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Caigo de rodillas cuando el silencio anuncia la victoria, mi cuerpo lo hace de forma involuntaria. No soy consciente de lo que pasa a mi alrededor, de quiénes cayeron y quiénes no.
Mi cuerpo se desploma en el suelo y una oleada de dolor me atraviesa, porque ahora me permito sentir todo aquello que estuve conteniendo. Un grito inunda el lugar y me cuesta unos segundos reconocer que se trata de mi voz. No dejo hacerlo hasta que siento como me arde la garganta, pero no es un grito de ayuda, es un grito de liberación.
Me siento mareada, entumecida. Una mano temblorosa sube hasta la altura de mi cara, mi mano. Busco mi ojo izquierdo, pero lo único que encuentro es un líquido desparramándose por ese costado, cayendo por mi mejilla y mi mentón: sangre. No me desespero, no pido ayuda, tan solo me quedo en mi lugar e intento no presionar tanto la herida.
—Dios mío, Caitlyn. Tienes que ver a un médico —la voz desesperada de Mel aparece, intentando levantarme, pero me resisto.
—Vi... —es la primera palabra que digo— Necesito encontrar a Vi.
—Necesitas a un médico, no creo que quieras que esa herida se infecte. Por favor, no seas terca —me reclama, al ver mi resistencia.
—Pero... debo encontrarla, necesito saber que está bien.
—Mírame —pone su mano sobre mi mentón y me obliga a dirigirme a sus ojos, aunque mi vista está borrosa todavía— Enviaré a alguien a buscarla y le daré nuestra ubicación, pero ahora, insisto, debemos revisar tu ojo antes de que se infecte y sea peor. ¿Entiendes?
Asiento, con la mirada perdida, y me ayuda a ponerme de pie. Otra persona se acerca para ayudarla a sostenerme y un hombre me levanta del suelo para atraparme en sus brazos, no tengo la fuerza necesaria para gritarle que me suelte —o para protestar— porque siento un tirón y bajo la mirada a mi abdomen, observando el objeto punzante que tengo enterrado en él.
Respiro hondo, cerrando los ojos todo lo que dura el trayecto hasta el puesto de enfermería que habíamos improvisado antes de que todo comenzara e intento tranquilizarme.
Me ayudan a colocarme sobre una camilla y mi cuerpo se relaja, aunque no puedo evitar ver como todos los presentes me observan asustados, corriendo de un lado a otro en busca de un botiquín y otros elementos.
¿Cómo he terminado en esta situación?
—Esto va a doler un poco, pero tenemos que desinfectar la herida para poder cubrirla después —la voz de una mujer aparece y asiento. En sus manos tiene un algodón y una botella de solución salina, mierda.
Mis manos se aferran a los costados de la camilla con tanta fuerza que imagino como mis nudillos se vuelven blancos. Respiro profundo unas cuantas veces, esperando lo peor.
El ardor me atraviesa como una bala y recurro a todo mi autocontrol para no volver a gritar, aunque la sobreestimulación es tanta que luego de unos segundos me siento como si estuviera anestesiada. Al mismo tiempo que me colocan una gasa en el ojo perdido, otro enfermero se acerca para comenzar a curar la herida de mi abdomen y cuando creo que estoy al borde de desmayarme, una voz familiar me trae de vuelta a la escena.
—¡Cait! —el grito de Vi hace que mire hacia la entrada. Está cubierta de sangre y sudor, luce cansada, pero pelea contra las cuatro personas que intentan impedirle el paso— Muévanse, es mi novia.
—Baje la voz y retírese, por favor —le pide un enfermero—. La señorita necesita descansar, en cuanto terminen las curaciones podrá verla.
—Déjenla quedarse, por favor —logro formular, ignorando lo seca que está mi garganta todavía.
La pelirroja empuja a todos hasta llegar a mí y me toma la mano, acariciándola con suavidad y observándome con lágrimas en los ojos.
—Todo va a estar bien, Cait —es lo primero que dice, aunque no sé si lo hace para calmarme o para recordárselo a ella misma— ¿Qué pasó?
—Ambessa —respondo con repulsión—. Tuve que hacerlo, tenía que darle tiempo a Mel y... mi ojo sufrió las consecuencias —explico, bajo su atenta mirada, mientras un enfermero coloca una cinta para asegurar la gasa que cubre la herida del abdomen.
Vi acaricia mi pelo con una mano temblorosa, luego baja hacia mi rostro y hace un ademán de dirigirse hacia donde se encontraba mi ojo izquierdo, pero se retracta y la aparta rápido. En cambio, posiciona su palma sobre mi brazo derecho y me acaricia con cuidado, no puedo evitar sonreír débilmente.
Cuando los presentes abandonan el lugar, ella vuelve a retomar la conversación.
—Si hubiera estado ahí la hubiera matado con mis propias manos —escupe con rabia y niega repetidas veces con la cabeza.
—Tranquila, yo me lo busqué —respondo en busca de tranquilizarla y llevo mi mano a su cara para acariciar su mejilla, ella se apoya al sentir el tacto— ¿Y Jinx?
Su expresión cambia a una más dura, puedo ver como palidece un poco y una sensación extraña se aloja en mi estómago. Como si me estuvieran aplastando.
—Ella... ella está...
No necesito que termine la frase, en cuanto su voz se quiebra entiendo todo aunque no sepa cómo se dieron las cosas al cien por ciento. Tiro de su brazo para que se acerque y al instante me rodea, como puede, para unirnos en un abrazo.
Siento como un par de sus lágrimas caen sobre mi hombro e intento no desarmarme porque una de las dos debe ser fuerte en estos momentos. La dejo desahogarse todo lo que necesita mientras acaricio su espalda y me permito lamentarme por Jinx; dejo atrás esa desesperada búsqueda por venganza, los rencores y mis opiniones hacia su persona, porque sé lo importante que fue para Vi y porque sé lo desgarrador que es perder a alguien que amas de un momento para otro.
—Cuando uno de los guardias me encontró y me contó lo que te había pasado pensé que me moría —un sollozo interrumpe su relato y luego continua—. Pensé... pensé que había perdido a todos.
Mi corazón se rompe cuando formula esa última frase y una lágrima se desliza por mi mejilla derecha. No puedo evitar imaginar su reacción y me duele, es la persona más fuerte que conozco, pero también sé que está destrozada por las cosas que ha perdido en el camino.
En cuanto nos conocimos, nuestro vinculo fue inmediato, nos volvimos inseparables... y con el tiempo también nos convertimos familia. Ahora somos lo único que tenemos, lo único a lo que nos podemos aferrar para no perdernos a nosotras mismas en medio del dolor.
—Jamás vas a perderme —le prometo con firmeza. Sus ojos me observan, reflejando esperanza.
Ella intenta responderme, pero nos callamos al ver que Mel ha vuelto a ingresar a la carpa. La mujer se acerca a nosotras con una sonrisa tímida y me ofrece una botella de agua que acepto y casi vacío en tiempo récord, luego se la extiendo a Vi para que la termine.
—Los enfermeros dicen que la herida no está tan mal —comenta, luego de permanecer en silencio unos segundos—. Lo lamento mucho, Caitlyn. Yo...
—No necesitas disculparte —la interrumpo, notando en su mirada la culpa que siente por las acciones de su madre—. No es tu culpa. Además, me has salvado muchas veces hoy.
—Sí, pero no dejo de pensar que pude haber hecho más. Sé cuánto te gustaba disparar y ahora...
—Ahora tendré que adaptarme, pero jamás abandonaré mi pasión. Tranquila.
En estos momentos no tengo el tiempo ni las ganas para pensar en lo que este accidente me va a cambiar en el futuro, solo quiero descansar por horas y horas sin tener que preocuparme por nada. Quiero tener a Vi a mi lado y disfrutar cada momento juntas, buscar a mi padre para aclararle que estoy bien y volver a casa, esas tres cosas encabezan mi lista de prioridades.
Mel asiente, aún apenada y luego se despide para dejarnos solas otra vez.
Vi me ayuda a sentarme en cuanto siento un gran dolor en el cuello y le hago un poco de espacio para que me acompañe. Me rodea con un brazo y apoya su cabeza en mi hombro.
Estar así, juntas y en paz, me hace valorar más todo. No sé en qué estaba pensando cuando la abandoné en Zaun por mi maldita cabeza dura, pero luego de este momento sé que jamás nos podrán separar. Cuidaré de ella, como ella cuida de mí, y saldremos adelante por muy duro que sea.
—Ahora tendré que usar un parche —reflexiono unos minutos después— ¿Crees que me veré bien?
Se coloca mejor para analizar mi cara de arriba hacia abajo con sus ojos grises, tomándose su tiempo y su semblante se pone más serio.
—Te verás muy sexy, Cait. Créeme —responde al fin, y me saca una carcajada que termina contagiándola.
Y así, escuchando el sonido de su voz, me relajo sobre su cuerpo para permitirme descansar, sabiendo que apenas despierte estará a mi lado para acompañarme.
