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La nueva zona que puede visitar Leónidas es una amplia pradera llena de flores silvestres que se encuentra rodeada de un frondoso bosque, algunas colinas y un interminable cielo azul.
Es un marcado contraste con la visión de sus hombres entrenando en el polvoriento suelo y el sonido de metal chocando contra metal al que está acostumbrado.
El único inconveniente es que aquí está prohibido fumar. Lo que resulta realmente molesto para Leónidas.
Pero a pesar de eso, es un lugar agradable.
Donde puede simplemente sentarse a la sombra de un árbol y leer un libro, o tumbarse en la hierba y echarse una larga siesta mientras escucha los susurros de la naturaleza de fondo, sin que nada ni nadie le moleste.
O eso es lo que Leónidas pensó.
Su tiempo de relajación no podía durar para siempre con cierto dios como compañía.
Un cierto dios molesto, que le dijo con una sonrisa más molesta a Leónidas que este lugar podría ser un punto de reunión para que ambos se encontraran en privado.
Leónidas ni siquiera se molestó en discutir con él. Sabía que era inútil y, francamente, estaba demasiado cansado como para que le siguiera importando.
Así que se limitó a hacer un gesto con la mano como diciendo: "Claro, lo que tú digas, maldito dios."
Y así el dios se reunía casi a menudo con Leónidas en el tranquilo prado, sentado con las piernas cruzadas a su lado sobre la suave hierba y bajo la sombra de un árbol. A veces, hablaba de su día, de sus ninfas, de su 'dios-amigo' y de las aburridas y tardadas reuniones a las que tenía que asistir con las demás deidades. Nada de esto le interesaba en lo más mínimo a Leónidas.
Otras veces, no decía nada.
Lo cual era algo que Leónidas veía como una rara bendición y al mismo tiempo como algo extraño, teniendo en cuenta el habitual comportamiento parlanchín del dios.
Él solo se limitaba a contemplar el paisaje con expresión serena, sus ojos dorados reflejando la suave danza de la luz del sol y las sombras.
No es que Leónidas le estuviera prestando mucha atención con sus ojos asomando por el borde de su libro.
Libro que había intentado leer por tercera vez.
También fue sorprendido cada vez por el dios, que le sonrió con complicidad al conectar su mirada.
De todos modos, Leónidas sabía que no podía ignorar al dios por mucho tiempo, aunque deseara poder hacerlo.
Y esto era más molesto que la prohibición de fumar.
-
Leónidas despertó lentamente de su siesta bajo la sombra del árbol al oír una melodía que le parece familiar y al mismo tiempo extraña. El sonido es relajante. Es como si la hubiera escuchado antes, pero de un recuerdo lejano, olvidado hace mucho tiempo.
Leónidas tampoco recuerda haberse dormido; solo estaba leyendo mientras esperaba a que su dios del sol llegara con su molesto y deslumbrante yo. Pero la tranquilidad del prado y el sonido de las páginas al pasar debieron de adormecerlo ligeramente.
Cuando la melodía se detuvo bruscamente, los ojos de Leónidas se abrieron de golpe. Se encontró esperando no ver nada más que las páginas de su libro abierto oscureciendo su visión, pero en su lugar, se encuentra con un par de inolvidables ojos dorados.
Frente a Leónidas, la fuente de la melodía se materializó en un rostro ridículamente perfecto que se inclinaba hacia él. Un mechón de aquel cabello rosa caía suavemente sobre su cara, haciéndole cosquillas en la nariz.
No era otro que el mismo idiota dios del sol llamado Apolo.
Leónidas también se dio cuenta tarde de que su cabeza descansaba sobre el regazo de Apolo. Leónidas habría saltado lejos de inmediato si no estuviera tan acurrucado entre esos muslos.
Se sentían... sorprendentemente cómodos y cálidos.
Leónidas realmente necesita disipar ciertos pensamientos.
"Llegas tarde."
Apolo deja escapar una suave risa ante su brusco saludo. "Tal vez, ¿me extrañas, mi querido Leónidas?," pregunta burlonamente, sus ojos brillando con picardía.
"No lo hago," Leónidas refunfuña, tratando de ignorar la peculiar chispa que le recorre cuando los dedos de Apolo le rozan el cabello.
"¿Cómo puedes decir eso?" Apolo inclina ligeramente la cabeza, sus dedos se detienen. "Pareces muy a gusto en mi presencia." Señala con una amplia sonrisa al ver que Leónidas aún no se ha movido de su regazo.
Leónidas chasquea la lengua, irritado. Por una vez no tiene palabras, porque la verdad era que sí sentía cierta comodidad en presencia de Apolo, algo que nunca admitiría en voz alta.
Maldita sea. Ahora sí que necesita un cigarro. Para morderlo y dejar que el humo ondeara a su alrededor, creando una barrera que le protegiera de las cosas que este idiota sigue agitando en su interior.
"No te hagas ilusiones, dios del sol. No quiero moverme." Leónidas finalmente logra decir; sus ojos se cierran de nuevo, no queriendo ver esa sonrisa de suficiencia en el rostro de Apolo.
"Muy bien, tomaré tu falta de protesta como señal de que, en efecto, disfrutas de mi compañía," Apolo le responde, la diversión clara en su voz mientras reanudaba sus movimientos en el cabello de Leónidas.
La caricia de esos malditos dedos se sienten como un bálsamo, piensa Leónidas para sí. Sus defensas se derriten lentamente como la cera bajo la suave presión de una llama cálida.
De verdad... este dios sabe exactamente cómo sacarle de quicio y, sin embargo, Leónidas no puede reunir la energía necesaria para enfadarse de verdad.
Un suspiro de resignación escapa de sus labios.
"Lo que tú digas, pero déjame dormir."
