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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-03-02
Words:
2,168
Chapters:
1/1
Hits:
6

Edelweiss

Summary:

WoL visita las fêtês de Ishgard, pero se encuentra con una sorpresa inesperada

Notes:

Un corto que hice para una lectura de relatos sobre mi WoL después de los eventos de heavenward

Work Text:

Elanor llegó a Ishgard, con la intención de pasar por Diadem en busca de nuevos materiales para sus artesanías, cuando se encontró por sorpresa en medio de la celebración de las fêtes.
Habían pasado ya varios meses desde la finalización de la zona de viviendas de Ishgard, no entendía porque seguían haciendo el festival. Deberían dedicar su tiempo a terminar la reconstrucción de la ciudad, todavía había mucha gente viviendo en condiciones infrahumanas.
De mal humor, recogió lo que había venido a buscar y se dirigía de vuelta a la aetherita cuando una voz familiar la llamó

- Señorita Chan, que alegría volver a verla

Elanor se dio la vuelta, y se encontró de cara con un Elezen con bastón que la miraba con una sonrisa

- Lord Edmond, que sorpresa encontrarnos aquí, ¿qué le trae al firmamento?

-Oh, venía a disfrutar de las celebraciones. ¿Y usted?

- Venía a recoger un pedido, solamente. No esperaba encontrar tanto alboroto.
¿Y se tiene que ir ya? Esperaba que, quizás, quisiera acompañarme un rato. Estos festivales siempre son mucho más agradables en compañía

Elanor realmente no era capaz de negarle nada a Lord Edmond, después de todo lo ocurrido, solo había recibido amabilidad por su parte.

- Por supuesto Lord Edmond, será un placer acompañarle. Es mi primera vez como asistente, no sé muy bien qué actividades hay disponibles.


- Ah, eso no será problema. Considérese de nuevo como mi invitada de honor.

Se pusieron a andar, dirección a la plaza central del firmamento, donde la mayoría de personas estaban reunidas.
Aparentemente, el festival empezaba con un concierto de canto popular. Se quedó de pie, al lado del conde, mientras escuchaba el repertorio.

La gente a su alrededor aplaudía, y sonreía. Algunos dragoncitos se habían unido al público.
Pensó en cómo había cambiado Ishgard desde que había llegado por primera vez, en medio de la Guerra del Cantar de Dragón. Alrededor suyo se habían mezclado personas completamente distintas. Donde antes estaba perfectamente separado por estratos sociales, ahora parecía que las diferencias eran cada vez menos evidentes.

Una vez terminado el concierto, todas las personas reunidas se habían ido dispersando por todo el firmamento.

- Vamos a ver si encontramos un lugar tranquilo para poder comer algo antes de ir a ver alguno de los juegos - dijo Lord Edmond.

En uno de los lados de la entrada, un pequeño puesto de popotos asadas, tenía 4 mesas distribuidas para comensales. Lord Edmond pidió un par, una para cada uno, y procedió a sentarse en uno de los bancos de las mesas.
Elanor recogió el pedido, junto con dos cervezas calientes y se sentó delante del Elezen.

- Cómo han cambiado las cosas por aquí, en unos pocos meses - mencionó Elanor.


- Ciertamente. Desde que Ser Aymeric tomó las riendas de Ishgard, se ha asegurado de promover la concordia, no solo entre nosotros y los dragones, sino entre nosotros mismos. La división entre los ciudadanos de Ishgard se está reduciendo, facilitando que todos los ciudadanos puedan tener igualdad de oportunidades.


- Ya veo, el lord comandante no ha perdido ni un solo minuto en ponerlo todo patas arriba.


- Sin duda, mil años de actitud pueril hacia los dragones, no es un daño que podamos arreglar en apenas unas semanas. El trabajo que queda por delante es largo y arduo.


- Si, la guerra no acaba con la paz, si no con la conciliación entre el presente y el pasado.

Acabaron la comida en silencio.

A Elanor no le apetecía demasiado recordar los eventos que desembocaron en el final de la guerra. Demasiadas cosas habían pasado en apenas unos días, y a pesar de los meses, el recuerdo aún estaba fresco.
Aprovechó el momento de silencio para volver a mirar alrededor. Cada vez parecía llegar más gente y, por algún motivo, a lo lejos parecía haber mucho alboroto.

- ¿Ah, quiere ir a ver las actividades? – le comentó el conde


- ¿Qué actividades?


- Creo que pronto va a empezar “Pelar el Yak”, si le apetece, podemos ir a ver. A los niños les encanta jugar con la lana sobrante.


- ¿Pelar el Yak?

La cara de Elanor era un poema. Se había encontrado con esas criaturas, los Yaks, no los niños, cerca del nido del Halcón. Eran animales enormes, incluso para los estándares de una Roegadyn, y extremadamente peligrosos. Cómo alguien podía considerar un Yak como actividad infantil, era un auténtico misterio.

El conde se levantó y con un gesto pidió a Elanor que le acompañara.

Al girar una de las avenidas del firmamento, se encontró casi de bruces, con lo que efectivamente era un Yak. Un enorme Yak, en medio del distrito residencial.


Y rodeado de niños.


Los encargados del evento, tenían en sus manos una especie de pistola aetheromática, como las que había visto en diadem, pero ligeramente distinta.

Lord Edmond, pacientemente le explicó, que eran unas tijeras especiales para cortar la lana del Yak. El objetivo era cortar la mayor cantidad de lana posible, dentro del tiempo establecido.
Elanor asintió sin tener aún claro cómo se iba a desarrollar todo. El Yak parecía bastante tranquilo, pero se puso alerta para cualquier cosa que pudiera ocurrir.

Cuando el contador llegó a 0, solo pudo ver caos.

Las luces de las tijeras aetheromáticas lo llenaban todo de destellos blancos, la lana del Yak flotaba por todas partes, mientras decenas de personas corrían con fajos de lana hacia el lugar de recogida. Los niños animaban y chillaban mientras intentaban agarrar los pedacitos de lana que salían volando.

En medio de todo el caos, el Yak, permanecía inmutable.

Elanor apartó la mirada de la acción, para ver los rostros que tenía a su alrededor. Había risas y gritos, la gente estaba animada. Incluso parecía que el tiempo inclemente de Ishgard, daba una tregua y permitía el paso del sol.
El mal humor con el que había empezado el día, se acabó de esfumar del todo, y se dejó llevar por la alegría que la rodeaba.

- Es agradable verdad? Después de tanto tiempo de oscuridad, el sol brilla de nuevo en Ishgard - dijo Lord Edmond.

Elanor asintió, la felicidad que se respiraba en esos momentos era contagiosa.

Una voluta de lana de Yak, cayó en sus manos, y se sorprendió de lo suave y agradable que era. Parecía más algodón que lana, con una textura menos densa y ligera. Le dio una idea para hacer una capa para los viajes que tenía previstos.

Lord Edmond se rio

- Si le interesa, puedo ponerla en contacto con un mercader que le puede ofrecer más de este material. Es cálido pero ligero, y muy resistente dicen.


- Se lo agradecería mucho.

Un pitido anunciaba el fin de la actividad. El yak seguía impasible, y no parecía que tuviera menos lana que cuando habían empezado.

El suelo era un mar blanco, fibras por todas partes. Los participantes, jadeando y sudorosos esperaban el resultado de la competición. El más aventajado de los participantes, estaba a la espera con una sonrisa burlona en la cara, sabiendo que había ganado de sobras la competición.
Elanor le miraba “Un fanfarrón, sin más” pensó. No le gustaba ese tipo de personas. Aunque la competición había sido interesante, ver la actitud del joven, le quitó las ganas de quedarse a ver los resultados.
El conde, le tocó levemente el brazo, mientras le hacía un gesto con la cabeza de abandonar la actividad y seguir con el festival.

Anduvieron durante un rato largo, pasando de actividad en actividad, mientras Lord Edmond le iba contando cosas de la ciudad, los detalles, estatuas y decoraciones.
Finalmente, delante de un nuevo puesto de comida se detuvieron para comer. El sol marcaba ya el mediodía.

Lord Edmond se sentó, dejando el bastón que le acompañaba a un lado. En medio de unos bancos, una enorme olla de estofado, llevaba cocinándose desde los dioses saben cuando.
Elanor temía la cocina Ishgardiana, una cucharada de uno de sus potajes, podía tumbarte durante una semana. A pesar de ello, cogió dos platos y se sentó junto al conde para comer.

- Sabe, Señorita Chan, estos últimos meses han sido difíciles, como puede imaginarse. A pesar de ello, venir aquí, ver a las personas, siempre me ha ayudado a mirar adelante. Creo que quizás usted también lo necesita, quizás también necesita mirar hacia adelante.


Eso, a Elanor, la pilló completamente por sorpresa. La relación con el conde, siempre había sido cordial, pero reservada. Y aunque conocía la amistad que tenía con Haucherfaunt, no sabía hasta qué punto sabía del resto.

- No me mire así - Continuó Lord Edmond - sé que usted también perdió no solo a un buen amigo, sino a alguien muy querido.
Pero a pesar de todo, a pesar del dolor, cuando vengo aquí, cuando veo las caras de felicidad, una parte de mi piensa que, quizás, todo ha sido por un propósito. Que unos tengamos que sufrir, para que otros tantos puedan ser felices, no cree que es un sacrificio, que haya valido la pena?

Elanor se quedó en silencio. Desde que había ocurrido todo, solo había conseguido hacer una huida hacia adelante y sin frenos.


Ishgard siempre la deprimía, porque Ishgard le hacía recordar, y no quería recordar.


Pero el conde tenía razón, aunque le doliera. La Guerra había terminado, ningún niño tenía que volver a sufrir, ningún dragón tendría que volver a sufrir.


El precio a pagar era alto, para ella igual que para el conde, pero para el resto, eran solo pequeños sacrificios para conseguir el bien mayor.

Haucherfaunt lo habría querido así… Ysayle lo habría querido así.

En silencio, y sin atreverse a mirar al conde, cogió otra cucharada de su plato, cuando por el rabillo del ojo, vio un destello. El brillo no era más que el reflejo de la luz sobre el pelo blanco de dos niños Elezen. Un niño con media melena y una enorme sonrisa, tiraba del brazo a una niña de pelo largo y cara seria, mientras corrían para ver la siguiente competición que había prevista.

Elanor suspiró

- Si, Lord Edmond, creo que tiene usted razón, ha valido la pena.

Se levantaron para abandonar el firmamento. El conde mencionó que tenía obligaciones que atender, y Elanor no había previsto estar tantas horas ocupadas, cuando solo venía a recoger un encargo. Al llegar a la aetherita que les iba a separar, Lord Edmond se quedó en silencio un momento.

- ¿Puedo pedirle un favor? ¿Podría llevar flores de mi parte a su tumba? Queda tan lejos, y con el bastón me resulta difícil llegar…

 

La petición, de nuevo, la pilló por sorpresa, pero asintió. Tenía pendiente una visita ella misma, quizás era el momento de hacerla.

Se dieron la mano, y cada uno se fue por su lado.

Elanor aún no tenía demasiado claro que había pasado, había sido un encuentro por lo menos curioso. Aunque se alegraba de haber podido pasar tiempo con el Conde. Desde el fin de la guerra, había estado tan ocupada, y nunca había podido agradecerle todo lo que había hecho por ella. Sin su ayuda, todo lo que habían vivido esa tarde no habría podido ocurrir jamás.
Antes de abandonar la ciudad, aprovechó para comprar flores, no solo las que le había pedido el conde, sino para ella también. Aunque no tenía ganas de hacerlo, respiró hondo, cerró los ojos y comenzó su camino hacía lo que no quería recordar.

Llegó a media tarde, el sol todavía brillaba fuerte en Coerthas. De lejos veía el montículo de tumbas desde el que se podía ver la ciudad a lo lejos. Se sentó al lado de la lápida y dejó dos pequeños ramos en la tumba. Cerró los ojos, miró al cielo, y empezó a hablar.

Contó todo lo que había pasado tras su llegada a Ishgard. Le contó cómo llegaron a Azys Lla, le contó sobre Aymeric, sobre su familia, sobre las fêtes y sobre cómo Ishgard, por fin, podía avanzar sin temor.

Cuando quiso darse cuenta, el sol se estaba poniendo. Llevaba horas hablando sola. Notaba que un peso que llevaba encima, un peso que no sabía que tenía, parecía pesar… menos.
Se levantó y se sacudió la nieve de los pantalones. Prometió que vendría a verle más a menudo.

Le quedaba una última visita, antes de poder volver a casa, y una última flor que quería entregar.

La aetherita la dejó en la entrada de Azys Lla. En sus manos había una flor blanca. Un Edelweiss, la flor de nieve, que solo crece en las montañas más altas y la única flor que puede sobrevivir esas temperaturas heladas.
Se disponía a dejarla en el suelo, cuando se dio cuenta de que alguien ya se le había adelantado.

Un pequeño ramillete de flores silvestres, reposaba en el lugar donde habían bajado la primera vez de la nave. Las flores no llevaban nombre, pero sabía perfectamente quién las había dejado ahí.

Se rió, muy fuerte y en voz alta mientras gritaba “¡Estinien!”.

Y luego lloró en silencio, durante horas, sentada al lado de las flores, en el lugar donde tuvo que decir adiós definitivamente a Ysayle.