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Lo que supimos ser nosotros - Lee Minho / Han Jisung

Summary:

Lee Minho sabía que tener un hijo como padre soltero iba a ser difícil. Pero él mismo se había puesto en ese camino, el de los sacrificios.
Ser un buen hijo. Un buen hermano. Un buen amigo. Esos habían sido sus sacrificios de la adolescencia. Uno se debe sacrificar por los que ama, pensaba cada día, y ahora, su hijo Jeongin era prueba de ello.

Porque ahora también debía ser un buen papá.

Un buen papá debe darlo todo por su hijo.
Un buen papá debe aguantarlo todo por su hijo.
Pero un buen papá, incluso el mejor de todos, también tiene derecho a amar.

Sin embargo, amar era el primero de esos tantos sacrificios que Minho había tenido que hacer en su vida.

¿Qué pasaría si acaso ese amor que había dejado atrás hacía años, de repente volviera en forma del maestro de jardín de su hijo?

o

Donde Lee Minho y Han Jisung se enamoran, otra vez.

Notes:

Completa!!!!! Gracias por leer 🩷

Chapter 1: 2025: primer día de clases

Chapter Text

—¡Jeongin! —exclamó Minho, con una media roja en su mano derecha y una azul en la izquierda.

Un par de pies descalzos se oyó pisotear desde la otra habitación, corriendo por el pasillo con esa energía inagotable que solo parecía existir en los niños pequeños. Minho se acercó a la puerta con las manos apoyadas sobre las caderas y una expresión de enfado dibujada en el rostro.

Frente a él se encontraba su pequeño hijo de cuatro años. Su cabello castaño caía sobre sus ojos, despeinado, y llevaba puesto un overol de jean con una camiseta amarilla de algodón debajo. En sus manos sostenía la razón de la exasperación de Minho: sus medias.

Minho cerró los ojos durante un momento, respiró hondo y soltó el aire despacio mientras se agachaba frente a Jeongin para ponerse a su altura.

—Hijo —dijo con la voz ahora más calma—. Papá necesita su ropa para poder cambiarse y llevarte al jardín.

Señaló el par de medias dispares que el niño sostenía entre las manos.

—Sabés que no podés hurgar en las cosas de papá sin permiso, ¿verdad?

Jeongin lo miró en silencio durante un instante, con esos ojos pequeños y rasgados que siempre parecían llenos de curiosidad. Tenía las mejillas redondas y suaves, marcadas por dos pequeños hoyuelos que aparecían cada vez que sonreía, y su sonrisa era, para desgracia de cualquier intento de disciplina, absolutamente irresistible.

Minho intentaba ser firme con él. De verdad lo intentaba.

Pero Jeongin siempre encontraba la forma de ganarle.

—Quería practicar con los títeres —dijo finalmente el niño, levantando un poco las medias como si fueran una explicación perfectamente lógica.

La expresión severa de Minho se quebró de inmediato. Una pequeña risa escapó de su pecho antes de que pudiera evitarlo.

—¿Con los títeres que hicimos el otro día? —preguntó, acariciándole la mejilla con suavidad.

Jeongin asintió con entusiasmo.

—Sí.

Minho recordó entonces el libro que había estado leyendo hacía unas semanas, uno de esos manuales de crianza para padres y madres que había comprado casi por impulso cuando todavía sentía que estaba improvisando cada paso de su vida como padre. En una de sus páginas sugerían algo que le había parecido tan simple como ingenioso: utilizar títeres para hablar con los niños sobre emociones, comportamientos o pequeñas reglas de la casa. Según el libro, los títeres podían decir cosas que a veces los adultos no sabían cómo explicar.

El problema era que Minho no tenía títeres.

Había pensado en comprarlos varias veces, pero entre el trabajo, la casa y el cuidado constante de Jeongin, siempre terminaba olvidándolo. Y, para ser sincero, tampoco era particularmente bueno con las manualidades, así que había terminado improvisando con lo primero que tenía a mano.

Medias.

Había empezado a contar historias utilizando medias como personajes, inventando voces absurdas y aventuras ridículas que hacían reír a su hijo hasta que el sueño finalmente lo vencía. Ahora entendía perfectamente por qué Jeongin había estado revolviendo su cajón.

Con un gesto suave, Minho tomó las medias de las manos del niño y luego lo levantó en brazos con facilidad.

—¿Querías que papá te vuelva a contar una historia? —preguntó con una sonrisa—. ¿O querías contarme una vos a mí?

Los ojos de Jeongin se iluminaron.

—Quería contar una.

Minho apoyó la frente contra la del pequeño durante un instante.

—Bueno, entonces cuando vuelvas del jardín me voy a sentar en el sillón de la sala de estar y voy a ver cómo me contás una historia, ¿te parece?

El niño asintió con entusiasmo.

—Pero primero —continuó Minho con suavidad— tenés que avisarle a papá cuando vas a sacar sus medias, ¿ok?

—Ok.

Minho sonrió y lo bajó al suelo. Jeongin, obediente, tomó su mano de inmediato.

—Vamos —dijo Minho—. Tenemos que buscar tus medias, tus zapatillas y tu mochila para el jardín.

Caminaron juntos hacia la habitación.

Desde afuera, cualquiera podría haber pensado que la escena era simple, una de esas rutinas cotidianas que se repiten en miles de hogares cada mañana. Pero la historia de Minho y Jeongin estaba lejos de ser simple.

Durante los primeros cuatro años de vida del niño, Minho había sido padre soltero. Nunca hablaba demasiado sobre los orígenes de Jeongin. Las preguntas sobre quién era su madre o de dónde había salido exactamente aquel pequeño de ojos brillantes solían quedarse sin respuesta. No era un tema que le gustara compartir, y en realidad tampoco tenía demasiadas personas con quienes hacerlo.

Minho siempre había sido alguien bastante centrado en su trabajo. Durante los primeros dos años de vida de Jeongin, su rutina había sido casi mecánica: despertarse temprano, dejar al niño con su propia madre y pasar largas horas trabajando como vendedor de planes de turismo en una empresa que le resultaba tan estable como insoportablemente aburrida. Era un trabajo seguro, sí, pero estaba muy lejos de la vida que alguna vez había imaginado para sí mismo.

Minho siempre había sido bailarín.

Un bailarín profesional, apasionado, de esos que parecían haber nacido para moverse sobre un escenario. Sin embargo, cuando Jeongin nació, la danza se convirtió en un lujo que no podía permitirse. Necesitaba dinero, estabilidad y horarios previsibles, así que dejó de bailar. O al menos lo intentó.

Fue su madre quien finalmente lo convenció de volver. Jeongin tenía ya dos años cuando ella se sentó frente a él en la cocina y le dijo, con una firmeza que Minho conocía demasiado bien, que no podía seguir viviendo una vida que no lo hacía feliz. La danza era lo que él amaba, y también era algo en lo que era verdaderamente bueno.

Volver a ese mundo, sin embargo, implicaba sacrificios. Dar clases de danza significaba ganar menos dinero que en la empresa de turismo, y por eso, durante casi dos años, Minho y Jeongin vivieron en la casa de sus padres. Necesitaba ayuda. Alguien que cuidara del niño mientras él enseñaba y un poco de estabilidad mientras reconstruía su vida profesional.

Con el tiempo, las cosas empezaron a mejorar. Minho descubrió que tenía un talento natural para enseñar, y sus clases comenzaron a llenarse con facilidad. Para cuando Jeongin estaba por cumplir cuatro años, finalmente había conseguido algo que llevaba tiempo deseando: un departamento para los dos.

Había sido su hermano Changbin quien lo había ayudado. Trabajaba en una inmobiliaria y había logrado conseguirle un pequeño departamento en una zona tranquila de la ciudad de Gimpo, no demasiado lejos de donde vivía su familia. Gracias a él, Minho y Jeongin finalmente tenían su propio hogar.

Aun así, Minho sabía que todo aquello había sido posible gracias a la ayuda de muchas personas, sobre todo su familia. Y por eso se sentía en deuda con ellos. Sabía que ahora tenía que trabajar más, dar más clases y ahorrar todo lo que pudiera. Quería darle a su hijo una vida digna.

Pero también había algo que no estaba dispuesto a sacrificar.

El tiempo con Jeongin.

No quería que su hijo creciera siendo criado por otras personas.

Fue en medio de una larga conversación con su madre cuando apareció la solución: un jardín de infantes.

Al principio la idea no le había gustado demasiado, pero su hermano menor, Hyunjin, también había intervenido en la discusión. Un conocido suyo llevaba a su hijo a un jardín llamado Nuevo Sol, en Gimpo. Decía que era un lugar hermoso, lleno de niños curiosos y docentes pacientes, donde los chicos no solo pintaban dibujos —aunque eso también estaba bien—, sino donde aprendían, jugaban y crecían rodeados de cariño.

Y, según había escuchado, el profesor del jardín era especialmente bueno con los niños.

Después de pensarlo durante semanas, Minho finalmente había aceptado.

Y por eso, esa mañana, estaba tratando de preparar a Jeongin para su primer día de jardín.

Minho sentó a Jeongin en la cama con cuidado, sosteniéndolo por la cintura para que no se deslizara mientras buscaba las medias correctas entre el pequeño desorden que habían dejado unos minutos antes. El niño pateaba el aire con energía, como si la mañana fuera una aventura que todavía no terminaba de comprender del todo, mientras Minho le colocaba una media primero y luego la otra, asegurándose de que quedaran bien acomodadas en sus pequeños pies.

—Quietito un segundo, campeón —murmuró, concentrado.

En cuanto terminó, tomó las zapatillas con una mano y volvió a alzarlo en brazos con la otra, sosteniéndolo contra su cadera mientras comenzaba a recorrer el departamento con pasos rápidos. Minho iba y venía por la casa buscando todo lo que faltaba.

Con Jeongin en brazos, se dirigió primero a la cocina. Mientras el joven miraba a su alrededor pensando qué estaba buscando, su hijo comenzó a señalar cosas a su alrededor con entusiasmo.

—¡Papá, el agua! ¡Papá, la comida!¡Papá!
—¡Ah, cierto! —respondió Minho con una pequeña exclamación mientras abría la mochila—. Uy, casi me olvidaba hijo, gracias.

Abrió la heladera con el codo, tomó la botellita de agua y luego la lonchera que había preparado la noche anterior.
Al dirigirse hacia la puerta, tomó su bolso de danza, el que siempre llevaba a sus clases de la mañana, y buscó con la mirada por la mesada hasta encontrar las llaves del auto. Luego volvió a mirar alrededor del departamento como si estuviera repasando mentalmente una lista invisible: mochila, agua, comida, bolso, llaves.

Bien.

Cuando estuvo seguro de que no olvidaba nada más, caminó hacia la puerta de entrada. La abrió con rapidez, apoyó a Jeongin en el suelo y se agachó para ponerle las zapatillas.
El niño balanceaba las piernas con impaciencia mientras Minho intentaba atarle los cordones con rapidez.

—Listo.

Luego se calzó sus propias zapatillas con un movimiento torpe, perdiendo el equilibrio por un instante mientras trataba de hacerlo sin apoyar las manos en el suelo.
Jeongin soltó una risa alegre.

—¡Papá!

—No te rías —protestó Minho entre dientes mientras terminaba de acomodarse—. Esto es más difícil de lo que parece.

En cuanto terminó, volvió a alzarlo en brazos y caminó hacia el ascensor. Presionó el botón con el codo mientras miraba su reloj de muñeca.

Las nueve.

El jardín empezaba a las nueve y diez.

Minho dejó escapar un suspiro largo. Durante un segundo sintió el impulso de lanzar una maldición al aire, pero antes de que pudiera hacerlo, una pequeña voz lo interrumpió.

—¡No decir malas palabras!

Minho bajó la mirada hacia su hijo. Cerró los ojos un instante y suspiró.

—Tenés razón, hijo.

Las puertas del ascensor se abrieron con un pequeño sonido metálico y ambos entraron. El descenso fue rápido. Cuando llegaron al hall del edificio, Minho saludó al portero con un gesto rápido de la cabeza antes de dirigirse hacia el garage.

—Buen día —alcanzó a decir.

Buscó su auto con la mirada entre los otros vehículos estacionados y caminó hacia él con pasos apurados. Abrió la puerta trasera y acomodó a Jeongin en su asiento para niños con movimientos automáticos, abrochando el cinturón de seguridad con cuidado.

—Listo, capitán.

Luego rodeó el auto, subió al asiento del conductor y dejó el bolso de danza en el asiento de al lado. Giró la llave de encendido y la radio se activó casi de inmediato.
Después de unos segundos de estática, comenzó a sonar una canción infantil.
Jeongin se iluminó.

—¡Papá! ¡Es Baby Shark!

Minho acomodó el espejo retrovisor para poder verlo desde el asiento delantero y sonrió al encontrarse con su expresión emocionada.

—Sí, tu favorita Innie.

—¡Cantala conmigo!

Minho rió suavemente mientras ponía el auto en marcha.

—Cantala vos. Papá te escucha.

El pequeño comenzó a cantar con entusiasmo desde su asiento, moviendo las piernas al ritmo de la música mientras el auto avanzaba por las calles de Gimpo. Dentro del vehículo, la voz alegre de Jeongin llenaba el espacio con la canción infantil mientras Minho conducía en silencio, con una sonrisa apenas dibujada en el rostro.

Intentaba convencerse de que todo iba a estar bien.

Era la primera vez que dejaba a su hijo con alguien que no fuera su familia, y aunque sabía que el jardín tenía buenas referencias, la idea lo ponía nervioso. Pensaba en si lo tratarían bien, si el maestro sería amable, si los otros niños querrían jugar con él.
Esperaba que Jeongin pudiera hacer amigos. También esperaba que el grupo de padres no fuera demasiado complicado. Solo imaginarse teniendo que socializar con otros papás y mamás en reuniones escolares le producía una pereza casi física.

Mientras conducía, el cielo de la mañana se extendía sobre la ciudad cubierto por una capa suave de nubes grises. Sin embargo, entre ellas comenzaban a filtrarse algunas franjas de luz, como si el sol estuviera intentando abrirse paso lentamente.

Todavía no terminaba de salir.
Pero estaba ahí.

Cuando finalmente llegaron al jardín Nuevo Sol, Minho redujo la velocidad al ver la cantidad de autos estacionados frente al edificio.

El lugar era una antigua casa tradicional coreana que había sido remodelada para funcionar como jardín de infantes. Sus paredes blancas contrastaban con los tejados oscuros de estilo tradicional, y el terreno estaba rodeado de plantas y árboles que daban al lugar una sensación acogedora.
Había muchos padres esperando frente a la entrada.

Y muchos niños.

Risas, gritos, mochilas de colores, pequeñas manos agitándose en el aire.

Minho estacionó el auto y salió rápidamente. Rodeó el vehículo, abrió la puerta trasera y desabrochó el cinturón del asiento de Jeongin justo cuando la canción terminaba.

El niño estaba radiante.

—¡Papá! ¡La escuela! ¡La escuela!

Minho soltó una pequeña risa.

—Sí, sí. La escuela.

Lo ayudó a bajar y lo sostuvo por los hombros.

—¿Estás listo?

Jeongin asintió con energía.

Minho lo miró con expresión seria durante un segundo.

—Prometeme que te vas a portar bien.

El niño lo observó con atención.

—Porque si el maestro me dice que te portaste mal —continuó Minho—, ¿qué va a pasar?

Jeongin respondió sin dudar.

—Voy a tener que bailar con papá la canción del castigo...

Minho sonrió.

—Exactamente.

Tomó la pequeña mochila del asiento, la colgó sobre los hombros de su hijo y le tendió la mano.

—Vamos.

Cruzaron la calle juntos y se unieron al grupo de padres y niños que esperaban frente a la entrada del jardín.

Jeongin no podía quedarse quieto. Miraba a los otros niños, les sonreía, levantaba la mano para saludarlos como si todos fueran viejos amigos.

Minho, en cambio, se sentía un poco fuera de lugar.

A su alrededor había madres solas, parejas de padres y madres, pero no parecía haber otros padres solos. De repente se sintió ligeramente observado, sobre todo por algunas de las madres que conversaban entre sí mientras lo miraban de reojo.
Minho intentó parecer calmado, mientras carraspeaba y se acomodaba la campera de manera disimulada.

El que lo miraran no era algo completamente inesperado. Minho era, le gustara admitirlo o no, un hombre excepcionalmente atractivo. Pero aquello era algo que a él siempre le había resultado difícil reconocer en sí mismo. Pero las miradas y los pequeños murmullos a su alrededor lo confirmaban.

Cuando sintió que estaba poniéndose demasiado nervioso, ocurrió algo extraño. Las conversaciones comenzaron a apagarse, y en ese mismo instante, como si alguien hubiera corrido un telón invisible en el cielo, las nubes se desplazaron ligeramente y un rayo de sol iluminó la entrada del jardín.
La puerta de madera se abrió, y de ella salió un hombre con el cabello color violeta oscuro, casi como el tono profundo de un vino tinto. Vestía un guardapolvo de maestro sobre unos pantalones coloridos, llevaba una pequeña nariz de payaso roja en la cara y agitaba las manos en el aire con exagerados gestos teatrales, como si estuviera haciendo jazz hands frente a un escenario invisible.

—¡¿Quiénes han venido a su primer día de jardín?! —anunció con una sonrisa enorme.

El corazón de Minho se detuvo.
Sus ojos se abrieron de par en par.
Un suspiro apenas audible escapó de sus labios.

—No puede ser… —murmuró.

Porque la persona que tenía delante era alguien a quien no había visto en años.
Alguien a quien había intentado olvidar.

Han Jisung.
Su primer amor.