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Hermione, una vez más, estaba encerrada en su oficina llorando, con el corazón roto, harta y agotada, sintiéndose como una tonta por haberle dado otra oportunidad a su esposo: el hombre al que había amado durante años, el hombre con el que llevaba nueve años de matrimonio y un hijo de ocho.
El primero de enero Ron se había disculpado por ser un mal esposo, por ser más padre que esposo. Hermione tenía el corazón adormecido y se había prometido dejarlo ir, convivir con él y nada más.
Ella le recordó que…
—¿Te acuerdas de la semana previa a Navidad, cuando hice el comentario sobre el "mago proveedor" y cabeza de hogar? Bueno, allí me dijiste algo importante que yo había estado ignorando. Me dijiste que tenía razón, que tú nunca habías sido así: "Nunca he sido el mago que paga por tus cosas o que paga para que te veas bonita; eso depende de ti, así no me conociste".
Hermione suspiró frente al recuerdo amargo.
—Eso dijiste. Sé que lloré, pero no porque me lastimara, sino porque tenías razón. Ya me acostumbré; ya no te pido ni espero nada de ti. ¿Recuerdas cuando solía pedirte flores o que plantáramos rosas en el jardín? Cuando por fin lo hicimos, tus palabras fueron: "Allí están tus rosas, ya no pidas más". A veces me siento como en esa serie muggle que te gusta, Malcolm el de en medio, donde uno de los hermanos dice: "No esperaba nada y aún así lograron decepcionarme". Lamentablemente, Ron, tienes un don para eso.
En aquel entonces, Ron había respondido con una excusa torpe: —Pero eso no está bien, no es correcto que te acostumbres. No fue lo que quise decir... Podría comprarte flores todo el tiempo, pero cuidar las rosas es más significativo y requiere tiempo.
Esas palabras quedaron suspendidas durante meses. Hermione lo intentó; intentó dejar que él se esforzara, pero como siempre, Ron fracasó en sus intentos mediocres. Y aunque ella se había jurado no volver a ser vulnerable, lo hizo. Él volvió a romperle el corazón. Hermione se había prometido dejar de decirle que lo amaba y durante dos meses funcionó, pero ingenuamente volvió a creer. Volvió a decirle que lo amaba.
Hoy… hoy fue uno de esos días.
Hermione estaba estresada. Al terminar de desayunar, simplemente levitó su plato encima del de él para recoger la mesa. Ron, en un tono que pretendía ser bromista, le soltó: —Oye, ¿por qué haces eso? Si cada quien debe lavar su propio plato.
Hermione, con los nervios a flor de piel, respondió seca: —Solamente quería poder levitar todo junto.
Estaba molesta, pero su molestia provocó que Ron se levantara ofendido. Al instante, la culpa —esa vieja conocida— invadió a Hermione. Pensó que él solo estaba bromeando y ella había reaccionado mal. Se acercó a la cocina, arrepentida y avergonzada, para pedirle una disculpa sincera.
Sin embargo, para su mala suerte, Ron ya estaba sumergido en su nueva obsesión: los celulares muggles. Estaba viendo una película; se puso los audífonos, la miró con indiferencia, soltó un frío "ok" y la ignoró por completo.
Esa reacción no debió sorprenderla. Sabía que cuando él se enojaba, aunque ella se disculpara, él siempre era frío y la aislaba.
Hermione huyó a su oficina. Se encerró a llorar, indignada y furiosa consigo misma. ¿Cómo era posible que le doliera una reacción que siempre era la misma? ¿Cómo podía ser tan ingenua? Se miró al espejo con los ojos rojos e hinchados y se preguntó en voz alta:
—¿Cómo le digo? A Ron que me da lo mismo que vaya o que venga, que esté o que no esté conmigo…
Que no siento nada cuando me acaricia.
Que ya no disfruto su risa como antes.
Que quiero escaparme.
Que siento que me ahogo.
Que me desespero.
—¿Cómo le digo que ya no lo amo?
Se quedó en silencio un momento.
—¿Cómo le digo… que todo es mentira?
Que quiero dejarlo.
Que así ya no vivo.
Que me siento culpable.
—Que ya no soporto seguirle mintiendo
Se miró una última vez en el espejo y, con un suave movimiento de varita, retocó su maquillaje, para ocultar el rastro del llanto. Debía continuar. Debía salir y fingir. En su familia no conocían el divorcio, su mamá y sus tías siempre le decían que el matrimonio era hasta que la muerte los separe, y en su nuevo mundo, las reglas eran claras: los magos no se divorciaban.
Fin.
