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Español
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2026-03-06
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Distancia profesional

Notes:

Esto es culpa de Camila, que me insiste y me mete ideas en la cabeza. She is to blame. Así me imagino el inicio de la temporada 3.

Work Text:

Las últimas copas sucias seguían en la encimera.

 

Patricia no las había recogido. No iba a recogerlas. Para eso estaba Nicoleta, que vendría mañana a las nueve, y encontraría los restos de la fiesta. Patricia sabía que recogería con esa discreción suya de no preguntar nada y acabaría de ordenarlo todo en silencio. Como siempre.

 

Se sirvió lo que quedaba en la botella de albariño. Un par de dedos que resultaban insignificantes frente a lo que había ido bebiendo durante la tarde. Pero qué más daba. Era su cumpleaños.

 

Cuarenta y seis.

 

Lo pensó así, en número, sin adornar. Cuarenta y seis años. El doble que cuando entró en el Consell por primera vez, con la arrogancia intacta y la sensación de que el tiempo era una variable que podía controlar. Cuarenta y seis con un hígado que no terminaba de comportarse y un pecho menos y un ensayo que le estaba salvando la vida y ahora estaba cerrado por orden judicial.

 

Feliz cumpleaños, Patricia.

 

Bebió.

 

El albariño estaba demasiado caliente ya, había perdido el frío de la botella, pero le daba igual. No estaba bebiendo por el sabor. Estaba bebiendo porque la alternativa era quedarse quieta con el silencio y el silencio esta noche tenía demasiadas capas.

 

Habían venido cuarenta y tantas personas. Consellers, asesores, un par de senadores que habían hecho el viaje desde Madrid con la excusa de su cumpleaños y el subtexto de tantearla tras la reelección. Lo de siempre. Gente que llenaba los espacios y que, en cuanto se iban, dejaban la casa exactamente igual de vacía que antes.

 

Los abrazos habían durado demasiado. Eso era lo que hacían cuando no sabían qué decir: abrazar más rato del necesario, palmearle la espalda, mirarla con esa mezcla de cariño y cálculo que Patricia conocía de memoria. 

 

Qué bien te veo. Estás estupenda. Qué fuerza tienes.

 

Fuerza. Como si fuera un mérito. Como si aguantar fuera un talento especial y no simplemente lo que se hace cuando no hay otra opción.

 

Dejó el vaso en la encimera y se apoyó en el filo de la isla de cocina. La casa estaba en el más absoluto silencio. Miró hacia la tele apagada, lo cual era un alivio, porque llevaba dos días sin poder mirar una pantalla sin que apareciera su foto de fondo en algún canal de noticias analizando los resultados de anteayer.

 

Anteayer.

 

Hacía cuarenta y ocho horas estaba en la sede del partido con los escaños subiendo en la pantalla grande y algo rompiéndosele por dentro que no tenía nada que ver con los votos.

 

No pensó en eso.

 

O, al menos, lo intentó.

 

Bebió otro sorbo.

 

Cuarenta y seis años y seguía sin saber qué hacer con el silencio. Siempre había tenido ruido: el partido, el teléfono, las reuniones, Emilio con alguna urgencia que nunca era tan urgente. Siempre algo. Siempre alguien que necesitaba algo de ella.

 

Esta noche no.

 

Esta noche la casa era suya, el silencio era suyo, el cumpleaños era suyo. Y no sabía qué hacer con ninguna de esas tres cosas.

 

Pensó en la última copa de champán, a medianoche, cuando alguien había propuesto el brindis y todos se habían girado hacia ella esperando que dijera algo. Y ella había sonreído, la sonrisa exacta, calibrada, la de siempre, y había levantado la copa y había dicho algo sobre la gratitud y seguir adelante y lo que tocaba decir. Y nadie había notado nada. Claro que no. Para eso llevaba veinte años entrenando.

 

Luego miró la puerta de cristal. El reflejo de la terraza en el cristal. El reflejo suyo: descalza, la camisa blanca arrugada, el flequillo ladeado por el viento.

 

Cuarenta y seis años.

 

Decidió salir a la terraza. La corredera pesaba un poco, siempre había que tirar con fuerza, y el ruido del mar le llegó antes de que terminara de abrirla. Sal. Jazmín del jardín de alguno de los vecinos del alrededor. El aire estaba más fresco que dentro, con ese punto húmedo que a veces traía el levante.

 

Salió descalza.

 

La piedra blanca todavía guardaba el calor del día. Eso siempre le había gustado: que las noches de primavera tarden en enfriarse, que el suelo recuerde el sol cuando este ya no está. Se quedó en el centro de la terraza, con la copa en la mano, y miró el mar.

 

Negro. Completamente negro. Sin línea de horizonte, sin luces de barco, sin nada que separara el agua del cielo. Como si el mundo terminara en el filo de la piscina y lo que había detrás fuera simplemente ausencia.

 

Resopló.

 

Y entonces lo vio.

 

Estaba al otro lado de la terraza, en el extremo que daba al muro de piedra de la casa. No había entrado por arriba, sino por la verja exterior del jardín de abajo.

 

Patricia supo que llevaba apoyado en la barandilla de cristal el tiempo suficiente como para que ella no hubiera oído la verja metálica. Estaba de espaldas. Con los antebrazos sobre la barandilla y la vista puesta en el negro del mar. La misma chaqueta marrón que llevaba cuando fue a buscarla al Palau. La misma postura de siempre.

 

Como si no tuviese otra cosa en el mundo que hacer que esperar.

 

Patricia se paró en seco. De repente, tuvo frío.

 

No era el levante. Era él, esa espalda reconocible incluso de noche, incluso de lejos, incluso después de todo. Llevaba meses diciéndose que lo que sentía era gratitud llevada a más, que el cerebro de una mujer enferma y sola hacía cosas raras con la gente que la mantenía viva. Se lo había repetido suficientes veces como para casi creérselo. Y entonces bastó con verlo apoyado en la barandilla para que todo ese trabajo se fuera a la mierda en tres segundos.

 

Patricia se permitió mirarlo unos segundos más de lo que habría admitido haber hecho. La chaqueta marrón, los hombros, la postura de alguien que no necesita ocupar más espacio del que ocupa. Había algo irritante en eso. En que él fuera así incluso cuando creía que no lo miraba nadie.

 

Podría dar media vuelta. Podría entrar en el salón, echar el seguro de la corredera, bajar las persianas y dejarlo ahí plantado. Sería lo justo. Sería lo lógico después de todo. 

 

Pero no lo hizo.

 

Se quedó de pie a cinco metros de él, con el vaso vacío todavía en la mano y los brazos pegados al cuerpo.

 

—No sé ni cómo has entrado —dijo. 

 

Notó que la voz le salió más áspera de lo que pretendía.

 

Él no se giró inmediatamente. Lo hizo despacio, despegando los brazos del cristal, y la miró con esa cara de no tener prisa para absolutamente nada.

 

—Jose —respondió.

 

—Ajá. —Nota el pinchazo de culpa. Le había dicho a Jose que se fuera ya, que descansara. Que no se preocupara por ella—. Le voy a bajar el sueldo.

 

Vio aparecer una sombra de sonrisa, fugaz, en el rostro de Néstor. Notó cómo se apagaba enseguida.

 

Pero Patricia lo había registrado. Claro que sí. Llevaba meses registrando cada variación mínima en esa cara, como si fuera una pantalla de escaños subiendo y bajando en tiempo real.

 

Se acercó a la barandilla, pero no se puso a su lado. Un poco más lejos. Lo justo para no tocarlo ni por accidente. El agua de la piscina desbordaba en hilo fino hacia el vacío. Siempre le había gustado ese sonido. Pero, esta noche, le taladraba la sien.

 

Se quedaron en silencio.

 

Tres segundos. Cuatro. Cinco. Patricia contó mentalmente, un hábito que le venía de ruedas de prensa y debates interminables. En política, el silencio era territorio enemigo: el primero que hablaba, perdía. Pero esto no era política. Esto era un hombre conocido y un mar absolutamente negro y una copa de vino en su mano que empezaba a pesarle más que la conversación que no empezaba.

 

Podría haber hecho algún chiste. Decir algo de cómo el doctor se presenta sin cita. Tirar de ese sarcasmo automático que la salvaba diariamente en los pasillos y en los platós.

 

Pero ni siquiera eso le salió.

 

—La última vez que nos vimos, casi llamo a seguridad para que te sacaran de mi despacho —dijo finalmente, con la voz tan tensa que casi crujió—. Espero no tener que llamarles hoy para que te saquen de mi casa.

 

Él sostuvo su mirada. No se alteró.

 

—No va a hacer falta —respondió.

 

Ahí estaba esa calma aparente que sabía que Néstor usaba como escudo. La misma que se le resquebrajaba siempre que ella lo provocaba de verdad: en el despacho, en los mensajes que terminaban en reproches a las tres de la mañana. Patricia conocía las dos versiones de Néstor. La profesional imperturbable y la que se jugaba la carrera por ella. Y no sabía cuál de las dos la ponía más nerviosa.

 

—¿Qué coño haces aquí?

 

La voz era dura, pero el viento y el eco del mar le restaron algo de fuerza.

 

—Necesitaba verte. 

 

A Patricia no le sonó a declaración, sino más bien a pura necesidad. Como si estuviera ahí porque no hubiera tenido otra opción.

 

Ella levantó un poco la barbilla, instintivamente.

 

—Pues ya me has visto. Sigo respirando. Sigo sin ensayo. Ya puedes irte por donde has venido.

 

Pero él no se movió hacia la salida. Tampoco hacia ella. Se quedó anclado en el cristal de la barandilla.

 

—Pilar se adelantó —dijo, soltando el peso de golpe, la voz gastada—. Fue sola al juez. La orden salió por la tarde. Para cuando yo me enteré, ya estaba todo en marcha.

 

Patricia ladeó un poco la cabeza, sopesando lo que escuchaba. Sabía que era verdad. Lo sabía porque es algo que ya le habían dicho, en realidad. Se lo había confirmado Biel ayer, de madrugada, en la puerta de la habitación de la UCI en la que estaba ingresado su padre. “Ha sido Pilar, Patricia”, le confesó. “Néstor está hecho polvo”.

 

Pero otra cosa era oírselo a él.

 

—Y tu plan era saltarte la orden, robar el vial y enchufármelo en el baño del Palau —resume.

 

Se dio cuenta de que no había reproche en el tono. Solo cansancio.

 

—Mi plan era intentarlo.

 

—Claro. —Notó cómo le subía el calor al cuello, cómo el enfado se le iba calentando—. Otra vez lo mismo. Me jodes la vida y luego intentas salvarme.

 

Él cerró los ojos un segundo. Patricia sabe que se lo había ganado. No protestó, aunque le sorprendió que tampoco lo hiciese por teléfono, hacía dos noches.

 

—Decidimos denunciar juntos —responde, despacio—. En la playa. Sabías perfectamente lo que íbamos a hacer.

 

—Sí. —Eso no lo discute—. Pero lo de quedarme sin la dosis no lo decidimos juntos. Eso lo decidiste tú. Y apareciste en mi despacho, en medio de la noche más importante de mi carrera, para que fuera contigo a que me pincharas algo que tú mismo habías decidido denunciar.

 

Notó el calor subiéndole al rostro al recordarlo. Aún sentía el eco de la mano de él rodeándole la muñeca. Aún sentía el vértigo de esos tonos de espera de las decenas llamadas que le hizo apenas minutos después, cuando se dio cuenta de que su vida era una farsa. De que quería vivir. Recordó con nitidez la urgencia de su voz cortando el ruido de la noche electoral. Y ahora estaba aquí, en su terraza, como si nada hubiera cambiado. Como si fuera normal plantarse ahí después de todo.

 

Lo que más le jodía era que no era la primera vez que aparecía en contextos en los que un médico no debía aparecer. No era la primera vez, ni la décima, que traspasaba la línea de lo profesional. Pero no era ese el mayor problema. El mayor problema era lo que ella misma sentía cada vez que él cruzaba una de esas líneas. Los mensajes a deshora que la sacaban de la cama. Las visitas sin aviso que le aceleraban el pulso. Podía racionalizarlo todo como un profesionalismo extremo. Y lo hacía, casi todos los días lo hacía. Pero cada vez funcionaba menos. Porque siempre había una parte de ella que quería leerlo como que él quería estar ahí. Con ella.

 

—He leído sobre esto, ¿sabes?

 

Néstor no respondió. La miró con esa quietud suya de consulta, como si supiera que, si decía algo demasiado pronto, ella iba a cerrarse en banda.

 

Eso la irritó todavía más.

 

—Es un síndrome que tiene un nombre —continuó Patricia—. Raro, en alemán, creo. No me acuerdo ahora. Pero va de que la paciente se encariña con el médico, mezcla gratitud con otra cosa y se monta una película en su cabeza.

 

Hablaba rápido ahora. No porque quisiera convencerlo a él. Porque necesitaba convencerse a sí misma antes de que él dijera nada.

 

Reconoció la táctica sin mayor esfuerzo. Era la misma que empleaba cuando un periodista le hacía una pregunta incómoda en directo: llenar el aire, no dejar huecos, construir el argumento antes de que el otro tuviera tiempo de derrumbarlo. Veinte años de entrenamiento aplicados a un hombre callado en su terraza a medianoche.

 

Se volvió hacia él.

 

Se inclinó un poco sobre la barandilla de cristal. Abajo, el mar seguía siendo esa masa negra que respiraba despacio.

 

—No soy idiota, Néstor. Sé lo que me pasa.

 

El viento levantó un mechón de pelo y se lo pegó a la mejilla. Ni se molestó en apartarlo. 

 

Lo que acababa de decirle era una mentira a medias. Conocía la teoría del síndrome, el nombre que había buscado a las tres de la mañana después de volver de una cena con él que había acabado en un TAC improvisado y en ella cogiéndole la cara y acercándose demasiado. Había estado a punto de traspasar la línea. Pero se había contenido. Los estudios que había encontrado en google decían que aquello que le pasaba era normal, predecible. Bioquímica pura. Pero eso no explicaba por qué llevaba semanas reorganizando su agenda para que las consultas coincidieran con los días buenos, ni por qué cada vez que él cerraba una puerta y se quedaban solos a ella se le aceleraba el pulso, desbocado. 

 

Eso no estaba en ningún artículo.

 

—Sé perfectamente de qué va esto—continuó ella—. Estrés. Miedo. Alguien que te salva la vida y tu cabeza decide que sientes algo más.

 

Se volvió hacia él.

 

—Lo que no sé es qué cojones te pasa a ti.

 

Néstor frunció apenas el ceño.

 

—¿A mí?

 

La sencillez con que lo dijo le dio más rabia que cualquier evasiva.

 

Patricia soltó una risa seca.

 

—Sí, a ti.

 

La risa le salió más alta de lo previsto, más aguda, más falsa. La reconoció en cuanto la oyó: era la misma risa que usaba para aligerar situaciones comprometidas en cenas de partido. Funcionaba con consellers, funcionaba con periodistas, funcionaba con Emilio. Pero con Néstor sonaba como un cristal rompiéndose. Alzó la copa vacía, señalando el aire entre los dos.

 

—Porque no sé si te doy pena.

 

La palabra salió más áspera de lo que pretendía.

 

—O si luego llegas a tu casa y te descojonas de mí.

 

Él parpadeó una sola vez.

 

Patricia lo vio. Llevaba demasiados años leyendo caras para no verlo. En política, en entrevistas, en cenas con gente que mentía por deporte. Casi todo el mundo se dejaba leer, si sabías dónde mirar.

 

Néstor no.

 

Con él todo estaba siempre un poco desenfocado. El segundo de más al retirarle la mano. La forma de mirarla cuando creía que ella no se daba cuenta. Los mensajes a horas absurdas.

 

Llevaba meses intentando ordenar esas piezas y ninguna terminaba de encajar.

 

—Patricia…

 

—Porque a veces lo parece —lo cortó ella.

 

Su propia voz le sonó demasiado alta en la terraza vacía. Demasiado aguda.

 

Bajó un poco el tono al seguir.

 

—A veces parece que estás mirando con lástima a una paciente que se ha enganchado de ti y no sabes muy bien cómo bajarla de ahí sin romperla del todo.

 

El viento trajo otra vez ese olor a jazmín desde algún jardín de alrededor. También algo del olor del hospital que Néstor llevaba siempre pegado a la ropa. Ese jabón barato, ese fondo de desinfectante que nunca se iba del todo. Ese olor que ella había empezado a asociar con él.

 

—Y otras veces… —dijo más bajo.

 

Él le sostuvo la mirada.

 

—Otras veces haces cosas que no encajan con eso.

 

El silencio se estiró.

 

Patricia notó la garganta seca. Dio un trago a la copa de vino sin apartar los ojos de él.

 

—Así que no sé qué pensar.

 

Él seguía mirándola sin moverse.

 

—No sé si soy una paciente a la que intentas tratar con cuidado… U otra cosa que no te atreves ni a nombrar.

 

Ahora sí.

 

Notó cómo algo cambió en la cara de Néstor.

 

Muy poco. Pero lo suficiente para que Patricia lo viera. La mandíbula tensándose. Los hombros cayendo un milímetro, como si algo acabara de golpearlo por dentro.

 

Ese gesto le provocó una mezcla desagradable de satisfacción y vergüenza.

 

Había querido herirlo.

 

Quizás lo había conseguido.

 

—¿Has terminado? —preguntó él al cabo de unos segundos.

 

La voz sonaba baja. Controlada. Casi demasiado. Patricia levantó una ceja. No dijo nada más, no se atrevió.

 

Observó cómo Néstor dio un paso hacia ella.

 

—Con la parte donde decides por mí —añadió.

 

Le vio dar otro paso.

 

—Lo que pienso.

 

Otro más.

 

—Lo que siento.

 

Patricia notó moverse algo en el estómago. Se parecía demasiado al vértigo.

 

Podría haberlo parado en cualquier momento. Tenía las palabras exactas, la distancia justa, experiencia poniendo freno a situaciones que le olían mal. Y esta le olió fatal. Pero no abrió la boca. Y lo supo desde el primer paso que Néstor dio: no lo iba a parar.

 

—Porque si ya has acabado —dijo él—, igual puedo hablar yo.

 

Patricia apoyó la cadera en la barandilla de cristal. Intentó adoptar la postura relajada que usaba en ruedas de prensa cuando sabía que la pregunta que venía era una trampa. Intentó forzar a su cuerpo a relajarse.

 

No le salió del todo.

 

—Adelante, doctor.

 

El título sonó más ácido de lo que pretendía.

 

Néstor lo notó. Claro que lo notó. Pero le dejó pasar el tono. Sus ojos bajaron un instante a la copa y volvieron a su cara.

 

—No siento pena por ti.

 

Lo dijo sin énfasis. Como si estuviera aclarando un dato médico.

 

Patricia soltó una risa breve.

 

—Menos mal.

 

—Patricia.

 

La forma en que dijo su nombre la hizo callarse.

 

—Si sintiera pena por ti, no habría pasado meses intentando que no se notara.

 

Ella frunció el ceño.

 

—¿Que no se notara qué?

 

Esta vez él no apartó la mirada.

 

—Que me importas.

 

Patricia no esperaba eso. Esperaba una explicación más limpia, más técnica. Más cobarde. Algo que les devolviera al terreno firme de las reglas profesionales.

 

Se quedó un segundo pensando en esas tres palabras que no debería permitirle decir. Tres palabras que podían costarle la carrera a los dos. Y sin embargo ahí estaba ella, sin interrumpirlo, sin activar el protocolo de contención de daños que había perfeccionado en veinte años de política. Escuchándolo. Dejándose tocar por esas palabras cuando debería estar cerrando la conversación.

 

—Decirme eso es una irresponsabilidad de manual —dijo, pero la ironía le salió más débil de lo que quería.

 

Néstor soltó aire por la nariz. Casi una risa, pero sin humor.

 

—Sí.

 

Dio otro paso y ella retrocedió casi sin pensar. Apenas un par de zancadas, nada dramático. Lo suficiente para mostrar que ya no estaba tan segura de dominar la situación.

 

—Curiosa forma de que no se te notara —dijo Patricia, cruzándose de brazos—. Los mensajes a las dos de la mañana. Lo de plantarte en mi casa. Lo del TAC. Lo del vial.

 

Negó una vez con la cabeza.

 

—Joder, es que no entiendo nada, Néstor.

 

Néstor dejó escapar algo que no llegó a ser una risa.

 

—Yo creía que lo estaba haciendo bastante bien.

 

—Pues no —sentenció ella.

 

El viento levantó ligeramente el borde de su blusa. Patricia notó el frío en la piel del abdomen y también el suelo helado bajo los pies descalzos. Recordó que en algún momento de la noche se había quitado los zapatos, porque la estaban matando, y ahora ni se acordaba dónde estaban.

 

—La verdad es que no —añadió.

 

Néstor se pasó una mano por la nuca. Un gesto cansado, casi resignado.

 

—Ya.

 

Se hizo un silencio corto.

 

Patricia se dio cuenta de que lo estaba observando con demasiada atención. Se fijaba en el movimiento de su garganta al tragar saliva. La forma en que apoyaba el peso más en una pierna que en la otra. La ligera tensión en sus manos, que abría y cerraba despacio, como si estuviera conteniendo algo. Llevaba meses estudiándolo así y reconoció el nerviosismo en su cuerpo.

 

Tal vez él tampoco tenía muy claro qué estaba haciendo allí.

 

—¿Y lo de reírte de mí? —preguntó ella.

 

Néstor levantó la vista.

 

—Nunca me he reído de ti.

 

Lo dijo tan llano que Patricia quiso creerle, y algo parecido a una sonrisa intentó abrirse paso en su pecho. La reprimió antes de que saliera.

 

Ya… Pero sigues sin contestarme.

 

Néstor inclinó ligeramente la cabeza.

 

—¿A qué?

 

—A por qué haces todo esto.

 

Hizo un gesto amplio con la mano, señalándolo a él, la terraza, la noche absurda en la que su oncólogo había aparecido caminando por su terraza como si fuera lo más normal del mundo.

 

—Porque lo del síndrome ese de Estocolmo, me lo sé. Lo de la paciente vulnerable que se engancha al médico que la cuida. Esa movida psicológica, me jode, pero la entiendo.

 

Bajó un poco la voz.

 

—Lo que no entiendo es qué cojones haces tú hoy aquí.

 

Néstor la miró unos segundos sin responder.

 

Patricia notó ese silencio como una presión en el pecho.

 

—He venido porque no podía quedarme en otro sitio esta noche.

 

Patricia lo miró sin pestañear. Eso no lo había calculado. Había ensayado mentalmente esta conversación durante días. Mientras Emilio le mandaba mensajes, mientras esperaba en los pasillos del hospital, mientras fingía escuchar a los senadores de Madrid. En ninguna de las versiones que había desarrollado su cabeza él decía algo así. Siempre lo imaginaba más protegido.

 

—Eres mi médico —añadió ella al final, con un encogimiento de hombros que no consiguió parecer indiferente—. Tienes ética. Sigues las reglas. Lo normal sería que hicieras como que esto no existe. Que me trataras como a cualquier paciente más y punto.

 

La pausa fue mínima.

 

—Sería lo apropiado —completó, aparentemente incapaz de mantenerse callada.

 

La palabra se quedó flotando entre los dos.

 

Néstor inclinó ligeramente la cabeza.

 

—¿Lo apropiado?

 

No sonaba a pregunta.

 

—Sí.

 

El silencio que siguió fue tan breve que casi no existió.

 

—¿Apropiado como robar un vial de un ensayo clausurado?

 

Patricia se quedó inmóvil.

 

La frase le llegó con un pequeño retraso, como si hubiera tardado un segundo en abrirse paso en su cabeza.

 

Abrió la boca.

 

En esta ocasión, no salió nada.

 

Néstor dio un paso hacia ella.

 

El sonido de sus zapatos contra la piedra del suelo de la terraza fue seco, limpio.

 

—Como entrar en una sede política en plena noche electoral —continuó— para arrastrarte al hospital.

 

Otro paso.

 

La distancia entre los dos empezó a reducirse con una lentitud que Patricia sintió físicamente, como si el aire se estuviera volviendo más denso.

 

—Como cruzar la puerta de tu casa a las dos de la mañana después de llevar todo el día diciéndome que no tenía que venir.

 

Ahora estaba a poco más de un metro.

 

El viento movía el pelo de Patricia contra su cuello. Aun así podía sentir el calor del cuerpo de él, un calor muy humano, muy real, que no tenía nada que ver con las conversaciones medidas que habían tenido durante meses en consulta.

 

—Nada de eso ha sido apropiado —dijo Néstor.

 

Su voz seguía siendo baja. Casi tranquila.

 

—Y lo he hecho todo en cuarenta y ocho horas.

 

Patricia tragó saliva.

 

El vino le dejó un sabor ácido en la lengua.

 

—Néstor…

 

No sabía exactamente qué iba a decir. Una protesta. Una advertencia. Algo que devolviera la conversación a un terreno más controlable.

 

Pero él la cortó.

 

—Seis años.

 

Las dos palabras cayeron con un peso seco.

 

Patricia frunció el ceño.

 

—¿Qué?

 

El viento volvió a cruzar la terraza, causando un pequeño escalofrío en los brazos de Patricia. O quizás no fue el viento.

 

—Seis años —repitió él— sin mirar a nadie dos veces.

 

Sus ojos seguían fijos en ella.

—Sin querer mirar a nadie dos veces.

 

Patricia sintió algo incómodo moverse dentro del pecho. No era exactamente compasión. Era comprensión. 

 

Seis años. 

 

Ella llevaba dos sin estar con nadie, y ya le parecían una eternidad de silencios en casas demasiado grandes, en camas demasiado frías. 

 

Seis años era otra cosa. Era una decisión, no una circunstancia. Y de repente todos los gestos que ella había interpretado como distancia profesional adquirían una geometría completamente distinta.

 

Las pausas demasiado largas en consulta.

Las veces que él desviaba la mirada primero.

Los mensajes absurdos a las tantas de la noche.

 

Y ella pensando que era distancia profesional.

 

—Estaba convencido —continuó Néstor— de que esa parte de mi vida estaba cerrada.

 

Dio el último paso. Ahora estaban lo bastante cerca como para que Patricia pudiera ver el cansancio real en su cara. Las pequeñas líneas alrededor de los ojos. La tensión en la mandíbula.

 

—Y entonces entras tú en mi consulta —dijo.

 

Hizo una pausa mínima. Patricia se descubrió conteniendo el aliento.

 

—Y lo jodes todo.

 

El cuerpo le reaccionó antes que la cabeza. Y eso la enfadó. Finalmente soltó una risa corta, incrédula. Cuarenta y seis años aprendiendo a leer intenciones en caras que nunca decían la verdad. Y ahora no sabía qué hacer con una confesión que le parecía sincera, aunque eso fuera lo que más miedo le daba.

 

De repente la terraza se sintió pequeña.

 

—¿Perdón?

Pero la risa se le murió casi al momento. Porque él no estaba sonriendo.

 

El mar respiraba negro detrás de la piscina. Patricia notó que Néstor la miraba distinto. Los ojos bajaron un segundo a su boca y volvieron arriba.

 

—Lo he buscado yo también —dijo, en voz baja.

 

Patricia sintió la frase como un golpe que no esperaba. No supo bien de qué estaba hablando.

 

—¿El qué?

 

—Ese síndrome del que hablas. He leído artículos —continuó Néstor—. Artículos sobre médicos que se lían con pacientes. Denuncias, sanciones, casos que te dejan sin carrera.

 

Lo dijo despacio, dejando que cada palabra cayese entre ellos. La terraza ya no era un espacio abierto, Patricia la sentía ahora como un cuarto pequeño donde cada frase pesaba.

 

—¿Y?

 

Néstor la miró un segundo más de lo habitual.

 

—Que no encaja.

 

—¿No?

 

—No.

 

La palabra cayó entre los dos con una calma que no tenía nada de tranquilizadora.

 

—Porque en ese síndrome —añadió él— el médico no es el que pierde la cabeza.

 

Él sonrió, sin ironía. Una media sonrisa que a ella le pareció de lo más atractiva.

 

—Pero, ¿sabes qué? —dijo, sencillo, como si lo siguiente fuera una obviedad—. Que hay algo en lo que coinciden todos. En que es una mala idea.

 

Patricia se fijó en que la voz sonó rota, auténtica. No había excusas en esa frase. No había estrategia. Llevaba toda la noche esperando la trampa. El giro, la coartada limpia, la frase que les permitiera a los dos salir de ahí con la dignidad intacta. Pero no había trampa. Solo ese hombre, vestido con su chaqueta marrón de siempre, diciéndole la verdad sin red. Patricia no recordaba la última vez que alguien le había dicho la verdad sin red.

 

Sintió la sangre subirle al cuello. El deseo la encontró con la misma claridad que la rabia. Podría apartarse. Podría decirle que se fuera, que la dejara sola con su cáncer y su cumpleaños, que probablemente era el último, tras haber perdido el tratamiento. Podría mantener la coraza.

 

Patricia soltó una risa breve.

 

—Vaya descubrimiento.

 

Néstor negó con la cabeza.

 

—Todos dicen que el médico pierde la carrera.

 

Patricia vio venir lo que seguía, pero no se movió. Veinte años aprendiendo a mantener distancias imposibles. Con sus parejas, con el partido, con su propio cuerpo después del diagnóstico. Y, ahora, se quedaba callada viendo cómo él las borraba en tres frases.

 

—Que la paciente sale herida. Que nadie acaba bien.

 

Patricia sintió el pulso en la garganta.

 

—Entonces ya sabes lo que toca.

 

Néstor la miró a la boca.

 

—Sí.

 

Hizo una pausa, en la que aprovechó para mirarla a los ojos.

 

—Y aun así estoy aquí.

 

Entonces él bajó la mano, y Patricia se dio cuenta de que estaba temblando cuando la apoyó sobre su mejilla. No supo si temblaba él o lo hacía ella. 

 

Poco importaba ya.

 

Casi sin pensar los labios de ella se abrieron, esperando. El mundo entero fuera de ese metro cuadrado se desvanecía.

 

Néstor se inclinó un poco. Apenas lo suficiente para que sus labios quedaran a centímetros de la boca de ella. La espera se alargó un instante que a Patricia le pareció eterno.

 

—Dime que pare —susurró, y su aliento le rozó la boca—. Y paro.

Patricia tragó saliva. Notó cómo le temblaban los dedos que sujetaban la copa. Levantó la mano que tenía libre, con la intención de empujarlo, de marcar distancia. Pero los dedos se le rindieron antes de que la orden de su cerebro llegara al músculo. No lo empujó, al contrario. Los dedos se curvaron y le agarraron la camiseta, acercándolo hacia ella. 

Él lo notó. No sonrió. Solo exhaló, el pecho subiendo y bajando como si aguantar un segundo más le quemara.

—Eres un hijo de puta —susurró ella, rindiéndose.

 

Lo pensó en serio. Y también pensó que llevaba meses esperando esto.

 

Entonces él cerró el espacio. Sus labios rozaron los de ella, primero un toque leve, exploratorio, midiendo, tanteando, asegurándose de que ella estaba ahí, de que no lo iba a empujar lejos.

 

Por una vez, Patricia no quiso calcular el precio de lo que estaba haciendo. Se dejó envolver por el mar, la terraza, las copas. Todo lo demás se desdibujó en el roce, en el calor que los envolvió. Ella se quedó quieta un instante, resistiéndose mínimamente, y luego. finalmente, cedió, porque todo su cuerpo pareció traicionarla y la empujó hacia él.

 

El beso se profundizó. Patricia sintió la lengua de él invadiendo su boca y se le aflojaron las rodillas. Ese beso contenía la intensidad de meses de palabras no dichas, de gestos contenidos, de cuidados mezclados con traiciones, con riesgo, con prohibición. Todo salió de golpe en el momento en que sus bocas se tocaron. Las manos buscaban, encontraban y agarraban. De repente, ella se descubrió contra la barandilla de cristal, con el mar de fondo y las manos de él trepando por sus caderas. Se agarró al metal del pasamanos, intentando no perder el control del todo, intentando equilibrar el deseo y la necesidad de no romperlo todo.

 

Porque, de alguna manera, su vida todavía dependía de él.

 

Patricia sintió el pulso acelerado, la presión en el estómago, la garganta seca, y el sabor de Néstor: algo cálido, real, absolutamente imposible de ignorar. Cada roce era un recordatorio de lo que se habían negado a admitir durante meses, y ahora, en un solo beso, todo se colaba, sin filtros, sin reglas, sin posibilidad de escapatoria.

 

Ella metió la mano entre los rizos de él, agarrándose, intentando respirar. Él se separó un milímetro, Patricia supuso que para dejarla respirar, y sus ojos encontraron los de ella. Solo tuvo tiempo de registrar el cuerpo de él caliente contra el suyo, el suelo frío lleno de cristales bajo sus pies descalzos, la copa rota que no había oído caer.

 

Joder. Había tenido razón todo este tiempo. Los mensajes a las tres de la mañana. Las pausas raras en consulta cuando sus manos se rozaban. La forma en que él se quedaba mirando su boca un segundo de más. Llevaba meses sabiéndolo y diciéndose que era el cáncer, que era la quimio, que era cualquier cosa menos esto. Y ahora su pecho duro presionándola contra la barandilla, su cadera clavándose en la suya, confirmaba cada maldita sospecha.

 

Néstor le acarició la mandíbula con los dedos, la otra mano firme en su espalda. El mar sonaba debajo, y Patricia pensó, mientras volvía a buscar su boca, que ya había pasado demasiado tiempo negándose lo único en lo que no se había mentido a sí misma en meses.

 

Que quería vivir.

 

Cuarenta y seis años, un pecho amputado y un ensayo cerrado por orden judicial. Eso era lo que había en el otro lado. Pero aquí, con su aliento mezclándose con el de él, sintiendo su pulso acelerado bajo sus dedos y su propio cuerpo respondiendo a algo por primera vez en meses, sin miedo a morirse, Patricia tuvo claro que nada de esto tenía que ver con sobrevivir.

 

Tenía que ver con empezar a vivir de nuevo.

 

Se apretó contra él y no pensó en nada más.