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Dicen que somos un poco de todas las mujeres que pasaron por nuestras vidas. Yo solo soy una voz que intenta contenerlas a todas.
Hubo una época en que me tocó ser Zeynep Eğilmez. Quizás me recuerdes como aquella que tuvo que aprender a perdonar luego de 16 largos años, la que tuvo que darle una segunda oportunidad a un hombre en quien había confiado y, sin embargo, me había lastimado. Sé, sé que se trató de un error, que el culpable, tal vez, fue mi cuñado. Pero nadie podrá quitarme los años de aislamiento, soledad, sufrimiento. No por ser madre soltera de una hija que me exigía día y noche ser más de lo que podía permitirme. Sino por ver mi carrera truncada a costas de un hombre que no pensó más que en sí mismo. Si alguien de esa familia, además de mi querida suegra, hubiera pensado realmente en mí, tal vez no habría atravesado más de una década de pobreza con mi hija.
Sin embargo, también me tocó reconocerme como Zehra. Tan pobre, tan pequeña en un mundo que ya sabía dónde colocarme antes de que pudiera descubrirlo por mí misma. Fui entregada a los brazos de un hombre viejo al que, por supuesto, no amaba. ¿Qué podía ser el amor romántico a mi temprana edad? Tan solo una ilusión. Un sueño que me sacaba, de vez en cuando, de una realidad en la que mis esfuerzos como empleada doméstica solo alcanzaban para sobrevivir el día a día junto a mis hijos y un marido que aprendí a querer a la fuerza. Tal vez por eso mi hija deseó ser alguien que no era. Tal vez ella solamente quería olvidar que la vida, para nosotras, seguiría siendo injusta.
Pero, ¿sabes?, también he sido Deniz. Muchos dicen que mi ambición era tan grande que no podía siquiera ver mi propia nariz. Estoy segura de que si hubiera nacido hombre dirían que soy una persona con muchas metas. Pero nací mujer, y como mis metas fueron dos especialidades y conformar una familia, fui una avariciosa. Como si no se pudiera ser madre y a la vez independiente. Como si tuviera que elegir estar por el resto de mi vida en mi casa. ¿Por qué? ¿Acaso por tener estudios y un buen puesto de trabajo no merecemos maternar ni ser amadas? Quisieron hacerme pensar, por mucho tiempo, que no. Que debía ser distinta, flexible, perdonar a quien rompió conmigo el pacto de fidelidad. No pude ser de esas. No lo lograron conmigo.
Fui el grito desgarrado de Alexandra la Rosa, una niña rusa que pensaba en el futuro como un lugar luminoso por el solo hecho de estar rodeada de mis seres amados. Fui grito porque me tomaron por la fuerza. Fui llama que ardía de furia porque me esclavizaron. Fui la rebelde del harén que tuve que concebir como hogar. Fui nombrada Hürrem. Dícese que por 'alegre' aunque el nombre pesaba sobre mí como un chiste de mal gusto que me recordaba continuamente que debía ser lo que los demás deseaban que fuera. El sultán dijo que era una mujer libre. Pero toda la vida supe que era su esclava. Esclava a palacio abierto. Haseki Sultan, cuyos propios logros debía verlos de lejos y cubierta de pies a cabeza. Extrañé toda la vida mi familia antes de los tártaros. A veces, me extraño a mí misma. Pienso que es por eso que mis obras se centraron en las mujeres y en los pobres. Porque sabía lo que era vivir con carencias.
Cennet Çakar era conocedora de carencias semejantes a pesar de que viví en su garganta en un año distinto. El tiempo siempre es el mismo, son ellas quienes lo atraviesan de otra forma. Como Cennet, me faltó una niñez sin necesidades. La abuela de un amigo hacía lo que podía para cuidarnos. De ella aprendí el poder que otorgaba saber un oficio. No vivió para salvarme de ser entregada ni para advertirme a tiempo que me arrebatarían un hijo. No pudo decirme que mi vida valía poco y que por eso me entregaron a un hombre ya casado. Siendo Cennet también fui esclava. Pensé que mi vida se resumiría para siempre en Mardin, en mis manos cansadas de tejer, cocinar y limpiar y en mi cuerpo trepidante de no detenerme jamás.
Y tanto... tanto no me equivoqué.
Ser Gönül, para mí, fue difícil. Ella prefería no utilizarme. En ella fui silencio, porque si hablaba, su esposo era capaz de destechar la casa con sus gritos. En ella no supe lo que era gritar, siquiera, para expresar mi dolor. Como silencio fui aliada, pero también enemiga. Al silencio no le toca otra opción que ser enemigo de la gente que necesita ayuda. Yo, siendo Gönül, la necesitaba. No supe pedirla. O no supieron escucharme y protegerme. Sé que no fue mi culpa, pero todo llegó a un extremo irreversible. Conocí el encierro mientras mi piel se curaba. Conocí el dolor de no ver crecer a mi hija. Conocí allí, dentro de la cárcel, mujeres que me ayudaron a ver mi propia fortaleza ante una sociedad que me pensaba asesina. Conocí la enfermedad a causa de tantos años de estrés. Pero luego...
Luego fui Hünkar. Hermosa, rebelde, aunque, nuevamente, entregada a un hombre por una gran dote. Fui amenazada por mi propio padre de que mis huesos serían rotos si no accedía a casarme. Fui madre joven por mucho que pocos quieran reconocerlo. Fui, también, viuda joven y sentí culpa del alivio que tuve al saberme al fin sin él. A mí también me fueron infiel. A mí me tocó amar mucho y en silencio a un hombre que no se animó, o que no pudo ser capaz de pedirme la mano a tiempo. Cuando nombré mi amor fui juzgada. Como viuda y como madre, al parecer, no guardar luto eterno es de descarada. Si hubiera sido hombre, tal vez, se diría que mi amor por otra persona era tan solo una forma de superar a quien había perdido. Pero me tocó ser mujer, y para mí amar fue privilegio, no derecho. Me quitaron la vida sin que muchos recordaran mi apellido de soltera. Saraçoğlu. Hünkar Saraçoğlu. He sido fría, calculadora, e hiriente porque así me habían tratado a mí toda la vida. Sin embargo, quienes no me conocen, solo dirán que fui una desalmada.
Un día, cuando pensé que los finales felices ya no sonarían con el timbre de mi voz, comencé a ser pronunciada con los labios de Güzide Özgüder. Pronuncié, también, el dolor de ser traicionada. Lo hice con gritos, con susurros, con sollozos ahogados. Pronuncié perdones por deber y no por sentirlos. Porque todavía no sé, no entiendo, o no quiero comprender porqué somos nosotras las obligadas a perdonar sus errores y no ellos los obligados a devolver el cuidado que otorgamos. Me habría gustado ser como Deniz en ese aspecto. Pero no, fui Güzide y perdoné. Una, y otra, y otra vez. Hasta que me dijeron que me quitaron a mi propio hijo. Que murió ajeno a mis brazos, a mis besos, a mi amor. En ese momento, dejé de perdonar. No todo debe perdonarse. Dicen que el perdón sana. Pero hay quienes no merecen nuestro perdón. Merecemos sentirnos heridas. Adolecernos enteras. Enojarnos y que nuestra rabia sea visible. No le debemos bondad a quienes no temieron herirnos.
Siendo İsmet, no sabía cómo enojarme sin sentir que estaba exponiendo mi deshonra. ¿Mi marido me engañaba y maltrataba pero la deshonrada era yo por no ser lo suficientemente mujer? ¿Qué es ser suficientemente mujer para retener a un hombre? No lo sé. Porque hice de todo. Fui ama de casa, administré los asuntos del hogar, cumplía en la intimidad y en la crianza y educación de nuestros hijos. ¿Por qué nunca fui suficiente para él? Tal vez se debía a la época. Tal vez a mi dependencia absoluta a un hombre del que era prácticamente objeto apropiable.
Estoy cansada de perdonar. De ser la buena. De estar siempre de este lado de la historia.
Sin embargo, si me lo preguntan, jamás elegiría ser la voz de uno de ellos. Odiaría saber que tendría legitimidad absoluta para cometer los actos que me lastimaron y me marcaron de por vida.
A veces recuerdo el volumen de mi voz en el sufrimiento de todas ellas cuando unas manos indeseables las tocaban. Recuerdo sus llantos. Su cansancio de sus propios pensamientos reviviendo un trauma que pujaba por alejarlas definitivamente de la felicidad. Recuerdo todo. Y es imborrable. Ellas dormían tensas soñando recuerdos y despertaban sobresaltadas aún hallándose en una realidad menos sufrida.
Por eso me gusta haber tenido sus voces. Haber sabido quiénes fui. Haberme vocalizado con fuerza en su iridiscencia.
Todas nosotras somos fuertes, merecedoras de salir adelante. Merecedoras de avanzar. Merecedoras de un espacio en esta tierra toda que nos valore por nuestra lucha, por nuestro intelecto, por ser quienes somos, simplemente.
Temo que no me alcancen vidas para saberme libre y sin miedo. Pero me alivia que me alcance para saberme merecedora de ello.
