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El bullicio del festejo próximo le llena de una anticipación extraña, densa; el grupo entero vibra con una emoción por la celebración del cumpleaños de Cris. No estaba reacio a ir, pero ciertamente tampoco estaba emocionado; la reunión le resultaba un tanto ajena, debido al nivel de socialización que debía mantener a cada momento.
Se mantiene suspendido frente al armario, los dedos rozando telas que se sienten idénticas al tacto: fibras gastadas, algunas rotas por el descuido de quien vive sumergido en proyectos y olvida que la ropa es, de hecho, una parte importante de pasar los días.
Busca hasta que el fondo del cajón le entrega una textura distinta, la camisa abotonada que Amilcar le regaló una vez. Al sostenerla, recuerda aquellas palabras "perfecta para conquistar a tu amante" y la risa que brotó inmediatamente. Su amigo siempre tuvo esa percepción afilada, sin pelos en la lengua, especialmente cuando se trata de bromear y burlase hasta el cansancio. Riéndose de ellos y sus reacciones.
Se arregla con una urgencia que raya en el desespero, movimientos veloces que intentan recuperar el tiempo perdido por distracción; aunque, en el fondo, sabe que ese retraso no fue un olvido, sino una acción deliberada, un espacio que mantuvo abierto por si el plan terminaba por cancelarse antes de empezar. Una vez que la tela se asienta sobre su cuerpo, consulta la hora; el segundero le devuelve quince minutos de ventaja, un adelanto al que necesita mentalizarse mientras aguarda en la quietud de su casa.
La puntualidad de Killer rompe el silencio. Un saludo breve, un gesto apenas trazado en el aire, para iniciar el trayecto que promete ser tan ruidoso como la propia reunión.
Rich se deja arrastrar por el movimiento, aceptando el espacio compartido en el vehículo mientras el conductor se encarga de recoger a algunos otros compañeros del grupo. El cumpleañero está ahí, ocupando el centro de una atención que Rich observa desde el asiento de atrás; ladea la cabeza con curiosidad, al notar el hilo de confianza que se tensa entre ambos. Es una calidez que no había registrado antes... Killer parece dispuesto a entregarle su atención entera en todos sus gestos; quizás por ser su día.
Claro...
La charla a su alrededor se vuelve un murmullo de fondo, un ruido blanco que Rich permite que se desvanezca mientras su mente se pierde en el disocio de sus pensamientos. De por sí, no buscan su respuesta ni despiertan su interés... Materiales a obtener, cantidades que ya tenía de los mismos, piensa en sus propios planes.
Su propia burbuja.
No tardan mucho en llegar, el aire del lugar saturado de risas aleatorias y el aroma del alcohol que fluye entre los invitados. Los halagos hacia su vestimenta llegan como ráfagas suaves, y Amilcar, con esa honestidad lo caracteriza, se adueña del crédito presumiendo el vestuario como una obra propia ante todos. Rich no intenta desmentirlo; se limita a observar el juego de su amigo con gracia, dejando que las anécdotas de la ciudad y las hazañas compartidas se mezclen en el ambiente, dulces y amargas como una broma que se alarga hasta el cansancio.
La garganta le empezó a pedir algo de beber, así que aprovechó que la conversación general había decaído —lo contrario, el ruido había molestado sus oídos aumentando su desinterés— y camino hasta la barra. No se aclaraba mucho con la carta y el bartender era una cara nueva que no conocía sus costumbres, así que, sin Silithur cerca para guiarle, rebuscó en su memoria hasta dar con el nombre más parecido a un zumo que recordaba.
Le sirvieron un vaso helado, con un color vibrante que le generó un tanto de duda, aún así lo acerco a sus labios.
El primer trago le supo a gloria; dulce, refrescante y bajaba con una facilidad asombrosa, dejando una sensación fría y frutal en los labios. Se deleitó tanto con el sabor que, casi sin darse cuenta, ya estaba pidiendo la segunda ronda al bartender, disfrutando de cómo el hielo picado le calmaba la sed de golpe.
Pasó un buen rato así, distraído con su bebida, hasta que una voz conocida le llegó desde el lado.
—No sabía que bebías tanto, eh —soltó Farfa, recargando un codo en la madera de la barra y observándole con una ceja ligeramente alzada—. Creí que no salías de la Rich-Cola.
Rich soltó una risita, un tanto más animada de lo habitual.
—¡Hombre, Farfa! De verdad, tienes que probar esto —insistió, acercándole un poco el vaso, casi rozando su brazo— Esta riquísimo.
Farfa bajó la mirada hacia el líquido y luego volvió a los ojos de Rich, manteniendo una distancia prudente pero sin apartarse del todo. Negó con la cabeza, una pequeña sonrisa de lado asomando en su gesto.
—No me apetece alcohol ahora, paso —respondió, estirando una mano para apartar suavemente el vaso de su espacio personal.
Rich se quedó con el brazo a medio camino, parpadeando con lentitud.
—¿Uh?
Farfadox soltó un suspiro corto, esta vez mirándole con mayor intensidad, tratando de descifrar si Rich estaba bromeando o no.
Se inclinó un poco hacia él, bajando el tono de voz.
—Rich... No me digas que de verdad pensabas que eso era solo jugo...
El silencio del hombre. Quien en otro momento fácilmente le replicaría, le respondió lo necesario. Estaba tomado.
Farfadox tragó la risa que amenazaba con escaparse, un gesto breve que quedó contenido en su garganta mientras observaba la confusión en el rostro ajeno.
—Te voy a pedir comida —sentenció, estirando la mano para apartar el vaso de la zona con una firmeza suave.
Por lo sobrio que Rich se mantenía todavía, era evidente que no tenía conciencia del alcohol que ya corría por su sistema. Farfa dejó escapar un suspiro con preocupación ligera, explicándole con voz baja que debía sudarlo, caminar un poco, intentar que el cuerpo expulsara el trago.
Durante los minutos siguientes, no apartó la vista de él.
Su figura esbelta viéndose afectada por una pequeña curva en la espalda cuando comenzó a ser procesado todo lo que había bebido. Se comenzó a tambalear mínimamente. Vio como su cabeza le pesaba, sin poder sostenerla en su lugar. Estaba hablando con los demás, balbuceando, riéndose. Y con mucha más ligereza aceptando las bebidas que le ofrecían, era inusual que el tipo haya buscado emborracharse por lo que nadie lo veía como algo negativo. Tampoco iban a tener claro que había sido por accidente. No era un problema en su totalidad, en realidad, solo comenzaba a ser más afectivo que de costumbre.
Hm...
O la comida del lugar tardaba mucho, o estaba excesivamente incómodo en la espera. Trono su cuello, quizás con mayor violencia de la que debía; poco le fascinaba esta sensación.
Fue impulsivamente hasta donde el más alto estaba. Dejando que una de sus manos, casi sin pensarlo, se posara para sostenerle la cadera, solo pensando en anunciar su presencia allí.
—Rich, la comida ya va a estar lista —murmuró el más bajo, sintiendo el calor repentino que emanaba del cuerpo delante de él, alejando sus manos,
—Farfa… — Arrastró su nombre, dulce, dando la vuelta— No sabes lo mucho que te extrañe, tío — Su rostro se vio afectado por una expresión de añoranza, tal como si tuviera años sin verle. Su cuello entonces, rodeado por sus brazos, manteniendo la suavidad en su toque.
Los demás observaban la escena con diversión. Rich seguía siendo un hombre que evitaba el contacto físico con el resto del mundo, pero con él era una excepción, incluso sobrio.
Y aquello no debía explicaciones.
El espectro apenas le sostenía, sin saber donde colocar sus manos, para no dar más material a los comentarios de los chicos, aunque no se apartó.
—Vení, que te pedí comida —le susurró cerca, con un tono bajo buscando sacarlo de ese estado. O de ese espacio.
Rich soltó una pequeña sonrisa y se hundió con más fuerza contra su pecho, rompiendo cualquier distancia.
—Es tan lindo abrazarte con ropas ligeras—confesó, con la voz apagada contra la tela de su camisa.
El humo en su cabello comenzó a agitarse con más fuerza, delatandole.
Antes de que el momento se prolongara más frente a todos, lo tomó firmemente de la mano y lo guio hacia la barra. Silithur, viéndoles llegar en ese estado, se limitó a sonreír y, con un gesto cómplice, le ofreció a Rich otro trago.
— No— La negativa de Farfa cortó el aire, seca y definitiva.
A ambos mayores le dio gracia, Silithur parecía leer su relación con una claridad que a ellos mismos les faltaba, entendiéndolo todo a través de una simple mirada. Rich, bajo el efecto del trago, sintió el calor subirle al rostro; su piel morena apenas delataba el rubor, pero las marcas de un gris pálido que surcaban su rostro resaltaron de inmediato sobre ese nuevo tono borgoña que lo invadía.
El calor en ambos hombros que mantenían contacto siendo interrumpido solo por la llegada de la comida.
El alcohol no iba a soltarlo tan fácilmente; Farfa lo notó por la cadencia de sus palabras, en esa forma en que Rich divagaba entre bocados, ignorando el hambre para perderse en sus planos. Le seguía el ritmo, conocedor del lenguaje —aunque no al nivel del mayor— pero las palabras del borracho se volvieron un bucle; cortaba la frase y volvía a iniciarla, repitiendo el mismo fallo técnico por cuarta vez con la misma insistencia de la primera vez.
Le veía con mayor energía que siempre, un subidón debido al alcohol en su sangre. La risa de Rich ahora era más profunda, se tambaleaba con mayor violencia, y eso solo hacia a Farfadox estar más alerta. Aun más tras el descuido; su brazo barrió la botella de alguien a sus espaldas y el cristal estalló contra el suelo; Farfa, con un suspiro de resignación, tuvo que intervenir para pagar la compensación, manejando la torpeza de un hombre que, se volvía peligrosamente despistado borracho.
A pesar del desorden, el mayor no soltaba su brazo, acariciando la piel con una caricia lenta. En medio de sus enredos, se dio cuenta como Farfadox no tenía intención de moverse ni de unirse al resto de la reunión; estaba allí, dedicado únicamente a él, en una quietud que saboreó con un sentimiento de privilegio.
Dejó caer el rostro sobre su hombro con parsimonia. Farfa intentó explicarle, con la voz baja y grave, que si seguía bebiendo acabaría sin recuerdos, y le conocía lo suficiente como para no querer tenerle que explicarle lo que habría hecho. Pero el peso sobre su hombro se volvió total y el ruido de la fiesta se desvaneció bajo el sonido de una respiración calmada que le llenó los oídos.
Se había quedado dormido.
Con un movimiento firme, lo tiró sobre él para llevarlo consigo, decidido a que descansara en la seguridad de su hogar. Le avisaría a los chicos por mensaje.
Lo lleva en su espalda, fácilmente. Era un camino de todos los días, por lo que no se preocupó en el tiempo que tardaría.
Pagó las bebidas y la comida — la cual terminó por comerse el mismo—, y se dispuso a caminar hasta la puerta. Con el chico en su espalda no había mucha diferencia, era tan ligero como para poder hacer todo con normalidad. Intento lo más posible que los brazos del hombre le rodearán el cuello; lo suficiente como para evitar que se caiga hacia atrás.
Al cabo de unos minutos, despertó entre balbuceos, su voz presentándose con suavidad. Por lo que su oído se agudizó con lentitud mientras le pedía repetir lo que sea que hubiera dicho en el silencio del trayecto; Farfadox se arrepintió al instante.
—Tu espalda es enorme... Y tus brazos también —soltó en un susurro que vibró directamente contra su nuca—; podría vivir aquí... toda la vida.
—¿Qué decís? —respondió el más joven, sintiendo cómo el aire se volvía denso, casi sólido, en su pecho.
—...Me gusta más que estés aquí... Porque puedo sentir tu calor —continuó, las palabras saliendo sin filtro aunque costando por salir, cargadas de esa honestidad que el alcohol decidió soltar.
Farfa sintió los nervios escuchando tal voz espesa diciéndole aquello. No se detuvo, su respiración entibiando el cuello ajeno mientras sus confesiones fluían.
—Eres un tío increíble, no pensé... Jamás encontrarme contigo; sé mi mano derecha siempre... Mi... dúo —Sus dedos presionando la figura de Farfa como si temiera que se desvaneciera —. No... No me imagino a nadie más que a ti a mi lado, no podría soportar que llevaras de esta forma a alguien más....
Su voz bajó antes de murmurar
—Si me lideras... no me molesta—
Sonreía ante las palabras de su mayor, le avergonzaban, pero por la manera en que su hilo de pensamientos tiraba; le daba gracia, y sabía que no había manera de conseguir callarlo. Simplemente esperaba llegar a casa rápido, antes de que se le ocurriera decir algo más.
Algo como...
Repentinamente, lo escuchó bufar, imaginó alguna expresión de enojo en su rostro.
—Fafa, no dejes que nadie más, jamás... te pida ser aplastado por tus brazos —añadió Rich, dejando escapar una risa rota, un chiste que se hundió en la espalda contraria con capricho.
No respondió, pero sus manos se cerraron con una firmeza sobre las piernas de Rich, esperando entendiera el mensaje que se sujetará bien, porque estaba por ir mas rápido.
Rich es muy sincero borracho...
Al alcanzar finalmente la penumbra de su casa, Farfadox se dirigió directo hacia la recámara, sintiendo cómo el trayecto le pesaba, mucho más por las charlas que por el peso sobre él; allí, tiró a Rich sobre la cama, soltándolo como si el contacto le quemara.
Rich no opuso resistencia y lo tomó como un juego, dejándose caer sobre el colchón mientras sus ojos, nublados pero fijos, buscaban la figura del espectro con una concentración que parecía perforar su sien.
—Sabes... —murmuró Rich, la voz arrastrada, apenas un hilo de sonido que llenó el espacio entre ambos.
Farfadox se quedó inmóvil, sin saber qué palabras podrían salir de esa boca ahora que la noche llegaba a su fin, pensando si interrumpir; tan solo fue capaz de abrir y cerrar la boca, pasando saliva con dificultad mientras rezaba para que el mayor no notara la tensión que le recorría el cuerpo, esa sensación de estar a punto de estallar.
—Me gusta... tus labios... —soltó Rich en un último suspiro de honestidad, antes de sucumbir definitivamente al sueño, hundiéndose en las sábanas de la cama ajena con una paz absoluta.
Farfa guardó silencio un segundo que pareció eterno, dejando un rastro de humo terriblemente espeso qué brotó de su cabeza, enturbiando el aire de la habitación; sin mirar atrás, salió por la puerta, cerrándola de inmediato.
Dormiría en el sillón.
.
Rich despertó en la que probablemente fue la siesta más reparadora de su vida. Tenía un dolor de cabeza mínimo, como un pequeño recordatorio de la noche anterior, mientras sus ojos luchaban por enfocar el techo. El sol brillante inundando la habitación, cargando esa calidez que le hizo darse cuenta donde estaba; la habitación de Farfadox. Espacio al que el resto de sus amigos les tenía prohibida la entrada, y allí estaba él, dejando pasar la mañana y buena parte de la tarde entre las sábanas. Probablemente sin necesidad de haber estado tomado igualmente le habría dejado dormir allí.
Sentía las mejillas entumecidas, un rastro de tantas sonrisas de la noche, y al recordar la madrugada no pudo evitar preguntarse si realmente había sido un buen momento para el otro. Era algo que jamás habían hablado, un terreno nuevo que ayer pisó sin preguntar. Se estiró con calma, dejando que sus huesos tronaran contra el colchón, y al notar el olor de su ropa —ese rastro de alcohol y sudor— sintió una punzada de vergüenza.
Desde la cama divisó el armario. Reconoció sus propias prendas, esas que solía dejar allí cuando el tiempo apretaba y los viajes debían ser aprovechados cada segundo, pero esta vez ladeó la cabeza con desgana. No quería usar lo suyo. Pasó de largo su ropa y terminó sosteniendo una camisa y unos pantalones de su amigo; le gustaban más, parecían poder quedarle a su figura y se sentían más cómodos, como si el plan de hoy fuera simplemente no salir de esa casa.
Se duchó allí mismo, aprovechando la intimidad del baño, y se vistió mezclando lo suyo que habría dejado allí con la ropa de Farfa.
Bajó a la cocina y lo encontró allí. Farfa intentaba mantener todo pulcro a pesar del caos de su manera de cocinar, y esa imagen, tan cotidiana y dedicada añadida al olor de panqueques le sacó una risilla suave que rompió el silencio de la casa.
—Buenos días —la voz de Rich, profunda y rasposa por ser las primeras palabras de la mañana, resonó en la cocina y sobresaltó al robusto que estaba frente a la estufa. Ojos asustados antes de relajarse, mirándole tranquilamente. Se veía encantador por la mañana.
Una camisa suelta que si intentara ponerse le quedaría gigante, y unos shorts, ambos de color negro. Su cabello despeinado, desaliñado, quizás no tenía mucho de haberse levantado él mismo.
Mantuvieron una plática breve; nunca habían sido hombres de demasiadas palabras al despertar. Observaba los gestos nerviosos de Farfadox, esos movimientos rápidos que delataban una incomodidad que no quería profundizar, sabiendo que la línea de su amistad era lo único que los mantenía a salvo.
Notó como su mirada iba de la cocina, a la sala de estar, a su rostro, a su ropa; la cual había tardado en procesar que eran ropas de si mismo.
—No, está bien boludo, no te juzgo —soltó sin mirarle, tratando de restarle importancia a la madrugada— Seguro muchas cosas ni las habías pensado antes, solo fue el alcohol.
—Uh, no. Sé lo que dije, y estoy de acuerdo con mi yo de hace unas horas. Solo no con la manera—respondió Rich con una calma que hizo que el menor dejara de respirar automáticamente, quedando muy consiente de tener que inhalar y exhalar.
—¿Qué decís? ¿No era joda? —Farfa se giró finalmente, la espátula suspendida en el aire.
—Qué clase de broma es decirle a tu amigo que te gustan sus labios.
—Y, no sé... hay amistades, ¿sabes? —balbuceó el más joven, buscando una salida que ya no existía.
—¿Por mí... sientes solo una amistad? —la pregunta de Rich fue directa, robándole el aire por un segundo.
—No... o sea sí, claro. Qué preguntás, boludo —respondió Farfa, pero su naturaleza le traicionó; el humo que nacía de su cabeza se tensó de golpe, adquiriendo un tono mucho más profundo, mientras un naranja casi imperceptible comenzaba a encender sus orejas.
Rich no esperó más. Dio un paso hacia él, acortando la distancia, agarró con firmeza por el cuello de la camiseta.
En un movimiento rápido, lo atrajo hacia sí y le besó, rompiendo el espacio con un contacto que sabía a mezcla de panqueques. Jugando con sus labios, en un vaivén mínimo que ambos correspondían
Al separarse apenas unos milímetros, Rich le sostuvo la mirada, todavía con su mano cerrada sobre la tela.
—Solo te falta un poco de iniciativa —susurró, con una sonrisa pequeña que terminó por derretir al moreno.
