuel.

Manuel sabía la imagen con la cual su compañero lo tenía, de hecho, no lo culpaba. Él mismo se encargó de moldear ese personaje, y sabía que por más que tratase, Lautaro no daría el primer paso nunca.

Lo miró con sus ojos verdes tiernamente, sabiendo que tal vez estaba por jugársela como nunca lo hizo con nada ni nadie. Sabía que hoy era el momento, no la podía patear más.

- Más que escaparme con ellas, las uso para escaparme.
- ¿Escaparte de qué?
- Yo... No sé.

Se puteaba por dentro, quería golpearse. Tenía tanto para decir, tanto que confesar y solo se limitaba a decir "no sé, no sé". Un disco rayado decía más que él.

Lautaro dejó su equipo matero sobre la mesa que estaba a su lado. Al incorporarse, habló.

- ¿Te sentís mal por lo que dije hoy? Que mi primer beso fue con un chico.
- ¿Qué? No, gordo. Eso no me importa.
- No parece, hasta me reclamaste.
- Pero fue por otra cosa.
- Dale, Manuel. No soy boludo.
- Te lo juro.
- ¿Entonces?

Tomó aire, inflando su caja torácica a más no poder. Quería sentir que estaba su corazón estaba a salvo de explotar. Miró a Moski, el cuál sentía que sus piernas se tambaleaban; como si quisieran ser salvadas por Manuel.

Este último se acercó más, quedando a pocos centímetros. Debía hablar.

- No me enojé con vos. Me molesté cuando dijiste que estarías con un pibe.
- ¿Por qué?
- Porque Lautaro... - tomó una pausa antes de hablar y para agarrar la mano del contrario - Vengo intentando hace mucho. Intenté muchas veces darte un beso, vos me lo negabas siempre. Dejé de hacerlo. No quería que te sintieras incómodo, no quería alejarte. Entonces dejé de intentarlo. Que digas que estarías con un pibe después de todo me da a entender que... Me da a entender que, en realidad, no estarías conmigo.
- Ja… Es una locura ¿Y todo porque nunca te di un beso? Dale, flaco.
- No es solo por el beso, es por todo.
- ¿Y qué es todo? - soltó su mano del agarre de Manuel - ¿El stream? ¿Los clips? ¿Las vistas? No tengo ganas de hacer todo un show.

Manuel lo miraba frustrado ¿Por qué no entendía? ¿Por qué lo acusaba de esa manera? ¿Cuánto más debía darse a entender?

- ¿Show? ¿Vos te pensás que yo nomás hacía eso solamente por vistas?
- No, yo...
- Déjame hablar. Yo te pregunté algo y nunca me respondiste. El único que hace de esto un show sos vos.
- No quiero responder algo de lo que no estoy seguro, Manuel.

Pausa. Ambos sentían la respiración del otro en la cara, la cercanía los estaba matando.

- Entonces ¿No estarías conmigo?
- No es eso.
- ¿Y por qué nunca me aceptaste siquiera un beso?

- ¿Sabes por qué, Manuel? Porque si te doy un beso me pierdo. Si te doy un beso quiero que sea para siempre, no quiero algo de una sola vez y listo. Yo sé que varias veces me tenté, estaba tentado en darte un beso, pero yo no quiero solo eso. No me quiero sentir expuesto para que después vayas con cualquier gato. Yo asumí que, más allá de nuestra amistad, para vos darme un pico es una pelotudez, una joda y listo. No te significa nada.
- No, para mí no es una pelotudez.
- ¿Ah, no? ¿Y las minas? ¿Si tanto te importaba darme un beso de mierda por qué salías con una diferente todos los fines de semana?
- Porque ellas no me importan - se acercó a su rostro y posó su mano suavemente en su cintura, erizándole la piel - Las usé, Lautaro. Las usé para distraerme, distraerme de vos.
- ¿Qué?
- Lautaro, si fuera por mi dejo a todos por estar con vos. Comienzo y termino mi día pensando en vos. Te siento en cada parte de mí. - ahora sus dos manos estaban sujetando la cintura del rubio, arrimando sus cuerpos - Me aterra pensar que por lo que siento te vayas. Cuando te fuiste a Dubai, supe que fue por mi culpa. Me costaba horrores levantarme porque sabía que vos no estabas ahí. Sabía que no estabas conmigo. Estaba hecho mierda y yo lo sentí. Sentí que te fuiste porque acá yo no te hice lo suficientemente feliz, no estabas cómodo conmigo. Dejé de intentarlo porque no quería perderte. Por eso busqué hasta la mínima excusa para distraerme, fingir que no siento nada por vos; pero es imposible, Lauti.

En aquellos ojos claros se avecinaba una laguna, y a Moski se le partía el corazón.

- Sé que no estuve actuando de la mejor manera, y perdón. Perdón por incomodarte, perdón por lastimarte. Te juro que, si pudiera, haría todo lo posible...

Lautaro lo interrumpió acariciando los laterales de su cabello, terminando en posar su mano en la mejilla de este.

- No, Manu. Yo no me fui a Dubai por tu culpa. Me fui porque no soportaba verte y saber que nunca ibas a ser algo más. No soportaba verte pasar de piba en piba y que después jugaras conmigo de esa forma. Sé que no lo hacías con maldad, pero estaba demasiado frustrado. Realmente estaba confundido. Necesitaba algo explícito y vos no parecías dispuesto a dármelo. Solo quería que me demuestres algo verdadero, no un ratito y fue. Me fui tratando de olvidar todo lo que me pasaba cuando se trataba de vos. No quería abrir una entrada para luego quedarme sin mi mejor amigo, porque era grande el riesgo de dañarnos. Nunca quise y voy a querer alejarme de vos, Manu. Quería alejarme de lo que estaba pasándome, de los sentimientos punzantes. - hizo un breve intervalo para poder apreciar la conexión entre sus miradas brillantes, continuó - Sabes que a mí me cuesta mucho expresarme, sabés lo distante que puedo llegar a ser... Pero te amo. Te amo Manuel. No es lo mismo decírselo a Baulo, a Balza, a cualquiera que no seas a vos. No es lo mismo porque con vos lo siento mucho más fuerte.

Sus miradas estaban unidas y sus cuerpos entrelazados bajo la luz de la luna y estrellas. Sus corazones se sentían y sus almas eran palpables. Se encontraban perdidos en el otro, como si el edificio no existiría y solo la noche era testigo de aquel amor merecedor de mil novelas románticas. Eran ellos, como siempre lo fueron.

Manuel acercó un poco más su rostro al de Lautaro, dejando un espacio inexistente entre ellos. Entre sus bocas.

- Lautaro ¿Aceptas uno de mis besos?
- ¿Solo uno?
- Todos los que quieras.
- Entonces, sí. Acepto.

Mernuel apretó la cintura de Moski contra su abdomen, pegando completamente sus cuerpos. El rubio subió sus brazos, abrazando el cuello del opuesto.

La tensión crecía y crecía con cada segundo que ellos disfrutaban de su proximidad. Sentían la inminencia de su amor a punto de culminar. Decidieron matar la tensión con lo más puro que dos almas enamoradas pueden hacer; besarse y dejar que las palabras se quemen en sus pasiones.

El beso fue suave, auténtico y tierno. Exploraban la suavidad de sus pieles, conociendo al fin aquellas partes que eran inexploradas dentro de su vínculo. Sus manos tocaban el cuerpo del otro, acariciando y apretando, queriendo más.

Aquel ósculo se transformó en pasión y deseo, sus cuerpos querían fundirse y convertirse en uno. Estaban hambrientos, deseosos de explorarse descontroladamente. Sus lenguas paseaban, investigando los límites ajenos. El morocho se agachó y agarró al rubio de las piernas, alzándolo. Permanecieron así unos minutos, Moski con sus piernas enredadas en la cintura de Mernuel y experimentando la libertad de sus sentimientos. Jadeos y respiraciones; un rito de labios donde sus superficies se volvían transparentes. Sus bocas y deseos más profundos estaban coincidiendo, confluyendo y combinándose.

Lautaro abrió aquel umbral de adoración que se encontraba muy en el fondo de sus costillas. Podía sentir como se elevaba con cada mordida que dejaba en los labios contrarios, palpando la devoción que el de ojos claros sentía por este.

Manuel, sin distanciarse ni un milímetro, caminó hacia la mesa, sentando a Moski sobre la llana superficie. Se ubicó entre los muslos de este, acoplándose perfectamente. Por falta de aire, se alejaron a una distancia mezquina. Mernuel quedó fascinado. Quien estaba frente suyo, con los ojos brillando, sus labios rojos e hinchados, con marcas en su piel. Todo fue por obra suya, obra de su enamoramiento. Tenía al ser más hermoso rodeándole el cuello. Internamente, agradeció la advertencia de Santiago.

Estaban hundidos en una inspección, no podían desviar la vista a otra cosa que no fueran ellos.

- Yo te amo más, Lautaro.
- No, yo te amé primero.
- Pero yo más fuerte.

Rieron, otra vez demostraban que ellos no cambiaban, sino que podían transformarse constantemente en algo hermoso.

Sus besos sabían a promesas y trazaban rutas de autenticidad, eliminando cualquier rastro de distancia posible. Se entrelazaron de tal forma que ya no se sabía dónde terminaba un cuerpo y empezaba el otro, y fue entonces cuando sintieron el peso real de su amor. Aquella mochila que venían soportando por mucho tiempo, ahora se sentía en el pecho, denso y cálido, haciéndose más fuerte con cada respiración acompasada.

Esa noche algo cambió para siempre. No porque prometieran eternidades, sino porque por primera vez dejaron de huir. El amor en ellos hoy al fin pudo respirar e iba a quedarse despierto, velando por esa infinidad que acababan de sellar.