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No es tan difícil recordar aquel momento. No importan los años, las estaciones o cualquier evento de importancia a nivel mundial, aquel momento jamás se le podría olvidar al pelinegro. Algunas veces, en aquellos días en los que se encuentra demasiado pesimista y bastante cerca de su punto más bajo, considera que fue el inicio del fin.
También, en otras ocasiones cuando se encuentra sin sueño, despierto en medio de la noche sin nada que hacer, piensa que simplemente marcó un antes y un después, un hito más en la historia entre ellos dos.
Pero es en ocasiones como estas –tiempo después, años después, siglos después– cuando ve su sonrisa, o escucha el sonido alegre de su voz, que piensa que es fácil el peor error que cometió en su corta vida, comparada con la de otros.
En especial cuando ve esos tristes y melancólicos ojos azules, aunque sea por un instante.
“Lo siento”, piensa brevemente, cada vez que ve esa mirada en el rostro de su contrario. “No era mi intención, lo siento”.
Pero ambos, hasta cierto punto, son unos orgullosos. En algunas circunstancias mucho más que en otras. Y en aquella ocasión, en aquel pacto, solo lo tomó como un momento de orgullo más.
Y por eso se merece esto.
Tal vez por eso se merece una realidad tan sofocante. Porque tarde o temprano, aún con todo el resentimiento del mundo en el corazón de su ser amado, tenían que volver a estar juntos, así lo debía de querer el destino. Pero no juntos como antes.
Por eso merece el estar a su lado; simplemente como un aliado, un simple amigo, un personaje más en la narrativa de su historia.
En el fondo del escenario.
O como un amigo más de un excéntrico protagonista.
O tal vez incluso como una pequeña piedra en el camino.
¿Hubiera preferido entonces nunca haberle conocido? Si en aquellos años llenos de brillo y dulzura hubiera podido predecir que este iba a ser el final, ¿hubiera decidido entonces nunca aceptar el cariño del rubio?
La respuesta, por más que lo pensara, era igual a la de muchos otros porqués dentro de su vida; el orgullo, la hubris y la fresca victoria de aquel tiempo los había cegado, y con sabiendo ambos del futuro que los esperaba lo más probable es que hubieran llegado a lo mismo, y con muchas más fuerzas que antes habrían agarrado la mano de aquel que sería el origen de muchas noches en vela. Por el cariño, o por el dolor.
***
“Oye Tincho.”
“Mm…¿Mhm…?”
“Tincho, Tincho, escuchame.”
“Che… es de noche, quiero dormir, no molestes.”
“Tincho por la cresta, es algo chico.”
“Mm… dime.”
“Yo… te amo.”
***
Dos jóvenes naciones se encuentran por primera vez.
Bajo el azul del cielo, y también bajo las mismas circunstancias, son bastante parecidos.
Ambos corazones se encuentran llenos de vigor, esperanza y un fuego ardiente lleno de pasiones propias de aquellos deseosos de presentarle al mundo un potencial desconocido, latiendo ruidosamente como el sonar de los tambores. Sus posturas se notan llenas de confianza, pero cansadas tras el esfuerzo de un trabajo bien hecho. Por último las manos, la piel, la ropa, el cabello, las voces y sus actitudes; todo aquello se ve claramente formado bajo el mismo yugo, forjado en las mismas brasas y expuesto al mismo sol abrasador y golpe de sables.
Iguales en muchos sentidos, pero al mismo tiempo, bastante distintos desde la médula. Las dos caras de una moneda. Opuestos destinados a encontrarse con el otro, pase lo que pase, según lo dicte sus destinos.
El brillo de oro en uno es el chocolate oscuro del otro.
La oscuridad de la noche es el celeste del cielo en el contrario.
El excentricismo chocando con el sarcasmo.
Y a pesar de las diferencias y las débiles semejanzas, hay algo extrañamente igual en aquellos dos que a pesar de todo se miraban con cariño. Algo que fácilmente traería más conflictos que alegrías.
Pero lo ignoraron. Eran jóvenes, y las victorias frente a ellos, algunas incluso con un poco de ayuda del contrario, solo lograron asegurar el sentimiento de confianza y seguridad entre ambos. Se sentían poderosos, y casi podían asegurar con confianza que eso era un hecho. Aquello no parecía compararse ni un poco a todos los conflictos a los que habían podido sobreponerse.
¿Qué podría salir mal?
***
"Ya dije que dejes de insistir con ese tema."
"Pero Martín, estoy hablando en serio. ¿Realmente no te preocupa un poco lo violento que se puso en este último tiempo?"
El rubio, que le daba la espalda por el momento al contrario, se giró repentinamente con el
ceño fruncido.
"Uruguay, ya te dije que dejes de molestarme con ese tema. Si vienes simplemente para
decirme eso, mejor—"
"¡Pero escúchame! Te tienes que enterar sobre lo que pasó con la Confederación."
El rubio solo podía mirarlo molesto. "¿Cómo no voy a estar enterado?” Dicho eso, suspiró un poco antes de volver a hablar con un tono menos serio. “Pero no es violento; perfectamente tú o yo habríamos hecho lo mismo en su situación."
"Entonces creo que se le fue de las manos…"
"No es como si él tomara las decisiones de todos, lo sabes perfectamente."
".... o realmente buscaba sacar algo de aquello."
El rubio lo miró serio por unos momentos, en completo silencio. Aquella quietud inundó el pasillo, y por unos segundos sólo se escuchaba el sonido de las aves afuera de la casona. Luego, simplemente se escuchó un suspiro y Argentina relajó un poco su postura, pasando una mano por su rostro, el cual se notaba más cansado que molesto. "Mira, entiendo que estés preocupado, pero te aseguro que esto es solamente por los problemas entre él y la Confederación." Luego, volvió a darse la vuelta para seguir caminando por el pasillo, nuevamente dándole la espalda a la otra nación. "Manuel no es así, y de todas formas, no tendría sentido que fuese a tener algún problema con alguien más que esos dos."
Mientras Argentina caminaba, Uruguay no podía evitar cuestionar un poco su pensamiento.
¿Pero cuando había aceptado alguna vez su error al juzgar a los otros?
***
Es bastante común ver como en la historia de la humanidad, y por ende, en la historia de muchas naciones, como todos desean tener cierto grado de control sobre otros para demostrar un mayor poder, una clara superioridad. Es cierto, también, que aquello se ha visto en algunas naciones mucho más que en otras, independiente del momento en la historia, como en aquellas más antiguas y prestigiosas. No importa la reputación en sus espaldas, o la cantidad de territorios ya conquistados, la búsqueda de aquel control sobre otros, por muy mínima que sea, o por la razones sentimentales detrás de ello, siempre estarán presentes.
Dicho eso, cierto país aún se cuestionaba ciertas cosas con respecto a los deseos de otro.
¿Valía realmente la pena una pequeña isla en medio del vasto océano Atlántico? ¿Kilómetros y kilómetros alejada de cualquier país que pueda darle un uso?
Cualquiera te hubiera dicho que si. Cualquiera que estuviese cerca de aquella isla te hubiese dicho que si. Y la mismísima nación Patagónica no se ahorraba ningúna opinión sobre el tema; todos tenían claro la importancia que el rubio le tenía a todo aquella que consideraba territorio, por muy pequeño que fuera, y mucho menos fue discreto con sus comentarios en cuanto se enteró de las ideas que tenía cierto país del viejo continente sobre ciertos territorios "inciertos".
Todos lo sabían. Incluso él.
¿Cómo no iba a enterarse? Tras todos estos años, estos largos años, estaba claro que ninguno de ellos dos le guardaba secretos al otro. Estaban cómodos con el otro. Se contaban todo.
Entonces… Entonces cómo fue que…
¿Por qué le hizo eso?
Luego de tanto tiempo y con todo un conjunto de emociones que le nublaban la cabeza cada vez que aquello se asomaba en su memoria, le costaba recordar qué era lo que había pasado aquella vez.
Tal vez tomó la decisión porque recientemente habían tenido una discusión de la que ya ni se acordaba. Aquello podría haber nacido en base a algún tema cualquiera en el que no coincidían, como solía ocurrir cada cierto tiempo. Podía ser también porque Inglaterra sabía bien cómo convencer al resto y le dió una propuesta a Chile que no podía dejar pasar. O incluso pudiendo rechazarla, había sido tan imprevista que había terminado pecando de impulsivo. Era probable que incluso se debiese a que el castaño no había tenido ningún peso en la decisión final y no podía simplemente ir y contarle al rubio en el mismo momento en el que se había enterado.
Pasado el tiempo, y con la velocidad en la que habían ocurrido todos los hechos, era difícil recordar lo que había desencadenado aquel final.
Y, con toda la honestidad del mundo, el rubio lo habría podido entender perfectamente. Las alianzas entre países cambiaban constantemente y no era de extrañar que incluso países vecinos tomen bandos distintos en ciertas instancias. Le molestó en su momento, claro, pero en cuanto se volvieron a ver sabía que, en aquel momento, no podía quedarse enojado para siempre con él.
Solo quería recibir una cosa. Algo que a sus ojos era bastante simple en realidad. Y con eso tendría el asunto
saldado.
Una disculpa.
Fácil, ¿verdad? Solo esperaba que al verlo el castaño le diera alguna clase de disculpa, algunas palabras para reconciliarse o explicaciones sobre lo que había sucedido. Algunas frases para endulzar sus oídos y calmar su espíritu, y todo aquello volvería a quedar en el olvido, como una más de sus tontas disputas.
Pero, en retrospectiva, tendría que haber considerado que en toda su historia, tan larga como eran sus propias existencias en este mundo, pero muchísimo más complicada. Porque de haberlo hecho tal vez habría notado que no había una sola vez en la que alguno de los dos se había disculpado con el contrario.
Podía ser, que si lo hubiese pensado un poco más, y se hubiese dado cuenta de aquello, la discusión jamás habría escalado como lo hizo en ese entonces.
Eso sonaba como la explicación más razonable detrás de todo lo que sucedió posteriormente.
Tal vez por eso no tuvo que haberse sorprendido cuando vio al castaño entrar con la frente, sin ninguna pizca de vergüenza. Lleno de orgullo.
Al final del día, los dos eran bastante parecidos.
***
"¿Realmente no puedes disculparte? ¿Ni siquiera vas a intentarlo? ¿Ni un poco?"
"No sé qué esperabas. ¿Acaso quieres que me arrodille a tus pies y pida clemencia o algo por el estilo?"
"Sabes muy bien a lo que me refiero, Manuel, no te hagas el estúpido."
"Creo que aquí el único estúpido eres tú."
Los dos sostenían firmemente la mirada del otro. Era bastante entrada la noche, así que los únicos ruidos que se escuchaban en la habitación eran las respiraciones algo agitadas que tenían luego de haber alzado la voz durante la acalorada discusión. Finalmente y luego de varios segundos en un tenso silencio, Manuel habló primero.
"Realmente no sé qué esperabas que hiciera Martín."
"Que te disculpes." Replicó rápido el rubio mientras se pasaba las manos por la cara y rompía el contacto visual entre ambos, dándole la espalda. "Solo un bendito perdón es lo que te pido, hijo de..."
"¿Y por qué me voy a disculpar? Es solo una puta isla."
"¿Tal vez porque era algo importante para mi esa puta isla?" Exclamó Argentina mientras se giraba a ver nuevamente directamente a los ojos a Chile, lleno de rabia. "¿Tal vez porque llevó años comentando una, y otra, y otra vez, lo importante que son ciertas cosas para mi?"
El moreno no respondió.
Los ojos azules de Argentina, llenos de rabia, empezaron a humedecerse, reemplazando el brillo común de su mirada por algo mucho más nublado y tormentoso, mientras éste continuaba hablando lleno de ira.
"¿Acaso en todo este tiempo nada de eso te entró en la cabeza hueca que te traes?" El rubio lentamente se fue acercando al contrario, que se mantenía quieto en su lugar, sin decir ninguna palabra. "¿O acaso no te importaba nada, absolutamente nada de lo que te decía?"
Chile se mantenía en silencio.
"¡Dime algo, maricón!" Gritó Argentina mientras agarraba con todas fuerzas en sus manos la camisa del contrario. "¿Realmente te importaba tan poco?"
Chile negó levemente con la cabeza mientras desviaba un poco su mirada, aún sin rastros de vergüenza. "No, no fue eso Tincho—"
El rubio lo interrumpió mientras lo empujaba con algo de fuerza contra una de las paredes, aún con los puños apretados en su camisa. “¡No me digas “Tincho”!” El rubio acercó su rostro aún más al del moreno para evitar perder el contacto visual de cualquier manera. “¡Deja de intentar cambiar de tema mierda!”
Ahí es cuando el moreno volvió a enojarse, rápidamente volviendo a enderezar por completo su postura en un intento de poner algo de imposición entre ambos. “¿Así que cuando tú lo haces está bien?” Mientras su tono bajaba y sus ojos se oscurecían sus manos subieron para sujetar las muñecas del rubio y así intentar quitarlo de encima. “¿Qué hay de mí? ¿Qué hay de todas las veces que cambiaste de tema? ¿Todas las veces que no tuve una disculpa?”
En ese momento, Chile sintió como los puños de Argentina perdían un poco de fuerzas, aunque sea por un segundo, y aprovechó para soltarse de su agarre, empujándolo lejos de él y haciendo que tambaleara un poco. Pero Argentina no tardó en recobrar la compostura y volver a encarar al moreno.
“¿En serio te vas a preocupar ahora por eso? ¿Justo ahora?” El rubio soltó una pequeña risa llena de amargura. “Realmente me parece increíble como cada conversación que tenemos siempre puedes volverla en torno ti, en torno a tus problemas.”
“¿¡Por qué te importa tanto!? ¡Es solo una isla de mierda!” Gritó de la nada el moreno mientras levantaba sus manos al cielo, como si estuviera soltando toda la energía contenida en su interior. Tal vez aquello fue la razón, el verdadero clavo que tapó por completo el ataúd. “¡Eres tan orgulloso que eres incapaz de aceptar la derrota por una isla llena de mierda como lo haces con todo lo que hablamos! ¡Odio tu puto orgullo! ¡Lo detesto!” Parecía como que aquellas palabras ya no podían dejar de salir de su boca, como si hubiese sido consumido por una fuerza que jamás tendría que haber estado en contacto con el contrario. “¡Solo acepta por una vez tu derrota, por la cresta! ¡Si tan solo pudieras dejar tu orgullo de mierda atrás por una vez-!”
“Lárgate.”
Aquellas palabras habían sido más débiles que los gritos del moreno, pero fueron efectivas para hacer que la habitación se llenara de un silencio sepulcral de inmediato. Aunque fuese por unos segundos.
“¿Realmente no me vas a dejar ter-?”
“Chile, vete.”
“Argentina-”
“No lo voy a volver a repetir; sale de acá.” Argentina desvió su mirada de la del contrario, pero ni su postura ni su voz denotaba alguna duda en su decisión.
“Mira, tal vez-”
“Tal vez…” Empezó a volver a hablar el rubio, nuevamente interrumpiendo al moreno, mientras hablaba con un tono tranquilo pero monótono. “ Tal vez si soy un orgulloso de mierda. Puede que tengas toda la razón del mundo. Pero al menos eso me ahorrará el trabajo de alguna vez tener que perdonarte. O de volver a querer tener cualquier cosa contigo.”
Y en ese momento, a Chile se le paró el corazón por primera vez en muchos años. Por primera vez se sintió perder algo.
***
Chile, luego de aquel último encuentro, creyó que pasarían décadas o siglos antes de que Argentina volviera a dirigirle la palabra. Él mismo pensaba que tal vez no podría volverlo ver a la cara tan pronto.
Pero el tiempo no se detiene. Ni espera. Ni perdona.
Y aún cuando el morocho aún se empezaba a acostumbrar al sentimiento de vacío a su lado, aún cuando sentía la culpa y el dolor a flor de piel, tenía que volver a levantar el mentón y enfrentarse nuevamente a sus obligaciones.
Y a volverlo a ver.
Aquel nudo en la garganta que se le formaba cada vez que pensaba en la noche de la pelea no se comparaba ni un poco a la sensación que recorría todo su cuerpo mientras caminaba a la sala para encontrarse con una gran parte de los líderes mundiales, y por supuesto, el resto de los países.
Podía ver como avanzaba por los pasillos, cruzaba grandes puertas y el viento primaveral movía sutilmente las cortinas de grandes ventanales. Podía escuchar, como si de pequeñas voces se tratasen, las conversaciones que todo el mundo tenía entre si. Podía sentir cómo cada parte de su cuerpo perdía fuerzas y al mismo tiempo su corazón palpitaba con una velocidad que solo había sentido al ver los campos de batalla hace muchos años atrás.
Y aún así, frente a él, podía ver a Argentina. Tranquilo, alegre y excéntrico Argentina, hablando con otras personas como si nada hubiese pasado. Como si aquella pelea que a Chile le había arrebatado el alma no hubiese sido nada más que otra discusión por ciertos términos.
Por un segundo, un muy pequeño segundo, Chile pensó que todo aquello había sido una pesadilla. Un malentendido. Y que en cuanto Argentina lo vea volvería a sonreírle de esa manera tan especial que tenía solo para ellos dos.
Pero la realidad era una sola. Y el tiempo no para. Ni espera. Ni perdona.
En cuanto Argentina se giró, su mirada simplemente se neutralizó, y aquella espléndida sonrisa, que si bien no desapareció, pareció cambiar de alguna manera. Ya no tenía el cariño o el calor que solía brindar a Chile, y solamente a Chile. Sus ojos denotaban una emoción indescriptible y parecían traspasarlo a todo el resto de su rostro y postura. Solo fueron necesarios unos pocos segundos para que la realidad volviera a quebrar nuevamente el corazón del morocho.
Chile se congeló por unos segundos al ver aquel cambió en el rubio, pero rápidamente recobró la compostura como llevaba haciendo todo este tiempo, e igualmente, como si nada hubiera pasado, levantó su mano y saludó rápidamente desde lejos a Argentina y al resto de países con los que estaba conversando, para luego dar media vuelta y hacer como aquel encuentro jamás había sucedido.
Y con el poco orgullo que le quedaba, levantó el mentón, y siguió adelante.
***
“Argentina, ¿te encuentras bien?”
“Ah, si, lo siento, me distraje. ¿Qué me estabas diciendo?”
“Te preguntaba si había pasado algo nuevamente con Chile. Me imagino que tal vez puede ser algo complicado, sabiendo que antes eran mucho más… cercanos.” Uruguay se quedó pensativo un momento antes de volver a hablar. “Aunque con el paso del tiempo me dan la impresión de que al menos son bastante buenos amigos.”
“Ya veo… así nos vemos, ¿no?”
“Supongo que si, un poco.”
Por unos segundos Argentina se quedó en silencio, como si estuviera contemplando o pensando en algo. Luego, volvió a sonreír.
“Supongo que tiene sentido, pero no te preocupes, es un buen… amigo.”
Y si aquello lo dijo con un tono distinto mientras recordaba a alguien en especial, nadie le iba a dar mucha importancia.
Al final del día Argentina tenía una cosa bastante clara; él no sería el primero en admitir el estado de sus sentimientos luego de todo este tiempo. Era alguien bastante orgulloso después de todo.
