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Vínculos Entrelazados

Summary:

Después de terminar en otra línea temporal y conocer a sus versiones mayores, Harry y Draco ya no son los mismos. Saben lo que les espera: la guerra, las pérdidas, los Horrocruxes. Saben en quién confiar y a quién temer; pero saber no siempre es suficiente.

Ahora, envueltos en una encrucijada de alianzas y destinos rotos, intentan reescribir lo que ya vivieron. Pero a medida que el tiempo avanza, las piezas se mueven y los desastres que creían poder evitar comienzan a multiplicarse; una pregunta empieza a quemar en sus pechos:

¿Realmente están destinados a repetir los mismos errores de sus versiones alternas... o podrán reescribir la historia?

 

𝗦𝗲𝗴𝘂𝗻𝗱𝗮 𝗽𝗮𝗿𝘁𝗲 𝗱𝗲 "𝗟í𝗻𝗲𝗮𝘀 𝗘𝗻𝘁𝗿𝗲𝗹𝗮𝘇𝗮𝗱𝗮𝘀"

Chapter 1: 𝙸: 𝙻𝚎𝚌𝚌𝚒ó𝚗 𝚍𝚎 𝚟𝚒𝚍𝚊

Chapter Text

♔♕♘

El rasguño de la pluma sobre el papel resonó en la habitación en penumbras del número doce de Grimmauld Place. Harry estaba recostado en la cama, la espalda apoyada contra la cabecera de madera tallada —que siempre parecía observarlo con caras raras— y tenía la libreta abierta sobre las piernas.

Pero no era una libreta cualquiera, claro. Era esa, aquella con la pasta de cuero negro gastado en las puntas, que era el hilo invisible que lo mantenía cuerdo.

Llevaba ya una semana instalado ahí, en la casa de su padrino, después de sobrevivir a los quince días obligatorios en Privet Drive por todo ese asunto de "la protección de sangre que le otorgó el sacrificio de su madre, Lily".

Esa primera quincena había sido sorprendentemente llevadera, ya que Sirius se había empeñado en acompañarlo. 

Ni loco te dejo solo con esos muggles, Harry había dicho.

Y ver la cara de los Dursley al reconocer al hombre que llevaban años viendo en las noticias como el asesino fugado más peligroso de Gran Bretaña, sentado en su comedor como si tal cosa, pidiendo más té, había sido un espectáculo que Harry guardaría para siempre en su memoria. Vernon no había levantado la vista del plato en dos semanas y Dudley había descubierto las virtudes de pasar el mayor tiempo posible fuera de casa.

Pero eso ya había pasado.

Y la habitación donde estaba ahora tampoco tenía nada que ver con la que encontró cuando llegó. Sirius se había empeñado en que ese cuarto dejara de parecer el trastero de una familia de vampiros en cuanto Harry se instaló definitivamente. 

Las primeras noches durmió en la que había sido la habitación de su hermano, con esas cortinas gastadas y ese aire a museo que le ponía los pelos de punta, hasta que una noche, después de la cena, Sirius apareció con varita en mano y esa sonrisa suya que siempre precedía a algún desastre. 

Vale cachorro, esto es una puta mierda y vamos a cambiarlo.

Y lo cambiaron. 

Arrancaron los tapices oscuros que mostraban escenas de cacería siniestra y los sustituyeron por carteles de las Harpies de Holyhead que Sirius consiguió vete a saber dónde. Forraron las paredes con un azul grisáceo pero que no era ni parecido al de Ravenclaw, sino ese color exacto que tiene el cielo justo antes del amanecer. 

Sirius insistió en poner una alfombra nueva porque las tablas del suelo crujían como almas en pena y aunque al final la alfombra era de un verde tan horroroso que parecía un pantano, Harry no tuvo valor para decirle que no. La cama seguía siendo la misma, pero ahora tenía un edredón grueso de lana escocesa que Molly había tejido con tanto cariño que pesaba como un hipogrifo. 

En la pared, junto a la ventana que daba a la fachada gris de Londres, colgaba una jaula abierta donde dormitaba Hedwing. Y en el rincón, apoyada contra la pared, estaba su Saeta de Fuego. Sirius también había insistido en ponerle un escritorio justo debajo de la ventana, de roble macizo, con arañazos de siglos y manchas de tinta que nunca se irían, porque decía que necesita de un espacio para planear sus "próximos movimientos".

Al final, esa habitación ya no era más un lugar de paso, un sitio prestado. Era suya, totalmente suya.

Después de once años durmiendo bajo unas escaleras y otros cuatro en una habitación que parecía más una cárcel, finalmente tenía algo que podría llamar suyo. 

Aunque eso no era un dato de importancia ahora mismo, porque ahora en la penumbra, lo único que realmente importaba era lo que estuviera escribiendo Draco.

Las palabras empezaron a aparecer solas en la libreta, con esa letra inclinada y elegante que Harry ya reconocía aunque estuviera del revés. Parecía que Draco escribía sin parar, como si llevara días con todo atorado y necesitara soltarlo de un tirón.

Tres semanas, Harry. TRES. No es que me haya dado cuenta porque las he pasado encerrado como un maldito trofeo en una vitrina... 

No pudo evitar sonreír, porque por alguna razón cada vez que Draco se frustraba, siempre empezaba así, con esa mezcla de indignación y dramatismo que solo ese rubio podía lograr.

...que asco de vacaciones, de verdad. Anoche mi padre reforzó las barreras alrededor de la mansión hasta hacerlas impenetrables, le quitó el acceso por los polvos Flu a todo ser viviente que no se apellide Malfoy y a los elfos les pusieron un hechizo de amarre para que solo los de la casa puedan aparecerse y desaparecerse. ¿Sabes qué significa eso? Que si algún mortífago tiene la brillante idea de mandar a su elfo a colarse, rebota; pero también significa que si antes no podía ir a ningún lado, AHORA PEOR.

Harry sonrió a pesar de todo. Podía imaginarlo, paseándose por esos pasillos enormes y fríos, con la cara de fastidio que ponía cuando algo no salía como quería.

Es raro, siguió la letra de Draco, la mansión siempre fue así, enorme y silenciosa, pero ahora el silencio es más duro. Antes no me importaba, estaba acostumbrado. Ahora me siento y miro las ventanas y pienso en lo estúpido que fue todo el año pasado, todo lo que pasó. Cómo carajos fue que terminamos en otra dimensión. Y cómo carajos fue que ahora en nuestras manos recaiga el peso de una guerra entera.

Y sí, lo entendía, él también tenía esos pensamientos, especialmente en las noches, tras despertarse de una pesadilla. Recordando que siguen ahí, vivos, luchando, con una información que los puede salvar o los puede condenar al mismo tiempo. Esa parte siempre le hacía lo mismo: un nudo en el estómago que no sabía si era miedo o algo peor.

¿Pero sabes que es lo que más me jode? que no pude ni humillarte en la cancha porque estuviste castigado todo el tiempo por esa vieja ridícula de Umbridge. Eso sí que fue un crimen, Harry. Un crimen que no te haya visto morder el polvo mientras yo atrapaba la Snitch delante de ti. Pero no te confíes, en cuanto volvamos, te voy a destrozar. Vas a tener que esforzarte el doble para seguirme el ritmo y aún así vas a perder. Te lo advierto.

Negó con la cabeza, resoplando. Siempre igual, siempre compitiendo. Aunque Harry sabía que debajo de toda esa chulería, estaba el otro mensaje, el que Draco no escribía con letras pero que él ya había aprendido a leer entre líneas: necesito saber que esto sigue, que tú sigues, que cuando todo esto termine vas a estar ahí para que te gane.

Extraño volar, siguió Draco, la letra un poco más apretada, como si escribiera más rápido. Extraño sentir el aire en la cara sin que sea dentro de estos putos muros. Extraño mucho nuestras peleas tontas y (no sé lo digas a Weasley) pero también extraño discutir con él, hacía mis días tan divertidos. No digo que no tenga nada que hacer, pero es más entretenido hablar con gente de mi edad que con los elfos en las cocinas o con los pavos en el jardín. Por cierto, sigo intentando que papá me cuente que están tramando allá en la Orden, pero lo siento, sigo sin tener éxito alguno, es un jodido roble ese hombre. 

Harry asintió, aunque sabía que su novio no podía verlo.

Creo que te he escrito un libro entero, ¿no? lo siento, sé que tus capacidades de lectura y de compresión no están tan al nivel de mi escritura, pero es lo que hay cuando decidiste juntarte conmigo. 

La letra se detuvo un momento, el moreno sintió que terminaría ahí, pero luego, unos instantes después, apareció más. Un poco más pequeña y casi al final de la página. 

Pero como sea, te extraño, decía y Harry sintió como un elefante empezaba a saltar fuertemente en su estómago. Te extraño mucho, no sabes cuánto.

Pasó los dedos por encima de las palabras, como si pudiera tocar a Draco a través del papel. La tinta estaba seca, pero el mensaje le quemaba la yema de los dedos. Quería contestarle ya mismo, decirle que lo entendía todo, que él también se sentía atrapado a veces, aunque de otra manera, porque claro, sabía que no podía comparar el frío de esa mansión, con la calidez de Grimmauld Place.

Ya que aquí, las cosas eran diferentes y vaya que lo eran. 

Desde que se había instalado, los Weasley iban y venían a todas horas. Molly aparecía con tuppers enormes llenos de comida y regaños cariñosos, Arthur se sentaba con él en la sala a hablar de enchufes muggles durante horas y los gemelos... bueno, los gemelos eran los gemelos. El último desastre había sido un experimento con la chimenea para un nuevo artículo de su tienda que terminó con todos los muebles de la sala cubiertos de un moho rosa fosforescente que tardaron tres días en quitar. Sirius se había reído tanto que casi se cayó por las escaleras. 

Sí, era ruidoso, era caótico, era todo lo que una mansión fría y silenciosa no era; pero ni todo el ruido de los gemelos llenaba el vacío que dejaba Draco.

Un par de veces se había topado con... bueno, con su suegro, Lucius Malfoy, cuando este venía a las reuniones de la Orden. Siempre entraba con esa capa negra y esa expresión de superioridad que parecía tallada en piedra. Y una vez, solo una, se había atrevido a preguntarle, con sumo cuidado e indiferencia, como quien pregunta del clima: 

—¿Por qué Draco no viene con usted?

El hombre lo había mirado con una mezcla de sorpresa y algo parecido al escrutinio; luego, con esa voz fría y medida que usaba para todo, respondió: 

—Prefiero mantener a mi hijo alejado de... ciertos peligros. Ya sabes, Potter, tú mismo eres un imán para los problemas. No lo tomes a mal.

Y Harry no lo tomó a mal, porque no podía. Porque Lucius tenía razón: Harry Potter era sinónimo de peligro, de tormentas, de líos. Y Draco estaba mejor lejos de todo eso. 

Pero eso no impedía que lo extrañara y que lo extrañara muchísimo. Que algunas noches, como esta, se quedara mirando la libreta y pensara en sus manos, en la forma en que Draco fruncía el ceño cuando se concentraba, en lo que se sentía abrazarlo, en lo que se sentía besarlo.

Pero antes de que pudiera escribir nada para responder a su novio, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

—¿Todavía con eso? —la voz de Ron atravesó la penumbra.

Levantó la vista, sorprendido. Ron estaba en el umbral, con los brazos cruzados y esa expresión entre divertida y exasperada que solo él sabía poner. Llevaba una sudadera de las Chudley Cannons vieja y desteñida y el pelo más rojo que nunca bajo la luz del pasillo.

—Llevo aquí diez minutos, ¿sabes? —Ron entró sin esperar invitación y se dejó caer en la silla junto al escritorio, la que siempre crujía cuando alguien se sentaba—. Diez minutos esperando a que dejaras de mirar esa libreta como si fuera un hipogrifo parlante. Pero no, ahí sigues, embobado. ¿Qué te escribe? ¿La lista de compras de los Malfoy? ¿La receta de la sopa de su abuela?

Harry cerró la libreta, pero no con la rapidez suficiente para que Ron no viera el brillo en sus ojos.

—No es nada —dijo Harry, pero sonaba exactamente a cuando decía "no es nada" y sí era algo.

—Claro, "nada". Por eso no te despegas de ella ni un segundo —Ron se recostó en la silla, que protestó con un chirrido—. ¿Sabes? Mamá me mandó a hacerte compañía. Dijo que estabas muy solo aquí, que con todo lo de la Orden y tal, necesitabas que alguien viniera a verte. Pero ya veo yo que más compañía te hace esa libreta que yo. Llevas toda la tarde así y mira que he venido a verte, eh. Podrías fingir un poco de emoción.

Suspiró, pasándose una mano por el pelo. Ron tenía razón, como siempre, pero no podía explicarle del todo. No podía decirle que cada vez que la libreta vibraba con la magia de Draco, el pecho se le llenaba de algo lindo, algo cálido y doloroso a la vez, porque lo más cerca que podía tenerlo, era a través de palabras.

—Lo siento —dijo Harry y esta vez sí sonaba sincero—. Es que... lo extraño, Ron.

Su amigo abrió la boca para decir algo, probablemente una broma, probablemente algo sobre lo raro que era todo, pero las palabras se le quedaron a medio camino. Parpadeó un par de veces; luego, un escalofrío le recorrió visiblemente los hombros.

—¿Sabes qué? —dijo al fin y su voz había perdido toda burla—. Llevo semanas escuchándote hablar de él, viéndote escribir en esa libreta, viéndote sonreír como un idiota cuando llega algún mensaje. Pero cada vez que lo dices así, en serio, como ahora... no lo asimilo. De verdad, amigo. Que tú y Malfoy. Draco Malfoy. El que nos odiaba, el que se reía de nosotros, el que siempre estaba con sus "Potter apesta". Ese Malfoy.

No respondió, solo se encogió de hombros, porque sí, era extraño. Si al Harry del verano pasado le hubieras dicho que ahora estaría de novio con el mismísimo Draco Malfoy y que no podía estar ni dos segundos sin saber de él, probablemente te habría mandado al carajo con una tarjeta de invitación a San Mungo.

Pero habían pasado cosas —ya saben, dimensiones, versiones alternas casadas, hijos y todo eso— y la verdad, fue lo mejor que pudo haberle sucedido.

—Pero bueno, si tú dices que lo extrañas, pues lo extrañas —Ron también se encogió de hombros y aunque el gesto quería ser despreocupado, la mirada que le lanzó a Harry era más suave—. Pero estoy aquí, ¿vale? Para lo que necesites. Aunque sea para escucharte hablar de él o para distraerte cuando no te escriba. O para recordarte que cuando volvamos al colegio, voy a hacerte pagar todas las veces que me ignoraste por mirar esa libreta.

Sonrió, mirando nuevamente la libreta que tenía colocada entre las piernas. 

—Gracias, Ron.

—Ya, ya. No me des las gracias, dame de cenar. Sé que mamá te regaló pastel de carne y sé que lo tienes escondido en la cocina.

Haciéndose el desentendido, Harry negó con la cabeza, seguida de una risa escandalosa que no pudo evitar ante el comentario de su amigo, quien solo se giró y salió de la habitación rumbo a la cocina.

Una vez solo, Harry volvió a abrir la libreta. Pasó los dedos por las últimas palabras de Draco, las que hablaban de extrañarlo, de sentirse solo, de la locura de todo.

Y entonces, por fin, empezó a escribir.

No sabes cuánto te entiendo. Yo también estoy atrapado aquí, solo que de otra manera. Los Weasley son un caos andante, Sirius no para de contar historias de cuando era joven y todo el tiempo me pregunto qué estarás haciendo tú. Te extraño. Te extraño muchísimo y no veo la hora de volver al colegio para que INTENTES destrozarme en la cancha. Va a ser divertido. Pero sobre todo, va a significar que voy a poder verte. Y abrazarte. Y besarte. No sabes cuánto necesito eso.

Le dio un beso a la libreta, fingiendo que era Draco a quien se lo daba y la cerró antes de levantarse de su cama y caminar hasta las escaleras.

Abajo, en la cocina de Grimmauld Place, el caos era increíble.

Ron ya había encontrado el pastel de carne escondido detrás de una fuente que Kreacher había dejado a medio limpiar y estaba devorando una porción del tamaño de su cabeza mientras Ginny, sentada en el borde de la mesa con las piernas colgando, le lanzaba migas de pan para ver si lograba distraerlo.

—Eres un animal —dijo Ginny cuando Ron gruñó por lo bajo al esquivar una miga que casi le cae en el ojo.

—Para eso es la comida —respondió él con la boca llena y Ginny resopló con esa mezcla de asco y diversión que solo los hermanos pequeños saben provocar.

Harry caminó hasta sentarse al otro lado de la mesa, empezando a remover sin ganas el té que Molly le acababa de colocar al frente. 

Sirius mientras tanto estaba apoyado contra la nevera, con los brazos cruzados y esa sonrisa de estoy tramando algo que tanto preocupaba a Molly. A su lado, Remus tomaba té con la calma de quien ha aprendido a no sorprenderse por nada.

—...y entonces Arthur dijo que si los muggles habían logrado meter un hombre en una cosa que los llevaba a la luna —Sirius estaba diciendo, claramente en medio de una historia—, pues nosotros también podríamos intentarlo con la escoba. Casi convence a la oficina de uso indebido de artefactos muggles para que financiaran el viaje.

—No me digas que lo intentaron —rió Remus.

—No, porque Molly se enteró y le rompió la sartén en la cabeza. Dijo que ya tenía suficientes problemas con los experimentos de los gemelos como para encima tener a Arthur flotando en el espacio.

La mesa entera rió, incluida Molly, que negaba con la cabeza desde el fogón donde freía algo que olía celestial.

Fue en ese momento, justo cuando Ron intentaba robarle un trozo de pan a Ginny y ella lo amenazaba con una maldición que probablemente había aprendido de los gemelos, cuando la puerta de la cocina se abrió lentamente.

Y apareció Dumbledore.

No entró como cualquier persona. Simplemente estaba ahí, como si hubiera decidido materializarse en el umbral en lugar de usar la puerta como Dios manda. Llevaba una túnica de un color púrpura tan brillante que dolía mirarla directamente, decorada con estrellas plateadas que, si uno se fijaba bien, parpadeaban de verdad. En la cabeza, un gorro de dormir rematado con un pompón dorado que se balanceaba cada vez que movía la cabeza.

—Buenas noches —dijo con su voz tranquila que llenaba cualquier habitación sin esfuerzo—. Espero no interrumpir nada importante. Veo que el pastel de carne de Molly sigue siendo la octava maravilla del mundo mágico.

Ron pillado con la mano dentro de la fuente, se atragantó.

—Director —dijo Sirius enderezándose.

—Sirius, querido muchacho, siempre tan alerta. Me recuerdas a ti mismo cuando eras más joven, lo cual es un logro teniendo en cuenta que el tiempo debería haber pasado para todos. 

El hombre se acercó a la mesa con paso ligero, el pompón dorado rebotando alegremente.

—Albus —Molly se secó las manos en el delantal y fue hacia él—. ¿Quiere té? ¿Algo de cenar? No nos había avisado que vendría.

—No, no, querida Molly, no se moleste. Solo vengo de paso —los ojos azules de Dumbledore recorrieron la cocina hasta posarse en Harry—. De hecho, me preguntaba si Harry podría acompañarme un momento. Hay algo que me gustaría mostrarle.

Todos se quedaron en silencio por un momento, dirigiendo sus miradas lentamente hacia Harry, que había dejado de remover su té y ahora también miraba al anciano con expresión de no entender nada.

—¿Mostrarle? —repitió Sirius, enderezándose contra la nevera, el tono repentinamente alerta—. ¿Mostrarle qué, Albus? ¿A estas horas?

—Nada peligroso, Sirius, te lo aseguro —Dumbledore sonrió con esa sonrisa que podía significar todo va bien o el mundo se acaba pero no se preocupen. Con él, nunca se sabía—. Solo un pequeño paseo. Una lección de historia, si se quiere.

—¿Historia? —Ron arqueó una ceja, mirando a Harry—. ¿A mitad de la noche?

—La historia no entiende de horarios, Ronald —Dumbledore se ajustó el gorro de dormir, que amenazaba con caerle sobre un ojo—. Y a veces, las mejores lecciones ocurren cuando menos te lo esperas. Como cuando yo descubrí que los limones eran en realidad... bueno, eso es otra historia.

Para cuando Dumbledore terminó de hablar, Harry ya se había levantado. No porque entendiera lo que estaba pasando, sino porque cuando Dumbledore aparecía y decía acompáñame, uno no decía que no. Era como una ley universal.

—Iré a ponerme la chaqueta —dijo y salió de la cocina antes de que nadie pudiera protestar.

Subió las escaleras de dos en dos, el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. No tenía miedo, ni nada parecido. Era más bien... ansias, deseo, pues Dumbledore nunca hacía nada sin razón.

Entró en su habitación y la libreta seguía ahí, sobre la cama, esperando. La abrió de golpe, agarró la pluma y escribió rápido, con la letra saliendo torcida por las prisas.

Dumbledore acaba de llegar y dice que vamos a ir a algún lado. No sé a dónde ni para qué, pero en cuanto llegue te escribo. Yo creo que será rápido. Pase lo que pase, te cuento después.

Cerró la libreta, se puso la chaqueta y bajó corriendo.

Dumbledore ya lo esperaba en el recibidor, el pompón dorado del gorro de dormir aún balanceándose.

—¿Listo, Harry?

—Sí, señor.

—Entonces, agárrate fuerte.

La mano de Dumbledore se posó en su hombro y el mundo se deshizo en un remolino de colores. Cómo detestaba la aparición; no quería ni pensar en el próximo año, cuando tendría que presentar el examen para obtener su licencia. Era igual o incluso peor que usar un traslador: una sensación de ser exprimido por un tubo de goma demasiado estrecho, sin saber dónde acababa uno y empezaba el vacío.

De pronto abrió los ojos.

Estaban en medio de un bosque.

No era un bosque como el de Hogwarts, vivo y ruidoso. Este era diferente. Los árboles crecían retorcidos, sus ramas como dedos esqueléticos arañando un cielo oscuro donde las estrellas apenas se atrevían a asomarse. El aire olía a tierra húmeda, a musgo viejo, a algo podrido que no llegaba a ser desagradable del todo. No se oían pájaros, ni nada, solo el crujido de sus propios pies sobre las hojas secas.

—Señor —dijo Harry mirando a su alrededor—. ¿Qué hacemos aquí?

Pero Dumbledore ya caminaba, con esa calma que parecía no tener prisa aunque el mundo se incendiara. El pompón dorado del gorro era lo único que se movía con ritmo propio.

—Ya lo verás, Harry. Ya lo verás. Por aquí.

Él lo siguió y aunque no había camino marcado, Dumbledore avanzaba como si conociera cada árbol, cada piedra, cada raíz que amenazaba con tropezarlo. 

Caminaron durante minutos que pudieron ser horas, Harry perdió la cuenta. Solo se concentraba en no tropezar y en las espaldas de Dumbledore, esa figura inconfundible que parecía iluminar la oscuridad sin necesidad de luz.

Y entonces, la vio.

Una cabaña.

No era grande, era más bien pequeña, de madera podrida y techo hundido en algunas partes. Las ventanas eran agujeros negros, sin cristales, sin vida. La puerta o lo poco que quedaba de ella, colgaba de una sola bisagra, meciéndose ligeramente con una brisa que Harry no sentía. Las paredes estaban cubiertas de musgo, de manchas de humedad, de algo que parecía haberse quemado hace mucho tiempo.

Parecía abandonada desde hacía décadas. Parecía un lugar al que nadie en su sano juicio querría entrar.

Y Dumbledore se detuvo frente a ella.

—Aquí estamos —dijo con la misma naturalidad con la que hubiera anunciado la llegada a un salón de té.

—¿Qué es esto? —preguntó Harry, acercándose con cautela.

—Un lugar del que has escuchado mucho, especialmente en cierto viaje interdimensional, pero que aun así no conoces —Dumbledore empujó la puerta, que gimió como si protestara por ser abierta—. Pasa, Harry. No muerde. Bueno, esperemos que no.

Harry entró.

El interior era peor que el exterior, si eso era posible. El suelo era tierra pisada, cubierta de hojas secas y restos de lo que algún día fueron muebles. En una esquina, había un colchón deshecho, devorado por ratas o por el tiempo. En otra, una mesa coja, con una silla patas arriba. Las paredes tenían manchas oscuras que Harry prefería no analizar demasiado.

Pero lo que realmente llamó su atención fueron las fotografías.

Había varias, clavadas en la madera con puntas oxidadas, algunas tan descoloridas que apenas se distinguían. Pero una, la más grande, la que estaba en el centro, sí se veía bien.

Era una mujer joven, de pelo oscuro y lacio, ojos grandes y tristes, y una expresión que iba de izquierda a derecha, como si se preguntara qué estaba haciendo ahí. Llevaba un vestido viejo, remendado y un collar extraño colgando de su cuello. Un medallón.

Harry la reconoció al instante. No sabía cómo, pero la reconoció.

—Es Mérope —susurró y la palabra salió sola, como si alguien se la hubiera dictado al oído—. La madre de Tom. Es la casa de los Gaunt.

Detrás de él, Dumbledore asintió.

—Así es, Harry. Has llegado antes de lo que esperaba a esa conclusión. Sí, esta es la casa de los Gaunt... O lo que queda de ella. Aquí nació Mérope Gaunt. Aquí creció, aquí sufrió y aquí de alguna manera, comenzó todo.

Se dio la vuelta, mirando por un mometo a los ojos azules frente a él.

—¿Hemos venido a buscar el anillo? —preguntó, ahora mirando a su alrededor como si esperara verlo brillar entre los escombros.

El anciano asintió lentamente, con su calma eterna que seguía intacta a pesar de la noche y el frío.

—Sí, Harry. En algún lugar de esta casa, escondido, protegido por magias antiguas que ni el propio Voldemort conoció del todo, se encuentra el anillo de los Gaunt. Pero antes de buscarlo, antes de siquiera intentar acercarnos a él —los ojos azules se clavaron en los de Harry con una intensidad nueva—, recordarás que tú mismo me pediste que habláramos. Que viniera a ti antes de emprender esta búsqueda. Dijiste que había algo importante, algo relacionado con el anillo, que necesitabas contarme.

Rápidamente asintió, sintiendo cómo el aire se le atoraba en la garganta, formando un nudo que llevaba meses ahí. Las palabras que había guardado desde que entendió lo que realmente significaba ese anillo, por fin iban a salir.

—Sí, es sobre el anillo. Sobre lo que es en realidad.

El anciano inclinó ligeramente la cabeza, invitándolo a continuar. No dijo nada, pero sus ojos azules, brillando en la penumbra, lo escudriñaban con demasiada intensidad.

—Ese anillo —dijo Harry, señalando con un movimiento de cabeza la desenfocada fotografía de Mérope que seguía en el suelo, aunque el anillo no estuviera allí— no es solo una herencia de los Gaunt. Tiene una historia mucho más antigua. Los Gaunt son descendientes de Cadmus Peverell. ¿Lo sabía?

El nombre de Peverell cayó en la habitación como una piedra en un estanque quieto. Algo brilló o quizá fue una sombra, en los ojos de Dumbledore.

—Cuando empecé con mis investigaciones sobre quién era Tom Riddle, encontré ramas que me llevaban a Cadmus —respondió con cautela—. Recuerdo a Marvolo pregonando a los cuatro vientos su linaje, hablando de él como si fuera un rey. En su momento... no le presté la atención que merecía.

—Pero usted sabía que Cadmus Peverell recibió la piedra de la resurrección, ¿no? La reliquia que, según el cuento, devuelve a los muertos. Esa piedra, señor, está engastada en el anillo de los Gaunt. El anillo que Voldemort convirtió en un horrocrux es también una de las tres reliquias de la muerte.

Ante esa confesión, el silencio llenó la habitación por largos instantes. Ni siquiera el viento se atrevió a romperlo. El mundo pareció detenerse ahí, en esa cabaña sucia y fría.

Dumbledore lo miró, largamente, como si viera a Harry por primera vez, o como si de repente todas las piezas de un rompecabezas que llevaba años armando hubieran encontrado su lugar con un clic perfecto.

Su pecho subió y bajó con una respiración profunda.

—Creí... lo sospechaba —confesó y su voz tenía un temblor que Harry nunca le había escuchado—. Especialmente cuando vi el recuerdo de Morfin y Ogden. La piedra del anillo... tenía un grabado, una marca que me resultaba vagamente familiar, pero no creí... no pensaba que realmente fuese la piedra. La piedra que tantos años Gellert y yo... 

Se detuvo, como si el nombre aún le quemara la lengua. Parpadeó, enfocando de nuevo a Harry,

—¿Estás seguro, Harry? ¿Completamente seguro?

—Completamente —Harry respiró hondo. El olor a humedad y tierra le llenó los pulmones—. En la otra dimensión, el Dumbledore de allá... cuando encontró el anillo, lo reconoció por la figura. Él sabía lo que era y aun así... 

Tragó saliva con fuerza; en ese instante vino a su mente la imagen de la mano del director de la otra dimensión. Esa mano, quemada, muerta, resultado de una maldición.

—Aun así, en un momento de debilidad, se lo puso. Quería ver a su familia otra vez. Usted lo sabe, ¿no? A su madre, a su hermana Ariana... El deseo fue más fuerte que la razón. Más fuerte que todo.

—La maldición que me decías... —susurró Dumbledore y su mano izquierda se cerró involuntariamente sobre la derecha, como si ya pudiera sentir la quemazón y Harry asintió con la cabeza.

—Olvidó que Voldemort lo había convertido en un horrocrux. Olvidó toda precaución, solo por un segundo de debilidad humana y se puso el anillo. La maldición se le extendió por la mano como un fuego negro. Solo le quedó un año de vida a partir de ahí, quizá menos. Y fue por eso —Harry lo miró directamente a los ojos, sin pestañear— por lo que usted... el otro usted... murió.

El hombre se quedó inmóvil. Por un momento, bajo la luz tenue que se colaba por las ventanas rotas, pareció más viejo que nunca. Los años que aparentaba tener se le acumularon de golpe en los hombros, haciéndolo encorvarse ligeramente. En todos los años que Harry llevaba conociendolo, finalmente lo veía más humano, terriblemente humano.

—Oh —dijo y fue una sílaba pequeña, casi perdida en el aire—. Cuando me comentaste lo de la maldición, cuando me hablaste de mi muerte en esa otra realidad... creí que sería por... 

Sacudió la cabeza y una sonrisa amarga, llena de ironía, asomó en sus labios.

—Creí que sería por algo grandioso, por un sacrificio épico en una batalla final. Por algo digno de los libros de historia. Qué iluso.

—Bueno... en realidad sí se sacrificó —puntualizó Harry, sintiendo la necesidad de defender a ese otro hombre—. Lo hizo y más que todo fue para salvar el alma de Draco, para no convertirlo en un asesino y así también fortalecer la posición de Snape ante Voldemort. Planeó su propia muerte.

—Pero el sacrificio nunca hubiera existido si no hubiese estado agonizando por la maldición, ¿no crees, Harry? —la pregunta de Dumbledore fue directa, sin autocompasión, solo con una lucidez aplastante—. Fue un mal menor elegido desde una posición de debilidad, no un acto de poder.

Harry se quedó callado un momento, porque era verdad, no podía negarlo.

—Yo... por eso quería hablar con usted antes —dijo al fin y su voz era firme, mucho más firme de lo que se sentía por dentro. Las rodillas le temblaban un poco, pero no importaba—. Para que no cometiera el mismo error. Para que cuando encontremos el anillo, lo sepa. Y no se le ocurra ponérselo.

El anciano volvió a mirarlo por largo rato, tal vez más de diez segundos; luego, despacio, como si el peso de los años se lo permitiera, asintió. 

—Viniste a salvarme, Harry. Otra vez.

—Algo así. —Harry se rascó la espalda, incómodo.

Otro silencio, muchísismo más largo y aunque se sentía incomodo, también era como ese silencio de quien procesa algo enorme, de quien está reevaluando toda su historia personal en cuestión de segundos. 

—Dime —preguntó Dumbledore al fin y su voz había recuperado parte de su calma habitual, aunque algo en sus ojos seguía siendo diferente, más vulnerable, como si le hubieran quitado una capa de armadura—. Cuando el anillo fue destruido en esa otra realidad... ¿qué pasó con la piedra? ¿Qué pasó con la reliquia? 

Encogiéndose de hombros, Harry volvió a traer a su mente esos recuerdos, esos instantes de momentos ajenos que su otra versión había compartido. Se mordió el labio, tratando de buscar las palabras.

—El Dumbledore de allá se la dio a Harry. Al otro Harry. Después de morir, quiero decir. Se la dejó en el testamento, dentro de la primera Snitch que atrapó. La piedra sobrevivió.

—Entonces ese muchacho era dueño de dos reliquias —murmuró Dumbledore, casi para sí mismo, mirando un punto indefinido en la oscuridad—. La capa y la piedra.

Harry negó con la cabeza y una pequeña sonrisa se le escapó, un recuerdo agridulce.

—De tres, en realidad.

El hombre arqueó una ceja con incredulidad.

—¿Tres?

—La varita de saúco también terminó siendo suya al final. Sin buscarlo y sin quererlo. Desarmó a Draco, que era su dueño sin saberlo. El Harry de esa dimensión... —Harry buscó las palabras exactas, las que había escuchado de su otra versión justo después de ver el recuerdo de cuando Voldemort lo asesinaba—. Él fue el verdadero amo de la muerte, aunque nunca quiso el título. Tuvo las tres reliquias en su poder, aunque fuera por un momento.

Dumbledore parpadeó, claramente impresionado.

—¿Y qué hizo cuando tuvo las tres? ¿Qué haría alguien con semejante poder?

—Nada —dijo Harry con simpleza—. Aceptó su mortalidad. Él entendió que ser el amo de la muerte no significaba dominarla, sino aceptarla como parte de la vida. La varita de saúco la devolvió a su tumba, a la del Dumbledore de esa dimensión, para que cuando él muriera, el poder de la varita se rompiera con él. La piedra... 

Harry suspiró, recordando la imagen del bosque.

—La piedra la perdió adrede en el Bosque Prohibido. La dejó caer entre las hojas y siguió caminando, pues dijo que ya no la necesitaba. Y la capa... esa sigue en su familia. Se la pasó a su hijo mayor, James Sirius y supongo que seguirá ahí, generación tras generación, escondiendo trastadas de niños.

Sin poder evitarlo, esbozo una mínima sonrisa cuando a su mente vinieron imágenes de un futuro James, Scorpius, Albus y quizá un pequeño Leo de once años peleando por quien tendría la capa esa semana para colarse en la cocina. Pero la sonrisa se le borró al instante cuando volvió a escuchar al director hablar.

—Aceptó su mortalidad —repitió Dumbledore al fin, saboreando las palabras como si fueran un caramelo raro—. Tuvo el poder absoluto en sus manos, el dominio sobre la muerte misma... y lo rechazó. Lo soltó como quien suelta una piedra caliente.

—Sí.

—Y no porque no entendiera lo que tenía —continuó Dumbledore, más para sí mismo que para Harry, como si estuviera dando forma a una nueva teoría—, sino porque lo entendía demasiado bien. Entendió que el poder no le daría la paz.

—Exacto.

Otro silencio y Dumbledore se volvió hacia la fotografía de Mérope, hacia esos ojos tristes que miraban desde el pasado, atrapados para siempre en el papel amarillento.

—Dime, Harry —preguntó sin mirarlo, la voz extrañamente neutral—. ¿Si yo así lo quisiera,  me permitirias tener las tres?

Y aunque se trataba de una pregunta complicada, una pregunta que cualquiera se tomaría varios segundos para pensarla, para elaborarla, para realmente cuestionarse la posibilidad de que alguien tuviera tal poder, Harry no dudó ni un segundo.

—Sí.

El anciano se giró por completo, sorprendido de verdad, con sus cejas alzándose incrédulas.

—¿Sabes lo que podría hacer con ellas? ¿Lo que significaría tener el poder de las tres Reliquias juntas? El poder de la varita, el conocimiento de los muertos, la protección de la capa... sería...

—Sé lo que querría hacer con ellas —le corrigió Harry con calma, sin levantar la voz—. Revivir a los que perdió. Ver a su madre, a su hermana Ariana, a... quien sea. Ser inmortal. Ser el mago más poderoso del mundo. Imponer un nuevo orden para el "bien mayor". Y sé que si yo le dijera que no, que no puede, que es peligroso, usted igual lo intentaría a escondidas. Porque es humano y porque los humanos son lo que son: contradictorios y ambiciosos. 

Se arreglo los lentes que ahora mismo se estaban resbalando por si nariz, pero sin perder en ningún momento el contacto visual con el hombre.

—Prefiero que lo haga sabiendo que yo lo sé y que si toma esa decisión, sea mirándome a los ojos.

Entonces el silencio se volvió tan espeso como una melaza. Albus Dumbledore no apartó la vista esta vez, sus ojos azules escudriñaban los verdes de Harry, buscando una trampa, un truco. No encontró nada más que una verdad sencilla y brutal.

—¿Y si aceptara? —preguntó casi en un susurro, poniendo a prueba el límite de aquello—. ¿Si decidiera que el riesgo, el de convertirme en un tirano benevolente, merece la pena?

Harry inclinó apenas la cabeza, como un jugador de ajedrez que anticipa el movimiento del rival.

—Entonces yo sabré quién es usted.

Lo dijo sin dureza y menos con acusación. Lo dijo como quien enuncia un hecho, algo obvio y tal vez fue eso lo que provocó un pequeño dolor en el pecho al anciano, que incluso tuvo que llevarse la mano hasta allí y sobarla un poco.

—Le daría las tres —continuó Harry, imperturbable—. Sin trampas, sin condiciones. La varita de Saúco, la piedra de la resurrección, a capa de invisibilidad. Todo. El dominio absoluto que siempre imaginó cuando hablaba de "el bien mayor" con ese brillo en los ojos.

Se detuvo un momento, dándole al hombre un espacio para que comprendiera cada una de sus palabras, para que las escuchara con atención y entendiera mucho más el significado detrás de las siguientes:

—Pero también sabré —añadió Harry y ahora sí, en sus ojos verdes apareció una resolución que había forjado en batallas y pérdidas— que eligió el poder sobre la paz. Que eligió el deseo sobre la aceptación. Y cuando llegue el día en que nos enfrentemos por eso... porque si toma ese camino, llegará... no habrá nada que me detenga.

Los ojos azules de Albus Dumbledore titilaron y por un instante, vio en Harry no al alumno, no al niño, sino al guerrero. Al guerrero que, en ese mismo momento, se estaba preparando y sacrificando para detener una guerra.

—¿Nada? —preguntó con un hilo de voz.

—Ni la idolatría —respondió Harry con una calma que no le terminaba de gustar al hombre—. Ni la admiración. Ni esa absurda necesidad que he tenido durante años de creer que usted siempre tiene la razón. Si toma las reliquias para satisfacer su ambición, aunque la vista de nobleza... entonces dejará de ser el hombre al que puse en un pedestal y será solo otro mago con demasiado poder.

Harry dio un paso atrás, alejándose ligeramente. El gesto fue más elocuente que mil palabras.

—Y yo me quedaré con la conciencia tranquila. Porque no fui yo quien decidió este camino. Fue usted.

Dumbledore llevaba conociendo a Harry desde que era un bebé. Lo vio recién nacido en brazos de sus padres, lo vio dar sus primeros pasos, lo vio convertirse en el niño que sobrevivió tras hacer caer a Voldemort una vez, lo vio metiéndose en problema tras problema en su castillo, pero nunca, nunca lo había visto como algo más que un niño que necesitaba guía y protección, un niño que tenía que forjar carácter para lo que enfrentaría en su futuro.

Y hoy, por primera vez, ya no lo veía así. Lo veía como un igual, como a un hombre que le estaba tendiendo un espejo.

—Me estás ofreciendo una prueba —murmuró.

—No —corrigió Harry con una leve negación de cabeza—. Le estoy ofreciendo una elección.

Ma cabaña por un momento pareció contener la respiración, hasta las sombras se quedaron quietas.

—Puede tenerlas —dijo Harry por última vez, dando oportunidad—. Puede convertirse en el amo de la muerte. O puede demostrar que ya no necesita serlo, que ha aprendido la lección que al otro le costó la vida.

Sus ojos verdes no vacilaron, eran dos faros en la penumbra.

—Pero elija sabiendo que, si me decepciona... cuando nos volvamos a ver al otro lado de un campo de batalla, no tendré ni una pizca de piedad. Ni un gramo.

—Pero entonces —insistió Dumbledore, dando un paso hacia él, acortando la distancia que Harry había creado—. Si sabes lo que haría, si sabes el peligro que represento con ese poder... ¿por qué confías en que no lo haré? ¿Por qué arriesgarte? ¿Por qué sencillamente no las tomas tú y te vuelves el amo de la muerte? 

Harry lo miró directamente a los ojos y cuando habló, su voz no sonó a la de un chico de casi dieciséis años. Sonó a la de alguien que había visto demasiado, que había aprendido demasiado, que había crecido demasiado rápido en un mundo de sombras.

—Porque ser el amo de la muerte no es lo que la gente cree. No es dominarla, no es vencerla en un duelo, no es hacerse inmortal a base de encantamientos. El verdadero amo de la muerte —dijo repitiendo palabras que había escuchado en otra vida, en otro tiempo, de otro Dumbledore a través de recuerdos— es aquel que la acepta. Que la reconoce como una vieja amiga cuando llega el momento. Que no huye, que no engaña, que no negocia con ella. Solo... la saluda y se va con ella cuando toca, en paz.

Se detuvo, quedando en silencio por alrededor de un minuto. Un tiempo en el que ninguno dijo nada, pese a que incluso parecía que el tiempo iba más lento y hasta el polvo flotaba más despacio.

—Yo no quiero ser inmortal, señor —continuó Harry con una voz que sonaba cansada haciendo contraste con su edad—. Tengo un destino, tengo cosas que hacer, tengo que acabar con Voldemort. Y cuando las termine, cuando llegue mi momento... quiero irme en paz. Sin ataduras, sin reliquias, sin nada. Solo... irme. Y ver a los míos, a mis padres, a mi familia... desde el más allá, si es que hay algo. Es lo único que pido y es lo único que deseo. No quiero ser un fantasma aferrado a unos simples objetos.

Quedándose inmóvil, Dumbledore parecía una estatua de sal. Sus ojos azules, siempre tan vivos, siempre tan brillantes de inteligencia y picardía, parecían haber perdido parte de su luz. O tal vez solo estaban procesando algo demasiado grande, demasiado profundo para asimilarlo de golpe.

Pasó un minuto, luego otro. El viento comenzó a soplar de nuevo, haciendo crujir la madera.

—Vaya —dijo al fin en un susurro ronco—. Vaya.

Se pasó una mano temblorosa por la barba, un gesto casi nervioso en él, tan poco común que Harry supo que había dado en el clavo. Había llegado a algún sitio.

—Es bien cierto lo que dicen —murmuró Dumbledore, y ahora una sonrisa pequeña y genuina, empezaba a formarse en sus labios, una sonrisa que iluminó su rostro de una manera que Harry no había visto antes—. Que uno nunca deja de aprender. Mira nada más. Un chico de casi dieciséis años...

Miró a Harry con una mezcla de orgullo, asombro y un respeto infinito.

—Y otro de... ¿cuánto dijiste que tenía el otro Harry en esa dimensión, cuando todo terminó?

—Diecisiete —respondió Harry—. Más o menos. Casi dieciocho. 

—Diecisiete —repitió Dumbledore, saboreando el número—. Igual de joven. Dos jóvenes, ambos, mostrándole a un señor de tantos años, un hombre que ha visto imperios caer, lo que realmente significa todo esto —negó con la cabeza, pero sonreía abiertamente ahora—. Me has dado una lección, Harry. Una de las más importantes que he recibido en mi larga, larga vida. Una lección de humildad y de sabiduría.

Harry se encogió de hombros, un poco incómodo con tanta atención, con esa mirada de admiración ahora invertida.

—Solo quería que no muriera, ya sabe... Por estúpido.

El hombre soltó una carcajada, tan sonora y natural, que rebotó en las paredes podridas de la cabaña y ahuyentó por un momento la tristeza del lugar.

—Por estúpido —repitió, riendo entre dientes—. Sí, supongo que esa es la palabra exacta. Por estúpido, por humano y por frágil. 

Suspiró profundamente y la sonrisa se fue atenuando hasta volverse una expresión serena, en paz.

—Gracias, Harry. De verdad. Gracias por no tratarme como un ídolo de porcelana y hablarme como a un hombre.

—De nada —Harry se sintió un poco raro, pero bien.

Entonces Dumbledore asintió, como cerrando un trato con el mundo y consigo mismo; luego se volvió hacia la sala de la cabaña, hacia la oscuridad que los rodeaba, hacia el resto de la casa.

—Bueno —dijo recuperando algo de su tono habitual—. Ahora que hemos hablado y que hemos aclarado este pequeño... malentendido existencial... ¿qué te parece si vamos a buscar ese anillo? Con cuidado, claro. Con mucho cuidado y quizá con un par de pinzas.

Harry sonrió, sintiendo un peso enorme quitarse de encima. La misión, por fin, era clara.

—Me parece perfecto, señor. Pero no toque nada.

—Te doy mi palabra, Harry —Dumbledore se llevó una mano al corazón en un gesto sincero—. Mi curiosidad y mis ganas de ver a mi hermana se han quedado, por ahora, en el archivo de malas ideas.

Y juntos, se adentraron en las sombras más profundas de la casa de los Gaunt.

La oscuridad en el lugar, era asfixiante. Harry sacó su varita y murmuró un Lumos. La punta iluminó el camino, revelando capas de polvo, telarañas que colgaban como cortinas viejas y huellas de pisadas antiguas en el suelo. Dumbledore caminaba detrás, su propia varita también encendida, iluminando los costados.

—¿Por qué cree que Voldemort lo escondió aquí? —preguntó Harry en voz baja, como si temiera despertar algo.

—Voldemort pensaba muy bien en sus escondites. Para él, este lugar era tan despreciable que nadie en su sano juicio vendría a buscar nada aquí. El desprecio, Harry, es una de las formas más comunes de arrogancia.

Subieron unas escaleras que crujían con cada paso, amenazando con derrumbarse. El olor a humedad y madera podrida era más fuerte aquí. Al final del pasillo, vieron una puerta entreabierta.

Dumbledore la empujó con cuidado.

La habitación era pequeña, había una cama destrozada y un armario con una puerta colgando de una bisagra... Dumbledore recorrió la estancia con la mirada, deteniéndose en un rincón donde el suelo parecía irregular.

Se arrodilló y con la punta de los dedos, tocó una de las tablas podridas que estaba suelta. Hizo palanca con cuidado y la madera, blanda por la humedad, cedió sin oponer resistencia. Debajo, oculto en el hueco entre el suelo y la tierra, algo brilló.

El anillo.

Harry contuvo el aliento. Estaba ahí, entre el polvo y la suciedad, la piedra negra con la extraña marca grabada, montada en un oro antiguo y deslucido. Viéndolo así parecía inofensivo, una sencilla joya vieja. Nadie creería que se trataba de un artefacto que guardaba el alma de una persona más oscura que la noche.

—Ahí está —susurró.

El anciano se quedó quieto, mirándolo. Sus ojos recorrieron la forma del anillo, la piedra, el metal. Harry lo observó de reojo, buscando algún signo de esa debilidad de la que le había hablado; pero el director solo respiró hondo y con un movimiento lento y controlado, sacó un pañuelo del bolsillo de su túnica.

—¿Seguro que lo quiere? —preguntó Harry, con la varita aún apuntando al anillo por si acaso—. Quiero decir... conservarlo. Tenerlo cerca. Saber que la piedra está ahí, en su escritorio, en su bolsillo... ¿Va a poder?

Dumbledore lo miró y por un momento, sus ojos azules reflejaron algo profundo. Algo que quizá era dolor, quizá era nostalgia, quizá era simplemente la conciencia de lo frágil que podía llegar a ser.

—No te voy a mentir, Harry —dijo con sinceridad—. Va a ser difícil. Habrá noches en las que me pregunte qué pasaría si... solo por un momento... Pero —sonrió y esta vez era una sonrisa tranquila— también sé que cada vez que lo mire, recordaré esta conversación. Recordaré a un chico de casi dieciséis años que confió en mí lo suficiente como para decirme la verdad, incluso sabiendo lo que podría hacer con ella. Eso, Harry, pesa más que cualquier tentación.

El chico lo estudió un momento, tratando de buscar alguna fisura, algún rasgo de mentira; tras no encontrar nada, asintió.

—Está bien, confío en usted.

Con cuidado Dumbledore usó el pañuelo para tomar el anillo sin tocarlo directamente. Lo levantó hacia la luz de las varitas, observando la piedra con una mezcla de fascinación y respeto.

—Es hermosa —murmuró—. Y terrible. Como tantas cosas en esta vida.

Envolvió el anillo en el pañuelo con sumo cuidado, como si estuviera guardando un trozo de vidrio que pudiera romperse con el menor movimiento. Lo metió en un bolsillo interior de su túnica y se llevó la mano al pecho, palpando el bulto.

—Ahí estará —dijo sin dejar de tocar el pequeño bulto—. Lejos de mis dedos, lejos de mi piel, pero cerca de mi conciencia.

Harry asintió, satisfecho.

—Bueno —dijo Dumbledore, enderezándose y sacudiéndose el polvo de las rodillas—. Una cosa menos. Ahora, Harry —lo miró con un brillo juguetón en los ojos—. ¿Preparado para hacer otra visita?

—¿Cómo que otra visita? ¿Adónde?

Pero Dumbledore ya había extendido la mano y le tocaba el brazo. Antes de que Harry pudiera protestar, sintió el tirón familiar detrás del ombligo, el mundo se retorció como un trapo escurrido y sus pies perdieron contacto con el suelo.

Aterrizaron con un golpe seco sobre adoquines.

Harry parpadeó, recuperando el equilibrio. Su respiración era agitada y pese a llevar chaqueta, sentía el frío de la noche.

De repente, sus ojos se fijaron en el lugar donde se encontraba. Era una plaza: en el centro, una fuente; a su alrededor, casas de piedra que la rodeaban. Nunca había estado allí en persona, pero Harry reconoció el pueblo al instante: Budleigh Babberton.

Era el mismo lugar que había visto en las imágenes de la memoria de su versión adulta, aquellas que involucraban a un hombre conocido como Horace Slughorn.

—Esto es... —empezó.

—Budleigh Babberton, sí —confirmó Dumbledore, ajustándose las mangas de la túnica—. Hogar temporal de nuestro querido Horace Slughorn.

—Pero —Harry lo miró confundido—, ¿para qué? Ya sabemos lo que necesitamos saber. Ya vio los recuerdos, ya sabe lo de los horrocruxes. Si ta tenemos la información, ¿para qué lo necesitamos ahora?

Dumbledore sonrió con paciencia, como un profesor explicando algo obvio a un alumno brillante pero impaciente.

—Tienes razón, Harry. Sabemos la información, pero Horace Slughorn no es solo un depositario de recuerdos incómodos. Es uno de los magos más conectados y con más recursos de nuestro mundo. Y ahora que le he ofrecido el puesto de Defensa Contra las Artes Oscuras a Severus —Dumbledore hizo una pausa significativa para dejar que el chico asimilará la noticia—, me encuentro con una vacante en la cátedra de Pociones.

Harry lo miró sin comprender.

—¿Y?

—Y Horace —continuó Dumbledore—, a pesar de sus defectos, es un profesor de Pociones excepcional. Ha formado a algunas de las mentes más brillantes en esa disciplina. Además —lo miró con esos ojos que parecían saber siempre más de lo que decían—, si no recuerdo mal, me comentaste que en esa otra dimensión, Horace también acabó luchando en la batalla final. ¿No fue así?

Asintió despacio.

—Sí, ayudo a defender las barreras del castillo y a luchar contra los mortifagos.

—Exacto. Entonces, ¿no crees que es mejor tenerlo con nosotros, en Hogwarts, donde podamos... digamos... vigilarlo y de paso, aprovechar su talento? Además —Dumbledore sonrió con picardía—, un viejo zorro como Horace, en deuda con nosotros por haberle ofrecido un refugio seguro de los mortífagos, puede ser un aliado muy valioso.

El chico se lo pensó un momento. Tenía sentido, Slughorn era un cobarde, sí, pero un cobarde útil. Y si ya sabían que al final se terminaría plantando, mejor tenerlo cerca.

—Mmm, bueno —aceptó—. Tiene lógica.

—Me alegra que estés de acuerdo —dijo Dumbledore—. Ahora, la pregunta del millón, Harry: ¿cómo lo convencemos?

Entonces se quedó en silencio, sumido en sus pensamientos. Recordaba la memoria, cómo el otro Harry lo había llevado a un instante de recuerdos en el que Dumbledore, con discreción, intentaba convencer al hombre de unirse a Hogwarts.

Recordaba con precisión cada palabra que su otro yo le había dirigido al profesor.

Y poco a poco, una idea empezó a formarse en su mente.

—Muy bien —dijo, con una media sonrisa—. Esto tenemos que hacer.

Una hora después, la puerta de la casita se cerró tras ellos con un golpe suave. En la calle, la noche era aún más oscura, pero Harry sentía que le costaba no reírse.

—No puedo creer que haya funcionado —murmuró.

Dumbledore, a su lado, también sonreía abiertamente.

Slughorn había aceptado. Había puesto condiciones, había puesto peros, había puesto excusas... pero al final, todo había resultado.

Aunque no terminaba de estar del todo emocionado, porque algo empezaba a inquietar a Harry. Antes de entrar, le había comentado a Dumbledore cómo sus otras versiones habían convencido al profesor, qué habían dicho y cómo se habían movido; así que esperaba una puesta en escena similar.

Pero no salió similar.

Salió igual.

Totalmente idéntica: las palabras, los movimientos, las respuestas de Dumbledore y de Horace. Incluso las mismas palabras de Harry. Aunque las había escuchado solo a través de recuerdos, no creía que realmente existiera la posibilidad de replicarlas tal cual; esperaba algo aproximado.

Pero no, todo había sucedido exactamente como lo había escuchado y no podía evitar preocuparse. A fin de cuentas, la línea "principal" era aquella en la que había terminado por error, es decir, todo lo que sucedió allí era el verdadero destino que debían atravesar.

Pero el viaje lo había alterado todo y no podía evitar preguntarse: aunque movieran hilos, situaciones y personas, ¿habría más escenas como esta que, aunque él no las buscara, se replicarían completamente igual?

No terminó el pensamiento, porque Dumbledore extendió el brazo.

—¿A Grimmauld Place?

Harry asintió, agarrándose.

El número doce de Grimmauld Place apareció ante ellos con un crujido. Aterrizaron en el pequeño recibidor y apenas tuvieron tiempo de recuperar el equilibrio cuando una figura saltó de la sala de estar como impulsada por un resorte.

—¡HARRY!

Sirius estaba frente a ellos, con los ojos muy abiertos, el pecho subiendo y bajando como si hubiera estado conteniendo la respiración durante horas. Tenía el pelo más revuelto de lo habitual y una expresión que iba del alivio a la preocupación, pasando por una especie de "los voy a matar" mal disimulado.

—¿Pero qué...? —empezó y luego se lanzó sobre Harry, agarrándolo por los hombros y examinándolo de arriba abajo como si buscara heridas invisibles—. ¿Estás bien? ¿Te pasó algo? ¿Por qué tardaron tanto? Dumbledore dijo que sería una hora, ¡una hora! ¡Han pasado como cuatro! ¡Me tenías aquí, preocupado, sin saber si estabas discutiendo con Voldemort o tomando té con tu padre en el cielo!

—Sirius —intentó interrumpir Harry, pero su padrino no aflojaba.

—¿Y qué pasó? ¿Hubo algún ataque? ¿Te enfrentaste a algo? ¿Por qué tienes esa cara? ¿Estás cansado? ¿Herido? ¿Hambriento?

—Sirius —repitió Harry y esta vez logró que lo escuchara—. Estoy bien. De verdad. Todo salió bien.

Su padrino lo miró un momento, como evaluando si decía la verdad; luego soltó el aire que había estado conteniendo y pasó una mano por su cara.

—Por Merlín, Harry. No vuelvas a hacer eso. Sí vas a desaparecer con Dumbledore por más tiempo del planeado al menos avísenme dónde... —lo miró con una mezcla de enfado y alivio—. O pdrías haberme mandado un mensaje. O algo.

—Lo sé —dijo Harry sintiendo por un momento una punzada de culpa—. Lo siento.

El director que había observado la escena con una sonrisa benévola, carraspeó suavemente.

—Mis disculpas, Sirius. La misión se extendió más de lo previsto. Pero como puedes ver —hizo un gesto hacia Harry—, el muchacho está sano y salvo. Y yo también, por si te preocupaba.

Sirius lo miró con una ceja arqueada.

—Con todo respeto, Dumbledore, usted puede cuidarse solo. Y sé que Harry también, pero no puedo evitar preocuparme, porque Harry para mí es como mi...

Se detuvo, sin terminar la frase, pero todos sabían lo que iba a decir. Dumbledore asintió, comprensivo.

—Por supuesto y tienes toda la razón —se volvió hacia Harry bajando la voz lo suficiente para que solo él lo oyera—. No te preocupes. Eso —se tocó el pecho, donde guardaba el anillo— está bien protegido y muy lejos de mi mano.

El moreno lo miró a los ojos.

—Confío en usted.

Dumbledore sonrió y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos.

—Lo sé, es lo que me ayuda a mantener los deseos... fuera de mi alcance. Saber que alguien confía en mí. Buenas noches, Harry. Buenas noches, Sirius.

Y con un pequeño chasquido, desapareció.

El recibidor quedó en silencio, justo entonces Sirius y Harry se miraron.

—Vale —dijo Sirius cruzando los brazos—. Ahora que el jefe se ha ido, tú y yo vamos a tener una conversación. ¿Qué pasó? ¿Qué hicieron? ¿Dónde fueron? ¿Hubo algún ataque?

Harry suspiró, sintiendo como de pronto el cansancio le pesaba en los huesos. La adrenalina de la noche, la conversación con Dumbledore, el encontrar el anillo, la visita a Slughorn... todo le caía encima como una manta de plomo.

—Sirius, por favor —dijo con voz cansada—. ¿Podemos hablarlo mañana? Estoy... estoy muy cansado, de verdad. Te prometo que mañana te cuento todo.

Su padrino lo escaneó: vio las ojeras, la postura encorvada, la forma en que Harry se apoyaba en la pared y su expresión se suavizó.

—Claro, claro —habló perdiendo el tono acusador—. Perdona, soy un inconsciente. Claro que sí. Vete a dormir.

Sonriendo débilmente, asintió y empezó a subir las escaleras.

—Harry.

Se giró justo en el instante en que Sirius daba un par de pasos y lo envolvía en un abrazo que duró varios segundos, apretándolo fuerte contra su pecho, como si no quisiera soltarlo jamás.

—Descansa —murmuró contra su pelo—. Mañana hablamos.

El moreno se separó, con un nudo raro en la garganta.

—Igual, Sirius. Igual.

Subió las escaleras arrastrando los pies, aun sintiendo los brazos de su padrino sobre él, su fuerza, su calor; y finalmente, entró en su habitación. El olor del cuarto, ya familiar para él, lo recibió como una viejo amigo, justo cuando Hedwig ululaba suavemente desde su jaula, moviendo la cabeza para mirarlo.

—Hola, chica —susurró Harry—. Ya estoy aquí.

Se cambió, se puso el pijama, se cepilló los dientes en el baño con movimientos más mecánicos que consientes y finalmente se dejó caer en la cama con el colchón crujiendo bajo su peso.

Y entonces lo recordó: la libreta.

La sacó de debajo de la almohada y la abrió, ayudándose de la luz de la varita para iluminar las páginas.

Los mensajes de Draco estaban ahí, saltándole a la vista.

¿Harry?

Oye, ¿estás ahí?

Llevas horas sin responder.

Me dijiste que ibas a hacer algo rápido con Dumbledore. Lo de "rápido" claramente no significa lo mismo para ti que para el resto del mundo.

Harry.

HARRY.

¿Ya llegaste?

Harry, Potter, ¿estás vivo? Porque si no es así, juro que te mato.

Vale, ya son como tres horas. Me voy a dormir, pero mañana te escribo y si no respondes, voy a Grimmauld Place y te despierto a hostias.

En serio.

Harry...

Harryyy...

¿Ya llegaste?

Buenas noches, idiota.

Harry no pudo evitarlo y se rió, lo hizo bajito y un poco cansado. La imagen de Draco, escribiendo cada vez más frustrado, preocupado a su manera borde, era demasiado divertida.

Cogió la pluma y empezó a escribir. Porque, claro, dejar a Sirius con la incógnita era una cosa; él simplemente lo dejaría pasar, como quien no quiere la cosa. Pero a su novio...

Primero lo mataría él antes que Voldemort.

De manera rápida y con letra desordenada, escribió un resumen de todo lo que había sucedido: la visita a la casa de los Gaunt, el anillo y que ahora Horace sería su profesor de Pociones, mientras que Snape se encargaría de Defensa Contra las Artes Oscuras.

¿Miedo o alegría?

Aún no estaba seguro de qué debía sentir con esa última información.

Cuando terminó de escribir, dejó la pluma y esperó un momento por si acaso; pero Draco ya debía estar dormido. Bueno... lo leería mañana.

Cerró la libreta, la dejó en la mesilla de noche y apagó la luz de la varita. Hedwig ululó suavemente en sueños, siendo un sonido reconfortante en la oscuridad.

Y con el pensamiento de los labios rosados de Draco y una sonrisa tonta en la cara, Harry se durmió.

♔♕♘

Una semana después, despertó con un grito.

Bueno, no exactamente un grito. Era más bien como si cien personas estuvieran cantando "¡FELIZ CUMPLEAÑOS!" al mismo tiempo, justo al lado de su cama.

Abrió los ojos de golpe, con la mano yendo instintivamente a la varita y se encontró con una escena que no podía procesar del todo.

Su habitación estaba llena de gente.

No, llena no. Atiborrada. Hasta el techo.

Globos de todos los colores flotaban entre las vigas, algunos con formas de escobas, otros con forma de rayo. Gorros de cumpleaños puntiagudos adornaban cada cabeza que podía ver y en el centro de todo, justo al lado de su cama, había un pastel enorme.

No, enorme era quedarse corto. Era gigantesco.

Tenía dieciséis velas encendidas y una capa de chocolate que parecía un lago.

—¡FELIZ CUMPLEAÑOS, HARRY! —corearon todos.

Harry parpadeó, reconociendo las caras: Ron, con un gorro que le quedaba pequeño y una sonrisa de oreja a oreja. Hermione, que según sus cálculos debería estar de vacaciones en alguna costa soleada con sus padres, pero estaba ahí, con el pelo más alborotado que de costumbre y una expresión de "no tuve nada que ver, fue idea de ellos". Los gemelos, Fred y George, con sus gorros rojos y dorados que lanzaban chispas. Ginny, riéndose desde la puerta.

—Pero... ¿cómo...? —empezó Harry.

—¡SORPRESA! —repitieron todos y entonces el pastel se movió.

Porque no era un pastel. Bueno, sí era un pastel, pero encima del pastel había una figura diminuta de mazapán con forma de Harry y la figura agitaba una varita diminuta de mazapán y lanzaba chispas de verdad.

—¡Es mágico! —gritó George con orgullo—. Lo hicimos nosotros.

—Bueno, nosotros pusimos la magia —matizó Fred—. El pastel lo hizo el elfo, ese tal Kreacher. ¿Sabías que cocina de muerte cuando quiere?

—Baja, baja, baja —dijo Ron acercándose y tirando de su manta—. Baja a desayunar, que te tienen una sorpresa.

—¿Sorpresa? —repitió Harry, aún aturdido—. ¿Esto no es la sorpresa?

—Esto es el aperitivo —dijo Hermione, riendo.

Entre empujones y risas, la multitud fue desalojando su habitación. Harry se quedó sentado en la cama, con el pelo como un nido de pájaros, mirando el pastel que habían dejado en su mesilla.

—Dieciséis —murmuró—. Tengo dieciséis años.

Hedwig ululó desde su jaula, como confirmándolo.

Se levantó, se vistió rápido y bajó las escaleras. Cuando llegó a la cocina, todos los adultos estaban ahí: Molly, Arthur, Sirius, Remus, Tonks, Bill y su prometida Fleur.

Y en la mesa parecía que había explotado un restaurante, porque estaba toda llena de aperitivos, postres y un desayuno tan elaborado que no le llegaba ni a una semana de desayunos en Hogwarts.

Todos al verlo, gritaron igual que los jóvenes: "¡Feliz cumpleaños!", seguido de muchos pares de brazos agarrándolo y apretujándolo hasta dejarlo sin aire.

—Siéntate, siéntate —dijo Molly señalando una silla—. ¡Hoy celebramos al cumpleañero!

Nuevamente hubo una lluvia de vítores en la sala, que por un momento hicieron que Harry se sintiera con un principio de hipoacusia, pero no pudo evitar también unirse a los gritos y luego agradecerles a todos por el detalle, mientras se sentaba con la sensación de no estar completamente despierto.

Mientras desayunaba, notó la mirada de Hermione, una mirada brillosa, mientras sus piernas se sacudían en el asiento, clara señal de que estaba ansiosa. Volteó a ver a Ron a su lado que estaba igual, incluso los gemelos se veían ansiosos.

—Vale —dijo cogiendo un trozo de beicon—. ¿Alguien me va a explicar qué está pasando?

Hermione intercambió una mirada con Ron, antes de levantarse de su asiento y correr hasta donde Harry y abrazarlo por la espalda.

—Harry, hoy llegó la lista de materiales —dijo su amiga efusiva.

No pudo evitar mirarla con el ceño fruncido. Hace unos días, a Grimmauld Place habían llegado sus calificaciones de los TIMOS y para sorpresa de muchos, incluso del mismo Harry, había obtenido 7 TIMOS: 6 en excelente y 1 en sobresaliente. Y no y ahí estaba lo más curioso: el sobresaliente no era de pociones, como cualquiera pensaría, sino de Cuidado de Criaturas Mágicas.

Así que sí, Harry James Potter había conseguido un excelente en pociones. El día que llegó la carta había estado atónito. ¿Él? ¿Acaso ese día también se había despertado en una dimensión alterna y no se había dado cuenta?

Es que no tenía palabras, era increíble. En todo lo que llevaba en Hogwarts nunca había tenido calificaciones tan buenas. Aunque bueno, en realidad sabía a qué se debían... Draco.

El chico era un cerebrito andante y obviamente no iba a permitir que su novio se quedara atrás. Así que en esos días, cuando se reunían a escondidas, Draco siempre soltaba uno que otro comentario de las clases, seguramente repasando para sí mismo, que de alguna manera terminaron calando en Harry. Porque si había algo a lo que él le prestaba demasiada atención... era a Draco.

Solo había suspendido dos: Historia de la Magia y lo entendía, ni siquiera lo había terminado por todo lo que pasó y aunque lo hubiese terminado, no cree que hubiera sacado más de eso.

Y el de Adivinación, que también lo entendía porque lo único que hizo fue buscar el peor escenario posible en todos los casos, así como hacía en las clases con Trelawney y que le iba bien, pero obvio eso no lo salvaría con los exámenes.

Ese mismo día había mandado una carta de regreso con las asignaturas de nivel EXTASIS que cursaría a partir de ahora y solo faltaba que les enviaran de regreso su lista de materiales y libros para el siguiente año. Al parecer ya habían llegado, pero eso no explicaba la efusividad de su amiga.

—¿Y por qué la emoción? —no pudo evitar preguntar.

—Oh, Harry, no te enojes pero abrí tu sobre para hacer la lista de las cosas que necesitamos comprar y... venía con otra carta detrás —ella alzó el sobre, claramente rasgado por la parte de arriba, de ahí sobresalía un pergamino, que su amiga le insistía en tomar.

Aún con el ceño fruncido, tomó el pergamino y mientras mordía un cruasán, empezó a leer lo que decía. Fue pronto cuando todo el pan se le fue por todas las vías respiratorias y se atragantó, porque ahí, justo ahí en ese papel, lo decía:

Lo habían elegido capitán de quidditch.

—¡¿Qué?! ¿Voy a ser el capitán? —preguntó atónito después de recuperar el habla cuando todo el pan logró bajar.

—¡Sí, Harry! ¡Ahora tendrás la misma categoría que los prefectos! —aclaró ella— ¡Y podrás usar nuestro cuarto de baño especial!

Baño que ya usaba Harry, porque precisamente tenía un novio que también era prefecto y... le había dado la contraseña del lugar sin dudar. Pero esa era una información que su amiga no tenía por qué saber.

—¡Podemos ir hoy a comprar las cosas! —exclamó Ron con entusiasmo, casi atragantándose con un trozo de tocino—. Me gustaría ir a ver qué tanto están vendiendo estos dos en su tienda.

Dijo mirando a los gemelos, que engullían el desayuno a una velocidad impresionante, claramente con prisa por llegar a su querido local de bromas.

—No creo que sea buena idea —intervino Molly desde el fuego, donde revolvía una olla—. Podemos ir el sábado. Hoy seguro estará lleno y ya saben... con el-que-no-debe-ser-nombrado suelto...

—Mamá, no creo que se vaya a aparecer quien-tú-sabes en Flourish y Blotts —protestó Ron, rodando los ojos.

La mujer le pegó en la nuca con la cuchara de madera sin siquiera mirarlo, como si tuviera ojos en la espalda. Ron se frotó la zona con una mueca de dolor fingido.

Harry, que hasta entonces había estado desmenuzando el cruasán que hace unos instantes casi lo asesinaba, levantó la vista. Vio la oportunidad y se lanzó.

—Pero realmente es una buena idea —dijo con naturalidad, enderezándose en la silla—. Podemos ir hoy a comprar todo y aprovechamos y vemos la tienda de los gemelos. Total, ya que estamos...

—Pero, Harry... —empezó Molly, girándose por fin, con el ceño fruncido pero sin el tono firme de antes. Ya estaba dudando, era cuestión de apretar un poco más.

El moreno inclinó ligeramente la cabeza, entrecerró los ojos y puso el labio inferior a temblar; luego, con la voz más lastimera que pudo encontrar, soltó el ataque final:

—Por favor —sus ojos verdes se agrandaron hasta parecer los de un cachorro abandonado bajo la lluvia—. Me he sentido un poco agobiado aquí encerrado. Salir un poco... me ayudaría mucho, ¿sabe? Tomar sol, respirar aire puro... 

Dejó la frase en el aire, colgando, acompañada de un suspiro dramático que haría sonrojar a un actor de teatro.

La señora Molly se le quedó viendo por un instante. Sus ojos recorrieron su rostro —esas ojeras que aún no se borraban del todo, esa palidez que ni el desayuno más abundante podía ocultar— y algo en su expresión se ablandó. Resopló, cruzó los brazos y durante unos segundos todos contuvieron la respiración.

—Eres terrible, Harry Potter —murmuró finalmente, negando con la cabeza mientras un suspiro de frustración escapaba de sus labios—. Sabes exactamente cómo hacerlo, ¿verdad?

Sonriendo con inocencia fingida, Harry no respondió, pero sabía que lo había conseguido.

—Está bien —cedió Molly, aunque su tono dejaba claro que no le hacía ni pizca de gracia—. Pero van a ir con Arthur, Remus y Tonks y los quiero a todos juntos, sin separarse, sin meterse en líos y si ven algo sospechoso, salen de ahí volando, ¿entendido? ¡Y nada de meterse en tiendas peligrosas! 

Lanzó una mirada fulminante a los gemelos, que alzaron sus manos en señal de paz con sonrisas de ángeles

—Y tú —señaló a Harry con la cuchara amenazante—, te llevas la capa de invisibilidad en la mochila por si acaso y me prometes que si pasa algo, la usas. ¿Me oyes?

—Sí, señora Weasley —respondió Harry con docilidad.

No mencionó que ya tenía planeado exactamente lo contrario. Molly lo sabía, seguramente; pero a veces, pensó Harry, las madres eligen creer en las mentiras piadosas para no volverse locas.

—¡A alistarse entonces, rápido! —ordenó Molly, agitando los brazos como si espantara gallinas—. Si van a ir, que sea antes de que el calor apriete y el callejón se llene de magos despistados.

No hizo falta repetirlo. En cuestión de segundos, la cocina estalló en un caos de sillas arrastrándose, pasos apresurados subiendo las escaleras y gritos de "¡ese es mi cepillo!" y "¡devuélveme el sombrero!".

Molly se quedó sola frente a los fogones, removiendo la olla con movimientos lentos mientras miraba por la ventana. El sol comenzaba a trepar sobre los tejados de Grimmauld Place y aunque su corazón le decía que no pasaría nada malo, ese nudo en el estómago —ese que siempre aparecía cuando Harry Potter se alejaba de su vista— se negaba a desaparecer.

—Que Merlín los proteja —murmuró para sí y por si acaso, agarró la cuchara con más fuerza y se persignó rápido, como hacía siempre que la preocupación podía más que la razón.

Así que ahí estaban todos, bañándose y cambiándose a velocidades inimaginables para ir al Callejón Diagon.

Cuando Harry bajó ya vestido y con su cabello hecho un desorden aunque había intentado peinarlo, los gemelos, que aún no se habían ido, estaban sentados en la sala. Intercambiaron una mirada divertida y luego, como si lo hubieran ensayado, se levantaron al mismo tiempo y se pusieron a cada lado de Harry.

—Querido Harry —empezó Fred.

—Queridísimo Harry —continuó George.

—Como hoy es un día especial.

—Un día grandioso.

—Un día histórico.

—¡Todo será gratis para "El Elegido"! —gritaron los dos.

—Bueno, todo lo que quepa en sus bolsillos —puntualizó Fred.

—Y que no sea demasiado caro —añadió George.

—Y que no intente llevarse el local entero.

Harry rió, negando con la cabeza.

—No tienen por qué, lo saben.

—Claro que sí, todo en honor a nuestro mejor —dijo Fred.

—Y único —matizó George.

—Patrocinador inicial.

Nuevamente Harry rió, mientras que Ron levantó la mano.

—Oye, ¿y para mí? Soy su hermano, ¿no?

Los gemelos lo miraron, luego se miraron entre ellos y luego volvieron a mirar a Ron.

—Para ti —dijo Fred—, será un 20%...

—... más caro —completó George.

—¡¿Qué?!

Pero ya estaban todos riéndose, incluido Ron, que fingió estar ofendido pero acabó partiéndose también.

—Bueno —dijo Harry levantándose y estirándose—. Supongo que será un día interesante.

Miró hacia la ventana, justo donde el sol brillaba sobre los tejados de Londres. 

Solo un día de cumpleaños, que prometía ser normal; tiendas, libros y bromas, sencillo. Pero vamos, Harry conocía su vida y sabía que los días normales, en el Callejón Diagon, siempre tendían a... terminar en desastre.

Solo esperaba que este no fuera uno de esos días.

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