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Ominis Gaunt nunca había sido un hombre que se dejara arrastrar por la curiosidad, pese a lo que muchos asumían.
Existía la idea, mal formulada, siempre mal formulada, de que la ceguera debía convertirlo en alguien hambriento por el mundo, desesperado por tocar cada superficie y descifrar cada sonido, como si la ausencia de vista generara una sed insaciable por todo lo demás. Y aunque esa necesidad había existido alguna vez, no era tan simple. Resulta difícil dejarse llevar por el impulso cuando desde la infancia cada gesto ha sido medido, corregido y castigado. Cuando incluso la inclinación de la cabeza o el tono de una pregunta podían considerarse insolencia. En la casa Gaunt, la curiosidad no era una virtud, era desafío.
Hubo un tiempo, sin embargo, en que el deseo de explorar creció en él con la naturalidad de la fruta en verano, silencioso e inevitable. Recordaba con ecos cómo arrastraba su pequeño cuerpo hasta los ventanales altos de la mansión y apoyaba la frente contra el vidrio frío. Permanecía allí durante horas, respirando el murmullo del viento entre los árboles, el crujido distante de la grava, el canto irregular de las aves. Construía el mundo con sonidos y temperaturas. Con corrientes de aire y las vibraciones en el suelo. En aquellos momentos, el mundo parecía vasto.
Pero los frutos que no se cosechan a tiempo terminan por caer y pudrirse. Y el olor de lo que pudo haber sido rara vez abandona del todo el aire.
Ese hedor aún lo perseguía. Ya no era denso ni insoportable, había aprendido a convivir con él, a disimularlo bajo capas de compostura y cortesía. Pero persistía, lo suficiente como para recordarle quién debía ser y cómo debía comportarse. Incluso ahora, cuando no quedaba en él ni un vestigio de amor por sus padres. El desinterés se había convertido en su mecanismo de defensa más refinado. Una segunda piel que el cuerpo adopta tras años de práctica, flexible y resistente. Quitársela no era imposible, pero sí arduo. Exponía zonas que prefería mantener intactas.
Por eso le resultó desconcertante que bastara un único encuentro con un estudiante de Gryffindor para alterar ese equilibrio cuidadosamente construido. La curiosidad, repentina y desmedida, volvió a echar raíces sin pedir permiso. Y esta vez no olía a descomposición.
Ocurrió una noche en Las Tres Escobas.
El trío de Slytherin se había escabullido de las mazmorras para concederse un respiro en medio de un año que intentaba recomponerse tras el desastre del quinto. La taberna sonaba viva. Madera crujiendo, jarras chocando, música vibrando contra las vigas y las mesas. Se habían acomodado en una mesa apartada, con cervezas de mantequilla tibias entre las manos. Ominis escuchaba a Chérine divagar con entusiasmo digno de un borracho feliz, mientras Sebastian, irremediablemente cambiado desde la muerte de su tío, intervenía apenas con monosílabos y risas breves. Ominis, en cambio, no estaba realmente allí.
Hasta que el chillido de la rubia lo arrancó de su ensimismamiento.
— ¡Ah, Dante! ¡Hola! — La silla raspó el suelo cuando Chérine se levantó de un salto. Ominis ladeó el rostro hacia Sebastian en busca de contexto, pero lo único que recibió fue un suspiro largo, resignado.
—Bannerman. — Aclaró finalmente, con un ceño fruncido evidente en la voz, como si aquello explicara algo.
Luego de unos segundos, Chérine regresó acompañada por otro par de pasos firmes y seguros. — Dante, él es Ominis. Ominis, este es Dante. — La voz de la rubia siguió parloteando, explicando cómo se habían conocido en el Bosque Prohibido en un encuentro casi caótico. Pero Ominis apenas escuchaba lo que decía.
La mano que se ofreció frente a él era cálida. Firme, pero sin intención de imponerse. El apretón no intentó demostrar nada, tampoco retrocedió demasiado pronto. Fue lo suficiente como para provocar una sensación electrizante que le recorrió el brazo y descendió por su columna, arrancándole un leve estremecimiento que agradeció que nadie notara.
— Dante Bannerman. — Dijo aquella voz, clara y ligeramente inclinada hacia una sonrisa que no necesitaba ver para saber que existía.
Y bastó un puñado de segundos, un intercambio trivial de cortesías, para que Ominis comprendiera algo incómodo: Dante Bannerman era peligrosamente encantador.
La sospecha no hizo más que confirmarse con el tiempo.
En el Gran Comedor, siempre había un “Príncipe” pronunciado con entusiasmo excesivo. En la biblioteca, una silla que se arrastraba demasiado cerca de la suya. En Pociones, una voz inclinándose sobre su hombro con sugerencias innecesarias mientras lo guiaba con precisión irritante. En Hogsmeade, pasos que se alineaban con los suyos como si hubiera sido decidido de antemano.
Dante parecía estar en todas partes. Y tenía la desvergüenza, casi instintiva, de acortar distancias como si la cercanía fuera una necesidad fisiológica. Sus manos encontraban pretextos con una facilidad irritante. Un roce en el hombro para anunciar su presencia, dedos que se deslizaban por su antebrazo al guiarlo entre mesas abarrotadas, la palma apoyándose en su espalda apenas un segundo más de lo necesario. Siempre con cuidado. Siempre esperando esa mínima señal de aceptación antes de avanzar otro paso.
Y Ominis, para su propia mortificación, jamás la negaba.
El calor que emanaba de Bannerman era constante, vivo, excesivo. A veces se preguntaba, con una seriedad impropia, si el Gryffindor no sería en realidad una hoguera ambulante disfrazada de estudiante.
Aunque lo verdaderamente perturbador para Ominis no era la cercanía, era la costumbre. Casi enloqueció el día que comprendió, demasiado tarde, que Dante ya no era un visitante ocasional en su círculo, para desgracia notable de Sebastian. Bannerman se había integrado con una naturalidad insoportable.
Permanecería y Ominis no estaba seguro de desear que se marchara.
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Aquella tarde, Gryffindor y Slytherin volvieron a coincidir en la biblioteca. Era costumbre de los cuatro reunirse cuando los exámenes se aproximaban y el estrés comenzaba a filtrarse entre las grietas del humor habitual. Esta vez, sin embargo, Sebastian había llevado finalmente a Chérine a recorrer la costa este tras confesar sus sentimientos para nada bien guardados, dejando a Ominis y Dante a solas entre estanterías polvorientas llenas de libros.
Se instalaron en una mesa en el primer piso, al fondo, donde ni alumnos curiosos ni retratos indiscretos pudieran entrometerse. Ominis se inclinaba sobre su libro de Historia de la Magia encantado, dejando que la voz susurrante del volumen le dictara el texto. Sostenía su rostro con una mano y su varita palpitante con la otra, marcando el ritmo de la lectura. A su lado, Dante ocupaba el espacio con esa naturalidad que a Ominis le resultaba exasperante, reclinado contra el respaldo, piernas extendidas, un bestiario abierto sobre el regazo. Pasaba las páginas con calma, concentrado.
Absorto en su propio mundo de bestias fantásticas y totalmente ajeno a la crisis mental que el pobre Ominis transitaba en ese momento.
El silencio no era incómodo. Lo incómodo era lo que Ominis pensaba dentro de si. Estar a solas con Bannerman, sin Sebastian resoplando ni Chérine riendo para disipar la tensión, dejaba demasiado espacio para preguntas “indebidas” para el propio Ominis:
“¿Cómo eran sus padres?”
”¿Por qué andaba por el mundo como si nada pudiera dañarlo?”
”¿Cómo se veía su cabello?”
Y la más escandalosa de todas: “¿Podría memorizar su rostro con las manos?”
Ominis exhaló con brusquedad, escandalizado por su propio atrevimiento, lo cual pareció no llamar la atención de su compañero de estudios. Intentó concentrarse. Repitió el mismo párrafo una, dos, tres veces, pero no retuvo una sola palabra. El murmullo encantado del libro comenzaba a sonar distante y aburrido.
Finalmente, incapaz de tolerar el asedio de su propia mente, habló: — ¿De qué color son tus ojos?
Cuando Dante, desconcertado por la repentina pregunta, levantó la cabeza hacia él y tardó un segundo más de lo habitual en responder, Ominis sintió el calor ascenderle por la nuca hasta instalarse en las orejas. Jugueteó con su varita entre los dedos, arrepintiéndose al instante de haber hablado.
El leve susurro de una página al cerrarse rompió el silencio. Dante dejó el bestiario sobre la mesa con calma deliberada y se acomodó en la silla, girando el cuerpo hacia Ominis por completo. El movimiento fue suave y fluido. —Vaya… — Murmuró, con esa cadencia que rozaba el coqueteo incluso cuando no era apropiado. — Qué pregunta tan repentina.
Ominis se encogió apenas de hombros. Cerró también su libro encantado, agradeciendo que la voz susurrante se desvaneciera. Giró el rostro hacia donde intuía que estaba Dante. — Solo tenía… curiosidad.
El silencio que siguió fue demasiado consciente. Dante emitió un tarareo bajo, incrédulo, como si aquella excusa no lograra convencerlo en lo más mínimo. Se reclinó, apoyando el brazo en el respaldo de la silla y llevando la mano al mentón con aire pensativo. Ominis no podía verlo, pero podía sentirlo. La atención, la quietud, sus ojos recorriendo cada parte de su cuerpo, pesados y agudos. Era como si el Gryffindor lo estuviera estudiando con la misma dedicación con la que él había estado fingiendo leer.
Finalmente, Dante respondió: — Lamento decepcionarte… no son de un color particularmente extraordinario. — Hizo una breve pausa, apenas perceptible. — Son negros.
No lo dijo con vergüenza, nunca dice nada con vergüenza, pero tampoco se oía muy orgulloso.
Ominis asintió en respuesta, guardándose la información en un baúl muy profundo de su mente que no planeaba volver a abrir jamás. Estaba dispuesto a dejar la conversación atrás, pero Dante parecía inconscientemente decidido a prolongar su sufrimiento.
—¿Siquiera tienes idea de cómo se ve el color negro? — Preguntó con total naturalidad.
Por su tono, Ominis supo que no había mala intención, era ese timbre curioso que Dante usaba cuando genuinamente quería entender algo. Aun así, en su estado de nerviosismo, no pudo evitar ponerse a la defensiva.
Bufó suavemente.
— Claro que sé cómo se ve el negro. — Hizo una breve pausa, dudando. — Bueno… lo sé conceptualmente. Es la ausencia de luz. — Hizo un gesto vago con la varita, como restándole importancia, y cruzó una pierna sobre la otra. — Aunque no me molestaría una descripción de tu parte, si te sientes generoso. —Inclinó ligeramente la cabeza, fingiendo una seguridad que no sentía. — A menos que te preocupe que tus dotes poéticas no estén a la altura.
Por un momento creyó que el sarcasmo bastaría para que Dante retrocediera y ambos retomaran sus estudios. Lo que no sabía era que, frente a él, la sonrisa del moreno solo se ensanchó ante el reto, de una forma que muchos habrían catalogado como peligrosa.
— Está bien.
— ¿Eh?
El mundo pareció acelerarse y detenerse al mismo tiempo. Ominis apenas tuvo un segundo para procesarlo antes de sentir las rodillas de Dante chocar con las suyas. Había arrastrado su silla hacia adelante con descaro, acortando la distancia sin pedir permiso.
Desde tan cerca, podía percibir el calor del cuerpo ajeno irradiando hacia el suyo. Se negó rotundamente a admitir que aquella cercanía resultaba… ligeramente reconfortante.
— Hm. — Dante se tomó un momento, como si realmente estuviera pesando cada palabra, decidido a impresionar al rubio frente a él. — Si tuviera que describirlo en conceptos… no es un color precisamente alegre. Dicen que es el color de la muerte, de los malos augurios. Es ese silencio en la oscuridad cuando tienes la sensación de que alguien está detrás de ti, pero no puedes voltearte. Sabes que una tormenta va a azotar la tierra cuando las nubes se vuelven negras. Sabes que algo se está quemando cuando ves elevarse una columna de humo negro…
No se dio cuenta de que había alzado la vista hacia el techo mientras hablaba hasta que volvió a bajarla y se encontró con el rostro de Ominis. Una expresión burlona, casi descaradamente sarcástica, curvaba sus labios, y Dante tuvo que tragar saliva, de pronto la garganta se le había quedado demasiado seca.
— Merlín, eso fue deprimente. — Dictaminó Ominis al fin. La carcajada que soltó Dante fue baja y rasposa. — Deben existir significados más alentadores, estoy seguro. — Continuó el rubio, ladeando apenas la cabeza. — Tengo entendido que el cielo entre las estrellas es negro. La tinta que escribió las historias más inspiradoras también lo es. Y además… — Hizo una pausa antes de darle un suave golpe en el hombro — Las tormentas pasan, Dante.
Dante se quejó de forma exagerada por el golpe, pero no apartó la mano, al contrario, la mantuvo justo donde Ominis lo había tocado, con una sonrisa boba tirándole de las comisuras. Pensó, sin atreverse a decirlo, que en ese momento la tormenta ya había pasado. Y que, si seguía así, estaba a punto de empezar otra muy distinta.
Ominis rompió el silencio: — ¿Quién es el poeta ahora?
Dante se inclinó apenas más hacia él, invadiendo ese último espacio que aún quedaba entre ambos — Tú, por supuesto, príncipe. — Susurró.
El susurro quedó suspendido entre ellos, creando una tensión que los mantuvo en silencio por unos minutos. Dante no se movió temeroso a moverse y arruinar el momento entre ellos. En cambio, fue Ominis quien tomó la iniciativa esta vez. Vacilante, alzó lentamente su mano derecha.
Dante apenas tuvo tiempo de inhalar cuando los dedos del rubio rozaron su mejilla. Fue dubitativo al principio, suave como el roce de las alas de una mariposa, como si estuviera tanteando el aire para confirmar que seguía allí. Luego, fue más firme. Sus yemas recorrieron la curva de sus pómulos, la línea de su mandíbula, la leve aspereza que delataba la barba incipiente de un adolescente entrando en la adultez.
— Si voy a imaginar el negro… — Murmuró Ominis con una calma que no sentía, reprimiendo los temblores de su propia mano. — Supongo que debería saber qué aspecto tiene enmarcando tu rostro.
Dante no se movió, tampoco respiró. Como si el aire hubiese dejado sus pulmones de un momento a otro. — Lo que quieras. — Respondió, sin aliento.
Los dedos subieron con lentitud calculada, explorando el lado izquierdo del rostro de Dante. Sus mejillas, sus pestañas, el arco de las cejas pobladas y su frente. Cuando llegaron al cabello, se detuvieron un instante y luego se hundieron entre los mechones oscuros. El contraste lo hizo fruncir apenas el ceño. — Más suave de lo que esperaba. — Confesó, casi para sí.
Dante tragó saliva otra vez, esta vez sin poder ocultarlo. No pudo evitar apoyarse en el toque, buscando más cariño como si de un cachorro se tratase. — ¿Y ahora quién invade el espacio personal? — Intentó bromear, pero la voz le salió más baja de lo habitual. Ominis resopló con diversión.
Se mantuvieron así unos instantes más. Ominis absorbía cada detalle a través de las manos, construyendo un mapa detallado y minucioso. El cabello grueso pero sorprendentemente suave, lo bastante largo para rozar la mitad del cuello y recogido usualmente en una media coleta. La estructura firme del rostro. La calidez constante bajo su piel. En ningún momento fue detenido. Dante, lejos de apartarse, aceptó el contacto con una quietud reverente, como si moverse fuese un sacrilegio.
— Sabes, tienes razón. Las tormentas pasan. — Repitió Dante en voz baja. — Pero algunas dejan marcas.
Con una gentileza inesperada, tomó la mano izquierda de Ominis, la que descansaba en su regazo. Sus dedos recorrieron lentamente su palma, dibujando líneas invisibles hasta alcanzar la muñeca, que envolvió con firmeza contenida. Ominis inhaló hondo. El contacto piel con piel se sentía como carbón encendido, ardiente, peligroso y extrañamente adictivo. Dante tiró con suavidad, guiando su mano hasta el lado derecho de su rostro. Depositó allí las yemas de sus dedos, sosteniéndolas contra su piel como si estuviera ofreciéndole algo más que simple contacto.
Ominis frunció el ceño. Algo era distinto. Bajo la suavidad cálida encontró una irregularidad. Una línea quebrada, ligeramente elevada, fibrosa al tacto. La recorrió con cuidado, siguiendo su trayecto desde el pómulo alto hasta perderse cerca de la frente. La trazó una vez. Y otra más, asegurándose.
No tardó en comprender.
—Una cicatriz… — Declaró, con un matiz de desconcierto que no logró ocultar.
Dante permaneció en silencio unos segundos más, como si estuviera decidiendo cuánto estaba dispuesto a revelar. — Es una historia tonta en realidad. Tenía diez años y estaba convencido de que era invencible.
Con suavidad, apartó la mano de Ominis de su rostro y la llevó hasta su propio regazo, envolviéndola con la suya. No la soltó. — Mi madre me advirtió que no me acercara al bosque prohibido debido a los cazadores furtivos que merodeaban por la zona. — Hizo una breve pausa. — Por supuesto, decidí que eso me convertía en el héroe de la historia.
Los dedos del rubio se tensaron apenas sobre la mano de Dante.
— Habían capturado mooncalfs. — Continuó Dante. — Los tenían enjaulaos en un campamento improvisado. Yo pensé que podía liberarlos sin que nadie lo notara. Entré al anochecer, corté un par de cuerdas y… casi lo logro. Uno de ellos me atrapó antes de que pudiera huir. — Esta vez no hubo sonrisa en su rostro. — Supongo que vio que solo era un niño jugando a ser valiente. En lugar de algo peor, decidió dejarme una advertencia.
Ominis sintió el eco de la cicatriz bajo sus dedos, como si aún estuviera allí, trazándola, mientras Dante seguia relatando. — Dijo que así recordaría que el mundo no era mío para salvarlo. Desde entonces — Añadió, con un deje de ironía que intentaba aligerar lo que no podía. — intento ser más sensato.
Ominis alzó apenas el mentón. — Intentas.
Dante soltó una exhalación breve, casi una risa. — Intento.
Ominis no retiró la mano. En lugar de eso, entrelazó apenas sus dedos con los de Dante, como si estuviera evaluando el peso de lo que acababa de escuchar. — Entonces fuiste un héroe. — Dijo con su calma característica.
Dante resopló: — Era un idiota.
— No son mutuamente excluyentes. — Aquello les arrancó a risa genuina a ambos. Ominis ladeó levemente el rostro hacia él. — Y para que quede claro… — Añadió con una suavidad que rozaba la provocación. — Si vuelves a infiltrarte en un campamento de cazadores furtivos, preferiría que me avises primero.
Dante arqueó una ceja. — ¿Para que intentes detenerme? — Los dedos del rubio apretaron los suyos mientras negaba con la cabeza.
— Para ir contigo.
Silencio, nuevamente silencio. Pero esta vez no era pesado, ni incómodo. Esta vez había una calidez en el aire que hacía que su corazón golpee un poco más fuerte.
Dante inclinó el cuerpo hacia él otra vez, reduciendo la distancia que habían ganado sin darse cuenta. — Eso suena peligrosamente romántico, príncipe.
Ominis bajó la cabeza, intentando ocultar la sonrisa que estiraba sus labios. — Me han dicho que tengo tendencia por lo dramático.
— ¿Es así?
— Mhm. — Una pequeña pausa. — Y a elegir causas perdidas.
La sonrisa de Dante volvió, amplia y brillante, pero esta vez sin rastro de burla. Era suave, genuina; de esas que dejaban asomar sus caninos y le iluminaban el rostro entero. Un impulso, casi salvaje, quiso apoderarse de él: cerrar la distancia y terminar de una vez con aquel juego interminable del gato y el ratón. El espacio entre ambos era ya casi inexistente. La mano de Ominis que no sostenía la de Dante ascendió con cautela por su pecho hasta posarse en su hombro. Bajo la tela del uniforme podía sentir el calor firme de su cuerpo. La cercanía era tal que el aliento del moreno rozaba sus labios, provocándole un vértigo dulce en el estómago, uno que no recordaba haber sentido jamás.
— Dime que me detenga. — Murmuró Dante esta vez contra la comisura de su boca.
Ominis no respondió.
En cambio, se inclinó apenas hasta que la distancia desapareció por completo. No fue un beso inmediato. Fue un roce primero. Suave, tentativo, una respiración compartida. El titubeo exacto antes del punto sin retorno.
— Ominis…
Y entonces-
— Oh, por Salazar Slytherin, ¡¿En serio?! — La voz de Sebastian cortó el momento como un hechizo mal lanzado.
Ambas sillas rechinaron al unísono. Dante intentó apartarse lo justo para no parecer culpable, aunque demasiado tarde, mientras Ominis enderezaba la espalda con una rigidez sospechosa, adoptando la dignidad impecable de alguien que claramente había sido atrapado haciendo algo indebido. De inmediato tomó su varita. Frente a él, las siluetas inconfundibles de sus mejores amigos, demasiado cerca, lo recibieron como una sentencia. La vergüenza le subió por el cuello hasta estallar en sus mejillas.
— No sabía que la sección de Historia de la Magia ahora incluía demostraciones prácticas. — Continuó Sebastian, claramentente divertido por la situación.
A su lado, Chérine guardó silencio. Pero cuando su mirada se cruzó con la de Dante, un destello cómplice brilló en sus ojos, acompañado de una sonrisa pícara apenas contenida. Danté carraspeó.
— Estábamos estudiando.
— Ah, sí. — Replicó Sebastian. — Anatomía, supongo.
Ominis se giró hacia el sonido de su voz en el momento en el que él metía su mano libre en su bolsillo y esbozaba una sonrisa burlona. — Si no tienes nada útil que aportar, Sebastian, te agradecería que te marcharas.
— Oh, no no. Esto es definitivamente más educativo-
— Ya es suficiente. — Chérine finalmente habló, con una suavidad peligrosa.— Démosles algo de privacidad.
Sebastian abrió la boca para replicar. Se le notaba en la expresión: tenía al menos tres comentarios listos. Pero Chérine se adelantó, dándole la mirada.
Sebastian parpadeó. — Bueno. — Se aclaró la garganta. — Tampoco era para tanto. Solo estaba… fomentando el espíritu académico.
Chérine enarcó apenas una ceja. — Sebastian.
—Ya me voy.
El cambio fue inmediato. Se enderezó como si nada hubiese pasado, carraspeó con dignidad fingida y dio un paso atrás. — Disculpen la interrupción. — Murmuró con una solemnidad que no engañaba a nadie. — Continúen con su… actividad académica. — Mientras se retiraban, Chérine le dedicó a Dante un gesto sutil de ánimo, “¡Sigue así!”, y se despidió de ambos con una gran sonrisa en el rostro.
— Te juro que antes no era así. — Se quejó Sebastian en voz baja mientras mientras se dejaba arrastrar entre los estantes. — Antes yo imponía respeto.
— Claro que sí. — Respondió ella. Y desaparecieron.
El silencio que quedó entre ellos fue distinto a cualquiera de los anteriores. No estaba cargado de vergüenza ni de la tensión incómoda de lo que no se dice. Era un silencio lleno, tibio, como el que queda después de una risa compartida o de una verdad que por fin encuentra su lugar. El aire parecía más denso, pero no pesado, era más íntimo. Los sentimientos no dichos seguían allí, flotando entre ellos como una promesa suspendida, pero ya no había ansiedad en esa espera. Ya no era necesario pronunciar nada, no cuando cada gesto, cada roce, cada pausa, había hablado con una claridad imposible de ignorar. Habían cruzado una línea invisible y ninguno quería volver atrás.
Dante dejó escapar una risa baja, todavía con el eco de la interrupción vibrándole en el pecho. — No puedo creer que casi nos arruina el momento.
Ominis acomodó apenas su postura, pero no se apartó. Su mano seguía descansando sobre el hombro de Dante, firme y natural, como si siempre hubiera pertenecido allí, como si retirarla ahora fuese mucho más íntimo que mantenerla. — No lo arruinó.
—¿No?
— Lo interrumpió. — Ominis inclinó apenas el rostro hacia él otra vez.
La diferencia hizo que Dante sonriera. — Entonces deberíamos retomarlo. — Murmuró sobre los labios ajenos. — Me niego a que Sebastian tenga la última palabra en esto.
Ominis dejó escapar una risa suave, encontrando casi enternecedora aquella rivalidad persistente. Sus dedos descendieron del hombro al cuello de la camisa de Dante. Ajustó distraídamente la tela, alisó el pliegue invisible de la corbata y luego cerró el puño con decisión sobre ella, acercándolo un poco más.
— Muy bien. — Concedió, tras una breve pausa en la que el mundo pareció reducirse al espacio mínimo entre sus respiraciones. — Pero si vuelve, esta vez es tu culpa.
Se inclinó de nuevo, sin la urgencia que alguna vez tuvo. Sin necesidad de precipitar nada. Porque esta vez no había incertidumbre que disipar ni miedo que vencer.
—Vale la pena el riesgo entonces.
Y esta vez, cuando la distancia desapareció de nuevo, nadie los interrumpió.
