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Cuando te dispare

Summary:

Vox cree haber matado a Alastor en un callejón y se marcha convencido de que finalmente ganó. Días después, durante una transmisión, la señal es interrumpida por Alastor

Work Text:

‎La lluvia ácida azotaba las calles del infierno con una paciencia enfermiza, goteando entre los alambres sueltos que colgaban de postes rotos y los carteles destartalados de negocios olvidados. Cada gota dejaba una marca corroída sobre el hormigón, como si el cielo mismo estuviera desgastando el mundo de abajo. Las luces de neón parpadeaban como latidos erráticos, rosados, azules, verdosos, reflejándose en los charcos negruzcos que se acumulaban en las grietas del pavimento, pareciendo heridas abiertas sobre la piel del callejón.



‎Un viento húmedo llevaba consigo el olor a ozono quemado, metal oxidado y algo más oscuro, más acre... sangre.



‎Vox clavó la mirada en el cuerpo tendido en el suelo, sus pies de metal pesado hundiéndose ligeramente en el barro que se había formado en la acera. Su silueta alta y angular cortaba contra el resplandor de un cartel de “CLUB VOX” que titilaba a pocos metros de distancia, como si burlándose del escenario que se desarrollaba a la sombra.



‎Silencio absoluto. Solo el crujido constante de la lluvia sobre el hormigón, el chasquido ocasional de un cable expuesto y el leve tintineo de los colgajos de metal que pendían de su propio cuerpo.



‎El cadáver llevaba el traje rojo característico, los mismos diseños de costuras negras que habían sido su firma durante décadas, manchado ahora de una sangre tan oscura que parecía absorber la luz del neón. El tejido se había enmohecido con la humedad, y algunas partes estaban quemadas por la acidez del agua. Se agachó con un ligero crujido de sus articulaciones metálicas, ajustando los guantes de cuero sintético hasta que emitieron un pequeño chasquido contra sus muñecas.



‎—…Hmph. —Un suspiro de desdén escapó de sus labios, mezclándose con el vapor que salía de su boca en el aire frío—. Honestamente esperaba más resistencia de ti. Después de todos estos años de juegos, de tretas, de él apareciendo en mis transmisiones para arruinarme las cosas… creí que al menos lucharía hasta el final.



‎Pasó un dedo por el borde de la camisa ensangrentada, luego lo retiró con fastidio cuando vio cómo la tela se deshacía bajo su tacto. Al levantar la vista, el rostro era inconfundible, la piel pálida como el marfil viejo, los ojos vacíos y vidriosos, y esa sonrisa curvada de forma siniestra, los dientes afilados como navajas que parecían estar a punto de morder el aire.



‎Alastor.



‎O eso parecía.



‎Había sido demasiado fácil, después de todo. Habían rastreado sus movimientos durante semanas, desmantelando uno por uno sus pequeños escondites en los rincones más olvidados del infierno. Habían interceptado sus señales de radio, desviado sus mensajes, cortado todos los caminos de escape que él solía usar con tanta gracia. Y cuando finalmente lo habían encontrado en ese callejón angosto, solo había necesitado un solo disparo. Directo al pecho, justo donde el corazón debería estar. Con un arma angelical.



‎—Así que… —murmuró Vox, su voz reverberando ligeramente como un señal distorsionado que intenta encontrar su frecuencia— el famoso demonio de la radio muere tirado en un callejón oscuro, con la lluvia ácida borrando sus huellas del mundo. Qué final tan patético para alguien que tanto presumía, que tanto amaba ser el centro de atención.



‎Se puso de pie de un solo movimiento, alto y recto, sin dejar que su postura mostrara ni un ápice de duda. Miró hacia el cielo cubierto de nubes negras, donde el fuego del infierno se filtraba en destellos rojizos entre las nubes, luego volvió la vista hacia el camino que llevaba de regreso a su torre.



‎No miró atrás. No necesitaba hacerlo. El problema estaba resuelto. El único rival que había logrado molestarlo durante siglos, el único que sabía cómo llegar a su punto débil, estaba muerto.



‎Porque había ganado. Eso era todo lo que importaba.

‎ 

‎Días después



‎El estudio de Vox bullía bajo el brillo de docenas de pantallas encendidas que cubrían las paredes desde el suelo hasta el techo. En algunas se veían noticias escalofriantes: disturbios en los distritos bajos, demonios que reivindicaban el poder que había quedado en el aire después de la “muerte” de Alastor, teorías sobre quién sería el próximo en dominar las ondas. Otras mostraban imágenes de caos callejero, edificios en llamas, multitudes que caminaban como hordas perdidas bajo el cielo tormentoso. Interferencias cruzaban las pantallas como serpientes eléctricas, distorsionando las imágenes y haciendo que los sonidos salieran retorcidos.

‎Pero algo no encajaba.

‎Desde hace horas, las señales estaban más inestables de lo normal. Habían revisado todos los cables, todos los transmisores, habían desactivado y vuelto a encender cada sistema posible, pero el problema persistía. Y entonces, justo cuando Vox estaba a punto de ordenar que desmantelen todo el equipo y lo reconstruyan de cero, una de las pantallas del centro, la más grande, la que usaba para sus transmisiones oficiales se llenó de estática roja.

‎Un tono intenso, casi sangriento, que se propagó como un virus por los píxeles, cubriendo cada centímetro de la pantalla hasta que no quedaba nada más que ese rojo parpadeante. Los demás monitores comenzaron a seguir su ejemplo uno por uno, hasta que toda la habitación estaba bañada en esa luz infernal.



‎Vox frunció el ceño, pasando una mano por su cabeza metálica, donde sus propias antenas de transmisión estaban integradas, sintiendo un ligero hormigueo que le irritaba profundamente.



‎—¿Quién demonios se atreve a interferir mi señal? —gruñó, golpeando el panel de control con la palma de la mano, haciendo que los botones brillaran con más intensidad—. ¡Alguien revise los transmisores exteriores! Averigüen qué demonio se cree que es y traiganmelo aquí. Ahora.



‎Sus empleados corrieron hacia las salidas, pero antes de que pudieran cruzar la puerta, la estática creció hasta un volumen ensordecedor, cubriendo toda la pantalla hasta que el resto del estudio quedó sumido en un silencio inquietante. El ruido cesó de golpe, dejando un vacío sonoro que hizo que todos se detuvieran en seco.



‎Y entonces…



‎Una voz.



‎Suave como seda vieja, alegre como un himno macabro que se canta en las noches de Halloween, distorsionada por el eco de antiguos altavoces de tubo que parecían haber sido arrancados del pasado.



‎—Buenas noches, queridos oyentes~



‎La voz llenó toda la habitación, saliendo no solo de las pantallas, sino de cada altavoz, cada cable, incluso del propio metal de las paredes. Vox se quedó inmóvil, las luces de sus ojos digitales, que normalmente brillaban de azul eléctrico, parpadeando por un instante antes de volverse de un blanco helado.



‎No.



‎Imposible. Había visto el cuerpo con sus propios ojos. Había comprobado que no había signos de vida. Había sentido cómo la energía demoníaca dejaba ese cuerpo frío y sin alma.



‎—Espero que estén disfrutando de su velada… porque yo ciertamente lo estoy, después de esta pequeña pausa que me tomé. ¿No les ha parecido un poco aburrido por aquí sin mí?



‎La cámara de la pantalla principal se enfocó lentamente, como si alguien estuviera ajustando un enfoque manual con paciencia deliberada. Reveló un estudio de radio antiguo, completamente diferente al de Vox, mesas de madera oscura desgastada por el tiempo, micrófonos con rejilla metálica que parecían haber sido usados en los años 30, paredes cubiertas de discos de vinilo y posters de programas de radio olvidados. En el centro de la habitación, frente a un micrófono adornado con una pequeña flor roja de papel, estaba…



‎Alastor.



‎Sentado en una silla de madera tallada, con su traje rojo impecable, sin ni una sola mancha. Sonriendo como si nada hubiera pasado, como si no hubiera estado “muerto” unos días atrás. Perfectamente vivo.



‎Sus astas pequeñas pero afiladas se alzaban sobre su cabeza, y sus ojos rojos brillaban con un resplandor cálido y peligroso. Mantuvo la sonrisa mientras movía los dedos sobre la mesa, tocándola con un ritmo suave y constante.



‎Vox apretó los dientes hasta sentir el dolor en las mandíbulas, y sus puños se cerraron con fuerza hasta que los nudillos, o lo que pasaba por ellos en su cuerpo mitad máquina,  brillaron con un resplandor metálico.



‎—…Tú.



‎La única palabra salió entre dientes, cargada de furia contenida que podría haber encendido todo el infierno si fuera posible. Los empleados de Vox se quedaron paralizados en la puerta, mirando con ojos abiertos de terror y sorpresa hacia la pantalla.



‎Alastor inclinó la cabeza con una falsa inocencia que hizo temblar la señal por un instante, como si su propia presencia fuera suficiente para alterar las ondas electromagnéticas.



‎—¿Sorprendido, querido? Parece que me diste por muerto demasiado rápido. Eso no es muy educado, ¿no crees? Después de todos estos años de… ¿cómo decirlo? …colaboración.



‎—Te maté. —Vox dio un paso hacia adelante, y sus pies metálicos golpearon el suelo con un sonido seco y contundente—. Te disparé directamente en el corazón. Vi cómo la sangre salía de la herida. Vi cómo tus ojos se vaciaron. No hay forma de que estés aquí ahora.



‎—Oh, sí~ —Alastor rió suavemente, un sonido que parecía provenir de un viejo vinilo rayado, pero que a la vez tenía una melodía encantadora—. Fue una actuación magnífica, de verdad. Incluso me emocioné un poco mientras preparaba todo. El maquillaje, el disfraz, la forma en que el cuerpo cayó al suelo… ¡increíble!



‎La señal crujió violentamente, como si el aire mismo estuviera rasgándose en dos, y las imágenes se distorsionaron por un momento antes de volver a enfocarse en el rostro de Alastor.



‎—Debo admitir que tu expresión cuando viste el cadáver… fue absolutamente deliciosa. La satisfacción en tus ojos, la forma en que te enderezaste como si hubieras conquistado el mundo entero… ¡qué regalo! Me lo guardé en mi memoria para poder disfrutarlo una y otra vez.



‎Vox golpeó el escritorio con fuerza, haciendo saltar los dispositivos sobre él, teclados, micrófonos, tabletas, y haciendo que algunos cables se desconectaran con un chasquido. La furia ahora ardía en sus ojos como un fuego azul.



‎—¿De quién era ese cuerpo? ¿Qué demonio inocente tuviste que matar para hacer tu pequeña “actuación”?



‎—Un pobre imitador que pensó podía ocupar mi lugar en las ondas. —Alastor sonrió más, y sus dientes brillaron con un resplandor siniestro bajo la luz del estudio de radio—. Se hacía pasar por mí en los distritos más bajos, usando mi nombre para engañar a los débiles y cobrarles por transmisiones que ni siquiera eran decentes. Pensé que sería divertido darle un uso útil. Y además…



‎Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa y juntando las manos bajo su mentón, manteniendo la sonrisa inquebrantable.



‎—Pensé que sería divertido probar algo.



‎Silencio pesado llenó el estudio de Vox. Los empleados seguían paralizados, y hasta el ruido de los sistemas electrónicos parecía haberse callado. Alastor esperó pacientemente, como si estuviera disfrutando de cada segundo de esa quietud.



‎—Ver si realmente querías que el juego terminara. —Sus palabras cayeron como piedras en un estanque quieto—. Después de todos estos años de competencia, de peleas, de nosotros molestándonos el uno al otro en cada oportunidad… me preguntaba si realmente estarías feliz sin mí aquí para hacerte la vida difícil.



‎Vox lo miró fijamente, sus ojos ahora brillando con una luz amarilla intensa que contradecía el rojo de las pantallas. Respiró hondo, controlando su ira con la misma disciplina que usaba para controlar las ondas de su transmisión.



‎—…¿Y? ¿Qué descubriste, Alastor? Que estoy feliz de haberme librado de ti? Que el infierno es un lugar mejor sin tu risa molesta ni tus juegos de radio?



‎La sonrisa de Alastor se volvió más afilada, como una hoz lista para cortar, y sus ojos se estrecharon ligeramente.



‎—Bueno…



‎La pantalla se llenó de estática roja de nuevo, y su voz se convirtió en un susurro que provenía de todos los altavoces del estudio a la vez, haciéndolo sentir como si el demonio de la radio estuviera justo al lado de él, susurrando en su oído:



‎—Cuando te vi irte sin mirar atrás… sin siquiera comprobar dos veces, sin asegurarte de que realmente había terminado…



‎Una pausa que se alargó hasta el infinito, mientras la estática parpadeaba en sincronía con lo que parecía ser un latido lento y pesado.



‎—Debo admitir que me sentí ligeramente ofendido. Pensé que al menos me darías el gusto de una despedida, o de comprobar que tu gran victoria era real. Pero no… simplemente te fuiste, como si yo nunca hubiera sido más que un simple obstáculo en tu camino.



‎Vox soltó una risa fría, metálica, que resonó en la habitación como el crujido de un metal que se dobla bajo presión. Dio un paso hacia la pantalla principal, hasta quedar a pocos centímetros de la imagen de Alastor.



‎—¿Ofendido? Después de todo lo que hemos hecho el uno al otro? Después de que tú mismo me hayas arruinado más transmisiones de las que puedo contar, de que hayas manipulado a mis empleados, de que hayas convertido mis propios sistemas contra mí? ¿Eres lo suficientemente hipócrita como para sentirte ofendido porque no me quede a contemplar tu cadáver?



‎—Mmhm~ —Alastor asintió, moviendo los dedos sobre el micrófono con gracia, como si estuviera tocando las teclas de un piano invisible—. Los detalles como una bala en el corazón no importan tanto cuando se trata de diversión, ¿no crees? Después de todo, en el infierno la muerte es más bien… temporal, diría yo. Lo que realmente importa es el juego en sí. Y tú, querido Vox, parecías demasiado ansioso por terminarlo.



‎La cámara se acercó hasta quedar a centímetros del rostro de Alastor, y sus ojos rojos brillaron como brasas que nunca se apagan. Se podía ver cada detalle de su sonrisa, cada uno de sus dientes afilados, la forma en que sus cejas se movían con cada gesto.



‎—Pero ahora tengo curiosidad, Vox…



‎—¿De qué? —preguntó Vox, su voz ahora más baja, más controlada, pero cargada de una intensidad que hacía temblar los cables del suelo.



‎—Si esta vez fuera real… —Alastor bajó la voz, hasta que sonó como un secreto compartido entre dos enemigos antiguos—. Si realmente pudieras acabar conmigo, si esta vez no hubiera trampa, no hubiera imitadores, no hubiera forma de que vuelva…



‎Silencio. El solo eco de la respiración de Vox se escuchaba en el estudio, mezclado con el suave crujido de la estática.



‎—¿Mirarías cómo muero? ¿Te quedarías a verlo hasta el final, o te irías de nuevo sin mirar atrás?



‎La estática invadió toda la habitación, cubriendo las paredes de puntos rojos y blancos que parecían bailar en el aire. Los altavoces comenzaron a emitir un zumbido bajo que hacía vibrar los huesos de quienes estaban presentes. Pero Vox no retrocedió. Al contrario, sonrió lentamente, con una crueldad calculada que parecía haber estado esperando



‎—Me quedaría, te miraría a los ojos mientras te disparo

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