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–Ha llorado durante tres días y tres noches –mencionó Eisen sin dejar de observar a la hechicera del grupo que no dejaba de lamentarse, sollozar, lloriquear y sorber por la nariz tirada en el suelo abrazada a una almohada de aspecto empapado.
–Vaya… –fue todo lo que comentó Heiter con cansancio.
–Que miedo –murmuró Himmel sintiéndose exhausto y desganado–. ¿Así se comportan las damas?
Como si tratara de restarle importancia al reciente comentario del aspirante a héroe, Frieren abrió la boca, dejando escapar un lamento de lo más alto, agudo e inarmónico.
La culpa ya lo había abandonado.
El espectáculo que la elfa estaba montando en la habitación que le pagaban pasó de preocupante a incómodo.
Estaban cansados. Todo porque la señorita parecía incapaz de tomar un “No” por respuesta.
Himmel suspiró, mirando primero a su amigo de infancia, el sacerdote corrupto; y luego al enano que se animó a prestarles su fuerza y resistencia para la empresa titánica que pretendían llevar a cabo.
–Si hacemos lo que ella quiere, podríamos vernos rebozados por sus caprichos –murmuró Heiter sin siquiera mirar a la elfa de aspecto juvenil… demasiado juvenil, que rodaba ahora de un lado al otro sin dejar de llorar.
–Tampoco podemos esperar a que se le pase el berrinche –opinó Eisen–. Un año es un parpadeo para los de su especie. Podría tenernos aquí un año entero mientras llora y grita.
Himmel consideró ambos puntos de vista sin dejar de vigilar a la hechicera de soslayo.
Frieren estaba poniéndose de rodillas, todavía llorando y gimiendo en lo que se dirigía al ropero una vez más. Con toda seguridad la platina pretendía escalar de nuevo aquel enorme mueble para seguir con su berrinche. Himmel temía que se cayera de nuevo y se volviera a golpear algún dedo o pie, lo cual solo la haría sisear, gritar y llorar más al mismo tiempo que el dueño de la posada subía preocupado y furioso a exigir explicaciones… de nuevo.
Himmel suspiró. Estaba cansado de este berrinche, pero tampoco podía dejarla ir a la tienda de magia a gastar el dinero que no tenían. Las monedas que guardaban solo les alcanzarían para conseguir algunas provisiones y pagar, con algo de suerte, dos o tres noches más en la posada. Por desgracia no había muchas actividades redituables que ellos pudieran hacer en aquella aldea para conseguir más monedas a esas alturas.
Y ella en serio deseaba ir a la diminuta tienda de magia.
Era sorprendente que la hechicera se empecinara tanto en visitar una tienda, sabiendo que había pasado al menos los últimos quince años recluida en lo profundo del bosque. Quizás eran más que una vida humana, pero eso le importaba poco a Himmel en ese momento.
–Necesitamos conseguir más dinero –murmuró Himmel entonces, pensativo.
–¿Más? Himmel, no podemos consentirla y…
–Pero él tiene razón. Ya sea que consigamos dinero para llevarla a esa tienda o no –intervino el enano–, necesitaremos dinero en el siguiente pueblo.
La aventura tenía poco de iniciada para el grupo. Tenía dos o tres semanas que Himmel logró convencer a la hermosa señorita con poderes mágicos que residía en el bosque, la misma cuya imagen no dejaba de aparecerse en sus sueños desde que ella lo ayudó a salir del bosque, de acompañarlos. Todo estaba yendo de maravilla hasta tres días atrás, cuando llegaron a un pueblo bastante más grande que ese donde él y Heiter crecieron. Cuando tuvo que decirle a la mujer que convenció de acompañarlos que no podían permitirse la visita a la tienda de magia porque no tenían dinero para comprar nada. Cuando todo ese berrinche demencial dio inicio.
–¿Y qué proponen? –se quejó Heiter llevándose la mano a la cara para reajustarse los lentes y no dejarlos ver con facilidad cuán reticente se sentía.
‘¡Tan pesimista como siempre’ pensó Himmel dejando que se le escapara una pequeña sonrisa divertida y apenas insinuada. Algunas cosas no cambiaban nunca a pesar de las circunstancias.
–No tenemos manera de conseguir un trabajo que nos reditúe lo suficiente –suspiró Himmel pensando, desviando sus ojos hacia Frieren, quien seguía llorando y quejándose en lo alto del ropero–, debería haber otro modo de conseguir algo. No sé. Quizás una cueva de bandidos o un nido de dragones cercano.
–Dudo que haya algo de eso por aquí. Lo habríamos escuchado en nuestro camino –se quejó Heiter.
–¿Y una mazmorra? –preguntó Eisen mirando con atención el bulto maniatado en blanco que no dejaba de temblar y moverse en lo alto del mueble de madera junto a la ventana.
Himmel dejó de mirar a Frieren por un momento para centrar su atención en Eisen.
La verdad es que, hasta el momento, el grupo no se había internado en una de esas.
–¿Crees que haya una cerca?
–Podemos preguntar a los aldeanos –comentó el enano–, aunque debería haber alguna por aquí.
La emoción se apoderó de Himmel en ese momento.
‘¡Una mazmorra real!’
Su emoción no solo le quitó de encima la fatiga emocional por el berrinche de su compañera, también pareció traerlo de nuevo a la vida, al camino que eligió solo por demostrar que podía.
Cuando el peliazul miró al sacerdote, éste hizo algunos gestos de incredulidad, luego tomó aire, resignado, y al final asintió antes de mirar a lo alto del ropero.
–Deberías bajarla de ahí y tratar de decirle. Si vuelve a chocar con algo, podrían corrernos de aquí.
Himmel sonrió, fijando su vista en Frieren y olvidando por completo la solución que acababan de encontrar, apresurándose para atraparla. La elfa acababa de girarse ahí arriba, perdiendo todo punto de apoyo mientras seguía gimiendo y berreando.
–¿Señorita Frieren? –preguntó Himmel apenas atrapar de manera precaria al bulto que acababa de caer del ropero, sorprendido de sentirla más pesada a pesar de que la maga no había consumido alimento o líquido alguno en los últimos tres días.
Frieren siguió llorando.
Himmel miró a sus compañeros.
Eisen y Heiter se miraron el uno al otro, luego a Himmel, después a Frieren… y luego salieron de la habitación sin apenas hacer ruido, dejando la puerta entreabierta tras ellos.
Himmel suspiró incrédulo. Al parecer, la señorita Frieren podía intimidar incluso a sus compañeros de viaje.
–Señorita Frieren, por favor, creo que encontramos el modo de cumplir con su deseo, pero…
Los berridos y gemidos cesaron en ese momento. La joven en sus brazos todavía tenía una cara terrible y anegada en lágrimas, con la boca torcida, los labios temblando y la respiración errática a causa del hipo. Al parecer, aunque seguía llorando debido a la intensidad del berrinche, estaba haciendo lo posible por escucharlo.
Himmel trató de sonreírle, caminando hasta la cama para sentarse a la orilla sin soltarla todavía. Ella podría querer bajar de su regazo cuando terminara de escucharlo y pudiera dar fin al terrible llanto de tres días y tres noches.
–Lamento mucho que la hayamos contrariado, pero me gustaría que la primera vez que entre a una tienda de magia, pueda salir al menos con un artículo comprado de manera lícita, ¿lo entiende?
Todavía luchando contra el llanto, Frieren asintió, sorbiendo por la nariz, temblando incluso.
Himmel le sonrió con algo más de confianza, atreviéndose a sacar uno a uno los cabellos pegados a la cara por lo general hermosa de su acompañante en un intento por ponerla un poco decente y ser gentil con ella.
–Creemos que podríamos hallar monedas, joyas o incluso algún grimorio en una mazmorra. Necesitamos averiguar si hay alguna cerca de aquí que podamos explorar. De tener éxito, conseguiríamos dinero para llevarla a la tienda de magia y dinero para continuar el viaje hasta llegar al siguiente pueblo, pero, necesitaremos de su ayuda.
El rostro de Frieren estaba ahora despejado. Sus ojos hinchados y su boca en una mueca extraña y desalentadora. Todavía hipaba y temblaba como una hoja a punto de ser arrancada por el viento otoñal. Aun así, Himmel aprovechó para sacar un pañuelo del interior de su manga, doblándolo con cuidado para limpiar los caminos húmedos creados por las lágrimas en aquella piel pálida, por lo general fresca, radiante y juvenil.
Frieren se enderezó un poco, sentándose del todo en las piernas de Himmel y acurrucándose en su pecho sin siquiera notar que acababa de acelerarle el pulso al aspirante a héroe que la tenía entre sus brazos. El muchacho todavía no terminaba de acostumbrarse a ese tipo de actitudes, aunque el hecho de que ella no pareciera darse cuenta de lo que provocaba en él hacía más fácil para Himmel actuar como si nada especial estuviera sucediendo.
–Entonces, ¿cree que podría ayudarnos mañana a ubicar alguna mazmorra cercana para conquistarla, señorita Frieren?
Un profundo suspiro y tanto el hipo como las lágrimas parecieron encontrar su final.
Todavía acurrucada y temblando un poquito, Frieren asintió en silencio como si se tratara de una niña pequeña e indefensa, robando una sonrisa enternecida a Himmel, quien solo la apretó un poco más contra sí por un par de segundos.
–Es tarde para ir ahora y, supongo que está exhausta. Le dejaremos un poco de agua y algo de pan para que pueda comer y descansar. Va a necesitar sus fuerzas para explorar la mazmorra.
Ella asintió de nuevo, todavía acurrucada sobre él. Luego la elfa tomó una gran bocanada de aire que soltó casi de inmediato, desenredándose del todo de la almohada y la ropa de cama para ponerse en pie, dándole la espalda a Himmel y mirando hacia la puerta entreabierta.
No dijo nada, solo se quedó ahí, de pie, inmóvil y cabizbaja.
‘Supongo que pasó tanto tiempo sola en el bosque que ni siquiera recuerda cómo disculparse con otros luego de armar semejante escándalo. Heiter va a molestarse mucho.’
Himmel se levantó con calma, alisó un poco su ropa, sin saber muy bien cómo reaccionar al encontrar parte de la misma todavía mojada, pasándolo por alto para caminar hasta Frieren, darle un par de palmadas en la cabeza y luego continuar hasta la puerta.
–Por favor descanse, señorita. Mañana estaremos esperándola abajo para tomar un desayuno rápido y conseguir información.
No dijo más, solo salió de ahí, cerró la puerta y esperó a escuchar los pasos de la peliblanca hacia la cama.
–Sigo pensando que no deberías mimarla de ese modo, Himmel –lo regañó Heiter, recordándole que no estaba solo en el pasillo, obligándole a girar a ver a sus otros dos compañeros y comenzar a caminar hacia la habitación que compartían los tres–. ¿Qué haremos si de pronto quiere algo que no podamos darle?
–No la veo siendo tan frívola –respondió Himmel de inmediato–. Si somos sinceros, es más probable que sea yo quien pida cosas imposibles en algún punto, como, no sé, una estatua de mí, una que muestre mi asombroso porte y mi radiante juventud. Soy bastante apuesto, después de todo.
La broma tuvo el efecto deseado. El ambiente se aligeró de inmediato en tanto Heiter parecía animado y molesto en tanto Himmel se reía de buena gana por aquel comentario demasiado soberbio y vanidoso.
Himmel sabía que muchas personas lo encontraban apuesto. Toda su juventud fue consciente de ello. Quizás si no hubiera encontrado a Frieren en el bosque siendo todavía un niño se habría quedado en el pueblo seduciendo a todas las jóvenes y no tan jóvenes de la aldea, saliendo de ahí en cuanto alguien se diera cuenta, continuando su travesía de pueblo en pueblo. Seguramente se habría convertido en un juglar o en un artista itinerante que pudiera moverse con libertad por los pueblos y ciudades con la única finalidad de aprovechar su juventud para conseguir mujeres… pero no, una elfa le robó el corazón en el bosque y luego una espada falsa le marcó un camino que ansiaba seguir. Un camino que ya estaba emprendiendo.
Por supuesto, su viejo amigo no tardó nada en comenzar a discutir con él antes de irse a dormir, con el enano mirándolos con el interés usual sin que fuera posible leer la mueca escondida detrás de todo ese pelo.
Con el ánimo más ligero y un plan ya trazado, Himmel se acostó a dormir junto a sus compañeros, ansioso porque amaneciera. Ansioso por visitar su primera mazmorra.
***
Resultó que el bosque cercano ocultaba una mazmorra a una distancia corta. Los aldeanos no se acercaban mucho por temor a los monstruos que merodeaban por ahí y la mazmorra no era tan grande como para ser famosa.
Aprovechando que el cuarteto iría a esa zona, algunos de los aldeanos comenzaron a hacerles encargos. El curandero deseaba que le consiguieran algunas plantas medicinales, si es que encontraban en aquella zona desconocida, y el dueño de la tienda de magia les encargó algunas partes de ciertos monstruos que de otra manera no podría conseguir; el herrero no perdió la oportunidad de ofrecerse a comprarles cualquier arma o metal que encontraran en la mazmorra o alrededor de la misma. La paga que les darían en caso de éxito ayudaría con los gastos del viaje… o bien con la excursión de la elfa a la tienda de objetos mágicos.
Eisen debía estar entusiasmado por la excursión. Apenas terminó de desayunar, Himmel lo vio probando el filo de su hacha y verificando su equipo. Heiter, por otro lado, no dejaba de mirar a la maga con malos ojos, un poco resentido según parecía. El dueño de la posada llevaba negándose a servirles cualquier tipo de alcohol desde que terminó el primer día del monumental berrinche.
–Bueno, en marcha –anunció Himmel una vez estuvieron listos y con todas sus pertenencias–. Si todo sale bien, tal vez podamos volver a la posada al anochecer.
Heiter le dedicó una mirada que le gritaba que era un ingenuo. Himmel ni se inmutó. El viaje que tenían por delante era demasiado largo y tardado de todos modos, no tenían garantías de que podrían volver con vida. ¿Por qué agobiarse entonces cuando podían ponerle buena cara a cada situación y seguir adelante con optimismo?
Por el camino se toparon con diversos monstruos menores. Los aldeanos no podían encargarse de la mayoría de estos, pero ellos sí. Nada que no hubieran enfrentado cuando Himmel y Heiter salieron de la aldea. Nada comparado con los enemigos que los llevaron a aliarse con Eisen y, en definitiva, nada que fuera más preocupante que lo que ya habían enfrentado junto a la maga en el camino.
Antes del mediodía, el grupo se encontraba en la entrada de unas ruinas de lo más curiosas que parecían continuar dentro de un túmulo que bien podría pasar por una inocente colina vista desde el extremo opuesto.
–Hemos llegado –anunció el enano, el cual, según parecía, ya había explorado mazmorras en el pasado.
–Bien. Deberíamos observar bien y avanzar con precaución –solicitó Heiter de inmediato, tomando el libro que cargaba como parte de su equipo de sacerdocio y mirando luego al frente–. Por mucho que pueda curarlos de cualquier trampa, sigo teniendo limitantes.
–Preferiría acabar pronto con esto –dijo Frieren–. Si la noche nos alcanza antes, quizás deberíamos permanecer aquí dentro para seguir explorando.
–Deberíamos recorrer toda la mazmorra –comentó él sonriendo, emocionado por encontrarse al fin con uno de esos lugares de los que tanto escuchó hablar en relatos y cuentos de ancianos y viajeros durante su infancia.
Luego de ello, entraron sin un verdadero plan de acción.
En el interior de la mazmorra evitaron algunas trampas y cayeron en otras. Resolvieron un par de acertijos, encontraron algunas plantas medicinales, también puntas de flechas y algunas armas de hierro rudimentarias.
En algún punto decidieron hacer un alto para sentarse a comer un poco.
No tenían idea de la hora. El interior de la mazmorra resultó ser menos atractivo o interesante de lo que sugerían las historias que Heiter y Himmel escuchaban de niños… o quizás sería más exacto decir que nadie nunca hablaba de las paredes de piedra que más parecían túneles excavados por grandes topos, o que el interior eran laberintos cuyas paredes de tierra, piedra o ladrillo se parecían tanto unos a otros, que era desconcertante lo fácil que podía uno perder la orientación.
Por suerte ellos contaban con Eisen. Al parecer los enanos podían orientarse incluso en la oscuridad del interior de una mazmorra cuyas cámaras fueron excavadas en la tierra.
–¿Creen que nos falte mucho por explorar? –preguntó Heiter algo cabizbajo y de mal humor. No era para menos. Llevaban horas ahí abajo.
–Tal vez un piso más –calculó Eisen–. No parece que pudieran excavar más allá de otro piso. Los muros y techos habrían colapsado hace mucho si fuera más profunda.
Himmel estaba por pedirle su opinión a Frieren, sin embargo, se abstuvo. La elfa estaba ocupada examinando las hierbas y hongos recolectados, reacomodándolos para evitar que pudieran lastimarse y bajar su valor.
Himmel sonrió, recordando. Ella estaba recolectando plantas la primera vez que se vieron… y luego la segunda primera vez no mucho tiempo atrás.
–Bueno, ya estamos aquí. Deberíamos asegurarnos de explorar todo este piso y descender en cuanto tengamos oportunidad. Si hay algún tesoro, estará en las cámaras más profundas, ¿o no, Eisen?
–Es posible, después de todo, las pocas cámaras de tesoro de este y los dos pisos superiores ya habían sido saqueados muchos años atrás.
Los cuatro terminaron de descansar, bebieron un poco de agua y, tras verificar algunas marcas colocadas en los muros, siguieron caminando.
Fue en una de esas cámaras antiguas, abandonadas en el piso siguiente para ser transgredidas por el paso del tiempo, el polvo y los insectos, que lo vieron.
Un cofre.
—¿Creen que tenga algo de valor? —preguntó el sacerdote, siempre escéptico y precavido.
–No lo sé —comentó el enano sin prisa, mirando todavía aquel objeto antiguo de madera y acero refundido al fondo de la cámara, semioculto por algunas estalactitas y estalagmitas—. Considerando el nivel de saqueo, o está vacío o los aventureros qué bajaron aquí antes de nosotros consideraron que el tesoro contenido no valía la pena.
–O sea que, ¿podría ser un Grimorio? —preguntó la maga del grupo atrayendo la mirada de Himmel—. ¿Quizás un grimorio de magia extraña e interesante?
Nadie respondió por unos segundos. Himmel solo la observaba como hipnotizado mientras Frieren caminaba con paso solemne, ligeros temblores en sus manos y sus piernas a pesar de tener tan tenso el cuello, la espalda encorvada y las rodilla flexionadas, como si se preparara a abrir con reverencia una reliquia sagrada que se ha buscado por siglos.
—Si —respondió Eisen al fin—, pero también podría ser un monstruo disfrazado. Un mi…
Un sonido chirriante, metálico, seguido de uno de chapoteo y un breve y agudo grito de sorpresa cortaron el aire.
Himmel tardó un poco en comprender lo que acababa de pasar, lo que estaba sucediendo. Y Eisen, el primero en reaccionar, decidió hablar fuerte y alto para hacer reaccionar al par de huérfanos también.
—¡Un Mimic!
El retumbar del hacha de guerra en el curioso monstruo terminó de sacar a Himmel de su estupor. El hombre sacó su espada de inmediato, corriendo hacia el extraño cofre a cuya tapa le salieron dientes y una lengua que envolvía el cuerpo de Frieren, cuyas piernas se agitaban con desesperación en el aire en tanto el ruido de chapoteo se seguía escuchando.
Himmel no sabía de qué estaba hecho el cuerpo del monstruo, lo cierto es que era duro y resistente. Su espada y el hacha de Eisen no parecían hacerle cosquillas siquiera. Además, la luz que cargaba Heiter estaba moviéndose, cambiando las formas de las sombras y de lo que los combatientes podían ver en medio de aquella oscuridad.
–¡¿Heiter?! —preguntó Himmel entre una estocada y otra.
—¡Estoy buscando…!
No preguntó más. Hechizo, ayuda de la diosa o explicación, el sacerdote no podía hacer más que buscar algo en sus libros o curarlos en caso necesario.
Heiter no encontró nada.
Himmel y Eisen no lograron nada.
Frieren seguía viva, pero sus piernas pateaban con menos desesperación, y eso preocupó mucho a Himmel.
—¡Déjenme aquí! —sonó la voz de Frieren amortiguada y acuosa desde el interior del mimic—. ¡Sálvense ustedes!
—¡Nunca! —declaró Himmel con convicción.
Enfundando la espada, el chico decidió tratar de mover a la enorme criatura, pero no pudieron voltearlo ni entre los tres varones del grupo.
Intentaron prender fuego en una de las esquinas, pero el monstruo solo saltó, ocasionando qué Frieren gritara y sus piernas se movieran de nuevo.
Trataron de sacudir a la criatura. De nuevo nada.
Incluso intentaron lanzando piedras, pero la tapa solo se cerró con más fuerza luego de algunas pedradas.
—¿Y si la jalamos? —sugirió Heiter a pesar de notarse ya cansado de luchar contra el mimic-devora-elfas.
—Hay que intentar —acordó Himmel con renovadas fuerzas.
Eiter se sujetó de ambos muslos delgados y elegantes en tanto Heiter la tomaba de la pierna izquierda y Himmel de la derecha.
—¡Tiren! —gritó Himmel esperanzado y pronto el trío comenzó a jalar con todas sus fuerzas… pero Frieren no salió ni un poco del interior del mimic.
—Al menos lo movimos un poco —suspiró Heiter cuando los tres cayeron al suelo exhausto.
—No podemos arrastrar esta cosa fuera de la Mazmorra —respondió Himmel frustrado.
—Podríamos intentar —intervino Eisen—, aunque, sinceramente no sé si alguien podría ayudarnos a sacarla.
—¡Solo váyanse! —se lamentó Frieren desde el interior—. Busquen a alguien más para derrotar al Rey Demonio.
—¡Ya te dije que no! —gritó Himmel, poniéndose de rodilla y luego de pie, furioso al notar que las piernas de Frieren ya no se movían, como si se hubiera dado por vencida, eligiendo morir digerida por aquella criatura pesada y resistente.
Heiter y Eisen ni siquiera lo miraban mientras el muchacho se balanceada hacia las piernas saliendo de la boca del mimic.
—No vamos a abandonar a nadie, Frieren —aseguró el peliazul con lágrimas en los ojos—. Nos queda un largo camino por delante. Todavía debemos ver al rey para anunciar nuestras intenciones.
No tenía idea de que pasaba por las cabezas de sus amigos. Solo sabía que esperó por años para buscarla. Esperó por años para verla de nuevo. Para convencerla de acompañarlo. Esperó sin que la imagen de la hermosa elfa casi etérea conjurando ese bello jardín de flores solo para animarlo y devolverlo a la aldea se desvaneciera en su memoria, encontrándola más bella y pequeña cuando al fin pudo reclutarla. ¿Para perderla en un lugar como ese? ¿En una situación absurda como esa?
‘¡Ni la misma Diosa me va a arrebatar este viaje a su lado!’ pensó Himmel con determinación.
No supo si fue la desesperación, el cansancio o el suelo desigual, todo pasó demasiado rápido de todos modos y esta pequeña parte de su viaje le daría vueltas en la cabeza por días y días hasta que volvieran a decidir aventurarse en una mazmorra.
El balance abandonó el cuerpo de Himmel. La gravedad lo atrajo al frente. El joven metió las manos para protegerse del inminente golpe o sostenerse de algo. El suelo nunca llegó, en cambio, algo suave, de tacto esponjoso y cálido lo salvó de la caída. De pronto sus manos estaban apoyados sobre tela blanca seguidas de todo su cuerpo.
‘¿Esto es, es, es…?’
No tuvo el valor o el tiempo de terminar de racionalizar. De pronto un leve temblor fue el preludio a la fuerza que los lanzarían a él y a Frieren a un metro de distancia del mimic, el cual se alejó saltando con un ruido extraño, más parecido a las cavernosas y chirriantes arcadas de un cofre… Por extraña que sonara esa explicación.
Himmel dejó de mirar el cofre, dirigiendo su atención a la joven elfa recién regurgitada sentada entre sus piernas y brazos.
Frieren miraba del mimic al suelo, luego a él con la misma confusión.
Eisen los miraba con los ojos muy abiertos.
Heiter pareció recuperar algo de fuerzas por se levantó bastante rápido, sonriendo y casi llorando en lo que se acercaba a ambos.
—¡Lo lograste, Himmel! ¡Lo lograste! ¡Sacaste a Frieren de dentro del Mimic!
La felicidad de Heiter era contagiosa. Himmel sonrió, bullendo de ganas de apretar a Frieren, deteniéndose al mirarla a los ojos.
Ella no lo iba a entender.
Por no hablar de lo húmeda qué estaba.
—Te dije que no nos iríamos sin ti, Frieren.
Ella solo lo observaba sin entender. Él le sonrió feliz de haberla sacado.
Horas después terminaron de recorrer la Mazmorra y volvieron al pueblo con los pocos objetos de valor, hongos y plantas qué lograron conseguir para venderlos al día siguiente. A Himmel le tocó sacar a Frieren una segunda vez de un Mimic (quizás el mismo de la primera vez) antes de volver.
Esa noche, luego de una cena magra y el ánimo por el cielo, acostado y tapado con solo la luz de la luna entrando por la ventana, Himmel se miró las manos, apretando el aire, recordando la sensación que le produjeron las asentaderas de la elfa.
El truco era demasiado simple. Empujar a la víctima para provocarle el vómito a la criatura.
Lo que nadie parecía saber era que Himmel estaba demasiado consciente de donde y como debió empujar a Frieren la segunda vez.
Se sentía culpable. Muy culpable. Porque cuando probó su teoría sobre cómo sacarla del mimic tuvo que hacer a un lado todo lo que se le había inculcado sobre caballerosidad, propiedad y pudor frente a una mujer.
Culpable por haber tanteado y palmeado aquel pequeño pero esponjoso trasero para liberarla.
Culpable porque, justo ahora, ante la perspectiva de tocarla cada vez que se metiera dentro de un Mimic, se encontró deseando con demasiada intensidad visitar todas las mazmorras posibles para poner a Frieren en la penosa necesidad de verse capturada de nuevo solo para que él pudiera acariciar esa zona, de otro modo prohibida, y liberarla del monstruo imbatible.
‘¡Oh, diosa! Perdóname porque no sé si pueda aguantar la tentación. Dame la entereza para mantener a la mujer que amo alejada del peligro de los mímics y de mis manos.’
Por desgracia, la diosa nunca intercedió por ninguno de los dos.
A lo largo de diez años de viaje, entre la necesidad de ayudar al indefenso y destruir a los demonios, Himmel se encargó, en cada oportunidad, de guiar al grupo al interior de toda Mazmorra en el camino, a Frieren a todo mimic oculto en las mazmorras, y a sus manos a acariciar, amasar y empujar ese par de nalgas élficas qué de otro modo, nunca habría podido tocar.
FIN
