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Me encontraba mirando por la ventanilla del auto, siguiendo con la vista el ritmo uniforme de las líneas blancas que cortaban el asfalto como hilos infinitos. Íbamos de Nueva York a Nueva Orleans: según mis padres, el cambio serviría para estrechar lazos en un lugar más tranquilo, lejos del alboroto de la ciudad que parecía haber consumido nuestra familia en los últimos meses. Observaba cómo el paisaje se transformaba despacio, de rascacielos grises y calles congestionadas, donde el aire olía a humo de cocina y neumáticos calientes, a campos verdes que se extendían hasta el horizonte, árboles que se deslizaban como sombras fugaces ante el vidrio, y el olor a tierra húmeda y flores silvestres que se colaba por la rendija abierta de la ventana.
Papá mantenía la mirada fija en la carretera, las manos apretadas al volante como si luchara contra algo invisible. Mamá estaba a su lado, mirando hacia fuera con los labios entreabiertos, como si estuviera tratando de respirar aire nuevo para olvidar el pasado. Yo no decía nada, había aprendido que en estos viajes era mejor callar, dejar que el murmullo del motor y el viento fuera el único sonido que rompiera el silencio de la familia. Pasaron horas así, hasta que el sol comenzó a inclinarse hacia el oeste, tiñendo el cielo de naranja y violeta, y aparecieron los primeros techos de la ciudad que sería nuestra nueva casa.
Una vez llegados, nos instalamos con prisa. El vecindario era bonito, sí, casas de dos pisos con jardines cuidadosos, árboles antiguos que proporcionaban sombra densa, calles pavimentadas donde apenas pasaba un coche cada tanto. Pero demasiado silencioso; el tipo de quietud que parece oprimir el aire, donde se escucha hasta el vuelo de un mosquito y cada paso resuena como un tambor. Nuestra casa tenía paredes de madera pintada de blanco, un tejado de tejas rojas y un jardín con un viejo roble que se inclinaba hasta el cerco de madera. El piso de arriba era mío, con una ventana que daba directamente al patio del vecino de al lado. Al abrirla, un golpe de calor húmedo me envolvió, cargado de olor a tierra recién regada y jazmines. Allí estaba él, un niño moreno con rizos oscuros que se le pegaban a la frente sudorosa, apoyado en la reja de hierro forjado de su patio. Tenía una sonrisa que no encajaba en su rostro, demasiado amplia, demasiado brillante, como si fuera pintada con tinta negra y blanco sobre piel cálida. Debía tener mi edad, seguro que era hijo del vecino que mamá había mencionado cuando hablábamos de la mudanza. En ese instante escuché a mi madre llamarme desde la puerta —Vincent, ven a ayudarme con las cajas de tu cuarto— al girarme, aún aturdido por los kilómetros de viaje y el cansancio que me pesaba los párpados, apenas tuve tiempo de volver la vista antes de que el chico desapareciera. Lo busqué con la mirada por todo el jardín, por detrás de los arbustos de hibisco, junto a la casita de herramientas, hasta el porche de su casa, pero no había rastro suyo. Ni siquiera parecía haber caminado; simplemente se había esfumado. Un cosquilleo frío me recorrió la espalda, haciendo erizar mi piel a pesar del calor.
Salí a ver qué necesitaba mamá, me pidió ayuda para ordenar mis pertenencias, los libros apilados en la repisa, la ropa en los cajones, las fotos de mis amigos de Nueva York que quería colgar en la pared. Decía que pronto empezarían las clases en la escuela local y debía estar listo, que así podría hacer nuevos amigos y adaptarme más rápido. Pero yo no pensaba en eso, mi mente seguía volviendo al niño del patio, a esa sonrisa extraña que no dejaba de rondarme. Cuando terminamos, la curiosidad me venció y decidí salir a explorar el patio. Todo estaba sumido en silencio, roto solo por el crujido de las hojas secas bajo mis zapatos mientras recorría el cerco de madera que separaba nuestras propiedades, y por el canto de unos pájaros que se escondían en el roble. Me detuve frente a la sección donde había visto al chico, la reja de hierro de su casa estaba a pocos metros, y podía ver que su jardín era más desordenado que el nuestro, hierba un poco más alta, arbustos que parecían no haber sido podados en meses, y en una esquina, un montón de piedras de diferentes tamaños dispuestas en un patrón que no lograba descifrar.
—¿Qué haces ahí?
La voz salió de la nada, tan cerca que sentí su aliento en mi cuello.
—¡Ahhh! —Me sobresalté tanto que me agarré al pecho, sintiendo el corazón latir a mil por hora, como si quisiera saltar fuera de mi cuerpo. Era él, el mismo niño de antes, apoyado en el cerco de madera como si hubiera estado ahí todo el tiempo, aunque no había escuchado ni un solo paso.— ¡Me diste un susto de muerte!
Él no parpadeó. Sus ojos eran de un color marrón tan oscuro que parecían negros, y en ellos no reflejaban la luz del sol como deberían.
—Tienes unos ojos interesantes —dijo, inclinándose hacia mí con un tono que era a la vez suave y rasposo, como si hubiera estado gritando antes o como si su garganta estuviera seca.
—Bueno... supongo que ahora somos vecinos. Un gusto, soy Vincent —dije, extendiendo la mano sin pensar, aunque una voz interior me advertía que me alejara lo más rápido posible.
El chico miró mi mano como si no entendiera qué era, luego volvió la vista a mí con los labios apretados en una línea delgada.
—Te gusta decir lo obvio, ¿no? —contestó. Su postura era rígida, quieta como la de una estatua de piedra, y ni siquiera parecía respirar. Me ponía nervioso; sentía como si el aire alrededor nuestro se hubiera enfriado varios grados.
Antes de que pudiera dar media vuelta y retirarme corriendo a la casa, me tendió la mano. En su palma reposaba un dulce envuelto en papel de colores brillantes que parecía brillar con luz propia bajo el sol atardecer. El papel tenía dibujos extraños, figuras que parecían animales pero con demasiadas patas, símbolos que no reconocía, letras en un idioma que no entendía.
—Regalo de bienvenida, de parte de su presentador Alastor —sonrió de nuevo, y ahora noté que sus dientes eran un poco más puntiagudos de lo normal, como los de un pequeño depredador, y que en la esquina de sus labios había un tinte casi imperceptible de rojo oscuro.
Miré el dulce con desconfianza. Siempre me habían advertido de no aceptar nada de desconocidos, de personas que no conocía bien. Papá decía que en el mundo había gente extraña, que no siempre tenían buenas intenciones. Pero él me miraba fijamente, con esa expresión extraña que parecía mezclar diversión y algo más oscuro, algo que me hacía pensar en sombras profundas y lugares donde nunca llegaba la luz. Al final, lo cogí con los dedos temblorosos, sintiendo que el papel era más cálido de lo que debería ser.
—¿Y no lo vas a probar? —preguntó, inclinándose aún más cerca, hasta que nuestras caras estaban apenas separadas por el cerco. Su aliento olía a caramelo y a tierra húmeda, a cosas dulces y húmedas que se pudren en el suelo después de la lluvia.— Es de muy mala educación aceptar un regalo y no probarlo, ¿no crees?
Quería decir que no tenía hambre, que prefería guardarlo para después cuando estuviera en mi cuarto, pero su mirada expectante me ató la lengua. Sentía como si una fuerza invisible me obligara a hacer lo que él decía, como si sus ojos tuvieran algún tipo de poder sobre mí. Con cuidado, empecé a desenrollar el papel brillante, notando que las figuras parecían moverse cuando no las miraba directamente. Cuando lo abrí del todo, una cucaracha grande y negra, tan grande como mi pulgar, se movió rápidamente sobre el caramelo amarillento, sus patas delgadas y peludas arañando la superficie dulce. Un estremecimiento violento me recorrió todo el cuerpo; salté hacia atrás, soltando el dulce en el suelo con un pequeño chasquido, mientras la cucaracha corría hacia mis zapatos.
Alastor se partió de risas: unas carcajadas fuertes, guturales, que resonaban en el aire como el crujido de ramas rotas, nada parecidas a las de un niño, más bien como las de un animal grande que se burla de su presa. Se rió tanto que se agarró el estómago.
—¡Estás loco! —grité, sintiéndome enojado y asustado a la vez, mezclados con una rabia que no entendía. Agarré la cucaracha con un trozo de hoja seca y se la tiré al basurero de metal que estaba en la esquina del jardín, sacudiéndome la mano como si algo me hubiera contagiado, como si el toque del insecto me hubiera dejado algo sucio en la piel.— ¿Qué clase de persona hace eso?
Alastor dejó de reírse de repente, como si alguien le hubiera cortado el aire. Se enderezó lentamente, limpiándose las manos con la manga de su camisa como si nada hubiera pasado, aunque no había tocado ni el dulce ni la cucaracha. Su sonrisa se ensanchó aún más, casi hasta las orejas, revelando más de esos dientes puntiagudos, y ahora vi que algunos tenían un brillo metálico extraño.
—¡Ja, ja, ja! Esa no es la forma de hablarle a tu vecino, Vincent —dijo, burlándose, y su voz ahora tenía un eco extraño, como si viniera de más de un lugar a la vez.
—Solo señalo lo obvio —murmuré, dándome la vuelta para volver a casa lo más rápido posible, con la espalda escaldada por la sensación de ser observado, como si miles de ojos estuvieran clavados en mí. Sentí que el jardín se había vuelto más oscuro de repente, que las sombras de los árboles se extendían hacia mí como manos que querían agarrarme.
—¿Y te vas ya? Pero si apenas empezamos a jugar... ¡O tal vez seas un cobarde! —gritó detrás de mí. Su voz sonó como un susurro a pesar de estar a metros de distancia, y sentí cómo su mirada calaba en mi piel como clavos de hielo, haciendome temblar aunque el sol aún estuviera caliente.— ¿Verdad que eres un cobarde, Vincent? ¿Tienes miedo de jugar conmigo?
Eso me detuvo en seco. No era un cobarde. De ninguna manera. Había subido a los árboles más altos del parque de Nueva York, había nadado en el río cuando mamá no lo sabía, había enfrentado a los niños que se burlaban de mí por mi ojos. No iba a dejar que un niño extraño con una sonrisa rara me llamara cobarde.
Me giré despacio, sintiendo cómo la sangre se me helaba en las venas, cómo el aire se había vuelto tan denso que casi no podía respirar. Alastor seguía ahí, apoyado en el cerco con los brazos cruzados, su sonrisa aún clavada en el rostro como una máscara que no se movía ni un milímetro, ni siquiera cuando el viento movió sus rizos. Detrás de él, la puerta de su casa se había abierto lentamente, dejando ver un pasillo oscuro donde no se distinguía nada más que una luz amarilla débil al fondo.
—No soy cobarde —dije con la voz más firme que pude, aunque apenas salía un susurro rasposo, roto por el temblor de mis labios.— Solo no me gustan las bromas tontas.
Alastor inclinó la cabeza de un lado con una mueca de diversión burlona. Sus ojos oscuros parecían absorber la luz del sol, dejando solo un brillo rojizo en el centro.
—¿No? —preguntó, y ahora su voz era suave, casi cariñosa, lo que me hacía sentir aún más incómodo.— Entonces juega conmigo. Tengo un juego muy divertido en el sótano de mi casa. Se llama "Encuentra la salida". Es mucho más emocionante que cualquier broma, te lo prometo. Hay tesoros allí abajo, y solo los valientes pueden encontrarlos.
... No sabía si estaba bromeando o si lo decía en serio. Su cara era una paradoja: aparentaba inocencia, con sus mejillas redondas y sus rizos, pero algo en sus gestos, en la forma en que movía los dedos con lentitud, en la manera en que miraba más allá de mí, era tan raro que no podía entenderlo ni un poco.
