Chapter Text
Eran exactamente las cinco de la tarde cuando terminó la mayoría de sus quehaceres en la hacienda. Lo odiaba.
No era un desagrado pasajero ni un capricho juvenil. Lo odiaba con una constancia silenciosa, como se odia una jaula cuando ya se ha aprendido cada uno de sus barrotes. Desde pequeña lo había hecho, pero con los años aquel rencor no hizo más que asentarse, volverse más denso, más difícil de ignorar.
Miró el reloj. Faltaba al menos una hora para que sus hermanos regresaran del trabajo. Una hora de paz.
Una hora en la que la casa no crujía bajo órdenes, ni expectativas, ni comentarios disfrazados de consejos.
Desde que su abuela falleció, ella había quedado a cargo de todo: la limpieza, la comida, la organización, la administración de una casa que nunca sintió como suya. Su hermano mayor; Mario, había dicho que aquello le haría bien. Que aprender a atender un hogar era una tarea digna de toda señorita.
Que le serviría cuando llegara el momento de casarse. Como si su destino estuviera reducido a esperar, como si su vida fuera una preparación de algo que ni siquiera deseaba.
Porque, si era honesta consigo misma, el romance no era lo que la desvelaba por las noches. No soñaba con vestidos blancos ni con votos pronunciados ante un altar. Soñaba con tinta. Con páginas. Con su nombre impreso en la portada de un libro.
Soñaba con publicar sus historias de terror.
Pero aquello siempre era llamado “pasatiempo”. Una distracción. Una fantasía impropia.
A veces se preguntaba si lo que realmente molestaba no eran sus cuentos… sino que en ellos ella tenía el control.
Odiaba sentirse pequeña dentro de su propia casa. Ser la única mujer la convertía, sin que nadie lo dijera abiertamente, en algo intermedio entre hermana y empleada.
Sus hermanos trabajaban duro, sí. No lo negaba. Pero el esfuerzo de ellos era visible, y reconocido. El suyo era esperado y dado por hecho.
Su madre había muerto hacía años. Casi no veía a su padre. Y aunque su abuela la había criado con firmeza, nunca aprobó esa obsesión suya por lo macabro.
“Eso no es propio de una señorita.”
Cuántas veces lo escuchó.
Soltó un suspiro y negó con la cabeza. No debía desperdiciar su única hora de libertad recordando voces que ya no estaban allí y, aun así, seguían persiguiéndola.
Fue a su habitación y cerró la puerta con cuidado, como si aquel pequeño gesto fuera un acto de rebeldía.
Se acostó sobre la colcha y sacó el libro grueso escondido bajo la cama. Lo sostuvo entre sus manos con una delicadeza casi reverente.
Aquel era su verdadero refugio. El único lugar donde no era la hermana responsable.
Ni la futura esposa hipotética, o niña extraña con historias inapropiadas.
Allí era autora. Creadora. Dueña de mundos que nadie podía arrebatarle.
Pasó los dedos por la portada y, por un instante, permitió que un pensamiento peligroso se filtrara en su mente:
¿Qué pasaría si existiera un lugar donde pudiera vivir dentro de sus historias?
No sabía que su situación estaba a punto de cambiar. Que pronto tendría que decidir entre la seguridad asfixiante de su realidad… y la libertad incierta de otro plano.
Pero, en el fondo, muy en el fondo, ya lo deseaba. Porque mentiría si dijera que estaba satisfecha.
Y mentiría aún más si dijera que no anhelaba escapar.
[…]
Aquella tarde había sido, dentro de todo, lo usual.
Domingo. Iglesia por la mañana. Almuerzo en la fonda del centro al mediodía.
Una rutina que se repetía con la precisión de un reloj que nadie se molestaba en cuestionar.
Era de las pocas ocasiones en las que sus hermanos realmente la miraban por más de unos segundos seguidos. Y tal vez por eso, porque no sabían qué hacer con esa atención, la convertían en consejos que ella nunca había pedido.
—Francisca, ¿cuándo vamos a verte de novia? —preguntó uno, con una sonrisa amplia, casi enternecida—. Quiero verte caminando al altar. Y papá también.
—Sí, hermanita —añadió otro entre risas—. Si tomaras eso tan en serio como tus tontas historias, ya tendrías marido.
—¡Y yo quiero sobrinos! —exclamó el menor, golpeando la mesa con entusiasmo.
Rieron animados. Ella no.
Continuó comiendo en silencio, masticando más palabras que alimento. Les dedicó una mirada breve, cargada de fastidio, y rodó los ojos. Podían decir que lo hacían por cariño. Que querían lo mejor para ella.
Pero el cariño que no escucha termina pareciéndose demasiado a la indiferencia.
Tal como su abuela.
Estaban tan convencidos de saber lo que era correcto, lo que era apropiado, lo que era “normal”, que jamás se detenían a preguntarle qué quería realmente.
No le preguntaban por sus historias. No le preguntaban qué escribía. No le preguntaban qué sentía cuando llenaba páginas enteras de tinta. Solo asumían que era una fase.
—Tienen demasiada fe —dijo uno de sus hermanos mayores, apoyando los codos sobre la mesa—. Obvio nosotros la queremos, pero tenemos que admitir que nuestra hermanita es rara.
Algunos rieron otra vez.
—Sus cuentos espantarían a cualquier prospecto. ¿A quién le gustaría que su esposa escribiera semejantes cosas? Me daría miedo que planeara matarme durante la noche o algo así.
Hizo una pausa, sonriendo con ligereza.
—Sin ofender, Francisca.
Sin ofender. Como si esas dos palabras pudieran amortiguar el golpe.
Como si ella fuera incapaz de sentirlo.
Algo dentro de su pecho se tensó. No era la primera vez que escuchaba comentarios así. Pero aquel día, por alguna razón, no pudo tragárselo.
No era rabia explosiva, era cansancio.
El agotamiento de existir como un chiste recurrente.
De ser “la rara”.
La exagerada.
La dramática.
La que algún día cambiaría.
De pronto la fonda le pareció demasiado pequeña. El ruido de los cubiertos contra los platos, las conversaciones ajenas, la risa de sus propios hermanos… todo se volvió sofocante.
Se levantó. La silla raspó el suelo y varias miradas se alzaron.
—Si me disculpan, quiero ir a visitar a mi madre. Llevarle flores… No tuve tiempo antes de la misa.
Era verdad. Siempre dejaba flores frescas en la tumba de su madre. Era el único lugar donde sentía que podía hablar sin ser corregida.
Pero también era una salida. Un respiro.
Tomó su bolso y su capa con movimientos contenidos, cuidando que sus manos no delataran el temblor que apenas comenzaba a formarse.
—No tardes —dijo uno sin demasiada atención.
—¡Y no olvides que al regresar necesito que enmiendes uno de mis calcetines! —gritó otro mientras levantaba su vaso—. Ya se abrió otro hueco.
No hubo respuesta. No volteó.
No porque no quisiera. Sino porque si lo hacía, temía que algo en su rostro revelara demasiado.
Salió a la calle con el pecho apretado y el aire frío golpeándole las mejillas. Caminó más rápido de lo necesario.
No sabía exactamente qué era lo que estaba buscando al dirigirse al cementerio.
Consuelo, quizá. Silencio.
O tal vez —aunque aún no se atrevía a nombrarlo— una grieta en su realidad.
Porque por primera vez en mucho tiempo, la idea de que aquella fuera su vida definitiva le resultó insoportable.
Y si existía otro lugar… aunque fuera imposible, aunque fuera absurdo…
Quería encontrarlo.
Al llegar al cementerio compró un pequeño ramillete de flores coloridas. Le parecieron demasiado vivas para un lugar como aquel, pero quizá por eso mismo las eligió.
Caminó hasta la tumba de su madre con pasos más lentos de lo habitual. El viento movía apenas las hojas secas a su alrededor. Todo estaba quieto. Demasiado quieto.
Se quedó de pie frente a la lápida varios segundos sin decir nada.
El silencio pesaba distinto allí. No exigía. No juzgaba. Solo estaba presente.
—Estoy… cansada —murmuró al fin, dejando las flores sobre la piedra—. Ojalá estuvieras aquí.
No era la primera vez que lo decía. Pero aquella tarde no sonó como lamento infantil, sino como una rendición.
Se sentó con cuidado junto a la tumba y sacó el libro de su bolso. Lo abrió con la intención de escribir cualquier cosa. Lo que fuera. Necesitaba vaciarse antes de que todo aquello la desbordara.
Pero las palabras no llegaron. Su mente estaba llena. Su pecho también. Y, aun así, la página permanecía en blanco.
Bajó la mirada hacia la primera hoja. Allí estaba su nombre, escrito con tinta azul.
Francisca Imelda.
Lo observó largo rato.
Ese nombre cargaba demasiadas cosas. Expectativas. Deberes. Burlas suaves disfrazadas de cariño. Calcetines por enmendar. Risas en la mesa.
Sintió una punzada en el pecho y, en un impulso casi infantil, pasó la pluma sobre el papel con brusquedad, tachándolo.
La tinta se corrió. El trazo torcido deformó las letras. Y al mirarlo de nuevo… algo cambió. No se leía igual.
Entre las líneas cruzadas y el descuido del gesto, emergía otro nombre: Frankelda.
Parpadeó.
—Tal vez un seudónimo… —susurró, con una sonrisa leve que no sabía si era ironía o esperanza—. No suena mal.
Repitió el nombre en silencio. Frankelda.
No tenía la suavidad que sus hermanos esperaban de ella. No sonaba dócil. No parecía hecho para encajar.
Francisca Imelda era la hija. La hermana. La futura esposa de alguien.
Frankelda, en cambio… podría ser autora.
Podría ser temida. Leída. Escuchada.
—Estoy segura de que Frankelda lo hará.
Esta vez no hubo ironía. Había una chispa en su interior.
Por primera vez en mucho tiempo, la idea de su futuro no se sentía como una pared, sino como una puerta apenas entreabierta.
Se puso de pie con el libro aún entre las manos.
—Si Francisca Imelda no pudo… —inhaló profundo—, Frankelda lo logrará.
El aire pareció cambiar. Un sonido seco interrumpió el momento. Giró de inmediato.
—¿Quién está ahí?
No vio a nadie. Solo un búho de piedra posado sobre una tumba cercana.
Exhaló con nerviosismo y negó levemente. Seguramente un animal entre las ramas. O su imaginación, todavía agitada por la discusión.
Pero entonces el búho se movió.
No fue un truco de luz. No fue una sombra.
Las alas de piedra se desplegaron con un crujido grave, antiguo.
Francisca retrocedió un paso.
—De verdad ya perdí la cabeza…
Sin embargo, no apartó la mirada.
Bajo el pedestal donde reposaba la escultura, la tierra comenzó a abrirse con un sonido profundo, como si algo respirara bajo el suelo. No era un hueco irregular. Era liso. Circular.
Un espejo oscuro. O un portal.
Su pulso se aceleró.
Se acercó lentamente, incapaz de decidir si huir o comprobar que no estaba soñando. Se pellizcó el brazo. El dolor fue real.
Demasiado real.
El reflejo en aquella superficie no era claro. No mostraba el cielo gris del cementerio. Mostraba… otra cosa. Luces. Movimiento. Una profundidad imposible.
El viento sopló detrás de ella, empujando suavemente su capa hacia adelante, como si la invitara.
Miró a su alrededor. No había absolutamente nadie.
Nadie que pudiera detenerla.
Nadie que pudiera llamarla de vuelta.
Nadie que realmente notara si tardaba un poco más.
Las alas del búho comenzaron a cerrarse lentamente. El portal también.
Su corazón golpeó con fuerza contra sus costillas. Si daba media vuelta ahora, todo seguiría igual. Volvería a la fonda. A las burlas suaves. A la vida que no había elegido.
Si cruzaba… No sabía.
Y, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, la incertidumbre no le dio miedo.
Le dio una dirección clara.
—¿Hola? —intentó, apenas un susurro.
No hubo respuesta. El círculo se estrechaba.
Era ahora o nunca.
Tal vez estaba siendo imprudente. Tal vez desesperada. Tal vez ambas cosas.
Pero peor que estar equivocada… era quedarse con la duda. Apretó el libro contra su pecho.
Y, antes de que pudiera pensarlo demasiado, antes de que la voz prudente regresara para recordarle todo lo que debía ser…
Corrió.
Dio un impulso decidido y saltó hacia el portal justo cuando las alas de piedra terminaban de cerrarse.
En el instante en que lo atravesó, sintió que algo se desprendía.
Como si no solo estuviera cruzando un umbral físico… sino abandonando el peso de un nombre que nunca terminó de pertenecerle.
Y por primera vez, no fue Francisca quien cayó hacia lo desconocido.
Fue Frankelda.
[…]
Al cruzar, lo primero que notó fue la ligereza.
No el paisaje. Tampoco los colores. Era ella misma.
Se llevó las manos al pecho, al rostro, al cabello. Se sentía… distinta. Como si algo que siempre la hubiese mantenido tensa hubiera desaparecido sin dejar rastro.
Entonces miró hacia abajo. No tocaba el suelo.
Estaba flotando.
—¿Estoy… muerta? —susurró, más para comprobar que aún tenía voz que por verdadero pánico.
Su voz no tembló. Aquello la sorprendió más que cualquier otra cosa.
Bajó la mirada hacia sus manos. Azul pálido.
Su piel era azul. Su ropa también. Un azul profundo, vivo, que parecía absorber la luz del cielo y devolverla transformada.
Se movió con cautela… y avanzó sin esfuerzo.
Volar no dolía. No exigía. No asustaba.
Se sentía natural.
Como si toda su vida hubiese estado caminando con cadenas invisibles y recién ahora comprendiera cuánto pesaban.
No era que su cuerpo y su alma se hubieran separado. Era que, por primera vez, estaban alineados.
Tragó saliva. Ya no había vuelta atrás.
Si aquello era la muerte, no se parecía en nada a lo que imaginó. Y si era otra cosa… tampoco pensaba desperdiciarla.
Apretó el libro contra su pecho. Había cruzado con él. Sus historias seguían con ella.
Eso bastaba. Alzó la vista.
El mundo era oscuro… pero no amenazante.
Frente a ella se extendía un mar de nubes espesas que se movían como manos inquietas, ondulando con intención propia. No eran suaves ni etéreas: tenían peso, forma, presencia.
El cielo estaba pintado de violetas y rosas intensos, como un atardecer perpetuo suspendido en su punto más hermoso. Las montañas de piedra que bordeaban aquel océano nuboso eran negras y firmes, creando un contraste casi teatral.
Todo parecía diseñado para impresionar.
Y, sin embargo, no se sintió pequeña. Se sintió parte de ello.
Mordió su labio inferior, conteniendo una risa que escapó igual.
Podía seguir aquel sendero de roca que serpenteaba hacia lo desconocido. No sabía adónde conducía.
Pero por primera vez en su vida, no necesitaba garantías. Se inclinó hacia adelante y voló.
No con torpeza. No con miedo.
Con decisión y seguridad.
El aire la sostenía como si la reconociera.
En medio del trayecto, atravesó una especie de pradera suspendida: un mar de telas flotantes que danzaban en el aire sin origen aparente. Sedas, terciopelos, encajes que se movían a su alrededor como criaturas curiosas.
En lugar de apartarlas, se dejó envolver. Rió.
Si aquello era un sueño, no pensaba comportarse como invitada prudente.
Las telas rozaron su cuerpo, giraron, se ajustaron… y cuando finalmente emergió del otro lado, sintió el peso distinto sobre su piel.
Se miró. Su antiguo vestido había desaparecido.
En su lugar llevaba uno azul profundo, de mangas abombadas y cuello elaborado. La falda caía con elegancia, salpicada de detalles dorados que parecían pequeñas estrellas atrapadas en la tela. Medias a rayas asomaban entre los pliegues, atrevidas y perfectamente coordinadas.
Llevó las manos a su cabello.
Ya no era ondulado ni marrón.
Rizos definidos caían desde un peinado alto cuidadosamente dispuesto. Azul también. Como si el color no fuera una casualidad, sino una declaración.
Se observó sin reconocerse… y, al mismo tiempo, reconociéndose por completo.
No era un disfraz. No era un personaje.
Era la versión de sí misma que jamás tuvo permiso de ser. Enderezó los hombros y respiró profundo.
Francisca Imelda no había muerto.
Simplemente ya no estaba al mando.
Aquí no era la hermana menor.
No era la rareza de la mesa.
No era la futura esposa hipotética.
Aquí era Frankelda.
La autora. La que no pedía disculpas por lo que imaginaba.
Y lo sintió en su postura.
En su forma de alzar el mentón.
En la seguridad con la que volvió a emprender el vuelo.
No sabía cuánto tiempo pasó. En aquel lugar el tiempo parecía expandirse como el cielo mismo.
Pero finalmente, a lo lejos, divisó luces.
Una ciudad —o un pueblo— emergía entre las montañas, iluminado como si celebrara algo extraordinario. Y en la cima más alta, dominándolo todo, se erguía un castillo adornado con destellos dorados y cintas que ondeaban en el aire.
Había música. Incluso desde la distancia podía percibir el eco de algo festivo.
Su corazón latió con fuerza.
¿Había más personas allí?
¿Más como ella?
¿O sería la única intrusa en aquella maravilla?
No lo sabía. Pero en lugar de dudar, sonrió.
Y aceleró el vuelo hacia las luces.
[…]
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, disminuyó la velocidad hasta casi flotar en el aire.
La ciudad se alzaba ante ella como una ilustración arrancada de un libro prohibido. Las torres eran altas, afiladas, coronadas con agujas que parecían arañar el cielo violeta. Arcos ojivales enmarcaban ventanas iluminadas desde dentro, y los balcones estaban cubiertos de enredaderas oscuras que parecían respirar con vida propia.
Era gótica. Imponente. Dramática. Hermosa.
Nada estaba diseñado para ser discreto ni simple.
Cada edificio parecía reclamar atención, como si supiera que estaba siendo observado.
Descendió lentamente hasta tocar el suelo —o algo que se le parecía— y caminó entre las calles empedradas, girando sobre sí misma para no perder detalle. Las farolas no contenían fuego, sino pequeñas esferas flotantes que latían como corazones suspendidos. Las puertas estaban talladas con criaturas fantásticas y símbolos antiguos.
Y sus habitantes…Ahí tuvo que contener una risa incrédula.
Criaturas de piel translúcida, otras cubiertas de escamas brillantes; algunos con cuernos elegantes que se curvaban hacia atrás, otros con alas plegadas como capas. Ninguno parecía encajar con el otro, y aun así, todos pertenecían allí.
Eran terroríficos. Y fascinantes.
Como si hubieran escapado directamente de sus cuentos.
Sintió una emoción profunda recorrerle el pecho. Sacó el libro sin pensarlo y comenzó a bocetar formas, perfiles, detalles de vestimentas. Las ideas no llegaban en orden, sino en torrentes.
Aquello no solo la inspiraba. La validaba.
—Señorita, creo que olvidó su máscara para el baile.
La voz la tomó por sorpresa.
Giró sobre sus talones con naturalidad —sin la torpeza que habría tenido en otro momento— y se encontró frente a una criatura alta, de piel verde y escamosa, ojos grandes y amables, y un traje cuidadosamente ajustado que parecía haber sido planchado con esmero.
Parpadeó apenas… y sonrió.
—Oh. Tiene razón —respondió con ligereza—. Qué descuido el mío.
No sabía exactamente a qué se refería, pero su tono no vaciló.
La criatura inclinó un poco la cabeza.
—No creo que la dejen entrar al palacio sin una. Esta noche son estrictos con eso.
—Claro… —ella fingió recordar—. El baile... De máscaras.
—Así es. —El hombre sonrió mostrando pequeños colmillos pulidos—. No todos los días sus Majestades abren las puertas para todos los sustos del reino.
La palabra la hizo sonreír. Sustos. Le gustó como sonaba.
—¿Para todos? —preguntó con interés genuino, aunque lo disimuló detrás de curiosidad casual.
—Para todos los que deseen asistir, sí. —Bajó un poco la voz—. Algo importante debe estar por anunciarse. El príncipe rara vez participa en estos eventos.
El príncipe. Eso capturó su atención de inmediato. Monarquía. Baile. Máscaras. Un anuncio. Todo parecía ser bastante interesante.
Sus ojos brillaron con una mezcla de intriga y entusiasmo.
—Entonces es una noche especial —murmuró, como si lo estuviera descubriendo apenas.
—Oh, sin duda. La ciudad no ha estado tan animada en años.
Miró a su alrededor nuevamente. Ahora entendía las luces, la música distante, el murmullo constante de emoción en el aire.
No era solo una celebración. Era expectativa.
—Supongo que me dejé llevar por la emoción y olvidé lo esencial —dijo ella, con una sonrisa ladeada—. Sería una pena quedarme fuera.
—Lo sería, señorita —respondió con cordialidad sincera—. Pero tiene suerte. A dos calles de aquí hay un local que está repartiendo máscaras sencillas por el evento. Aunque, si desea algo más elaborado, también las hay… por un precio justo.
Ella inclinó la cabeza con elegancia, como si estuviera acostumbrada a ese tipo de decisiones.
—Agradezco la información… —hizo una pausa intencional.
—Señor Coco, a su servicio. —Hizo una pequeña reverencia—. ¿Y la señorita es…?
La pregunta quedó suspendida un segundo.
No dudó.
—Frankelda.
El nombre salió firme. Natural. Sin el peso que llevaba el otro. El Señor Coco sonrió.
—Un placer, señorita Frankelda. Espero que disfrute la velada.
—Estoy segura de que lo haré, Señor Coco. Igual usted.
Se despidió con una inclinación leve y retomó su camino.
Mientras avanzaba, no pudo evitar sentir que todo encajaba con una precisión inquietante.
Había cruzado a un mundo que parecía diseñado para ella.
Una ciudad que celebraba lo extraño.
Un baile de máscaras donde nadie preguntaría quién era realmente.
Una noche en la que, por primera vez, no tendría que explicar su pasión por lo oscuro.
Apretó el libro contra su costado y sonrió.
Si aquel lugar existía… entonces quizá ella también tenía un sitio al que pertenecer.
El palacio, iluminado en lo alto, parecía estar esperándola.
[…]
Ajustó la máscara blanca que había conseguido a último minuto. Era sencilla, sin adornos exagerados, pero delicada; el blanco contrastaba con el azul profundo de su vestido y hacía que sus ojos resaltaran con una ilusión casi perfecta.
No sabía exactamente qué esperaba al cruzar aquellas puertas, pero cuando lo hizo, el aire mismo pareció cambiar.
El salón era vasto, elevado, luminoso. Candelabros inmensos descendían del techo abovedado como constelaciones atrapadas en cristal, proyectando destellos cálidos sobre los trajes, las plumas, las escamas y los encajes.
La música flotaba con elegancia entre las columnas góticas, enroscándose en los balcones tallados con figuras imposibles. Todo brillaba, pero no de manera ostentosa, sino como si el lugar estuviera orgulloso de existir.
Frankelda avanzó unos pasos sin notar siquiera a quién esquivaba. No caminaba como invitada nerviosa; caminaba como alguien que hubiera encontrado, sin previo aviso, un espacio donde su imaginación no era excesiva, sino insuficiente.
Sus dedos se aferraban al libro contra su pecho, no por timidez, sino por costumbre, como si ese objeto fuera la única prueba de que no estaba soñando.
Pensó, fugazmente, en la mesa de la fonda, en los calcetines por remendar, en la silla raspando el suelo. Allí su presencia era funcional. Aquí, en cambio, nadie le pedía nada. Nadie la corregía. Nadie esperaba que fuera menos de lo que era.
Levantó la mirada hacia el candelabro central y contuvo el aliento. La luz no solo iluminaba; parecía revelar. Cada criatura bajo él brillaba con una nitidez casi poética, como si el salón entero estuviera diciendo: aquí puedes ser visto.
No notó la mirada fija desde el otro extremo.
Entre la multitud, un joven tecotias de porte imponente observaba en silencio. Las plumas terracota caían con elegancia sobre sus hombros y su máscara dorada enmarcaba unos ojos amarillos que rara vez se detenían demasiado en alguien. Había visto cientos de bailes, cientos de invitados esforzándose por impresionar, por llamar su atención, por medir cada palabra con cálculo.
Pero aquella joven de azul no miraba a nadie.
Miraba el lugar. Como si el simple hecho de estar allí fuera suficiente.
Y eso, precisamente eso, le llamo la atención.
Decidió acercarse sin anunciar quién era. La máscara le otorgaba un anonimato que rara vez podía permitirse, y por una vez quiso hablar sin protocolo, sin títulos, sin expectativas.
Se detuvo a su lado, siguiendo su mirada hacia el techo iluminado.
—Disculpe, señorita —dijo con voz serena—. No pude evitar notar cómo contempla el candelabro. Me preguntaba si hay algo particularmente interesante allá arriba.
Ella no se volteó de inmediato. Sus ojos seguían la danza de la luz en el cristal, y cuando respondió, su voz llevaba una sonrisa implícita.
—No exactamente. Que yo sepa, no está ocurriendo nada extraordinario —alzó apenas los hombros—. Es solo… precioso. La manera en que irradia su luz y transforma todo lo que toca. Mire cómo ilumina a los sustos y los hace brillar. Es como si, por un instante, todos fueran visibles.
Él la observó entonces, más atento a sus palabras que al candelabro.
—Es solo un objeto —comentó con suavidad, sin burla, sino con genuina curiosidad ante la profundidad que ella encontraba en algo tan común para él.
Fue entonces cuando ella giró el rostro.
Y lo miró.
La sonrisa que le dedicó no era calculada ni coqueta; era franca, cálida, con una chispa desafiante en la comisura de los labios.
—¿Y no puede algo cotidiano ser simplemente hermoso?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Por un momento, el murmullo del salón pareció diluirse. Él estaba acostumbrado a conversaciones estratégicas, a elogios cuidadosamente ensayados, a miradas que buscaban aprobación.
Pero en los ojos de aquella mujer no había ambición ni nerviosismo.
Había asombro y convicción.
Sintió un latido más firme en el pecho, inesperado.
—Tiene razón —admitió tras una breve pausa—. Supongo que, cuando uno ve lo mismo todos los días, olvida mirarlo de verdad. ¿No es de por aquí?
Ella negó con naturalidad, aunque por dentro su mente tejía una respuesta vaga sin dar mucha explicación.
—Vengo de lejos. Pero no habría podido perdérmelo.
La forma en que lo dijo no sonó a halago hacia la realeza ni al evento; sonó a verdad.
Él tomó su mano con cuidado, inclinándose en una reverencia medida. Sus labios rozaron sus nudillos con una delicadeza que no era automática, sino consciente.
—Entonces me alegra que haya encontrado el camino.
Ella sintió un ligero calor subirle al rostro. No estaba acostumbrada a gestos así, a esa cortesía que no llevaba condescendencia implícita.
Era extraño, se había acostumbrado tanto a la brusquedad de sus hermanos…
Que había olvidado que podía ser tratada con esa suavidad.
Sus miradas se sostuvieron un segundo más de lo apropiado y ella apartó su mano suavemente.
No quería que notara los callos y la dureza de unas palmas desgastadas por la labor doméstica.
Fue él quien rompió la pausa, señalando el libro que ella aún sujetaba.
—Si no le incomoda la pregunta… ¿siempre asiste a bailes con compañía literaria?
Ella rió, y su risa fue clara, sincera.
—No siempre. Pero soy escritora, y la inspiración no suele avisar antes de llegar.
Algo en su expresión cambió al escuchar eso. No fue sorpresa superficial, sino interés real.
—¿Escritora? —repitió, inclinando apenas la cabeza—. Entonces sus comentarios al candelabro no fueron una excepción. Me atrevería a decir que sus historias deben mirar el mundo de la misma manera.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien preguntaba por sus palabras sin burla, sin advertencia, sin condescendencia. Solo curiosidad.
Se sintió vista. Asintió suavemente.
—Quizá este no sea el mejor lugar para hablar de ellas —dijo él, ofreciendo su brazo con naturalidad elegante—. ¿Me concedería el honor de acompañarme al jardín?
Ella dudó apenas un segundo, no por miedo, sino por la conciencia repentina de lo que estaba haciendo. No sabía quién era aquel hombre. No conocía su nombre, ni sus intenciones.
Pero su instinto no se alarmó.
Al contrario. Tomó su brazo.
Y mientras avanzaban hacia el jardín, Frankelda no pudo evitar pensar que, por primera vez en su vida, no estaba siendo arrastrada por las expectativas de otros.
Estaba eligiendo.
Y alguien, al caminar a su lado, parecía genuinamente interesado en descubrir quién era ella.
[…]
Herneval la guió hacia una parte del jardín donde el murmullo del salón se volvía apenas un eco distante.
La música llegaba amortiguada por las enredaderas y los setos altos, transformada en algo más íntimo, casi secreto. Allí el aire era más fresco, y el cielo estrellado parecía inclinarse un poco más cerca.
Frankelda caminaba a su lado observándolo todo con el mismo asombro que había mostrado dentro del palacio. Incluso los jardines eran distintos a los de su natal Real del Monte. Las flores parecían latir con luz propia y las hojas tenían un brillo tenue, como si estuvieran cubiertas de rocío perpetuo. No había nada descuidado ni marchito; todo estaba vivo, vibrante, presente.
Y ella también.
Herneval la observaba de reojo mientras avanzaban. No le había preguntado su linaje, ni su procedencia exacta, ni el nombre de su familia. No le interesaba. Bajo la máscara él no era príncipe, y bajo la suya ella no era una incógnita que necesitara clasificación. Aquella ausencia de títulos era extrañamente liberadora.
O tal vez, pensó, ella simplemente era buena ocultando quién era. No lo sabía. Pero quería averiguarlo.
—Por aquí, señorita —indicó con suavidad.
La condujo hasta un rincón donde varios bancos rodeaban una fuente pequeña cuya figura central era difícil de descifrar, una escultura abstracta que dejaba caer agua con un murmullo constante y relajante.
La luz de las estrellas se reflejaba en la superficie, haciendo que todo pareciera suspendido en un sueño.
Se sentaron uno frente al otro, con la fuente como testigo silencioso.
Frankelda abrió su libro con cuidado, como si estuviera revelando algo frágil.
—Debo confesar que mis historias favoritas son los cuentos de terror —dijo con un orgullo sereno, sin disculpas.
Herneval sonrió apenas. Tenía sentido. En el Topus Terrentus el miedo no era debilidad, era energía, sustento, movimiento.
Ella comenzó a leer. Su voz no era teatral, pero sí envolvente. Cada palabra parecía elegida con intención, cada pausa tenía peso. La historia de Magali no era solo un relato oscuro; tenía una herida debajo, un deseo profundo de cambiar para encajar, de sacrificar algo esencial con tal de pertenecer.
Él escuchó sin interrumpir. Y cuando terminó, pidió otra.
No porque quisiera halagarla. Sino porque quería seguir oyéndola.
Había algo íntimo en la manera en que narraba. Como si cada historia fuese un fragmento de sí misma disfrazado de ficción. Escucharla era, en cierto modo, conocerla.
—Es muy talentosa —dijo al final, inclinándose levemente hacia ella—. Aunque parece tener afinidad con los finales trágicos.
Frankelda cerró el libro con suavidad. Asintió, pero su mirada se perdió un instante en el agua de la fuente.
Sabía que aquellos finales no eran casualidad. Eran reflejo. Eran la forma en que su mundo le había enseñado a esperar el desenlace.
—Las mejores historias buscan incomodarnos —respondió alzando la vista—. Nos desafían. Nos obligan a mirarnos de frente. ¿No lo cree?
Él guardó silencio unos segundos. No estaba acostumbrado a que alguien le hablara así, sin medir sus palabras para agradar o impresionar.
—En eso le doy la razón —admitió finalmente—. Pero entonces usted… ¿anhela algo incómodo y desafiante para su propia vida?
La pregunta no llevaba burla, sino una curiosidad casi vulnerable.
Ella rodó los ojos con una risa sincera.
—No necesariamente —contestó, pero luego su tono cambió, suavizándose sin que lo notara—. Lo que busco para mí es un final feliz. O al menos eso espero.
La última frase no sonó como declaración firme, sino como deseo apenas sostenido.
Herneval percibió ese matiz. Vio cómo su confianza, tan luminosa momentos antes, se volvía delicada por un segundo. Y algo en su pecho se tensó. Apenas la conocía, pero la idea de que esa esperanza pudiera apagarse le resultó insoportable.
Sin pensarlo demasiado, tomó su mano.
—Puede tenerlo —dijo con convicción tranquila—. Con su talento, incluso podría ser pesadillera.
Ella parpadeó, curiosa.
—¿Pesadillera?
Él carraspeó apenas, consciente de que estaba hablando más de la cuenta.
—No es un puesto exclusivo para nobles —añadió con ligereza—. El pesadillero actual… deja mucho que desear. Es quien escribe las pesadillas que enviamos al plano humano para vitalizar el nuestro.
No se dio cuenta de cuánto había revelado.
Pero ella no lo miró con sospecha, sino con interés genuino.
—Así que alguien escribe las pesadillas… —repitió, pensativa.
En lugar de asustarse, parecía fascinada. Como si la idea no le pareciera cruel, sino poderosa.
En ese mundo, sus historias no serían un pasatiempo extraño. Serían necesarias.
—Suena a un trabajo interesante —murmuró con una sonrisa traviesa.
Herneval la observó con una mezcla de admiración y asombro. No se escandalizaba. No fingía comprensión. Simplemente aceptaba la lógica del plano con naturalidad, algo que muchos sustos desconocían o ignoraban completamente.
Su corazón latía más rápido de lo habitual. Había sentido atracción antes, sí. Pero esto era distinto. No se trataba solo de su vestido azul ni de la forma en que la luz rozaba su piel.
Era la manera en que pensaba, en que hablaba, en que encontraba significado en lo que otros daban por sentado.
Y bajo la máscara, él podía mirarla sin que el peso de su título interfiriera.
—Estoy seguro de que lo haría mejor que nadie —dijo con honestidad.
—Gracias —respondió ella, y en su voz no hubo falsa modestia, solo gratitud.
Un silencio se instaló entre ambos, pero no fue incómodo. Se miraban con pequeñas sonrisas, conscientes de que algo se estaba formando, aunque ninguno se atrevía a nombrarlo.
Frankelda sintió su corazón acelerado, confundido. No sabía si era emoción, admiración o algo más profundo. Solo sabía que se sentía cómoda. Escuchada. Valorada.
Y eso ya era peligroso.
Desde el salón llegó un cambio en la música, más marcado, más rítmico.
Herneval se puso de pie y extendió la mano con naturalidad elegante.
—Si me lo permite… ¿me concedería este baile?
Ella dudó apenas, bajando la mirada.
—Me encantaría, pero no sé bailar.
Él sonrió, y esa sonrisa no tenía rastro de juicio.
—Entonces no iremos a la pista. Le enseñaré aquí mismo.
El jardín era suficientemente amplio, y la distancia del salón les regalaba una intimidad que la multitud no habría permitido.
Frankelda sintió un leve nerviosismo. Nunca había sido tomada de esa manera, guiada con cuidado, tratada como alguien que merecía paciencia.
Pero algo en él le transmitía seguridad.
No autoridad. Confianza sincera.
Colocó su mano en la suya.
Y cuando sus dedos se entrelazaron, ninguno de los dos supo explicar por qué el simple contacto hizo que el mundo, por un instante, pareciera girar un poco más despacio.
Al principio los movimientos fueron torpes, apenas un intento de seguir el ritmo lejano de la música que escapaba del salón. Herneval colocó una mano en su cintura con cuidado, como si temiera asustarla, y guió la otra con paciencia.
—No piense en los pasos —murmuró—. Solo escuche y deje que la guíe.
Frankelda intentó concentrarse en la melodía, pero era difícil ignorar la cercanía. El calor de su mano a través de la tela. La firmeza suave con la que la sostenía. No había prisa en sus gestos, ni presión.
Solo una invitación constante a confiar. Y ella así lo hizo.
Sus pasos dejaron de ser tan rígidos. Comenzó a seguirlo con mayor naturalidad, permitiendo que él marcara el ritmo. No era perfecto, pero tampoco lo necesitaba ser. Cada pequeño error terminaba en una risa compartida, y cada risa parecía derribar una barrera invisible.
Herneval la observaba con una atención que ya no intentaba disimular. Bajo la máscara, sus ojos brillaban con algo que no era simple entretenimiento. Le gustaba cómo fruncía apenas el ceño cuando intentaba recordar un movimiento. Cómo sonreía antes incluso de darse cuenta de que iba a hacerlo.
Le gustaba que no fingiera.
No intentaba impresionar. No actuaba como si supiera más de lo que sabía. Era genuina, incluso en su torpeza.
Y eso, en un mundo en el que estaba acostumbrado protocolos y apariencias, era extraordinario.
Frankelda, por su parte, comenzaba a olvidar que estaba en un palacio ajeno. Ya no pensaba en si pertenecía o no. En ese pequeño círculo de césped iluminado por la luna, lo único real era el contacto de sus manos y la forma en que él la miraba como si lo que decía —y lo que callaba— tuviera importancia.
—Aprende rápido —comentó él en voz baja.
—Tengo buen maestro —replicó ella, y esta vez no hubo rastro de ironía.
Sus miradas se sostuvieron más tiempo del necesario. Ninguno apartó los ojos de inmediato.
Había algo curioso en aquella sensación. No era el vértigo repentino de un enamoramiento impetuoso. Era más bien una calidez que se expandía con lentitud, asentándose en el pecho, cómoda y persistente. Como si se reconocieran de algún modo inexplicable.
Como si las máscaras no ocultaran, sino protegieran.
Bajo el anonimato podían decir lo que pensaban sin que pesara el apellido. Sin que el deber interrumpiera. Él no era príncipe. Ella no era una invitada fuera de lugar.
Eran solo dos desconocidos compartiendo una noche.
—Es extraño —murmuró ella sin dejar de moverse—. Siento que puedo hablar con usted con más facilidad que con personas que conozco desde hace años.
Herneval sintió un ligero estremecimiento. Porque él pensaba exactamente lo mismo.
—Tal vez las máscaras ayudan —respondió con suavidad—. A veces, cuando nadie sabe quién eres, es más fácil serlo.
Ella sonrió ante eso.
—Entonces quizá deberíamos usarlas siempre.
Él rió, pero la idea se le quedó adherida al pensamiento. ¿Qué pasaría si pudiera ser así todo el tiempo? ¿Si pudiera elegir con quién hablar sin que su posición lo condicionara?
Giró a Frankelda con un movimiento más fluido esta vez, y cuando volvió a atraerla hacia él, la cercanía fue inevitable. Por un segundo quedaron demasiado próximos, respirando el mismo aire.
El corazón de ella golpeó con fuerza, desacompasado. No supo si apartarse o quedarse. Se quedó.
No había peligro en su mirada. Solo una curiosidad profunda, casi reverente.
Herneval notó el leve rubor que asomaba en sus mejillas y sintió algo parecido a un impulso protector, mezclado con una fascinación que iba más allá de lo físico. Quería seguir escuchándola hablar de historias trágicas y finales felices. Quería saber qué la hacía sonreír de esa manera desprevenida.
Quería más tiempo. Pero no entendía por qué.
La música cambió nuevamente en la distancia, más lenta ahora. Sus movimientos también se hicieron más pausados.
No dijeron nada durante unos segundos, pero el silencio no pesaba. Era un espacio compartido, cómodo, como si ambos estuvieran aprendiendo el ritmo del otro.
Y en medio de esa quietud, sin promesas ni confesiones, algo comenzó a echar raíces.
Todavía no tenía nombre. Pero ya no era solo curiosidad.

[…]
Dieron más vueltas alrededor de la fuente mientras bailaban. La música a lo lejos era apenas un eco diluido entre el murmullo del agua y sus propias risas, que brotaban con una naturalidad genuina. El mundo exterior parecía desvanecerse, reducido a luces distantes y sombras que no alcanzaban a tocarlos.
—Ha preguntado mucho de mis historias —comentó Frankelda con un aire peligrosamente juguetón, inclinando apenas el rostro para mirarlo mejor—. Pero no me ha revelado mucho de usted. Me parece un poco injusto.
Herneval sonrió, aunque en su expresión se dibujó un leve nerviosismo. Tenía razón. Ella le había ofrecido fragmentos de su interior sin reservas, le había confiado palabras que seguramente no compartía con cualquiera. Y él… él había permanecido cómodo en la sombra del anonimato.
Carraspeó suavemente, intentando que aquel gesto no delatara que la fantasía comenzaba a resquebrajarse. Si aquello iba a ser un intercambio sincero, debía estar dispuesto a ceder también.
—Me atrapó —admitió con una inclinación leve de cabeza—. ¿Qué quiere saber?
—¿Puedo hacerle varias preguntas o me limita a una sola? —arqueó una ceja divertida, y él negó de inmediato.
—Las que usted guste. Prometo responderlas todas.
La joven sonrió, y por un instante su mirada se volvió inquisitiva, curiosa, como si realmente estuviera estudiándolo.
—¿Suele asistir a estos eventos? Parece que conoce muy bien el palacio.
Herneval desvió la mirada hacia la fuente, observando cómo el agua caía de manera constante, inmutable.
—Sí. Digamos que asisto con frecuencia. Por eso conozco bien las paredes de este lugar.
—Qué dicha… —murmuró ella con una mezcla de admiración y melancolía—. Ojalá yo pudiera decir lo mismo. Es un lugar magnífico.
Él guardó silencio unos segundos, sintiendo cómo esa palabra —magnífico— adquiría un peso distinto en su pecho.
—Lo es —concedió finalmente—. Pero también puede sentirse como una prisión. De responsabilidades. De demandas constantes. De presión.
No lo dijo con amargura abierta, sino con una tristeza sutil que apenas se filtró en su tono. Sin embargo, Frankelda lo notó.
No le importó tanto el hecho de que él pareciera tener un rango dentro del palacio. Eso era secundario. Lo que realmente captó su atención fue la forma en que su expresión cambió, la manera en que sus hombros parecieron tensarse apenas un poco.
Se vio reflejada en él.
—Lamento escuchar eso —respondió con suavidad, bajando la voz—. Yo… siento algo parecido en mi propia casa. No se siente como un hogar. Es más bien un lugar del que intento escapar constantemente.
No había dramatismo en su confesión. Solo honestidad.
Herneval sintió algo estremecerse en su interior. No era lástima, ni simple empatía. Era reconocimiento. Como si, por primera vez en mucho tiempo, alguien describiera con exactitud una sensación que él mismo no sabía poner en palabras.
—Tiene usted una manera increíble de expresarse —dijo con una sonrisa genuina—. Es exactamente como me siento.
—No por nada soy escritora —replicó ella con ligereza.
Pero antes de que pudieran seguir profundizando, el sonido de trompetas cortó el aire de la noche.
No era música.
Era un llamado.
—Oh… debe ser de lo que todos hablaban —murmuró Frankelda.
Herneval sintió cómo su corazón se contraía.
—¿Ah… sí? ¿Sobre qué? —preguntó, aunque sabía perfectamente la respuesta.
Sabía que debía irse. Que sus padres estarían esperando. Que el anuncio no podía hacerse sin él. Pero cada segundo allí, bajo la luna, le parecía más real que cualquier deber que lo aguardara en el salón.
No quería perderla entre la multitud.
No quería que aquella noche se deshiciera como si nunca hubiese existido.
—Escuché que los reyes harían un anuncio —continuó ella con inocencia—. Que incluso el príncipe estaría presente. Debe ser algo muy importante.
Herneval tragó en seco. Era ahora o nunca, debía ser honesto.
Prefería mil veces revelarse ante ella que permitir que lo descubriera desde la distancia, elevado en un podio, rodeado de formalidades y títulos que destruirían la naturalidad que habían construido.
—Señorita… —comenzó, su voz más vulnerable de lo que pretendía—. Sé que las máscaras nos han dado comodidad para hablar. Pero no me gustaría seguir ocultándole quién soy.
Ella notó el temblor casi imperceptible en su tono. No parecía arrogante ni orgulloso. Parecía… temeroso.
Como si temiera perder algo.
Tomó sus manos antes de que pudiera continuar.
—Puedo ir primero —se ofreció con una sonrisa serena.
Y sin titubear, retiró la máscara blanca de su rostro.
Al verla sin ese velo, Herneval sintió una presión más intensa en el pecho. No era solo su belleza —que bajo la luz de la luna parecía aún más delicada—, sino la manera en que lo miraba, abierta, confiada, sin reservas.
—Soy Frankelda. Es un gusto.
Hizo una pequeña reverencia, levantando apenas la tela de su falda.
—Frankelda… —repitió él suavemente, probando el nombre como si fuera algo frágil—. Es un nombre muy bonito.
—Gracias. Creo que ahora le toca a usted.
Herneval dudó apenas un instante. Una sombra de inseguridad cruzó su mente. ¿Y si todo había sido una ilusión? ¿Y si al revelar su identidad rompía aquello que habían construido?
Pero no. Frankelda no le había dado ninguna razón para desconfiar.
Retiró su máscara.
El aire pareció quedarse suspendido.
—Wow… —escapó de los labios de ella antes de que pudiera detenerse.
Las plumas que enmarcaban su rostro, la estructura elegante que evocaba una corona natural, sus ojos ámbar brillando bajo la luna… había algo etéreo en él.
—Es hermoso —añadió sin filtro alguno, y al instante sintió cómo el calor le subía a las mejillas por haber soltado eso sin ningún filtro.
Herneval se sorprendió. Había escuchado incontables elogios en su vida, siempre formales, medidos, interesados. Pero aquella palabra, dicha así, sin cálculo… lo desarmó.
Sonrió. Tomó su mano y besó sus nudillos con delicadeza.
—Es un placer, señorita Frankelda. Mi nombre es Herneval. Príncipe de los sustos.
Ella parpadeó, intentando asimilarlo. No sabía qué la había dejado más aturdida: el beso, la cercanía o el peso de ese título.
—Herneval… —susurró.
Él casi olvidó respirar.
No “su alteza”.
No “majestad”.
Solo su nombre.
Y le gustó más de lo que esperaba.
Pero entonces la realidad cayó sobre ella como agua fría.
Era el príncipe. El futuro gobernante de aquel lugar extraordinario. No era simplemente un joven interesante en un jardín iluminado por la luna.
Había estado toda la noche con el príncipe.
—Príncipe dijiste… ay no. Lo lamento, su majestad. No fue mi intención tratarle con tanta libertad.
Intentó inclinarse, pero él la sostuvo de inmediato.
—Frankelda, por favor. No te disculpes. Te lo suplico.
Las trompetas volvieron a sonar, esta vez más insistentes. Tenía que irse.
Ella lo supo al instante y se percató de aquel llamado insistente. La burbuja había estallado.
—Debes irte —dijo con tristeza.
Era hora de despertar.
De volver a su casa. A sus responsabilidades. A la vida que la esperaba, con su polvo acumulado y sus silencios incómodos en la espera de sus hermanos.
—Y yo también debería irme —murmuró, bajando la mirada.
Pero él la tomó de las manos, mirándola con una vulnerabilidad que no sabía ocultar.
—Por favor, quédate…
Ella negó con suavidad.
—Esta noche fue increíble, Herneval. Probablemente la mejor de mi vida. Pero es hora de volver a la realidad.
Lo dijo como quien acepta una verdad inevitable.
Antes de que él pudiera responder, las trompetas resonaron una vez más.
En un impulso, Frankelda tomó su rostro entre sus manos y depositó un beso breve pero suave en sus labios. No fue calculado.
Fue sincero. Y sobretodo veloz y efímero.
Cuando él reaccionó, ella ya se alejaba, fundiéndose entre luces y máscaras como si nunca hubiera estado allí.
Se quedó inmóvil, con el corazón desbocado, hasta que el sonido insistente de las trompetas lo obligó a moverse.
Fue entonces cuando notó el libro sobre la banca.
Lo tomó con cuidado, como si sostuviera algo sagrado.
Avanzó entre la multitud sin su antifaz, y de inmediato fue rodeado por saludos, preguntas, halagos. Manos que intentaban captar su atención. Voces que lo llamaban “su alteza”.
Pero nada de eso importaba.
No la veía.
El azul marino había desaparecido.
Hasta que Mitelitas acudió en su ayuda y logró abrirle paso.
—Gracias, amigo…
—No hay de qué, pero tus padres no están muy contentos. Pensaron que algo te había ocurrido. ¿Está todo bien?
Herneval miró el libro en sus manos, luego la multitud. No la encontró.
Pero algo en su pecho permanecía.
Una calidez suave, persistente.
Sonrió.
—Todo está de maravilla.
Y por primera vez en mucho tiempo, no era una respuesta diplomática.
[…]
Frankelda no caminaba. Huía.
Las luces del palacio se volvían borrosas a su alrededor mientras atravesaba los pasillos con el corazón golpeándole el pecho con una fuerza casi dolorosa. Apenas escuchaba las voces, la música, el anuncio que seguramente ya estaría comenzando en el gran salón. Todo se mezclaba en un murmullo lejano que no lograba alcanzarla.
Lo había besado. Al príncipe.
Se llevó los dedos a los labios como si aún pudiera sentir el roce, suave, breve… real.
—¿Qué hice…? —susurró, sin aliento.
No había sido un plan. Ni siquiera había sido una decisión meditada. Fue impulso puro, nacido de una emoción que creció demasiado rápido y que, antes de que pudiera contenerla, ya se había convertido en acción.
Había olvidado quién era él.
Y peor aún, había olvidado quién era ella.
Atravesó el umbral que daba hacia los corredores menos transitados, donde el eco de sus propios pasos la acompañaba como un recordatorio insistente de la realidad. El vestido azul rozaba por todas partes con un susurro apresurado, y la tela que antes la hacía sentir parte de aquel mundo ahora le pesaba sobre los hombros.
¿Cómo se había permitido creer, aunque fuera por unas horas, que pertenecía allí?
Apoyó la espalda contra una columna fría y cerró los ojos con fuerza.
Había sido una fantasía.
Un jardín iluminado por la luna.
Un desconocido amable.
Una conversación sin juicios ni expectativas.
Y ella, como una niña, se había dejado envolver. Sintió calor subirle al rostro, mezcla de vergüenza y algo más peligroso.
Porque si era sincera consigo misma… no se arrepentía del beso.
Se arrepentía de lo que significaba.
Herneval no era solo un joven interesante con ojos ámbar y sonrisa tranquila. Era el futuro gobernante de ese reino. Su vida no le pertenecía del todo. Estaba atado a decisiones políticas, alianzas, deberes que ella ni siquiera comprendía por completo.
¿Y qué era ella?
Una escritora de cuentos trágicos.
Una invitada que ni siquiera debía estar allí.
Una muchacha que debía regresar a una casa que no sentía un hogar.
Se apartó de la columna y retomó el paso, esta vez más lento, pero con el mismo nudo en la garganta.
Tal vez lo había arruinado todo.
Tal vez él pensaría que fue atrevida. Improcedente. Ridícula.
Se llevó las manos al rostro, intentando enfriar sus mejillas ardientes.
Pero en medio del torbellino de pensamientos, una imagen regresó con insistencia: la forma en que él dijo su nombre.
No como formalidad.
Solo Frankelda.
Y la manera en que la miró cuando ella pronunció el suyo.
Herneval.
Sin “su alteza”. Sin reverencias forzadas.
Había sido un instante pequeño, pero auténtico.
Eso era lo que más la descolocaba.
No fue un juego.
No fue ilusión vacía.
Fue real.
Y eso lo hacía más temible que cualquier fantasía.
Llegó finalmente a la salida lateral que había usado para entrar. El aire nocturno la recibió con un frescor que le despejó apenas la mente. Desde allí aún podían verse las torres del palacio, iluminadas con majestuosidad, como si nada extraordinario hubiera ocurrido en sus jardines.
Para el mundo, nada había cambiado.
Pero para ella, algo sí.
Se llevó una mano al pecho, intentando calmar el ritmo acelerado de su corazón.
—Fue solo una noche —se dijo en voz baja, como si al pronunciarlo pudiera convencerse—. Una historia más.
Pero incluso mientras lo decía, sabía que no era verdad.
Sus historias solían terminar en tragedia porque así veía el mundo. Sin escapatoria. Sin finales felices reservados para alguien como ella.
Y sin embargo, por unas horas, había sentido la posibilidad de algo distinto.
Había sido vista. Escuchada. Valorada.
No como invitada incómoda ni una soñadora imprudente. Sino como ella misma.
Y tal vez por eso lo besó.
No por impulso ciego. Sino porque, en ese instante, quiso dejar una marca que no pudiera desvanecerse con el anuncio de unas trompetas.
Exhaló lentamente, mirando una última vez hacia las luces lejanas.
Sabía que debía irse.
Regresar y despertar.
Pero mientras se alejaba del palacio, con el vestido azul perdiéndose entre las sombras, no pudo evitar tocarse los labios una vez más.
Y aunque el pánico seguía revolviéndose en su estómago, debajo de él había algo más suave.
Una chispa.
Una certeza pequeña, casi susurrada:
Aquello no había sido un error.
Había sido honesto.
[…]
Herneval se había unido finalmente a sus padres en el salón principal. Las luces doradas caían sobre la multitud expectante y la música había disminuido a un murmullo solemne, preparando el ambiente para el anuncio. Sin embargo, aunque su postura era impecable y su porte digno de un heredero, había algo distinto en él.
Veritena lo notó en cuanto cruzaron miradas.
Una madre siempre sabe.
Había un brillo nuevo en sus ojos, una distracción dulce que no correspondía con la solemnidad del momento. No era preocupación ni tensión. Era algo más… personal.
—Tardaste en venir… ¿Cómo estás, hijo? —preguntó suavemente, acercándose lo suficiente para que solo él pudiera escucharla.
Herneval bajó la vista hacia el libro que aún sostenía entre sus manos. Sus dedos recorrían la cubierta con una delicadeza casi inconsciente, como si temiera dañarlo.
Y sonrió. No era la sonrisa diplomática que ofrecía a la corte. Era más suave, más íntima.
—Bien… Más que bien —admitió—. Conocí a alguien durante el baile. Y me mantuvo entretenido.
Ficturo alzó una ceja, intercambiando una mirada rápida con la reina.
—¿Ah, sí? —intervino con interés contenido—. ¿Y por qué no nos presentaste al maravilloso susto que logró mantenerte alejado de tu propio anuncio?
Herneval exhaló por la nariz, mitad frustración, mitad incredulidad ante lo sucedido.
—Ella… bueno, se fue. —Hizo una pausa breve, buscando las palabras correctas—. Hablamos con los antifaces puestos. Fue… distinto. Sincero. Cuando le revelé mi identidad… huyó.
Frunció ligeramente el ceño, aún intentando descifrarlo.
—No estaba esperando eso. Es más, me hubiese sorprendido menos que intentara aprovecharse de la situación, o que tuviese aún más interés al saber quién soy. Pero no. Solo… se fue.
Había algo vulnerable en su confesión, una herida pequeña pero reciente que todavía no comprendía del todo.
—Y lo único que tengo ahora es esto.
Levantó apenas el libro, sosteniéndolo con ambas manos, como si fuera prueba tangible de que aquella noche no había sido producto de su imaginación.
Ficturo observó con atención el objeto. No necesitó más para entender que aquello no era un simple capricho pasajero. Su hijo no hablaba con ligereza. Había fascinación en su tono, sí, pero también desconcierto.
Veritena, en cambio, lo miraba a él.
No al libro. A su expresión.
A la forma en que pronunciaba cada palabra.
Si aquella muchacha se había marchado apenas escuchar su título, no había sido por desprecio. Había sido por miedo… o por lucidez. No todas deseaban la carga que implicaba acercarse a un heredero.
La reina sonrió con suavidad, colocando su mano sobre el hombro de su hijo.
—Seguro sus razones tendrá, Herneval.
Él levantó la vista hacia ella.
—¿Razones? —repitió, como si la idea no se le hubiera ocurrido.
—No todos desean vivir bajo el peso de una corona —continuó ella con calma—. Tal vez para ella fue mejor retirarse, antes de enfrentarse a lo que implica tu posición.
No había reproche en su voz, pero sí una enseñanza implícita.
Herneval bajó la mirada nuevamente hacia el libro, procesando aquello. ¿Había sido miedo? ¿O decepción? ¿Había hecho algo mal?
—Pero no parecía interesada en eso antes —murmuró casi para sí—. Cuando hablamos… era distinto. Me hablaba como si solo fuera yo.
Veritena notó el matiz de esa frase.
Solo yo.
No príncipe ni heredero.
Su hijo había probado, aunque fuera por unas horas, lo que era ser visto sin peso político.
Y ahora lo extrañaba.
Ficturo cruzó los brazos, reflexivo.
—Si realmente deseas entender sus motivos, tendrás que hablar con ella nuevamente. Pero primero debes cumplir con tu deber.
No era una orden dura. Era una verdad.
Las trompetas resonaron nuevamente, más firmes, anunciando que el momento había llegado.
Herneval sintió el tirón inevitable de la responsabilidad. El anuncio no podía esperar. El reino no podía detenerse por una muchacha de vestido azul que se había desvanecido entre la multitud.
Pero su corazón… ese parecía haberse quedado en el jardín.
Veritena apretó ligeramente su hombro antes de apartarse.
—Haz el anuncio. Y después, si aún lo deseas, búscala y ve con ella.
No prometía ayuda. No ofrecía soluciones.
Solo le daba espacio para decidir.
Herneval asintió, aún algo distraído, pasando el pulgar por el borde del libro como si en él pudiera encontrar una respuesta.
—Sí… Tienes razón.
Pero mientras avanzaba junto a sus padres hacia el centro del salón, comprendió algo que lo inquietó más de lo que esperaba:
No quería buscarla solo por curiosidad.
Quería verla otra vez.
No era simple entretenimiento de una noche.
[…]
Caminaba por las afueras del centro mientras la ciudad aún vibraba con la energía del anuncio. Las luces seguían encendidas, los balcones llenos de figuras celebrando, los ecos de música y conversación extendiéndose como ondas suaves por las calles empedradas.
Frankelda avanzaba con paso ligero, sintiendo por fin que podía respirar, estando lo suficientemente lejos del palacio.
El aire nocturno rozaba su rostro con frescura y, por un instante, la sensación fue tan ligera que casi parecía flotar. Como si el peso que había cargado dentro del jardín —las miradas, el título, el beso, la despedida— se estuviera disipando lentamente.
Intentaba recordar el camino hacia el mar, hacia el lugar exacto donde el portal se había abierto para ella. No podía permitirse perderse ahora. No cuando su corazón ya estaba lo suficientemente desorientado.
Fue entonces cuando escuchó los murmullos.
—¿Escuchaste el anuncio del príncipe?
—¡Es increíble!
—Al fin va a tomar el trono del Topus Terrentus.
Frankelda se detuvo.
El mundo pareció detenerse mientras las voces pasaban junto a ella. No se giró, pero afinó el oído, absorbiendo cada palabra.
—Tiene sentido, los reyes tienen derecho a retirarse.
—Yo creo que él está listo.
—No pasará mucho para que empiece a buscar una reina.
Mordió su labio inferior, sintiendo cómo algo pequeño se acomodaba —o se rompía— en su interior.
—Así que eso había sido… —susurró para sí.
El gran anuncio no era un simple acto ceremonial. Era el inicio de su reinado. El comienzo oficial de una vida que ya no le pertenecería del todo.
Se alegraba por él. De verdad lo hacía.
Pero no pudo evitar preguntarse cómo se sentía Herneval con aquella decisión.
Recordó la forma en que habló del palacio. De la presión. De las paredes que podían sentirse como prisión. En ese momento ella no conocía su identidad, pero había percibido el peso en su voz. Ahora todo tenía más sentido.
Ser príncipe no era solo privilegio. Era carga.
Y pronto sería rey.
Esperaba, sinceramente, que aquello le trajera más paz que angustia. Que no terminara por apagar el brillo que había visto en sus ojos cuando hablaban en el jardín. Que no se convirtiera en otro rostro solemne atrapado entre protocolos.
Caminó un poco más rápido.
Se convenció a sí misma de que había hecho lo correcto al marcharse. Los ciudadanos no estaban equivocados. Si iba a subir al trono, pronto buscaría una reina. Alguien preparada. Alguien que entendiera la política, la diplomacia, el equilibrio del reino.
No una escritora humana que cruzó un portal por accidente.
Sintió sus mejillas arder ante el pensamiento infantil que cruzó fugazmente su mente. Nunca había ido a ese mundo buscando romance. No era una heroína de cuento. No era una princesa escondida. Solo había querido escapar, aunque fuera por unas horas, de su realidad asfixiante.
Y, sin embargo, algo en su pecho se apretó con fuerza.
No eran celos. Era conciencia.
Conciencia de que aquello no podía repetirse.
Aceleró el paso como si pudiera huir no solo de la ciudad, sino de la imagen de Herneval pronunciando su nombre con suavidad. De la forma en que la sostuvo cuando intentó disculparse. Del calor de su mano al bailar.
Pero los recuerdos no se dejan atrás tan fácilmente.
Eventualmente las calles se transformaron en senderos rocosos. Las luces quedaron atrás, reemplazadas por la penumbra serena de las montañas que la habían recibido al llegar. El ruido se desvaneció hasta convertirse en un murmullo distante.
Allí volvió a caminar con más calma.
Soltó un suspiro largo, profundo, como si al exhalar pudiera acomodar sus pensamientos.
Miró hacia la lejanía.
El palacio apenas era visible ahora, reducido a un brillo tenue en el horizonte, casi irreal. Como un recuerdo borroso. Como una fantasía que solo existe mientras la estás viviendo.
Una noche.
Un jardín.
Un príncipe.
—Adiós —murmuró con suavidad, no con rencor, sino con gratitud.
No se despedía solo de un lugar. Se despedía de una posibilidad.
Cuando el portal comenzó a abrirse frente a ella, lo supo sin dudar: era momento de regresar. La luz ondulante se desplegó como un espejo líquido entre las rocas, invitándola a cruzar.
Regresar a su realidad.
A la casa silenciosa.
A los pisos por barrer.
A los hermanos que apenas escuchaban sus historias.
Donde no había sustos celebrando anuncios.
Ni pesadilleros escribiendo destinos.
Ni príncipes interesados en la mente de una escritora.
Sintió la punzada de una lágrima amenazando con escapar. Pero la contuvo.
No quería que aquella noche se manchara con tristeza. Así que sonrió.
No por el adiós. Sino por la dicha sincera que había sentido. Por haber sido vista, aunque fuera por unas horas. Por haber bailado sin miedo. Por haber besado sin cálculo.
Eso nadie podía arrebatárselo.
Enderezó los hombros.
Y sin más, dio un paso hacia el portal.
Para volver a ser Francisca Imelda.
Pero muy en el fondo, mientras la luz la envolvía y el mundo de los sustos se desvanecía detrás de ella, una pequeña chispa permaneció intacta.
Porque aunque ella estaba convencida de que aquello nunca podría repetirse…
Las historias que parecen imposibles son, precisamente, las que más se empeñan en encontrar un siguiente capítulo.
