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Wedding Song

Summary:

La mayor muestra de amor que puede existir son las promesas que hemos dejado en nuestros caminos, los deseos sobre nuestro futuro. Podría olvidar mi propia existencia; jamás olvidaría tu rostro, tu voz, la suavidad de mis manos acariciando tu piel. Tan delicado como un pétalo de flor. Permíteme dedicarte cada una de mis acciones y mis palabras perdidas. Tan solo espera un poco por mi.

No olvidaré el camino a casa.

Notes:

Desesperadamente pedido, rogado, llorado y suplicado por n0t.h4xn. Por fin buenas noticias.
Acá mi twt (no hago nada); @othermitto

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

¿Has pensado alguna vez cuando alguien vale totalmente la pena? Que lo veas y no dejes de pensar que quieres ser tú quien le permita vivir una vida plena. A quien ves y desearías acompañarle por el resto de sus días. Quien deseas dedique esa sonrisa de emoción y agradecimiento. Alguien en quien piensas constantemente, fugaz y tardía. Quien ves en cada cosa que haces, en cada cosa que amas.

Quien lo tiene todo, y aún así. Es la razón para dar tu vida. 

"Vale tan poco tu vivir"

No.

El caballero jamás había creído que tiene poco valor, le temen. Le festejan, tiene el mayor título que un caballero respetado podría tener. Es valiente. Sabe cuánto vale —Además del precio que le suman otros reinos cuando piden su captura— Y aún así. Cree lo mismo.

"Él significa tanto. Que soy capaz de dar todo aquello por lo que he luchado, por lo que he aprendido. Y todo lo que significa mi persona. Simplemente por su gratitud"

Porque lo supo desde el primer instante en que en sus inocentes años se vieron por primera vez. "Es a este hombre al que quiero a mi lado. Es este hombre al que le demostraré, que soy capaz de darle más. Mucho más. Que un reino".

 

 

En la infancia,  el amor es una palabra sencilla y el futuro es un horizonte infinito sin obstáculos. 

No lo piensas demás, no te angustias por recibir algo a cambio. Simplemente amas y reclamas, sin saber el peso de aquellas palabras.   Voces con aquel timbre agudo de la niñez. La inocencia en sus palabras y decisiones. 

Farfadox había sido recién "aceptado" en el gremio, no le permitían mucho más. Solo podía ser un mensajero, aún así estaba orgulloso de si mismo, sabía que lograría alcanzar su meta.

Fue en aquellas entregas, que lo conoció. Un pequeño igual que él, tímido, aunque educado, conversó un par de minutos distraído ante la emoción de conocer a alguien en su rango de edad, un poco mayor quizás, pero aún con ese brillo único en una etapa tan vibrante. Prometió volver en entregas futuras.

Así pasaban los días, era un camino de todos los días para entregar las cartas a los reyes. Y el joven siempre estaba allí, cada vez recibiendole con una mayor sonrisa que la anterior. Conversando mucho más, iniciando los temas de charlas amenas,  la compañía del otro se había vuelto primordial para seguir allí. 

Le gustaba como vestía, su cabello largo resaltando sus rasgos, además de lo bonito que se veía cuando colocaba flores en el. Era tierno; de voz bonita. Le hacía sentir cómodo, estar con él era muy divertido. 

Le alentaba a seguir su camino, veía mucho en el. Como nadie había hecho; le hizo creer que todo era posible, aún cuando tenía todas las de perder. Le hizo erguirse en confianza, e ir con el pecho en alto a cada entrega. Daba igual lo que era, si era un panadero, un herrero, o un mensajero, sería el mejor que existía.

Porque él creía en su potencial. 

No sólo era alguien especial, era alguien distinto. Alguien que no le cortaba las palabras ni le decía que cuando creciera se daría cuenta que la vida no se lo permitiría. Lo veía con cariño, con aprecio, escuchaba sus palabras y confiaba en el. No era el mismo asco o fastidio de los grandes. Era aprecio genuino, era interés y gratitud. Era verdadero.

Inconcientemente, el pequeño había tomado una decisión.

Había estado intentando recuperar una pieza de bronce que se le había caído, lo más parecido a un juguete aunque era un simple tornillo oxidado que torno forma de un león, según él, por supuesto. Intento recogerlo bajando hasta el primer piso, encontrándolo en una pequeña ventanilla que ahí se abría paso. Solo debía subirse a unas cajas y levantarse de puntillas. Lo cual estaba logrando al escuchar unas palabras en la lejanía.


"Parece que se casarán. ¿Puedes creerlo? Que asco enlazar tu vida por toda la eternidad con un simple mercader"

Murmuraban dos mujeres, vecinas del recinto. Entre burlas y susurros para nada disimulados. 

Quedó en su mente mucho más de lo que creería. 

Casamiento =  ¿Eternidad?

¿De que se trataba aquella palabra?

Fueron semanas de investigación exhaustiva a las que tuvo que recurrir. Estaba determinado. Sonaba una palabra muy grande que se sentía capaz de cargar.

"Algún día conseguirás a esa persona que amas, a la que deseas ver todos los días y por quien eres capaz de cualquier cosa, de otorgarle todo para hacerle feliz. Debes ser todo un caballero, y tener riquezas. Todo para dárselo" Le había dicho la mujer de la florería. Ladeó su cabeza en señal de expresar su cabeza pensante.

Para Farfadox, el "casarse" tomó la forma más pura de decir "no quiero separarme de ti y si alguien más te elige, habré perdido". 

Eso hizo click en su cabeza, no le agradan tanto las personas, ni que lo abracen o le acaricien las mejillas, ni tampoco que hablen demasiado porque pierde la paciencia. Con una excepción. Solo existía una persona por la cual jamás habría pensado eso, siquiera en el recuento de meses que habría pasado desde que le conocía.

Rich, su amigo.

Determinado, tomó rumbo hacia la entrega de sus cartas del día, principalmente, a toparse con el niño de sonrisa linda. 

Sus conocimientos habían sido lo suficientes como para tener en cuenta su vestimenta, su presencia; peinó el humo de su cabello lo más adecuado posible para la ocasión, y se colocó la mejor camisa que tenía en su armario.

Al llegar, por primera vez, vio mucha más gente de la que debería. Todos corriendo de un lado a otro, hablando sobre la presentación del príncipe.
Farfadox no entendía mucho aquello, estaba concentrado sólo en lo que estaba por preguntar.

Al no encontrarle en el pasillo vacío de siempre, ahora invadido, pensó unos segundos antes de tomar rumbo hacia un pequeño callejón que funcionaba como un jardín secreto. 

Al fondo, donde el sol apenas lograba conversar con los muros, crecían gladiolos de un color púrpura casi extinto, casi negro. El mayor les había comentado que les recordaban a él; en como iba a  crecer.  Junto a ellas, un pequeño sentado, abrazando sus rodillas. Era Rich.

Le miró con esos ojos oscuros que le hacían brillar sus días. 

Conversaron igual que siempre, calidez instalándose inocentemente en ambos pechos. El niño parecía nervioso, y él no se lo permitiría por más que no comprendía los motivos. No hacia falta, estaría ahí para el incluso sin saber de qué se podría tratar.

No era muy delicado con sus manos, y sus palabras solían ser demasiado bruscas para ayudarle, pero era bueno escuchándole. No sabía medir su fuerza y se sentía muy torpe al acercarse en contacto; aun así, abrió sus brazos para recibir al mayor.

Este se dejó cubrir, relajándose a su tacto. Ninguno de los dos era afectivo como para entender tal sentimiento que colorizaba sus mejillas.

Era el momento perfecto. Arrugó su nariz en determinación. Y en un susurro que salió más elevado de lo que quisiera. Preguntó.

"¿Quisieras que nos vieramos todos los días?" La respuesta afirmativa, aunque confundida del niño en sus brazos se escuchó.

"Eso es bueno porque tu y yo nos vamos a casar"

Los ojitos normalmente caídos de su amigo, se abrieron elevando sus cejas y permitiendo a sus labios caer en sorpresa, esperando que fuera una broma.

El menor únicamente alzo sus hombros. Restándole importancia y diciendo lo obvio.  "Somos un dúo muy genial, ahora que sea asi pero por siempre"

La sonrisa del pelilargo le hace sonreír, con aquella mirada traviesa y emocionada pregunta "Hmmm, tengo que pensarlo. Pero falta una cosa, ¿donde esta mi anillo?"

Oh, claro, eso lo había visto.

No creyó que fuera importante.

Frunce el ceño, un dedo en sus labios en lo que procesaba tal información, le miró de la misma manera "Yo te daré mucho más que un simple anillo, ¡más que este reino! Te lo conseguiré yo solito"

Por primera vez escucha la risa de su amigo, y es entonces que comprende que había tomado la decisión correcta.

Aquella misma tarde, fue el mayor quien le robó la sorpresa de sus labios. Rich era el príncipe heredero de aquel reino.

Ese día el evento era por él.

Ahora como le consigue un anillo único a la realeza.... 




...




Un campo de entrenamiento al atardecer, novatos del gremio allí entrenando. A tales horas comenzaban a faltar las personas, pues en su mayoría solo quedaban quienes se atrevían a llevar al límite sus capacidades físicas. Es por ello que el chico alli se encontraba, Farfadox acababa de dejar caer la espada de madera, dando por finalizada su practica cuando la bolsa de arena con la que entrenaba cayó despavorida. Pocas veces era normal encontrar a la realeza por allí, generalmente, sus asistentes eran quienes pasaban lista o se aseguraban de enumerar las siguientes misiones.

Pero por él, allí siempre estaba, observándole con dulzura, entretenido por la determinación de su compañero. A lo lejos, su cachorro descansaba, lo había conseguido llorando de frio a las afueras de la plaza, hizo lo posible para que le permitieran mantenerlo, lo vio solitario como él, su pecho enternecido decidido a llenarle de vigor. Su primera familia.

 El aire huele a metal frío, cuero sudado y al pasto que aplastan mientras se sientan juntos. Habían pasado cuatro años desde su primer encuentro, manteniéndose inseparables incluso ante las diferencias. Farfa había conseguido un espacio en el gremio, no gracias a Rich, quien por más que insistió en poder permitírselo, fue negado una y otra vez ya que lo debía lograr por sí mismo. Fue gracias a sus entrenamientos improvisados que ganaba fuerzas y afilaba sus talentos; permitiéndole defenderse cuando un grupo de saqueadores sorprendió las afueras del castillo, decididos a violentar a quienes se atravesaban. Fue un acto valiente aunque imprudente, y luego fue reprendido por "Ponerle de los nervios" a su amigo. No queria que le sucediera nada. 

Había conseguido defenderse de los tipos, enfrentándose con una espada de hierro oxidado que era peligrosa hasta para él mismo. Logró hacer el tiempo suficiente hasta que la llegada de los guardias reales hicieran acto de presencia, encontrándose con la escena, observando a cuatro de ellos malheridos.

Sin haberlo esperado, aquella fue su entrada al gremio. Siendo bienvenido por el llamado Maestro, quien le prometió un hogar en el recinto, fascinado por sus capacidades.

El hombre lo había tomado como si de su hijo se tratara. Regalándole su propio hogar; dispuesto a enseñarle todo lo que sabe, todo lo que necesitaba para crecer en el buen camino. 

Incluso cuando lo habían cuestionado por la decisión tan apresurada. Le protegió alegando que sería primordial para el reino. No sin antes asegurarse que el niño deseaba lo mismo; tal vez fue la última vez que cuestionó algo a la determinación del pequeño. Incluso si le esperaba un camino que le robaba el sueño, aún cuando tenía miedo al fracaso y la soledad, aún cuando  la vida que había llevado hasta entonces no fue justa de ninguna manera; el niño estaba dispuesto a dar todo de si por cumplir su palabra. Quien completó su pequeña familia.

Rich por su parte, estaba teniendo pequeños encargos en el reino, debiendo aprender del liderazgo y lo que debía hacer para mantener a su pueblo. Era mucho peso que cargar sobre si mismo, estrés al que debía acostumbrarse y días de calma que faltaban. Sólo su compañía podría ayudarle.

Ahora mismo solo eran ellos dos, la noche cayendo como un manto sobre ambos. Fluyendo en charlas y silencios que jamás podían ser incómodos. No entre ellos.

Sus manos se buscaron, rozando sus dedos, comparando el tamaño de sus palmas. Era inocente.  Un contacto físico que incendiaba sus cachetes, y llenaba sus estómagos, aunque no entendían en su totalidad lo que sucedía. Farfadox mira las manos de Rich; cuidadas, nobles, perfectas, y luego las suyas, marcadas por el esfuerzo de quien quiere empuña una espada en su día a día. 

"Acá irá mi anillo" Farfa movió su dedo anular.

"¿Ah si? ¿Cuando?"

"¡Te lo conseguiré cuando sea grande! "

  "Hmmm, como están los tiempos, cada vez es más difícil. ¿Se cree capaz ofrecer un anillo digno para mi, aspirante?" Sus palabras burlescas no poseían crueldad, únicamente buscando un desafío ansiando ver la chispa en los ojos del joven.

Farfadox no se acobarda.

Al contrario, aprieta suavemente las manos de su amigo, devuelve la sonrisa; pidiéndole confiar.  Su mirada tiene esa arrogancia juvenil que solo nace de la devoción.

Un pequeño ladrido suena junto a ellos, robándole sonrisas. Seguirían la charla luego de darle comida a su "hijo".

 

 

...

 

 

 

El aroma a tierra húmeda comienza a levantarse como un velo espeso sobre el claro del bosque, una fragancia dulce y mineral que se mezcla con el perfume saturado de las flores que Rich ha cultivado con una paciencia devocional. La llovizna se manifiesta primero como un murmullo entre las copas de los árboles, un repiqueteo constante que vuelve el aire denso y refresca la tierra oscura donde las raíces se hunden con fuerza. Observa su obra con satisfacción, sintiendo la humedad calar en su ropa mientras el cielo se tiñe de un gris plomizo;  su presencia allí, tan cerca de los límites prohibidos, es un privilegio que solo por tener la compañía del aspirante prodigio se ha permitido comprar. 

Su viejo amigo,  presencia constante y protectora,  permitiéndoles este instante de libertad bajo el agua que cae, terna y persistente, sobre los pétalos que parecen encenderse bajo la luz mortecina del atardecer 

Las flores oscuras le recordaban al chico moreno, aún teniéndolo ahí junto a él; los observaba con melancolía  de los años que han transcurrido a su lado. Recordando su esencia y presencia, de la que ha sido incapaz de distanciarse desde el primer instante. 

Se buscan con una dulce urgencia.

Farfadox teniendo los hombros cargados por el peso de la armadura recién otorgada es atraído por las manos suaves de su acompañante.

Le solía dar ternura, como él se empeñaba en mantener su papel de caballero aún cuando estaban en la privacidad de ambos. Se mantenía alerta, lo agradecía; aunque por instantes intentaba conseguir suavizar su postura, deseando su cercanía.

Mirándole con aquellos ojos caídos, un tanto agotado de su día a día, cargando angustias del reino y propias; principalmente, miedo inocente al creer que se quedarían en este vaivén hasta tomar caminos separados.

Es el miedo de que el mundo real sea demasiado grande para ellos dos.

Su tono es ligero, casi musical, pero sus palabras pican con la impaciencia del que anhela el futuro.

 "¿Por qué aún no me lo has pedido? " 

"Aún no está terminado, su alteza" Ante la respuesta inmediata Rich sonríe ligeramente. Siempre con aquella confianza, con esa determinación que no permite cuestionarios, esperaba alguna negativa, o excusa sobre sus quehaceres. Cada vez que su cabeza buscaba dudar del chico, este con sus respuestas simples y sinceras le hacían callar cualquier ápice de duda. En cambio, se divertía al obtener sus respuestas concretas. 

"¿Así quieres llevarme a casa, caballero?   ¿En verdad estas trabajando para tenerme?"

"Si"

"No veo ningún anillo aquí... ¿Estás seguro que puedes hacer esto?"

Farfadox observa sus manos elevándose hasta entrar en su campo de visión, moviendo su dedo con insistencia. Una sonrisa de ojos que fue incapaz de ocultar se le escapa, rompiendo su esfuerzo por mantener su postura.

Baja hasta su comodidad tomando con sus manos, más ásperas que la ultima vez, el rostro del chico.  Junta sus frentes con timidez, acaricia con la punta de su nariz la contraria.

Ambos cerrando los ojos por un momento, disfrutando del calor del cuerpo cerca del suyo y de la suavidad de la muestra de afecto.


Finalmente se incorpora, apoyándose en un codo para mirar a su príncipe a los ojos. Su "Si" es corto, cargado de una convicción inflaqueable.

Es un capricho que se ha transformado en la columna de su existencia, un deseo que ha madurado con la misma lentitud con la que las raíces se hunden en la tierra húmeda del bosque; cada fibra de su ser se ha tensado con los años, determinado a reclamar aquello que su voluntad ha marcado como suyo. 

Rich, envuelto en el aroma a tierra y pétalos mojados, permite que el tiempo se deslice entre sus dedos; paciente, encontrando una satisfacción secreta en la espera. Las palabras no han cruzado el aire, incapaz de preguntar o admitir que reconoce la urgencia en los movimientos del otro, la forma casi devocional en que Farfadox ha estado buscando los materiales más puros, el metal y la piedra que han de permitirle cruzar al paso siguiente en su lista para poder empezar a forjar aquel anillo; es un pacto silencioso que se talla bajo la llovizna.

La dulzura de aquel momento le hizo desear que fuera eterno. Que nada lo detuviera. Lástima que al regresar tuvo que leer aquella carta del hombre con quién había crecido. 


...



 

La noche antes de que Farfadox parta hacia las tierras fronterizas para cumplir su prueba de caballería la pesadez del ambiente caía como plomo, brisa helada calándose en sus huesos traspasando las capas de cobijo que tenia en sus hombros. Lo sabía de antemano pues fue él quien se encargó de firmar la notificación, sabía que era clave para su reino y les otorgaría estabilidad. Eran batallas para prevenir la guerra, aunque costaba una parte de si mismo. No solo sus hombres, sino su hombre.

Pasos apresurados se dirigieron hasta su alcoba, necesitaba un respiro. Necesitaba calidez.

Es por ello que la puerta entreabierta fue parte de su voluntad. 

La vibración de las botas en la madera solo le hizo cerrar los ojos en expectativa; brazos le rodearon con la mayor suavidad que podían, siempre intentando aligerar su fuerza al rodearle; aún así pesaba, por más que no tenía puesta su armadura completa. Se permitió dejar caer su cabeza hacia atrás, recostándose en el hombro de su amante.

No hubo palabras por ese instante, solo se permitió decaer en sus brazos, obligando a su mente a guardar aquel aroma, aquella sensación. Las palmas del moreno trazaban figuras sútiles por sobre la tela, enredando a su paso; siempre era así, desordenado. El calor en su sien al sentirle apegado a su rostro, respirando suavemente la piel y cabello, del príncipe. Querían guardar en sus memorias lo mayor posible, sabiendo que los años que tenían estimados no eran más que una fantasía; jamás era tan sencillo. Mucho menos cuando se trataba de tierras y poder.

En un susurro roto, su voz grave se escuchó "Farfa, cuando termines la encomienda... ¿regresarás?"

"Te lo prometo, Rich."

No hay risas fáciles, ni suspiros robados; Rich no siente aquella confianza al escuchar esas palabras, no en los demás reinos, no en el pasar de los años. No en la posibilidad de ser olvidado. 

Podría no volver. Por elección de la vida, o por elección propia.

Una pequeña esperanza se mantuvo, con la mascota que le era pedida quedara a su cargo, sabía lo mucho que significaba para él aquel animal. Por lo que no pudo hacer más que jurarle su cuidado. 

Tan solo esperaba que el ruego de su corazón fuera escuchado por el caballero.




Deseo que mis palabras logren hacerte saber, que yo también he luchado por ti. 

Aún cuando han sido solo pensamientos que me veo incapaz de traspasar a papel. 

El aire se ha vuelto pesado, se niega a entrar en mis pulmones; una carencia constante que me obliga a vivir en pausa desde que te fuiste, esperando por un regreso que el horizonte insiste en negarme. Mi padre me ha dejado, y lo extraño como nunca antes; soy quien ha quedado a cargo y nadie me ayuda porque creen que sé que hacer. Dime qué tú no te has ido para siempre como él. Dime qué volverás.

Hay días en los que la luz es lo suficientemente terna para permitirme el engaño, donde los quehaceres de la corona y el peso de las telas soberanas me anclan a una realidad funcional, pero son las noches las que realmente me roban la vida. En la penumbra del castillo, me descubro aguardando el roce áspero de una carta que me notifique, que tu pulso sigue golpeando contra el mundo, que tus manos aún sostienen el acero y que el deseo de volver a este refugio no se ha marchitado. 

Pierdo la vida, pierdo los días.


Quizás es mi imaginación, tuve terror constante de que la distancia haya borrado el rastro de lo que sentías, o peor aún, la duda lacerante de si alguna vez esas conversaciones compartidas fueron algo más que un esfuerzo forzado, un intercambio de palabras incómodas que mi imaginación decoró con el nombre de amor.

Nos debíamos una conversación que el orgullo o el miedo postergó hasta que el tiempo se nos acabó en las manos, y ahora me encuentro habitando un presente donde no deseo despedidas.

No quiero una despedida.

Quiero tu regreso; espero tu regreso.

Me obligo a decirme que estoy bien, una mentira que pronuncio en voz baja para que el eco de las paredes me devuelva una paz que no poseo, buscando en los rincones de mi memoria el refugio donde todavía puedo recordarte. El miedo a que tu rostro se desvanezca me aterra; temo el día en que mis dedos dejen de ser capaces de dibujar tus facciones en el aire, cuando la nitidez de tu mandíbula o el arco de tus cejas comiencen a erosionarse bajo el peso de los años.

Walter ha sido el único ancla que me ha impedido perderme; aquel cachorro que me entregaste, pequeño y torpe, creció hasta convertirse en un adulto majestuoso, un ser hermoso que cuidé con la devoción de quien protege la última reliquia de su dios.  No es normal que un animal de su clase recorra estas salas de piedra, pero su calor era lo único que llenaba el vacío insoportable del castillo.

Ambos esperamos por tu regreso.

No quisiera tener que conocer lo que significa estar sin ti, vivir sin ti. Lo estoy sintiendo, y duele.

Duele demasiado estar lejos de ti.

En momentos así desearía no haberte conocido, mi lealtad me lastima. ¿Por qué? La espera quema desde lo más profundo de mi pecho, y las lagrimas caen esperando tu regreso, esta separación que cala hasta los huesos. Viviendo en este pozo de inseguridad donde un idiota   se descubre llorando por un silencio que lo está volviendo loco.

Es mi egoísmo,  lo que me impide soltar, preguntándome una y otra vez por qué soy este tonto que se aferra a una promesa; en la cual sigo creyendo. Sigo esperando, contando cada día y cada semana como rutina.

Mi corazón estremecido intenta sostenerse en tu ausencia; pero eres tú quien podía hacer estos pensamientos detenerse.

Podría morirme y aún así seguir rogando. Por favor regresa.

¿Te acuerdas de Walter? Un día escapó, fueron horas de angustia hasta que lo conseguimos encontrar. Protegía a su pareja y a su único cachorro. Es un perro mayor ya, me sorprendió y les dí de inmediato la bienvenida al castillo. Es una tontería esto; le he puesto Walter 2.0, un nombre que suena a una de tus ocurrencias y que ahora es el único que corre por los rincones donde solíamos estar. 

No he estado tan solo gracias a ellos, aunque te extraño en cada rincón del castillo. El gremio a crecido nuevamente y yo aun sigo pensando en un solo caballero.

 El reino se ha mantenido bajo mi mando, las fronteras se han expandido y he tenido que  negociar la paz un sin fin de veces; las charlas soberanas han sido exitosas gracias a ustedes, y aunque recibo informes de vuestras hazañas a través de terceros, tus palabras han desaparecido de los escritos.

¿Dónde estás?

Dónde está mi enamorado, donde está quien prometió darme todo en esta vida, dónde está quien me deseaba, de quien palabras faltaban pero las acciones decían todo lo que necesitaba saber.
 
Todavía puedo sentir el rastro de tu contacto, una sensación fantasma que recorre mi piel hasta el final de las puntas de mis dedos, como si el roce de tu mano hubiera quedado tatuado en mis nervios. Es una memoria táctil que se niega a morir; cierro los ojos y ahí están tus ojos negros, profundos como un abismo de terciopelo que solo me miraron a mí, despojados de todo lo que no fuera nosotros. Puedo evocar la forma de tu nariz y la dulzura de ese aliento que sostenías solo para mis labios, una exhalación que era mi único aire y que ahora busco desesperadamente en el vacío. 

En que me he convertido, en que me he transformado.

¿Siempre fui tan inseguro?

¿Siempre dude tanto de tu amor?

Lo lamento tanto, por tener que ver a este hombre adulto llorando por un amor de juventud.

No era así, lo prometo, no era tan inseguro. No tenia tanto miedo.

Pero el silencio me vuelve loco y no saber si sigues con vida me hace perderme.

Rezo cada día por tu regreso, ni siquiera se a quién; a quien me escuche, quien sienta lastima por mi lo suficiente para regresarte a mi lado

Dicen que exagero, pero los años se han acumulado como el polvo sobre los tapices, transformando el paisaje y mi propio espíritu en algo que apenas reconozco.

Han pasado 15 años.

Hace 10 dejé de recibir tus cartas.

Hace 5 años Walter se ha ido de este plano dejándome solo con su cachorro.

Treinta y siete incisiones; son los restos de todas las palabras que nunca llegaran a su destino. Cada una es un 'te extraño' que se quedó sin aire. Y aún si no las recibes te sigo hablando.

Aún tras los años; desde entonces y hasta ahora, aún te amo.

 

La mañana se siente distinta, cargada de una agitación que no respeta el protocolo del castillo. A Rich le han avisado que los sobrevivientes del batallón están por cruzar la entrada y no puede evitar que los nervios le ganen. 

Ha esperado muchísimo tiempo para esto. 

Por ellos. 

Por él.

Su mano demuestra su ansiedad, golpeteando contra la madera del trono, el aire se satura con el rumor de los cascos contra la piedra mientras las puertas reales se abren de par en par, exponiendo la vulnerabilidad del reino ante el regreso de los sobrevivientes. Entre el estruendo, el bullicio y el pueblo amontonado; inevitablemente busca su figura. 

La armadura emite un quejido sordo y pesado al desmontar, un estruendo que resuena en el pecho de Rich como un latido largamente postergado; allí está él.

 Divisa en primera fila; un hombre robusto, de una presencia que desborda los límites de la armadura de netherita que lo recubre como una segunda piel.
Rich siente que se le escapa el aire al verlo; ese hombre es mucho más grande de lo que recordaba, tiene una presencia que impone y que le roba un suspiro antes de poder reaccionar. Aunque por dentro está desesperado por correr hacia él, se obliga a mantener la calma y la formalidad, felicitando a los caballeros y cumpliendo con la ceremonia sagrada, sintiendo que el cuerpo le pica por la impaciencia de este  momento.

Solo cuenta los segundos hasta que aquel evento termine.

Estaba orgulloso de sus hombres, no lo negaba.

Pero era inevitable pensar en algo más que en él.

La incertidumbre carcomiéndole en silencio; aún así, se dirigió a paso tranquilo con la misma paciencia de su infancia.

Se refugia en el pequeño jardín que logró armar en lo que antes era un callejón abandonado, tratando de calmarse mientras riega sus flores, un hábito que se volvió su único consuelo. Las flores le recordaban a él.

Si todo era como antes. Sabría donde encontrarle.

Es por ello que al caer el sol, y el bullicio alejado de las personas se dispersaba, no se sorprendió de la presencia que le buscaba. Lo escuchó con claridad, sin inmutarse.

"Te lo prometí" Una voz mucho mas grave  y profunda de la que guardaba en su memoria suena justo detrás de él, recordándole una promesa que nunca se rompió. 

Las lágrimas empiezan a caer antes de que pueda siquiera girarse, porque reconoció esas palabras al instante. 

"¿Realmente eres tú el que está ahí parado o estoy soñando una vez más?"

"Vení aqui y confirmas que sea real"

Sus brazos se abren, esperando la llegada de su pieza faltante.

Envolviéndolo en un abrazo firme, con la fuerza de alguien que sobrevivió a todo solo para volver a este lugar.

Su lugar. 

Con una firmeza  que ya no temblaba por la incertidumbre juvenil, y fijando sus ojos —ahora más oscuros y profundos—Su cuerpo es más ligero, su rostro hinchado por las lagrimas cayendo.

"De verdad eres tú, mi amor"

Farfadox respira hondo, sintiendo por fin una paz que no tuvo en el campo de batalla, y se da cuenta de que cada hora que pasó forjando sus espadas y cada vez que se sintió perdido en la guerra valieron la pena solo por este reencuentro. Sabe que daría su vida por él y que Rich es la única persona con la que quiere pasar el resto de sus días. Al sentir la confirmación de ese cuerpo contra el suyo, se permite sonreír dentro del abrazo, con la tranquilidad de que el tiempo de espera terminó. Después de todo lo que pasaron, después de los años de silencio, y tortura en distancia.

 Decidió sería en esta primavera cuando finalmente sucedería.



...



 

El ascenso por la montaña fue lento, marcado solo por el rítmico galopar del caballo y el crujir de las piedras bajo sus cascos. A medida que ganaban altura, el aire se volvía más puro, más frío, hasta que finalmente el mundo se abrió ante ellos en un estallido de cielo infinito.

Allí, clavadas en la tierra como pilares de una historia compartida, estaban las dos espadas. La de aquel maestro que había tallado su carácter con disciplina y rigor, y la del difunto rey, el padre de Rich, cuyo oro aún conservaba la elegancia de una corona. Farfadox los había creado con mano propia. Eran espadas que en su momento trataban de buscar demostrar el respeto que sentía hacia ambos, con el pasar de los años siendo traspasado su significado por su recuerdo. Estaban en aquella cima para que, de alguna forma, los que ya no estaban pudieran bendecir lo que estaba por nacer.


A su alrededor, las flores se entrelazaban; el viento agitaba los pétalos de los gladiolos que rodeaban el lugar; altos, firmes y orgullosos, como soldados montando guardia en colores que encendían la penumbra. Rodeadas sobre las oscuras y letales flores de Wither.

Decenas de linternas colgaban de ramas bajas y descansaban en el suelo, envolviendo el círculo en un resplandor ámbar que desafiaba la oscuridad que empezaba a lamer los bordes de la montaña.

Tomó la mano de Rich, guiándolo con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de sus cicatrices, hasta el centro exacto de ese círculo de luz y flores.

Un espacio reservado únicamente para sus corazones.

Farfadox carraspeó, el sonido rompiendo el silencio de la cumbre. Su rostro, marcado por la dureza de mil batallas, se suavizó bajo la luz de las linternas mientras buscaba las palabras que había ensayado en cada soledad que lograba conseguir. Sus manos, temblaban de forma casi imperceptible al desdoblar un largo papel que sacó de su bolsillo.


—Tuve... un poco de tiempo para planear qué decir —admitió con voz ronca— Pero aún es difícil decirlo sin leerlo.

Fijó la vista en el papel; su corazón dictando el ritmo de cada sílaba, buscando seguridad en su propia letra:

 — Rich, he dedicado mi vida entera para ser capaz de darte un lugar. He pasado cada día pensando en el momento en que pudiera ofrecerte algo más que promesas al viento. Quiero ser quien te permita un futuro donde jamás debas dejar de lado ninguno de tus lujos, porque quiero otorgártelos yo, con mi propio esfuerzo, con mi sangre, mis sudor y mis lágrimas. Amarte no es solo protegerte, sino construir un reino donde tú seas el único soberano de nuestra paz.

» Durante años sé que lo has esperado, te lo he prometido... y hoy, frente a los hombres que nos hicieron quienes somos, te doy mi respuesta final. No soy solo tu caballero; soy el hombre que ha aprendido a convertir la piedra en oro por tí. Es el deseo que he mantenido desde el primer día que te vi. Te prometí que regresaría y aquí me tienes; y así será cada vez que el deber me aleje, porque no existe misión en este reino, ni guerra en el mundo, ni oscuridad tan densa que pueda hacerme olvidar el camino de vuelta a tu lado. Mi espada, que hoy recibe el honor de la caballería, no le pertenece al gremio ni a ninguna corona que no sea la tuya. Te seré fiel en cada latido, en cada invierno y en cada primavera que nos quede por vivir; seré tu escudo cuando los días se vuelvan oscuros y tu servidor más humilde cuando el sol brille. 

» Mi majestad, mi único señor... Mi vida entera es un tributo a la promesa que te hice, y te juro por mi propia sangre que cumpliré cada palabra, hasta que mis manos no puedan sostener el acero y mi voz se apague en tu nombre.

» Mientras yo tenga fuerza para proteger el lugar donde te sientes, la mesa siempre estará puesta.

» Un anillo comprado por cualquier mercader no sería digno de tocar tu piel, Rich.

» Los tiempos pueden ser oscuros y el oro puede escasear en el reino, pero mis manos aprendieron a crear para ti. Si el mundo no tiene un anillo apto para ti, yo mismo tendré que arrancarle a la tierra el secreto para fabricarlo.

Entonces, silvó.

 Rich giró la cabeza, su mirada perdiéndose entre las sombras de las ramas y el color encendido de las flores, hasta que lo vio. El perro, el hijo de su amado Walter, avanzaba con una elegancia aprendida, cruzando el jardín floreado con un respeto casi humano.

No pudo evitar que una sonrisa rota se dibujara en su rostro mientras aún más lágrimas comenzaban a desbordarse. En su corazón, tenía sentido; le había hablado tanto a ese animal sobre su caballero, sobre sus esperanzas y sus miedos, que el reencuentro se sentía como un reconocimiento de almas. El llanto de Rich se convirtió en un mar incontenible, un desastre de alivio y felicidad que intentaba, en vano, no eclipsar la perfección del momento.

El perro se detuvo justo a su lado.

Farfadox, el temible guerrero, el artesano de manos quemadas, se arrodilló sobre la tierra que tanto había trabajado. Allí, recogió lo que su mascota habría traído, lo sostuvo con la misma firmeza con la que empuñaba su espada, su anillo; creado y forjado por el mismo, tallado con años de esfuerzo dedicados sólo a él.

—Rich, su majestad, mi rey, mi príncipe... mi eternidad —la voz de Farfa vibró con una profundidad que hizo eco en las raíces de la montaña— ¿Me harías el honor de casarte conmigo?

La distancia se evaporó. Rich se lanzó hacia él, sus brazos rodeando el cuello del caballero con una desesperación nacida de años de espera. Sostuvo aquel rostro marcado por el esfuerzo y lo besó con una gratitud que las palabras ya no podían alcanzar. Fue un beso que sabía a victoria, a promesas cumplidas y al calor de un hogar que finalmente habían alcanzado.

Bajo aquel cielo que se oscurecía, rodeados por la luz de las linternas y el testigo silencioso de las espadas de sus padres, el tiempo dejó de existir. Cada caricia, cada contacto de sus labios, era el bálsamo para los años de soledad y la confirmación de que sus almas, forjadas en el mismo fuego, nunca se habían soltado.

Era un vals, guiado por la canción de los latidos de sus corazones. 

Se separó apenas unos milímetros, memorizando cada facción de Farfadox en su mente, y con un susurro que selló su destino, respondió;


—Contigo, mi caballero... Es un eterno "Sí".



Notes:

Dedicado a mi pareja, se que lo vas a leer, mi príncipe. Mi ser en corazón, alma, cuerpo; mi pasado y presente te eligieron desde el primer momento, y no me he arrepentido ni un solo segundo. Siempre supe que eras mi futuro.