Work Text:
Era viernes por la tarde y en la oficina se respiraba mucha tranquilidad.
El lugar olía a café recién hecho y solo se escuchaba el suave roce de las hojas al pasar, acompañado de fondo por el sonido de una impresora trabajando.
Estabas sentada frente al escritorio, mordiendo un lápiz de madera mientras buscabas cualquier distracción en tu mesa de trabajo.
Ya habías terminado todas tus tareas del día. Revisaste de arriba abajo cada cajón, pero solo encontraste más papeles, un par de bolígrafos y una goma de borrar que, seguramente, habías mordisqueado en algún momento de estrés.
Suspiraste derrotada y te recostaste de nuevo sobre el escritorio, esta vez cubriéndote los ojos con las manos. Trabajar en un bufete de abogados no siempre resultaba ser como un episodio de La ley de los audaces.
Estabas sumida en tus pensamientos hasta que una voz familiar te trajo de vuelta a la realidad. Ese traje impecable, el cabello negro recogido, la nariz afilada y esos ojos fijos bajo un tono tranquilo pero serio.
Se trataba de Higuruma Hiromi, la figura principal del bufete.
Pero había un detalle que nadie conocía: era tu esposo.
Tras varios años de relación, habían optado por una boda discreta y privada. A estas alturas, resultaba increíble que ninguno de sus compañeros sospechara siquiera que su vínculo iba mucho más allá de lo laboral.
Higuruma charlaba con unos colegas sobre un caso pendiente. Su voz sonaba profunda y segura, sin un solo titubeo.
Al cruzar frente a tu sitio, te buscó con la mirada y, aunque mantenía su semblante severo, se le escapó un gesto casi imperceptible, una leve sonrisa dirigida solo a ti. Un segundo después, se perdía con el resto del grupo en la sala de juntas.
Para el resto del bufete, Higuruma era una máquina sin fisuras, un profesional que mantenía las formas en todo momento. Sin embargo, tú lo conocías de verdad. Sabías que imaginarlo así fuera de la oficina sería como decir que los cerdos pueden volar: una fantasía total.
Te invadió un recuerdo de repente:
Un domingo cualquiera. No había trabajo pendiente ni documentos legales que revisar; solo estaban ustedes dos. Antes incluso de abrir los ojos, sentiste el rastro de sus besos esparciéndose por tu cara y tu cuello.
Aún te costaba despertar, pero dejarte llevar por la sensación de sus labios contra tu cuerpo era la mejor forma de empezar el día.
Aún adormecida, acariciaste suavemente su cabello mientras él continuaba con su tarea de llenarte de besos y abrazos.
Ese era uno de esos días en los que Higuruma amanecía sediento de afecto físico; no es que fuera algo extraño en él, pero definitivamente no sucedía todos los días. Te sentías de maravilla, pero la necesidad de levantarte a cepillarte los dientes pudo más. Abriste los ojos lentamente e intentaste zafarte con cuidado de su abrazo.
Al sentir que intentabas moverte, Higuruma reaccionó de inmediato recostándose sobre ti y atrapando tu cuerpo con el suyo para impedirte la salida
.
—Necesito ir al baño —dijiste, intentando quitarte su peso de encima sin éxito alguno.
—No te vayas —murmuró él con un leve tono de queja—. Quédate conmigo.
No pudiste evitar soltar una pequeña risita. Le acariciaste la mejilla con ternura y le diste un beso rápido.
—Volveré en un minuto.
—No te tardes —murmuró con un leve tono de queja mientras volvía a su posición, dándote paso libre para ir al baño.
Tras asearte y cepillarte los dientes, regresaste a la habitación. Apenas te habías sentado en el borde del colchón cuando unos brazos firmes te rodearon la cintura, arrastrándote de vuelta a su "nido de amor".
—Tardaste mucho —sentenció Higuruma contra tu cuello.
—Solo fueron un par de minutos —reíste.
—Dos minutos en los que dejaste solo a tu esposo —replicó él con un falso tono de reproche.
—¿Y si tardaba un poco más qué? ¿Ibas a declararte viudo? —bromearas.
—Sí; es más, te demandaría por abandono de hogar.
—Eso no es legal —le recordaste entre risas.
—Si lo haces, pediré que aprueben una ley solo para eso —bromeó él, estrechándote más fuerte.
Un par de risas cómplices escaparon de sus labios mientras permanecían abrazados, disfrutando del calor del otro. Te acercaste a Higuruma y uniste tus labios a los suyos en un beso suave y cargado de ternura; el romance parecía flotar en el aire de aquel dormitorio.
—Sabes que nunca voy a abandonarte —susurraste.
—Te amo, _______ —respondió él, pronunciando tu nombre con una devoción que solo reservaba para ti.
—Yo también te amo, Higuruma.
Ambos sellaron esa promesa con un segundo beso, uno tan largo y profundo que hizo que el tiempo se detuviera.
El beso subió de tono en un instante. Sentiste una presión firme contra tu muslo y supiste que no se trataba de su teléfono ni de su billetera; el pantalón de su pijama ni siquiera tenía bolsillos. Su deseo era evidente y reclamaba atención inmediata, así que, dejándote llevar, sujetaste el elástico de su pantalón y...
¡Bip, bip, bip!
El agudo sonido de una alarma rasgó el aire, disolviendo la calidez del dormitorio. De golpe, el aroma a café y el murmullo de la oficina regresaron, recordándote que seguías frente a tu escritorio.
Era la alarma de salida. Consultaste la hora y, en efecto, el reloj marcaba las seis en punto. Con movimientos ágiles, guardaste tus documentos, tomaste el maletín y abandonaste el edificio sin perder un segundo.
Una vez en el estacionamiento, recorriste los alrededores con la mirada para asegurarte de que ningún compañero entrometido (especialmente ese peliblanco de lentes azules) anduviera cerca husmeando.
Al confirmar que el camino estaba despejado, te deslizaste en el asiento del copiloto de una Chevrolet Traverse negra. Tan pronto como cerraste la puerta, el mundo exterior desapareció: unos brazos te rodearon con firmeza, dándote la bienvenida con un abrazo perezoso y reconfortante.
No pudiste evitarlo y le devolviste el abrazo, fundiéndote en su calor.
—¿Día pesado, cariño? —preguntaste en un susurro.
—Sí... necesito recuperar energías —admitió él, mientras te dejaba un par de besos tiernos en la mejilla.
No pudiste evitar sonrojarte ante sus mimos, pero pronto sentiste que tu propio estómago rugía. El hambre finalmente había hecho acto de presencia.
—Hiromi —dijiste con un tono sugerente—, ¿podemos comprar de ese sushi que tanto nos gusta?
Higuruma soltó una leve risita al notar que habías usado su nombre de pila solo para pedir un pequeño capricho; uno que, por supuesto, estaba más que dispuesto a complacer.
—Sabes que no puedo resistirme a esa cara bonita. Lo que quieras, mi reina —respondió mientras tomaba tu mano y plantaba un beso devoto en ella.
Reíste con ganas y sellaste el trato con un beso rápido en sus labios. Higuruma puso en marcha el motor de la Traverse y así dieron inicio al trayecto de vuelta a casa.
Mientras él conducía, no pudiste evitar pensar en la maravillosa persona que tenías a tu lado. Era increíble cómo el abogado serio y perfecto, aquel que todos admiraban en el bufete, se transformaba por completo al estar contigo, convirtiéndose en alguien que buscaba mimos y afecto con la misma entrega de un niño.
Te sentías entusiasmada por llegar a casa; solo allí podías disfrutar plenamente de esa faceta suya que el resto del mundo ni siquiera imaginaba.
