Work Text:
Michaela Kaiser estaba convencida de que debió haber cometido un pecado bíblico en su vida pasada.
Porque si no era así, entonces no había explicación de todo lo que le estaba pasando.
Al parecer, al universo no le pareció suficiente con que tuviera una infancia de mierda, sino que ahora también tenía que aguantar que la maldita de Noa le estuviera rompiendo las bolas veinticuatro-siete porque la vieja no tenía nada mejor que hacer.
Quería arrancarle las entrañas al estúpido congresista que había propuesto semejante idiotez, porque, aparentemente, que dos delanteras imbéciles se mataran (no literalmente) a golpes en media cancha significaba que ahora todas tenían que someterse a un curso de ‘manejo de ira’. Ah, pero claro que no hacían nada cuando se trataba de los futbolistas hombres que mataban a su pareja a golpes. Menuda putada.
No tenía ganas de reconocer otro de los miles de machismos del fútbol, así que, con un suspiro, Kaiser se levantó de la banca del vestidor con una toalla en su cuello dirigiéndose a la salida. Tampoco es que hubiera nada interesante que hacer; después de todo, era final de año y estaban fuera de temporada, así que varias jugadoras ya habían tomado sus vacaciones, entre ellas: Ness.
Ness siempre había sido su mano derecha y hasta hace poco era impensable que fuera a cualquier lugar sin Kaiser, siempre siguiéndola como una perra faldera sin individualidad. Pero, para bien o para mal, Ness tuvo los ovarios para finalmente mandar su fijación con Kaiser a la mierda y empezar a vivir su vida como ella quería con la ayuda de su ahora pareja.
Kaiser no sabe cómo empezó esa amistad entre Ness y la chica tiburón de Blue Lock, pero ahora eran inseparables. No era como si a Kaiser le entusiasmara escuchar todas las anécdotas melosas que salían de la boca de Ness, pero no podía negar que le aliviaba un poco ver a su colega tomando las riendas de su vida. Además, el hecho de que dejara de molestarla y en lugar de eso molestara a su novia era un gran punto a favor.
Para hacerla corta: Ness estaba saliendo con Kurona desde hace Dios sabe cuánto, así que, como buena dominada, iba a pasar el fin de año con la familia de su novia en Japón y por eso no estaba acá. Esa maldita se había salvado de tragarse la cagada del ‘curso de manejo de ira’. Quién pudiera tener su suerte.
—Kaiser, quédate —la voz que Kaiser menos quería escuchar resonó. Noa era una maldita perra.
—¿Qué quieres? —Kaiser dijo acusatoriamente, sin siquiera dar lugar a que sus palabras fueran percibidas como pregunta. Todo esto mientras los vestidores se vaciaban y el parloteo empezaba a sonar distante.
—Solamente vengo a recordarte que debes cumplir tu cuota de 8 horas obligatorias atendidas en el curso de manejo emocional. De lo contrario, no podrás participar en los partidos de la próxima temporada.
—Ándate a la mierda, ya lo sé. No vengas a tratar de recordármelo “amablemente”. —Kaiser rechinó, tirando la toalla mojada por las bancas a la par que se marchaba del lugar dándole la espalda a Noa.
Parece que la conversación había ido de maravilla.
.
Cánticos y luces de mala calidad abrumaban las calles de Berlín y a Kaiser por igual. Era normal, pues era pleno diciembre, mas no lo hacía más tolerable para la alemana.
Respecto a ese curso que ya le estaba carcomiendo la cabeza, Kaiser decidió que iría hoy a hacerlo, idealmente terminar con todo y sacarlo de entremedio; aunque 8 horas seguidas de parloteo corporativo no dejaba de sonar como tortura medieval.
Quizás debió de revisar el calendario pegado a su refrigerador (el cual seguía en septiembre) o simplemente ver su celular o reloj. “¿Por qué?” Bueno, porque aparentemente no toda la gente solía trabajar en Nochebuena.
Sí, increíblemente se las había ingeniado para aparecer en pleno veinticuatro de diciembre en las oficinas del curso, solo para encontrarse a puerta cerrada con un gran papel que informaba la ausencia de la mediadora el veinticuatro y veinticinco de diciembre. Guau, ahora sí que Kaiser sentía que se le estaban riendo en la puta cara.
Si fuera otra persona, se sentiría estúpida por olvidar una fecha tan importante que gritaba ‘FERIADO’ a voces, pero era Kaiser de quien se trataba, alguien a quien no le podía importar menos el vacío espíritu de la Navidad. Para ella era simplemente un día normal en el que ingenuamente no se molestó en cuestionar la solitud que sentía en la ciudad hoy, y ahora pagaría su credulidad desperdiciando el día que pudo tranquilamente haber usado quedándose en su apartamento. Ahora debería sacar su teléfono y pedir un Uber para llegar a tomar cantidades industriales de alcohol y gaseosa.
Eso es lo que hubiera hecho, si no fuera porque sus ojos se desviaron a otro lugar: un escaparate de una tienda infantil.
Para su sorpresa estaba abierto, de seguro para los que compran a última hora o para los curiosos como ella. Quizás era el destino que sus ojos se clavaran en el ventanal justo en ese momento, pero Kaiser no creía en esas tonterías.
Aun así, eso no la detuvo de quedarse con los ojos pegados al ventanal, o más bien pegados a un peluche, un peluche de langosta demasiado grande para que un niño lo agarre bien.
—...
Estaba perdiendo el tiempo.
Sacó su celular de su bananera, decidida a dejar de perder el tiempo, y lo desbloqueó… O eso alcanzó a hacer antes de escuchar un ruido sordo y perder la consciencia.
…
No, si su día iba de puta madre.
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